domingo, 15 de enero de 2017

El nazismo y la ‘prensa mentirosa’


“La prensa es mentirosa, está ahí para manipular a la gente y a eso se dedican”, dijo Donald Trump en 1981. Uno de los problemas con tal declaración es que no es original, antes la usó el nazismo.
Los nazis utilizaron el término de “prensa mentirosa” para lanzarlo contra sus enemigos en la Alemania de entreguerras. Tacharon de mentirosos a todos los medios que disentían de sus premisas, acusándolos de estar en manos de judíos o bolcheviques. Cuando el nazismo llegó al poder, su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, utilizaba tal calificación para dirigirse a los medios noticiosos extranjeros con una cobertura crítica sobre lo que estaba sucediendo en Alemania.
Pero ellos tampoco fueron originales.
El término lügenpresse fue empleado por primera vez tras las fallidas revoluciones de 1848. Entonces los grupos conservadores católicos empezaron a denominar así a los medios impresos de corte burgués liberal que habían defendido las revueltas. Además de mentirosos, sus creadores insinuaban que esos periódicos estaban controlados por judíos y masones. Posteriormente la palabra se empleó contra la prensa gala por su cobertura de la guerra franco-prusiana y, en la I Guerra Mundial, para designar a la prensa aliada, especialmente a la británica, después de que esta hablase de “la violación de Bélgica” tras la invasión alemana de este país, informa el diario español El Confidencial.
Hoy en Alemania ha renacido el empleo de la palabra lügenpresse, por parte del grupo Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”). “Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) es uno de los eslóganes del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. No se trata de simplemente corear una consigna. En la actualidad los periodistas se niegan a cubrir los actos de dicha organización, debido a las múltiples agresiones físicas que han sufrido por parte de sus miembros.
En 2014, lügenpresse fue elegida la no-palabra del año en Alemania, un dudoso título que concede un grupo de lingüistas del país. En 2016 le tocó dicho “honor” a
volksverräter, un concepto, si se quiere, mucho más cercano al nazismo: “traidores del pueblo”.
Tampoco el término lügenpresse está asociado solo al nazismo. En la República Democrática Alemana se utilizaba con frecuencia para referirse a la prensa “capitalista”. Y, por supuesto, también se ha empleado, y se emplea, en su variante en español, en la Cuba de los Castro.
Alternativa para Alemania (AfD), el emergente partido alemán de ultraderecha que ha ido aumentando sus cifras en las encuestas de intención de voto, es un movimiento con fuerte similitud al estadounidense Alternative right ("Steve" Bannon, nominado principal estratega y asesor de Trump, es el jefe ejecutivo de Breitbart News, el sitio en internet asociado a alt-right.), que ha adoptado el vocablo para referirse, de forma genérica, a todos los medios, públicos o privados, que en su opinión forman parte del establishment. (Se debe agregar que las asociaciones entre el vocabulario de la ultra derecha alemana y Trump y sus partidarios no se limitan al lügenpresse. En igual sentido se encuentran las referencias, implícitas o declaradas, contra la presencia extranjera, la desestabilización cultural y étnica y la pérdida de “identidad” que subyacen en el postulado de hacer a “América grande de nuevo”),
Junto al término lügenpresse, en Alemania se utiliza otro similar en pronunciación y significado cercano: lückenpresse, que puede traducirse como “prensa con vacío” y es también empleada por los miembros de Pegida para criticar a los medios de mayor difusión.
Los argumentos son conocidos, con independencia del idioma: ciertas noticias significativas se silencian; algunas se promueven, mientras que otras se someten a la supresión; varias reciben una evaluación sesgada, al presentarse en un contexto determinado o desde cierta perspectiva impuesta, al tiempo que hay temas a los que se les aplica un doble rasero.
El problema con dichos planteamientos es que, con frecuencia, quienes los utilizan se sirven de ellos como justificación para hacer precisamente lo que critican: amparándose en ellos intenta promover la censura y que se escuche y lea solo sus puntos de vista. En última instancia, todo se reduce a un ejercicio demagogo.
“La primera víctima de la guerra es la verdad”. El empleo de lügenpresse se remonta a la época en que las naciones en guerra buscaban difamar, degradar o desacreditar las noticias del respectivo otro para crear o intensificar una imagen de enemigo y para quitarle su legitimación, mientras que instrumentalizaban el medio y justificaban de esta manera las propias decisiones. Al parecer, estamos volviendo a iguales tiempos.

sábado, 14 de enero de 2017

Siempre estuvimos avisados


Tristeza producen las imágenes y declaraciones de los cubanos que han quedado varados en terceros países; sentimientos solidarios de mínima humanidad —y más si se ha nacido en Cuba— ante la frustración, incluso el desespero de los que han pasado por riesgos, peligros mortales e invertido ahorros, el producto de la venta de sus propiedades y la ayuda de sus familiares en el exilio para lograr un objetivo, que a punto de alcanzarse o con la esperanza de lograrlo hoy se ha transformado en un desconsuelo árido.
Nada nuevo, por otra parte, en lo que respecta al caso cubano. Décadas atrás era común que quien intentara irse de Cuba enfrentara no solo la represión y el ostracismo político —incluso entre familiares y antiguos amigos que de pronto dejaban de serlo—, sino también una espera que se extendía por varios años, los cuales se iniciaban con la separación laboral y en los que una y otra vez se atravesaba el ciclo de esperanza-frustración: trámites que llevaban a visas nunca obtenidas o canceladas, cierres temporales —con frecuencia de varios años— en la otorgación del permiso de salida y las dificultades más diversas, impuestas por el régimen y diversos gobiernos extranjeros. Todo ello mientras se soñaba con la oportunidad única. Época además en que solicitar el permiso de salida era, realmente, un acto de oposición; a veces permitido, pero siempre castigado. No es un empeño en establecer comparaciones y distancias, sino simplemente dejar constancia.
Luego la huida se convirtió, fundamentalmente, en una carrera contra el reloj, donde fines y medios fueron definidos por el dinero. Dinero para escapar; dinero por alcanzar en Miami o cualquier otra ciudad de Estados Unidos. La motivación económica —nada condenable de por sí— también tuvo sus altibajos, y desde hace algún tiempo estos también son conocidos.
Nada de encerrarse en reprochar “abusos” ahora, pero el sentimiento ante lo ocurrido —válido como respuesta emocional— tendrá, como siempre, duración limitada. La prensa lo utilizará por algunos días —pocos debido a los acontecimientos nacionales la próxima semana— y los políticos, por supuesto, tratarán de aprovecharlo al máximo.
Lo demás será una vuelta a lo cotidiano, y esa cotidianidad ya estaba impuesta. Porque en los sentimientos siempre se mezclan o coexisten la sinceridad y la hipocresía. Y pese al pecado poco original que todo periodista debe evitar—el citarse o repetirse—, me arriesgo a publicar de nuevo una columna aparecida el 12 de octubre de 2015 en el Nuevo Herald, para recordar que, al menos, no podemos decir que no estábamos advertidos. Solo añadir que las cifras ofrecidas en el artículo original fueron luego ampliamente superadas.
¿Reajuste cubano?
Si hay un aspecto que hasta el momento puede señalarse como fallido, en el enfoque de la administración Obama respecto al Gobierno cubano, es el objetivo de reducir el incesante tráfico migratorio desde la isla.
Durante los nueve primeros meses del año fiscal 2015 (octubre 2014-junio 2015) entraron en Estados Unidos 27.296 cubanos, según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EEUU. Ello implica un aumento del 78 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado.
La esperanza de que un acercamiento entre Washington y La Habana iba a mejorar las cosas en Cuba ha quedado suplantada por la realidad de aprovechar el momento para escapar.
El alza en las salidas responde fundamentalmente al temor de que la normalización de vínculos entre ambos países pondrá fin a la Ley de Ajuste Cubano, que otorga un trato especial a los cubanos. Como suele ocurrir, la avalancha provocada por el miedo a la supresión o cambio de la medida está contribuyendo precisamente a que cada día resulte más difícil sustentar que se mantenga vigente.
Continuamos presenciando el abandono de un país donde impera la represión, el desencanto y la inseguridad. Aunque asistimos a un escape distinto. En mucho casos es simplemente temporal y sin necesidad de desprendimiento alguno. Y ello, por supuesto, está cambiando a un exilio que en buena medida ha dejado de merecer tal nombre.
Sigue en pie el indiscutible derecho de buscar afuera un futuro mejor al que brinda el país de origen. Pero atrás quedó el principio de abandonarlo todo y empezar de nuevo como un acto de reafirmación.
El concepto de emigrante se ha impuesto sobre el de exiliado y se diluye la idea de la diáspora, tanto en su acepción de un viaje más allá de las fronteras de la patria, como en su aspiración de un regreso a los principios fundamentales. El salir a medias sustituye el regreso añorado.
Nada de ello elimina riesgos, esperanzas y temores. Simplemente hay un cambio de sentido en la partida, que hace que ahora algunos esgriman la condición de refugiado como medio de obtener beneficios y no como realidad lacerante.
En un mundo donde la palabra inmigración se asocia a otras como crisis y rechazo, y en un país en que el tema ha irrumpido de lleno en la campaña electoral presidencial, los cubanos disfrutan de una especie de paraíso, al que una mayoría se acoge pero del que también unos cuantos —¿o muchos?— abusan.
Vivimos un momento en que las fronteras entre Cuba y Estados Unidos — países que al menos en política e ideología continúan siendo contrarios— son cada vez más porosas. Este hecho, que en líneas generales puede considerarse un avance, tiene también una característica no tan meritoria: una subordinación —primero al Estado, luego a la familia y por último a otra nación— que hace que quienes viven en la isla no solo sean incapaces de trascender del ámbito familiar al ciudadano, sino que vivan encerrados en la burbuja de la válvula de escape.
Un matrimonio de más de 65 años vive en la isla con unas pensiones miserables que no llegan a los $20. Se traslada a Miami y puede llegar a recibir hasta $1.457 mensuales en ayuda económica suplementaria y sellos de alimento. El logro solidario y la condición de expatriado quedan desvirtuados si esa pareja decide pasar una parte del tiempo aquí y otra allá. Residiendo en ambos países a cuenta de unos beneficios a los que no contribuyeron en nada para obtener. ¿Humanidad hacia los refugiados cubanos o injusticia con los contribuyentes estadounidenses? ¿Hay que comenzar a pensar en un reajuste?

jueves, 12 de enero de 2017

El muro será también para los cubanos


Durante décadas los gobiernos norteamericanos le hicieron creer a los exiliados cubanos que eran únicos. En parte lo fueron y también en parte aún lo son. Pero desde hace también años se han multiplicado las campañas para demostrarles que en muchos sentidos han dejado de serlo. Fueron dos presidentes demócratas —primero Bill Clinton y luego Barack Obama— quienes más ha influido para devolver a los cubanos al cauce normal a cualquier latinoamericano o caribeño que llega a Estados Unidos. Clinton con la devolución a Cuba del niño balsero Elián González —en cumplimiento de las leyes estadounidenses—, pero sobre todo con la política de pies secos/pies mojados. Ahora Obama acaba de culminar lo iniciado por Clinton, y para añadir “insulto al agravio” lo ha hecho apenas una semana antes de su partida de la Casa Blanca. La medida entra en vigor de inmediato.
Más que la interrogante “¿por qué lo ha hecho?”, cabe otra pregunta: “¿por qué ahora?”, y la respuesta parece sencilla: para culminar, de forma lógica, el camino emprendido el 17 de diciembre de 2014. Para culminarlo de acuerdo al término de su mandato cabría agregar.
¿Por qué no lo hizo antes? La primera respuesta podría considerarse en clave electoral, y decir que la demora tuvo como objetivo no perjudicar la fallida campaña electoral hacia la presidencia de Hillary Clinton. Pero en este caso ese objetivo único tuvo un alcance muy limitado —no brindarle una munición adicional al exilio cubano republicano— y permitir que ese sector de la comunidad cubana continuara decantándose en contra de la llegada de nuevos inmigrantes. Hoy los republicanos y ese mismo sector del exilio podrán lanzarse a repetir de que se trata del último regalo de Obama al régimen de La Habana, pero en su fuero interno deben sentirse aliviados de que su enemigo durante ochos años, en su adiós les facilite el camino.
Porque si las medidas anunciadas por Obama son un regalo a Raúl Castro, también resultan, en parte, una dádiva al senador Marco Rubio y el representante Carlos Curbelo, ambos republicanos.
Obama, tan acusado en estos días de hacer todo lo posible por entorpecerle el terreno a Donald Trump, por una vez se lo ha facilitado. ¿No habían aparecido en la prensa declaraciones de partidarios y miembros de su campaña de que el presidente electo pondría fin a la política de pies secos/pies mojados? ¿No ha sido el tema anti-inmigrante el puntal de la plataforma política del magnate, desde el primer día?
Así que aquí resulta difícil definir la decisión de Obama bajo un prisma exclusivamente partidista, y hay que verla como un paso necesario dentro de una política de normalización en las relaciones entre Washington y La Habana.
Política de normalización que algunos apuestan será interrumpida bajo la nueva administración, pero que con esta decisión de última hora vuelve a quedar a las claras las dificultades para un retroceso completo.
“Al dar este paso, estamos tratando a los emigrantes cubanos de la misma manera que tratamos a los migrantes de otros países”, dijo el presidente Obama en un comunicado. Y aquí radica la clave. Los cubanos, por primera vez en décadas, podrían a pasar a integrar las filas de los “indocumentados”, “sin papeles”, “ilegales” o cualquier otro de los nombres —algunos eufemísticos, otros descarnados— con los que se señalan a los logran entrar sin autorización a Estados Unidos. Entrada que el próximo Gobierno de Trump continúa empeñada en señalar que será sumamente imposible difícil sino imposible. El muro será también, para los cubanos.
Más allá de la derogación de la política “pies secos/pies mojados”, la consecuencia más importante es que a los emigrantes cubanos provenientes de América Latina ya no se les dará automáticamente el permiso para quedarse y ser elegibles para la residencia legal permanente al año y un día de su llegada, según dispone la Ley de Ajuste Cubano de 1966.
Por lo demás, hay aspectos del acuerdo, entre los gobiernos de EEUU y Cuba, que simplemente reiteran lo ya existente.
“El Gobierno cubano ha acordado aceptar el regreso de los nacionales cubanos que han sido expulsados, al igual que ha aceptado el retorno de los inmigrantes interceptados en el mar”, añade el comunicado. En este punto no hay nada nuevo.
El programa de reunificación familiar, el compromiso de emitir 20.000 visas de inmigrantes anuales y la posibilidad de solicitar asilo se mantienen. Aquí tampoco
Pero al mismo tiempo el Gobierno de la Isla se compromete a recibir a individuos en una lista de 2.746 cubanos calificados de inadmisibles tras el éxodo del Mariel y a recibir a otros que no aparecían originalmente en la lista pero que emigraron en ese periodo y cometieron crímenes. Adicionalmente, el gobierno de la Isla aceptará otros cubanos considerados “deportables” fuera de este acuerdo, tras un análisis “caso a caso”, de acuerdo a la información publicada en el Nuevo Herald. Y aquí sí hay un paso de avance en la cooperación en asuntos migratorios entre ambos gobiernos
El acuerdo, que ha resultado sorpresivo precisamente por producirse en los últimos días del mandato de Obama, tendrá dos repercusiones inmediatas.
Una será política, y en el exilio republicano se enfatizarán los aspectos que podrían catalogarse de “regalo a Castro”, como la eliminación del Programa de Parole Profesional para Médicos Cubanos, que daba visas a los profesionales cubanos de la salud enviados a trabajar a otros países, y que fue establecido por el expresidente George W. Bush en 2006.
Pero en lo fundamental la decisión de Obama se mantendrá en pie, en lo que respecta a cerrar “la puerta abierta”, de forma indiscriminada, a todo cubano que busca huir de la Isla. Por supuesto durante los próximos días se escucharán pronunciamientos en Miami en contra de la medida y brotarán con fuerza —aun más si es posible— los comentarios de rechazo al presidente saliente. Cabe esperar que incluso surjan declaraciones de “modificar” —disfrazado incluso con frases de “anular”— lo anunciado por Obama, pero a la larga se enfatizará el hecho de que la entrada debe obedecer a “motivos políticos” y aquí todo se volverá pura retórica partidista.
En resumidas cuentas, la Ley de Ajuste Cubano solo puede ser eliminada por el Congreso, pero si “pies secos/pies mojados” fue un primer paso en establecer límites a dicha ley, con la decisión del jueves la tarea por disminuir su alcance ha logrado, entre otros objetivos, en colocarla a las puertas de una discusión en el Congreso que vienen intentándose desde tiempo atrás, precisamente por legisladores republicanos.
No por gusto, según explicó el asesor de seguridad nacional Ben Rhodes en una llamada con reporteros, la discusión sobre la permanencia del ajuste ha sido motivo de comentarios entre los legisladores republicanos de origen cubano. De hecho, Rhodes comentó a los periodistas que la preocupación de algunos congresistas y la presentación de proyectos de ley para modificar la Ley de Ajuste Cubano así como la obtención de beneficios a partir de ella, le dieron “ímpetu” a la administración para realizar el cambio, de acuerdo al Nuevo Herald.
Por uno de esos giros sorpresivos, que no abolirá el azar político, el demócrata Rhodes adopta la óptica republicana que por décadas ha imperado en Miami sobre los medios para llevar la democracia a la Isla: “Es importante que Cuba siga manteniendo una población de jóvenes y dinámica, que claramente están actuando como agentes de cambio”. Es decir, cerrar la válvula de escape para aumentar la presión interna.
Y al final se impondrán las cifras. Según informes de la Guardia Costera. Más de 40 mil cubanos llegaron a EEUU en 2015. Este mismo año, entraron a EEUU un total de 1.663 profesionales cubanos de la salud. El aumento de la llegada de cubanos a suelo estadounidense, que CUBAENCUENTRO viene señalando reiteradamente, ha sido el catalizador de un acuerdo que se veía venir desde que el Gobierno cubano modificó sus normas migratorias.
Un acuerdo se cumple en su totalidad, y por supuesto que La Habana no va a permitir el regreso de los “deportables” si se restablece el parole a los profesionales de la salud.
Así que todo apunta hacia el final definitivo de la excepcionalidad cubana, en este caso acompañado de una de las tantas paradojas que siempre rodea al caso cubano, y que podría resumirse en una fórmula simple: Trump te lo prometió, pero antes Obama te lo cumplió.