lunes, 25 de septiembre de 2017

Trump y su lista negra


El presidente Donald Trump emitió en la noche del domingo 24 de septiembre un nuevo veto migratorio, que entrará en vigor el 18 de octubre. Su objetivo no se limita a reemplazar el anterior, y evitar así que claudique la medida, sino tiene un carácter mucho más amplio.
Ante todo hay que tener en cuenta que la acción presidencial se lleva a cabo tras que el Tribunal Supremo —luego de la designación del conservador Neil Gorsuch— desbloqueara la orden anterior, paralizada en las cortes. El Supremo aún no ha dicho la última palabra al respecto (se espera que lo haga en las próximas semanas), pero que una segunda orden (bloqueada al igual que la primera) entrase en vigor a finales de junio (su vigencia era de 90 días) significó un espaldarazo a Trump.
Aunque lo más importante de la decisión del Supremo fue la admisión, como argumento, de la amenaza para la seguridad, así como la decisión de que el interés nacional debía prevalecer sobre el posible daño que pudiese causar el veto a viajeros y refugiados. Por lo tanto, aunque esta decisión no es aún final, poco cabe esperar que se modifique en su esencia con la actual configuración del Tribunal.
Para decirlo en pocas palabras, la Corte Suprema le ha dado luz verde a Trump, y los pocos cambios que ha introducido en la orden —los que mantendrá vigente y alguno que pudieran incluir en lo adelante— no van a cambiar en lo fundamental el objetivo que se trazó desde el inicio de su Gobierno, y durante su campaña, el actual presidente de Estados Unidos.
Al mismo tiempo, y con la ampliación a otros tres países (Chad, Corea de Norte y Venezuela), la nueva orden —en lo que respecta a los dos últimos— debilita la acusación de islamofobia, aunque por supuesto ello no impide dejar de considerar el aspecto xenófobo de la medida.
Sin embargo, y a partir del resultado de todo el proceso legal, el carácter de permanencia es el elemento clave de esta nueva orden ejecutiva.
Cuando Trump dio a conocer su veto, al principio de su mandato, la Casa Blanca se apresuró a afirmar el carácter temporal de la excepción y la necesidad de tiempo para establecer nuevas normas. Al parecer, estas normas ya han comenzado a ser establecidas, pero las mismas se limitan a instrumentar el objetivo de lo que en un primer momento se anunció que regiría solo por un tiempo: un cierre de fronteras. El nuevo texto tiene un carácter definitivo.
El segundo aspecto, de singular importancia de la medida, es que abarca a ocho países (Sudán sale), a los cuales trata de forma diferenciada.
Mientras que los ciudadanos de Irán, Libia, Siria, Yemen, Somalia, Chad y Corea del Norte tienen casi imposibilitada la entrada a EEUU (en el caso de Irán se permiten que prosigan los programas de intercambio de estudios), por el simple hecho de haber nacido en esos países, en lo que respecta a Venezuela la prohibición se aplica a los funcionarios gubernamentales y sus familiares.
A todo lo anterior hay que agregar que la lista será revisada cada 100 días y la salida dependerá de la mejora de los “problemas detectados”, según lo decida el Gobierno de Trump.
Saltan a la vista tres diferencias fundamentales entre esta nueva lista y la ya existente, de países que apoyan, financian o permiten en sus territorios el establecimiento de grupos terroristas. Mientras que en la anterior el énfasis se hace en los gobiernos, aquí se establece sobre los ciudadanos. El segundo punto es que, al ser una orden ejecutiva, prescinde por completo del Congreso. En el caso de la lista del Departamento de Estado, la salida o entrada de un país se presentaba al cuerpo legislativo, y aunque en última instancia el Senado no tenía que emitir un voto de aprobación al respecto, el proceso llevado a cabo se caracteriza por una amplitud ausente aquí, donde Trump “ordena y manda”. Por último, la nueva medida establece la posibilidad de convertirse en una especie de colcha de retazos, donde se irán agregando prohibiciones y requisitos de acuerdo al momento.
En este sentido, y a manera de ejemplo, no es difícil vaticinar que en Miami un sector del exilio comenzará a abogar por incluir a Cuba en la lista, y que al igual se le ocurra ampliar la prohibición no solo a funcionarios gubernamentales y sus familias, sino también a artistas (un aspecto que continúa siendo álgido en la ciudad). Quedan abiertas las apuestas para ver cuándo saltará  el reclamo ante el anuncio de la potencial visita de Mariela Castro a EEUU, algo que ya ha ocurrido en varias ocasiones.
Cabe especular también que, en el caso de Venezuela, aunque la orden se refiere solo a los funcionarios gubernamentales, crezcan las dificultades para que cualquier venezolano que quiera viajar de visita a EEUU pueda realizarlo.
El hecho de que ya se anuncie de que, en el caso de Venezuela se establecerá un mayor control para la entrada de cualquier ciudadano de ese país a suelo norteamericano, se traducirá en la práctica en una tramitación mucho más ardua, donde tanto el Gobierno de Trump como el régimen de Nicolás Maduro competirán para hacerle más difícil, o imposible, el viaje a los venezolanos. 

Corre, conejo


Una de las características del presidente venezolano, Nicolás Maduro, es su falta de originalidad. Otra, peor, es el modelo que copia.
Hace una semana el mandatario anunció el Plan Conejo, con el objetivo de incentivar la cría de ese animal en espacios urbanos para dar de comer a los venezolanos. La “idea” —las comillas son indispensables para no ofender el raciocinio— recuerda peligrosamente los disparatados planes económicos de Fidel Castro, que siempre culminaban en fracaso: el “Cordón de La Habana”, la siembra de café en los balcones de la capital, los cruces experimentales de razas vacunas, los cultivos exóticos, las vacas enanas.
En ocasiones tales planes daban pie al tradicional humor, como cuando quiso sustituir las reses por ovejas y el pueblo comentó que “Fidel había cambiado la vaca por la chiva”, pero en general significaron perdida de tiempo, esfuerzos y recursos. Quizá el motivo fue en parte —además de megalomanía— el entretener a la población, recurrir a uno de los instrumentos que siempre utilizó con éxito: la distracción. No hay que dudar que Maduro persiga igual fin y en resumidas cuentas se limite a dar otra muestra de la lección aprendida.
Lo grave es que al gobernante venezolano no se le puede oír en serio, si bien tampoco hay que tomarlo a broma. Cualquier referencia a su torpeza clásica no debe terminar en la burla fácil. En su lugar obliga al análisis frente a un desastre mayor: el problema que enfrenta un país al tener al mando alguien de pobre razonamiento, cultura nula y restringida capacidad de expresión, así como lo expuesto de las circunstancias que han permitido que este individuo acapare el poder.
No es que Maduro destaque por su impericia verbal, lo cual de por sí es negativo, sino que es un inepto. Lo malo no se limita a que no sabe gobernar, sino que no deja gobernar a otros que sí saben.
Más allá de la falta de saber, lo que importa es el engaño, el mentir no simplemente por ignorancia sino por aferrarse al poder.
Ahora Maduro habla de criar conejos como cuando el gobierno chavista se lanzó a desarrollar los cultivos hidropónicos, en edificios y terrenos baldíos, y creó un ministerio específicamente dedicado a la agricultura urbana. Proyectos sin futuro, empeños torcidos, al igual que aquel del fallecido mandatario Hugo Chávez, con la propuesta de revertir el movimiento migratorio del campo a la ciudad en Caracas y la intención de que quienes apenas sobrevivían —y sobreviven— en las villas miseria que rodean a la capital se trasladaran a idílicas zonas rurales —no importa si eran zonas áridas y despobladas— e iniciaran una nueva vida trabajando la tierra o en talleres artesanales.
Ante la incapacidad para conducir a la nación de una forma independiente, a Maduro no le queda más remedio que copiar a sus dos únicos modelos: Chávez y  Castro.
Chávez —invocando a Simón Rodríguez— proclamaba que Latinoamérica “debía ser original”. Su discípulo es todo menos eso. Aunque el problema con el Plan Conejo no es que sea más o menos original, novedoso o peculiar (conejos se crían en todas partes) sino que no va a funcionar, como no funciona nada en el país.
La falta de sagacidad del mandatario constituye una fuente de inseguridad constante para Venezuela, pero ese hecho no lo detiene: lo que quiere es que lo reconozcan como miembro de esa élite (Castro, Chávez) donde el mando se asume como una aventura y no como un deber administrativo.
El presidente venezolano debería, al menos, conocer este diálogo:
—Si de veras quieres saberlo, se fue por... allí.     
—¿Quién?     
—El conejo blanco.   
—¿De veras? 
—¿De veras qué?     
—Qué se fue.
—¿Quién?
—El conejo.
—¿Cuál conejo?
Lástima que Maduro  nunca haya leído a Alicia, ni los conejos a Updike.
Este texto, con el título de “Maduro, conejo loco” y una línea final algo diferente, apareció en el Nuevo Herald, el lunes 18 de septiembre de 2017.

jueves, 10 de agosto de 2017

La vieja retranca


Cualquiera que en Cuba menciona la palabra corrupción, al hablar de la comida, se refiere al estado de conservación de esta y no a su procedencia más o menos legal. Porque de otra forma, ¿qué comer y a qué precio?
El gobierno cubano siempre se ha preocupado en alimentar esa corrupción que proclama perseguir con peor Malasaña que el barrio madrileño. Se nutre de ella, y lo peor: la estimula con supuestas acciones legales.
La nueva resolución del Ministerio del Trabajo, que suspende temporalmente el otorgamiento de nuevos permisos para negocios particulares como paladares y habitaciones de alquiler, así como establece que no se darán más licencias para la venta de productos agropecuarios, no solo va en contra del desarrollo económico del país, sino pone de manifiesto —una vez más— las limitaciones de quienes ejercen el control político.
Cierto, han mantenido ese control por décadas, y por lo tanto habría que considerarlos exitosos en sus propósitos. Pero tal afirmación elude no solo el precio que la población ha pagado durante ese tiempo: también deja fuera el señalar la incapacidad de aprendizaje de los gobernantes.
Igual puede argumentarse que quienes controlan el poder no se sienten obligados a ensayar nuevos mecanismos, si los que vienen empleando desde hace demasiado años les han permitido permanecer en la cúpula sin grandes cambios.
Sin embargo, todo ese andamiaje de tira y encoge, exprime y afloja, aprieta pero no ahoga, hostiga y suelta no define una política de gobierno y se queda simplemente en una práctica de usurero, casa de empeño o actitud proxeneta.
Explicar las razones que sustentan la medida, desde la óptica del poder, es tarea fácil. Tanto el temor al desarrollo de un más que incipiente grupo productivo de probada eficiencia, frente al deterioro y la capacidad del sector empresarial estatal, como la priorización de los factores de control político sobre la realidad económica, e incluso el detener a la fuerza la competencia —fundamentalmente en el sector turístico— que representan quienes ofrecen mejores servicios, y a un precio más bajo, a los visitantes extranjeros.
Pero al final todas estas explicaciones salen casi sobrando ante una realidad más burda: lo que ha vuelto a imponer el gobierno de Raúl Castro es el menosprecio al cubano, la envidia como razón de su existencia de mando y la represión a manera de único instrumento de control.
La respuesta de la calle ante estas nuevas limitaciones será, como siempre, el recurrir a la trastienda, la ilegalidad obligada y la supervivencia como un ejercicio de escape y temor.
Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, el cubano vive preso de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza, y evitar cualquier actividad que lo destaque y termine en denuncia.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, ese mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que ya desaparecieron o pasaron a un último plano desde hace largo tiempo.
El mantenimiento de un poder férreo, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales ―y se sustenta fundamentalmente en el aniquilamiento de la voluntad del individuo― resulta no solo obsoleto, en el sentido más nefasto del término, para las libertades individuales. También evidencia un empeño arcaico que solo cede ante la inevitable biología.
Cuba cansa, hablar del caso cubano ya ni siquiera agota. Podría resumirse en que aburre esa repetición de la repetición practicada desde la Plaza de la Revolución, en que lo único insólito continúa siendo la paciencia de los que esperan, desde arriba o desde abajo.
Esta columna apareció publicada en El Nuevo Herald el lunes 7 de agosto de 2017.

martes, 1 de agosto de 2017

¿Vender o comprar?: un embargo petrolero de EEUU a Venezuela


Hay dos formas de establecer un embargo petrolero a Venezuela.
Con independencia de la racionalidad y utilidad de tal embargo, como una herramienta para llevar la democracia al país sudamericano, hay otra consideración más práctica, que un presidente como Trump tomará en consideración: el precio de la gasolina en Estados Unidos.
Más allá de todas las luchas y crisis internas en la Casa Blanca, y el hecho de la ineficacia demostrada, hasta el momento de la administración de Trump y el Congreso republicano, hay una realidad que está actuando en favor de Trump: el buen estado de la economía, los récords en la bolsa, el bajo desempleo y los precios, también bajos de la gasolina.
Esto último podría verse afectado si Estados Unidos deja de comprarle combustible a Venezuela. Los precios en las estaciones de venta de combustible en este país aumentarían entre 25 y 30 centavos las primeras dos semanas, y es posible que más posteriormente, aunque con más tiempo tenderían a estabilizarse.
Pero esa alza momentánea no actuaría a favor de Trump, en términos de política nacional, en momentos de tantos frentes abiertos en su Gobierno y en temporada de viajes y vacaciones.
La otra acción que podría adoptar Washington es dejarle de vender crudo ligero a Venezuela, algo que no repercutiría tan negativamente en el consumidor estadounidense, pero sí, aunque, no de forma extraordinaria, en las firmas petroleras.
El problema con esta segunda medida es que iniciaría la puesta en marcha de un embargo, y quienes favorecen este tipo de acción no se quedarán conforme con tal paso, sino que presionaran en favor de un embargo total de combustibles.
Por lo pronto, las medidas adoptadas por la actual administración, como el colocar a Maduro en la lista negra de la OFAC son más simbólicas que efectivas.

sábado, 15 de julio de 2017

Sobre un debate intelectual poco centrado


Analizar el llamado debate sobre el “centrismo”, que en la actualidad se lleva a cabo en Cuba, permite una lectura que prescinde de la óptica del exilio y entra a considerar la discusión solo en los términos que le dieron origen: la realidad de la Isla.
Por supuesto que no es la única observación, y parte de la premisa de no ser excluyente, lo que no le resta ser necesaria. Un enfoque en estos términos — más sociológico que político, en el sentido de inmediatez y práctica del segundo— prescinde de las características personales de los implicados —cualquier juicio de valor al respecto— y se limita al fenómeno: el porqué de su existencia en estos momentos y sus posibles implicaciones.
Lo primero que llama la atención es que en Cuba —es decir en la prensa oficial y los medios oficiosos— se hable de centro político o de una posición de neutralidad ideológica o política, o se plantee el peligro de una “tercera vía”. Este simple hecho no solo reconoce una existencia sino que la amplía, pese a los intentos de voluntades contrarias.
Desde el punto de vista lingüístico el hablar de algo —no importa incluso si en una circunscripción imaginaria— abre la puerta a su existencia; sin importar tampoco la dimensión temporal: sea hoy o en el futuro. Más aún en un lenguaje de discusión política. De ahí la importancia de la censura, tan apreciada en sistemas totalitarios y autoritarios. Así que, para quienes el “centrismo”, lo primero a decirles es que su empeño contribuye a la  propagación de eso que combaten.
Y aquí nos encontramos algo a tener en cuenta: el Gobierno de La Habana —de momento— ha prescindido de la censura. Aunque cabe destacar de tal discusión lleva implícita una advertencia, tampoco se debe olvidar que en otras ocasiones dichas “advertencias” han utilizados formas más directas y perentorias: la policial.
Esto nos lleva a otro aspecto importante también a mencionar, y es la adopción de un criterio de discusión —o advertencia— en vez de recurrir al expediente policial.
Puede argumentarse que una discusión de esta naturaleza no afecta directamente al poder o no llega a la calle, pero dicho argumento enfrenta en su contra un historial de represión, por parte de dicho Gobierno, donde un simple corto cinematográfico o una canción han desatado las alarmas.
¿Se desprende del señalamiento de estos dos aspectos una afirmación de que hay una mayor libertad? No necesariamente, si lo llevamos a una valoración desde una óptica política inmediata o incluso ética y moral —que desde el inicio se aclaró quedaban aquí fuera—, sino que simplemente indica una nueva situación existente. Como este párrafo podría dar la impresión de ser elusivo, vale añadir que es cierto que en la Cuba actual hay mayores libertades —“formales” si se adopta una terminología marxista— que décadas o años atrás.
Lo que ha asumido el Gobierno de Raúl Castro es una actitud distinta ante los intelectuales y artistas. Ello puede llevar a confusiones en cuanto a su alcance.
En primer lugar hay que reconocer esta apertura. En segundo, añadir que es pautada desde arriba y acorde a un criterio pragmático. Cabe la pregunta si este cambio no ha obedecido al hecho de que los límites de “lo permitido” están lo suficientemente interiorizados que hacen innecesaria la utilización de la policía —es decir, el terror— para recordarle tales límites a los intelectuales y artistas. También indicar que la sucesión de décadas, desde el 1ro. de enero de 1959, ha tenido como consecuencia lógica una adaptación de las generaciones posteriores al sistema imperante. Pero precisamente la existencia de este debate brinda una respuesta al anterior argumento, en dos sentidos.
Uno, que la aparente alarma, entre un sector de la intelectualidad oficialista, ante la existencia de posiciones “centristas” indica tanto una falta de estabilidad, al menos ideológica, del sistema —si se comenta, existe el problema— como el temor al respecto.
La amplitud entonces en los márgenes de “lo permitido” no obedece a una consolidación, sino simplemente a un adaptarse a las circunstancias.
Dos, que dicha discusión indica también no solo esa falta de estabilidad ideológica, sino el fracaso o el éxito parcial en la puesta en práctica de otros mecanismos y conceptos, destinados a posibilitar un acomodo donde no fuera necesario un imperativo absoluto —es decir, al menos en parte; porque desde el inicio el objetivo no fue una sustitución— de una combatividad a toda prueba, una militancia absoluta y una definición ideológica precisa.
Por esa vía transitó el Gobierno cubano tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, con el énfasis en el nacionalismo y el exaltamiento de los valores patrios (en la acepción adoptada por el centro del poder).

Militantes y “centristas”
Cabría señalar que, en última instancia, la aparición de este llamado de alerta no es más que la expresión de un determinado grupo o de ciertos individuos, pero la aparición del artículo de Enrique Ubieta en Granma y lo publicado en Cubadebate muestran una concordancia ante tal preocupación, por parte del Gobierno.
Se llega así a uno de los puntos claves que evidencia esta alarma y el debate consecuente, y es la dificultad en mantener vivo un rechazo al capitalismo, y una actitud nada neutral, sino de militancia combativa; de apoyo más o menos activo, o al menos de acatamiento en la participación en la “construcción del socialismo” —que sea fingido es secundario— mientras el país avanza en una transformación que, a falta de una precisión mayor, muestra rasgos de un capitalismo de Estado.
En este caso, la posición de Ubieta e Iroel Sánchez es profundamente reaccionaria, no en cuanto a una valoración política —que lo es— sino respecto a la realidad cubana. En su discurso de clausura en la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente Raúl Castro acaba de ratificar la permanencia, y continuación de desarrollo, del sector de producción no estatal.
Para que en Cuba se adoptara a plenitud la actitud que ellos propugnan —queda a un lado si el acatamiento sería real o forzado—, la nación tendría que adoptar una forma de gobierno y una realidad social, cultural e ideológica similar a Corea del Norte.
Pero resulta que Cuba no es ni avanza hacia una Corea del Norte, y una afirmación de este tipo no demerita una posición anticastrista, como tampoco lo es el renunciar a la bobería de hacer un llamado a volver a incluir a Cuba en la lista de países terroristas.

El “centrismo” o la teoría de la “tercera vía”
Aunque el tema del “centrismo” no nace ahora —se remonta a poco más de un año atrás—, llama la atención su desarrollo en un momento en que la política cubana, de la nueva administración estadounidense, o al menos lo poco que de la misma que se ha puesto en práctica, o tiene aprobada ejecución en los próximos meses, parece transitar por un rumbo distinto al del anterior mandatario.
Si bien el Gobierno de Donald Trump no rehúye el diálogo con La Habana, tampoco se muestra inclinado a estimularlo desde el interior de la Isla.
Todo lo contrario, su base de lanzamiento ha sido el sector más recalcitrante —y en desventaja biológica— del exilio.
Tal llamada de alerta resultaría más lógica dentro de una continuación de la vía emprendida por el expresidente Barack Obama, de empoderamiento del ciudadano y apoyo a la sociedad civil, y no con un tibio retorno, por parte de Estados Unidos, a una posición propia de la Guerra Fría.[1]
Asistimos entonces a una puesta en escena donde se rumian rencores y furias que no obedecen tanto a un peligro desde fuera —aunque algunos ponentes se empeñan en lo contrario— sino a una situación nacional. Más allá de los ataques personales y el enfoque encarnizado en determinados actores, y la respuesta de quienes originalmente se han visto involucrados, la cual ha dado origen a una discusión más amplia, hay un arrastre larvado que, de alguna manera, ha encontrado que ahora es la ocasión de manifestarse a plenitud. Quizá porque piense que las causas exteriores —la administración Trump— podrían propiciar un cambio de situación, y es el momento de entrarle a fondo, o por considerar que ese “centrismo” o “tercera vía” experimenta un desarrollo mayor, con independencia de la supuesta fuente de origen, y hay que hacer algo al respecto.
Así se ha desembocado en una exposición variada que, en cierto sentido, sirve como termómetro para conocer la naturaleza y posibilidades de lo que podría considerarse —con las limitaciones conocidas— un debate intelectual en Cuba.

Los límites del debate
Sobre dicho debate vale la pena señalar varios puntos:
A diferencia de ocasiones anteriores, en estos momentos Cuba no cuenta con una publicación idónea para una discusión de esta naturaleza. Cubadebate, que supuestamente estaba destinada a cumplir esta función en un formato digital, es más un órgano de difusión —o propaganda— que de análisis. A diferencia del exilio, o la prensa independiente dentro de la Isla, el Gobierno cubano ha descuidado esta tarea, que algún que otro blog ha terminado ocupando.
El debate ideológico en Cuba no puede prescindir del “argumento de autoridad”. Además de evidenciar el viejo pecado original de mucha discusión supuestamente en términos marxistas —que en la práctica siempre ha derivado en pura escolástica o catecismo parroquial— esta práctica hace fácil a quien la emplea el “justificar” sus puntos de vista, pero encierra siempre el peligro de la falacia: defender algo como verdadero porque quien es citado, como parte de la argumentación, tiene autoridad en la materia. Como dato curioso, vale indicar  la disminución o ausencia de citas de Fidel Castro en los textos analizados, aunque aún no se puede eludir su mención.
El empleo recurrente de otro vicio típico en la discusión intelectual oficialista cubana: un supuesto historicismo que lleva a meter en el mismo cartucho los datos más disímiles, las fechas más absurdas y los hechos más traídos por los pelos; simplemente para ganar —o mantener— una aprobación oficial o partidista. En este caso, varios textos han dedicado varios párrafos a recordar la tesis del autonomismo en el proceso independentista cubano. Uno podría extrañar que con igual justicia no se hablara de la pasividad de taínos y, sobre todo, siboneyes.
 La recurrencia a una exaltación “revolucionaria” propia de otra época, en la actualidad ausente no solo en Cuba sino en todo el mundo. En ocasiones, se cae de lleno en el ridículo. Uno de los textos sobre el tema se inicia de esta manera: “En los momentos actuales en que se acrecienta la lucha ideológica de las fuerzas revolucionarias contra el imperialismo...”.
La torpeza, causada por el recurrir a los vicios mencionados, y otros adicionales, que lleva a tratar al asunto por las ramas, sin llegar nunca al centro del problema. Aquí la pereza se mezcla con el temor.
El error de acumular conceptos tergiversados para brindar un panorama donde se oculta mucho y lo que se dice está mal dicho. Sirva un ejemplo: “El diseño para su aplicación en Cuba tiene el sello made in USA. Entre sus principios están fomentar una clase media en Cuba que se separe de las mayorías; promover un sector no estatal sin el control del Estado de tal manera que cambie la actual estructura social; transitar por un camino intermedio entre el capitalismo y el socialismo que permita alcanzar un consenso entre los revolucionarios y los contrarrevolucionarios, como si en las condiciones históricas de Cuba pudiera ocupar espacio una tercera posición; además, generar reformas socio políticas de corte burguesas y neoliberal”. Al no negarse la posibilidad del desarrollo de una clase media en Cuba, porque entonces se entraría en contradicción con la actual política del Gobierno, se recurre a una figura esquiva: que esta clase media no se “separe” de las “mayorías”. O el mencionar que se debe evitar la promoción de un sector no estatal no controlado por el Estado. Hasta en Estados Unidos bajo Trump el Estado controla al sector no estatal. También esta el problema de las definiciones: “contrarrevolucionarios” son, simplemente, los que no son “revolucionarios”; las reformas serían de corte “burguesas” y “neoliberal (sic)”, sin admitir otras variantes; las “condiciones históricas de Cuba” —un mantra agotado por el oficialismo— no permiten otras opciones.
* La aparición aislada de una opinión que remonta a los conceptos de patria y nación, a que se hace referencia más arriba en este análisis: “De todas formas, no hay que ser socialista para vivir en Cuba y gozar de los derechos que implica la condición de ciudadano. Esto incluye el respeto a la manera de pensar de estas personas y las prerrogativas de expresarla. La unidad nacional no se debilita con esta práctica, sino que se fortalece, mediante la inclusión de todos aquellos que, definidos a partir de lo que no quieren para el país, pueden ser considerados patriotas” Pero esta mención termina siendo un llamado único a la racionalidad, en medio de una serie de textos que desbordan de una actitud que bordean o caen de lleno en el “talibanismo”.

Sin esperanzas
La lectura, engorrosa por momentos de estos textos, en su mayoría opuestos al “centrismo” o de rechazo a una “tercera vía”[2], y de algunos que podríamos considerar más centrados aunque no declarados en el centro, agrupa a un conjunto variopinto de participantes. Unos pertenecientes al conjunto de la tradicional intelectual orgánica y otros de generaciones posteriores. Más allá de la diferencia de matices, poco queda a la hora de sostener esperanzas. El verdadero debate intelectual sobre el futuro de Cuba continúa siendo una asignatura pendiente. Y esto no es una opinión, es una realidad.






[1] Que la posición de Obama siempre fue vista con un peligro, ideológico y político, por parte del Gobierno cubano, acaba de ratificarlo el presidente Raúl Castro. En su discurso de clausura al IX Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 14 de julio de 2017, y dentro de una crítica a la posición adoptada por Trump, dedicó una línea a reprobar a Obama: La historia no puede ser olvidada, como a veces nos han sugerido hacer.
[2] Queda para otro artículo el análisis de los textos de a quienes se acusa de estar a favor del “centrismo” o son partidarios de “una tercera vía”.

sábado, 8 de julio de 2017

Trump y el choque de civilizaciones


En su primer acto publico en el exterior, el jueves en Varsovia, el presidente Donald Trump se refirió al “choque de civilizaciones”. Ni siquiera George W. Bush, y mucho menos Barack Obama, recurrieron durante sus respectivos mandatos a un concepto tan arcaico y erróneo.
En su versión moderna, el choque de civilizaciones es una teoría acerca de las relaciones internacionales formulada por Samuel Huntington, y se basa en las divisiones culturales y de valores, pero fundamentalmente religiosas. En este sentido, se crea un mantra donde se busca la preponderancia de la civilización occidental, y que de forma implícita o explícita limita cualquier conflicto a un discurso que se concreta en un pensamiento binario, que en su forma más burda se limita a “civilización contra barbarie”.
“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”, dijo Trump en Varsovia.
“¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo?  ¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización ante aquellos que la subvertirían y la destruirían?”, clamó el presidente estadounidense.
Lo importante para Huntington es que este choque de civilizaciones lleva a la guerra: los conflictos entre civilizaciones son inevitables. Su teoría fue promulgada como una respuesta a los planteamientos de Francis Fukuyama, que sostenía que el mundo se aproximaba al fin de la historia (en el sentido hegeliano)  y la democracia occidental se impondría en todas partes de forma pacífica. (Veinticinco años después de publicar sus argumentos, Fukuyama escribió en The Wall Street Journal que se había apresurado demasiado, pero que consideraba que la esencia de su tesis continuaba siendo correcta.)
Uno de los problemas con el planteamiento de Huntington es que no toma en cuenta o relega a su segundo plano otros factores importantes, como la desigualdad social y económica, las crisis energéticas o la lucha por los recursos naturales. Pero para Trump, el enfocarse  en cuestiones religiosas o culturales, como principal fuente de conflictos, es ideal para elaborar un discurso al agrado de su base de sus partidarios. Al mismo tiempo, le permite recurrir a la vieja creencia estadounidense, de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras.
Trump puede adecuar sus palabras al lugar donde se encuentre, al estilo de un dealer de autos, y hablar en Polonia más fuerte en contra de Rusia o abandonar su retórica contra el islam en Arabia Saudita, pero el planteamiento de choque de civilizaciones resume la esencia de su enfoque sobre el terrorismo. Es el concepto que está detrás de prohibir la entrada a los ciudadanos de países donde predomina la fe musulmana o su rechazo a celebrar una cena de fin de Ramadán en la Casa Blanca, poniendo fin a una tradición observada durante años por sus predecesores y que se inició en 1805.
Abrazar dicha tesis es también la “justificación” para poner a un lado las violaciones de los derechos humanos y buscar alianzas con autócratas y asesinos como Vladimir Putin y Rodrigo Duterte.
Durante la época de Bush, este país estuvo gobernado por quienes dirigían sus acciones repitiendo equivocaciones tácticas y cálculos inapropiados sobre la base de adaptar los datos existentes a su manera de pensar. Políticos y funcionarios que se comportaban como prisioneros de un concepto ideológico tan desafortunado y falso como el que llevó a los jerarcas soviéticos a pensar que el comunismo terminaría conquistando el mundo, pero ni siquiera entonces se adoptó el criterio de choque de civilizaciones. Ahora es peor aun.
Un país que se apoye sólo en la eficiencia de sus fuerzas armadas no puede fundar un nuevo orden. Ni siquiera un desorden estable. El terrorismo debe ser enfrentado con una estrategia más “policial”, menos “bélica”, y no como una lucha religiosa. Porque entonces volvemos a la época de las cruzadas.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 10 de julio de 2017.

miércoles, 5 de julio de 2017

¿Y ahora qué?


El lanzamiento de un misil balístico intercontinental realizado el martes por Corea del Norte “representa una nueva escalada de la amenaza a Estados Unidos" y "el mundo”.
Así lo afirmó el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, en un comunicado donde condenó la prueba de un misil norcoreano de largo alcance.
Tillerson advirtió que “Washington nunca aceptará una Corea del Norte con armas nucleares”, informa la BBC.
Corea de Norte anuncia que lanzó “con éxito” un misil balístico intercontinental
En respuesta a dicho lanzamiento, en la tarde del martes EEUU y Corea del Sur realizaron sus propios ejercicios militares, disparando misiles en aguas territoriales surcoreanas.
La alianza de EEUU y Corea del Sur tiene capacidad para realizar un “ataque de precisión” a “toda la gama de objetivos importantes, en todas las condiciones climáticas”, informó la portavoz del Pentágono, Dana White, de acuerdo a la BBC.
“La autocontención, que es una elección, es todo lo que separa el armisticio y la guerra”, advirtieron en una declaración conjunta ambos países al Gobierno de Pyongyang y agregaron que sus ejercicios militares demuestran que “somos capaces de cambiar nuestra elección”.
La Guerra de Corea (1950-1953) terminó en un armisticio, por lo que ambas Coreas técnicamente todavía están en guerra.
Estados Unidos llamó a convocar una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Está previsto que este miércoles haya una sesión del Consejo a puerta cerrada.
Anteriormente Rusia había asegurado que el cohete era de alcance medio y no largo. La diferencia para países como el propio Estados Unidos es crucial.
Según Pyongyang, el misil balístico intercontinental lanzando el martes permaneció en el aire 37 minutos, más que ningún otro hasta la fecha, recorrió más de 930 kilómetros y alcanzó una altitud de 2.802 kilómetros antes de caer en el Mar de Japón.
El físico David Wright, miembro de la estadounidense Unión de Científicos Preocupados (UCS, por sus siglas en inglés), cree que si el misil no hubiera volado tan alto y su trayectoria hubiera sido más regular, entonces su alcance habría sido mucho mayor de los 930 kilómetros.
“Ese rango podría no ser suficiente para llegar a los otros 48 estados o a las islas de Hawái, pero le permitiría arribar a Alaska”, en el extremo noroccidental de Estados Unidos, dijo Wright.
En su comunicado, Tillerson agregó: “Se requiere una acción global para frenar una amenaza global”.
El secretario de Estado también afirmó que el Gobierno de Kim Jong-un es “un régimen peligroso”, y que EEUU buscará la aplicación de ”medidas más severas” en la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU a realizarse este miércoles.
Por su parte, los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping, pidieron a Corea del Norte que anuncie de manera voluntaria “una moratoria de las pruebas nucleares y de los ensayos de misiles balísticos”.
Rusia y China, países que comparten fronteras terrestres con Corea del Norte, indicaron en un comunicado que el lanzamiento es “inadmisible” porque contradice las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y expresaron su rechazo al uso de la fuerza.
No obstante, Putin y Xi también pidieron a Estados Unidos y Corea del Sur “que se abstengan de realizar maniobras militares conjuntas a gran escala”.
En particular, los mandatarios insistieron en que el despliegue del escudo antimisiles estadounidense en el sureste de Asia, el poderoso Thaad, “representa un grave perjuicio para los intereses de seguridad estratégica de los países de la región, incluidos Rusia y China”.
“Las preocupaciones de Corea del Norte deben ser respetadas. Otros países deben realizar esfuerzos para la reanudación de las negociaciones, crear conjuntamente una atmósfera de paz y de confianza mutua”, señalaron.
Antes, el presidente Donald Trump, había escrito en Twitter: “¿Es que este hombre no tiene nada mejor que hacer con su vida?”, haciendo referencia al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.
“Es difícil creer que Corea del Sur y Japón vayan a postergar esto mucho más. Quizá China tome medidas contundentes contra Corea del Norte y acabe con esta tontería de una vez por todas”, agregó en otro mensaje.
La nueva prueba balística de Corea del Norte fue realizada el 4 de julio, fecha en que EEUU celebró su Día de la Independencia.
Pero EEUU no puede contar con una futura acción de China contra Cora del Norte, informa James Robbins, corresponsal de la BBC para asuntos diplomáticos.
China “no siempre ve a EE.UU. como un aliado ni piensa que Corea del Norte sea hoy una amenaza mayor que si llegara a colapsar”, escribe Robbins.
Este colapso, analiza Robbins, podría significar la reunificación de la península coreana y su transición a una nación amiga de Washington en su frontera.
El Pentágono considera que el misil intercontinental lanzado el martes por Corea del Norte es de un tipo no visto hasta ahora en el arsenal del régimen de Pyongyang.
El capitán Jeff Davis, portavoz del Pentágono, indicó que el misil, que teóricamente podría alcanzar los Alaska, es de un tipo “no visto nunca antes”. informa la agencia Efe.
Funcionarios del Gobierno indicaron a la CNN que el proyectil tiene componentes similares a un misil KN-17, probado por primera vez por el régimen norcoreano el pasado mes de abril.
No obstante, Corea del Norte habría añadido una segunda fase, no vista hasta ahora, que habría contribuido a que el misil alcance distancias más amplias y pueda ser considerado intercontinental.
Corea del Norte a través de la agencia de noticias estatal KCNA aseguró que el lanzamiento fue un éxito y que el misil ha sido bautizado como Hwasong-14.
KCNA también detalló que el misil alcanzó una altitud de 2.800 kilómetros y viajó cerca de 1.000 kilómetros antes de impactar en aguas de Mar de Japón (Mar del Este).
Aunque el Consejo de Seguridad de la ONU podría imponer sanciones adicionales a Corea del Norte, no está claro que la nación vaya a abandonar sus programas armamentísticos a pesar de que ya se le han impuesto múltiples sanciones por pruebas anteriores.
Corea del Norte considera que el misil puede viajar a una distancia máxima de 8.000 kilómetros, lo que pondría a Estados Unidos al alcance del misil norcoreano.
No obstante, Corea del Norte aún no ha conseguido demostrar que es capaz de cargar una ojiva nuclear en un misil de largo alcance, algo que lo convertiría una amenaza aún mayor para Estados Unidos y sus aliados japoneses y surcoreanos.
Kim Jong-un advirtió el miércoles que su país “demostrará su fortaleza a Estados Unidos” y que nunca someterá a negociación sus programas armamentísticos, un día después de asistir al lanzamiento de prueba de su autodenominado primer misil intercontinental.
Su postura de línea dura parece indicar que el país podría realizar más ensayos hasta perfeccionar un misil nuclear capaz de atacar en cualquier lugar de EEUU. Algunos analistas dicen que el gobierno de Kim cree que las armas nucleares son clave para su propia supervivencia y que podría utilizarlas para arrancarle concesiones a EEUU.
Corea del Norte ha resultado el país que le ha lanzado un reto de importancia al presidente Trump, que durante su campaña electoral y desde la llegada a la presidencia ha estado vendiendo la imagen de “hombre duro”.
El anuncio norcoreano del lanzamiento con éxito de un misil Hwasong-14 —algo que “no ocurrirá”, había asegurado un desafiante Trump en enero— ha introducido un elemento nuevo en la ecuación militar entre Washington y Pyongyang, y ha acrecentado el sentimiento de amenaza representado por un país que ya ha llevado a cabo cinco pruebas nucleares y posee más de una decena de bombas atómicas. Corea del Norte ha demostrado, cuando menos, su determinación a lograr su gran objetivo: ser capaz de golpear una ciudad en territorio continental estadounidense.
Por su parte, algunos analistas creen que Corea del Norte ya está en condiciones de incorporar ojivas nucleares a sus misiles de corto alcance. Pero hay dudas acerca de si Pyongyang es capaz de construir una ojiva que pueda ser adosada a un misil de largo alcance.
Cada ensayo acerca a Norcorea a su objetivo final, pero también confirma que todavía no lo ha conseguido.
Corea del Norte, efectivamente, consiguió, en cierto sentido, que el misil cubra una elevada trayectoria en arco y caiga en el Mar del Japón. Washington, Seúl y Tokio confirmaron que este fue el ensayo más importante de Pyongyang,  hasta la fecha.
Es cierto que, si no se le pone freno, Corea del Norte podría construir un misil balístico intercontinental en unos pocos años.
Pero hay razones para dudar que los norcoreanos hayan tenido un éxito total “en un intento”, como han dicho.
No está claro si Norcorea cuenta con la tecnología que permita al misil regresar a la atmósfera terrestre con la ojiva nuclear para que pueda alcanzar su blanco. Ni si puede construir una ojiva lo suficientemente pequeña como para que pueda ser transportada por un misil de largo alcance.
La propaganda norcoreana ayuda a cimentar la imagen de Kim Jong-un en su país como una figura dominante de la escena mundial al tiempo que causa temor en Estados Unidos, Corea del Sur y Japón.
Si el objetivo es contar con un misil balístico intercontinental capaz de transportar una carga nuclear, entonces el primer ensayo exitoso de esta nueva versión del misil podría marcar el inicio de una fase final del programa.
Resta por verse si esta fase tendrá un final violento, una resolución negociada o si se vienen más años de frustraciones y de avances en el programa armamentístico de Corea del Norte.

Eurocámara da luz verde al fin de la “posición común”


El pleno del Parlamento Europeo (PE) avaló hoy miércoles la nueva era de relaciones entre Bruselas y La Habana con su consentimiento por amplia mayoría al Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación UE-Cuba, informa la agencia Efe.
Rubricado en diciembre de 2016 por la Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Federica Mogherini, y el ministro cubano de Exteriores, Bruno Rodríguez, el acuerdo pone fin a la llamada “posición común”, que regía las relaciones entre ambas partes desde 1996.
El acuerdo, que recibió 567 votos a favor, 65 en contra y 31 abstenciones, tiene entre sus principales objetivos la cooperación mutua, el diálogo político y las relaciones comerciales.
Acaba con la excepcionalidad de que Cuba fuera hasta ahora el único país de Latinoamérica con el que la UE no tenía acuerdos, como consecuencia de la posición común impulsada en su momento por el Gobierno del español José María Aznar.
Junto al consentimiento al acuerdo, la Eurocámara aprobó una resolución adjunta que incide en la necesidad de que Cuba respete los derechos humanos y en la que recuerda la cláusula de salvaguarda por la que, en caso contrario, se suspendería su aplicación.
En ese texto, de calado más político, sin consecuencias jurídicas, del que fue ponente Elena Valenciano (Partido Socialista Obrero Español, PSOE), los eurodiputados señalaron al Gobierno cubano que debe alinear su política de derechos humanos con los acuerdos internacionales de los que es signatario.
Recalcaron que la persecución y reclusión de alguien por sus ideas o su actividad política pacífica supone una infracción de la Declaración Universal de Derechos Humanos y pidieron la liberación de toda persona encarcelada por ello, lo que motivó la abstención del grupo de los Verdes y el voto en contra de la Izquierda Unitaria (GUE/NGL), a la que pertenecen Podemos e Izquierda Unida (IU).
Javier Couso (IU) celebró el “entierro definitivo” de la “infame Posición Común” que “promovió en Bruselas el expresidente del Gobierno español José María Aznar”.
Al mismo tiempo, cargó contra “aquellos grupos como el Partido Popular Europeo que pretenden alargar en el tiempo las políticas del 'figurante de las Azores', tratando de que Cuba sea tutelada y examinada para hacer una transición de corte neoliberal, como quiere EEUU”.
Satisfecha se mostró la ponente, Elena Valenciano, que destacó lo “equilibrado” del texto, para el que los socialdemócratas han tenido que negociar durante meses con liberales y populares europeos, que querían un documento lo más duro posible políticamente con el régimen de La Habana.
Cayó de la resolución final, por una enmienda apoyada por los populares europeos, una alusión que pedía que Estados Unidos pusiera fin al embargo a la isla, aunque sí reiteraron los eurodiputados su oposición a las “leyes y medidas de efecto extraterritorial”, por el negativo impacto en la población cubana y la actividad de las empresas europeas.
Valenciano rechazó la no inclusión de la referencia al embargo/bloqueo de EEUU y dijo que “está fuera de lugar no condenar el embargo”, aunque lo justificó en que la mayoría conservadora en el PE “es la que es”.
Luis de Grandes (Partido Popular, PP) indicó que su grupo pide a las autoridades cubanas que “abran un proceso democrático que incluya el pleno respeto de los derechos humanos, la libertad de los medios de comunicación, el derecho de libre expresión, reunión y asociación, el acceso a la información y la celebración de elecciones libres”.
Por otro lado, en la resolución adjunta, que se aprobó por 487 votos a favor, 107 en contra y 79 abstenciones, los eurodiputados avanzan que planean enviar una delegación oficial a Cuba y apelan a las autoridades del país a que les permitan contactar con sus interlocutores en la isla.
No estuvo presente, como suele ser el caso en estas votaciones de tratados, la embajadora de Cuba ante la UE, Norma Goicochea, que envió a un representante.
La noticia fue reflejada de inmediato en el sitio oficial cubano Cubadebate.
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