jueves, 22 de febrero de 2018

El Gobierno de Raúl Castro mencionó muchos problemas, pero solucionó pocos


El Gobierno de Raúl Castro, a punto de concluir, se ha caracterizado por la distancia entre la denuncia y el análisis de los problemas y las soluciones a poner en práctica. Esa limitante intrínseca a los dos mandatos raulistas abre una interrogante sobre si su sucesor logrará avanzar en algún sentido en las soluciones, uno de los tantos problemas que quedarán pendiente cuando este abandone la presidencia.
A lo largo del tiempo de su mandato, se han destacado dos bloques, que por una parte definen la distancia entre las aspiraciones y realidades del gobierno raulista y por la otra las diferencias entre la situación en que vivían los cubanos antes de la llegada del menor de los Castro al poder y el momento actual.
En el primer caso, hay un marcado contraste entre un diagnóstico claro y las soluciones tardías o a medias llevadas a cabo por el actual Gobierno cubano. En este sentido, un notable paso de avance es el hecho de que la prensa oficial se ha transformado en buena medida y ha pasado de la simple complacencia y el ocultar la realidad, a la publicación de reportajes y artículos que presentan los problemas actuales del país. Si bien aún puede reprocharse a esta prensa la no presentación de la totalidad de los problemas existentes en la Isla —algo que, por otra parte, puede decirse también de la existente en otras partes del mundo—, no por ello se debe negar que esta ha comenzado a desarrollar su verdadera función de divulgación y crítica de los problemas nacionales.
En otras palabras, en la actualidad la prensa cubana —en especial el periódico Juventud Rebelde y con menor énfasis también Granma— permite conocer mejor la realidad del país que lo que se le reconoce en Miami, donde se publican sin el menor recato los cables de los corresponsales extranjeros que en muchos casos son un simple refrito de lo aparecido en las páginas de estos diarios, mientras se sigue repitiendo que el periodismo que se hace en la Isla se limita a una sarta de omisiones, tergiversaciones y mentiras. Este cerrar los ojos ante la realidad cubana es parte de la atmósfera dominante en el sur de la Florida, donde el mirar hacia otro lado impide en muchas ocasiones conocer, al menos de forma superficial, lo que ocurre en Cuba, al tiempo que limita el aprovechamiento de los recursos disponibles para el análisis.
Sin embargo, este reconocimiento al planteamiento real de los problemas, por parte de algunos órganos de la prensa oficial cubana, debe ir también acompañado del señalamiento de que por lo general estos omiten o no enfatizan el corto alcance de las soluciones adoptadas hasta el momento. Es decir, que no basta el planteamiento del problema cuando no se dice también lo poco que se hace para resolverlo.
El segundo aspecto tiene una importancia fundamental, en lo que se refiere a la percepción que tienen los habitantes de la Isla: pese a una serie de pequeñas reformas, la situación real no ha mejorado sustancialmente.
Si bien la llegada de Raúl Castro a la presidencia del país significó el fin una serie de restricciones —consideradas excesivas por el nuevo mandatario— su abolición ha significado apenas la posibilidad de adquisición de una serie de artículos y productos que la mayoría de los cubanos no cuenta con el nivel adquisitivo necesario para comprar, y en muchos casos para obtenerlos tienen que recurrir a parientes en el extranjero o vincularse a actividades delictivas en mayor o menor medida.
Dos fueron los aspectos básicos que marcaron la diferencia entre la más breve presidencia de Raúl Castro y los largos años de su hermano mayor como gobernante.
Uno tiene implicaciones ideológicas: refleja una concepción opuesta sobre el individuo y sus valores y encierra incluso una cuestión filosófica. Donde Fidel Castro vio supuestas limitaciones individuales, una ausencia de cualidades revolucionarias y un afán natural hacia la avaricia y el enriquecimiento que el Estado debía reprimir, Raúl Castro tuvo en cuenta una condición humana, un mecanismo y una forma de motivación que la sociedad debía aprovechar para su desarrollo: una paga sin restricciones, la posibilidad de tener más de un empleo y la existencia de estímulos económicos que permitirán la utilización del dinero como motor impulsor de una mayor productividad. Más acorde con un socialismo de transición (ya a estas alturas, esta transición parece perenne) que al pensamiento semi feudal de su hermano mayor, por un momento Raúl pareció apostar por un socialismo como dinero, aunque sin llegar al modelo chino que muchos le quisieron achacar. Sin embargo, sea por limitaciones propias, circunstancias del momento o presiones de los círculos más conservadores dentro del régimen, nunca fue capaz de que su visión lograra avanzar hacia una verdadera transformación, y siempre ha estado más cercana a un precomunismo ruso que a un postcomunismo chino., En este sentido, o fue capaz de ir más allá de lo postulado por Marx en la Crítica del Programa de Gotha, algo que por lo demás, en momentos de conveniencia o necesidad había hecho su hermano. Así el Gobierno de Raúl no ha sido capaz de abrazar la célebre frase de Bujarin a los campesinos rusos —¡Enriqueceos!— y mucho menos adoptar la actitud de Deng Xiaoping. Para el régimen castrista, sigue importando más el color del gato que su capacidad para cazar ratones.
De esta manera, el plan raulista fracasó en su énfasis original de la transformación agrícola como una forma de superar en buena medida las limitaciones económicas por las que atraviesa la Isla y derivó hacia la venta de la ilusión de una inversión extranjera como solución de los problemas, que está lejos de materializarse.
Por ello Cuba no ha logrado superar la paradoja de que, en buena media, su déficit comercial obedece principalmente a un aumento en las importaciones de alimentos: al tiempo de que es un país fundamentalmente agrícola y con tierras fértiles tiene que importar la mayoría de los alimentos.
Si bien en un primer momento el gobierno de Raúl Castro trató de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado liquidara sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que pagaba por los productos agrícolas, y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes querían cultivarlas, lo limitado de las reformas trazadas y el aferrarse al monopolio y control estatal excesivo condujeron a un fracaso del objetivo.
En un gobierno extremadamente celoso con la imagen como es el cubano, la presencia constante de Miguel Díaz-Canel al lado de Raúl Castro en todo los actos —con independencia incluso de su importancia— en los últimos meses indica una clara pausa sobre la sucesión de la presidencia. Con Díaz-Canel se abre además la posibilidad de abrir un camino de gestión tecnócrata que si no logra el éxito esperado en un período determinado —sea por ineficiencia o por rencillas internas acrecentadas— es fácil de modificar: no se sustituye a un Castro, a un Díaz-Canel se quita fácil del medio. Es posible que, entonces, Raúl Castro no esté designando a un sucesor, sino simplemente a un paraguas. 

El exiliado bueno, el malo y el regular


Todo emigrante que sale de su país, con la esperanza de lograr fuera lo que no ha conseguido en su patria, debe descubrir que siempre queda algo más allá de placer del triunfar, por pequeño y transitorio que este triunfo sea. Y es intentar que se haga justicia. No como recompensa al justo, sino como castigo frente a lo mal hecho.
Abandonarlo todo y empezar de nuevo es un acto de reafirmación. Para muchos cubanos —y este principio se ha mantenido a través de varias generaciones—, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras como un regreso a los principios fundamentales. En ese recorrido doble debería dejarse a un lado —y si no ocurre uno debe luchar para lograrlo— todo lo que quedó atrás y no servía. A partir del momento de la salida, hay que intentar que cualquier triunfo futuro no sea obra del engaño.
Por regla general ello no resulta fácil. Tanto en Cuba como en el exilio, en muchas ocasiones la conveniencia política es lo que determina el éxito. En muchos casos, actuar “de forma correcta” —tanto en Miami como en otras partes fuera de Cuba— no es regirse por principios. Es acomodarse a la situación. Conocer las reglas del juego. No con el fin de cumplirlas. Lo importante es saber cuándo resulta el momento adecuado para violarlas impunemente.
No se trata de jugar bien. Lo único que se deben conocer son las trampas. Cuáles son permitidas y cuáles no. En qué momento poner una zancadilla a otro jugador y en qué momento esquivar el que se la pongan a uno. Saber además cuándo permitir esa misma zancadilla. El instante adecuado para caerse antes del golpe.
Siempre queda el dedicarse a la protesta. Pero protestar es una trampa más, que algunos saben muy bien como esquivar. Los que son torpes se limitan a no protestar. Cuando se cuenta con un mínimo de habilidad, se entra en el juego de la protesta: hacerlo en el momento adecuado, en que se ve bien a los que protestan, o escoger los temas sobre los cuales ésta es saludada con entusiasmo.
Por muchos años, en Miami el mantener la diferencia entre quienes en Cuba contribuyeron a que llegaran tantos ganadores y perdedores a la ciudad —procedentes de la Isla— alimentó los odios del exilio. Fue un ejercicio carente de sentido, que si en buena medida se ha desechado no ha sido por una mejor percepción de las diferencias, un incremento en la capacidad de análisis o un aumento del racionalismo, sino por un factor biológico  y la dominación en alza de una dejadez del ejercicio ciudadano en sus valores civiles más fundamentales.
Si el paso al exilio es un viaje a las antípodas, resultaba lógico que los que allá estaban arriba aquí estuvieran abajo. Que los triunfadores en el otro extremo fueran los fracasados en este. Que quienes alimentaron el error ahora sufrieran las consecuencias.
Por décadas acabar con el castrismo parecía ser la razón de existir de Miami. Al menos, eso era lo que se escuchaba y leía por todas partes. Sin embargo, otra realidad terminó por imponerse
Durante años todo resultó más sencillo y breve. Si desertaba un funcionario del régimen, su figura aparecía en los noticieros y las páginas de los diarios. Si llegaba un preso político más, solo se enteraban los familiares. Si el inmigrante era alguien que se había negado a militar en las filas del Partido Comunista —y a desempeñar cargos importantes en el Gobierno—, las posibilidades de encontrar empleo dependían de su suerte. Si se trataba de un funcionario más o menos importante, lo más probable era que al poco tiempo contara con las relaciones suficientes para procurarse un buen salario. En la época de la presidencia de Donald Reagan, Si un militar importante daba el brinco, tenía garantizada una recompensa económica, otorgada por Washington. El mayor anticomunista del mundo parecía dedicarse a premiar a los equivocados e ignorar a los justos.
Razonar de esta manera ha traído frustración e ira a muchos en Miami, que por años  transitaron entre justificar su fracaso o desidia con argumentos de este tipo, o aferrarse a la intransigencia para rechazar por igual al funcionario y al artista y escritor procedentes de la Isla. Negarse al diálogo y asumir una posición irracional, en lo que consideraban una posición digna —que en algún momento tuvo un fundamento ético— que sin embargo, y de forma inevitable ha ido desgajándose con el tiempo, al no poder evitar concesiones de otro tipo, estas nacidas en el exilio, o simplemente se ha enclaustrado en el pasado.
Desde hace años tal posición ha perdido categoría. Vivimos en la época del sainete. Los cortesanos, agentes de valor diverso, esposas y amantes de hijos de figuras importantes, peluqueros, cocineros y hasta recaderos de oficio múltiple estuvieron durante un tiempo compitiendo por una noche de fama y fortuna, en la televisión por cable de las emisoras locales. Ahora nadie los llama, pocos los escuchan o miran, o han decidido recorrer otras vías: abrir cualquier negocio aquí o allá.
Sin embargo,. la importancia no radica en reconocer si el que llega ha sido o no funcionario, escritor, general o recadero. Alimentar el resentimiento resulta una actitud malsana.
No es simplemente argumentar el haber vivido engañado antes de abandonar el país, y no importa solo el grado mayor o menor de sinceridad en las palabras. Quienes se dedican por un tiempo a recriminarse —y a inventar justificaciones — siempre despiertan la sospecha de estar buscando un perdón fácil, que les permita integrarse con rapidez a la sociedad que hasta ayer habían rechazado.
De lo que se trata —lo realmente importante— es renunciar a una vida de engaño. Tratar en lo adelante de avanzar por méritos propios. No repetir la antigua fórmula de apelar a las palabras convenientes y el ocultar sentimientos y motivos para escalar posiciones.
Enfrentar este problema, con determinación y sinceridad, por lo general resulta muy difícil. En parte porque entonces se conoce la farsa en que se ha convertido la vida en el exilio para muchos. Pero para aquel que descubre que no vale la pena vivir aferrado a la repetición, escapar ya no es posible.
El problema es que en el exilio muchos no han aprendido el difícil arte de hacerlo mejor, cuando se tiene una segunda oportunidad..

martes, 20 de febrero de 2018

La otra «corrección política»


A la corrección política de una izquierda mojigata la ha sustituido otra, de una derecha patriotera y reaccionaria. Los partidarios de Donald Trump alientan sus banderas de ira y desprecio como un clamor de irreverencia nueva, cuando en realidad no pasan de repetidores de viejos mitos y lemas.
Asistimos al choque de dos representaciones de la realidad, ambas limitadas en extremo. Para superar tal confrontación —que cada día se acerca más a un estancamiento—, es necesario ante todo un reconocimiento elemental: “el mapa no es el territorio”.
Construimos nuestro mapa, y en ocasiones nos vemos llevados a compulsar esa representación con lo social y políticamente aceptado. Somos obligados a suprimir ciertos sentimientos y creencias, porque en determinado momento no es bueno expresarlos. Sucedió durante la era de Obama y está ocurriendo igual durante los tiempos de Trump.
Que temporalmente desaparezcan las barreras vigentes con anterioridad no deja de ser un acto liberador —y ello explica tanto el gozo como el ímpetu de los partidarios de Trump—, pero no por ello la realidad deja de existir.
Lo que ocurre, tras un momento inicial de cambio y derrumbe, es la erupción de nuevos muros. Todo termina en una simple sustitución. Lo nocivo es cuando esa sustitución trata de imponerse a todos y establecerse como un absoluto. Aquí vienen al caso los ejemplos totalitarios del fascismo y el comunismo.
Llama la atención que, en el caso de los partidarios de Trump, la carencia de mejores instrumentos de análisis los lleve a la adopción de patrones propios del paradigma que critican con tan saña.
Por ejemplo, refutar un artículo de opinión por su falta de neutralidad o balance.
Es tonto pedirle a un columnista que escribe 50 palabras a favor de Trump que luego tenga que “balancearlas” con otras 50 en contra.
Las consideraciones a la hora de divulgar una información o un análisis noticioso —donde sí vale formular el criterio del “balance informativo”—, no rigen para el periodismo de opinión. El único denominador en todos los casos es no difundir mentiras a sabiendas.
Lo más paradójico de Trump y sus seguidores es exigir neutralidad y parcialidad cuando la actual administración carece de ello.
Precisamente lo que viene incubándose desde hace aproximadamente un par de décadas —y el surgimiento de un fenómeno político como la presidencia de Trump es un resultado de tal situación— es un clima social y político donde ser neutral o imparcial —incluso actuar racionalmente— ha sido cada vez más relegado.
El concepto de que el mapa no es el territorio —acuñado por el lingüista Alfred Korzybski— nos explica que al igual que una palabra no es el objeto que representa, el conocimiento que tenemos del mundo está limitado por nuestras representaciones mentales.
Trump ha apelado con éxito a rencores, estereotipos y creencias, en ciertos sectores de la población estadounidense, para imponer su agenda. Y hasta ahora la mayoría de las respuestas en su contra —tanto por parte de los demócratas como de sectores de la prensa— no avanzan más allá de acudir a mecanismos similares pero con una representación de contrarios. En ambos casos, todo se reduce a una resistencia al cambio.
Mientras ello siga ocurriendo, y si se produce un desarrollo económico que vaya más allá de la actual alza bursátil—y hay posibilidades reales de ello—, tendremos a Trump en la Casa Blanca por cuatro u ocho años, a no ser que se destape un verdadero escándalo.
La única carta de triunfo para enfrentarlo con acierto sería el surgimiento de una visión más amplia de la realidad estadounidense, que supere la dicotomía de ambas “correcciones políticas”. Pero ello está lejos aún de poder vaticinarse.

A Scott no le preocupan ni las armas ni los pacientes


Rick Scott quiere que otros cumplan lo que él se niega cumplir. O mejor todavía, lo que él, de forma legal, ha establecido para que los demás no cumplan.
El gobernador de Florida exigió el lunes al Buró Federal de Investigaciones (FBI) que revele todos los detalles sobre por qué esa agencia no tomó medidas tras recibir información de que Nikolas Cruz poseía armas y de su deseo de asesinar a personas, informa el Nuevo Herald.
Scott dijo en un comunicado que el 5 de enero de 2018 el FBI recibió datos de que Cruz, acusado de matar 17 personas y herir a 15 en un tiroteo en la escuela Marjory Stoneman Douglas High School el pasado miércoles, estaba en “posesión de armas”, de que tenía un comportamiento errático y había publicado comentarios perturbadores en las redes sociales y existía el riesgo de que llevara a cabo un tiroteo en la escuela.
Ahora bien, supongamos que Cruz se hubiera encontrando bajo tratamiento psiquiátrico y asistiendo a la consulta médica. Supongamos también que el especialista hubiera intentado interrogarlo sobre sí poseía un arma de fuego potente. Pues no, no habría podido hacerlo. Porque el gobernador Scott estableció una norma que lo prohíbe.
En Florida el gobernador y la legislatura republicana han mantenido vigente una ley por la cual un médico puede perder la licencia por el simple hecho de preguntar a un paciente si en su casa hay armas de  fuego.
El gobernador Rick Scott firmó la ley en junio de 2011.
Un grupo de médicos y abogados presentaron una demanda contra esta y lograron la victoria en un tribunal de Miami, donde un fallo judicial decretó que el marco legal violaba su derecho a la libertad de expresión.
El estado apeló la decisión y terminó ganando.
En este estado los alcaldes no pueden aprobar leyes locales o normas a favor del control de armas. Incluso serían multados con $5.000.
Con una ley firmada por Scott en 2011, se puso fin a las normas en el sur de Florida que prohibían las armas de fuego en parques de ciudades y condados.
Todo con tal de complacer a la Asociación Nacional del Rifle (NRA).

domingo, 18 de febrero de 2018

«Ahora todos quieren un AR-15»


Lo más demandado últimamente —en eventos como el Florida Gun Show, que se celebra este fin de semana en Miami—  es el fusil semiautomático AR-15, fabricado por Colt, el rifle usado por Nikolas Cruz en su sangrienta correría por la escuela de secundaria de la que le habían expulsado.
El que sea semiautomático se traduce en que el usuario debe apretar el gatillo para disparar cada bala, pero el arma se prepara automáticamente para disparar de nuevo.
El AR-15 tiene capacidad para disparar muchas balas a gran velocidad, hasta 100 proyectiles sin tener que recargar el arma.
El fusil fue fabricado originalmente por la empresa ArmaLite como un arma especial para el ejército de Estados Unidos.
Por problemas financieros, ArmaLite vendió el diseño del AR-15 a Colt y el fusil pasó a formar parte del sistema militar estadounidense como el rifle M16.
Colt presentó en el mercado el AR-15 como la versión semiautomática del fusil M16 para ventas civiles en 1963.
El AR-15 tiene capacidad para disparar muchas balas a gran velocidad, con rondas de 10, 30 o incluso hasta 100 proyectiles sin tener que recargar el arma. El alcance de la bala oscila entre los 400 y 600 metros.
Los chalecos antibalas que utilizan los agentes de policía no protegen de forma total contra los proyectiles del AR-15.
Durante el período 1994-2004, década en la que estuvieron vetadas las armas de asalto para uso civil en EEUU, las variantes del AR-15 con algunas características como culatas plegables, supresores de flash o sujeciones para bayonetas se prohibieron para la venta a civiles bajo la Ley de Control del Crimen Violento de 1994.
Una vez expiró el veto, estas características volvieron a ser legales en la mayor parte de los estados.
Desde entonces, se retomó la producción y venta de los fusiles que estaban restringidos.
En junio de 2016, las organizaciones que informan sobre armas de fuego y las políticas relacionadas con ellas estimaban que en los cinco años previos se habían vendido 1,5 millones de ejemplares de este fusil a civiles en EEUU.
Después de las matanzas de la escuela primaria Sandy Hook en Newtown, la del cine de Aurora en Colorado en 2012 y la de San Bernardino en diciembre del año pasado las ventas del AR-15 aumentaron al correr el rumor de que el Gobierno prohibiría su comercialización.
También ayudó que se pueda adquirir por internet y a un precio más o menos asequible. Éste oscila entre los $600 y los $1.100.

La Asociación Nacional del Rifle: no solo cuenta el «cash»


La cuestión no es solo de dinero para el financiamiento de los campañas, cuando se habla de la importancia y el poder político de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una organización tiene cientos de miles de activistas en cada estado, casi 5 millones de miembros y el respaldo de una industria que genera más de $11.700 millones anuales. Por su parte, las organizaciones a favor del control de las armas no cuentan con el dinero ni una maquinaria política similar.
“La NRA es muy eficaz a la hora de financiar campañas políticas y movilizar votantes el día de las elecciones. Llevan mucho tiempo demostrándole a los políticos de ambos partidos que oponerse a su agenda les puede costar dólares y votos”, explicó a la BBC Steve Billet, director del programa de estudios legislativos de la Universidad de George Washington,
Billet señala que la fuerza política de la NRA no es solo por el dinero, sino también debido a su capacidad de crear alarma y acción política entre su membresía, al pregonar que “el Gobierno les va a quitar las armas y dejarlos indefensos”.
“Vivimos en una era de peligro. Estados Unidos ha sido infiltrada por terroristas, narcotraficantes mexicanos y otros que están al acecho, conspirando para matarnos”, dijo el director ejecutivo y principal portavoz de la NRA, Wayne LaPierre (a quien saluda Donald Trump en la foto de arriba) durante la convención anual de la organización en 2013.
Tampoco el problema tiene solo que ver con el derecho a poseer un arma. Si se planteara en estos términos tan sencillos, desde hace décadas habría sido resuelto. No se trata simplemente de tener un revolver o una pistola para defensa personal, tampoco de contar con una escopeta e ir de cacería, mucho menos de practicar el tiro.
En la actualidad el postulado constitucional —“el derecho del pueblo a tener y portar armas no será vulnerado”— se utiliza tanto en favor de posiciones políticas e ideológicas como de gustos y vanidades. Están tras el mismo desde los que adquieren un verdadero arsenal durante toda su vida —por recreación o jactancia—  hasta los que exhiben criterios extremistas en lo social y político.
En la práctica la NRA es una especie de ur-Falange americana  —más pedestre, sin el elemento cultural que siempre acompañó a la Falange española—, que no llega a partido pero sí trasciende la función de grupo de influencia política para convertirse en una organización de choque (hasta ahora no violenta), con una perseverancia y una capacidad multiplicada de incidencia, que la ha convertido en una amenaza real al sistema democrático estadounidense.
En última instancia el tema de las armas es hasta cierto punto un pretexto para la NRA, al tratar de imponer un sistema de dominación cultural —por la penetración en los tres poderes— que se fundamenta en el miedo y la paranoia. Para ello toma como punto de partida el mito estadounidense de que uno debe defenderse por sí mismo y que el gobierno es una amenaza a la libertad individual. Dicho mito ha servido para la realización de excelentes películas —y en especial westerns— y para la creación de toda una mitología light —adaptada a la sociedad del espectáculo estadounidense— con la creación de héroes y superhéroes, desde Superman en adelante. Y también ha sido utilizado como de amparo por políticos y empresarios corruptos, descarados e inmorales. Sobre este último sentido, vivimos en un momento ejemplar en Estados Unidos.
Sin embargo, el ambiente de triunfalismo al respecto, que buscan trasmitir el Congreso y la Casa Blanca, es una falacia. Y en este sentido, la NRA es buen indicador de ello.
En realidad, tras el rostro desafiante e intransigente de dicha organización se oculta el miedo. Y es que las cifras de los últimos años no la benefician, aunque en este terreno las estadísticas en ocasiones no están lo suficientemente actualizadas y los datos son difíciles de obtener y verificar.
El número de personas con armas en Estados Unidos está disminuyendo. Mientras que en 1977 el 54% de los hogares contaba con un arma de fuego, la cifra bajó al 32% en 2010.
Los ciudadanos estadounidenses poseen 265 millones de armas, aproximadamente. Más de una por cada ciudadano adulto según la representación más acertada de la propiedad de armas de las dos últimas décadas. Los estadounidenses tienen el 48% de los 650 millones de armas en poder de los civiles en el mundo. Pero un estudio realizado en 2015 estima que 130 millones de esas armas son propiedad de solo un 3% de estadounidenses adultos, un grupo que ha acumulado una media de 17 armas por cabeza.
El estudio, realizado por las universidades de Harvard y Northeastern, y recogido en The Guardian y The Trace, estima que la cantidad de armas estadounidenses se ha incrementado en 70 millones desde 1994. Al mismo tiempo, el porcentaje de estadounidenses que posee armas se ha reducido levemente, desde el 25 hasta el 22%.
El aumento en la compra de armas se debe a que los que ya tienen adquieren más, pero representan un porcentaje menor de la población.
Detrás de estas cifras hay indicadores de un cambio social, económico y demográfico que está ocurriendo en el mundo. Un cambio que no se refleja de inmediato aunque es indetenible. Una transformación a la que, en el caso de Estados Unidos, el Gobierno de Donald Trump intenta poner freno —como pleno representante de la reacción—, pero que no podrá evitar incluso si llega a establecer una dictadura.
Un ejemplo de ello es el siguiente dato. Según esta encuesta, realizada por investigadores de salud pública de ambas universidades, la proporción de mujeres propietarias de armas aumenta, mientras que la de los hombres disminuye. Las mujeres tienden a poseer un arma para su defensa propia en mayor proporción que los hombres y suelen tener solo una.
Así que para las mujeres la cuestión no radica en poseer un fusil semiautomático o un arsenal en su casa. Bajo estos términos, el asunto del control de armamentos no parece tan difícil de resolver. ¿Llegará ese momento, o el control de las armas en manos de civiles continuará brindando municiones al aumento de las divisiones y el  tribalismo en Estados Unidos?
En la foto: el presidente Donald Trump saluda a Wayne LaPierre, vicepresidente de la NRA, y al jefe de cabildeo de la organización Chris Cox (izquierda), durante un foro en Georgia, en esta imagen de archivo.

El senador Marco Rubio y la NRA: ¡Qué vergüenza!


Entre los legisladores más beneficiados por donaciones y otros gastos de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) se encuentra el senador Marco Rubio, republicano por Florida —el estado donde ocurrió la última matanza—, con algo más de tres millones.
La cantidad exacta de dinero recibido por Rubio es de $3.303.355. De esta cifra, en el apoyo directo la NRA gastó $4.950, mientras que al apoyo externo se destinaron $1,008,030 y a los gastos contra su oponente $2.290.375 (Fuente: Center for Responsive Politics | Univisión Data).
Por lo general, y en específico cuando son sumas mayores, la NRA utiliza el método de invertir una mayor cifra de dinero en las campañas contra los oponentes del legislador al que benefician, que en la otorgación de fondos directos. Además de los límites por las leyes de campaña, actúa en favor de dicha táctica el brindarle la oportunidad al político de responder —con cifras muy menores de dinero a su favor y otorgado directamente— a las críticas sobre su financiamiento electoral por dicha organización.
“En Estados Unidos hay mucha gente que decide su voto sobre la base del derecho a tener armas y la NRA tiene una enorme capacidad de influir en ese voto. Su principal fuente de poder viene de ahí y excede en mucho el dinero que tiene”, explica Adam Wrinkler, profesor de Derecho de la Universidad de California, especializado en la regulación de armas, cita el diario español El País.
“Casi la mitad de todo el dinero que ha destinado la NRA desde 1990 para promover su causa corresponde a ‘gasto externo’ ($54 millones). Se trata de dinero que la entidad invierte directamente, y no por medio de contribuciones a políticos”, explica un reportaje de Univisionnoticias.
De los otros legisladores federales cubanoamericanos, por el Partido Republicano en Florida, Carlos Curbelo recibió $75.425 en donaciones, mientras que Ros-Lehtinen y Díaz-Balart $32.002 cada uno, de acuerdo a las cifras de Univisión.
Las últimas cifras han sido objeto de discrepancias.
Según una vocera de Curbelo, el congresista cubanoamericano obtuvo un total de $7.450 en donaciones del NRA entre los años 2014 y 2016. Este dato está citado en una primera versión de un reportaje del Washington Post que detalla las contribuciones del NRA a miembros del Congreso de EEUU.
Por mi parte, encontré que en la versión actual del reportaje del Post la cifra de las donaciones del NRA recibidas por Díaz-Balart es de $27.450. No aparece cifra referente a Curbelo y se aclara que los números han sido actualizados.
En el caso del senador Rubio, que en la pasada contienda electoral se postuló tanto para la presidencia como para el Senado, en total obtuvo la mayor donación en Florida del Fondo de Victoria Política de la NRA, un Comité de Acción Política (PAC), según el Centro para Políticas Receptivas.
Rubio recibió $9.900. Como PAC, la NRA puede otorgar hasta $10.000 por candidato en un ciclo electoral: $5.000 por elección primaria y $5.000 por elección general. Así que prácticamente se dio el máximo posible.
El senador también recibió una calificación A + de la NRA, según la revista Time. Una A + es la más alta valoración de la asociación, y significa que la persona en cuestión cuenta con el máximo apoyo por parte de la NRA.
Esta valoración tan elevada no es compartida por todos.
Alumnos sobrevivientes del tiroteo en la escuela de Parkland reclamaron el sábado al presidente Donald Trump sus vínculos con la NRA, en una manifestación en Florida donde le gritaron “qué vergüenza”, según informó la AFP.
“A cada político que recibe donaciones de NRA: ¡qué vergüenza!”, dijo la joven Emma González, de origen cubano y sobreviviente de la masacre, en un emotivo acto en Fort Lauderdale, tras fustigar a Trump por las millonarias contribuciones que recibió de la NRA durante su campaña presidencial de 2016.
En declaraciones posteriores a la AFP, González también criticó a los legisladores que son “financiados por la NRA que nos dicen que nada podría haber impedido eso (...) o que las leyes de armas más estrictas no reducen la violencia que generan las armas”.
¡Qué vergüenza Donald Trump! ¡Qué vergüenza Marco Rubio!

sábado, 17 de febrero de 2018

Otra vez


Se puede ser muy joven para comprar una cerveza en Estados Unidos, pero no para adquirir un fusil de asalto semiautomático AR-15, la versión civil de un arma militar para matar al mayor número posible en el menor tiempo disponible. Y cuando ocurre una matanza como la sucedida en una escuela secundaria de Broward, todo se resuelve con el comentario del vecino, que señala que el atacante tenia una mirada fría o la socorrida cita bíblica del legislador. Y a esperar por la próxima masacre.
A Donald Trump no lo alteran esos tiroteos, que se repiten constantemente en este país, como para hacerle la competencia a la Coca-Cola y la hamburguesa:  las muertes que ocurren forman parte del paisaje nacional, lo que nos identifica y define.
Cuando algo así sucede, la Casa Blanca y los republicanos en el Congreso miran rápido para otro lado y corren a buscar excusas para no disgustar a la Asociación Nacional del Rifle, que tiene el beneplácito tanto del presidente como de dichos legisladores.
Incluso antes de llegar a la presidencia, al expresar su opinión sobre el ataque a una discoteca en París en 2015, el entonces aspirante republicano afirmó que las víctimas habrían tenido más posibilidades de sobrevivir si hubieran tenido el derecho a poseer armas de fuego. Si no tiene cañón, no salga a bailar: se lo dice Trump.
Luego de lo ocurrido en Broward, vuelve a la prensa el tema de la venta de las armas de asalto, pero sin esperanza de que se haga algo para solucionar el problema, que debiera resumirse en la potencialidad de hacer daño: no es lo mismo utilizar un cuchillo para un ataque que un fusil de asalto.
Se trata de una discusión que se ha tornado bizarra por sus connotaciones políticas y fundamentalmente por los intereses económicos que la sustentan. Fuera de esa fundamentación monetaria, las explicaciones serían tan estúpidas como la aspiración de Trump de convertir cualquier discoteca parisina en una versión del OK corral estadounidense.
Así, tras las frases huecas de ocasión —“las armas no matan, es la gente la que mata”—, las declaraciones de legisladores temerosos y las acciones de los grupos de presión, casi no habrá tiempo para maravillarse de la forma en que un “club de cazadores” se ha convertido en una poderosa maquinaria de cabildeo que literalmente compra políticos y propaga al mismo tiempo las falacias que muchos repiten, convencidos y contentos, o esa letanía al uso que no tiene en cuenta que cuando se introdujo en 1791, en la Constitución de Estados Unidos, el derecho a ir armado, nadie podía imaginarse el poder de un fusil semiautomático: una aseveración formulada bajo la premisa de considerar dicha Constitución como un texto no sujeto a ser interpretado, renovado y revisado de acuerdo a los tiempos que corren; todo como parte de un canon calvinista que si bien está muy arraigado en la sociedad estadounidense, no por ello impide su cuestionamiento: dar a la constitución americana el carácter “sagrado” de un texto bíblico parte de igual superchería religiosa.
Una sociedad democrática pueda ejercer limitaciones a las categorías de armas en venta. Canadá y muchos países europeos las tienen y no por ello sus sociedades son menos abiertas que la estadounidense, ya que la mayoría de sus ciudadanos las aceptan libremente como parte de su compromiso de responsabilidad ciudadana. Lo que resulta preocupante es que una parte de la población de Estados Unidos considere una necesidad primordial el poder comprar una ametralladora. Y lo que es más importante aún: las dudas bien fundamentas sobre el grado de responsabilidad social y personal que tienen muchos de los que adquieren este tipo de armamento. Sin embargo, nada indica que dejarán de sucederse las masacres, gracias al oportunismo político, los intereses creados y el afán de ganancia de los mercaderes.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 19 de febrero.

sábado, 10 de febrero de 2018

La polémica tras el monumento


Tras los esfuerzos para colocar en la Isla una réplica de la estatua ecuestre de José Martí en Nueva York hay una historia que trasciende el monumento.
En la ceremonia de inauguración, que contó con la presencia del gobernante cubano Raúl Castro, así como de representantes del Museo del Bronx —“institución clave para convertir en realidad el sueño de tener una réplica de la obra de Anna Hyatt Huntington en La Habana”, según Cubadebate— y ciudadanos estadounidenses y cubanos residentes en EEUU, que donaron fondos para el proyecto, el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, dedicó palabras de agradecimiento a la recién fallecida directora del Museo del Bronx, Holly Block, “una de las principales promotoras del plan”.
Un propósito que, por otra parte, no estuvo libre de controversia, aunque de ello no habló en La Habana, y tampoco ha sido mencionado en el exilio.
Polémica en el Bronx
A finales de agosto de 2016 se puso que seis miembros de la directiva del Museo de Arte del Bronx habían renunciado a sus cargos, y entre ellos dos —la presidenta de la junta, Laura Blanco, y la vicepresidenta de la institución, Mary Beth Mandanas— habían alegado sus preocupaciones con un programa de intercambio artístico con Cuba, según personas familiarizadas con la situación.
Blanco —una exejecutiva de la industria del espectáculo nacida en Cuba y criada en Miami— expresó, en un memorando adjunto a la renuncia, sus inquietudes por la iniciativa del museo de intercambiar obras con el Museo Nacional de Arte de Cuba. De igual forma, hizo saber su preocupación respecto a los planes de enviar una copia de la estatua de José Martí en el Parque Central de Nueva York a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, informaba The New York Times.
En particular algunos miembros de la directiva se mostraban en desacuerdo con Wild Noise/Ruido Salvaje, la iniciativa del museo anunciada en 2015, para intercambiar obras de arte con el Museo Nacional de Cuba, según dio a conocer entonces CUBAENCUENTRO.
En el momento en que ya se estaba llevando a cabo una campaña de recaudación de fondos, expresó Blanco, fue que ella supo que era poco probable que Cuba prestara obra alguna, debido a los temores de que fuera confiscada para satisfacer las reclamaciones pendientes de ciudadanos estadounidenses, cuyas propiedades en la Isla fueron confiscadas por el Gobierno cubano.
Una advertencia acertada
“La campaña de recolectar fondos para el proyecto Wild Noise/Ruido Salvaje debe ser detenida de inmediato”, Blanco dijo en su memorando. “El museo está solicitando y aceptando dinero bajo el fundamento de que se efectuará un intercambio de obras de arte con el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba en La Habana. No hay posibilidades reales de que ello ocurra”. La advertencia de 2016 resultó acertada, ya que se hizo realidad al siguiente año.
La expresidenta añadió que se sintió “consternada” al ver que Holly Block —directora ejecutiva del Museo de Arte del Bronx desde 2006 y autora de Art Cuba: The New Generation, de 2001— había sido citada en un artículo del New York Times del 9 de junio de ese año, sobre la demora en el programa, y expresado que la posibilidad de una confiscación “había sido una preocupación desde el mismo comienzo“.
La portavoz del museo, Sara Griffin. afirmaba que la institución continuaba trabajando para traer arte procedente de Cuba al Bronx, y que la cuestión de mantener a las piezas seguras —sin la posibilidad de que sean confiscadas— había sido referida a los gobiernos de Estados Unidos y Cuba.
“Si tenemos que posponer la apertura de la exposición Wild Noise/Ruido Salvaje en el Bronx lo haremos, pero el museo se mantiene comprometido con la asociación”.
“Nadie creía que seríamos capaces de montar con éxito la exhibición del Museo del Bronx en Cuba el pasado año”, continuaba. “Pero perseveramos y lo logramos”.
Blanco también había expresado su preocupación por el proyecto de realizar una copia de la estatua de José Martí en el Parque Central y enviarla a Cuba, al costo de $2,5 millones. En el memorando señaló que el presupuesto del museo era de $3,2 millones, y que se había brindado “información inadecuada” a la junta en pleno sobre el proyecto de José Martí, que había sido “inflado” a $2,5 millones de los $1,5 millones originales.
Por su parte, Griffin enfatizó que los esfuerzos de recaudación de fondos para la estatua de José Martí habían sido realizados de forma completamente separada del presupuesto de operaciones del museo, y que no resultaba relevante la comparación de ambas cifras.
“El museo tiene una vulnerabilidad financiera mínima en este proyecto”, recalcó, “así que la comparación con el presupuesto operativo del museo carece de relevancia”.
Lo señalado por Griffin resultó ser cierto en cuanto al dinero. La realización de la copia de la estatua se financió con donaciones privadas. Pero en el proyecto estuvo involucrado extensamente el Museo del Bronx, como se ha reconocido incluso por Cuba.
Al mismo tiempo, en un mensaje electrónico, Joshua Stein, un abogado de bienes raíces, también miembro de la junta directiva, señaló que bajo la dirección de Block el museo había llevado a cabo “un amplio rango de proyectos, desde los estrechamente locales a los muy internacionales”, y añadió que estos “han ayudado a colocar al museo en el mapa, al tiempo que servido a la comunidad inmediata del Bronx”.
“El proyecto José Martí y Wild Noise, en particular, fueron llevados a cabo con el apoyo total de la junta”, señaló, añadiendo que el proyecto Martí “encaja muy bien con nuestros intereses, como institución, en el arte cubano”.
Aquí quedaba claro el interés de cierto sector empresarial estadounidense, y de ciudadanos de este país en realizar negocios con Cuba. Señalar el hecho no constituye una valoración de dicho empeño, pero es necesario —desde el punto de vista periodístico— para dejar en claro los intereses en juego, que no se limitan al arte y el intercambio cultural.
Hay que agregar que algunos artistas del Bronx consideraron entonces que el museo era selectivo respecto a los artistas cubanos, al destacar aquellos que vivían en la Isla mientras rechazaban a los cubanos de la localidad.
“Ellos únicamente realizan la presentación de los artistas cubanos que mantienen sus vínculos con el Gobierno o que viven en Cuba”, expresó el fotógrafo Geandy Pavón. “Los artistas del exilio no encuentran ser representados aquí”.
Una exhibición dilatada
Tras la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump aumentaron aún más las dificultades para la segunda parte de Wild Noise/Ruido Salvaje, que se encontraba en preparación desde 2016.
“No recibimos un no de parte de ellos[,] pero tampoco obtuvimos el sí final”, le dijo Block a The New York Times, en enero de 2017, sobre la respuesta de Cuba al préstamo de obras.  
Según el plan original, La Habana estaba supuesta a enviar 60 obras para una exhibición en 2016, que venía dilatándose sin resultados.
Ante la negativa del Gobierno cubano de un préstamo vital para esta segunda exhibición —la primera, con 80 obras de artistas estadounidenses ya se había efectuado en La Habana en 2015—, el museo optó por llevar a cabo una versión reducida del proyecto, con obras de su propio fondo artístico y otras prestadas por coleccionistas privados, que se inauguró el 17 de febrero de 2017.
Aunque no por ello la exhibición estuvo libre de críticas.
Tania Bruguera, con obras en la colección del Bronx, vetada en Cuba y sometida a arresto domiciliario en la Isla, pidió al museo no ser incluida en la presentación.
A Bruguera se le había negado la entrada, en el Museo Nacional de Cuba, para ver la primera parte Wild Noise/Ruido Salvaje, según había reportado The New York Times. Bruguera le había solicitado a Block que interviniera al respecto.
“Se lo pedimos, pero ella nunca ha firmado nada en protesta sobre lo que me ha pasado a mi o a cualquier otro artista en Cuba, en las ocasiones en que hemos sido reprimidos”, dijo Bruguera a The New York Times.
Por su parte, Block dijo que ella sí intervino, aunque sin resultados, y agregó que, de hecho, Bruguera estaba tratando de ver otra muestra diferente en el museo cubano cuando se le negó el acceso.
Cabeza Abajo/Head Down es el título de la obra de Bruguera con la que cuenta el Museo del Bronx, un vídeo performance de 1996, y que la institución pensaba incluir en la exhibición, pero que retiró para cumplimentar con la petición de la artista.
Posteriormente Bruguera criticó al museo por presentar una muestra poco crítica con el Gobierno cubano.
Sin embargo, aunque la presentación no fue tan “salvaje” como su título anunciaba, no estuvo ausente de obras críticas con la situación cubana. Entre la treintena de artistas presentados —la exposición se refiere al arte realizado a partir de 1970—, hay una variedad de tonos que van de los más matizados y sedados a los más fuertes y agrestes.
Entre los artistas representados figuraron José Bedia, Pedro Pablo Oliva, María Elena González, Glenda León, Humberto Díaz, Los Carpinteros, María Magdalena Campos-Pons, Kcho, Ana Mendieta, Belkis Ayón y Wilfredo Prieto.
Por otra parte, si el Gobierno cubano hubiera accedido a brindar obras que pertenecen al Museo Nacional, el resultado habría sido menos “politizado” aún, según señaló Holland Cotter en The New York Times.
Pompa y circunstancia
La inauguración de la replica de la estatua ecuestre de Martí en La Habana se limitó a un acto protocolar, el terreno donde se mueve con mayor comodidad el Gobierno cubano. Toda esta historia de acuerdos y desacuerdos, incumplimientos, críticas, intransigencias —donde entran distintos posicionamientos y empeños‑
— guarda relación con los complejos nexos entre el arte y la política. Aquí entran desde cualquier forma de oportunismo hasta los diversos grados de temor y docilidad, así como el sometimiento y estirar principios y fines para lograr un propósito. De funcionarios, artistas y adulones habla esta historia de empeños, frustraciones, falsedades e intereses ajenos al arte y más aún a la rebeldía: Martí reducido, una vez más, a esa sumisión, pompa y ceremonia de la que era tan ajeno.

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