lunes, 11 de diciembre de 2017

Fama e infamia en «La reina de España»


Una escena de La reina de España (2016), de Fernando Trueba, me devolvió no a España ni al cine ni a lo que he leído sobre el franquismo, sino a lo que respondió Guillermo Cabrera Infante cuando le pregunté por la fama: “Andy Warhol dijo que todo el mundo debía ser famoso durante 15 minutos. Debió decir que todo el mundo es famoso solo 15 minutos”. Aunque mencionar a Warhol no es lo que importa aquí, ni hablar de la fama siempre tan vana, tan solo recordar lo que vino luego; lo que contó con gracia Guillermo como un ejemplo de descaro que era más que todo desenfado:
Una actriz española, famosa entonces, actuaba en La Habana. Era una mujer desenfadada, un si es no es lesbiana. El incidente, la anécdota o lo que fue ocurrió durante una representación de La Dama Boba. Aguardando su turno para salir a escena, la actriz se sentó tras bambalinas a fumarse un cigarrillo. Cruzó la pierna y encendió no sólo un Camel sino también la imaginación erótica de un tramoyista próximo, que se acercó al amor de la lubre o a la lumbre del amor. Acto (primero) seguido le puso él a ella una mano en la tersa rodilla visible, luego metió mano en lo invisible y finalmente franqueó lo que en España se llaman bragas. Todo este tiempo la española no había dejado de fumar y sí había dejado hacer al cubano sigiloso. Ahora arrojó ella la colilla al suelo, miró al intruso en el polvo cara a cara y le dijo: “Ha llegado usted a su meta —¿y ahora qué?”.[1]
“Fin del acto. O después de la fama la infamia”, agregó, y no supe ni lo podía saber él tampoco que al contar esa anécdota estaba anticipando no solo la escena que yo vería ahora —gracias a Netflix y con un año de retraso—, sino la mejor crítica que puede hacerse de esta película. De fama e infamia trata La reina de España, pero lo mejor que puede decirse de ella es que es una película que en medio de una trama trillada por momentos nos sorprende, levanta la atención de quien la está viendo y recuerda que está hecha por un director de mérito, aunque no es una buena película.
Uno de los problemas con La reina de España es que intenta abarcar mucho —el franquismo, un homenaje al cine, la comedia y el drama, la simulación y el compromiso, varias historias de amor, y con un montón de guiños y referencias para iniciados— con un estilo y un desarrollo demasiado convencional y facilista para tantas pretensiones. Pese a ello, hay que agregar que Trueba ha logrado un espejo perfecto de la película dentro de la película: lo que vale por encima del engendro cinematográfico que esos norteamericanos —famosos y despistados— están realizando en España por razones financieras, y con el consentimiento de Francisco Franco por motivos políticos y económicos, son los destellos de buena actuación con los que Trueba intenta decirnos que pese a todo, cualquier película, y en especial cualquier película estadounidense, merece verse; una visión por otra parte simplista y que responde más bien a un criterio solo válido para el cine de Hollywood hasta el inicio de la década de 1960.
En un ejercicio que ya han practicado otros —escritores y directores de cine— Trueba ha sacado su representación imaginada de directores, guionistas y actores y los ha metido en esta película, caricaturizados pero con añoranza. A veces esa caricatura de poner a filmar en España a un director alcohólico y siempre dormido —con estampa de John Ford y algo de John Houston— y a un notorio guionista comunista y en la lista negra —Dalton Trumbo— desperdiciando su talento en bodrios de paso, que en la secuencia más delirante del filme entona himnos de la republicanos de la guerra civil, decepciona más por lo burda que por lo insólita.
Precisamente es en los actores donde radica el principal mérito de La reina de España —que cuenta con un reparto destacado— y la película es ante todo Penélope Cruz. Cuando ella está bien —y no siempre está bien— quien la contempla olvida el resto.
Junto a Penélope Cruz, Loles León se limita a repetir una actuación única y repetida en tantas cintas de Almodóvar; Rosa María Sardá no hace más que ser Rosa María Sardá y Ana Belén a mostrarnos que envejece no muy bien. Por otra parte, la presencia dominante de actrices de Almodóvar hace que por momentos uno se pregunte si no se ha equivocado de película.
En cuanto a los actores, Antonio Resines, el protagonista masculino, se ajusta a realizarlo con la discreción que impone su papel; Javier Cámara está bien, pero uno vuelve a pensar que con Almodóvar lo ha hecho mejor, y el realizador mexicano Arturo Ripstein es una presencia agradable y breve.
La reina de España es el clásico ejemplo de la maldición de las segundas partes. Con igual reparto, los mismos personajes, argumento parecido y motivaciones similares, Trueba realizó en 1998 La niña de tus ojos, una cinta excelente que desde hace años quería repetir. Sin embargo, la ironía y el desenfado de aquella se ha perdido aquí —quizá en parte por el traslado de la Alemania nazi a la España franquista— y la infamia y la fama han demostrado no solo ser vanas como tantas veces: también banales. 

[1] “Cabrera Infante: Entrevista con música adentro”. En Cultura sin miedo. Edición de Soren Triff. P. 45.

martes, 5 de diciembre de 2017

¿Con libreta o sin libreta?


Desde hace años, la libreta de abastecimiento cubana atraviesa por una agonía que, es de esperar, concluya con una muerte por adelgazamiento. Al final no habrá gran mérito en eliminar un documento que ya cuenta con más de cincuenta años, un verdadero récord. La cuestión fundamental es que ésta tiene dos aspectos, aunque se tiende a enfatizar uno y olvidar el otro.
Siempre se menciona a la libreta como el instrumento que regula la cantidad que se puede adquirir de un producto alimenticio, desde frijoles hasta algún tipo de lo que se llama eufemísticamente ”producto cárnico”. Esta función reguladora y restrictiva es objeto de crítica, en Cuba y el exilio, desde hace décadas.
Pero  hay otra función que cumple la libreta, la de canasta básica de alimentos: un medio que permite la adquisición de alimentos subsidiados. En este sentido “libretas” similares han existido en otros lugares, y siempre se le han visto en un sentido positivo. De hecho, si la libreta termina por desaparecer, es posible que el Gobierno cubano se vea obligado a poner en práctica alguna forma de subsidio, para un grupo básico de alimentos, destinado a las familias menos favorecidas.
En el pasado el gobernante Raúl Castro se ha referido a este sentido y no a la función igualitaria que con poco éxito la libreta ha desempeñado durante tantos años. No deja de resultar conveniente que se impusiera un enfoque más realista sobre la situación en que se encuentra la Isla, pero al mismo es de lamentar lo poco que se ha logrado en superarla: la libreta sólo resuelve, a duras penas, la alimentación por algunos días, y siempre ha provocado más rechazo que cualquier otro sentimiento y opinión.
Es cierto que  los precios de los productos cubanos que brinda la libreta están subsidiados por el Estado cubano. Pero al mismo tiempo, los precios de los mismos artículos, cuando se adquieren “por la libre” son excesivos, incluso en comparación con el mercado norteamericano. Esto, por supuesto, sin tomar en consideración la diferencia abismal entre los salarios entre las dos naciones.
Como los productos por la libreta no cubren ni remotamente las necesidades mínimas y el problema de la falta de alimentos en los establecimientos estatales es ya una situación endémica en Cuba, el gobierno de Raúl Castro intentó organizar un poco mejor la economía, combatir la corrupción e incentivar ciertos sectores productivos como el campesinado. Sin embargo, los resultados han sido muy limitados. Lo que ocurrió fue el establecimiento de una situación que los cubanos no conocieron por décadas, pero que en los últimos años ha vuelto a acostumbrarse a ella: artículos en los establecimientos, pero sin dinero para comprarlos: mirar y no poder adquirir. ¿Culpa del “bloqueo” también?
En buena medida, lo que impide el avance en la economía cubana es el tratar de mejorar un modelo obsoleto. Es como empeñarse en echarle aceite a los ejes de una carreta tirada por bueyes, con la ilusión de que va a poder competir favorablemente contra un tractor.
Cuando Fidel Castro se vio obligado a realizar un traspaso temporal del poder debido a su enfermedad, muchos pensaron que Raúl Castro, una vez en el poder de forma permanente, desarrollaría un modelo similar al chino. Pero nada de ello ha ocurrido. El que Fidel Castro se recuperara en cierta medida de su padecimiento fue posteriormente uno de los factores más repetidos para justificar la falta de avance en las prometidas reformas estructurales. Pero tras un año de su fallecimiento la única realidad imperante en Cuba es que poco o nada ha cambiado. Y en algún sentido, uno que otro cambio ha sido para peor.
Por ello una mirada hacia atrás no permite muchas esperanzas en un supuesto Raúl Castro partidario del modelo chino. En los años 90, que fue el momento de mayor liberalización económica, las Fuerzas Armadas Revolucionarias iniciaron una gran expansión de sus actividades económicas, pero sin inclinarse a llevar a cabo un proceso de reformas de mercado sino a buscar la financiación de sus propias fuerzas, y de paso el enriquecimiento o al menos la mejora del nivel de vida de los oficiales. Aquí también puede argumentarse que Fidel Castro fue el elemento de freno a la ampliación de este proceso, pero  hay elementos  para pensar que los motivos que frenan el desarrollo económico trascienden el simple marco de la gestión y tiene un aspecto político fundamental.
Ese modelo empresarial en manos de las fuerzas armadas fue extendido luego, pero lo que ocurrió fue un crecimiento en el número de entidades y recursos a su cargo. En su totalidad, la economía cubana no ha avanzado siquiera hacia un sistema empresarial con mayor eficiencia, con independencia de que la propiedad de los medios de producción continúe en manos del Estado
Cuando Raúl habló de “reformas estructurales”, en algunos casos “profundas”, se albergó la esperanza de una transformación del sistema al menos en sus aspectos económicos, pero en la práctica, y en el mejor de los casos, ello solo se ha referido a diversos factores organizativos, que a una ampliación sustancial del limitadísimo sector de la producción y los servicios por medios privados.
La afirmación tantas veces repetida por el Gobierno cubano, que la empresa estatal socialista continuaría siendo determinante, “... con un poco más de eficiencia”, solo se ha cumplido en su primera parte. Si ha cierta eficiencia en algunas empresas en Cuba son aquellas de capital mixto.
La búsqueda de eficiencia ha cedido ante la necesidad de un reparto amplio de los poderes, que se traduce en alianzas y compromisos que se justifican desde un fin político pero no económico.
Por ejemplo, el Gobierno de Raúl ha disminuido el número de ministros, pero al mismo tiempo aumentado el de los vicepresidentes. Aun suponiendo que esta estrategia tuviera como objetivo ampliar la dirección colectiva, hay algo distorsionado en ella, de acuerdo a la capacidad productiva, el comercio y el tamaño del país. Los problemas económicos de Cuba no dependen de la reducción ministerial o el cambio de carteras.
La conclusión es que, al tiempo que el aparente esfuerzo por disminuir o eliminar la hipertrofia de la superestructura gubernamental de la Isla se ha convertido en una especie de “mover fichas”, sin resultados notable, tampoco se han realizado otras trasformaciones que se requieren para iniciar al menos la adecuación de la estructura económica a la realidad del país, desde la disminución del número excesivo de centros universitarios hasta el traspaso de labores del comercio minorista y los servicios a manos privadas, algo que  no hay intenciones de llevar a cabo.
El gobierno de Raúl Castro ha tratado de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado pague sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que paga por los productos agrícolas y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes quieren cultivarlas. Hasta el momento, los resultados de tales planes han sido pobres.
Tras las primeras esperanzas de cambios, además del uso de la represión, el gobierno de Raúl Castro  ha dependido, para su legitimidad, de la herencia revolucionaria legada por su hermano y no de una eficiencia pretendida y no alcanzada. Sin embargo, al parece la cúpula gobernante cubana parece atrapada en el hilo tenue de continuar tensado esa legitimidad heredada —ahora mediante ceremonias repetidas de recordación bajo techo más que actos en la Plaza— y el subsistir al frente del Gobierno pese a su torpeza. Una mayor capacidad administrativa permitiría a esa misma elite —o sus herederos— continuar disfrutando de “las mieles del poder” sin tener que depender tanto del ejercicio de la represión y la escasez como instrumentos de distracción. Al final, la solución más fácil ha sido dejarlo todo en manos de la biología. Solo que la situación biológica ha demostrado no solo ser efectiva sino implacable, y tal resultado no puede proseguir sin dejar al menos un plan de salida y permanencia para la nueva y futura clase gobernante. Aquí radica lo que hasta ahora no son más que especulaciones para el próximo año en la Isla.
Por supuesto que dentro de estos planes no deben estar contemplado no solo el modelo de reparto del poder, sino las posibles medidas que afectarán a la población. Y aquí es donde cabe la pregunta sobre el futuro de “la libreta”.
La libreta “se ha venido convirtiendo, con el decurso de los años, en una carga insoportable para la economía y en un desestimulo al trabajo, además de generar ilegalidades diversas en la sociedad”, dijo Raúl Castro al comienzo de su mandato, cuando hablaba de la eliminación de “subsidios y gratuidades indebidas”. Por entonces se pensaba que la nueva política sería subsidiar a personas con bajos ingresos, ya no productos. Pero nada se ha avanzado en este sentido.
“Con la libreta nadie puede vivir, pero sin la libreta hay mucha gente que no puede vivir”, dicen muchos cubanos en la actualidad.
¿Con libreta o sin libreta? Dar una respuesta a esta pregunta será una de las labores de quien ocupe la presidencia cubana a partir del próximo año, si se produce el esperado cambio.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Sin Castro y con problemas


Hoy se cumple un año del fallecimiento de Fidel Castro. Entonces, tras el momento inicial de llanto y jolgorio —fenómenos temporales pero necesarios— había un hecho que asimilar. Ahora, los doce meses transcurridos han hecho poco para definir el alcance de esa muerte. Más bien, en la Isla y el exilio, se ha asistido a otro paréntesis, como si el velorio se dilatara tras el entierro y el inicio de una nueva vida fuera aún una prórroga para el cadáver.
Durante décadas Castro  marcó el destino de demasiadas vidas, lo que significa que algo tan definitorio como la muerte no podía ser pasado por alto. Pero en realidad se ha asiste a una sensación de vacío e impotencia.
Hasta hace algo más de 20 años, en Miami la idea de que Castro muriera en la cama era difícil de asimilar. Luego fue imponiéndose poco a poco.
En la época final de su vida, más allá de los estragos de la enfermedad, el vejamen que constituye envejecer y las imágenes que presentaron un deterioro físico, siempre estuvo presente el hecho de que, pese a todo, Castro impuso las reglas del juego, hasta en su tozudez ante la muerte.
Para quienes vivían en la Isla, acostumbrarse a su ausencia cotidiana fue un fenómeno natural y de fecha, en concordancia con la generación a la que pertenecía, y de las siguientes que tuvieron que admitirlo.
Para muchos Castro ocupó una vida: vivieron y fallecieron sin conocer otro gobernante. Esa carga emocional no  ha sido fácil de incorporar. Los gritos y sollozos, las muestras de pena y alegría, los actos de homenaje y rechazo pudieron apenas canalizar el enorme significado del hecho.
En el exilio, tras la reacción original, han terminado por imponerse dos sentimientos, al parecer opuestos pero en el fondo complementarios. El primero tiene que ver con cerrar un capítulo. El segundo con el fin de una ilusión.
No Castro, no problem” fue en una época una pegatina favorita en los automóviles de los exiliados. Castro, sin embargo, vivió lo suficiente para demostrar que su desaparición física no sería el fin del agobio: su salida no es sinónimo de un salto atrás en el tiempo, una vuelta a la Cuba de los años 50.
Ahora que se especula la salida o no de su hermano menor de la presidencia en la Isla, pocas son las ilusiones de un cambio real. Los problemas persisten tras los Castro.
Se pensó que con la muerte de Fidel Castro se agotaban las justificaciones para no hacerlo distinto. Durante décadas en Cuba se aprendió a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. También durante décadas ha imperado una actitud de no arriesgarse, de creer en el azar, de resignarse a la pasividad. Nada de esto ha cambiado tras la desaparición física de Fidel Castro. Si para muchos cubanos el abandono del país significó el lograr un destino sin su presencia, hay toda otra gama emocional —definida por la geografía y la historia— que encierra sentimientos que van más allá de la partida. Algunos han tratado de doblar la página y seguir adelante, a otros no les ha resultado tan fácil. Si habían logrado desterrar de su vida a la figura del “Comandante en Jefe”, el día que este falleció, de forma consciente o no, tuvieron que plantearse la alternativa de olvidar o no el hecho lo más rápido posible. No lograrlo sería otra frustración. Intentarlo al menos una mayor esperanza. Para otros, más desafortunados, Fidel Castro permanecerá muerto demasiado tiempo.
Otra cuestión, también emocional, pero sobre todo de índole política y con consecuencias ordinarias, es lo que ocurrirá en Cuba en un futuro más o menos cercano.
Esa especie de muerte en palacio colocó a la aritmética de la vida en un primer plano, y alimentó las ilusiones en Miami por un breve momento de gritería callejera. Pero la muerte de Castro no ha significado la ruptura del concepto feudal del tiempo que ha imperado en la Isla durante décadas. Aún no ha concluido la eternidad del momento consagrada el 1ro. de enero de 1959. Lo que ha imperado durante este año es simplemente otro juego de abalorios: desfiles a un cementerio de elefantes que se niega a la definición de huesos. Solo en la fidelista Miami encontró cabida para tanta esperanza. En este sentido, los dos hechos más significativos del mes de noviembre del pasado año —la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y el fallecimiento de Castro— por algunos meses lograron revivir en dicha ciudad la ilusión de darle marcha atrás al almanaque. Pero la realidad ha terminado por imponerse, tanto en lo que respecta a Cuba como a EEUU, un completo retroceso es imposible.
Parafraseando a Sartre: con Castro muerto, algunos exiliados se han sentido obligados a crearlo de nuevo: lo necesitan imperecedero, eterno, permanente en sus vidas. Si antes lo requerían vivo, para creer que estaba muerto, luego —paradoja una y mil veces repetida— se aferraron a que su desaparición física abría la posibilidad de arrancar las páginas de un calendario ya inexistente. En la Isla, más allá de una presencia constante en los medios supuestamente informativos, el reclamo constante a un Castro siempre vivo o imperando en cada uno no es más que acto de esquina, retreta pueblerina celebración de patio escolar.
En Cuba aún se conjugan tres dominios, que con frecuencia se confunden y se han mantenido unidos en las figuras de Fidel y Raúl Castro: el militar, el político-ideológico y el administrativo.
El cambio fundamental e inmediato a la salida del poder ―por vía biológica o voluntaria― de ambos hermanos Castro, será la ruptura de esta triada. Que uno esté muerto no anula al otro. Entender ese camino evita confusiones sobre el traspaso de mando. En Cuba no se producirá ni una herencia de la autoridad, al estilo Corea del Norte, ni tampoco una transferencia generacional que omita los orígenes.
Lo fundamental en esa transición no es detenerse en datos y vericuetos, que intenten vaticinar el papel presente o futuro del coronel Castro Espín en ella ―y caer en el viejo esquema del Fidel Castro omnipresente tan afín al exilio de Miami: en este caso con el sobrino desempeñando el papel―, sino comprender que desde años se ha establecido un nuevo modelo que subordina ideología, política y administración al poder empresarial, solo que en términos cubanos.
De esta forma, los militares continuarán en el centro de la ecuación, ya transformados en el principal poder económico, una vez que Raúl Castro desaparezca, pierda capacidades como su hermano, o se haga realidad la suspicaz promesa de su retiro. 

jueves, 23 de noviembre de 2017

La sorpresa chilena


En la política Chile ha sido, en ocasiones, el más tranquilo de los países latinoamericanos, y en otras el más revoltoso o más violento. Acaba de volver a suceder, no con la fuerza de antaño —afortunadamente—, pero sí de forma sorprendente. Lo que parecía iba a ser una votación más, con un candidato favorito en las encuestas —Piñera— dio unos resultados que han conmocionado al país: las divisiones son mayores de lo que se pensaba y dos fantasmas —la izquierda militante y la ultraderecha rotunda— vuelven a recorrer la nación sudamericana.
Sebastián Piñera, de centro derecha, logró su victoria anunciada, aunque con un margen tan estrecho que hace dudar si logrará la presidencia. El candidato oficialista y de la centro izquierda, Alejandro Guillier, alcanzó un segundo lugar que visto solo en cifras lo encaminaría a una derrota en la segunda vuelta, pero ahora cuenta con la posibilidad de explorar algunas opciones que podrían culminar en un difícil triunfo; en su contra tiene un elemento clave: es un pésimo candidato, y eso lo saben todos los chilenos.
Los resultados numéricos presentan un panorama que, a primera vista, no parece ofrecer dudas: Piñera con el 36% de los votos y Guillier con el 22%. Visto así, pues podría decirse que el primero tiene asegurada la entrada en La Moneda. Pero estos números no lo dicen todo.
La gran sorpresa electoral fue el izquierdista Frente Amplio, que logró un inesperado 20% de la votación. La otra sorpresa electoral, pero en menor medida cuantitativa, es que el del pinochetista ultraconservador José Antonio Kast obtuvo el cuarto lugar en los comicios, con 7,89% de los votos.
De esta forma, la centro derecha tradicional y la ultraderecha renovada suman 44%. Y la centro izquierda también tradicional y la nueva izquierda militante contarían con el 42%. Kast ya ha prometido el apoyo sin condiciones a Piñera, mientras que con el Frente Amplio la cosa es más difícil para Guillier. Además de grandes diferencias ideológicas y problema aún sin resolver de cuotas de poder e inclusión de propuestas, es muy difícil que dicha izquierda termine por apoyar a un candidato que han repudiado desde el principio.
Para complicar aún más la situación, está el problema endémico en Chile de la baja palpitación electoral, con una abstención en las urnas superior al 53%. A estas alturas, el debate televisivo entre ambos candidatos finalistas podría resultar la clave del triunfo para uno de ellos.
Sin embargo, la noticia tras el escrutinio ha sido la entrada en la política chilena del Frente Amplio: las encuestas habían vaticinado que solo lograría un 8% y sacó un 20%. De nuevo, y esta vez en Latinoamérica, las encuestas volvieron a equivocarse.
Al igual que Argentina, Chile es el más europeo de los países latinoamericanos. Por eso no debería extrañar la llegada al panorama político de una agrupación amplia y diversa, como el Frente Amplio, que guarda semejanzas con el Podemos español.
Al igual que Podemos, que nació fundamentalmente como un movimiento de protesta en las calles madrileñas y en circunstancias de crisis política y social muy específicas, el Frente Amplio tiene entre sus líderes algunos de los protagonistas de la revolución estudiantil de 2011 en Chile. No es que todos sus miembros sean jóvenes, al igual que no lo son todos los podemistas, pero proyecta la imagen de un partido joven, no solo por la edad de sus participantes sino por su proyección política de renovación —más allá de las diferencias tradicionales entre izquierda y derecha— y su retórica más audaz.
En el caso del Frente Amplio, la juventud de sus dirigentes les impidió presentarse directamente a la candidatura, porque no cuentan con los 35 años necesarios, y eligieron para ese puesto a Beatriz Sánchez, una conocida periodista, que logró un resultado que ha sorprendido a todos. También como en sus inicios Podemos, han planteado una participación inclusiva —en el caso de Podemos, y una vez constituido en partido político importante en España y con participación como diputados en el proceso legislativo español y en las labores de gobierno en las autonomías y municipios, tal política inclusiva ha resulta en muchos casos, aunque no en todos, una farsa— donde el punto de unión y de destaque es una visión extremadamente crítica a la gestión de gobierno y el establishment, con independencia de la nominación bajo las etiquetas usuales de izquierda y derecha.
En lo que lo tiene realmente difícil Guillier —que se hizo con la candidatura de la centro izquierda sin militar en ningún partido— es conseguir un pacto electoral con una agrupación que, por principio, piensa que ahora lo primero es destruir una forma de gobernar establecida durante décadas que crea alianzas que lo comprometan a formar parte de aquello que detestan, que  ha logrado un resultado espectacular. En este sentido, la única opción para Guillier sería el comprometerse con reformas de fondo que son las que exigen los partidarios del Frente Amplio, pero así y todo es más difícil aún ganar su confianza. Por otra parte, y con la presencia política ya obtenida, así como el factor edad de su parte, es posible que los del Frente Amplio consideren mejor intensificar sus críticas desde afuera y preservarse para la próxima elección presidencial.
Sin embargo, con cada día más cercana la votación definitiva del 17 de diciembre, crece en Chile un ancho frente anti Piñera, en que Guillier está recibiendo nuevos apoyos, entre ellos el del expresidente Ricardo Lagos, su gran rival interno. Esto se traduce en que la batalla se vea cada vez más, entre el multimillonario y el periodista, aunque no deje de ser una simplificación de términos. Y, lo que resulta hasta cierto punto paradójico pero no tanto, la cantidad de votos lograda por Kast, que ahora lo apoya, puede terminar por perjudicarlo: un remanente del pinochetismo no es algo del agrado para la mayoría de los chilenos.
En lo que se equivocaron, tanto analistas como encuestadores, fue en considerar el rechazo a las políticas de Michelle Bachelet —que logró alcanzar un 70%— como una preferencia hacia un rumbo neoliberal. Si bien el priorizar el desarrollo frente a políticas sociales ha caracterizado la pérdida de popularidad de Bachelet, ha pesado más la crítica a su gestión que su énfasis en unas reformas que, en última instancia, no han satisfecho ni a los de un bando ni a los del otro. La necesidad de una renovación en la gestión gubernamental, más allá de los matices tradicionales, ha resultado definitiva en la primera votación. Se sabe que Piñera simplemente representa una vuelta a una etapa de gobierno ya conocida. Guillier, por su parte, no despierta muchas esperanzas o esperanza alguna. Al final, es muy posible que la elección se defina no por el voto a favor sino en contra. Y hasta el momento, todo parece indicar que la duda se prolongará hasta las urnas y continuará siendo una decisión difícil para los chilenos votar por el “menos malo”.
Para la elaboración de este texto se ha utilizado información aparecida en el diario español El País. 

Sin patria, pero sin dólares


Al igual que el embargo. Como ocurrió con las incursiones armadas y los actos de sabotaje. La política de Washington hacia la disidencia es un fracaso.
El fiasco se hace manifiesto en momentos en que la oposición cubana atraviesa por una etapa de retraimiento, en buena medida debido al constante hostigamiento por parte del régimen.
Nacida con total independencia de Washington durante la época en que surgió la primera disidencia, el concepto se ha ampliado y repetido por la prensa en una extensión que resulta fácil de usar aunque imprecisa y de cuya práctica no es inocente este articulo.
En la actualidad, la oposición cubana conforma un cuerpo heterogéneo y hasta cierto punto amorfo. Pero en cuanto a imagen en el exterior, siempre enfrenta igual problema: mientras algunas de las organizaciones no reciben fondos de Washington, el argumento del dinero sirve para demonizarlas a todas.
Al mismo tiempo, el tratar de silenciar las críticas respondiendo que sirven a los fines de La Habana es repetir la vieja táctica de aprovecharse de la conveniencia política para obtener objetivos personales.
El tema de la ayuda a la disidencia gira más sobre el mal uso de los fondos que alrededor de las necesidades que cubren. No se trata de convertir en un pecado a priori el aceptar dinero del exilio, pero cuando éste proviene de un gobierno, no solo existe siempre la sospecha de que “quien paga manda” sino el peligro de injerencia extranjera.
La amenaza de una excesiva dependencia política al dinero estadounidense no parece preocupar a gran parte de oposición en la Isla, ni ha desencadenado una respuesta efectiva en el exilio. No hay el intento de suplantar con fondos cubanos la mayor parte del dinero destinado a los afanes democráticos en Cuba, lo que no niega que organizaciones privadas realicen envíos.
Han sido la impericia y la sospecha de mal uso los que han llevado a cuestionarse y tratar de reducir los fondos en determinados momentos. Sin embargo, la norma de sustentar estos esfuerzos con fondos proporcionados por los contribuyentes de Estados Unidos permanece en pie. Mientras esta es la cara más visible del problema, la crisis es mucho más profunda.
Por encima de los comentarios y las anécdotas sobre compras incongruentes y  gastos exagerados, planes estrafalarios que solo han significado un despilfarro de dinero, vale la pena reflexionar acerca del papel que desempeña una disidencia que depende de los fondos del Gobierno de EEUU para existir.
Por décadas Washington estuvo empeñado en repetir en Cuba lo hecho en Haití, Afganistán, Irak y los países participantes en la fracasada ”Primavera Árabe”: utilizar a exiliados y opositores para sus planes, aunque con la distinción de que no hay un objetivo de invasión militar a la Isla por parte de la Casa Blanca.
El traspaso de poder, de Fidel Castro  a su hermano Raúl, no alteró los puntos cardinales de esta estrategia, hasta el anuncio del presidente Barack Obama el 17 de diciembre de 2014.
Hasta esa fecha, los aspectos fundamentales de la política establecida durante los dos mandatos del presidente estadounidense George W Bush fueron el abandono de una confrontación bélica, un aumento de la presión económica, el fin de los intercambios culturales y educativos, la inmigración controlada y el énfasis en la colaboración con los grupos opositores afines al exilio conservador de Miami. Esta estrategia limitó aun más la de por sí reducida capacidad de acción de una disidencia más preocupada por las libertades políticas que por destacar la urgencia de un programa de justicia social.
Ya con anterioridad al 17 de diciembre, Obama había cambiado algunos puntos de esta táctica, en lo referido al aumento de remesas y ampliación de viajes, así como en lo que respecta a los intercambios culturales. Aunque el anuncio de diciembre aumentó las posibilidades en este sentido y abrió las puertas a un mayor apoyo a la pequeña empresa privada y el trabajo privado autorizado en la Isla, hizo aún poco en favor de un enfoque más amplio, más allá de lo económico, en lo que respecta a la sociedad cubana. En la práctica, el paréntesis abierto por Obama brindó pocos resultados por su corta duración y la negativa empecinada del régimen cubano de llevar a cabo una abertura —incluso limitada a aspectos económicos y no políticos— en favor del cubano de a pie. Sin embargo, y a diferencia de otros aspectos en el terreno nacional e internacional, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca no ha significado hasta el momento una vuelta atrás por completo y un borrón absoluto a lo hecho por Obama. Eso sí, el Gobierno de Trump ha tenido buen cuidado en conservar aquellos cambios que benefician a determinados sectores empresariales estadounidenses, mientras al mismo tiempo ha decidido perjudicar al cubano de a pie, tanto en la Isla como en Miami a los que tienen familiares en Cuba con intenciones de emigrar con el fin de una reunificación familiar. Falta por ver si en la era de Trump se mantendrá la generosidad económica con los opositores cubanos iniciada bajo el mandato de Bill Clinton.
Una cosa es aspirar a que se adopten los beneficios de un sistema democrático similar al estadounidense —cuyas virtudes y defectos lo sitúan por encima del actual régimen cubano— y otra muy diferente es empeñar la gestión opositora con la sospecha de una dependencia excesiva a la política de un gobierno extranjero.
El intento iniciado por el Gobierno de Obama, de cambiar las reglas en lo que respecta las relaciones gubernamentales entre Washington y La Habana, se caracterizó por su énfasis en definir una nueva relación con los factores que podrían contribuir al avance de una nueva situación en la Isla, pero fundamentalmente en lo económico: su administración estuvo empeñada en la apuesta en favor de la incipiente y limitada empresa privada y los cuentapropistas, mientras que al mismo tiempo trató de infundir confianza —al menos en declaraciones y gestos por lo general simbólicos— en que mantenía en pie su apoyo a lo que consideraba el movimiento opositor.
Sin embargo, desde el inicio esa actitud estuvo condenada a un doble fracaso,
En primer lugar porque parte de ese sector opositor se definió —de forma radical y para beneplácito de su sector de apoyo monetario en el exilio—  por su rechazo al nuevo enfoque de la Casa Blanca. Prefirió mostrarse fiel a Miami, a los congresistas cubanoamericanos y a determinadas agencias que directamente e indirectamente forman parte del Gobierno estadounidense, pero que conservan una independencia relativa, como es lógico dentro de la democracia  —los cuales en resumidas cuentas eran y son los que influyen o determinan a la hora de otorgar fondos— y por lo tanto nunca se mostraron dispuestos, durante ese breve período de tiempo, a contribuir a esa vía de desarrollo, sino todo lo contrario: a entorpecerla.
En segundo, y más importante, porque la nueva aproximación de la Casa Blanca al caso cubano dependía para su éxito —en última instancia— de lograr captar la confianza no solo en ciertos sectores del propio Gobierno dentro de la Isla, sino en la creación de un marco que trascendiera el considerar la oposición al régimen simplemente como el enfrentamiento a la falta de libertades democráticas —una actitud moral válida pero limitada— y que buscara un enfoque inclusivo que estableciera un futuro negociado, donde la entrada de nuevos factores no fuera a cambio de la salida obligatoria de quienes actualmente participan en la gestión de gobierno. La inherente naturaleza totalitaria del régimen —por encima de rasgos aún incipientes de un avance hacia un sistema autoritarismo al estilo ruso— han impedido hasta el momento el más mínimo avance en este sentido. Lo que existe actualmente en Cuba es, una vez más, un compas de espera que se fundamenta en la posibilidad, por cierto aún no absolutamente clara, del abandono de Raúl Casto de la presidencia del país, aunque mantenga sus cargo al frente del Partido Comunista.
Desde buena parte de la perspectiva exiliada, el ensayo de Obama no se trataba de una salida encomiable ni mucho menos, aunque respondía a expectativas reales, y continuó aferrada a una solución no viable. El triunfo electoral de Trump hizo renacer momentáneamente la esperanza no solo en el sector más radical anticastrista, sino en el representado por los elementos más retrógrados. Pero hasta el momento todo se ha limitado a una retórica de discurso de campaña con himno Made in USA.
El Gobierno cubano nunca tuvo la menor intención de brindarle a Obama esa especie de “zanahoria” que necesitaba el mandatario estadounidense para reafirma su camino. No obstante ello, y por breve tiempo, Obama transitó solo por un camino apenas iniciado. De ese camino solo quedan hoy los beneficios a ciertas empresas de Estados Unidos.
Si bien el Gobierno de La Habana no ha logrado establecer un programa de desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, sí ha sido capaz de mantener al pueblo bajo el régimen de una economía de subsistencia. Ni el desarrollo ni la miseria extrema generalizada en tiempo y espacio.
Mientras la disidencia pudo en un momento enfatizar sus demandas sobre las diferencias en los niveles de vida, incrementados en los últimos años, en su lugar ha encaminado su discurso hacia la lucha por una alternativa política y reclamos en favor de la libertad de expresión.
Este esfuerzo se vio afectado por la represión en Cuba, pero tuvo una amplia repercusión internacional.
La situación, sin embargo, ha derivado hacia un panorama en que elementos dispersos y contradictorios contribuyen al statu quo: la obligatoria mención a la oposición de los gobiernos extranjeros, desde los europeos al norteamericano, mientras en la Isla impera el aislamiento del movimiento.
De ahí que siempre ha resultado desatinada, y falta de pudor ,cualquier comparación entre el papel del movimiento disidente cubano y la función que desempeñaron en su momento organizaciones como Solidaridad en Polonia.
La discrepancia entre la proyección internacional de la oposición en Cuba y su bajo relieve en la Isla ha sido un factor que ha contribuido a perjudicarla por vías diversas, como la promoción de figuras menores a partir de sus afinidades con el exilio de ultraderecha. Pero donde los opositores han resultado más afectados es en la repetición de errores por parte de Washington. Tanto cuando financió la lucha armada contra Castro como cuando apoyó la vía pacífica, Estados Unidos ha impuesto no solo su ideología sino también su política.
Queda aún pendiente la necesidad de dejar a los cubanos de la Isla resolver sus asuntos por ellos mismos: sin patria, pero sin dólares. Puede argumentarse que así no se resolverán los problemas, pero al fin se sabrá quienes son los verdaderos opositores.
Este texto recoge ideas expresadas con anterioridad en Cuaderno de Cuba.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Mugabe o la represión y el desencanto tras la esperanza


Robert Mugabe dimitió el martes como presidente de Zimbabue, poco después de que el Parlamento comenzara un proceso de destitución para terminar con sus casi cuatro décadas de mandato, informa la agencia Reuters.
El dirigente de 93 años se aferró al cargo tras la toma de control del ejército y su expulsión del partido gobernante ZANU-PF, que también le dijo que abandonara el poder.
Las celebraciones estallaron en una sesión parlamentaria en la que el portavoz Jacob Mudenda anunció la renuncia de Mugabe y suspendió el procedimiento de su destitución.
El origen de la repentina caída de Mugabe reside en la rivalidad entre miembros de la elite gobernante del país sobre quién lo sucedería, más que en las protestas populares contra su mandato.
El ejército tomó el poder después de que Mugabe expulsase al favorito del partido ZANU-PF a sucederlo, Emmerson Mnangagwa, para allanar el camino a la presidencia para su mujer Grace, de 52 años, conocida por sus críticos como “Gucci Grace” por su debilidad por las compras de lujo.
Mnangagwa, exjefe de seguridad conocido como el “Cocodrilo”, previsiblemente será el presidente.
El diario Granma se limitó a dar la escueta noticia de la renuncia, sin entrar en detales sobre la estrecha relación que el mandatario africano mantuvo con el gobernante cubano Fidel Castro. Con igual parquedad se refirió el sitio Cubadebate.
Por su parte, Juventud Rebelde publica con mayor amplitud la nota de Prensa Latina, cuyo ángulo es favorable a la acción de los militares que culminó con la renuncia de Mugabe, y se permite una crítica a la actual esposa del dictador.
Dice la información de Juventud Rebelde: “Apunta Prensa Latina que desde el martes de la semana pasada, fuerzas militares ocuparon el país para preservar la revolución en esa nación de África Austral y acabar con lo que denominaron fuerzas criminales que rodeaban al jefe de Estado de 93 años, cuya esposa había usurpado paulatinamente el Poder Ejecutivo para promoverse como futura líder del país.
La intervención pacífica de los militares fue recibida con beneplácito tanto por el gobernante partido Unión Nacional Africana de Zimbabwe-Frente Patriótico (Zanu-PF) como por la Asociación de Veteranos de Guerra.
El Zanu-PF destituyó el domingo al mandatario de su cargo de primer secretario de la organización y nombró en esa posición al exvicepresidente Emmerson Mnangagwana, quien había sido expulsado el 6 de noviembre por Mugabe.
El partido de gobierno pidió a Mugabe que presentara su renuncia y le dio un plazo hasta el mediodía del lunes, antes de iniciar el análisis de una moción de desconfianza en su contra.
En igual sentido se pronunció la Asociación de Veteranos, que convocó una manifestación masiva el sábado para solidarizarse con los militares.
La actitud de Mugabe fue interpretada como un desafío a los reclamos populares para que abandonara el poder y la situación se complicó por las crecientes manifestaciones públicas.
Mugabe era el último gobernante en ejercicio del bloque de países de la llamada Línea del Frente, formada además de Zimbabue, por Angola, Botswana, Mozambique, Tanzania y Zambia, que sirvió de apoyo a los combatientes antiapartheid en Sudáfrica y al movimiento para la independencia de Namibia.”
Hasta aquí la nota de Juventud Rebelde.
En la página web del Hotel Nacional de Cuba, en el sitio dedicado a la visita de personalidades a la instalación, aparece lo siguiente sobre Mugabe: “El 17 de Abril de 1978  ocupo el cargo de primer ministro de la Republica de Zimbabwe, ocupando la presidencia de su país desde el año 1987.
Visitó nuestro hotel con motivo de la Cumbre de Desertificación organizada por las Naciones Unidas.
Fue galardonado con el Bastón de la Fidelidad y el Pergamino de Huésped Ilustre.”
Al fallecimiento de Fidel Castro, Mugabe viajó a Cuba para rendir homenaje a quien consideraba “no solo el líder de la Revolución cubana, sino también de toda África”. Junto con Evo Morales y Nicolás Maduro, fue de los primeros gobernantes extranjeros en llegar a la isla tras la muerte de Castro.
“Fidel no solamente era el líder de ustedes, era el líder nuestro y de todos los revolucionarios, y nosotros lo seguimos, lo escuchamos y tratamos de emularlo”, señaló entonces.
En esa ocasión Mugabe también recordó que en varias oportunidades vino a la Isla y sostuvo fraternales encuentros con Castro.
Mugabe mencionó el “espíritu de resistencia” de Castro y “su aporte a las luchas de las causas justas”, al tiempo que reafirmó que “los diferentes caminos revolucionarios que Fidel inició”, son “los que nosotros, los antiimperialistas, los anticolonialistas, debemos seguir”.
El 1ro. de septiembre de 1986, durante un acto por el XXV aniversario de la Cumbre de los Países No Alineados en Zimbabue, Castro dijo: “Robert Mugabe, que nos preside con su experiencia y su serenidad”.
Al ser reelecto como presidente de Zimbabue en 2013, Mugabe dijo que cualquiera que esté descontento con los resultados de las recientes elecciones podía “ahorcarse” si así lo deseaba, porque a su partido no le importaba.
Con anterioridad ya había expresado: “Somos un único pueblo, tenemos una única bandera y compartimos una única identidad nacional; ¿por qué no tener un único partido?”.
En 2015, Mugabe, que ya era el dictador más longevo de África porque llevaba 35 años en el poder, fue galardonado con el premio Confucio de la Paz.
Como alternativa al Nobel, dicho premio es otorgado por un oscuro Centro de Estudios para la Paz que, en teoría, no tiene vínculos con el Gobierno chino, pero que no sería permitido si fuera en contra de sus intereses.
Desde que fue instaurado en 2010, como respuesta al Nobel de la Paz para el encarcelado disidente chino Liu Xiaobo, el premio Confucio había sido otorgado a Castro en 2014 y en 2011 a Vladimir Putin.
La Habana ha tratado de distanciarse de la destitución forzada de Mugabe, que insiste en presentar como simple “renuncia”. Tal tendencia evidencia, una vez más, la encrucijada ideológica y política que atraviesa el Gobierno cubano, en su afán de aferrarse al poder y no renunciar al pasado, sin aferrarse de palabra o con declaraciones a ese pasado de que forma parte. En medio de un proceso todavía no definido con claridad, en que al parecer Raúl Castro abandonará la presidencia pero no la dirección del Partido Comunista, la salida del poder de Mugabe —producida por quienes hasta ayer eran sus seguidores— no deja de lanzar una nueva señal de alarma para la Plaza de la Revolución.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Los nietos de los dictadores también son diferentes



La foto del encuentro en La Habana entre el multimillonario Richard Branson y el nieto de Fidel Castro, Fidel Antonio Castro Smirnov, ha recorrido las redes sociales y provocado comentarios sobre las simpatías y los gustos de los descendientes del fallecido gobernante cubano: siempre se están codeando con ricos y famosos. Y el hecho —por lo general su demostración gráfica— es algo que incita tanto a la ira justa como a la crítica fácil.
Pero en este caso, hay un aspecto por lo general omitido en tales comentarios, y en el cual reside la verdadera naturaleza del asunto: entre pompa y circunstancia —que siempre Branson dosifica con una fantasía aventurera estilo guerrilla con lentejuelas y cierta nostalgia imperial británica a la inversa— reside el billete.
El millonario inglés —y aquí cabe un breve paréntesis para disfrute republicano— es tanto un cercano amigo de los Obama (la pareja viajó de vacaciones a su residencia en las Islas Vírgenes Británicas tras abandonar la Casa Blanca) como un reluciente aventurero y capitalista ingenioso, creador de un multimillonario conglomerado empresarial que es una verdadera maraña —donde caben todas las acepciones de la palabra— de fideicomisos y compañías.
Alguien que para promover su persona y empresa —¿no son una las dos?— ha recurrido a las tácticas más diversas de publicidad, y en las cuales no han estado ausentes los recursos de una propaganda elemental y directa, vieja pero aún efectiva para algunos. Todo un despliegue de avaricia capitalista disfrazado de heroicidad guerrillera: nunca un fin ha justificado un medio más pervertido, o perverso.
Baste un ejemplo.
Cuando lanzó su compañía de teléfonos móviles en Francia, en septiembre de 2013, Branson se disfrazó de Ernesto “Che” Guevara.
“Llegamos con la revolución pacífica en un todoterreno y una producción totalmente a lo ‘Che’ Guevara”, expresó entonces el magnate, que se paseó por el centro de París con el puño en alto y rodeado de las siempre atractivas modelos al uso, de acuerdo a lo publicado en esa fecha por Cuaderno de Cuba.
La “revolución” del empresario de tiendas de discos y aviación —la  cuarta persona más rica de Gran Bretaña— era simplemente de tarifas y prestaciones dentro del competitivo mercado de los teléfonos móviles.
Branson, que siempre se ha empeñado no solo en tener más dinero —y así echar a un lado la condena de Hemingway, mientras se pretende ser diferente, para beneplácito de Fitzgerald— ha compartido lo mismo con Mandela que con Al Gore, o cenado con Peter Gabriel. Ello sin olvidar las vacaciones en el mar con los Obama ya antes citadas. Y por supuesto, cuando lanzó aquella campaña en París era seguro que no conocía un pepino sobre la vida y el pensamiento del “Che”, que lo hubiera despreciado de inmediato, si no lo fusilaba antes.
Ahora con Castro Smirnov, la publicidad vuelve a estar en el escenario, aunque no se limita a un nombre y mucho menos a una boina o una camiseta. El nieto de Fidel Castro es un especialista en nanotecnología, a cargo junto con su padre de esta industria en la isla.
 Empresa y familia
Desde hace años el Gobierno cubano viene apostando por las nanociencias y la nanotecnología como áreas “estratégicas” para el desarrollo científico y empresarial del país
“La estrategia de un futuro plan nacional para la nanotecnología en Cuba sería unirse en el período 2015-2020 a las naciones líderes de la región latinoamericana, principalmente en el sector de la nanobiotecnología”, indicó Castro Díaz-Balart, hijo mayor de Fidel Castro y padre de Castro Smirnov, durante un seminario internacional sobre nanotecnología en septiembre de 2012.
Castro Díaz-Balart señaló en dicho evento que la nanomedicina y la nanobiotecnología estaban camino a convertirse en “los puntos focales del desarrollo nacional” en este campo, debido a los logros alcanzados por la isla en los servicios de salud y la industria biotecnológica.
Pero en Cuba el desarrollo de esa industria no solo se trata de un empeño estatal, sino también familiar: tanto el hijo como el nieto del primer matrimonio de Fidel Castro dirigen dicho proyecto multimillonario de tecnología avanzada.
En una información publicada en el sitio oficial de Virgin Branson habló de los avances médicos en Cuba y rechazó el embargo así como la política del presidente Donald Trump hacia el Gobierno cubano.
“Mientras estaba en la ciudad, tuve la suerte de conocer a Fidel Antonio Castro Smirnov, quien es nieto de Fidel Castro. En la parte posterior de un Chaika ruso de los años 60, nos pusimos a conversar sobre nuestro amor compartido de aventura y el océano, entre otras cosas. Luego, se habló de los diversos avances médicos que se han desarrollado en Cuba y de cómo estos podrían ser increíblemente útiles también para el resto del mundo”, destacó Branson.
Virgin Group mantiene una presencia en la isla con la aerolínea Virgin Atlantic, y entre los ejecutivos del grupo que acompañaron al empresario se encontraba el director general de Virgin Voyages, Tom McAlpin.
 La visión del exilio
Con frecuencia la mezcla de negocios, frivolidad y oropel en que desde hace años viene participando, con mayor o menor relevancia la familia Castro —con el Festival del Habano en diversos años como el testimonio más gráfico— por lo general es considerada desde el exilio como una oportunidad para lanzar dardos contra un proyecto que en una época se proclamó como “revolución de los humildes y para los humildes”. Aunque dicha denuncia no ha perdido su valor moral, enfatizar solo en ella no permite —o esconde— el análisis necesario sobre la realidad actual de la isla.
Hay cierta traición al análisis disfuncional en el empeño de buscar indicios en Cuba de una sucesión dinástica, al estilo norcoreano, y despreciar otras señales o utilizarlas solo como muestras de vicios y privilegios.
En medio del estancamiento imperante en el país, vale la pena intentar ir un poco más a fondo en otros atisbos que muestran también la incidencia en la práctica —aunque quizá no aún como modelo— de patrones más cercanos a los adoptados por las élites dominantes en Rusia y China. De lo contario, se limita todo a contemplar la superficialidad y hasta las payasadas que figuras como Richard Branson — y aquí cabe otro breve paréntesis, esta vez para disfrute demócrata— o Donald Trump aparentan con frecuencia, pero que no siempre o casi nunca practican a fondo. Iniciar ese análisis más amplio, de las dos familias de Fidel Castro y la única de su hermano Raúl, resulta así aún una asignatura pendiente.

martes, 14 de noviembre de 2017

El «default» venezolano y la larga marcha atrás de Maduro


Entre las muchas críticas que podían formularse al Gobierno venezolano, había una que quedaba excluida: no cabía afirmar que no pagara sus deudas. Ahora la situación ha cambiado, y bajo el mando de Nicolás Maduro el país sudamericano se enfrenta a una situación hace apenas unos pocos años inconcebible: el abismo de caer en una suspensión de pagos (default). De hecho está un paso de ello y ya se encuentra en lo que se denomina un “default selectivo”, luego de que incumpliera en la liquidación de dos cuentas por intereses sobre su deuda externa.
En esta aún más difícil situación financiera en que está entrando la nación venezolana, cabe preguntarse de si Maduro buscará priorizar los factores políticos sobre los económicos, lo que supondría no solo una radicalización del proceso ideológico, sino un incremento a la marcha en retroceso que ha emprendido en el país. De esta manera, el mandatario se situaría más cercano al pensamiento y la forma de actuar del fallecido Fidel Castro, que a la asumida en la actualidad por Raúl, Sería entonces un caso único de vuelta al pasado, dentro del diverso panorama latinoamericano.
Entre los llamados países socialistas también se dio el caso de priorizar el pago de la deuda externa frente a las necesidades de los ciudadanos. En Rumanía, Nicolás Ceausescu, tuvo a la población pasando hambre durante años, pero él cumplía con el pago de la deuda externa.
En estos momentos cabe la posibilidad de que Venezuela no pueda llegar a un acuerdo sobre cómo hacer frente a los futuros pagos. Los inversionistas que tomaron parte en la reunión celebrada el lunes en Caracas señalaron que los representantes oficiales solicitaron su ayuda para sortear el efecto de las sanciones impuestas por Estados Unidos, que dificultan el uso de los sistemas de pago internacional. El gobierno venezolano reafirmó la voluntad del país de seguir honrando sus pagos, pero no detalló cómo podrá hacerlo posible.
Varios asistentes al encuentro del lunes dijeron a la agencia Reuters que este duró poco más de un cuarto de hora y que los representantes gubernamentales no presentaron ninguna propuesta concreta de solución.
Se estaría asistiendo entonces a la repetición de un esquema ya ensayado durante décadas en la relación entre Cuba y EEUU, y Maduro podría verse tentado a seguir los pasos de Fidel Castro, con la ilusión de que el régimen que este implantó en la Isla aún sobrevive. De esta forma, terminaría por alejarse por completo, tanto de la estrategia como del ideal del fallecido Hugo Chávez. Cabe argumentar que el modelo ensayado por Chávez siempre estuvo fundamentado en los precios estratosféricos del crudo, pero tanto la inflexibilidad del pensamiento de Maduro como las sanciones decretadas por la Casa Blanca estarían creando las condiciones para que se repitiera una situación del pasado siglo en la isla caribeña.
En el pasado, Venezuela siempre prefirió hacer frente a los pagos por el miedo a lo que supondría caer en una suspensión de pagos. Como parte de ese esfuerzo, incluso sacrificó los pagos por las importaciones.
Si no se logra un acuerdo entre el Gobierno de Venezuela, para tratar una posible renegociación de los compromisos financieros del país sudamericano, Maduro podría decirle a la población de que el dinero para el pago de la deuda —que posiblemente a partir de entonces sería catalogada de “injusta” y “cruel”— se destinaría la compra de alimentos y planes sociales.
Esto podría fortalecer su situación de cara a las elecciones presidenciales previstas para el año que viene e incluso traducirse en un aumento temporal de su popularidad entre algunos sectores de la población venezolana.
"Con el caos que hay ahora en la oposición, Maduro ya se encuentra en una situación relativamente cómoda, pero el alivio a la falta de liquidez que a corto plazo podría producirse si se decidiera no pagar podría darle un margen de maniobra adicional", comentó a la BBC Risa Grais-Targow, del grupo Eurasia de análisis de riesgos geopolíticos.
Ya hay indicadores de que Maduro está llevando la renegociación de la deuda no solo como un objetivo económico, sino como una batalla política e ideológica.
El mandatario dijo en su mensaje del 2 de noviembre que el país se dispone a “refinanciar y reestructurar” toda su deuda externa, con el objetivo de “luchar contra la persecución financiera” que según él sufre Venezuela a causa de las sanciones impuestas por EEUU a destacados dirigentes venezolanos.
Y para dirigir las negociaciones escogió a dos hombres incluidos en la lista de sancionados por Washington, el vicepresidente Tareck El Aissami, al que el Departamento de Estado acusa de tráfico de drogas, y el ministro de Economía, Simón Zerpa, al que se le atribuyen prácticas corruptas y antidemocráticas.
Durante la reunión de Caracas, algunos de los asistentes, por parte de los acreedores,  se mantuvieron en una sala contigua para evitar encontrarse personalmente con El Aissami y Zerpa, y así evitar cualquier indicio de incurrir en una violación de lo decretado por Washington, que prohíbe a cualquier ciudadano estadounidense hacer negocios con quienes se encuentra en una lista que incluye altos cargos de la administración venezolana. El encuentro duró
La estrategia de Maduro es lograr que las firmas estadounidenses hagan presión sobre la Casa Blanca para un alivio de las sanciones y así encaminar las negociaciones en una forma deseada por el Gobierno venezolano. Pero se trata de una meta muy difícil de alcanzar. De no lograrlo, podría intentar asumir el camino de la Cuba de Fidel Castro, cuando el gobernante no solo se negó a pagar lo adeudado por su país sino intentó lanzar un movimiento internacional en favor de no pago de la deuda externa.
Maduro no ha llegado aún a ese extremo, pero cada vez se le cierran más puertas. El pasado domingo, en su programa televisivo que “el default nunca llegará a Venezuela”. La realidad es otra.
Venezuela debe $60.000 millones en bonos pendientes. Ese monto comprende títulos de deuda emitidos por el gobierno y también por la petrolera estatal Pdvsa. Pero el total de su deuda es mucho mayor. Se estima en $140.000 millones e incluye los préstamos recibidos de países como Rusia y China, según la BBC.
Venezuela depende de la importación de mercancías para adquirir alimentos y mercancías, y su único bien es la riqueza petrolera. Pero el crudo, aunque ha aumentado de precio en el último año, se mantiene a niveles muy inferiores a la época de Chávez. Aunque el problema con el crudo no es solo de precio. En la actualidad, las exportaciones petroleras venezolanas son ahora una cuarta parte de lo que eran en 2012, según la firma de estudios demoscópicos Datanalisis.
Los problemas de financiamiento en Venezuela están aumentando cada día.
En su edición del marte, el diario Globo informó que Brasil también declarará a Venezuela en default, pues tiene dos meses de retraso en el pago de una deuda por USD $262,5 millones. El Gobierno de Brasil dijo que presentará una denuncia ante el Club de París por los millonarios pagos pendientes.
A esa situación se suma el vencimiento, previsto para enero del año próximo, de otros $270 millones que Venezuela adeuda a Brasil por el mismo concepto, informa el Nuevo Herald.
En próximo año, Venezuela se quedará sin un dólar. Sus reservas internacionales se calculaban en julio en $9.986 millones, según datos del Banco Central de Venezuela. En la actualidad son de $9,700 millones, de acuerdo a el Nuevo Herald. Pero debe pagar en lo que resta del año al menos $1.470 millones y en 2018 más de $8.000 millones.
Incluso con sus aliados más cercanos, China y Rusia, la capacidad de negociación del Gobierno de Maduro es limitada.
El mandatario anunció avances en sus negociaciones con China –al que adeuda unos $28.000 millones– y Rusia, que firmará posiblemente hoy un acuerdo que reestructura $3.000 millones de los $8.000 millones que debe Venezuela.
A diferencia de lo que viene ocurriendo con China, que desde hace algún tiempo viene limitando la financiación a Venezuela, en el caso de Rusia la estrategia geopolítica de Vladimir Putin ha estado jugando a favor de Maduro. Aunque dicha estrategia no es similar a la practicada por la desaparecida Unión Soviética con Cuba. Por ejemplo, la petrolera estatal rusa Rosneft le prestó $6.000 millones a su similar venezolana Pdvsa a principios de este año, y ha dicho que no planea más prepagos de petróleo.
Venezuela dejó de pagar a los rusos en 2015.
El gobierno de Putin reestructuró la deuda venezolana, entonces de $2.840 millones y postergó el primer pago a marzo de este año.
Pero Caracas tampoco cumplió, según se reveló el pasado mes de junio en un control de auditoría a las cuentas nacionales rusas.
Al parecer en septiembre pagó a Rusia, pero no a Brasil.
En el mejor de los casos para Maduro, si continúa con sus planes de impagos selectivos, para liberar fondos y adquirir importaciones de cara a las elecciones presidenciales del próximo año, solo estaría dilatando una crisis que desembocaría en litigios y posibles embargos de activos de Pdvsa, como Citgo, su filial en EEUU.
Uno de los riesgos que amenaza a la economía venezolana son los acreedores holdout, que literalmente significa “quedarse fuera”. Son los prestamistas que se niegan a postergar los cobros y optan por acudir a los tribunales a exigir lo que se les debe. Estos acreedores holdout pueden llegar a poner la economía de un país en una encrucijada.
Así ocurrió en Argentina, que a raíz de la crisis de 2001 dejó de pagar los bonos que había emitido a cambio de financiación. Los acreedores de los fondos buitres optaron por la vía holdout y se salieron con la suya. El caso argentino no es exactamente igual al venezolano, pero la existencia de la estatal Pdvsa y de Citgo en EEUU abren la posibilidad de buscar indemnizaciones a través de ellas.
Crystallex, una minera canadiense, tramita una demanda contra Venezuela con el argumento de que los activos de Pdvsa deben estar sujetos a incautación tras un litigio por una mina de oro. Si la firma canadiense gana, esto abriría la puerta para que los acreedores persigan activos venezolanos y de Pdvsa indistintamente.
Un informe de Bulltick, compañía estadounidense de inversiones, menciona que en los mercados de deuda se está valorando con una probabilidad del 91,4% el hecho de que Venezuela deje de pagar sus obligaciones en 2018 con una posibilidad de parálisis del Estado y la agudización de la escasez de alimentos, medicamentos, elementos de aseo y materias primas para la producción, informa El Nacional de Caracas.
Sea la Cuba de Fidel Castro o la Rumanía de Ceausescu, los ejemplos que hasta ahora ha seguido Maduro se encuentran entre los peores para los venezolanos. Y nada indica que se sienta inclinado a cambiar de rumbo. 

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...