domingo, 1 de mayo de 2016

Estado, clases sociales y elecciones


Alexander Pope dijo en una ocasión que el verdadero amor a uno mismo y a lo social eran la misma cosa. Desde entonces se han multiplicado los elogios a las bondades de la libertad del mercado como solución de los problemas.
Una economía impulsada por el egoísmo individual, que terminaría encauzando ese egoísmo hacia el bienestar social: el hombre está obligado a servir a otros a fin de servirse a sí mismo.
Olvida este enunciado que el egoísmo se expresa en la avaricia. La ganancia sin límites se persigue a diario, más allá de las preferencias partidistas, sin considerarse un vicio y elogiándose como una virtud: sin pudor ni decencia.
Lo cierto es que si teóricamente en una economía de mercado libre la creación de mercancías está determinada por los precios y el consumo, en la actualidad estos mecanismos ya no son regidos por la simple oferta y demanda sino también por la propaganda y la prensa en general; los grupos de intereses que influyen en los órganos de gobierno y fundamentalmente las grandes corporaciones que en la práctica actúan como lo que son: controladores del Estado.
El debate sobre el papel del Estado en los procesos económicos tuvo dos vertientes durante la segunda mitad del siglo pasado. En la primera y de mayores consecuencias políticas fue un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo. Pero también se desarrolló, y de forma destacada, dentro del mismo sistema capitalista.
La intervención del Estado, a fin de prevenir y solucionar las crisis económicas, fue la solución propugnada por John M. Keynes para precisamente salvar al capitalismo y evitar un estallido social que llevara a una revolución socialista.
De forma limitada Barack Obama aplicó el keynesianismo. Pero aunque Estados Unidos logró salir de una profunda crisis laboral y financiera —en parte gracias a la política gubernamental y en parte también por las características cíclicas del sistema— el mejoramiento de la situación económica solo ha llegado de forma extremadamente limitada a la clase media y a los pobres.
Quiere esto decir que de nuevo la economía estadounidense marcha a la cabeza del mundo, el desempleo ha disminuido sustancialmente y el déficit se ha reducido, así como la dependencia energética, pero ni la mesa ni al bolsillo del ciudadano de a pie se han visto beneficiados como en ocasiones anteriores.
Cuando un republicano habla de la creación de empleos, por lo general se refiere a
otorgarles todo tipo de ventajas a los inversionistas y empresarios, como una forma de alentarlos a “crear empleos”, lo que se traduce en menos regulaciones, desde las que tienen que ver con el medio ambiente hasta las condiciones específicas en que se realiza la labor.
El problema es que muchas de estas ventajas pueden resultar provechosas, para el enriquecimiento aún mayor de unos pocos, pero de poca o nula efectividad en el mejoramiento de los trabajadores tras la supuesta creación de tales empleos.
Un fantasma recorre la campaña por la presidencia estadounidense este año, tanto en el ala demócrata como republicana, y es la diferencia de beneficios entre la clase media y trabajadora y los empresarios y poderosos. El temor por el auge del tema es cada vez mayor en ambos partidos, por lo que reflejan las preocupaciones de sus electores y la presencia de dos aspirantes populistas pero de signo contrario: Bernie Sanders y Donald Trump.
Es casi imposible que Sanders logre la nominación y el establishment republicano sigue empeñado en impedir la de Trump. Pero con independencia de quienes resulten finalmente nominados, de la manera en que los candidatos intenten lidiar con el problema dependerá en buena medida el resultado electoral.

miércoles, 20 de abril de 2016

Sí, pero no


A Fidel Castro se le ha dado hasta el lujo de despedirse. El martes, en la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), expresó que “a todos nos llegará nuestro turno”. Dijo también: “Tal vez sea de las últimas veces que hable en esta sala”.
Esa persistencia en irse pero quedarse parece inagotable en los hermanos Castro. Tanto que suena demasiado a truco propagandístico o táctica para prolongar la permanencia. Es posible que a estas alturas incluso entre sus más seguidores más cándidos, si es que existen.
Una y otra vez un evento en Cuba despierta conjeturas, apuestas y esperanzan de un cambio de rumbo, aunque no sea drástico. Y de nuevo una especie de cubo de agua echa por tierra la ilusión. El VII Congreso del PCC no fue capaz de romper esa regla.
Quizá en cierta medida el viaje del presidente estadounidense Barack Obama a Cuba, que precedió a la reunión, contribuyó a desatar alarmas, extremas cautelas y reafirmar temores. Pero no debe exagerarse tampoco la influencia de esa visita desde Washington. De antemano estaba trazado el esquema, donde seguir vendiendo una ilusión no iba a detener en grado alguno el afán de permanencia.
Al menos un detalle queda más o menos claro tras el congreso. El famoso retiro de Raúl Castro del poder se limitará al abandono de la presidencia. Continuará hasta 2021 como primer secretario del PCC. Al final fueron innecesarios ejemplos históricos, análisis políticos y elucubraciones de nombres y cargos. Bastó una frase del viejo cancionero popular para definir los hechos: “el cuartico está igualito”.
El nuevo Comité Central y Buró Político ejemplifican ese objetivo empecinado de aferrarse al pasado, aunque se exprese lo contrario. Baste revisar la permanencia de figuras de poca relevancia política actual, como Faure Chomón Mediavilla, Guillermo García Frías y Armando Hart Dávalos, para constatar el hecho de que solo se aspira a parafrasear al poeta: nosotros, los de entonces, continuamos siendo los mismos.
Aferrados a la permanencia, todo queda no a la política —que evidentemente los Castro consideran inalterable—, sino a la biología. Cabe casi agradecer al hermano mayor su sinceridad.
Al otro, al pequeño, poco cabe otorgarle. Jugar a la renuncia de la presidencia es más bien un alivio de tareas, que deben resultarle aburridas y de profundo agobio con los años: recibir mandatarios, asistir a actos, celebrar reuniones. Permanecer al frente del Partido y supuestamente alejado del Gobierno en las labores administrativas lo libra de ese cumplimiento de normas —que parece ser parte de su carácter— mientras mantiene en vivo su labor de conspirador constante, propia del primer secretario de un partido comunista.
Al mismo tiempo le permite retomar y ampliar dos papeles practicados con éxito en Cuba: el poder más allá del cargo, que desempeñó por años Fidel Castro cuando delegó la presidencia primero en Urrutia y luego en Dorticos, y la función de “hombre fuerte”, tan cercana a Batista. Raúl Castro no propone avanzar, sino refugiarse en el pasado.
Por lo demás, más allá de un par de detalles significativos, tanto la composición del politburó como la del Comité Central responden a detalles cosméticos. Más mujeres en el Buró Político, pero sin un peso significativo. Tres son las nuevas elegidas: Miriam Nicado García, rectora de la Universidad de las Ciencias Informáticas; Teresa Amarelle Boué, secretaria general de la Federación de Mujeres Cubanas; y Marta Ayala Ávila, vicedirectora general del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.
También se refuerza la presencia de civiles en ambos cuerpos, pero sin agregarles un poder significativo. Rodrigo Malmierca Díaz, ministro del Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, continúa en el Comité Central pero no llega al Buró Político. La salida del politburó del ministro de Transporte, Adel Yzquierdo Rodríguez, apunta hacia esa disminución de los militares dentro de ese organismo rector partidista, pero nada indica que los principales cargos militares de la nación no continuarán llevando la voz cantante.
Por otra parte, la no entrada del coronel Alejandro Castro Espín ni siquiera al Comité Central y la permanencia del brigadier Luís Alberto Rodríguez López-Calleja en este, pero sin llegar al Buró Político, vuelve a trasladar al futuro cualquier conjetura sobre una sucesión familiar.
En última instancia, la biología se reafirma como criterio decisivo para cualquier cambio. Y el tiempo decide y los cubanos están acostumbrados a esperar o partir.
Entre las predicciones se cumple la más fácil. El general Abelardo Colomé Ibarra, que renunció en 2015 por problemas de salud como ministro del Interior (MININT), no mantuvo su puesto dentro del politburó.
Sin embargo, ello no significó la entrada al grupo del actual ministro del MININT, Carlos Fernández Gondín, que se mantiene solo en el Comité Central.
Fernández Gondín, de 77 años —uno más de su antecesor Colomé Ibarra—, al parecer también enfrenta problemas de salud. Si en un futuro ocupará el puesto el coronel Castro Espín —aunque no ocupa en la actualidad un cargo cercano a la línea sucesoria dentro del organismo y Raúl Castro por lo general se ha mantenido fiel a ese esquema— seguirá siendo materia para los aficionados a las apuestas.
Este Congreso será “el último dirigido por la generación histórica” de la revolución, dijo Raúl Castro en sus palabras de clausura del evento, pero nada permite afirmar que no espere continuar haciéndole guiños a la biología.

martes, 19 de abril de 2016

Una isla asolada


Sin conocerse los detalles en la práctica de la tan mencionada “conceptualización” del modelo cubano, que el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) intenta dilucidar, hay un aspecto fundamental que por lo que se conoce de las discusiones en el evento, y el discurso inaugural de Raúl Castro, lleva a un callejón sin salida en la forma en que se plantea. Es el que tiene que ver con la acumulación de riqueza y la pequeña y mediana propiedad privada.
Castro mencionó en su discurso que había que hablar claro y mencionar por su nombre a la pequeña y mediana empresa privada, y que estas formas de producción no eran ni contrarrevolucionarias ni antisocialistas.
“Las cooperativas, el trabajo por cuenta propia y la mediana y pequeña empresa privada no son, por su esencia, antisocialistas ni contrarrevolucionarias”, afirmó Castro.
Formulado en esos términos, el planteamiento es un paso de avance. No solo descarta todo lo realizado —o mejor, destruido— durante la llamada “ofensiva revolucionaria”, algo que por otra parte se lleva a cabo desde hace algún tiempo, sino que enmienda un principio básico de la interpretación marxista bajo el enfoque soviético, que consideraba a la pequeña propiedad generaba la mediana empresa, y que esta a su vez se desarrollaba en gran empresa hasta llegar al monopolio.
De acuerdo al marxismo tradicional, la propiedad privada crea las diferencias de clase, más allá de cualquier cuantificación de esta. Los propietarios de negocios reducidos desarrollan lo que se conoce como pequeña burguesía, que por su naturaleza aspira a convertirse en burguesía a secas y gran burguesía.
Castro quiere fijar límites para que ello no ocurra, tanto para evitar una marcada diferencia de clases como las desigualdades que ello implica. Más allá de ese planteamiento hay por supuesto una razón mayor, y es la pérdida de control social y económico que implica la existencia de un grupo social con suficiente poder monetario como para intervenir —o al menos participar de forma determinante— en la sociedad.
Por supuesto que la forma más fácil —y mecánica— de llevar a cabo este objetivo es imponer un control fiscal que impida o desaliente la acumulación de riqueza. La existencia de dichos controles no es, de por sí, un elemento negativo y tampoco propio de los fracasados gobiernos comunistas. Con diferencias de matices existe en las sociedades democráticas. Pero en el caso cubano, sin la existencia de un Estado de derecho y una separación de poderes, dichos controlen amenazan con convertirse en fuente de expolio de controladores, burócratas y funcionarios de todo tipo, así como en motor impulsor para el establecimiento de trabas de todo tipo, necesarias e inútiles.
Castro alertó sobre las pretensiones de “poderosas fuerzas externas” que apuestan al “empoderamiento” de las formas no estatales de gestión en Cuba ,con el fin de “generar agentes de cambio” para acabar con la revolución y el socialismo. A su vez, el canciller Bruno Rodríguez afirmó que en la reciente visita del presidente estadounidense Barack Obama a Cuba se trató de “encandilar al sector no estatal de la economía, como si el presidente de EEUU fuera, no el defensor de las grandes corporaciones, sino de los que venden perros calientes, de los pequeños negocios en ese país”.
El VII Congreso del PCC, por lo tanto, modificará uno de los “lineamientos”, en lo que se refiere a las formas de gestión no estatal, cuya actual redacción indica: “no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas o naturales”. Según lo adelantado por Castro, al texto se añadirá que tampoco se permitirá la concentración “de la riqueza”.
“La empresa privada actuará en límites bien definidos y constituirá un elemento complementario del entramado económico del país”, señala el Informe Central del VII Congreso del PCC.
Complemento, no eje principal. La categoría de producción privada limitada al simple “timbiriche” o algo más.
La  “actualización” cubana declara entonces, como rasgo fundamental, un rechazo no solo al “enriquecerse es glorioso”, la frase atribuida a Deng Xiaoping, sino a otra que sí se sabe que el dirigente pronunció durante un encuentro del secretariado del Partido Comunista Chino: “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”.
En Cuba, los gatos “rojos” o “extranjeros” son los que cuentan. Para cazar ratones está el Estado, y no hace falta que venga flautista alguno, a menos que cuente con el beneplácito de La Habana, cobre su dinero y deje a los niños tranquilos, sin inculcarles ideas de un futuro mejor.
La negativa al enriquecimiento de los cubanos no únicamente implica un factor discriminador, al permitirle a los inversionistas extranjeros ese beneficio que se niega a los nacionales, sino que a la larga resultará nocivo para el país.
Desde el comienzo del proceso para tratar de sacar a la nación del agujero creado durante la época conocida como “Período Especial” —que aún subsiste—, la estrategia fue permitir cierta participación reducida del productor privado cubano, bajo la denominación general de “cuentapropista”. Esta esfera ha ido ampliándose y en la actualidad se han añadido diversas posibilidades de cooperativas. La estrategia, al mismo tiempo, ha tenido dos víctimas fundamentales: el propio cuentapropista y el pequeño empresario extranjero.
La estrecha colaboración con el Gobierno venezolano fue un factor clave en lograr ese objetivo. Con la crisis económica en el país sudamericano, se intenta buscar en el inversionista  extranjero —tanto europeo como estadounidense— un sustituto adecuado para llevar a cabo igual plan.
Sin embargo, es precisamente aquí donde radica el talón de Aquiles de la estrategia gubernamental, ya que por una parte no permite una disminución de aparato burocrático —una de las metas formuladas e incluso anticipada en cierta forma por el propio Fidel Castro— y por la otra se pierde un incentivo necesario para el desarrollo económico. Al verse amenazado ante la posibilidad de acumular riqueza, el cuentapropista no lleva a cabo la necesaria “acumulación original”, enunciada por el marxismo, sino dedica su dinero a  mantener, dentro de lo permitido, una “vida de lujo” y si es posible a sacarlo al extranjero.
El incremento del tráfico de dinero entre Cuba y Miami y la aparición de “nuevos ricos” en la Isla son dos indicadores de este proceso.
En la práctica cada vez más se desarrollan dos modelos de supervivencia en competencia dentro de Cuba. El fenómeno no es nuevo, y por él pasaron diversos gobiernos comunistas antes de su desaparición.
Las economías socialistas prereformistas combinan la propiedad estatal con la coordinación burocrática, mientras las economías capitalistas clásicas mezclan la propiedad privada con una coordinación de mercado.
Uno de los aspectos negativos de la presencia de ambos sistemas en una misma nación es el aumento del desperdicio de recursos. Mientras que un sector privado vive constantemente amenazado en un sistema socialista, al mismo tiempo se beneficia de un aumento relativo de ingresos, al poder fácilmente satisfacer necesidades que sector estatal no cubre. Pero esos artesanos o propietarios de restaurantes se ven amenazados ante el “peligro” de acumular riqueza y darles un uso productivo, debido a que la existencia prolongada de su empresa es bastante incierta y la vigilancia y espolio se incrementa a medida que son más exitosos. Así que la mayoría emplea sus ingresos en un mejoramiento de su nivel de vida mediante un consumo exagerado.
Esta actitud y conducta no difiere de la del burócrata, que sabe que sus privilegios y acceso a bienes y servicios escasos dependen de su cargo.
Si bien la propiedad estatal y privada pueden coexistir dentro de la misma sociedad, en el ambiente político, social e ideológico de los países de socialismo reformista se trata de una simbiosis incómoda, plagada de aspectos imprácticos y hasta potencialmente dañinos para el futuro y la vida del empresario que se destaque demasiado en su labor.
Es por ello que tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático.
Por su parte, ese control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos y supuestamente ideológicos; en especial en el caso de Cuba, donde la ideología ha abandonado el canon para caer en la incertidumbre.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades productivas privadas, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual, sin una carga impositiva exagerada y sin el peligro de la arbitrariedad y el soborno. Solo que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia y en última instancia conspiraría  —aunque no de forma declarada— contra el poder político. Nada hasta el momento indica que ello vaya a ocurrir en fecha cercana, todo lo contrario según se deduce hasta el momento del desarrollo del encuentro partidista.
Uno de los espías cubanos miembros de la Red Avispa, René González, comparó a Obama con el “flautista de Hamelín”, durante una de las discusiones del Congreso.
“Aquí estuvo el ‘flautista de Hamelín’ hace 15 días y vino a tocarle a nuestros hijos, para llevarse sus corazones. Tocó muy bien la flauta, porque tiene especialistas que le dicen cómo tocarla”, dijo González.
Quizá el agente y quienes lo escuchaban no supieron —o no se atrevieron— a captar el profundo alcance “contrarrevolucionario” de la frase y la comparación. Porque el flautista no llegó al pueblo por gusto, sino por la presencia, molesta y dañina, de los ratones.

El avispero de Raúl


Raúl Castro desató un avispero y abrió una ventana en la inauguración del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC). Y todo lo hizo a lo largo de un discurso monótono, donde solo el cinismo despertó a veces atención.
El avispero es la propuesta de que para ocupar cargos en la dirección del PCC la máxima edad permitida son 70 años. Hay otros límites más: 60 años como edad tope para ingresar al Comité Central y dos mandatos para las responsabilidades principales en el Partido y el Gobierno. La ventana sirve para ver los recovecos con que llena cada posible o ilusoria solución a los problemas.
Hay una confusión elemental de términos y categorías en sus propuestas. Limitar los períodos en el poder de los cargos públicos es una medida casi siempre necesaria —aunque algo mecánica— para evitar caudillismo, anquilosamiento, despotismo y corrupción. Un principio mayormente vigente en Estados Unidos —Franklin D. Roosevelt fue el único presidente que sirvió por más de dos mandatos— y adoptado constitucionalmente a finales del pasado siglo en varias naciones latinoamericanas, que hasta entonces no o habían hecho, como fórmula y bandera del dejar atrás dictaduras .
Sin embargo, la prohibición —incluso constitucional— de un mandato extendido, no garantiza de por sí un gobierno democrático, como fue el caso de México hasta fecha reciente. En cuanto a la edad, mucho menos debe considerarse un factor decisivo. Dictadura y vejez no son sinónimos, aunque a veces coinciden.
Es por ello que el establecimiento de normas al detalle, para la sucesión a un cargo, denota en ocasiones —y eso en el mejor de los casos— la inexistencia de mecanismos democráticos que faciliten el balance y control.
Pero en el caso cubano —de largo gobierno de los hermanos Castro y los mismos rostros de la elite al mando repetidos durante décadas—, la propuesta tiene que haber despertado ambiciones y temores, dentro de un sector acostumbrado a depender solo de la voluntad del gobernante y no del calendario.
¿Y hasta que punto hay que creer que ahora el reloj resulta tan determinante?
“A pesar de que seguimos promocionando a los jóvenes para puestos de responsabilidad, no siempre han sido la mejor opción. Estamos pagando las consecuencias de no haber tenido una reserva bien preparada”, dijo Raúl Castro en el anterior congreso, y ahora la declaración de no haber sido “lo suficiente previsores ni ágiles” en aspectos tales como la puesta en marcha de los “Lineamientos” suena más a justificación que a reproche.
Por otra parte, los cambios que establecen los límites de edad requieren reformar los estatutos del Partido. Al mismo tiempo, Castro considera que su propuesta debería extenderse al sistema directivo estatal, las diversas instancias de Gobierno y las llamadas “organizaciones de masas”. En todos esos casos, además, ser aprobadas en la Asamblea Nacional.
Como si tantos pasos e instancias no fueran suficientes, para esperar más dilación que avance en las reformas, el gobernante también anunció realizar en los próximos años un referendo constitucional para “ajustar la Carta Magna y reflejar todos los cambios que vamos haciendo”.
El simple anuncio de un referendo constitucional en Cuba servirá en primer lugar no para que 100 flores florezcan, pero sí para que 100 grupos disidentes compitan. Aunque ya Castro aclaró que el carácter “irrevocable” del socialismo no cambiará, la simple mención de un referendo basta para destapar otro avispero.
Un referendo constitucional puede tratar muchos temas, y es posible que entre ellos se encuentren los referidos a ciudadanía de origen, residencia e incluso doble ciudadanía, pero es posible también que establezca una nueva relación entre Gobierno y fuerzas armadas.
La Constitución de 1976 establece que la figura al frente de los Consejos de Estado y Ministros es al mismo tiempo el jefe de las fuerzas armadas. Pero si se aprueban los límites de edad propuestos por Castro, cabría entonces la posibilidad de que un civil fuera “comandante en jefe”.
Ello nunca ha ocurrido bajo la Constitución de 1976. Osvaldo Dorticós Torrado dejó la presidencia precisamente en el momento en que entró en vigencia, y entonces Fidel Castro asumió el cargo de mandatario.
Así que cabe especular que el referendo constitucional aborde el tema del establecimiento de una fuerzas armadas autónomas, para añadir una nueva semejanza entre los militares cubanos y birmanos.
Si en las propuestas del gobernante se confunden términos, en su discurso las palabras surgen a veces como si estuvieran destinadas a tapar agujeros, huecos que el propio orador ha abierto. De esta forma, la solución a la doble moneda no está referida a “las calendas griegas”, pero tampoco al día de mañana; el número de militantes del Partido ha disminuido, pero esta tendencia se ha detenido; los salarios y pensiones siguen siendo insuficientes, aunque no hay planes inmediatos de aumentarlos; se mantendrá la propiedad estatal sobre los medios fundamentales de producción, pero la mediana y pequeña empresa privada no son, por su esencia, antisocialistas.
Llama la atención que un gobernante catalogado de práctico y no ideológico dedique tanto tiempo a observar los problemas sin resolverlos. Y precisamente ese dilatador impenitente ahora propone sacar del medio a los que como él se han hecho viejos en igual ejercicio, inútil pero a veces conveniente y hasta lucrativo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Un enigma rodeado de misterio


La celebración del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), que se inicia el próximo sábado, y lo que es más importante, sus conclusiones, es un enigma rodeado de misterio. Pocos han sido los indicadores de lo que podrá suceder y muchos los rumores. La mesa está servida entonces para la especulación con nombres y figuras, cuando lo esencial será los posicionamientos de los grupos de poder. Todo ello bajo una premisa fundamental: el poder real en Cuba está en manos de los militares, que controlan el PCC a través del Buró Político —algo establecido en la ley y en la práctica—, así que lo que se va a producirse en la isla a partir del sábado es la continuación o el cambio de gobierno.
Nombres y grupos
Para comenzar con los nombres. El primero que surge es el de Fidel Castro. En Cuba ha corrido el rumor de que podría hacer acto de presencia en la cita, en la inauguración o clausura. Su presentación pública reciente en una escuela primaria se ha tomado como un indicador al respecto. Pero este hecho hay que situarlo dentro de la campaña de propaganda, especulación e imagen que siempre le ha gustado jugar al líder de la revolución cubana. En última instancia, es difícil que su presencia o no cambie lo que ya está definido.
Luego vienen los sucesores. Más incluso que los posibles cambios políticos y económicos, las especulaciones en torno al congreso han girado sobre la posibilidad de que el evento sea el último presidido por un Castro, a lo que se suma el anuncio hecho por el gobernante cubano de que dejará la presidencia del país en 2018. Sin embargo, el abandono del poder civil no implica necesariamente el cese de su función al frente del Partido, y nadie duda que Raúl Castro será reelegido como primer secretario.
Al examinar la situación cubana hay que tener en cuenta que las esferas de poder en la isla obedecen a tres patrones no siempre coincidentes: cargos políticos, cargos administrativos y posiciones privilegiadas —por vínculos familiares, de participación en la lucha que llevó a los Castro al poder y participación militar— que trascienden la clasificación simple.
En este sentido, el análisis de la cita partidista se centra en dos factores. Los posibles candidatos a segundo secretario (nombres) y el balance entre civiles y militares, por una parte, y por la otra entre tecnócratas e ideólogos, conservadores y burócratas (grupos). Ambos factores se interrelacionan.
Lo que sigue desatando apuestas es la posibilidad de una sucesión familiar, un criterio que desde hace años se comenta en el exilio y la prensa internacional. Dos son los nombres posibles. El coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, y el general de brigada Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, ex yerno de Raúl.
La entrada de Castro Espín —que ha acompañado a Raúl en todas las conversaciones con el presidente estadounidense Barack Obama— sería una forma de oficializar la línea de sucesión, sobre la que se especula pero no hay una definición clara. Sin embargo, más allá de un afán de buscar semejanzas remotas con países árabes o asiáticos, poco hay de fundamento para afirmar que tras el congreso se establezca oficialmente una sucesión familiar. Menos todavía si se toma en cuenta que Raúl Castro, a diferencia de su hermano, fundamenta sus decisiones en procedimientos y no en un voluntarismo ciego.
Casi imposible el salto del coronel Castro Espín al Buró Político, cuando ni siquiera es miembro del Comité Central (su entrada a este grupo selecto no deja de ser una posibilidad real).
En el caso del brigadier Rodríguez López-Callejas, que sí es miembro del Comité Central, la trama política se mezcla con la familiar y es difícil especular si su separación de la hija de Raúl, y las desavenencias con su cuñado, pesarán más que sus condiciones ideales de militar y jefe empresarial de los negocios en manos de las fuerzas armadas.
División de poder
En cuanto a la división de poder entre los diferentes grupos, en primer lugar está el balance entre militares y civiles dentro del Buró Político.
Además de Raúl Castro, los militares del politburó —aunque en la actualidad no desempeñen funciones castrenses— son: José Ramón Machado Ventura, Leopoldo Cintra, Abelardo Colomé Ibarra, Ramón Espinosa, Álvaro López Miera, Marino Murillo, Ramiro Valdés y Adel Yzquierdo.
Se ha hablado sobre la salida de Machado Ventura, por motivos de salud y edad, pero no hay nada concluyente. Se puede afirmar que Colomé Ibarra dejará el grupo, porque ya fue sustituido como miembro del Consejo de Estado y Ministro del Interior (MININT) por problemas de salud.
Los civiles dentro del politburó son Miguel Díaz-Canel, Esteban Lazo, Mercedes López Acea, Bruno Rodríguez y Salvador Valdés Mesa.
Díaz-Canel, Rodríguez, Valdés Mesa y Lazo seguramente serán ratificados en sus cargos. Los dos primeros por su destacada actuación política en estos últimos tiempos y los dos últimos fundamentalmente por ser de la raza negra.
Todo ello implicaría la necesidad de reforzar el sector militar para mantener el balance.
La entrada de Carlos Fernández Gondín, el actual ministro del MININT —no precisamente un joven, ya que tiene 77 años— es casi segura. Otro posible candidato es el general de cuerpo de ejército Joaquín Quintas Solá. Pero de producirse ambos movimientos estaríamos asistiendo a una nueva consagración del mando en manos de “históricos” y no al tan esperado relevo generacional.
Este relevo, de producirse, estaría más en manos civiles que militares, y aquí radica una de las claves que hace más compleja la sucesión de poder en Cuba: ¿hasta dónde los mandos militares van a permitir una preponderancia civil en la dirección del Partido, algo que hasta ahora no ha ocurrido?
No es que el sector militar sea opuesto a las limitadas reformas. Todo lo contrario, el núcleo gestor económico que en la actualidad se extiende por el país tuvo su origen en las empresa militares. Pero la interrogante surge sobre si ese poderío económico cree que ya capaz de relegar algunas funciones —porque considera que ya no son primordiales para conservar sus prerrogativas— a un sector político capaz entonces de ensayar ciertas concesiones de autonomía a la prensa, las labores administrativas e incluso determinados niveles de discrepancia que no constituyan una oposición fuerte.
Nada indica una tendencia hacia una disminución de ese poder férreo. Entre los puntos que se conoce tratará el evento se encuentra “el enfrentamiento a manifestaciones de subversión y otras tendencias negativas como la corrupción, las ilegalidades y las indisciplinas sociales”. El uso de la palabra “subversión” y la categorización del hecho junto a delitos comunes como la corrupción señala hacia un intento de recrudecimiento ideológico a partir de la visita del presidente Obama a la isla.
Cambios económicos
Al definir el congreso no hay que olvidar que el PCC no es solo la principal fuerza política del país sino que cuenta con un poder económico contundente. La reunión será, además de un evento político, sobre todo un hecho económico, posiblemente el primer paso hacia la puesta en marcha oficial de un modelo a la cubana que adopte características del chino o vietnamita.
En este sentido, no hay duda de que la reunión se define por una continuación de un proceso ya iniciado, y no habrán grandes sorpresas. Hace menos de un mes, un editorial de Granma dejó claro de que lo que corresponde al congreso “es terminar lo iniciado, continuar la ejecución de la voluntad popular expresada hace cinco años, y seguir avanzando por el rumbo que trazó el Sexto Congreso”.
Para reforzar ese criterio, a tres días del inicio de la reunión se ha publicado una normativa estableciendo que las nuevas cooperativas privadas gastronómicas y de servicio podrán acceder al mercado mayorista estatal para abastecerse de algunos productos, a partir del 2 de mayo.
La medida indica que en Cuba continuará desarrollándose un sector de trabajo privado con márgenes crecientes, pero supeditado al sector estatal no solo bajo premisas políticas, sino encauzado dentro de marcos económicos.
Si se toma en consideración que el país cuenta con un camino por delante para avanzar en este sentido —que en muchos casos transitaron países bajo un gobierno comunista como Hungría e incluso la desaparecida Unión Soviética—, sin afectar en lo más mínimo las estructuras del poder central, la espera continúa siendo larga.
Lo que sí resulta posible es un reforzamiento en el Buró Político del sector tecnócrata identificado con los cambios económicos, y aquí cabe esperar la entrada en ese cuerpo del ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, Rodrigo Malmierca Díaz. Ello contribuiría a crear el clima de confianza que se busca para los inversionistas extranjeros.
El segundo secretario
El cargo de segundo secretario constituye la gran incógnita del VII Congreso. Más que al sí, lo que se puede es apostar al no.
Nada indica que Díaz-Canel alcance ese puesto. Si no lo logra, o si no es escogido para el mismo una figura relativamente joven, el traspaso de poder de los Castro continuará siendo una ilusión.
No se trata simplemente de un problema de transferencia de poder debido a la edad, sino del acuerdo necesario para no colocar, en última instancia, el mando militar bajo las órdenes de un civil, como por lo general ocurre en un país democrático como Estados Unidos. Díaz-Canel —aunque terminó el Servicio Militar Obligatorio con grados de oficial y participó en una “misión internacionalista“ en Nicaragua— no lo es.
Las opciones serían entonces colocar en el segundo puesto dentro del Partido a uno de los generales actuales —poco probable desde el punto de vista de imagen internacional— o al Comandante de la Revolución Ramiro Valdés o al coronel de la inteligencia Marino Murillo, algo también muy remoto.
Por lo tanto, es más probable que, pese a los pronósticos, Raúl opte por mantener a Machado Ventura hasta el siguiente evento. En resumidas cuentas, tanto él como su hermano se consideran poseedores de la eternidad del instante, que ya tiene 57 años.