lunes, 15 de mayo de 2017

Desnudo entre osos


Fue la foto del día y no la tomó ningún estadounidense sino un fotógrafo ruso. El presidente Donald Trump charlando sonriente en el Despacho Oval con el canciller ruso, Sergei Lavrov, y el embajador de ese país en Washington, Sergei Kisliak. Pero también pronto se convertirá en una imagen única, solo para el recuerdo.
Se comenta que Kisliak abandonará la capital estadounidense, después de dejar colgado del hilo a quien fuera asesor de Seguridad Nacional por unos días, el general Michael Flynn. Y Trump, que ha demostrado un marcado gusto por los militares, puede que se sienta halagado, aunque no tiene motivos para ello. Putin parece dispuesto a enviarle uno en sustitución de Kisliak.
La relación entre Rusia y Estados Unidos es la clave que define a la administración Trump. Dicha clave va mucho más allá de la investigación en marcha sobre la injerencia rusa en las pasadas elecciones. Y apenas asistimos al comienzo de una trama tan compleja, que da pie a las especulaciones más diversas.
Por ejemplo, se ha hablado de un trueque: un supuesto  despido del embajador ruso en Washington a cambio de la destitución del director del FBI, James Comey.
Rusia lo ha negado.
No discutimos con nadie los cambios de nuestros cuadros y solo damos a conocer las decisiones tomadas en tal sentido por el presidente Vladimir Putin, aclaró el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, quien no negó ni confirmó la sustitución de Kisliak, ni la supuesta designación de Antonov.
Cada vez se parecen más los pasillos del Kremlin y los jardines de la Casa Blanca. Solo que los de Moscú llevan varias décadas de ventaja.
En cualquier caso, la versión del supuesto trueque no tiene muchos visos de credibilidad, aunque sí resulta evidente el interés de ambas partes por un borrón y cuenta nueva, o con rostros nuevos.
De acuerdo con Kommersant, este mes se realizarán en Moscú las audiencias sobre la ratificación de Antonov, viceministro de Defensa de Rusia hasta el pasado año. Entonces Putin lo devolvió, del departamento militar al diplomático, y lo nombró viceministro de Asuntos Exteriores a cargo de “cuestiones de seguridad política y militar”, aclara el diario.
El Kremlin tomó la decisión de nombrar a un partidario de una política más severa en las relaciones con Occidente en otoño, cuando el gobierno ruso se preparaba para la victoria de Hillary Clinton, la cual consideraba que traería un aumento de la tensión en las relaciones bilaterales. Pero lo ocurrido en Washington tras el triunfo de Trump no ha llevado a un cambio de posición por parte de Rusia. Todo apunta a que Kisliak y Flynn se han convertido en una huella que, si bien apunta hacia el fin de una ilusión temprana, no por ello ha desaparecido el empeño de un acercamiento entre Putin y Trump. Flynn —y la investigación en marcha— es el quid en el despido de Comey, no Clinton. Solo que Flynn no está solo: otros cercanos miembros de la campaña electoral de Trump lo acompañan.
Por ello el Kremlin sigue contemplando a Antonov como el candidato principal, aunque Kommersant señala que por ahora no se ha tomado una decisión definitiva.
Antonov, que encabezó la delegación rusa en la negociación sobre el nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, ha demostrado las dos cualidades más valoradas por el Kremlin: competencia y fidelidad, señala The Moscow Times, que también informa sobre el posible nombramiento.
La designación de Antonov como embajador, quien fue incluido en la “lista negra” de sancionados de la Unión Europea a raíz de la situación en Ucrania, sería un indicador sobre el posible rumbo de las relaciones de Moscú y Washington, y de cuánto está dispuesto Trump, a la hora de distanciarse de sus aliados naturales.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que apareció en la edición del lunes 15 de mayo de 2017.

sábado, 13 de mayo de 2017

El gran espectáculo


El fenómeno Trump es uno de los más notables que ha ocurrido en la sociedad estadounidense en los últimos 50 años, por el simple hecho de que trasciende la política. En su existencia hay al menos dos aspectos fundamentales: uno social y otro del individuo. Esto hace que las dos razones tradicionales —la economía y la política—, a las que existe la costumbre de recurrir a la hora de las explicaciones en resultados anteriores, sean aquí insuficientes.
Trump es un fenómeno cultural creado por la sociedad norteamericana. Su triunfo —a diferencia del de Obama— no responde a motivos económicos. Solo una crisis económica, como la gran recesión iniciada en el segundo mandato de George W Bush, explica que un miembro de la raza negra, y con una mezcla de nacionalidades y un origen étnico tan complejo como Obama, llegara a la Casa Blanca. Su ascenso al poder fue único, pero no insólito. Trump es un fenómeno insólito.
Pero si la victoria de Obama fue singular, los ocho años de su administración transcurrieron dentro de los cauces más normales. No se trata aquí de valorar su mandato o pronosticar el alcance de su legado. Mucho menos de mostrar acuerdo o desacuerdo con lo realizado por el exmandatario. Simplemente decir que Obama —lo que logró, y lo que no pudo o fue incapaz de llevar a cabo— puede analizarse en los términos acostumbrados.
Con Trump no ocurre ello. Su peculiar campaña electoral —se intuyó entonces y se criticó sin resultado— fue apenas un preámbulo. Estamos ante un mandatario que no solo es impredecible —decirlo se ha convertido en un cliché— sino frente a un gobernante cuyas acciones son difíciles de analizar; sus resultados imposibles de calcular y sus consecuencias inasequibles. En última instancia, al hablar de Trump todo se limita a estar a favor o en contra. Puede argumentarse que el poco tiempo transcurrido, desde su toma de posesión, es lo que hace imposible tal análisis, pero esta es una respuesta incompleta: si con él solo cuenta el momento, no queda más remedio que enfrentar el problema desde ahora. Porque esa acumulación de momentos, cuando se conviertan en años, amenaza con transformar radicalmente al país.
Con una óptica a largo plazo es hasta cierto punto fácil hacer predicciones. A partir de una permanencia ininterrumpida —¿cuatro, ocho años?— Trump convertirá a EEUU en una especie de Rusia de Putin. No establecerá un régimen totalitario sino una autarquía. La libertad de prensa no será suprimida por completo, sino simplemente controlada. Designará a un sucesor que será elegido en elecciones dirigidas y no necesariamente hundirá al país en una crisis económica incontrolable, como tampoco reducirá por decreto —al estilo de los desaparecidos gobiernos llamados “comunistas”— el nivel de vida de la población. En el terreno de la política internacional se multiplicará el proceso —ya iniciado— de la elección de gobernantes que representen todo lo contrario a lo que él significa. América (es decir, y más correctamente, Estados Unidos) no será “grande de nuevo” sino todo lo contrario: menos que antes en la arena mundial. O puede suceder todo lo contrario, porque las predicciones, como los sueños, solo eso son.
Sin embargo, aunque el futuro puede preocupar, lo inmediato define. Y es en la posible transitoriedad de la administración Trump donde caben las especulaciones actuales.
Crisis política o nueva política
Más allá de la incapacidad constante del Partido Demócrata para enfrentar a Trump, y sin entrar en la discusión de que, en el terreno político, este país avanza hacia una crisis del bipartidismo (tema para otro comentario), dos de las cuestiones fundamentales que enfrenta la sociedad norteamericana en estos momentos son la incógnita de si es posible en EEUU el establecimiento de un gobierno populista y  la interrogante sobre el peligro de disolución, en cuanto a sus valores fundamentales y trayectoria, del Partido Republicano, precisamente en el momento en que ha alcanzado su definición mejor (¿peor?) o al menos codiciada: la cumbre del poder no solo ejecutivo sino legislativo y con igual destino en marcha hacia el judicial.
La crisis del Partido Republicano —que no es aparente pero sí real— obedece a dos problemas: dirección y facciones, especialmente el Tea Party. Los años de la administración Obama consolidaron un problema existente desde la llegada de George W Bush a la presidencia: el peligro de escisión. Si la popularidad inicial, tras el 9/11, y el capital político luego desperdiciado de Bush lo impidieron, la amenaza estuvo presente durante el proceso de elecciones primarias y se saldó con una salida disfrazada de victoria: el dominio de la Casa Blanca y las dos cámaras legislativas. Pero el riesgo sigue ahí. Desde que manifestó su intención de postularse, Trump y el partido que adoptó como propio —por conveniencia y no por convicción— han estado bordeando el enfrentamiento y lo han evitado debido al provecho mutuo. Hasta el momento todo parece indicar que el Presidente no tendrá problemas con un viejo taimado como Mitch McConnell, pero con un joven ambicioso como Paul Ryan. ¿Y Mike Pence? ¿Siempre a un lado, con su sonrisa y apariencia fiel? ¿Se confirmará con seguir repitiendo hoy lo que Trump desmentirá mañana?
Sin embargo, cada vez se hace más evidente que el mayor obstáculo para el avance de la por ocho años añorada agenda republicana es el propio presidente. Y la palabra clave es: distracción.
No hay semana en que Trump no haga algo para entorpecer tal agenda. Por supuesto que al mismo tiempo lleva a cabo acciones mayores o menores, para ofrecer algún tipo de satisfacción, al estilo de los descuentos en los supermercados: una nominación a la Corte Suprema aprobada en el Senado, beneficios económicos a la ultraderecha cristiana, decretos puntuales. Sin embargo, lo fundamental de dicha agenda aún queda pendiente (la sustitución del Obamacare es solo un proceso iniciado, y hasta ahora más con fines de justificación política, de enmascarar resultados).
Y aquí se llega al centro del asunto: el personalismo de Trump es lo único definitorio en Washington a partir del 20 de enero. Desde ese día, el Gobierno de EEUU avanza solo mediante dos formas de mando, una tradicional y otra novedosa: decretos presidenciales y tuits.
La primera tiene en ocasiones alcance limitado, en otras su objetivo ha sido paralizado al poco tiempo de emisión; pero no por ello deja de ser una forma de acción concreta.
Con los tuits resulta diferente. Que Trump haya transformado un medio de comunicación directo y acotado en contenido —que muchas veces refleja un impulso y resulta efectivo en su capacidad de conmocionar—, tanto en una forma de respuesta emocional, una imitación de “ordeno y mando” o un puro acto especulativo no es más que poner de cabezas la gestión presidencial.
El problema con ello es que esta forma innovadora de gobierno no cumple su supuesta función.
En primer lugar porque la sociedad estadounidense valora el asombro pero no practica la obediencia ciega. Paradójicamente, el país ideal para gobernar mediante tuits sería uno de los más atrasados del mundo —política, social y económicamente—, y es Corea del Norte, como lo fue China en la época de Mao. Lo que lleva a cabo Trump en internet es la escritura de su “Libro Rojo”. Con talento literario se dedicaría a escribir haikús. Para seguir con las (malas) comparaciones literarias, podría decirse que en los tuits el Presidente construye su “Aleph”, donde cabe todo, desde la intención de cambiar la Constitución hasta burlarse de Schwarzenegger o promocionar la marca Ivanka.
En segundo, porque junto a ese medio poco convencional, la Casa Blanca está obligada a recurrir cotidianamente a las formas tradicionales de comunicación: conferencia de prensa, declaraciones, entrevistas. Y ambas formas no se complementan sino colisionan a diario (Trump ha expresado su intención de eliminar las habituales conferencias de prensa de sus portavoces, y lo ha anunciado con… un tuit).
Tuits y más tuits
En la actualidad todos los mandatarios recurren a las redes sociales, pero lo hacen —o sus asesores lo hacen por ellos— como un moderno medio informativo, no como gestión de gobierno. Los tuits de Trump no se limitan a informar, sino son ante todo un instrumento de definición de mandato. Pero en especial una expresión de su personalidad.
Ahora el ciudadano estadounidense no solo conoce las decisiones de gobierno, sino aparentemente lo que las rodea. Nada habría reprochable en ello si se tratara de un proceso participativo, pero el Presidente lo desarrolla a partir de una concepción de inefabilidad, lealtad y obediencia.
Al mismo tiempo, el uso y el abuso de su cuenta de Twitter le permite introducir un factor determinante en los textos breves, y es su carácter emocional. Trump no se limita a trasmitir intenciones. En especial los contenidos de dichos mensajes refieren a la parte volitiva e irracional de su persona, y tienen cabida por igual insinuaciones, prejuicios y simpes exabruptos. De esta manera, la racionalidad implícita en una forma de gobierno democrático se reduce en buena medida a la voluntad de quien ejerce la tarea: se pasa del servidor público al líder o caudillo.
Por otra parte, la efectividad lograda por Trump con ese “tuiteo” constante ha llevado a la adopción de conductas imitativas, y hemos comenzado a asistir a una especie de batalla de tuits en desarrollo.
Todo apunta a convertir a la presidencia en un espectáculo, en la peor acepción del término: feria de barracas, función de circo, payasería sin límites.
Psicoanálisis y Trump
Como consecuencia, en la relación de Trump con la prensa (tema cuya amplitud también merece otro trabajo), el Presidente manifiesta no solo el clásico conflicto aproximación/evitación, sino en muchas ocasiones “descoloca” al periodista. Nunca antes en la Casa Blanca se ha visto un mandatario tan sediento de aparecer en la televisión, internet y los periódicos, al tiempo que crítico tan feroz de esos medios que denigra y requiere. No hay decreto que firme, reunión que celebre, donde las cámaras estén ausente, en que siempre exhiba su firma del documento o un simple apretón de manos (salvo con Angela Merkel). Se sabe que dedica las noches a la televisión, que tras largas horas frente a la pantalla acumula opiniones, rencores y respuestas que lanza al amanecer siguiente en su cuenta de Twitter. Al punto que ha resultado una verdadera “bendición” para un medio plagado de problemas de todo tipo (y este texto no deja de ser una muestra de ello). Prefiere el formato de la entrevista breve y limitada a pocos puntos, por encima de las conferencias de prensa, donde a veces no sale bien parado. Pero si por un momento uno logra el difícil intento de apartarse de la política, resulta curioso y hasta instructivo, el ver estas entrevistas no como ejercicio periodístico, sino como sesiones ante el psicoanalista. El problema es que la función del periodista —al menos como declara intención— es buscar la verdad y no atender al paciente, oír sus quejas, lamentos y conflictos. Y casi siempre uno termina sintiendo un poco de “pena” ante el comunicador descolocado, y también otro poco frente al infortunado mal escuchado o desatendido.
No se trata de intentar un análisis de la personalidad de Trump, y mucho menos de aventurar un juicio sobre una posible patología (algo, por otra parte, incluso poco ético desde el punto de vista de un psicólogo sin los medios adecuados). Lo que llama la atención —hasta el caso de una peligrosa adicción— es ver la candidez con que Trump evidencia sus obsesiones. Reconocer que hasta tres veces preguntó al exdirector del FBI si estaba siendo investigado. En una ocasión uno lo entiende, ¿pero tres? (hay que aguantarse la lengua para no decir que tras ello se evidencia un problema de inseguridad). Volver una y otra vez al tema de unas elecciones donde salió vencedor; seguir insistiendo en su rival derrotada; recurrir a un calificativo despectivo para referirse a un funcionario que despidió de un plumazo.
La presidencia de Donald Trump se ha convertido en el gran espectáculo nacional. Lo que nos deja con una gran pregunta: ¿y eso es bueno o es malo?

martes, 18 de abril de 2017

La inocencia violada


Anne Fontaine es una directora que comienza entusiasmando al espectador (al menos en mi caso lo ha conseguido en más de dos ocasiones) y termina defraudándolo un poco, o demasiado.
En Adore (2013), la adaptación al cine de la novela de Doris Lessing, dos amigas de toda la vida se enamoran de sus respectivos hijos adolescentes. Por un tiempo comparten romance, cama (en este caso balsa), reproches y celos. Pero lo que en un principio destaca en la pantalla por desacato a las convenciones sociales —donde la blasfemia nunca traspasa la descortesía—, termina en una narración de problemas de alcoba. Al final se impone un sentimiento agridulce —que si bien no reduce el sacrilegio tampoco lo menosprecia—, propio de esa moral pequeño burguesa que uno esperaba no solo ver rechazada sino caricaturizada.
Digamos que Adore termina en la antesala; no solo de toda la Nouvelle vague, también de Madame Bovary (Gemma Bovery, de 2015, es otra película de Fontaine, pero no una adaptación de la obra de Flaubert sino de la novela gráfica de Posy Simmonds, referida a la vida y muerte de un inglés expatriado en Normandía y que traza un paralelismo con el famoso libro).
Con The Innocents (Les Innocentes, 2016) Fontaine entra en un tema donde la sordidez de la guerra profana y marca definitivamente la inocencia a que alude el título. Durante buena parte de la proyección, lo desolado y turbio de los acontecimientos —que transcurren dentro de un panorama interno de ruina y desolación reinante, al tiempo que contrastan y se complementan con la blancura exterior del paisaje nevado— dejan apenas respiro y esperanza.
Sin embargo, en un desarrollo final la trama se acomoda a una solución que parece destinada al alivio de esa carga emocional que se ha ido acumulando sobre el espectador no impávido. La película termina con un desenlace que resulta artificial —desde el punto de vista dramático y existencial con el desarrollo anterior— y en el que poco importa la coletilla inicial con la explicación de que lo narrado se fundamenta en hechos reales.
Si en Adore la realizadora se inclinaba por un cierre impasible, en The Innocents decididamente apuesta por un final feliz.
La película cuenta una de las tantas atrocidades que no terminan sino se prologan tras los combates. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en diciembre de 1945, Madeleine Pauliac, una joven médico que formaba parte de un destacamento francés de la Cruz Roja —situado en la frontera entre Alemania y Polonia— es llamada al parto de una joven en un aislado monasterio de religiosas benedictinas. Poco después descubre que no es un caso único y que la mujer no es una recogida por caridad de las monjas, sino una de ellas.
Las religiosas habían sido violadas sistemáticamente por un grupo de soldados soviéticos que controlaban la zona, algunas de ellas hasta 40 veces. No solo habían sido asesinadas 20 sino otras cinco se encontraban embarazadas y a punto de parir. Habían pasado casi nueve meses desde el último ataque y los hechos se mantenían en secreto porque las religiosas —y en especial la Madre Superiora— consideraban que divulgar lo ocurrido no solamente llevaría al cierre del monasterio sino que las haría victimas también de la humillación y el desprecio.
La película desarrolla una trama donde la ignorancia y el miedo se mezclan con la obediencia y la fe, así como los instintos maternales en algunas de las monjas.
A todo ello la directora añade algunos elementos secundarios, como la presencia de un médico judío francés y un grupo de niños huérfanos de la guerra que tratan de sobrevivir en medio del caos —para lo cual a veces adoptan vicios y trucos de los mayores repitiendo conductas ya vistas en decenas de películas neorrealistas.
Fontaine parte de un tema actual —el uso de la violación como arma de guerra y demostración vil de poderío— para reflexionar sobre la permanencia de las convicciones y el enfrentamiento entre concepciones en apariencia diametralmente opuestas, pero que en determinadas situaciones encuentran puntos complementarios.
Así el mundo material y cartesiano de la doctora choca —se opone, aunque termina perfeccionándose— y planta cara frente a la fe y el fervor de la madre superiora de las novicias (otra figura jerárquica pero de orden inferior a la Madre Superiora del convento). Aunque aquí no se trata de un choque frontal entre el racionalismo y el misticismo. La espiritualidad de la religiosa no se encierra en el misticismo del aislamiento, sino en una convicción no ajena al mundo exterior.
En última instancia, el irracionalismo —en su vertiente negativa— está representado en la Madre Superiora y no responde tanto al fanatismo como al apego de las convenciones. A la escena que insinúa o representa la muerte de esta la sucede la imagen de la transformación del convento en refugio de niños, y en un sitio más abierto al mundo (lo que puede leerse también como otra concesión de la directora).
En este desarrollo de perspectivas, apariencias y visiones del mundo enfrentadas, hay también detalles que se señalan, pero cuya mención reiterativa poco añaden al desarrollo, como las convicciones comunistas de la médico.
En este sentido de desarrollo dramático, la película se anota uno de sus mayores valores en el excelente trabajo de actuación. Fontaine no es solo una buena directora de actores, sino que en sus mejores momentos siempre encuentra a quienes mejor logran caracterizar y trasmitir sus propuestas. Si Adore —que aquí ha sido utilizada fundamentalmente como elemento de comparación— debe sus méritos a la excelente labor de sus protagonistas, aquí repite igual provecho. Lou De LaÂge como la doctora —una joven actriz francesa conocida más por las series de televisión de su país— demuestra que su nominación al Cesar por Jappeloup fue algo más que una promesa. Pero es en las actrices polacas Agata Buzek y Agata Kulesza sobre quienes, en buena media, se sustenta el filme. Ambas son conocidas fuera de la producción nacional. Buzek por Zemsta, de Andrzej Wajda, y Nightwatching, de Peter Greenaway. Kulesza por Suicide Room, de Jan Komasa, y Rose, de Wojciech Smarzowski. A ellas se une un reparto de rostros que, en medio de cantos angelicales, trasmiten aún esa inocencia que les ha sido arrebatada.
Más allá de las limitaciones señaladas, The Innocents es quizá la mejor película de Anne Fontaine, que ha desarrollado una carrera en la que ha rehuido ser catalogada como una directora de temas y sensibilidad femenina, aunque no siempre con éxito. Coco Before Chanel no se salva ni con la actuación de Audrey Tautou, algo que sí logran Fanny Ardant, Emmanuelle Béart y Gérard Depardieu para mantener a flote Nathalie, pero solo como una cinta agradable. The Girl from Monaco, My Worst Nightmare, Dry Cleaning y My Father and I son películas muy menores.
En la actualidad Fontaine tiene otro filme, Marvin, en etapa de post-producción. Trata de la historia de Martin Clement, llamado Marvin Bijou al nacer, que abandona su pueblo, su familia y la hostilidad que lo ha rodeado desde su nacimiento por ser “diferente” y se dedica a crear un espectáculo con el cual culminará su transformación. Cuenta con la actuación de Isabelle Huppert y Finnegan Oldfield. Es una historia sobre el rechazo y la intolerancia. Con la presencia de la Huppert cabe esperar que de nuevo Fontaine nos logre mostrar su mayor mérito: la dirección de actores.

miércoles, 12 de abril de 2017

El frenazo


Paralización, estancamiento, marasmo. No son palabras ajenas a quienes dominan ese difícil “arte de la espera”, que ha caracterizado la vida en la Isla durante décadas. Pero lo que en estos momentos experimentan los cubanos es más que la inercia cotidiana, que desde hace largo tiempo conocen. Lo que sufren ahora es un verdadero frenazo.
Y para mayor calamidad, la retranca les está siendo aplicada desde ambas costas del estrecho de la Florida.
Cuando comenzó a operar el servicio en la Isla —en abril de 2015—, la palabra Airbnb, el propio concepto, debe haber sonado muy extraña muchos. Y no solo dentro sino especialmente fuera la apuesta arriesgada de puesta en marcha.
¿Un resultado del mundo de las transacciones online, las redes sociales, las plataformas digitales y los teléfonos inteligentes funcionando en Cuba, cuando la mayoría de las casas no tienen internet?
Pero los cubanos se adaptan rápido, aprenden pronto y funcionan de prisa.
Durante varios, varios y largos meses, todo fue de maravillas, hasta que al parecer ahora ha surgido un problema, un gran problema para quienes viven allá.
En Miami
Se han producido demoras en los pagos a quienes alquilan sus viviendas en Cuba, y aunque Airbnb le dijo a El Nuevo Herald —que trae la noticia—, que están trabajando en una solución, lo ocurrido es un buen ejemplo de lo difícil que resulta lo simple en Cuba.
El problema tiene que ver con el mecanismo de pago que utiliza la compañía para enviar el dinero a sus usuarios cubanos, según explica el diario de Miami.
El embargo prohíbe la mayor parte de las transacciones bancarias entre Estados Unidos y Cuba, así que Airbnb optó por utilizar una compañía de envío de remesas con sede en Miami, VaCuba, para entregar personalmente los pagos a los arrendadores en la Isla.
Así que una transacción por internet —donde se conecta a huéspedes con dueños de casas interesados en alquilar mediante una plataforma digital— en el caso cubano terminaba con una operación donde una persona le llevaba el dinero a otra a su casa.
Claro que en un principio, el transitar de momento del mundo del siglo XXI a casi la villa del medioevo se vio como un simple paso transitorio. Porque había comenzado el “deshielo” y  “Cuba es el país de más rápido crecimiento en Airbnb en la historia de nuestra plataforma”, como dijo Brian Chesky, director ejecutivo y fundador de Airbnb, cuando viajó en la delegación que el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, llevó a La Habana en marzo de 2016.
Para esa fecha, Airbnb contaba con 4.000 viviendas que ofertar en la Isla, en las que se hospedaban del 10% al 20% de los viajeros procedentes de Estados Unidos,  según afirmó Chesky durante una conferencia de prensa organizada por la Casa Blanca en La Habana.
Por supuesto que, en principio, el actual problema de los pagos es un asunto puntual con una solución más o menos cercana. Pero el tema del turismo, los viajes y las transacciones bancarias entre EEUU y Cuba no despiertan en estos momentos mucho entusiasmo.
Hay una total incertidumbre sobre el camino que tomarán las relaciones entre Washington y La Habana, pero es difícil el optimismo.
En La Habana
A noventa millas de las costas floridanas, la retranca es aún mayor.  Al punto que Fernando Ravsberg considera que si 2015 fue el año del “deshielo”, 2017 podría considerarse como el de la “congelación” de las reformas iniciadas en 2008.
“Las PYMES, las cooperativas, el trabajo autónomo, la unificación monetaria, la inversión extranjera, los cambios previstos en la constitución, la ley de prensa, la de cine, la que reconoce los derechos de la comunidad LGBTI, todo parece haber sido
puesto en modo hibernación”, afirma Ravsberg.
Y es que la política de Raúl Castro, de avanzar las reformas “sin prisa pero sin pausa” podría haber dado ya todo lo que podía dar, según el analista, ya los pasos siguientes provocarían un “efecto dominó”: cualquier ficha que se tocara, obligaría a cambiar muchas más.
Sin embargo, en un principio el propio Castro trasmitió la impresión de que dichos cambios —“estructurales”, “profundos”, como los llamó— entraban dentro de los objetivos de su plan.
Aunque siempre el gobernante ha reafirmado que no daría marcha atrás en el proyecto “socialista”, ni que introduciría cambios “políticos”, el inmovilismo actual resulta difícil de digerir por los cubanos que en los dos últimos años transitaban por esperanzas múltiples.
Ahora, y debido a una serie de factores que no necesariamente estaban destinados a coincidir, pero que se han agrupado en una especie de tormenta perfecta del desconsuelo, los cubanos se ven atravesando una sequía espantosa en la Isla, cada vez con menos gasolina —y la importancia de ello trasciende el automóvil—, con la incertidumbre de si volverán las restricciones de la época de George W. Bush y con las puertas de entrada a Estados Unidos cada vez más cerradas.
Y mientras tanto, Eliécer Ávila preocupado por su computadora.
La oposición cubana recorriendo sin cansancio su conocida senda entre la paralización y el bochorno.
El frenazo
La renuencia o imposibilidad de avanzar, que repercute en todos los aspectos de la vida cotidiana cubana, obedece a un afán compartido —aunque desde signos opuestos— tanto de Washington como de La Habana en estos momentos.
En Cuba, Ravsberg cita al economista Juan Triana, quien asegura que la unificación de la tasa monetaria podría provocar el cierre de más del 60% de las empresas estatales, las cuales se benefician de un cambio artificial.
Cuando estas empresas necesitan importar, el Estado les reconoce la paridad entre el peso cubano y el dólar, mientras el cambio real es de 24 a 1.
Si la moneda y las tasas de cambio se unificaran esas empresas serían incapaces de comprar los insumos necesarios para seguir produciendo, explica.
Según Ravsberg, Triana asegura que la unificación de tasas cambiarias y la quiebra masiva de empresas estatales terminarían destruyendo alrededor de 2 millones de puestos de trabajo.
Para evitar ese desempleo en gran escala, la economía cubana tendría que diversificarse a un grado tal que la jerarquía política del país no admite. Ese fue el camino interrumpido desde sus comienzos, al que al parecer se oponía Fidel Castro —y todo indica que su fantasma también— y cuyos temores se multiplicaron tras la visita de Obama.
Al colocar barreras y trabas excesivas al sector privado, que han imposibilitado su desarrollo más amplio, y fracasados los objetivos de desarrollo agrícola para sustituir la importaciones, con la baja en los mercados mundiales de las materias primas y la crisis creciente en Venezuela, con fuerza creciente el Gobierno cubano se ha aferrado al inmovilismo.
Solo que al frenazo de La Habana posiblemente se sume muy pronto otro desde Washington.
¿Hacia donde mirarán entonces los cubanos?
En medio de dicho atasco, una pequeña señal ha “renacido”, aún pálidamente, en la prensa oficial cubana: el “antiimperialismo”; con el articulo condenatorio que desde hace meses no se veía, la información que hasta ayer se pasaba por alto o el tipo de caricatura que uno creía, en lo adelante se quedaría siempre en el tintero.
Y la causa de ello no parece ser tanto Venezuela como Rusia. Si Trump y Putin se apartan en serio y no con gesticos como hasta ahora, es posible que Raúl Castro vea un motivo y una esperanza, para salir de su aburrimiento.

Lecciones de un fracaso


Aún se repite que la responsabilidad del fracaso de la fuerza paramilitar invasora contra el Gobierno de Fidel Castro, integrada por exiliados cubanos pero organizados por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, fue responsabilidad del entonces presidente John F. Kennedy. Esta afirmación errónea, tan arraigada en la mitología que opaca el razonamiento de un sector de la comunidad, apenas se rebate hoy día. Quienes no comparten esta creencia prefieren pasar por alto el capítulo, considerarlo parte del pasado, y concentrarse en los problemas actuales de la Isla y la mejor forma de lidiar con un régimen que no solo resultó victorioso en los combates: lo fundamental fue que salió fortalecido nacional e internacionalmente de un hecho que determinó su inserción plena en la contienda de la guerra fría, algo a lo que, durante décadas, debió en buena medida su supervivencia.
Sin embargo, existen documentos que prueban que el error de Kennedy se limitó a no cancelar el plan, que su inexperiencia de entonces –al inicio de su mandato– fue la culpable de no percatarse a tiempo de que estaba siendo mal informado, y que sus mayores errores respecto a Cuba ocurrieron después del fiasco de Bahía de Cochinos, cuando él y su hermano Robert alentaron toda una serie de planes descabellados para eliminar a Castro.
Lo curioso del caso es que, desde el punto de vista del sector más radical del exilio, no se le reconozca al presidente asesinado que fue el que más hizo por eliminar al líder de la revolución cubana, al tiempo que el propio Fidel Castro adoptó décadas después una actitud benevolente —mejor sería catalogar de hipócrita— a la hora de juzgar por escrito a su antiguo rival. También llama la atención que el Partido Demócrata no hiciera nada, o al menos aún no demuestre ningún interés en enfatizar la verdad sobre lo ocurrido.
Ese preferir sacrificar un análisis de lo sucedido, en aras de no sacar a relucir lo que sigue siendo un episodio embarazoso —para decir lo menos— de la política exterior de este país durante más de medio siglo, es responsable en alguna medida de la repetición del mismo error una y otra vez, como si la historia de las relaciones entre Washington y La Habana estuvieran empeñadas no en escribirse dos veces, más bien en multiplicarse con cada nuevo gobierno.
En el caso de la invasión de Bahía de Cochinos, Kennedy heredó un proyecto destinado al fracaso desde el inicio, y del que no se dio cuenta a tiempo de la magnitud del desastre que implicaba. “¿Cómo he podido ser tan estúpido?”, cuentan que les dijo a sus asesores después del fracaso de la invasión. Pero es falsa la afirmación de que el desembarco se vino abajo debido a que él no ordenara el necesario apoyo aéreo. Un informe de la propia CIA, que la agencia mantuvo guardado en sus bóvedas durante tres décadas, y solo fue desclasificado al cabo de dos años de intensas gestiones del Archivo Nacional de Seguridad, organización no lucrativa con sede en Washington, muestra que la arrogancia, el desconocimiento y la mala costumbre de intentar tapar un error tras otro con cambios que se presentaban como un avance del proyecto, cuando en realidad no eran más que nuevos pasos hacia el abismo, fueron las causas que llevaron al desastre. Sin embargo, me temo que a estas alturas muchos no lo conocen en el exilio.
“Al evaluar el desempeño de la Agencia, es esencial evitar que se concluya de manera inmediata, tal como muchas personas han hecho, que la principal causa de la derrota de la invasión fue la orden del Presidente de cancelar los ataques aéreos el Día D”, establece el análisis.
“Discutir esa sola decisión simplemente haría surgir la siguiente pregunta fundamental. Si el proyecto hubiera estado mejor concebido, mejor organizado, mejor manejado y, si hubiera contado con un personal más capacitado, ¿se hubiera sometido alguna vez esa precisa cuestión a la decisión presidencial? ¿Y se hubiera presentado bajo las mismas circunstancias inadecuadas en cuanto a la información?”, agrega.
Lo que al parecer nunca faltó en el proyecto fue el dinero. El estimado original, para lo que fue concebido bajo la administración de Eisenhower como un plan de propaganda, infiltración y apoyo a la resistencia dentro de la  sla, comprendía gastos de $4.400.000. Sin embargo, el costo total ascendió a más de $46.000.000. Una cifra que solo resultó en muerte, dolor y humillación para los expedicionarios, a los que La Habana siempre ha catalogado injustamente de “mercenarios” y batistianos, cuando en su mayoría se enfrentaron a un Gobierno con el que no estaban de acuerdo.
La Agencia omitió el informar al presidente Kennedy, en un tiempo apropiado, que el éxito era más que dudoso y que estudiara de nuevo el problema de derrocar a Castro. Al tiempo que en sus etapas finales, en medio de un afán frenético por producir un desembarco, aumentó la altivez en el trato hacia los cubanos y el menosprecio hacia sus líderes políticos de entonces. Algunos, como Aureliano Sánchez Arango, supieron retirarse a tiempo de cualquier asociación con el proyecto.
De acuerdo al informe de la CIA, la causa fundamental del desastre fue que la Agencia no le dio al plan la atención que requería, pese a su importancia por el inmenso potencial nocivo para Estados Unidos. Kennedy, sin embargo, continúa siendo el “gran culpable” para muchos exiliados. A veces por ignorancia y otras por conveniencia.
Este trabajo contiene ideas publicadas años atrás en El Nuevo Herald.