jueves, 19 de abril de 2018

Notas sobre un traspaso


En Cuba, un país con un control político que —en esencia— aún responde a un sistema totalitario, el traspaso de poder que está ocurriendo no es fácil desestimar con el simple argumento de más de lo mismo.
En primer lugar porque dicho cambio se ha producido desde la cúpula del poder, sin mayores antecedentes que una necesidad biológica —lo cual, por supuesto, es un requerimiento poderoso, pero no suficiente según otros ejemplos históricos— y de una forma tan pausada que no admite réplicas de crisis y premuras como fuerzas catalizadoras.
Lo que vemos es la puesta en práctica de una visión de Raúl Castro, como solución práctica y no salida mesiánica —a diferencia de su hermano—, ante la disolución de un proceso iniciado en 1959.
Que no simpaticemos con dicho proceso, que estemos en contra de sus consecuencias y que apetecemos otro destino para Cuba no debe desviarnos del análisis de una puesta en escena que nos elude, tanto a los cubanos exiliados como a los empeños de ciertos grupos llamados disidentes, así como a las tonterías del senador Marco Rubio y el menosprecio del actual Gobierno de Estados Unidos.
En segundo porque el guion trazado desde el inicio —con mayor claridad en ciertos puntos, o interrogantes o quizá dudas en otros— se ha llevado a cabo con la certeza de un mecanismo de relojería que siempre cumplió, como función colateral, el dejar en entredicho no solo a los vaticinios de lo que un poco ilusamente podría catalogarse como intelligentsia del exilio —académicos locales, comentaristas radiales y televisivos, supuestos “analistas” políticos— sino a los actos de los congresistas cuya razón de ser aparente es servir a la comunidad y las estrategias y actitudes —al menos según sus discursos difundidos fuera de la Isla— de los grupos opositores.
En todos los casos, la repetición que ha llevado al desacierto es el viejo pecado original de la necesidad de un Castro imperecedero como Drácula: parafraseando a Sartre: si Fidel Castro muriera hoy, mañana cierto sector del exilio lo crearía de nuevo; y Fidel Castro terminó falleciendo y su hermano anunció su retiro de la presidencia y una y otra vez continuamos escuchando la cantaleta de la “sucesión dinástica”, como si todo se resolviera con una especie de Pyongyang en La Habana.
Ante tal dislexia política, la respuesta torpe y gastada que vuelve como justificación eterna es remontarse al pasado, sacar de la tumba a Osvaldo Dorticos y  Manuel Urrutia —que aquellos, los de entonces, no fueron los mismos pero hoy suenan iguales—, en el caso de los que más se obcecan. Para lo más aptos queda un razonamiento mejor: recordar el papel rector del partido comunista en una sociedad de este tipo. Sin embargo, ambos recurren a dos falacias que si bien no coinciden tampoco resultan tan distantes.
Hablar de Dorticos y Urrutia carece de sentido porque tal argumento lo que busca es perpetuar a Fidel Castro. Solo la persistencia de la enfermedad infantil del fidelismo en el exilio justifica dicho razonamiento.
Sobre el papel rector del Partido Comunista de Cuba, que aún continúa bajo el mando de Raúl Castro, el asunto es de otro naturaleza, y tiene que ver con las premisas de las cuales se parte. Si todo se ve desde una óptica similar a la desaparecida Unión Soviética, o incluso a la época en que gobernaba Fidel Castro, lo único que cabe responder es que esa época desapareció incluso en Cuba. Si lo que se quiere es extrapolar a la situación actual en China, pues aún es más fácil ripostar: La Habana no es Pekín. Pero si lo que se busca es enfatizar que Raúl Castro y el Partido Comunista de Cuba continuarán ejerciendo una función de guía y control, destinada a impedir una transformación total del sistema imperante en el país, pues en ello no hay duda.
Nada de lo anterior impide ver que Cuba está a las puertas de un cambio administrativo de primera magnitud. La efectividad de ese cambio, la velocidad o lentitud en que ocurra son otros factores.
Aquí cabe destacar que la propuesta de nueva dirección del gobierno —que no hay que dudar que en el sistema cubano sea aprobada— responde ante todo a las características económicas, sociales y demográficas del país (bajo la óptica del sistema imperante que deja fuera aspiraciones y necesidades de un cambio profundo y una vía democrática). También se debe enfatizar que dicha propuesta contiene avances y limitaciones. Pero si bien este nuevo centro de gobierno será bien recibido en la Unión Europea, no se ha buscado en su elaboración un acercamiento con Estados Unidos. En este sentido queda claro que la Plaza de la Revolución no espera ni busca mejorar sus relaciones con Washington.
Como la propuesta de Miguel Díaz-Canel para la presidencia no encierra sorpresas, hay que buscar las claves en los otros cargos principales.
Como primer vicepresidente está propuesto Salvador Valdés Mesa, actual vicepresidente y quien tuviera a su cargo la Central de Trabajadores de Cuba. También se propusieron otros cinco vicepresidentes: el comandante Ramiro Valdés, el actual ministro de Salud Pública Roberto Tomás Morales Ojeda y tres mujeres: la actual vicepresidenta y contralora general Gladys María Bejerano, Inés María Chapman, presidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, y Beatriz Johnson Urrutia, a cargo del gobierno en la provincia de Santiago de Cuba.
Además de Raúl Castro, salen tres figuras importantes del Consejo de Estado: Marino Murillo, exministro de Economía y vicepresidente que estaba a cargo de la “actualización” del modelo económico; Ramón Machado Ventura y Álvaro López Miera.
La permanencia de Ramiro Valdés es, sin duda, una concesión de Castro a la línea dura y a un supuesto rival de toda la vida. En el caso del nonagenario Guillermo García, que también permanece, solo que hay que verlo como un detalle simbólico, anecdótico y casi misericordioso.
Lo fundamental de esta cúpula en el gabinete son tres detalles:
-Con un miembro de la raza negra como primer vicepresidente (Valdés Mesa), el gabinete busca una composición más acorde a la realidad etnográfica del país.
-La presencia de tres mujeres vicepresidentas puede verse en igual sentido, desde el punto de vista de la participación femenina.
-El gabinete cubano, en sus cargos principales, abandona su imagen de “junta militar” y cesa en su preponderancia de miembros “históricos”.
La presencia de tres vicepresidentas compensa en parte que una mujer no lograra alcanzar la vicepresidencia primera —algo que se llegó a rumorear en La Habana— y al parecer indica que quienes dirigen el país —o Raúl Castro específicamente— consideran que este no está aún preparado para la posibilidad de una mujer presidenta. Puede valorarse a Bejerano con mayores cualidades para el cargo que a Valdés Mesa. Entre la raza y el género, se impuso la primera.
Un descendiente de asturianos al frente, un miembro de la raza negra detrás y tres mujeres a la saga: la nueva Cuba que se proyecta no deja de ser la Cuba de siempre, que enmascara su futuro en la continuidad.
Pero hay más que eso.
La característica principal de este grupo de vicepresidentes —demasiados para un país tan pequeño— es que parece destinado a una función administrativa. Y esto puede ser en última instancia lo que Raúl quiere: que otros lleven a la práctica lo que él no hizo.

martes, 17 de abril de 2018

Más que un «consigliore»


Olvídese de Flynn, Nunberg, Manafort, Stone, Page y otros personajes más o menos secundarios. Descarte también al hijo de Trump, el yerno de Trump y al vocinglero Bannon. Ah, y también deje a un lado a Stormy Daniels. La figura clave en la famosa “trama rusa” puede que sea Michael Cohen. Solo que para llegar a esta conclusión hay que ir más allá de la actriz porno y los $130 000 que Cohen le dio para que se callara, y sobre todo eludir la distracción principal que el presidente de Estados Unidos y su equipo han logrado establecer con éxito, y por supuesto con la ayuda de la prensa: que Cohen es el abogado de Trump.
La prensa escrita, los tuits presidenciales y los comentaristas de la televisión giran a diario sobre el mismo tema, con argumentos similares que se las apañan para parecer novedosos a diario, pero no salen del mismo embrollo cotidiano: que si Cohen le pagó a Daniels de su bolsillo, que si el presidente lo sabía o no, que de dónde salió el dinero, que el sagrado secreto de la relación entre un abogado y su cliente, que si se extralimitó el FBI en su redada. Todo esto no deja de ser secundario.
En primer lugar porque el espectador de televisión o lector de periódico puede pensar —o lo han obligado a pensar— sobre todo en esto: ¿cómo es posible que un abogado sacara de su bolsillo una apreciable cifra de dinero, para cualquier hijo de buen vecino, sin que detrás no estuviera el cliente multimillonario que se lo recompensara de inmediato? Ese reducir a Cohen al papel de simple intermediario ha sido una de las mejores jugadas de Trump.
Lo mejor es comenzar a aclarar las cosas. Cohen es abogado, sí, porque tiene un título que lo capacita como tal y ha ejercido o ejerce la profesión. Pero no es un simple abogado, no es siquiera solo un abogado poderoso.
En primer lugar su número de clientes es muy limitado. En la audiencia del lunes en Nueva York quedó claro que tuvo únicamente 10 clientes entre 2017 y 2018, aunque solo a tres le proporcionó servicios legales. Puede argumentarse que un abogado puede necesitar incluso de un solo cliente para ganar lo suficiente para llevar una vida espléndida. Sin embargo, por lo regular en esos casos se trata de una gran corporación o de un acaudalado hombre de negocios. Pero aquí, si bien dos de dichos clientes son multimillonarios (Trump y Elliott Broidy) y el tercero no tanto, el presentador de radio y televisión Sean Hannity (que por otra parte niega ser verdaderamente un cliente y admite solo haberle realizado algunas consultas sobre bienes raíces), el quid radica en que el papel de Cohen ha sido más con atender asuntos personales que con negocios propiamente dichos, o al menos esto es lo que él admite hasta ahora.
Así que para vestir bien, comer bien, tener un despacho en Nueva York, una habitación de hotel y varias viviendas y apartamentos en esa ciudad, este abogado no necesita de sus “clientes”. Sencillamente porque es millonario. Lo era antes de conocer a Trump y no le debe su fortuna a Trump.
Cohen, además de abogado —lo es, repito, por su titulo y su bufete— es un “fixer”, y esta palabra siempre la asocio más al cine que a un despacho.
Él mismo se ha comparado con Ray Donovan, el personaje de una serie de televisión, un “fixer” profesional para ricos y famosos de Los Angeles. Un Michael Clayton, pero con dinero. Algunos le han puesto el apodo de “Tom”, en referencia a Tom Hagen, el consigliore de Vito Corleone en la saga de El Padrino.
“Esto significa que si alguien hace algo que al señor Trump no le gusta, yo hago lo que esté en mi poder para resolverlo en beneficio del señor Trump”, dijo en una entrevista con ABC News, antes de que Trump presentara sus aspiraciones presidenciales. “Si usted hace algo equivocado, yo voy a irle arriba, agarrarlo por el cuello y no voy a soltarlo hasta que haya acabado”.
Pero caracterizar a Cohen como consigliore, o llamarlo con mayor rudeza testaferro no explica en realidad su función.
Un millonario que en una época contó con una lucrativa empresa de taxis, en la actualidad es ejecutivo de la Organización Trump, con negocios de bienes raíces en Nueva York y con vínculos empresariales y familiares en Ucrania (su mujer es ucraniana), eso es Cohen. Al igual que Trump ha tenido una trayectoria cargada de vericuetos que ahora lo ha colocado como una importante figura en una trama política, sin ser un político profesional (sus intentos en este terreno terminaron en fracaso).
Cohen es hoy un importante consejero político de Trump (sin cargo oficial), pero en una época, y al igual que el presidente, fue demócrata, solo que con un papel más destacado en ese partido.
Trabajó para un miembro demócrata del Congreso y actuó como voluntario, en 1988, para el candidato presidencial Michael Dukakis. Llegó a votar por Barack Obama para presidente.
Ha declarado que se sintió atraído por la oratoria de Obama pero luego sufrió una decepción durante la presidencia de este. Decepción que lo llevó incluso (al igual que Trump) a dudar del origen estadounidense del mandatario.
Cohen fue el cofundador de un sitio en internet en que se planteó la pregunta de si Trump debía postularse para presidente. A partir de ese momento, y de la aceptación favorable que tuvo la pregunta, formó parte de los esfuerzos para ganar fondos para la campaña de Trump.
Ayer, a la salida de la audiencia en una corte de Nueva York, Daniels y su abogado aprovecharon la ocasión para continuar disfrutando de su momento de fama. Pero el asunto con Cohen tiene más que ver con el fiscal especial Robert Mueller y la trama rusa. Daniels solo es un hilo delgado y coyuntural de la madeja.
Si Cohen le pagó de su bolsillo a la actriz porno —y tiene dinero de sobra para haberlo hecho—, en última instancia no es de mayor importancia para lo que persigue Mueller. Sí, cabe que ello fuera un delito como una contribución no declarada de campaña (en especial para Cohen, porque probar que Trump lo supiera es otro asunto).
La clave radica no en lo que sabe Daniels —que es solo pacotilla para revista de escándalo o para el escándalo en que se ha convertido buena parte de la prensa— sino en lo que sabe Cohen; lo que al parecer Cohen ha grabado de conversaciones con otros miembros del equipo de Trump y al propio presidente; lo que se encuentra en los mensajes de textos, emails y otros documentos que parecen existir y que han provocado el temor del presidente.
Y dentro de todo este enredo, la sospecha de que Cohen hubiera viajado a Praga para reunirse con miembros del Gobierno ruso o enviados de Putin y coordinado esfuerzos para favorecer la candidatura de Trump.
Sobre este último aspecto solo hay sospechas no confirmadas. Una información de la oficina en Washington de la cadena McClatchy, plantea que el equipo de Mueller tiene pruebas de que Cohen estuvo en Praga en 2016, lo que sería una confirmación de partes del dossier Steele y de la existencia de una coordinación entre el equipo de Trump y el Gobierno ruso en la injerencia electoral.
La información de McClatchy deja tantas incertidumbres como pistas ofrece, así que por sí sola no nos permite llegar a una conclusión. Sobre el supuesto viaje de Cohen a Praga hay entresijos que van desde el hecho de que en su pasaporte al parecer no se encuentra una entrada en Europa por esa fecha a una posible confusión con otra persona de igual nombre. Tampoco ha sido confirmada por otra agencia de noticias. Pero si lo que allí se cuenta es cierto, algo que la propia información aclara no ha podido confirmar por su cuenta y todo queda en manos de lo que lleva a cabo el equipo de Mueller, Trump está en candela.
Lo que sí es cierto en todo ello es el interés de Trump en ver los documentos incautados primero que nadie. Algo que la jueza neoyorquina no parece inclinada a conceder, aunque no hay un dictamen final (la magistrada se inclina por llevar a cabo una revisión independiente de los documentos, para descartar todos aquellos que impliquen derecho de privacidad por la asesoría legal entre abogado y cliente, pero solo con el objetivo de descartar cualquier sospecha de parcialidad política).
En cualquier caso, el resultado de la audiencia abre una interrogante aún mayor sobre el próximo paso de Trump, si se decidirá a despedir al subsecretario de Justicia Rod Rosenstein o al propio Mueller y si cualquiera de estas acciones terminará por salvar o hundir al presidente.

martes, 10 de abril de 2018

Añorado encuentro


La Cumbre de las Américas fue un invento del entonces presidente Bill Clinton, en una época de apogeo de la teoría neoliberal en Latinoamérica y cuando Washington creía que el dólar terminaría imponiéndose como moneda de uso en la región y la etapa de desacuerdos, rencillas, odios y guerrillas en su traspatio del sur  había quedado atrás. Para la primera no solo no se invitó al Gobierno cubano sino que se celebró en Miami. Con estas cumbres se pensó lograr objetivos muy distintos no solo a otro evento similar, la Cumbre Iberoamericana, sino a las reuniones de la OEA. Con el tiempo una realidad distinta fue imponiéndose. Llegó Chávez y comenzó a influir decisivamente en la región gracias a los petrodólares (esos mismos de los que ahora carece Venezuela). Con objetivos loables y no tan loables los países latinoamericanos comenzaron a tener una participación más destaca y a no limitarse al papel de sucursales comerciales de EEUU que pretendió Clinton. Cuba comenzó a participar y lo que a partir de entonces empezó a cuestionarse fue el papel de Washington. Una y otra vez la prensa especuló y dedicó espacio a esa especie de juego de los espejos de si aquel o el otro topaban en un pasillo, se miraban a los ojos, se daban la mano. Pura tontería a los efectos reales. Ningún mandatario o canciller de EEUU se libró de ello, de Bush a Hillary Clinton. En la pasada reunión, en el exilio se alzaron las voces de si el presidente Barack Obama debía asistir si participaba Raúl Castro. Confieso que no me vi libre de entrar en el juego y escribí una columna en el Nuevo Herald en la que expresaba que Obama no debía reunirse con Castro mientras Gross estuviera preso (algo de lo cual, por otra parte, no me arrepiento. Entró Donald Trump a la Casa Blanca y nadie en Miami alzó la voz rechazando que ambos participaran en el mismo evento. Temo que tal silencio no obedeciera a un signo de madurez política sino al pecado de la complicidad, en este caso gratuita. Trump encontró un pretexto —plausible según sus seguidores— para no ir a un sitio al cual nunca tuvo ni el más puto interés en asistir, y más sin contar con Tillerson y Shannon en el Departamento de Estado, y decidió enviar a Pence. Una decisión que casi aplaudo por un afán de aburrimiento y porque pone fin a tanta especulación idiota tras la cual latía el añorado encuentro en que Trump decidiera sacarle la lengua a Castro en cualquier pasillo (soñar con lo contrario en puro delirio). Aparece ahora que el senador Marco Rubio va a asistir —oportuno como siempre— y poco ha faltado para que en Miami tiren fuegos artificiales. No entiendo bien el papel de un legislador en un evento de dignatarios y burócratas del poder ejecutivo, pero ello es parte de mis deficiencias características. De mi parte, no dejo de lamentar que La Habana no hubiera adoptado una posición más acorde y enviado al segundo secretario del Partido Comunista de Cuba. Una supuesta reunión entre Machado Ventura y Pence hubiera sido algo así como un capítulo olvidado de la Divina Comedia. 

jueves, 5 de abril de 2018

Cuba y el ejemplo chino


Al final fueron los objetos de consumo y no los misiles los que hicieron polvo al imperio soviético. Mucho se ha hablado de la victoria del capitalismo frente al socialismo. Menos del triunfo chino en una confrontación similar. Que el país asiático se haya convertido en una forma peculiar de capitalismo de Estado no resta importancia al hecho de que, en una confrontación entre democracia y totalitarismo, la opresión conserve la delantera.
Los esquemas ideológicos continúan limitando la comprensión de los procesos políticos. China se benefició en gran parte de la derrota y desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Su éxito es la consecuencia lógica de apartarse del proyecto soviético en lo económico, pero las estructuras de dominación política se conservan casi intactas y son similares a las existentes en Moscú hasta hace pocos años.
Entre finales de los años 50 y principios de la década de los 70 del pasado siglo, la Unión Soviética se aferró a la política de preservación del statu quo en el equilibrio internacional. Nikita Jruschov temía el surgimiento de conflictos en Asia, el Oriente Medio y África, que apartaran a la URSS del avance en el terreno económico en el cual estaba empeñado, para así competir con el mundo capitalista, no mediante conquistas militares sino en el campo del dominio comercial y el bienestar ciudadano.
Solo el peligro de que Hungría se apartara del campo socialista —creado tras la Segunda Guerra Mundial— determinó que la URSS invadiera a esta nación en 1956. La URSS fue renuente en brindar ayuda a Vietnam, obligó a los comunistas iraquíes a reconocer incondicionalmente al general Abdul Karim Qasim y durante la mayor parte de la lucha insurreccional el Partido Socialista Popular cubano no vio con buenos ojos la lucha guerrillera de Fidel Castro en la Sierra Maestra.
A su vez, trataba de que la China de Mao Tse-tung y la Yugoslavia de Josip Broz Tito regresaran al redil soviético. Si bien la política de Jruschov no era monolítica —la KGB trabajaba y se mantenía al tanto de las condiciones existentes en cualquier nación para extender el comunismo—, mantuvo en el terreno internacional el principio de la “coexistencia pacífica”, que no era más que una prolongación de la idea estalinista de “socialismo en un solo país”, solo que ahora el imperio soviético, como resultado del fin de la Segunda Guerra Mundial, contaba con una serie de países satélites que giraban en torno a su  órbita.
El fracaso de Jruschov —además de sus limitaciones personales— fue la imposibilidad de entonces de encontrar una fórmula para modificar el sistema sin destruirlo (Mijail Gorbachov y los gobernantes chinos representan los dos extremos a que se pudo llegar en esta búsqueda).
Tras su destitución, la URSS experimentó un retroceso hacia el énfasis en formas de dominación política y militar —que por otra parte nunca abandonadas por completo durante el régimen de Jruschov.
Nadie como Fidel Castro hizo tanto por cambiar el principio de la “coexistencia pacífica”. Ni siquiera Ho Chi Minh en Vietnam, quien logró la derrota mayor contra Estados Unidos —y de amplias consecuencias para la sociedad norteamericana—, pero al mismo tiempo se mantuvo aferrado a un nacionalismo independentista en lo nacional.
Ante los ojos del mundo, para el mandatario cubano la ecuación aparecía planteada en términos opuestos a los del Tío Ho: la declaración de un internacionalismo a toda prueba era su forma peculiar de divulgar una política nacional.
Sin embargo, las banderas que ondeaban en la Plaza de la Revolución ocultaban un cálculo exacto de riesgos y conveniencias, en que poco contaban la explotación capitalista y el sufrimiento neocolonial. Contrario al “Che” Guevara, Castro no era un aventurero.
Tras la muerte de Fidel Castro, y a unos días de un programado traspaso del control administrativo del país a una figura política sin el apellido Castro, los cubanos se preguntan, una vez más, qué logró el país con esa acumulación de capítulos, párrafos, referencias y simples notas al pie de página, dedicadas al tema en los libros de historia de tantas naciones: el estancamiento económico ha persistido sin interrupción, los avances en la educación pública y la salud retroceden desde hace mucho tiempo, la pobreza reina en campos y ciudades y las nuevas generaciones no son ni más cultas ni más libres que antes de 1959.
A diferencia de la época soviética posterior a la Segunda Guerra Mundial, donde el juego por el predominio mundial entre las dos superpotencias se resolvía en movimientos que siempre terminaban en un estancamiento forzoso de ambos contendientes —para iniciarse de nuevo una y otra vez—, ahora la jugada en tablas no es un resultado sino el punto de partida.
China aún está lejos de alcanzar al poderío militar norteamericano, pero ha avanzado notablemente en la larga marcha para lograrlo. Sin embargo, desde hace años el “peligro amarillo” llegó a las cadenas de tiendas y los supermercados norteamericanos. Forma parte de la enorme deuda contraída con China por las últimas administraciones estadounidenses y hasta a las jugueterías más modestas y los vendedores callejeros dependen del país asiático.
China sigue demostrando que se puede continuar siendo una nación con un sistema de fundamentos comunistas —modificado pero no transformado por completo: el capitalismo de Estado mezcla y admite principios ideológicos que pueden parecer incongruentes—, tener una fundamental relación con Estados Unidos y conservar intacta la supresión de los derechos humanos. Una alternativa nada estimulante para quienes aspiran a una vía democrática, pero sin duda una tentación para los que en Cuba posiblemente comiencen a desempeñar un papel superior en la administración del país a partir de este mes. 
En Pekín o Beijing. Caminando a la salida de la Ciudad Prohibida y rumbo a la Plaza de Tiananmén. El retrato de Mao al fondo señala el lugar donde el líder comunista declaró el surgimiento de la República Popular China (foto: Rui Ferreira).

martes, 3 de abril de 2018

Cuba, Vietnam, Castro y el tercer hombre


Cuenta el escritor Norberto Fuentes, en un artículo publicado años atrás en el diario español ABC, que una vieja costumbre del régimen cubano ha sido responder a los cambios presidenciales en Estados Unidos con un cambio de hombres en la Isla:
“Es una costumbre en ese país cada vez que quieren demostrar al mundo que se van a producir unos cambios estupendos en las estructuras (cualesquiera que estas sean, políticas, económicas, culturales), sustituir a los hombres. Es lo único que cambian”.
“Y, lo más curioso de todo, ellos se abocan a esos cambios de personal como la respuesta que creen pareja a los cambios políticos en los Estados Unidos. No obstante, los cubanos son cuidadosos a la hora de matizar y equilibrar ciertos detalles. Cuando Ronald Reagan ascendió al poder, Fidel le ofreció como ofrenda a uno de sus cuadros más capacitados en el sector de la cultura, propaganda e ideología: el comandante Antonio Pérez Herrero. Un viejo comunista al que sus detractores llamaban ‘Limón’, por su carácter ácido (léase rectitud), Pérez Herrero se convertía en un obstáculo para tenerlo en su entorno a la hora de competir con el Gran Comunicador gringo. Así que lo sustituyó por un mulato guarachero y avispado, de grandes y espesos mostachos: Carlos Aldana”.
Fuentes prosigue con el desfile para hacer válida su tesis: “Cuando Bill Clinton, le tocó a Armando Hart, una especie de místico del culto a Fidel pero que te bañaba en saliva cuando te hablaba a dos pies de distancia —algún descontrol en esas glándulas emisoras— y lo despidió de su puesto de ministro de Cultura para nombrar a un joven escritor de larga melena por los hombros llamado Abel Prieto y a quien se conocía en los medios intelectuales como Shirley Temple, debido a la desusada cabellera. La cabellera. Eso era lo que quería Fidel para competir con la juventud de Clinton. ‘No te la cortes bajo ningún concepto’, le advirtió el jefe de la Revolución”, escribe Fuentes.
Esta táctica, enunciada por el autor de La Autobiografía de Fidel Castro, al parecer fue continuada por Raúl Castro, y a la llegada a la Casa Blanca de Barack Obama, el 20 de enero de 2009, siguió el nombramiento de Bruno Rodríguez Parrilla como ministro de Relaciones Exteriores, en sustitución de Felipe Pérez Roque, el 2 de marzo de 2009.
Rodríguez Parrilla se ha convertido en una de las figura más sobresalientes del gabinete cubano, y durante los actos oficiales por el fallecimiento de Fidel Castro apareció de forma más prominente que el sucesor designado para la presidencia, Miguel Díaz-Canel. Si en un terreno el Gobierno de Raúl Castro puede presumir de avances es el diplomático, y es indudable la contribución del canciller a estos. Así que si a finales del mandato de Obama en Estados Unidos parecía inminente un avance de Rodríguez Parilla, e incluso tras la noticia del triunfo de Donald Trump en las elecciones, que lo convertiría en el “tercer hombre” real frente al papel de figura decorativa al que parecía condenado Díaz-Canel, hoy dicho pronóstico es algo más reservado.
Con la llegada de Trump a la Casa Blanca surgió la interrogante de si Raúl Castro no se veía entonces en la necesidad de buscar un sustituto, no para el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, que Rodríguez Parrilla lleva a cabo de manera tan adecuada a los intereses de la Plaza de la Revolución, sino de cara al nuevo Gobierno de Estados Unidos.
A Rodríguez Parrilla uno lo hubiera visto perfecto para lidiar con una presidencia de Hillary Clinton, pero con una de Trump surgían las dudas.
Y así, y según el rumbo que por aquellos días se especulaba iba a tomar la Casa Blanca de Trump con respecto a Cuba, se mantuvieron vivos los argumentos que giraban alrededor de otros dos miembros cercanos a Castro, siempre mencionados en Miami: el general Luis Alberto López-Callejas, encargado de GAESA S.A., el conglomerado de compañías más grande de la Isla, y el coronel Alejandro Castro Espín, a cargo de coordinar los servicios de inteligencia y militar de la Isla. Más allá de la relación de parentesco, ambos militares representaban las dos mejores opciones de las que disponía La Habana para enfrentar al nuevo Washington.
Como suele ocurrir, al menos hasta hoy la realidad se ha aventurado por otro rumbo: el inmovilismo —más bien el desinterés— de la administración Trump hacia todo lo que tiene que ver con Cuba y su Gobierno, salvo el gasto ocasional de alguna saliva en un discurso vetusto, le ha permitido a Raúl mantener la apuesta que él consideró desde un principio: la opción administrativa.
Muerto Fidel Castro, desapareció en Cuba la necesidad de un tercer hombre. Lo que el país requiere —y Raúl Castro lo sabe— es un buen administrador. Que Díaz-Canel pueda o no cumplir esa función es otra cosa, pero su sustituirlo o dejarlo no constituirá un problema político, en el sentido de categoría y problema que por décadas se conoció en Cuba.
Por primera vez desde la llegada al poder del castrismo, el régimen no tiene que mover fichas —cambiar de hombre— de acuerdo a los dictados o los intereses y motivaciones de Washington. En este sentido, Obama fue el último de los mandatarios estadounidenses, y al intentar abrir una puerta lo que consiguió fue cerrar un capítulo y una época (solo que él pensaba que la época que cerraba era otra).
Ello permite enfatizar la importancia que ha representado la visita del Secretario General del Partido Comunista de Vietnam, Nguyen Phu Trong, más allá de la firma de acuerdos comerciales, la condonación de la deuda de la Isla con la nación asiática o la visita protocolar a monumentos y tumbas.
Lo que vale la destacar aquí es como la prensa oficial cubana ha resaltado el reformismo económico vietnamita —que al igual que el chino no implica mayores libertades ciudadanas— precisamente en momentos en que también ha publicado que proseguirán las detenidas reformas económicas en la Isla.
A los fines ideológicos, políticos y hasta nostálgicos del Gobierno cubano —que por supuesto no son los de quienes buscan un destino democrático para la Isla—, Vietnam se convierte en el ejemplo perfecto a imitar y el broche de oro que Raúl Castro buscaba para cerrar esta etapa en Cuba. Todo lo cual —¡qué duda cabe!— es una de las de esas grandes ironía que, de vez en cuando, depara la historia de las naciones. 

Médicos, gobernantes y enfermos


De pronto un gobernante toma una decisión que sorprende incluso a sus seguidores: coloca al frente de una de las instituciones más complejas del país —con un notorio historial de deficiencias, falta de recursos y mala distribución de los existentes, y de la cual depende la vida de millones de ciudadanos— a su médico personal, alguien con indiscutibles méritos dentro de su profesión y conducta impecable, pero que carece del más mínimo conocimiento de la forma de administrar una dependencia tan amplia y complicada. ¿Donald Trump? No, Nicolae Ceaușescu.
Vale la pena anlizar lo ocurrido en Rumania[1], y no solo por las limitadas semejanzas con la decisión de Trump —no se trata, por otra parte, de exagerar y decir que en Washington hay un gobierno igual al que por 22 años existió en Bucarest— sino también  por otras circunstancias, que traen a la memoria el pasado reciente y la realidad actual cubana.
A diferencia de Stalin, Ceaușescu no solo confiaba en los médicos que lo atendían, sino que nombró a uno de ellos, el professor Theodor Burghele, ministro de Salud. No es que Burghele careciera de credenciales médicas —era un excelente urólogo y había sido recor del respetable Instituto de Medicina y Farmacia de Bucarest—, pero de lo que no disponía era de la capacidad administrativa necesaria para el cargo. En este sentido, su experiencia se limitada a la mencionada escuela médica, de indiscutible prestigio pero limitado cuerpo burocrático. Como cirujano era muy respetado, como ciudadano nadie discutía su decencia, pero dirigir el Ministerio de Salud era otra cosa.
Lo que Ceaușescu quería enfatizar con dicho nombramiento era que la vida de cualquier ciudadano rumano era un asunto de Estado, y que él, como mandatario supremo, podía prescindir de cualquier condición o requerimiento, ya que como la representación del poder supremo sabía mejor que nadie lo que era mejor para el pueblo. Paradójicamente, con su nombramiento Trump parece transitar por el camino inverso, y al nombrar a su médico presidencial — el almirante Ronny Jackson— como secretario de Asuntos de Veteranos, han surgido de nuevo los temores de que tras de dicho nombramiento se encuentre una vieja aspiración dentro de un sector del republicanismo: la privatización del sistema. A tal privatización se oponen diversos grupos que representantan a los inmigrantes, con independencia de sus preferencias políticas, e implicaría el cierre, o la transformación en instituciones privadas, de hospitales y centros de asistencia y terapia médica. Hasta el momento, la atención médica a los veteranos ha transitado por una vía intermedia, donde algunos servicios los brindan proovedores privados y otros están en manos de centros gubernamentales. Hay que señalar también que la reputación de quien estaba al frente y de la agencia y ha sido despedido —David Shulkin— se ha visto dañada por varios escándalos.
Pero tanto la decisión de Ceaușescu como la de Trump guardan un elemento común: imponer la voluntad del gobernante por encima de los criterios tradicionales y más adecuados a la hora de elegir la persona más adecuada para la función.
El doctor Burghele no recibió con agrado el nombramiento ministerial, pero sabía que no podía decirle que no al dictador rumano. Entre 1972 y 1975 se vio obligado a cumplir con las órdenes cada vez más erráticas del gobernante, aunque no le gustara y supiera que eran incorrectas; así fue hasta que finalmente renunció.
Sin embargo, no fue un caso único. Se repitió en quien fuera el último médico personal del dictador. El Dr. Iulian Mincu fue puesto por Ceaușescu a cargo del Programa de Alimentación Racional.
Dicho programa, que tanto recuerda la libreta de abastecimiento/racionamiento en Cuba, fue establecido en la década de 1980 para justificar la escasez de alimentos en el país bajo el pretexto de adelantos médicos. Para esa fecha, lo que los rumanos encontraban a la hora de comprar comida era un aceite adulterado hecho de soya sin refinar, un queso que no era tal sino hecho con harina, un producto que se vendía como carne procesado con las patas de pollos y gallinas y un falso café llamado “Nechezol”. Estos artículos, proclamados por la dirección del país como superiores a los productos naturales, permitieron al régimen exportar los alimentos naturales para obtener divisas.
For ejemplo, la cuota para una persona en la ciudad de Galați, en la zona occidental de Rumania a finales de la década de1980 constaba de lo sigiente: pan—300 gramos/diario; pollo—1 kilogramo/mensual; cerdo o carne—500 gramos/mensual, o latas de carne de Checoeslovaquia o la Unión Soviética como sustitutos; otros productos derivados de la carne (salame y salchichas, usualmente hechos de soya)—800 gramos/mensual; queso salado—500gramos/cada trimestre; matequilla—100 gramos/mensual; oil—750 mililitros/mensual; azúcar—1 kilogramo/mensual; harina de maíz—1 kilogramo/mensual; harina—1 kilogramo/cada semestre; huevos—8 a 12/mensual; y un suplemento especial para los trabajadores destacados o que llevaban a cabo las tareas más duras, que se traducia en 300 gramos adicionales cada mes para diversos productos.
A diferencia de Burghele, al parecer Mincu desempeñó su labor con agrado y de forma compaciente para Ceaușescu. Pese a ello, sobrevivió en el gobierno a la caída de este. Tampoco importó que de forma deliberada hubiera ocultado los datos de enfermos de sida y portadores del virus HIV en la década de 1980. Fue ministro de Salud durante el gobierno del sucesor de Ceaușescu, el autócrata Ion Iliescu, y declaró no haber hecho, tampoco rectificó sus insólitas ideas sobre los productos alterados y la alimentación.
Una de las lecciones que se desprenden de estas historias rumanas es que la opinión de determinados expertos —no importa lo descabelladas que resulten— cuentan de forma determinante si detrás de ellas está un poder que las apoya y proclama. Otra es que la proximidad a un líder (incluso en el caso de un gobernante elegido democráticamente como Trump), no aporta una cualidad especial a la hora de enfrentar los complejos poblemas que afectan a una organización que necesita con urgencia ser mejorada.
El Dr. Ronny Jackson ha sido colocado de pronto al frente de la dirección gubernamental que tiene que ver con los problemas y asuntos de los veteranos, y da la impresión que uno de los méritos fundamentales para tal nombramiento ha sido la declaración de que el presidente tiene un excelente estado físico y mental. Pero, por supuesto, tal virtud cuenta poco cuando está en juego la salud de millones de personas.




[1] Este trabajo fundamenta la información que brinda sobre Rumania durante la época de Nicolae Ceaușescu en el siguiente artículo: When Our President Put His Doctor in Charge of Everything, aparecido en PoliticoMagazine.

Homosexualismo y enfermedad en Cuba


Para quienes estudiamos psicología durante la década de 1970 en Cuba, el considerar al homosexualismo una enfermedad —ya fuera de origen mental o por un desequilibrio hormonal— era una posición “avanzada”, no libre de reproches. La definición oficial transcurría por rumbos menos elaborados: un homosexual era simplemente un degenerado sexual y antisocial.
La Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana tomaba medidas muy precisas para evitar la entrada de homosexuales al centro docente. Todo aspirante a cursar la carrera tenía que someterse a diversos tipos de evaluaciones, que intentaban garantizar que era “confiable”, tanto desde el punto de vista político y vocacional como en términos de salud mental.
Para verificar la lealtad revolucionaria existían las verificaciones al uso, desde el análisis del expediente docente hasta el reunir datos e informaciones por otros medios, pero mucho más profundo y “científico” era el análisis de la capacidad mental y la estabilidad emocional del aspirante.
Había una lógica para llevar a cabo ese proceso. La inestabilidad emocional afecta no solo la comprensión de los procesos mentales sino que puede resultar en una vulnerabilidad peligrosa en quienes —por su trabajo o estudio— tienen que enfrentar a personas perturbadas o situaciones perturbadoras.
Esa sería a grandes rasgos la justificación del requisito indispensable de someterse a una batería de tests y una o más entrevistas antes de entrar en la escuela.
Sin embargo, dentro de la aplicación de tales pruebas se consideraba un factor fundamental el detectar cualquier rasgo homosexual o la existencia de un homosexualismo latente o activo.
Una de las pruebas psicológicas empleadas era el Inventario de Personalidad de Minnesota (MMPI), que entre otros aspectos contiene una escala clínica cuya medición siempre se analizaba en detalle en la escuela, y es la que mide el índice Masculino-Femenino.
Cualquier puntuación elevada en ese indicador, si correspondía al sexo contrario en el sujeto (un hombre con elevada puntuación “femenina” o una mujer con alto índice de “masculinidad”) era causa de rechazo.
Aunque el “Minnesota” es una prueba confiable, ocurría que en la versión que se aplicaba en Cuba algunas preguntas respondían a factores culturales y en realidad no determinaban con exactitud tendencias de género (el Inventario fue creado alrededor de 1943 por Hathaway y McKinley; la escala masculino-femenino (MF) fue desarrollada en 1956 por ambos autores, con el propósito inicial de diferenciar entre hombres heterosexuales y homosexuales).
Aunque en la propia escuela se realizaron estudios para determinar esas inexactitudes, no por ello se limitó el uso de la prueba a la hora de decidir si un aspirante debía ser o no excluido bajo la sospecha de homosexualismo.
Incluso se llegó al extremo de ni siquiera considerar al homosexualismo como un trastorno psicológico, sino como una enfermedad; y eso en el mejor de los casos, pues el criterio imperante era que se trataba de una conducta delictiva.
La diferencia entre trastorno psicológico y enfermedad es importante. Un trastorno implica cierto desajuste con el contexto, cierto problema de adaptación persona-sociedad, lo cual hace que por definición no esté libre de valores.
Mientras que en los años 60 en Estados Unidos se logró un cambio de criterio sobre el homosexualismo considerado como una enfermedad, y en 1973/1974 la Asociación Psiquiátrica Americana decidió por una ligera mayoría (58%) eliminar la condición como categoría de enfermedad, Cuba siguió aferrada a categorizar al homosexual como delincuente y antisocial, y enfermo en el mejor de los casos.
Si como dice Mariela Castro, la “historia del CENESEX se remonta a 1972 cuando la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) creó un grupo de trabajo destinado a evaluar las dificultades y censar las discriminaciones de las cuales eran víctimas los homosexuales y las lesbianas”, poco se supo entonces de esa supuesta labor en el principal centro universitario del país, dedicado al estudio de la psicología, donde algunos estudiantes nos creíamos “científicos de criterios avanzados” al considerar a estos como “aberrados” y no simples delincuentes. 

martes, 27 de marzo de 2018

De armas, lemas e imágenes, y de la «Divina Comedia»


Sobre las armas, la libertad de comprarlas y los medios para lograr el fin del “castrocomunismo”: cuentan que décadas atrás un personaje en Miami se dedicaba a recorrer las armerías —sin sacudirse el polvo del camino ni preguntar dónde se comía y dormía— y compraba casi por centavos viejas escopetas de caza, cuchillos más o menos oxidados y pistolas inservibles. Días antes había realizado en dicha ciudad uno de los tantos radio maratones que abundaban entonces, con el fin de recaudar fondos para llevar la democracia a la Isla. Luego el arsenal obsoleto era colocado a bordo de una embarcación más o menos navegable. Entonces el personaje procedía a la parte más sencilla pero fundamental del plan: una llamada a tiempo a la policía local para denunciar el belicoso alijo.
Existen además otras versiones, que hablan de una segunda llamada, al principal periódico de la ciudad —que aparecía, por supuesto, en inglés—, para denunciar la denuncia y advertir del decomiso inminente. Aquí difieren las fuentes y es posible que dicha segunda llamada nunca se produjera y la aparición de la noticia dependiera simplemente de la frecuencia de la radio policial —que en cualquier ciudad y hasta pueblo de Estados Unidos conocen los reporteros, sin que ello contribuya a su cacumen—.
La clave o idea, que por un tiempo hizo al negocio lucrativo, es que constituía lo que hoy se conoce —con palabras a la moda— por un algoritmo perfecto: una serie de pasos sencillos que acarreaban una solución, en este caso un modo para sobrevivir por un tiempo sin disparar un chícharo.
Embargadas las armas, ya de por sí inútiles, la expedición tenía que ser prorrogada, las identidades de los patriotas mantenidas en el más absoluto secreto —por lo que más valía no estar investigando mucho sobre el dinero invertido— y las esperanzas de los cubanos alimentadas con un nuevo fracaso.
Apócrifa o no —hay una acotación trágica, que comenta la muerte del sujeto, algo frecuente décadas atrás en Miami—, la narración trata de advertir que el recurso oportunista, al que se agarran ahora algunos ¿exiliados? cubanos, de que la tenencia  de armas en manos ciudadanas es causa, razón necesaria y suficiente, conclusión y destino para evitar una dictadura como la castrista no es más que un espejismo o una justificación burda.
Incluso si dicho argumento —con un grado mayor o menor de acierto— se aplica a Estados Unidos y no a Cuba.
Toda el discurso en torno a la segunda enmienda constitucional estadounidense, y la necesidad de mantener viva la opción de crear milicias; de contar con ciudadanos armados como garante de la democracia y de la independencia de un poder central —de un Estado que podría derivar en un control totalitario— es pura falacia, que en última instancia poco tiene que ver con el partidismo, republicano o demócrata, y mucho con el mito del Estado.
De lo que se trata, más bien, es de la inversión de una ecuación fundamental del sistema democrático y el Estado de derecho. Mientras estemos considerando la posesión de un arma de fuego para uso personal —ya sea un revolver o pistola con objetivo de protección o una escopeta o fusil de caza con fines recreativos— nos estamos moviendo en el terreno de las libertades individuales y ciudadanas, que merecen todo el respeto y la necesidad de luchar en su favor.
Pero cuando entramos en el campo de los fusiles de asalto en manos civiles, transgredimos el terreno por la sencilla razón de que desvirtuamos el valor de uso de la mercancía: estas armas son creadas y tienen como objetivo la guerra, no la vivienda propia o vecina.
Para tal transgresión solo caben dos justificaciones. Una propiamente mercantil tiene más que ver con el valor de cambio del artículo y es el interés de fabricantes, vendedores y propagandistas de multiplicar la ganancia con el aumento de las ventas. La otra, social y psicológica, abarca de la sublimación —un mecanismo de defensa de la personalidad que canaliza deseos agresivos y de dominación hacia un terreno más visible y aceptable— a la fantasía que desde hace décadas explota el  cine, en particular el estadounidense.
Porque el postulado de la creación de una milicia para defenderse o limitar el poder de un Estado o gobierno tiene a su vez una segunda cara más oscura, y es que puede encerrar el propósito de destruir o sustituir ese gobierno y apoderarse del Estado. ¿Qué es lo que hizo Hitler en un primer momento sino fue crear una milicia o cuerpo paramilitar?
Una de las mayores virtudes de la democracia, tanto en Estados Unidos como en Europa, ha sido la capacidad de establecer sociedades que son a la vez muy permisivas y muy firmes —en determinados momento incluso rígidas— a la hora de sus principios fundamentales.
Así que quienes crean que en Estados Unidos la posibilidad de crear milicias —existen centenares de ellas— garantiza en última instancia una independencia del poder gubernamental y de los fundamentos del Estado, pueden seguir mirando películas y desconocer la historia del país, para no sufrir una decepción.
Un debate entonces sobre la permisividad para adquirir y almacenar fusiles de asalto tiene que obedecer a razones prácticas, datos estadísticos y criterios policiales.
El argumento constitucional debería quedar fuera, porque lo que se cuestiona no es el derecho de comprar y poseer un arma, sino el objetivo de tener un material no destinado a fines domésticos sino militares.
Bajo esos términos, la discusión no difiere mucho a otra posible: ¿Cuál es la utilidad de tener un tanque de guerra en el traspatio? Por supuesto que en este país hay muchas personas con el dinero más que suficiente para adquirir tales equipos —incluso por unos cuantos miles de dólares es posible la experiencia de manejar un tanque de combate, con fines recreativos, en determinadas instalaciones—, pero no son la mayoría. En el caso de los fusiles de asalto, el abaratamiento de la mercancía cambia la perspectiva.
Por otra parte, el razonamiento de que ceder en cuanto a los fusiles de asalto implicaría a la postre caer en una censura total de las armas no hace más que evidenciar una mentalidad intransigente: recuerda al “Che Guevara” con aquello de no ceder “ni un tantico así”.
Si la discusión sobre los fusiles de asalto puede llevarse a cabo sin el argumento constitucional, por qué recurrir a este. Simplemente por la facilidad que representa en cualquier debate el echar mano a un argumento de autoridad. Quienes han vivido en un país llamado comunista o conocen la teoría y práctica del marxismo-leninismo, saben de la “efectividad” de apelar a las citas.
Si en la desaparecida Unión Soviética, en la Cuba y la Corea del Norte de hoy una mención oportuna podía y puede poner fin a una discusión —y desencadenar consecuencias más graves—, en Estados Unidos tal apelación busca igual objetivo. Incluso de forma más descarnada mediante una asociación entre Biblia y Constitución. En todos los casos, el recurrir a un texto “sagrado” —no importa si a una página de Marx, Lenin, san Juan, san Pablo, Madison y Hamilton— es aún una forma socorrida —aunque en muchos casos también vulgar y barata— de buscar anotarse puntos a favor en cualquier debate.
Autoridad e imagen
Si el argumento de autoridad —magister dixit toma como premisa la opinión de quien la dijo, y pretende juzgar una creencia por su origen y no por sus argumentos en contra y a favor, incluye en su esencia todo lo contrario a lo que aparenta: carece de raciocinio. Es por ello que en esta época de posverdad en muchas ocasiones el valor de una imagen —adulterada, tergiversada por cierto objetivo— acude en su ayuda.
Acaba de ocurrir en un ejemplo de torpeza, cuando el pasado domingo un corto video de Emma González rompiendo la Constitución de EEUU se volvió viral en las redes sociales —al ser difundido por varias cuentas conservadoras y de la llamada “derecha alternativa”— y provocó casi de inmediato un fuerte rechazo por parte de los usuarios.
Solo que la imagen era falsa: en realidad lo que la activista rompe en el video original es un cartel de tiro al blanco.
Lo singular aquí, de acuerdo a los tiempos que corren, es que los creadores de tal tergiversación no solo no han mostrado el menor arrepentimiento sino justificado su acción con el recurso de la parodia: “Todos ustedes están molestos porque es creíble, ¿no? Ese es el mejor tipo de sátira”.
La explicación del recurso —en una época limitado a la literatura y el arte— no deja de ser conveniente, aunque cínico entre quienes apoyan a un presidente que ha hecho de las “fake news” uno de sus lemas predilectos.
Y es precisamente esta mezcla de lo viejo y lo nuevo lo que en la actualidad convierte en poco transitable el debate político en Estados Unidos, que por supuesto afecta otro menor en alcance, y que tiene que ver con el exilio cubano.
Si la tergiversación del video original de González es fácil de despachar, no tanto resulta en lo que respecta a su atuendo durante el sábado que se celebró en Washington la “Marcha por Nuestras Vidas”. La chaqueta verde oliva y en especial el parche con la bandera cubana han desatado comentarios que van desde el uso de la bandera de un país comunista, por el equipo del legislador Steven King,—“Pointing out the irony of someone wearing the flag of a communist country while simultaneously calling for gun control isn’t ‘picking’ on anyone”— hasta el color de la prenda.
Un primer hecho es la potencial amenaza política que representa para los republicanos el que el movimiento estudiantil pueda transformarse en un importante factor en las urnas de cara a las próximas elecciones legislativas —algo que está lejos aún de concretarse— y en igual sentido el peligro político que significan rostros jóvenes y de claro valor mediático en su contra; algo que ya se había reflejado en una declaración del aspirante republicano al senado estatal del Maine, Leslie Gibson, cuando describió a González como una “skinhead lesbian” y sus palabras le costaron el tener que retirarse de la contienda.
Otro segundo, pero no secundario aunque en apariencia local, y con posible trascendencia a todo el país es el surgimiento de una figura que irrumpe de momento en el ámbito político —si bien con las limitaciones propias de la edad y los objetivos declarados— como un factor potencial de transformación de la imagen de la comunidad exiliada, no de Miami pero sí cerca.
Lo que llama la atención en este caso —tanto en la vestimenta de González como en los detractores de ella— es la necesidad de continuar empleando referencias visuales que tienen su raíz en un pasado más o menos cercano.
Si en algunos exiliados cubanos —con independencia de edad y tiempo en Estados Unidos— la chaqueta y el color verde oliva es una referencia imposible de arrancar de la memoria (que asocian con los guerrilleros insurrectos contra Batista, el ejército castrista y el propio Fidel Castro), otra lectura —más apropiada— podría llevar a John Lennon y al movimiento hippie.
Ya dentro del terreno de la imagen, hay también la creación de un contraste —de forma intencional o no—, como el protagonista de Full Metal Jacket, con el símbolo de la paz y la leyenda “Born to Kill” en el casco, que refiere inevitablemente a la época del auge de la contracultura en Estados Unidos.
En cualquier caso, el debate referencial a una “simple” chaqueta es, de por sí, un elemento importante a destacar. Si en gran medida la tendencia que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump tuvo un carácter contracultural, un movimiento a la inversa, en este caso por parte de jóvenes —en línea opuesta generacionalmente— podría ganar importancia en el panorama político estadounidense.
Lo interesante de ello  —al menos para quien escribe este texto— es que vuelven a figurar los cubanos (y las cubanas, para ponerse en onda feminista) de nacimiento u origen, quienes parecen estar bendecidos —o condenados— al destino de los personajes en la Divina Comedia, donde cada familia florentina aparece con su pariente en el cielo o en el infierno.


Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...