viernes, 15 de junio de 2018

Entre la ópera y el burlesco


Two Sisters from Boston(1946) es un musical que toma prestados dos o tres temas de la ya para entonces en decadencia screwball comedy—la farsa, las identidades trocadas y la comedia de sexo sin sexo—, pero domesticando cualquier elemento de lucha de clases al enfrentamiento entre ingenuidad e ingenio y la presencia de una pobreza solidaria y una riqueza bondadosa. Eso sí, la película deja un poco a un lado esa amabilidad forzada y risueña, en uno de los contrastes preferidos por el Hollywood de los 40 y 50, para mostrar la hostilidad y el desafío entre la cultura de élites y la diversión popular. Y aquí lo hace lanzándose a los extremos: la oposición entre el burlesco y la ópera. Lo mejor para el espectador es que esa disparidad la representan dos ejemplos notables, cada uno en lo suyo: Lauritz Melchior y Jimmy Durante.
La película es también uno de los cientos de ejemplos —que aún hoy no dejan de asombrar— de como un género tan genuinamente estadounidense y popular fue creado en gran medida por extranjeros cultos que al inicio de sus carreras en Hollywood ni siquiera hablaban inglés o simplemente lo chapurreaban (el “Bring on the empty horses” de Michael Curtiz en la filmación de The Charge of the Light Brigade). Su director, Henry Koster, había recorrido la senda tenebrosa del artista judío que escapa de la Alemania nazi, para luego de recorrer varios países europeos terminar en Estados Unidos. Pero hay dos detalles con Koster que de alguna manera están presentes en Two Sisters fromBoston. Uno es que su abuelo materno fue el famoso tenor Julius Salomon. El otro tiene que ver con su escape: en 1933, mientras se encontraba en un banco, lo insultó un oficial de las tropas paramilitares del partido nazi. La respuesta de Koster fue darle un piñazo que lo dejó inconsciente. Al salir del banco, fue derecho a la estación de trenes y sacó un boleto para París. La audacia es un elemento clave en esta película por lo demás simple.
Jimmy Durante aparece cuarto en los créditos, pero su estilo —canto y actuación— es primero, porque logra lo que no es fácil para un actor aunque parezca todo lo contrario: convertir lo estereotipado en una marca propia, algo único (precisamente es en el cine norteamericano donde se disfrutan los mejores ejemplos de ello, de Groucho Marx a John Wayne). El nombre de Lauritz Melchior lo precede porque si bien ahora solo debe sonar a especialistas y aficionados, al menos durante tres décadas (1920-1940) fue considerado uno de los mejores tenores wagnerianos, sino el mejor, y estuvo en Bayreuth y cuentan que allí, en julio de 1925, su interpretación de Parsifal hizo que “las lágrimas corrieran por las mejillas de Hitler”, según Hugh Walpole, el novelista inglés que fue amigo y protector del cantante nacido en Dinamarca y se reunió varias veces e incluso cenó con el líder nazi.
Melchior, que cantó con las principales sopranos wagnerianas de su época —Kirsten Flagstad y Helen Traubel— pero también el himno nacional estadounidense en un estadio, hace un breve dúo con Kathryn Grayson —una de las protagonistas de la cinta, junto con June Allyson— y participa en dos secuencias operáticas, que no pertenecen a ópera alguna sino son adaptaciones musicales de Liszt y Mendelssohn, y en otra cómica sobre una grabación primitiva (Melchior hizo gran número de grabaciones con la Deutsche Grammophon), pero su mejor momento musical en la película es cuando interpreta un fragmento de la primera escena del acto tercero de Lohengrin(aunque la composición de Wagner no aparece en los créditos). De hecho, pese a que las representaciones musicales tienen un marcado acento visual de ópera italiana y francesa —seguramente por razones políticas y de taquilla—, el wagnerianismo de Melchior termina por imponerse en una cinta dirigida y producida por creadores judíos en un Hollywood recién salido de la guerra. Por lo demás, Melchior admite la burla a su personaje —exigencias de Hollywood, la época y el dinero y otra labor aparte como cantar en un juego de los Dodgers además del Metropolitan— pero no de su arte: cuando canta lo hace bien en serio.
Cuando protagonizó Two Sisters from Boston,Grayson ya había hecho musicales conocidos —Thousands CheerAnchors AweighZiegfeld Follies— pero no tan exitosos como dos posteriores —Show BoatKiss Me Kate— y la aguardaban dos películas con el insoportable y popular Mario Lanza —That Midnight KissThe Toast of New Orleans—, al que detestaba por su alcoholismo y mal carácter, y quien además había intentado darle “un beso francés” durante una escena de esta última, circunstancia agravada, según Grayson, por el hecho de que Lanza tenía la costumbre de comer ajo crudo antes de filmar.
Si bien la vocación original de Grayson era ser cantante de ópera, y había sido educada para ello, nunca paso de ser una soprano de cine. Representó ese papel más de una vez, sin llegar nunca al escenario soñado. 
Con su voz de soprano de coloratura, logra durante la escena de su primera incursión —engañosa y casi furtiva— en la Ópera de Nueva York un chiste compartido entre diletantes y profano: la ira en el aria de Melchior. Junto al encontronazo entre la ópera y el burlesco, que por supuesto en la cinta tiene sobre todo una dimensión moral, hay también una referencia más sutil en la película, y es la distancia entre un tenor wagneriano y una soprano de coloratura (en las obras de Wagner el rol ideal es de soprano dramática, mientras que la de coloratura es propia de la ópera italiana, incluso en Verdi), pero que se diluye en el final feliz propio del Hollywood de entonces. Si el musical recurre en ocasiones a la ópera, lo hace en una búsqueda de distinción, de necesario prestigio del momento, pero nunca como una reafirmación de su esencia sino todo lo contrario: lo popular define un género que incorpora al jazz, que en la época dorada del musical era también música popular (swing) y admite de pasada el canto lírico por las razones citadas. En pleno esplendor del musical —la década de 1950—, la resistencia a lo que el espectador puede percibir como “alta cultura”, aunque representada más bien como artificialidad vacua y no verdadera cultura, encuentra su definición mejor en dos películas de Fred Astaire —The Band WagonFunny Face—, aunque el ataque más despiadado y disfrutable a dicha forma musical se encuentra en las comedias de los hermanos Marx. Para entonces, y desde antes, el ballet logra una mejor simbiosis. 
Volviendo a la música en Two Sisters from Boston, después de todo, Grayson es la gran afortunada en la película. No solo porque su personaje logra lo que quería. También en la realidad de la competencia en la pantalla, o antes de llegar a la pantalla. En 1942 ya había sido anunciada la realización de la cinta, con el título An American Symphonyy la participación de Judy Garland. Cuatro años después, Garland fue remplazada por Allyson y el título cambió a Two Sisters fromBoston. Un alivio para cualquier cantante, que ya no tendría que competir musicalmente con una hermana de 112 minutos.
Esa competencia entre hermanas ya había ocurrido en plena Segunda Guerra, pero entre Allyson y Gloria DeHaven y en otro musical, Two Girls and a Sailor(1944). Solo que el dúo no lucha a ver quién canta mejor sino por conquistar a un marinero que es también el heredero de una fortuna de 60 millones. Aunque aquí el romance y el amor entre hermanas se impone en un final vano. Two Girls and a Sailorfue dirigida por Richard Thorpe, al que siempre se menciona como el ejemplo clásico del director conocedor del oficio pero sin mayores aspiraciones. Su capacidad para ahorrarle dinero a los productores le valió contar siempre con trabajo a la vista, pero le impidió trascender. Esta película es una buena muestra de ello.
Koster, que entre cuyos méritos está el haber descubierto a Abbott y Costello trabando en un night-club de Nueva York y convencer a la Universal para que los contratara, nunca logró un Oscar, aunque sí fueron nominados seis actores —Cecil Kellaway, Loretta Young, Celeste Holm, Elsa Lanchester, Josephine Hull, James Stewart y Richard Burton— de sus películas. 
El inmigrante que se retiró del cine para dedicarse a lo que verdaderamente le interesaba: pintar, e hizo varios retratos de las actrices y actores con los que había trabajado, es también conocido por una anécdota que en buena medida lo define. Prometió a su segunda esposa, Peggy Moran, con quien se casó en 1942, que a partir de ese momento ella aparecería en todos sus filmes.
Cumplió su palabra, solo que la presencia de Moran se limitó a una escultura con su figura: por lo general una cabeza sobre un mantel, un escritorio o un piano. Para The Robeencargó un busto griego, que aparece prominentemente en la villa romana.
Me entretuve buscando la escultura de Moran en la mansión de los millonarios neoyorquinos patrocinadores de la ópera, entre los gorgoritos de Grayson y los decorados falsos de las falsas óperas. No logré identificarla.

jueves, 14 de junio de 2018

Del intelectual como víctima propicia


El instrumento es viejo pero efectivo. Resalta, eso sí, la mezquindad de su uso. Cuando un gobierno autoritario o totalitario quiere hacer sentir su presencia, establecer parámetros, agraciar posibles aliados, calmar temores o simplemente congraciarse con potenciales rivales recurre a reprimir a cualquier intelectual de paso.
Lo hizo con Heberto Padilla, lo hace ahora con Fernando Ravsberg, salvando las enormes distancias poéticas que el periodista nunca ha pretendido transitar. Pero por lo demás hay mucho en común, no en los hombres, las víctimas, sino en el mecanismo.
Y es que, por un momento, resulta fácil aplastar a un escritor o a un periodista. No hay inversiones que se vean amenazadas; no hay miedo a una respuesta bélica contundente, porque ambos no cuentan con las socorridas divisiones; no hay cosechas en peligro, buques mercantes que no acudan al puerto, fábricas que interrumpan su marcha. No hay fiesta que se cancele, show que no se produzca, película que no se proyecte.
Después, con el paso del tiempo, las cosas se complican. Pero ni al funcionario, al burócrata o al político les preocupan el futuro. Lo de ellos es el hoy: aferrarse al poder, conservarlo al menor riesgo posible.
A Fidel Castro no le era imprescindible reprimir a Padilla para ganarse la confianza de los soviéticos, pero el esfuerzo censor ayudó, hizo lo suyo, anotó un tanto. Dejó en claro que a partir de ese momento las cosas no iban a ser como antes, que toda esa bobería de socialismo distinto, en libertad, con intelectuales europeos opinando se acababa. A partir de entonces La Habana sería como Moscú, donde a los poetas se les encarcelaban. Hacía falta un Mandelstam cubano y ahí estaba Padilla. Claro que tampoco se trataba de volver estrictamente al ayer, y el poeta no tenía que morir en un campo de concentración: bastaba con amargarle la vida.
Y ahora tampoco es como ayer, y a Ravsberg, que ni siquiera es cubano —uruguayo de nacimiento que lleva décadas viviendo en la isla—, no van a detenerlo como a Padilla, ni internarlo en un campo como a Mandelstam: simplemente le han retirado su permiso de residencia y su credencial de periodista extranjero. No más “Cartas desde Cuba”: que se busque un buzón de correo en otra parte.
“Que se vayan, no los queremos, no los necesitamos”: Ravsberg convertido en marielito uruguayo.
Asombra, por un momento, esa capacidad desarrollada por el régimen cubano, de convertir en arma represiva lo que en un principio se vio como un supuesto avance en lo social y político: el retiro, temporal o más o menos permanente, del pasaporte a los disidentes, la parada en el aeropuerto para impedirles el codiciado viaje, la multa oportuna. 
El retiro de credenciales no deja de ser entonces una rectificación necesaria —¿escribir por la libre en Cuba?— que el nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, necesita para enviar un doble mensaje: alarde de ortodoxia rustica y advertencia grosera para periodistas independientes cubanos, a quienes no les resultaría tan fácil el tomar un avión de un día para otro en caso necesario.
Queda para el futuro si estos alardes de acción ortodoxa —gratos a Ramiro Valdés o Machado Ventura— son pruebas de permanencia o simples respiros. Porque la permanencia en una dictadura no es más que un ejercicio cambiante.
Por lo demás, algarabía breve sin llegar a serenata diurna. Silvio Rodríguez reclama que la censura a Ravsberg no hubiera ocurrido en la época de Fidel y Raúl Castro. Quizá sin saberlo rememora aquella escena de Los Olvidados, en que el viejo músico callejero —golpeado, despojado de su dinero y con sus instrumentos musicales rotos tras un asalto de jóvenes y niños delincuentes— se lamenta con esta frase casi legendaria: “En tiempos de don Porfirio no pasaban estas cosas”.
Y así es de simple. Ni Fidel ni Raúl molestaron al periodista, porque nunca les fue necesario. La añoranza es más que simple, tonta. La pregunta entonces es otra: ¿Es tan débil el poder de Díaz-Canel que necesita estos pequeños gestos?

miércoles, 13 de junio de 2018

Donald Trump, el vendedor de entuertos


En Estados Unidos tenemos un presidente que se comporta como un vendedor de automóviles usados que se aprovecha de compradores en apuro, sin crédito, con poco dinero, esperanzas, frustraciones, inseguridad y desamparo. Igual fantochería, las mismas técnicas baratas, el mismo interés en lograr la venta de un cacharro —si es posible casi inservible— e igual objetivo de lograr una cuasi estafa rápida, o una estafa total, pero siempre cuidándose de bordear la ilegalidad sin brindar la oportunidad de caer en la cárcel. Engañar evitando los riesgos. Asumir la filosofía de que los demás —el público, los electores, los posibles clientes— no son más que idiotas capaces de creerlo. En resumidas cuentas, tiene algo de razón: de lo contrario no se habría acercado a su establecimiento o votado por él.
Todo al final lo resume en el lenguaje que emplea. Juega con las palabras desde una posición que le favorece: adopta la simpleza no solo porque él, en esencia, es simple de pensamiento y acción, sino porque también sabe que muchos otros lo son. No hay que negarle habilidad en ese juego, y reconocer que pese a que personajes así han sido caricaturizados por la literatura, el cine y el teatro, ello no ha impedido su supervivencia, quizá todo lo contrario.
Así que Donald Trump es al mismo tiempo nuestro predicador evangélico de pantalla de turno —consume y explota la televisión hasta el cansancio—,  el vendedor de brebajes de antaño y el político demagogo y populista de siempre. Una trinidad que parece eterna. La promesa resume su discurso. El cumplirlas o no queda en el aire.
Desde su llegada a la presidencia, el presidente Donald Trump, convertido en “el gran perturbador mundial” está imponiendo un nuevo desorden internacional, destruyendo pactos y acuerdos con un marcado énfasis en hacer retroceder no solo a su país sino al resto del mundo. Creando una serie de situaciones con las que tendrán que lidiar quienes vengan tras él y empeñando en una óptica torcida con la que convierte en “amigos” a los enemigos de siempre, desprecia a los aliados tradicionales de la nación americana e insulta a los que no debe agredir —de momento con palabras y gestos comerciales— mientras elogia a quien no lo merecen.
Kim es el último ejemplo de ello. Durante la cumbre, Trump dijo que era “muy inteligente” y “un negociador muy valioso y muy duro”.
“He comprobado que es un hombre con mucho talento. También he comprobado que quiere mucho a su país”, dijo el presidente de la nación democrática más poderosa del mundo a quien con férreo puño gobierna una de las dictaduras más despiadadas y opacas que existen, con entre 80.000 y 120.000 personas detenidas en los campos de trabajo para presos políticos, según datos de Amnistía Internacional.
Ningún resultado firme, concreto, duradero se desprende de su reunión con el déspota norcoreano, Kim Jong-un. El principal logro que vociferan sus partidarios —la primera reunión entre un presidente estadounidense y un gobernante norcoreano en 70 años— sería risible sino implicara el ocultamiento de una farsa potencialmente peligrosa. En este caso los “méritos” son todos para Kim, que fue el que expresó el deseo de reunirse. Al acceder con prontitud —sin condiciones y sin un marco de referencia preciso— al encuentro no hizo más que otorgarle una legitimidad al autócrata que nunca lograron ni su padre ni su abuelo, y más “meritorio” incluso el producto si tenemos en cuenta que Kim lo obtuvo sin modificar en lo más mínimo la esencia de su régimen y sin prometer cambio alguno al respecto, limitándose a repetir viejas promesas.
La interrupción de las pruebas nucleares, por parte de Corea del Norte, no obedeció a un deseo expreso de detener su programa de desarrollo de armas atómicas sino bajo la declaración de resultados alcanzados: el país tiene armas nucleares y punto.
En igual sentido, la tan publicitada entrega de tres prisioneros no se aparta ni un milímetro de gestos similares llevados a cabo por otros regímenes totalitarios en otro momento. Que el régimen de Corea del Norte tiene como objetivo el lograr “la desnuclearización de la península de Corea” es una vieja cantaleta que solo los tontos inútiles se han apresurado a señalar. Ello no significa ni remotamente el deseado desarme unilateral del régimen. Si algo ha quedado claro, para gobiernos autoritarios, totalitarios y dictaduras de todo tipo, es que el camino más rápido para sentar a Washington en una mesa de negociación es conseguirse una o unas cuantas decenas de armas nucleares. La carrera está abierta.
Donde el cinismo de Trump cayó en una inmoralidad flagrante fue cuando evocó al estudiante estadounidense Otto Warmbier —que estuvo preso más de un año en Pyongyang por una acción pueril que terminó costándole la vida y solo fue devuelto a Estados Unidos a punto de morir— y dijo que su muerte no había sido “en vano”, tras pasar horas sonriéndose y apretándole la mano, tocándolo y dándole palmaditas en el hombro a su ejecutor.
Si algo podría decirse a favor de toda esta farsa es que coloca las negociaciones en el mismo punto en que estaban hace más de 10 años, sin lograr un paso adelante, y luego de conocer lo que ocurrió luego.
El único vencedor en el encuentro fue Kim, que obtuvo la importante concesión de conseguir que se interrumpieran los ejercicios militares anuales de EEUU con su aliado surcoreano. Esto sí es un resultado a exhibir, que el gobernante norcoreano tiene ahora para exhibir no solo a sus seguidores y adláteres en el país —obedientes fieles si quieren continuar vivos— sino a sus aliados de Rusia y China. No solo en Pyongyang, también en Moscú, Pekín y hasta en La Habana hay motivos para festejar.
Pero el espectáculo más patético —si se quiere— de los resultados de la reunión en Singapur es el que han brindado los cubanos “anticastristas” que exclamaron, y exclaman aún, que Barack Obama, cuando se reunió con Raúl Castro, pisoteó el principio básico de una nación democrática —especialmente de Estados Unidos—de llegar a acuerdos con dictadores “a cambio de nada”, de reunirse con ellos, de saludarlos, sonreír y darles la mano, y que ahora se muestran alborozados con lo hecho por Trump.
El régimen de Corea del Norte es la concreción de todo aquello que esos “anticastristas” dicen detestar: una dictadura hereditaria (abuelo, padre, hijo), que prohíbe todas las libertades —civiles, políticas, culturales y de palabra—, genocida y asesina. Desde un primer momento, el escándalo del carguero Chong Chon Gang puso en evidencia no solo el deterioro económico y político de Corea del Norte, sino también señaló las semejanzas entre los regímenes de La Habana y Pyongyang, así como las similitudes en la situación de ambos países (este blog se hizo eco de ello). Pero todo ello ha quedado sumergido ante esa floreciente fidelidad (no hacia Castro, como algunos en el pasado) a Trump.

martes, 29 de mayo de 2018

Trump y «La conjura contra América»


Cioran consideraba que si se quiere conocer un país, había que leer a sus escritores  mediocres, los únicos capaces de reflejar de verdad los defectos, virtudes y vicios de una nación. Los otros, los escritores buenos, solían reaccionar contra su patria, se avergonzaban de formar parte de ella, y se limitaban a expresar perfectamente su esencia, es decir su inutilidad cotidiana.
Pero qué ocurre cuando no se trata de describir un territorio real sino una situación dudosa, improbable. Y cuando ese paraje imaginado, esa distopía —un término horrible acuñado por el avinagrado John Stuart Mill, como maldición y advertencia contra la utopía— amenaza con acercarse a la realidad.
¿Qué hacemos entonces?
Una solución es leer a Philip Roth, que acaba de fallecer para lamento de sus lectores, aunque en los últimos años había cerrado su escritura porque consideraba que ya lo había dicho todo y dado todo con lo que tenía a su alcance.
Releer a Roth y volver a La conjura contra América (The Plot Against America), esa novela en la que nos narra la llegada del fascismo al poder en Estados Unidos, y que es también un acercamiento no premeditado al mundo de Trump.
Roth publicó La conjura contra América, en 2004, sin sospechar que algo más torcido aún que el gobierno de George W. Bush aguardaba en el futuro. Todos éramos ingenuos y no hubo excepciones para los autores. Poco sirvió al novelista su genio literario, para salvarlo de esa semejanza futura que él negó siempre.
“Por más anticipatoria que La conjura contra América pueda parecerte, hay una enorme diferencia entre las circunstancias políticas que inventé en ella para EEUU en 1940 y la calamidad que hoy en día nos causa tanto desaliento. Es la diferencia de estatura entre un presidente Lindbergh y un presidente Trump. Charles Lindbergh, en la vida como en mi novela, pudo haber sido un verdadero racista y antisemita, así como un supremacista blanco a quien le agradaba el fascismo, pero también era —por la extraordinaria proeza de su solitario vuelo trasatlántico a la edad de 25 años— un verdadero héroe estadounidense trece años antes de que lo describa ganando la presidencia“, señala Roth en una entrevista, posiblemente la última que dio, aparecida en The New York Times el 29 de enero de este año.
Luego añade que mientras Lindbergh era “un Magallanes de la aeronáutica, una de las primeras figuras señeras de la era de la aviación. En comparación, Trump es un fraude masivo, la suma perversa de sus deficiencias, desprovisto de todo excepto de la ideología hueca de un megalómano”.
Siempre que Roth mencionaba a Lindbergh y a Trump, el segundo salía peor parado. Y eso que el primero había sido un simpatizante nazi. Después de todo, lo de “América Primero” no fue tan primero de Trump como de Lindbergh, que había participado en el America First Committee.
Roth había intentado deslindar al libro de comparaciones, cuando escribió en el Times Book Review que La conjura contra América no era una novela en clave política, sino que más bien había tratado de imaginar situaciones del tipo “qué hubiera pasado si…”, sobre hechos no ocurridos en Estados Unidos, pero que habían sido la realidad en otros lugares.
A finales de enero de 2017, en un email a The New Yorker, ya Roth había mencionado el tema de las diferencias entre Lindbergh y Trump. Lindbergh había sido un gran aviador, mientras “Trump es solo un estafador. El libro relevante sobre el antepasado estadounidense de Trump es The Confidence-Man, de Herman Melville, una novela oscuramente pesimista y ostentosamente inventiva —la última de Melville— que bien podría haber sido llamada ‘El arte de la estafa’”.
En The Confidence-Man, un extraño se cuela en un barco que navega por el Mississippi en el Día de los Inocentes y cada persona, incluido el lector, se ve obligada a enfrentar aquello en lo que deposita su confianza. Imaginen un mitin, imaginen un avión, imaginen a Trump. 

jueves, 24 de mayo de 2018

Posada o el pasado


El  intento de presentar a Luis Posada Carriles como un patriota ejemplar y combatiente anticastrista vertical guardó semejanzas, durante un tiempo, con la campaña internacional del régimen de La Habana en favor de los cinco espías cubanos que cumplían condenas en cárceles estadounidenses. En ambos casos, los carteles de terrorista y antiterrorista se colgaban a partir de argumentos ideológicos.
La realidad es que Washington utilizó a Posada Carriles para diversas actividades encubiertas, en una época en que el empleo de ciertos medios violentos, hoy catalogados como actos terroristas, se mantenía más o menos en secreto y no se sancionaba como en la actualidad.
Sin embargo, la repulsa mundial al uso de la tortura y el terrorismo, en sus manifestaciones más diversas y bajo el supuesto amparo de cualquier causa, demuestra el rechazo mundial a las justificaciones políticas para los asesinatos de civiles y los actos que ponen en peligro la vida de inocentes.
Durante los últimos años de su vida, Posada Carriles terminó convertido en un rezago de otra época, y en un ejemplo de inmoralidad e hipocresía, por parte de sus defensores, al disculpar la realización de sabotajes y actos terroristas con el objetivo de atacar al enemigo. Ya con anterioridad había logrado acumular un amplio historial —en parte hecho público, en parte mantenido aún en secreto— que lo descalificaba como patriota y luchador por la democracia. No fue un “destacado militante anticastrista” sino un individuo que la mayor parte de su existencia actuó al margen de la ley, sin detenerse a medir las consecuencias de sus actos en las vidas de seres inocentes. Es cierto que el Gobierno cubano manipuló su caso con fines propagandísticos, y que dicho régimen carece de moral para presentarse como un paladín del antiterrorismo, pero ello no basta para absolver de culpas a Posada. Muchos actos en su trayectoria merecen la misma repulsa que la campaña de sabotajes llevada a cabo por el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario, para poner fin a la dictadura de Fulgencio Batista. No hay justificación para colocar bombas en cines, parques, restaurantes y hoteles. El terror no es un arma adecuada ni moral ni legal, ya sea utilizada contra un dictador como Batista o contra déspotas totalitarios como los hermanos Castro.
En junio de 2015, causó un pequeño revuelo en Miami una información aparecida en el Nuevo Herald, que señalaba que un documento desclasificado por el Departamento de Estado, de fecha tan lejana como 1976, que mostraba las preocupaciones sobre los vínculos de la CIA con grupos extremistas de exiliados cubanos, a la vez que consideraba a Luis Posada Carriles como el autor más probable del atentado contra un avión de Cubana de Aviación ese año. Aunque la propia información del periódico aclaraba que el documento ya se había dado a conocer con anterioridad, si bien en una versión censurada, y que formaba parte de la colección del Archivo Nacional de Seguridad. Además, en el artículo se incluía que el Miami Herald había reportado en 2007 que Posada había sido informante pagado de la CIA.
Esto último, que fuera una especie de versión caribeña o cubana del tema del traidor y del héroe —con todos y para todos lo que le pagaban— no era un asunto que entonces algunos en Miami querían recordar, y tampoco esta faceta ha figurado a la hora de su obituario, por parte de todo tipo de prensa de Miami.
Aunque ya en abril de 2011 la absolución de Posada Carriles, en un juicio en El Paso, Texas —por entrada ilegal en Estados Unidos—, se había convertido en una derrota moral, sufrida por la rama radical y violenta del exilio, aunque sus miembros no supieron o quisieron reconocerlo. Si no lograron verlo así, fue por los muchos años transcurrido desde sus primeros enfrentamientos con el régimen de La Habana, que habían transformado su beligerancia en comentario radial, declaración de esquina; palabra altisonante en la oscura conflagración ante una taza de café.
En tres horas, los miembros del jurado reunidos en aquella corte texana decidieron que el acusado que tenían frente a ellos no era un combatiente anticastrista sino un anciano al que inmigración había tendido una trampa; un viejo indocumentado que era víctima del Gobierno norteamericano. Con un predominio de miembros de origen hispano, no fueron doce hombres en pugna sino una banda de mexicanas y mexicanos —“bad hombres”, según Trump— dispuestos a pasarle la cuenta a la migra y a entonar un corrido que terminara en Miami, el único lugar para entonces dispuesto a aceptar a tan engorroso sujeto.
Que un “luchador anticastrista” aprovechara esa circunstancia era normal en cualquier tipo de enfrentamiento ante un enemigo poderoso. Que con anterioridad empleara tácticas y medios terroristas para conseguir su objetivo resultaba condenable, pero consecuente con una tradición imperante durante el siglo pasado. Que por muchos años se sirviera de otros países como base para preparar y lanzar ataques no fue más que una repetición de gestos y conductas llevadas a cabo por muchos otros antes que él. Que se sintiera incomprendido y rechazado, por un país que lo había utilizado en más de una ocasión para trabajos sucios, no debió extrañarle nunca. Aunque todo eso cae dentro de la mentalidad y la actuación de cualquier terrorista internacional, desde los anarquistas italianos a los fundamentalistas islámicos. El ser considerado patriota por unos y asesino por otros resulta parte del oficio.
Sin embargo, al jurado validar las declaraciones de Posada, de que no había tenido nada que ver con los atentados dinamiteros contra la industria turística en Cuba, el exilio se quedaba de pronto sin un “héroe”. Porque el plan de atentar contra el turismo extranjero en Cuba era un ejemplo clásico de una forma de acción respaldada y propagada por ese sector del exilio que siempre había reclamado la exclusiva de mantener una actitud combativa frente al régimen de La Habana.
Así que al agradecer Posada al sistema de justicia norteamericano, y al jurado “que encontró la absolución”, no hacía más que ratificar su argumento de que él no había tenido nada que ver con los atentados.
De esta forma, el plan de los atentados a los centros turísticos quedaba reducido a dos o tres extranjeros, que por dinero habían puesto las bombas y a causa de ello asesinaron a un turista italiano. Como que su itinerario de activista anticastrista se encogía un poco. Posteriormente habría que agregar que nunca apareció publicada una lista de “hechos de guerra”, con resultados efectivos, que justificara su “trayectoria anticastrista”. Así, desde antes y al final, la historia de su militancia y dedicación a la causa de la democracia en Cuba quedó reducida a algo similar a la virginidad de la Virgen María: cuestión de fe.
De esta forma, y hasta la muerte de Posada Carriles, el exilio transitó por esa doble ruta en que legalmente se negaba la participación en actos terroristas, muchos de ellos llevados a cabo desde lugares y destinos fuera de EEUU, y al mismo tiempo se ensalzaba una supuesta trayectoria, activa y decisiva, contra el régimen de La Habana.
Lo que queda en pie hoy son una serie de documentos mantenidos secretos por mucho tiempo, ningún logro, ningún objetivo cumplido, solo una sarta de fracasos y varios crímenes.

Documentos
Una serie de documentos publicados en octubre de 2006 muestran la implicación de Luis Posada Carriles en la voladura de un avión de Cubana de Aviación en 1976, en el que murieron 73 personas. Dichos documentos fueron desclasificados gracias a la Ley de Libertad de Información y a petición de la organización National Security Archive (NSA), de la Universidad George Washington.
Entre las informaciones desclasificada estaban las declaraciones de los agentes de policía de Trinidad y Tobago, que fueron los primeros en interrogar a Hernán Ricardo Lozano y Freddy Lugo, dos venezolanos condenados en su país en 1986 por colocar las bombas que destruyeron el vuelo 455, de acuerdo a un cable de la agencia Efe.
Su interrogatorio sugiere que “la primera llamada que hicieron los autores del atentado después del ataque fue a la oficina de la compañía de seguridad de Luis Posada, ICI, que empleaba a Hernán Ricardo. Ricardo alegó que había sido agente de la CIA, aunque luego se retractó”, según el NSA, añade la información de Efe.
Ricardo también señaló que le habían pagado $18 000 para atentar contra el avión y que Lugo recibió $8 000..
El NSA también reveló tres informes de inteligencia del Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI), que fueron enviados al entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, tras el atentado.
Los informes secretos, firmados por el director de la agencia Clarence Kelly, se centran en la relación entre el agregado legal del FBI en Caracas, Joseph Leo, Posada y uno de los venezolanos que colocaron la bomba en el avión y al que Leo proporcionó un visado.
“Un informe de Kelly, basado en la palabra de un informante en Venezuela, sugirió que Posada había atendido a reuniones en Caracas donde se planeó el atentado”, según el NSA.
“El documento también menciona a un informante que declara que tras la caída del avión uno de los terroristas llamó a Orlando Bosch [fallecido en 2011], uno de los principales conspiradores en el plan, que dijo: ‘Un autobús con 73 perros se despeñó y todos murieron’”, añadió la organización.
En una entrevista aparecida en el mes de agosto de 2006 en el diario español La Vanguardia, Bosch declaró, al preguntársele sobre la voladura del avión de Cubana de Aviación:
“Para mí es un blanco de guerra. Hay muchas cosas que no puedo decir. Pero eran acciones de guerra. Y aquel avión era un avión de guerra. Iban coreanos del norte, guyaneses. Comunistas todos. Los deportistas llevaban cinco medallas de oro de esgrima. ‘Cuba se ha distinguido en boxeo. Pero no en esgrima’, decían. Era una gloria de Fidel. Habíamos acordado en Santo Domingo (cuando se formó el grupo Comando de Organizaciones Revolucionarios Organizadas en 1976) que todo lo que salga de Cuba para darle gloria a Fidel tenía que correr el mismo riesgo que los que combatimos la tiranía”.
Aunque los vínculos de Bosch con la bomba del avión de Cubana de Aviación nunca han sido demostrados de una forma definitiva, ya en junio de ese año la CIA y el FBI le seguían los pasos, e informes aseguraban que estaba planeando volar un avión de Cubana de Aviación, y que un grupo que lideraba lo había intentado en dos ocasiones previas sin éxito. Según esos informes, alguna vez antes del atentado alguien escuchó decir a Posada Carriles: “Vamos a dar un golpe, Orlando tiene los detalles”. Bosch declaró en dicha entrevista que era el jefe de Posada.
“Posada era mi subalterno”, expresó Bosch a La Vanguardia.
El viernes 11 de mayo de 2007, Granma, periódico oficial del Gobierno cubano, reprodujo las llamadas telefónicas de Posada Carriles con relación a las bombas en La Habana en 1997 y que habían sido entregadas por las autoridades de la Isla al FBI un año después, según un cable de la Associated Press.
El rotativo dedicó dos páginas a incluir fragmentos de 10 de las 14 conversaciones en las cuales el hombre comentó con algunos amigos y aliados tanto en Venezuela como en Centroamérica sobre los ataques..
“Y ahora dos explosiones más, una la metimos en el Hotel Sol Palmeras de Varadero, uno de los nuevos esos de los españoles y la otra en una discoteca en plena Habana'”, se lee en las transcripciones publicadas.
Las charlas se producen entre febrero y septiembre de 1997.
También en ellas se habla del financiamiento de estas acciones, de otras frustradas bombas en México contra agencias de viaje isleñas, de la protección de algunos amigos y hasta de comisiones por negociados turbios en Centroamérica.
En varias ocasiones Posada Carriles usa un nombre falso que fue su seudónimo de aquella época: Ramón Medina Rivas y la mayoría de las veces su interlocutor es Francisco Pimentel, un comerciante venezolano de origen cubano.
La forma en la cual se realizó la instalación de estos explosivos fue el reclutamiento de centroamericanos por parte de Posada Carriles, algunos de los cuales confesaron al caer capturados en La Habana y se los sentenció a pena de muerte aunque esta condena no se les aplicó.
“En total se prepararon 14 artefactos explosivos, de los cuales 8 explotaron, 4 fueron desactivados y 2 fueron ocupados en el momento de introducirlos en el aeropuerto”, expresó un comentario incluido en Granma junto con las transcripciones de los fragmentos de las charlas. 

jueves, 10 de mayo de 2018

Evangelio y política en Latinoamérica


De las diversas formas en que suele escribirse y reescribirse la Historia (la mayúscula es un viejo rezago sartreano), Venezuela exhibe en estos días un ejemplo menor, singular en el país y cada vez más común en Latinoamérica: el auge de la candidatura del pastor evangélico y empresario Javier Bertucci. Paradoja que ha necesitado 50 años para cumplirse, o del mayo francés al venezolano como una ruta perfecta de retroceso.
Según los sondeos, en la votación presidencial de este mes en Venezuela el actual presidente Nicolás Maduro obtendría el 42% de los votos, el opositor Henri Falcón entre el 25 y el 30% y Bertucci, el 15%.
En esta proyección más o menos limitada —parte de supuestos votantes en un proceso que se avizora marcado por el abstencionismo— y con una buena dosis de ingenuidad —supone la honestidad del chavismo— la derrota de Maduro dependería de una unión de los partidarios de Falcón y Bertucci en un solo voto.
Hasta el momento de elaboración de este texto (jueves 10 de mayo), dicha unión no pasa de un imposible. Ambos opositores realizaron una reunión privada el miércoles, pero desde antes se conocía que una propuesta de este tipo era inviable. Bertucci planeaba pedirle a Falcón que declinara en su favor, cosa que, por supuesto, no iba a ocurrir, de acuerdo a la información del diario español El País.
Sin embargo, hay un fenómeno que va más allá de las circunstancias específicas de Venezuela y las características de los negocios del candidato evangélico —una investigación afirma que Bertucci contrató al bufete Mossak Fonseca para ocultar activos y ganancias en paraísos fiscales, dentro del famoso caso de los Panamá Papers, algo que él niega— y su historial, que incluye una detención en 2010, acusado de “contrabando y asociación para delinquir”, de acuerdo con lo que informa el portal El Estimulo.com, por intentar hacer pasar 5 000 toneladas de diésel a las autoridades como un solvente denominado tecsol. Tuvo medida sustitutiva y su caso no tiene sentencia, según El País.
Este fenómeno es la creciente participación en la política latinoamericana de pastores y seguidores de iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales.
No es que la fusión de religión y política, bajo la forma de partidos políticos, sea nueva en la región. A partir de 1947 ocurrió un auge de la democracia cristiana —con fundamento en las organizaciones políticas de este tipo en Europa— que llevó al triunfo de sus candidatos presidenciales en diversos países (entre ellos Chile, República Dominicana, Colombia, Venezuela) y a la aparición de ministros, senadores y diputados en toda la región. Pero ahora la fuente de inspiración de los grupos y sectas cristianas ya no está en Europa sino en Estados Unidos.
Ahora dicho fenómeno tiene características propias, en las cuales se mezclan una ideología profundamente retrógrada en lo familiar y social junto a una práctica muy efectiva con  programas de ayuda a la población más pobre —que les permite ganar gran número de adeptos entre los más necesitados—, además de tesis económicas neoliberales. Algo así como una socialización reaccionaria. “La derecha nos rebasa por la izquierda”, es el titulo de un artículo de Sandra Barba en el último número de la revista Letras Libres.
Ocurrió en Costa Rica, con el líder evangélico Fabricio Alvarado Muñoz, que no alcanzó la presidencia pero logró convertir el proceso en uno de los periodos electorales más controversiales en la historia reciente del país. En Brasil, donde  Eduardo Cuhna lideró la bancada evangelista para impedir la concreción de normas a favor de derechos reproductivos de las mujeres y fue el líder del impeachment que sacó del poder a la presidenta electa Dilma Rousseff. En Colombia, en el cual los evangelistas jugaron un papel central en contra de ratificar el Acuerdo de Paz de La Habana en el plebiscito de 2016 y en la actual campaña electoral se han aliado con el senador y expresidente Álvaro Uribe, quien tiene en sus listas al Congreso a pastores de la Iglesia del Avivamiento, Ríos de Vida, la Adventista y otras, de acuerdo a un análisis del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).
“No se suponía que esto iba a suceder. El guion histórico de la modernidad pronosticaba que la religión iría retrocediendo a paso lento pero inexorable”, señala Barba en Letras Libres, quien recuerda que los evangélicos han sido parte de dictaduras, como la del pastor militar Efraín Ríos Montt en Guatemala.
El nombramiento de un papa latinoamericano ha hecho poco para detener este desplazamiento de la Iglesia Católica en Latinoamérica. Con su retórica inflamada, sus canales de radio y televisión, sus templos y sus actos de “avivamiento”, los pastores evangélicos ya no se conforman con las ganancias del gran negocio de la fe. Ahora quieren también el poder político. 

miércoles, 9 de mayo de 2018

Irán, la bomba y la Helms-Burton


Bombas atómicas, misiles, terrorismo, agresiones, inestabilidad, amenaza. Palabras así conforman el 90% del discurso sobre el acuerdo nuclear que hasta ayer estuvo vigente con Irán y la administración de Donald Trump acaba de hacer trizas.
En resumen, la negociación alcanzada entre seis potencias —los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EEUU, Rusia, China, Reino Unido y Francia) junto con Alemania— e Irán era un pacto en apariencias muy sencillo: el levantamiento de sanciones, por parte de Estados Unidos y la comunidad europea, a cambio de lo cual Irán se comprometía a desconectar dos tercios de sus centrifugadoras, sacaba del país el 98% de su uranio enriquecido y llenaba de cemento su principal reactor de plutonio.
Desde su firma en julio de 2015 en Viena, la valoración sobre lo logrado ha sido una mezcla de sospechas, manipulación y desilusiones. Ello en gran parte por lo limitado de un acuerdo que no elimina el peligro de que Irán desarrolle armas nucleares: simplemente lo pospone.
Lo fundamental fue ganar tiempo. Se pasó de un plazo estimado entre dos y tres meses, para que Irán desarrollara una bomba atómica, a uno de un año. Todo se resumió a brindarle más tiempo a la comunidad internacional para tratar de evitar un resultado potencialmente catastrófico. Nadie lo consideró un buen acuerdo, sino el mejor posible, dada las circunstancias.
No es de extrañar entonces que desde la fecha de la firma hasta hoy, todos los argumentos en favor o en contra de sus logros se lancen y recojan de acuerdo a la ideología y los intereses políticos en ambos extremos del campo.
Según la ONU, Irán está cumpliendo las condiciones del pacto. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha certificado diez veces que no hay rastro del plan nuclear militar iraní. Pero dichas certificaciones no son aceptadas por todos y más cuando la mayoría de los informes abordan asuntos imposibles de responder de forma concluyente, empezando por la imposibilidad de demostrar una premisa negativa. Teherán había negado, en múltiples ocasiones antes de la firma, que dicho plan nuclear existiera. Por otro lado, existe casi una tradición de comunistas, excomunistas y anticomunistas de no creer en la ONU.
Tampoco son completamente fiables los informes de inteligencia israelí o las declaraciones iraníes. Ni Netanyahu asegurando que Teherán sigue aspirando a tener la bomba o la fetua del ayatolá Jamenei prohibiendo las armas atómicas. En ambos casos, los documentos no van más allá de responder a intereses propios, motivaciones y recelos milenarios, o se limitan a una cuestión de fe.
La clave en todo ello radica en que ni Occidente ni Irán vieron nunca el acuerdo como un fin en sí mismo, sino como un medio. Para EEUU y Europa, una vía destinada —a través de un plazo más o menos largo— a la transformación de la nación persa; quizá no en un aliado pero al menos en un competidor civilizado, de acuerdo a los estándares occidentales. Para Irán como un respiro inmediato y un camino expedito a las inversiones extranjeras, la necesaria financiación internacional y el desarrollo económico. Nada de esto apareció con palabras en el documento, pero estuvo presente en las intenciones.
No ha sido necesario mucho tiempo para ver que las esperanzas fueron vanas, para ambas partes.
La firma del acuerdo —incluso suponiendo valederos los resultados de las certificaciones de la OIEA— no ha servido para detener los avances de Irán, tanto en su programa de misiles como en sus objetivos de dominio regional, puestos de manifiesto tanto con su participación en la guerra en Siria como con el fortalecimiento de milicias terroristas, en particular el Hezbollah libanés.
El propósito claro de Irán, con bomba atómica o sin esta —aunque mejor contando con ella—, es expandir su alcance regional y  lograr la creación de un corredor hacia el Mediterráneo Oriental.
Esta opción, que se le ha hecho posible en primer lugar por el disparate de la administración de George W. Bush, con la invasión de Irak, se vio incrementada por la errónea política del Gobierno de Barack Obama desde el inicio de la guerra en Siria. Así la ruta siempre ha quedado clara: Irak, Siria y el Líbano, y llegar así, en la actualidad, a convertirse en el mayor peligro que enfrenta Israel.
Por su parte, y tras un tiempo transcurrido, para Irán el acuerdo también ha ofrecido resultados por debajo de lo esperado, desde el punto de vista financiero.
Teherán tuvo acceso a unos $100 000 millones que estaban congelados en el extranjero y pudo volver a vender petróleo en el mercado internacional, así como utilizar en parte el sistema financiero global.
Se trató de fondos congelados iraníes —nada que ver con la mentira lanzada por fanáticos de que Obama le “regaló” millones de dólares en efectivo a Teherán— y de posibilidades económicas clásicas en una táctica de “garrote y zanahorias”. Pero siempre dentro de limitaciones establecidas.
De esta forma, las sanciones levantadas por EEUU fueron exclusivamente las vinculadas al acuerdo, y el resto ha continuado vigente e incluso se han aumentado.
Todo ello se tradujo en que el esperado desarrollo económico que Irán obtendría con el pacto solo lo ha sido en parte. En 2016 su PIB creció un 12,5%, pero el año pasado apenas un 3,7%. La inflación se redujo y por primera vez en décadas la taza se sitúa por debajo del 10%. Sin embargo, el desempleo no ha dejado de crecer en estos años, hasta el 12,5% el año pasado, de acuerdo con datos aparecidos en el diario español El País. El resultado es que la confianza de la población en las perspectivas económicas del acuerdo se ha desinflado. Las consecuencias evidentes de esta situación son dos: las protestas ocurridas por la falta de mejoras económicas y el creciente descontento del sector más radical e ideológico, que propugna una línea aún más dura frente a Occidente.
Los motivos para explicar este estancamiento económico son varios. Van desde la corrupción generalizada a los obstáculos impuestos por el propio Gobierno. Tampoco Teherán ha llevado a cabo las reformas y los ajustes previstos, tanto en las cuentas públicas como en la banca, lastrada por una tasa de morosidad del 12%. Cualquier similitud con lo ocurrido en Cuba durante el “deshielo” de Obama no es pura coincidencia.
Pero las dificultades económicas iraníes también tienen que ver con las trabas que frenan las transacciones entre los bancos de este país y los estadounidenses, así como el ambiente de incertidumbre creado tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, que ha llevado a retraerse —o simplemente a esperar— a diversos inversores e instituciones financieras europeas.
Las claves del desacuerdo
Quedan entonces dos factores claves para comprender los fundamentos tras la retirada de EEUU del acuerdo.
Uno político.
Tanto Israel como Arabia Saudí ven con preocupación creciente el expansionismo de Irán en la región. Estos dos país, rivales milenarios, no solo comparten un enemigo común en Teherán sino también un aliado en Washington. Alianza que con el actual Gobierno estadounidense ha adquirido un carácter extremadamente personal. Sea por la incapacidad demostrada de la monarquía gobernante en Riyadh o por las limitaciones de Israel como nación pequeña, ambos países acuden hoy más que nunca a su tradicional dependencia de EEUU.
Otro económico.
Si el conflicto en Siria ha sido en buena medida lo que en la actualidad se define como una “guerra por proxies”, donde Irán e Israel se acercan cada vez más a un enfrentamiento directo, la retirada de Trump del tratado nuclear se inscribe como un nuevo capítulo de ese otro conflicto —en este caso económico—, que con avances y retrocesos, conversaciones y susurros, no deja de estar también en aumento entre Europa y EEUU.
Además de la amenaza de una creciente inestabilidad en el Cercano Oriente y el peligro de una carrera armamentista nuclear, a Europa lo que le interesa en Irán son las presentes, futuras y potenciales inversiones económicas. En buena medida, este fue un motivo determinante para la reciente visita de Emmanuel Macron a Washington: circunstancia por encima de la pompa y ceremonia.
Inversiones francesas
De todos los acuerdos de inversión europea en Irán —ya sea en marcha o con cartas de intención—, el más avanzado es con la francesa Total, por $4 800 millones, para explotar, junto con CNPC, parte del proyecto de South Pars, el mayor campo de gas del mundo.
Ahora la empresa francesa enfrenta dudas al respecto. “Si el marco cambia, si podemos hacerlo legalmente y ejecutar el contrato, lo haremos. Hay enormes oportunidades en Irán. Pero vamos a ver primero si podemos cumplir ese proyecto inicial”, señala Patrick Pouyanne, presidente de Total.
También la industria automovilística francesa tiene planes en el país, que en igual sentido enfrentan nuevas incertidumbres. Peugeot anunció inversiones por 700 millones de euros, Renault se ha comprometido a construir una nueva planta para producir 350 000 vehículos al año.
Aunque empresas estadounidenses igualmente tenían proyectos en Irán (un plan para la renovación de la flota de IranAir contemplaba la compra de 80 aparatos a Boeing), son los europeos quien más han avanzado en este terreno.
¿Y la Helms-Burton?
Trump estableció “al máximo nivel” y de forma inmediata las sanciones contra el régimen iraní. Se le concederá un plazo breve a las empresas para que reconsideren sus planes y se retiren. Pero sobre estas, y no solo las estadounidenses, se cierne la amenaza de las penalizaciones. El presidente de EEUU le ha dado marcha atrás al reloj.
El paquete original de sanciones norteamericanas, cuando fue aprobado en 2012 por el Congreso, aparte de castigar al banco central iraní, dificultaba extraordinariamente las operaciones financieras en EEUU a quien mantuviera transacciones con Teherán.
Ahora Europa está tratando de convencer al régimen de los ayatolás de que nada cambia. Para ello, la diplomacia comunitaria trabaja en dos proyectos, según El País.
El primero, un programa de crédito del Banco Europeo de Inversiones que respalde a las empresas que quieran hacer negocio en Irán, pero no puedan financiarse por la incertidumbre que crea la decisión estadounidense.
Con relación al segundo, Bruselas está desempolvando una herramienta que ya ideó en 1996, cuando EEUU promulgó la controvertida ley Helms-Burton, que penalizaba a los empresarios de cualquier territorio, incluido el europeo, con proyectos en Cuba.
De esta forma, Bruselas intenta dar garantías de que ninguna firma deberá acatar medidas estadounidenses con efectos extraterritoriales.
Sin embargo, en la práctica la potencia de estos escudos puede ser muy limitada si los inversores consideran que el veto estadounidense a operar en Irán les cierra el grifo de financiación y amenaza el eventual beneficio.
Las empresas y los bancos son reacias a enfrentar riesgos enormes, que en la práctica se traducen en multas de millones de dólares, e invertir en un país como Irán y obtener una ganancia relativamente limitada, al tiempo que son castigadas por Washington y se les cierra el mercado de tan poderoso país. El único camino entonces abierto es la incierta vía de la ilegalidad.
Cabe preguntarse si los más fervorosos anticastristas de Miami —¿el senador Marco Rubio, los congresistas Mario Díaz-Balart y Carlos Curbelo, la representante en retirada Ileana Ros-Lehtinen— conocen de estos movimientos. Y si intentarán aprovechar el momento para volver a esgrimir la olvidada Helms-Burton. ¿O esto es solo un ejemplo más de la vieja manía cubana, de meter a la isla en cualquier parte, aunque sea en las arenas de un desierto cada vez más peligroso?

viernes, 27 de abril de 2018

Chávez, los “árboles de la vida” y la crisis de Nicaragua


Empezaron a “brotar” a mediados de 2013, en sitios estratégicos de Managua, capital de Nicaragua, y ahora hay unos 140 por toda la ciudad.
Los “árboles de la vida” son enormes estructuras metálicas de entre 15 y 20 metros de altura, formas estilizadas, multicolores e iluminadas que dominan el panorama citadino y están asociadas con el gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional, de acuerdo a la BBC.
Fueron erigidos inicialmente en la Plaza de la Fe, en Managua, en conmemoración del 34 aniversario de la Revolución Sandinista, el 31 de julio de 2013.
Al comienzo fueron solo ocho “árboles de la vida”. La vicepresidenta de Nicaragua y esposa de Daniel Ortega, Rosario Murillo, los bautizó como “árboles de la vida”. Desde su aparición generaron discusión pública, tanto por su tamaño y colorido como su significado, al ser asociados con las más diversas interpretaciones, desde el famoso cuadro del pintor austríaco Gustav Klimt, Árbol de la vida, hasta la semejanza de las enroscadas hojas metálicas con el alfabeto hebreo y sus posibles conexiones con la Cábala judía, o con el ojo de Horus, inclusive con el número 6 asociado con el demonio. Otros dicen que son una expresión de las creencias filosóficas de Murillo, su espíritu de la nueva era y sus gustos por los atuendos coloridos, colgandejos y amuletos.
Lo cierto es que, unos meses después, empezaron a aparecer más de estos árboles en la Avenida Bolívar en Managua y en otros puntos clave de la capital. Algunos fueron destruidos durante las recientes protestas en el país.
En uno de ellos, que aún se mantiene en pie, aparece la cara la cara del fallecido expresidente de Venezuela, Hugo Chávez.
Para entender lo que está ocurriendo en Nicaragua hay que volver a la figura de Chávez, su participación en una breve utopía de sueños de grandeza y dominación Latinoamérica y el fracaso de su propuesta.
Un nuevo estadio nacional, un moderno hospital general, complejos de oficinas y centros comerciales. Hace apenas pocos años estas edificaciones, diseminadas por todos los puntos cardinales de Managua, eran testimonios palpables del buen momento económico por el que atravesaba el segundo país más pobre del hemisferio.
Pero esos focos de desarrollo no obedecían a la capacidad productiva del país o la buena gestión de sus gobernantes. La bonanza económica nicaragüense tenía un nombre y apellido: Hugo Chávez.
Evaluar el impacto de aquellos diez años de cooperación bolivariana con Nicaragua no es fácil. Seguir el rastro de todo el dinero facilitado por Venezuela hasta 2016 tampoco.
Pero aún puede verse la huella de Chávez en el país.
El Centro Deportivo Comandante Hugo Rafael Chávez Frías de la colonia 14 de Septiembre, en el este de Managua, es uno de esos ejemplos de la multiplicación de infraestructuras impulsada por el Frente Sandinista desde su regreso al poder en enero de 2007.
Bajo los términos de un generoso acuerdo suscrito entre el gobierno sandinista y el que en su momento presidía Chávez, Nicaragua obtuvo un plazo de 25 años para pagar la mitad de todo el petróleo importado desde Venezuela, a una tasa de interés de nada más el 2%.
Esto liberó abundantes recursos: más de $3 654 millones entre 2007 y 2016, según cifras oficiales; calderilla para una economía como la venezolana, pero más de tres veces el valor de las exportaciones nicaragüenses durante el primer año del gobierno de Daniel Ortega.
El apoyo de Chávez a Ortega fue clave para la cómoda reelección del presidente sandinista.
No es el único factor, pero el esquema de cooperación —que ha sido manejado como deuda privada y por lo tanto está libre de las restricciones y controles de los recursos presupuestarios— ciertamente fue clave para la reelección del líder sandinista en 2011 y 2016.
La reelección de Daniel Ortega, el sandinista que ayudó a derrocar a los Somoza y reelegido en un tercer mandato para gobernar Nicaragua por más tiempo que cualquiera de ellos
Además de financiar numerosas inversiones, el dinero generado por los créditos petroleros venezolanos ayudó a mantener programas sociales por casi ocho años.
Gracias a Chávez, y al incremento en los precios de las materias primas del que también se benefició Nicaragua, el país logró una tasa de crecimiento muy superior al del resto de Latinoamérica, con un 4.8% en los últimos cinco o seis años.
Ello explica que durante ese tiempo —y que por encima incluso de lo que ya estaba ocurriendo en Venezuela— el gran empresariado nicaragüense mantuviera excelentes relaciones con las autoridades de un gobierno que se autoproclama revolucionario y socialista, además de cristiano y solidario.
La cooperación petrolera sobrevivió a Chávez, pero no a la crisis económica venezolana.
Así, cuando en 2016 la economía venezolana comenzó su contracción con un impresionante 18%, la nicaragüense creció en un 4,7%, según las cifras del FMI.
Sin embargo, aunque con cierta demora, como es lógico la situación venezolana ha terminado por afectar a Nicaragua. La crisis en Venezuela significó la renegociación de la cooperación petrolera en 2016, y en su interrupción en la práctica en 2017.
El impacto mayor que ha tenido la eliminación de la generosa “ayuda” venezolana ha recaído en los programas sociales, que han pasado a tener que ser financiados con fondos del presupuesto general de la republica y se han visto obligados a reducir el número de beneficiarios o han sido cancelados.
Las causas del problema radican en que la naturaleza asistencialista de la mayoría las iniciativas financiadas con el dinero venezolano las hacían útiles para ganar elecciones, pero no para lograr una reducción sostenible de la pobreza en un país que, con un PIB per cápita de nada más $2 151 sigue siendo el segundo más pobre del hemisferio.
La reducción de la pobreza en Nicaragua no se tradujo en que los pobres dejaron de serlo, sino en que se convirtieron en personas “vulnerables”, como ha explicado Juan Sebastián Chamorro, que en cualquier momento podía volver a caer en la miseria, como ha ocurrido ahora, porque la situación no se tradujo en la creación de empleos permanentes o un verdadero desarrollo económico: simplemente se estableció una mayor dependencia al Estado —es decir, al gobierno de turno— y una mentalidad rentista, no solo para los más pobres sino en beneficio de la clase empresarial.
La “generosa” ayuda venezolana permitió al gobierno sandinista darle al sector privado concesiones y contratos, en sectores como la construcción.
Pero todo ello terminó.
Durante años la corrupción imperante, al no existir mecanismo de fiscalización que permitieran fiscalizar los gastos del gobierno, es decir del matrimonio Ortega, hizo que muchos miraran hacia otra parte ante el despilfarro y las ideas disparatas, uno de cuyos ejemplos más visible es el de los “árboles de la vida”, pero no el más costoso ni el peor.
La cuestión clave en el asunto es cuán correctamente se aprovecharon las ventajas que brindo Chávez al Gobierno sandinista, o incluso si ha existido una malversación de fondos, de los entre $500 y $600 millones que pasaron por la empresa Alba Petróleos de Nicaragua (ALBANISA), creada para administrar la cooperación venezolana y que se manejaron fuera del presupuesto del país.
Según el periodista Octavio Enríquez, la familia gobernante utilizó la cooperación de Venezuela para capitalizar sus empresas, las de sus allegados, y otras en las que los límites entre lo público y lo privado se difuminaron en beneficio de los Ortega o el partido de gobierno.
Esta contribución venezolana sobrevivió al fallecimiento de Chávez, pero no a la crisis económica venezolana.
Así, cuando en 2016 la economía venezolana comenzó su contracción con un impresionante 18%, la nicaragüense creció en un 4,7%, según las cifras del FMI.
Sin embargo, aunque con cierta demora, como es lógico la situación venezolana ha terminado por afectar a Nicaragua. La crisis en Venezuela significó la renegociación de la cooperación petrolera en 2016, y en su interrupción en la práctica en 2017.
Lo que ocurre hoy en Nicaragua es un típico caso de corrupción administrativa, del que los principales culpables son el matrimonio en el poder. En ello no hay diferencia alguna con lo sucedido en otros países latinoamericanos, y quienes están en el poder en la nación centroamericana tienen que pagar por ello. No solo con su renuncia sino ante los tribunales. 

jueves, 19 de abril de 2018

Notas sobre un traspaso


En Cuba, un país con un control político que —en esencia— aún responde a un sistema totalitario, el traspaso de poder que está ocurriendo no es fácil desestimar con el simple argumento de más de lo mismo.
En primer lugar porque dicho cambio se ha producido desde la cúpula del poder, sin mayores antecedentes que una necesidad biológica —lo cual, por supuesto, es un requerimiento poderoso, pero no suficiente según otros ejemplos históricos— y de una forma tan pausada que no admite réplicas de crisis y premuras como fuerzas catalizadoras.
Lo que vemos es la puesta en práctica de una visión de Raúl Castro, como solución práctica y no salida mesiánica —a diferencia de su hermano—, ante la disolución de un proceso iniciado en 1959.
Que no simpaticemos con dicho proceso, que estemos en contra de sus consecuencias y que apetecemos otro destino para Cuba no debe desviarnos del análisis de una puesta en escena que nos elude, tanto a los cubanos exiliados como a los empeños de ciertos grupos llamados disidentes, así como a las tonterías del senador Marco Rubio y el menosprecio del actual Gobierno de Estados Unidos.
En segundo porque el guion trazado desde el inicio —con mayor claridad en ciertos puntos, o interrogantes o quizá dudas en otros— se ha llevado a cabo con la certeza de un mecanismo de relojería que siempre cumplió, como función colateral, el dejar en entredicho no solo a los vaticinios de lo que un poco ilusamente podría catalogarse como intelligentsia del exilio —académicos locales, comentaristas radiales y televisivos, supuestos “analistas” políticos— sino a los actos de los congresistas cuya razón de ser aparente es servir a la comunidad y las estrategias y actitudes —al menos según sus discursos difundidos fuera de la Isla— de los grupos opositores.
En todos los casos, la repetición que ha llevado al desacierto es el viejo pecado original de la necesidad de un Castro imperecedero como Drácula: parafraseando a Sartre: si Fidel Castro muriera hoy, mañana cierto sector del exilio lo crearía de nuevo; y Fidel Castro terminó falleciendo y su hermano anunció su retiro de la presidencia y una y otra vez continuamos escuchando la cantaleta de la “sucesión dinástica”, como si todo se resolviera con una especie de Pyongyang en La Habana.
Ante tal dislexia política, la respuesta torpe y gastada que vuelve como justificación eterna es remontarse al pasado, sacar de la tumba a Osvaldo Dorticos y  Manuel Urrutia —que aquellos, los de entonces, no fueron los mismos pero hoy suenan iguales—, en el caso de los que más se obcecan. Para lo más aptos queda un razonamiento mejor: recordar el papel rector del partido comunista en una sociedad de este tipo. Sin embargo, ambos recurren a dos falacias que si bien no coinciden tampoco resultan tan distantes.
Hablar de Dorticos y Urrutia carece de sentido porque tal argumento lo que busca es perpetuar a Fidel Castro. Solo la persistencia de la enfermedad infantil del fidelismo en el exilio justifica dicho razonamiento.
Sobre el papel rector del Partido Comunista de Cuba, que aún continúa bajo el mando de Raúl Castro, el asunto es de otro naturaleza, y tiene que ver con las premisas de las cuales se parte. Si todo se ve desde una óptica similar a la desaparecida Unión Soviética, o incluso a la época en que gobernaba Fidel Castro, lo único que cabe responder es que esa época desapareció incluso en Cuba. Si lo que se quiere es extrapolar a la situación actual en China, pues aún es más fácil ripostar: La Habana no es Pekín. Pero si lo que se busca es enfatizar que Raúl Castro y el Partido Comunista de Cuba continuarán ejerciendo una función de guía y control, destinada a impedir una transformación total del sistema imperante en el país, pues en ello no hay duda.
Nada de lo anterior impide ver que Cuba está a las puertas de un cambio administrativo de primera magnitud. La efectividad de ese cambio, la velocidad o lentitud en que ocurra son otros factores.
Aquí cabe destacar que la propuesta de nueva dirección del gobierno —que no hay que dudar que en el sistema cubano sea aprobada— responde ante todo a las características económicas, sociales y demográficas del país (bajo la óptica del sistema imperante que deja fuera aspiraciones y necesidades de un cambio profundo y una vía democrática). También se debe enfatizar que dicha propuesta contiene avances y limitaciones. Pero si bien este nuevo centro de gobierno será bien recibido en la Unión Europea, no se ha buscado en su elaboración un acercamiento con Estados Unidos. En este sentido queda claro que la Plaza de la Revolución no espera ni busca mejorar sus relaciones con Washington.
Como la propuesta de Miguel Díaz-Canel para la presidencia no encierra sorpresas, hay que buscar las claves en los otros cargos principales.
Como primer vicepresidente está propuesto Salvador Valdés Mesa, actual vicepresidente y quien tuviera a su cargo la Central de Trabajadores de Cuba. También se propusieron otros cinco vicepresidentes: el comandante Ramiro Valdés, el actual ministro de Salud Pública Roberto Tomás Morales Ojeda y tres mujeres: la actual vicepresidenta y contralora general Gladys María Bejerano, Inés María Chapman, presidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, y Beatriz Johnson Urrutia, a cargo del gobierno en la provincia de Santiago de Cuba.
Además de Raúl Castro, salen tres figuras importantes del Consejo de Estado: Marino Murillo, exministro de Economía y vicepresidente que estaba a cargo de la “actualización” del modelo económico; Ramón Machado Ventura y Álvaro López Miera.
La permanencia de Ramiro Valdés es, sin duda, una concesión de Castro a la línea dura y a un supuesto rival de toda la vida. En el caso del nonagenario Guillermo García, que también permanece, solo que hay que verlo como un detalle simbólico, anecdótico y casi misericordioso.
Lo fundamental de esta cúpula en el gabinete son tres detalles:
-Con un miembro de la raza negra como primer vicepresidente (Valdés Mesa), el gabinete busca una composición más acorde a la realidad etnográfica del país.
-La presencia de tres mujeres vicepresidentas puede verse en igual sentido, desde el punto de vista de la participación femenina.
-El gabinete cubano, en sus cargos principales, abandona su imagen de “junta militar” y cesa en su preponderancia de miembros “históricos”.
La presencia de tres vicepresidentas compensa en parte que una mujer no lograra alcanzar la vicepresidencia primera —algo que se llegó a rumorear en La Habana— y al parecer indica que quienes dirigen el país —o Raúl Castro específicamente— consideran que este no está aún preparado para la posibilidad de una mujer presidenta. Puede valorarse a Bejerano con mayores cualidades para el cargo que a Valdés Mesa. Entre la raza y el género, se impuso la primera.
Un descendiente de asturianos al frente, un miembro de la raza negra detrás y tres mujeres a la saga: la nueva Cuba que se proyecta no deja de ser la Cuba de siempre, que enmascara su futuro en la continuidad.
Pero hay más que eso.
La característica principal de este grupo de vicepresidentes —demasiados para un país tan pequeño— es que parece destinado a una función administrativa. Y esto puede ser en última instancia lo que Raúl quiere: que otros lleven a la práctica lo que él no hizo.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...