miércoles, 8 de septiembre de 2021

The Long and Winding Road


En el camino de la transición se parte de la falacia de que existen constantes en las políticas de cambio y se descuida el análisis de las circunstancias específicas.
Para mencionar sucesos con resultados parciales o limitados en el avance real para un cambio en Cuba, y que ya se perciben como lejanos pero ocurrieron hace pocos años —durante el período final de la administración de Obama—, destaca el hecho de que algunos de los que reclamaban el “empoderamiento de la sociedad civil”, desde la orilla miamense o en su proyección en la capital estadounidense —tanto en la esfera gubernamental como mediante el cabildeo y las conversaciones en los pasillos del Capitolio estadunidense— se negaron al mismo tiempo a facilitar mayores recursos para el avance de lo que pudieron ser sus factores esenciales o al menos contribuyentes: la promoción de negocios particulares, el refuerzo a la labor de emprendedores y otros aspectos de ayuda a una reforma económica.
Se vivió entonces bajo dos visiones disímiles —y en ocasiones contradictorias— sobre una posible sociedad civil cubana. Una enfatizaba el plano político y destacaba la existencia de grupos de denuncia de abusos; que en buena medida justificaban su existencia mediante la retorica de la victimización y dependían del financiamiento de Washington y Miami para su existencia. La otra apuntaba al plano económico y veía el surgimiento de una esfera laboral independiente del régimen como la vía necesaria para el fundamento de una sociedad más abierta.
En ambos casos, las limitaciones se destacaron por encima de los logros.

La “pureza” perdida

Los empleados estaban preocupados, y hasta con vergüenza. Bueno, esto último era de esperar que fuera fingido; aunque nadie escatimaba en el esfuerzo. Bajaban la cabeza y evitaban mirarse unos a otros, pero todos pensaban lo mismo: en las próximas semanas su vida se iba a complicar —incluso— un poco más: nuevas incomodidades y menos tiempo disponible para ellos, su familia o para perderlo en lo que se les antojara. Porque el ministro había sido claro: “El dinero obtenido era un dinero sucio. Así no podía ser la cosa. Se había perdido la pureza y era necesario recuperarla de inmediato”.
Era La Habana y la década de los sesenta y los que soportaban el reproche autoritario no eran culpables de un robo, tráfico de drogas, prostitución, y ni siquiera engaño alguno. En las últimas semanas se habían dedicado a conseguir los artículos más diversos y humildes para venderlos en pequeñas ferias tras el horario semanal —aunque llamar “feria” a cuatro mesas con cuatro tarecos en una acera evidencia torpeza en quien escribe. Centavo a centavo se acercaban a la meta fijada en el ministerio para contribuir económicamente a un evento cualquiera, decretado por el gobierno, el partido, Fidel Castro o cualquier otro sinónimo.
Sin embargo, en vez de felicitarlos, como todos esperaban por estar cercanos a la cifra de recaudación —que incluso pensaban superar—, el ministro estaba indignado. Consideraba que el empeño no ejemplificaba un esfuerzo revolucionario sino una obra de perdición.
Porque las ganancias producto de unas sencillas ventas estaban viciadas. No era dinero puro y de inmediato quedaban prohibidas actividades de ese tipo. Los fondos que faltaban para cumplir el compromiso y superarlo —siempre se daba por sentado que los compromisos se superaban— había que ganárselos con trabajo agrícola.
El ministro volvía una y otra vez a enfatizar ese lenguaje casi religioso —de honor y pecado—, como si fuera no un simple cura sino un obispo o regidor, mientras se arreglaba la chaqueta de cuero; porque un ministro podía ostentar que todo el tiempo estaba en un ambiente refrigerado, donde no llegaba el calor de aquel verano en la Cuba revolucionaria.

La blanca nostalgia


La apropiación o nostalgia de Bach —y de la música barroca en general— por grupos como The Beatles y Procol Harum no es ajena a un interés similar que a finales de la década de 1960 existió entre músicos cubanos ejecutantes en orquestas de charanga, que por limitaciones económicas —entre otros factores— desde su niñez y adolescencia fueron incapaces, debido a circunstanciales sociales y económicas, de alcanzar una formación mejor. En Cuba, brevemente, ese hiato fue superado, y se logró disfrutar de agrupaciones entre las cuales Irakere logró ser símbolo y síntesis.
En Gran Bretaña ese esfuerzo más o menos consciente —aunque ambas categorías palidecen ante la presencia de un personal de apoyo con plena capacidad— sirvió para el empeño en boga de destruir las distinciones entre música popular y de concierto. Labor meritoria que, por otra parte, no logró abolir el azar.

martes, 7 de septiembre de 2021

Miami: el delirio de la intervención


En su último discurso sobre el Estado de la Unión, el ahora expresidente Barack Obama señaló que no era la función de Estados Unidos “reconstruir cada país que entrara en crisis”. Y luego enfatizó: “Eso no es ser un líder. Es una manera segura de acabar en un atolladero, derramando sangre y dinero estadounidense. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya deberíamos haberla aprendido”.
Sin saberlo, el entonces mandatario adelantaba la respuesta adecuada a una congresista como María Elvira Salazar, que en las últimas semanas ha acusado al presidente Joe Biden de “no ser líder”, por no tomar medidas más activas contra el gobierno cubano. ¿Hasta dónde llegarían esas medidas? Para los partidarios de los representantes cubanoamericanos del sur de Florida —republicanos por más detalle— la respuesta es corta: una invasión armada.
Curiosamente, la línea de acción que Obama anunciaba en aquella ocasión, que por otra parte lo acercaba a una tradición del pensamiento conservador —cuando los miembros del Partido Republicano criticaban al entonces presidente Bill Clinton por pretender convertir a los soldados estadounidenses en “protectores de las guarderías de Kosovo”—, no es compartida los legisladores republicanos del sur de Florida. Al menos en lo que respecta a Cuba.
Intervención y aislamiento
El cambio de estrategia conservadora ocurrió durante el mandato de George W. Bush, quien recurrió a una distorsión para que los hechos entraran en sus planes. Consideró a las “amenazas asimétricas” —referidas a los objetivos militares no convencionales, de las cuales el ejemplo más claro son las organizaciones terroristas— como si se tratara de potencias enemigas.
En su momento G. W. Bush recurrió a la vieja creencia estadounidense de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras. Luego, con nuevos bríos,  Donald Trump retomó la idea.
Tras Obama, la presidencia de Trump trazó una vía aislacionista que aún pervive en los fanáticos del exmandatario. Solo que en el caso de los legisladores cubanoamericanos —en los que el fanatismo hacia Trump se mide en conveniencia política; salvo en Mario Díaz-Balart, donde imperan también las afinidades electivas—, el reclamo de una intervención estadounidense directa, para algunos incluso armada, busca atraer partidarios y votos que les permitan mantenerse en el poder legislativo (¿suena familiar, no?). Para ello se imponen con la debida urgencia a llevar a cabo esa labor. Más cuando su actuación en favor de la mejoría social y económica de los distritos que representan es poca o nula; al punto de resumirse sin exageración en una frase: no les interesa dicho mejoramiento.
El mal externo
El colocar el origen y la causa del mal fuera de nuestra responsabilidad —e incluso territorio— es uno de los puntos donde han coincidido tanto el aventurerismo de Bush como el aislacionismo de Trump. Pese a sus conocidas diferencias y rencores, ambos siempre encontraron apoyo y justificación en ese sector del exilio que ahora reclama —más que pedir— una intervención militar en la isla.
En el caso de Cuba, hay que tener en cuenta que en su historia los factores externos han sido en muchos momentos más determinantes que los afanes y conductas de sus habitantes. Así, por razones y circunstancias múltiples, el hecho de que la independencia de la colonia se estableciera gracias a otra potencia extranjera —y luego la dependencia económica a dicha potencia y después a otra que en parte la sustituyó— han convertido en idea común y sin prejuicio la petición de ayuda exterior para resolver los problemas internos.
Si en EEUU la clave para explicar el furor contra lo ajeno se encuentra en la herencia puritana, algo arraigado en cierta zona del carácter nacional, que ocasionalmente reaparece e inicia un ciclo —y luego cede tras derrotas y muertes innecesarias—, igual repetición de ciclos, de euforia y sumisión, aplican en Cuba; esa hasta cierto punto extraña mezcla de mirar y copiar lo externo para luego o al mismo tiempo gritar un fervor nacionalista. 
Puede agregarse que EEUU esa fe y práctica puritana no ha sido muchas veces más que un mito alimentado por los interesas al uso. Al igual, ese “fuerte nacionalismo de los cubanos”, al que con frecuencia se refieren —por comodidad o desconocimiento— los periodistas locales y extranjeros, no pasa de ser un recurso fácil y un reflejo de ignorancia o vagancia por parte de la prensa. 
La proyección del mal como algo exterior actúa a las mil maravillas en las mentes formadas en la repulsa a lo desconocido. De dicha repulsa nace la intransigencia. Tanto la intransigencia puritana (calvinista), que también por oscurantismo o provecho tiende a ocultarse tras el cliché más burdo —“vinieron a estas tierras buscando la libertad religiosa”; sí, para ellos, pero no para los demás— como la intransigencia política que trata de callar las opiniones contrarias.
Intransigencia
Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español, los cubanos comenzaron a exaltar la intransigencia no como un valor moral, un recurso emotivo y una justificación personal, sino como un valor político.
El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura, recorre las páginas de los textos que en Cuba se enseñan desde la escuela primaria y sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños y de vocación suicida a unos cuantos insensatos.
Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el Diccionario de la Real Academia
De acuerdo a esa definición, la intransigencia puede interpretarse como sinónimo de rectitud, cumple una función de guía moral: cuando se transige, se cede, en parte se claudica.
La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.
Entre ambos aspectos de una misma definición existe un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.
La valoración positiva de la intransigencia —paradigma heredado de los patriotas,  pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos— se asume desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado o inepto para juzgar el efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen, a los ojos del resto del país. 
Estulticia y oportunismo
La historia es vieja, muy vieja; la ilusión infinita. Lo que no deja de producir sorpresa es esa capacidad del exilio miamense, de volver una y otra a tropezar con la misma piedra, y cuando no la encuentra buscarla y colocarla en la vía.
El capítulo más reciente ocurrió durante el mandato del anterior inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump y el exilio, donde los papeles de seductor-seducido se fueron intercambiando a partir del momento en que el exmandatario se dio cuenta que no era una mala aritmética contar con los votos de los cubanoamericanos, y que tampoco era muy difícil ganárselos. 
A partir de entonces, las cifras importaron poco para repetir viejos mitos con nuevos nombres; acelerar mentiras que reafirmasen que sin la little help de los cubanos de Miami, Trump no habría salido nunca de su pent-house en Manhattan; y por otra parte —primero con entusiasmo y luego con añoranza— aferrarse a la idea de que sin la participación del exinquilino, el fin del castrismo resultaría punto menos que imposible.
Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios compiten a ver quien cae más bajo. Ello en medio de una oleada de terror en la isla, para paralizar el mínimo intento de rebelión política.
Ni el régimen de La Habana merece defensa alguna, ni tampoco emanó fervor el tardío reverdecimiento de La Pequeña Habana durante el mandato de Trump. Al final todo se redujo a un coro de idiotas aprovechados o de aprovechados idiotas, en ambas costas. Ahora nuevas voces y nuevos ámbitos están definiendo en Cuba la oposición —o al menos las respuestas— al régimen imperante, más allá de las persistentes torpezas en Miami. Largo es el rosario que tiene el caso cubano en intentar trasladar modelos foráneos. Aún queda una ligera esperanza de que esta tendencia se detenga.
Pasividad y más de lo mismo
El recurrir a la “pasividad” de Biden como chivo expiatorio ante la situación cubana no es solo una mentira oportunista —los políticos de ambos partidos son expertos en mentir— sino un insulto a la inteligencia del elector. Que se repita con énfasis en Miami solo indica la impunidad que por décadas ha permitido lucrar y avanzar a embaucadores disfrazados de patriotas.
Durante décadas, tanto legisladores demócratas como republicanos se mostraron más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.
Esa realidad siempre ha encontrado en Miami un acondicionamiento político: los republicanos diciendo que eran los demócratas quienes no querían un verdadero cambio en la isla y los segundos respondiendo desde una posición defensiva, con el argumento de que los primeros no habían hecho nada útil al respecto. En la práctica ambos partidos han hecho todo lo posible para no destacar sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la isla que desencadene un éxodo masivo.
Aunque durante la administración de G. W. Bush concretó que desatar un éxodo masivo en Cuba hacia EEUU sería interpretado como un acto de guerra —y al respecto las tácticas del régimen han cambiado—, los objetivos persisten: trasladar a Miami los problemas internos de la isla.
Por otra parte, desde hace varias décadas se desarrolla en esta ciudad un espíritu reaccionario-revolucionario que ya no se materializa en acciones bélicas o terroristas (¡por suerte!), pero que no renuncia a una retórica afín. 
Ello a través de generaciones. Una parte de quienes han nacido —o desde la infancia han vivido en Miami— no logran separar las ventajas y privilegios de esta ciudad de las limitaciones que implican el identificarse de forma estrecha con un ámbito acotado, como es el de cualquier comunidad exiliada.
Sacando provecho al conocimiento de dos idiomas, y a la facilidad de un mundo por delante, han escogido el camino más fácil: apelar al sentimiento minoritario para adquirir cargos políticos y administrativos.
Al mismo tiempo, dichos supuestos representantes de la comunidad arrastran la desventaja —que no reconocen y se niegan a identificar— de carecer de patria. No en el sentido limitado de un nacionalismo antiguo —representado por una serie de valores que pueden considerarse más o menos vigentes o caducos—, sino bajo un concepto más amplio: son apátridas en la carencia de un sistema referencial contra el cual analizar y juzgar otros patrones nacionales. 
De esta forma, su patriotismo —para atenerse al argumento benevolente que poseen algunos— es en el mejor de los casos provinciano.
Historia antigua
Por demasiados años los cubanos han sido cautivos de una visión decimonónica de la historia, y una teoría del desarrollo que lleva a pensar que la evolución económica, social y política del país seguía un patrón de avance.
Este determinismo coincide en la isla y el exilio, aunque con conclusiones opuestas.
La situación imperante en la “República Mediatizada” tuvo por fin lógico la “Revolución”, se afirma desde la isla. Mientras en Miami se repite que la “República” avanzaba —con más o menos dificultades según el orador— por el camino del desarrollo, hasta ser destruida por la llegada de Fidel Castro al poder.
En ambos casos, la ilusión republicana establece la guía. Para alcanzarla, tanto en Miami como en La Habana se justifican los afanes independentistas, sin importar los medios necesarios para lograr la deseada independencia.
Una nueva generación en la isla ha transformado esta tendencia. En la actualidad, a muchos entre quienes rechazan al régimen no los alienta un afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer. Son ellos quieren merecen ser escuchados, y no los vocingleros de siempre en Miami.

sábado, 7 de agosto de 2021

Reclaman a Biden más información sobre la posible participación saudí en el 9/11, o que de lo contrario no participe en los actos conmemorativos


Al cumplirse 20 años de los atentados terroristas del 9/11 en Nueva York, crece el reclamo en favor de que el pueblo estadounidense conozca más sobre la posible participación de funcionarios de Arabia Saudí en los hechos.
El reclamo se materializa en una solicitud de los familiares de los fallecidos para que el presidente estadounidense Joe Biden no participe en los actos conmemorativos, a no ser que desclasifique los archivos sobre los atentados, informa la BBC.
Casi 1.800 personas firmaron una carta solicitando al mandatario que entregue documentos que creen implican a funcionarios de Arabia Saudí.
Dicen que si se niega, no debería asistir a las ceremonias el próximo mes para conmemorar el vigésimo aniversario de los atentados en los que murieron casi 3.000 personas. Piden que el mandatario se mantenga alejado de los tres sitios donde ocurrieron los ataques: Nueva York, Virginia y Pensilvania.
Según la investigación, los ataques fueron cometidos por el grupo terrorista al Qaeda. 15 de los 19 secuestradores de los aviones eran ciudadanos saudíes.
Las familias han denunciado reiteradamente que funcionarios saudíes tenían conocimiento previo de los ataques y no hicieron nada para detenerlos. Además, demandaron al gobierno de Arabia Saudí, quien negó estar involucrado.
El mes pasado, la demanda llevó a varios altos funcionarios sauditas a ser interrogados bajo juramento. Las declaraciones permanecen clasificadas, lo que molesta aún más a las familias.
“Desde la conclusión de la Comisión del 9/11 en 2004, se descubrieron muchas pruebas que implican a funcionarios del gobierno saudí en el apoyo a los ataques”, continúa la carta de las familias, de acuerdo a la BBC.
“A través de múltiples gobiernos, el Departamento de Justicia y el FBI buscaron activamente mantener esta información en secreto y evitar que el pueblo estadounidense sepa toda la verdad sobre los ataques del 11 de septiembre”, añaden.
Los gobiernos de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump se negaron a desclasificar los documentos, citando preocupaciones de seguridad nacional.

viernes, 6 de agosto de 2021

La vieja y nueva lucha entre neoliberalismo y mercantilismo


Si la caída del Muro de Berlín marcó el fin de buena parte del mundo comunista, la crisis financiera de 2007-2008 también significó el fin de una era, esa en que estudiosos y charlatanes se mezclaron con la intención de convertir al mercado en un nuevo dios al que había que obedecer y respetar sin interferir nunca en sus designios.

Mientras que el comunismo duró varias décadas, el neoliberalismo disfrutó de una vida mucho más breve y feliz. Bastó que las cosas comenzaran a marchar mal para que los banqueros, y quienes los representan en Washington, se sintieran obligados a llamar a la caballería al rescate.

A la hora de las ganancias, hay que respetar al capital privado. Pero al llegar el momento de las pérdidas, ahí está el Estado —benefactor de los ricos y corporativo en esencia—  para cargar las cuentas sobre las espaldas de los contribuyentes.

Desde el punto de vista histórico, el liberalismo surgió como una superación del Estado mercantilista, con una economía de libre mercado, basada en la división del trabajo, carente de influencias teleológicas e impulsada por el egoísmo individual, que terminaría dirigiendo ese egoísmo hacia el bienestar privado, que a su vez se encauzaría hacia el bienestar social: el hombre estaba obligado a servir a los otros, a fin de servirse a sí mismo. 

Algunos años antes de la caída del comunismo, pero sobre todo tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, los partidarios del neoliberalismo lo presentaron como la teoría capaz de lograr el desarrollo, y en última instancia el bienestar de todos mediante la desigualdad. La paradoja del enunciado descansaba en el fracaso del comunismo, un publicitado proyecto de justicia social que no solo se había convertido en un sistema totalitario —en la práctica política—, sino también un fracaso en sus objetivos económicos.

Sin embargo, además de deber su popularidad en buena medida a un fracaso ajeno y no a un mérito propio, el neoliberalismo olvidaba que el egoísmo se expresaba mejor en la avaricia individual que en el bienestar social, al que parecía destinado según los primeros teóricos de su antecesor, el liberalismo económico. La ganancia sin límites se perseguía a diario, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud, sin pudor ni decencia.

¿En qué momento el neoliberalismo se convirtió en la antítesis del liberalismo? Concentrado en la competencia, en vez del intercambio; renunciando a la división entre el hombre económico y el ciudadano; queriendo poner la política al servicio del mercado, en lugar de acabar con ella.

Aunque tales afirmaciones son en cierta medida relativas.

Desde sus inicios, el liberalismo económico conducía, en última instancia, al Estado corporativo; esa mala semilla que tiene en su interior la sociedad propugnada por los neoliberales. Aunque esta “última instancia“ los teóricos liberales siempre consideraron poder evitarla o en su tiempo les resulta imposible pensar en la concentración de capital de nuestra época (Marx, que no era liberal en cuanto a economía, pero sí respondía a la época de la Ilustración en lo que respecta a su concepto del individuo como un ser guiado por la razón si se presentan las condiciones adecuadas, es algo aparte y posterior).

Cuando los neoliberales hablan de disminuir el papel de un Estado paternal, regulador y mercantilista, tras sus palabras está el afán de desmontar cualquier mecanismo de protección y ayuda a la población, para imponer con absoluta libertad sus proyectos de beneficio personal. 

Al negarse a intervenir desde un principio en el alza del petróleo a comienzos de este siglo, el entonces presidente George W Bush no hizo más que defender sus intereses familiares y los de su círculo de poder. Es cierto que una crisis bancaria de grandes proporciones afectó a todos los sectores sociales y económicos, pero lo fue también que los precios elevados de la gasolina perjudicaron especialmente a quienes, en la pirámide económica, estaban muy por debajo de los ricos; desde la clase media hasta los indocumentados.

El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada dentro del mismo sistema capitalista.

Ambas están, por otra parte, íntimamente relacionadas. 

La intervención del Estado, para prevenir y solucionar las crisis económicas fue la solución propugnada por John F. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.

Se puso en práctica con éxito en este país durante muchos años. Luego le llegó el turno a Milton Friedman, y sus principios fueron desarrollados con mayor o menor eficacia en Europa y Estados Unidos por los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, así como en Latinoamérica por el equipo económico imperante durante los primeros años de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.

Parecía que los neoliberales de Bush eran los herederos perfectos de tal teoría, que lo deja todo en manos del mercado. Sin embargo, volvió a cumplirse el principio de que los extremos que se tocan: su administración adquirió un cariz mercantilista, donde un presidente inepto utilizó al Gobierno para distribuir prebendas e intentar salir al rescate de sus compinches en dificultades.

Con más o menos rescoldos, el gobierno de Barack Obama acudió al rescate de la banca y la industria automovilística. Solo que tras la salvación vino la penitencia, y su administración impuso restricciones —muchas de las cuales fueron derogadas por la administración Trump— que impidieran a banqueros y empresarios actuar como simples buscadores de riqueza en territorio salvaje, arrancando cabezas enemigas, engañando e intercambiando basura por oro.

Con Donald Trump en la Casa Blanca convertida en un nuevo Versailles, el mercantilismo pasó a ser la piedra angular de una administración republicana, que al mismo tiempo rechazaba algunos de los principios básicos del republicanismo como hasta entonces había sido conocido (ejemplo clásico a citar: el libre comercio). Ello no impidió que los legisladores de dicho partido —transformados en acólitos sometidos por Trump— aplaudieran resignados.

En medio aún de la pandemia, el gobierno del demócrata Joe Biden no ha hecho mucho por desarrollar su propio esquema económico, salvo algunas medidas de carácter social. Por lo demás, Biden aprovecha del anterior inquilino de la Casa Blanca todo lo que puede sin que le comprometa demasiado ideológicamente, e intenta avanzar en un medio adverso, tanto por las condiciones del país (de nuevo es necesario mencionar la pandemia) como por su estrecho margen de mayoría demócrata en los órganos legislativos.

Pese a las décadas transcurridas, de una nueva situación social y económica (no solo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo), con frecuencia se retoman los viejos conceptos del mercado “libre”, como si este estuviera aún regido por leyes más simples.

Si bien es cierto que en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple ley de la oferta y la demanda, sino también por la propaganda, las técnicas de mercadeo, los monopolios y un mercado global donde no solo se venden mercancías sino también se compra mano de obra a bajo precio. A través del tiempo y los gobiernos, la avaricia no solo se ha mantenido sino ha aumentado.

jueves, 5 de agosto de 2021

De la denuncia y el grito


Todo el esfuerzo republicano que se lleva a cabo en Miami durante estas últimas semanas, bajo el mantra de la lucha por la democracia en Cuba, podría despertar una atención más amplia si no adoleciera de dos limitantes insalvables:
la sospecha de que el verdadero objetivo no es lograr que los residentes de la isla adquieran la libertad, sino un fin más mezquino que se traduzca en votos y propaganda
el peligro del inevitable desgaste de dicha campaña, que se acerca cada vez sin haber logrado nada; y que solo podría evitarse con nuevos sucesos en la isla, pero que en cualquier caso evidenciaría la inutilidad de un alboroto exterior al centro de origen.
La pregunta utilitaria puede entonces reducirse a un efecto local. Pero entonces cabe la duda sobre la finalidad de un ejercicio que, más que ganar miembros, reafirma adeptos. Duda que tiene que ver sobre las posibilidades de extender el alcance del voto de un grupo ciudadano que puede que responda masivamente a un partido (republicano), pero cuya validez no alcanza a modificar el resultado electoral que vienen mostrando las elecciones presidenciales  (donde el candidato demócrata una y otra vez ha alcanzado la victoria en Miami-Dade, aunque en ocasiones ello no se ha trasmitido a un resultado nacional).
Por supuesto que el alcance y la fuerza política de ese grupo ciudadano no se limita a cifras electorales, y que además de la influencia legislativa también cuenta el mantener el control de los medios y el ejercicio de reafirmación de cierta mentalidad de rebaño —herejía del término pero realidad práctica— que garantiza una capacidad de convocatoria que va del entusiasmo a la denuncia sincera.
Lo que entonces llama la atención es el brío desempeñado en mantener la algarabía. Y no puedo negarle encomio al ánimo y resistencia al ruido.

sábado, 24 de julio de 2021

Caos, represión y protestas: ¿el principio del fin del castrismo?


La feroz represión contra los manifestantes pacíficos en Cuba, que incluso ha provocado la repulsa de intelectuales y artistas afines al régimen tanto en la isla como el exterior, no es más que parte del proceso iniciado tras la llegada de Raúl Castro al poder absoluto. Ahora, su heredero se limita a cumplir órdenes.
Raúl Castro buscó una ecuación básica para mantenerse al mando sin grandes problemas: intentar un difícil equilibrio entre represión y reforma. Solo que la puesta en práctica de dichas reformas se fue dilatando, y fueron cada vez más tenues y con mayor desánimo, al tiempo que la represión se mantuvo sin tregua.
Mientras tanto, llegó el coronavirus y antes y después una política realmente hostil en el terreno económico por parte del anterior inquilino de la Casa Blanca, que hasta el momento el nuevo ha mantenido. Pero hacer depender solo de factores externos  el estallido social elude o desvía la esencia del problema, que se fundamenta en un concepto de gobierno totalitario que elude la necesidad de ajustes profundos y se justifica mediante la represión.
Tras los primeros años de enfrentamientos violentos entre partidarios y opositores al régimen, Fidel Castro pudo ejercer una represión integra o absoluta que mantenía una cláusula de salida y una premonición astuta. Dejar abierta una puerta de escape a sus enemigos —siempre que existiera esa posibilidad— y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Ello no libraba al gobierno bajo de su mando de culpa alguna. Pero reconocerlo en el análisis ayuda a comprender la naturaleza del mecanismo empleado por el mayor de los Castro para permanecer en el poder por tanto tiempo. Aunque siempre se debe aclarar que la explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de esta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenadas y los fusilamientos ocurridos a lo largo de esa etapa del proceso. 
Una doble sorpresa acompañó a las protestas en toda Cuba iniciadas el domingo 11 de julio. Una, por supuesto, fue el hecho en sí. La otra, quizá mayor aún, es la aparente incapacidad del régimen para prevenirlas, anticiparse a los hechos; algo que durante décadas dio muestras sobradas de llevar a cabo.
Si se desestiman teorías conspirativas al uso, hasta cierto punto sorprende la incapacidad de prevención mostrada por los cuerpos represivos y las organizaciones políticas e ideológicas. Más cuando desde el pasado año crecían las señales de que no solo aumentaba el descontento sino era más difícil de controlar.
Cabe señalar que tanto la epidemia como la perpetua crisis económica llevaron al aumento del malestar que condujo a la generalización de protestas espontáneas. Pero desde el pasado año crecían las muestras de falta de control ante situaciones críticas que, según la óptica del régimen atentaban contra sus principios.
En medio de una crisis que se desconoce su culminación y alcance, solo es relativamente fácil el intentar señalar un culpable, o al menos un “chivo expiatorio”, y este es el actual presidente y secretario general del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel; un juicio que a estas alturas ya debe ser compartido por muchos comprometidos con el gobierno. Aunque el verdadero culpable de que el mecanismo represivo se torne cada vez más expuesto, y a la larga menos efectivo, es de quien lo colocó en ambos cargos: Raúl Castro. 
Y es que desde la llegada de Raúl Castro al poder total el proceso creado por su hermano inició una involución en sus supuestos fines “revolucionarios”, y comenzó a “batistianizarse”, con una mezcla de frivolidad y represión, superstición y acomodamiento, complacencia con el poder y frustración cotidiana. Solo le faltó a Raúl la violencia descarnada del asesinato cotidiano. Es de temer que Díaz-Canel dé ese paso.
Norberto Fuentes escribió en Children of the Enemy, publicado por el International Republican Institute en 1996,que Fidel Castro afirmaba que la conducta del gobierno chino en la Plaza de Tiananmen demostró que este no sabía cómo reprimir al pueblo de forma adecuada, y que por ello se vio forzado a la poco placentera tarea de “eliminar” a miles de sus ciudadanos. 
La represión en su forma más desnuda —arrestos y muertos— no conlleva necesariamente el inmediato fin de un régimen totalitario, pero lo tambalea frente a un precipicio. Ante ese precipicio se asoma el pueblo cubano, y la culpa no es solo de Díaz-Canel y la élite gobernante, sino principalmente de la herencia castrista.
 Este artículo apareció publicado en El Nuevo Herald el lunes 19 de julio de 2021.

jueves, 1 de julio de 2021

Mujeres en guerra (II)


Más que por sus valores cinematográficos, Battalion (2015), de Dmitriy Meskhiev, destaca como ejemplo de las aspiraciones y propósitos del presidente ruso Vladimir Putin respecto al cine; y sus semejanzas y diferencias con la era soviética. De ahí que sea necesario acoger con cierta reserva el reclamo oficial de que la película no es simple propaganda, sino la recreación de un hecho histórico.
Patrocinada por el Ministerio de Cultura —y por extensión con el apoyo de Putin— Battalion obtuvo cinco premios Águila Dorada (actriz secundaria para María Kozhevnikova, música, edición y edición sonora) de las nueve nominaciones con las que en 2015 encabezó la lista de selecciones para dichos premios —los equivalentes rusos a los óscares. Su presupuesto, que alcanzó los 250 millones de rublos  (unos $7.5 millones) fue enorme para los estándares de la cinematografía del país, y creció considerablemente de los 50 millones de rublos originales que su productor,  Fyodor Bondarchuk, reconoció le habían sido asignados por el ministerio, aunque aclarando que existía la promesa de más dinero.
Una prueba de la satisfacción de Putin con el filme fue la recepción que el mandatario brindó a los actores y el equipo de filmación en su residencia de Novo-Ogaryovo, en las afueras de Moscú, tras ver con ellos la película, que al año siguiente fue convertida en una serie para televisión en cuatro partes.
Hay que agregar que la cinta contó con el asesoramiento y beneplácito de la Sociedad de Historia Militar de Rusia, fundada por una orden ejecutiva de Putin a finales de 2012, y que cumple a cabalidad —en el plano histórico e ideológico— con las ideas imperiales del gobernante. Otro dato más: la sociedad es presidida por el propio ministro de Cultura, Vladimir Medinsky, al que en Moscú se considera como el “policía cultural” de Putin.
La historia
Battalion cuenta el origen y la entrada en combate del primer batallón de mujeres en la historia rusa. El hecho ocurrió en el transcurso de la Primera Guerra Mundial y permaneció silenciado durante las décadas de existencia de la Unión Soviética.
Tras la caída del zarismo, y con la nación todavía combatiendo con Alemania, el entonces ministro de la Guerra, Alexander Kerensky, accedió a la formación de lo que se conoce como el Primer Batallón de la Muerte de Mujeres Rusas, con el objetivo perentorio de estimular a los hombres para que siguieran peleando. No sucedió así. El plan fue un fracaso y el resultado otra matanza.
La idea del batallón fue de la campesina María Bochkareva, que luego de tres años de servir en el ejército en labores de suministro, ser herida en varias ocasiones y alcanzar el grado de oficial no comisionado en 1917, pidió a Kerensky formar un batallón femenino. Este no solo estuvo de acuerdo con la idea sino que la nombró teniente y puso el batallón a su cargo.
Bochkareva tuvo una vida singular, que vale una película biográfica. Golpeada incesantemente por su marido, lo abandonó y huyó con un carnicero judío que no la maltrataba pero fue incapaz de brindarle un mejor destino. En dos ocasiones lograron abrir una carnicería propia, pero en ambas él fue detenido, acusado de robos menores y deportado; primero a Yakutsk, en el Círculo Ártico, y luego a Amga, otro lugar de destierro desde el Imperio Ruso. Una y otra vez, ella lo siguió al destierro. 
Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Bochkareva quiso entrar en el Ejército Imperial Ruso, pero fue destinada a la Cruz Roja. Solo pudo incorporarse a las tropas cuando el zar Nicolás II le otorgó un permiso especial. Tras formar el primer batallón de mujeres, solo estuvo involucrada marginalmente en la creación de otras unidades femeninas. Como su unidad estaba en el frente cuando estalló la Revolución de Octubre, no participó en la defensa del Palacio de Invierno, donde otro grupo femenino —el Primer Batallón de Mujeres de Petrogrado— combatió a los bolcheviques. 
Posteriormente el batallón de mujeres de Bochkareva fue desbandado, en gran parte por la hostilidad de los soldados que aún se encontraban en el frente, y ella regresó a Petrogrado. Allí fue encarcelada brevemente por los bolcheviques. Luego se unió al Ejército Blanco del general Lavr Kornilov en el Cáucaso. Fue detenida de nuevo, e iba a ser fusilada cuando un soldado que había peleado junto a ella en el Ejército Imperial logró detener su ejecución. Partió al exilio y llegó a Estados Unidos en abril de 1918.
En Estados Unidos se entrevistó con el presidente  Woodrow Wilson, el 10 de julio de 1918. Estando en Nueva York le dictó sus memorias —Yashka: My Life As Peasant, Exile, and Soldier— a un periodista emigrado ruso. Viajó a Inglaterra, logró una audiencia con el rey George V y que la Oficina de Guerra del gobierno británico le concediera 500 rublos para que regresar a Rusia, a donde llegó en abril de 1919. Intentó formar un equipo médico de mujeres para el Ejército Blanco del almirante Aleksandr Kolchak, pero antes de completar la tarea fue detenida de nuevo. Interrogada durante cuatro meses, la Cheka terminó por ejecutarla como “enemigo de la clase obrera” el 16 de mayo de 1920.
Evidentemente, no una figura que durante el gobierno soviético se buscara recordar.
Verdad y ficción
Cuando se exhibió Battalion, el ministro Medinsky enfatizó que el filme era completamente fiel a los hechos históricos, y en gran parte ello es cierto. Pero eso no impide que la cinta repita clichés típicos de las películas de guerra y que por momentos se desvíe de la verdad histórica o haga hincapié en algunos detalles con fines ideológicos.Desde el punto de vista bélico, el primer batallón de mujeres no logró mucho. El poco terreno que pudieron conquistar en un primer combate —durante la llamada “Ofensiva de Kerensky”— fue pronto recuperado por los alemanes. Los soldados rusos no acudieron en su ayuda. Cansados de pelear, desilusionados y en buena medida cumpliendo con las directivas de los revolucionarios opuestos a la guerra, se mantuvieron neutrales. La supuesta inspiración que el mando de Kerensky creyó lograría inspirar en la tropa resultó en todo lo contrario: además de burlarse de ellas e incluso vejarlas, los soldados querían que las marcharan de nuevo a sus casas, que ese era su lugar para tener y cuidar hijos.
Se ha querido ver cierta tendencia feminista en la película. Sin embargo, no solo en una sociedad que sigue siendo fuertemente paternalista como la rusa el filme no produce tal efecto, sino que dicho énfasis no contó mucho para los objetivos del Kremlin. (Hay cierto detalle irónico en todo esto, ajeno a la película pero que forma parte de ella: el actor que interpreta a Kerensky, Marat Basharov, fue acusado de violencia doméstica en 2014 y desde entonces se ha convertido en un símbolo del  anti feminismo y la Rusia patriarcal). 
En realidad Putin y su corte lo que buscó fue destacar el nacionalismo bélico, más allá de cualquier otro tema. Los soldados renuentes a continuar luchando son presentados de forma desagradable en la mayoría de los casos. No solo se hace aparecer en el frente al marido de Bochkareva, que vuelve a darle una golpiza tremenda con total impunidad, sino lo que es peor: la participación de dichos soldados en una especie de “rescate de último momento” —en concepción fílmica que reproduce uno de los recursos más trillados del cine hollywoodense— resulta falsa desde el punto de vista histórico y demasiado convencional cinematográficamente.
La realidad es que la guerra estaba perdida para Rusia, y prolongarla solo significaba más inútiles perdidas de vidas. Pero en la película la futilidad de acción se presenta solo como heroísmo.
Hay un significado histórico y político en todo ello que la película elude. Y es que la ideología que la facción revolucionaria de entonces que terminó por imponerse —los bolcheviques— lo que propugnaba era la superación de los conflictos territoriales mediante el “internacionalismo proletario”. Entre los bolcheviques imperaba entonces la doctrina de la revolución mundial de Lenin y Trotsky, que fuera luego  abandonada, y más tarde consolidada por Stalin la tesis del socialismo en un solo país (la URSS). El deponer las armas y regresar a casa, o al menos permanecer neutral sin participar en combates, se justificaba no solo por la ideología revolucionaria: tenía un fundamento concreto en el cansancio y desesperanza ante la guerra (véase El doctor Zhivago de Pasternak). Hubo que esperar a la llegada de la Segunda Guerra Mundial, para que Stalin encontrara la justificación mayor de su doctrina, al tiempo que le permitiera avanzar en su objetivo imperialista).
Putin ha retomado dicho ideal estalinista, solo que bajo la fórmula puramente imperial. Una cosa es resaltar el coraje femenino, eso está bien en la película, otra muy distinta es congraciarse con el Kremlin. En última instancia, las mujeres en Battalion lo que hacen es sacar la cara por el Ejército Imperial Ruso. Que todo ello figure bajo la apariencia de una defensa nacional es simplemente complacencia con el ideal putiano. Cuando el comandante del regimiento elogia la iniciativa y el coraje de las mujeres no está lanzando un discurso feminista: se limita a repetir lo que propugna Putin.


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