miércoles, 2 de septiembre de 2015

El Cardenal, el Papa y los presos


Cualquier pedido de liberación de presos en Cuba, si incluye en su lista a detenidos políticos y opositores pacíficos. no está libre de un rubor de vergüenza. Más que pedir, se debe exigir su liberación.
No se han divulgado los nombres de los que están incluidos en la lista que el cardenal cubano Jaime Ortega Alamino dijo que entregó al gobierno de Raúl Castro, con la petición de excarcelación y un posible indulto durante la visita del papa Francisco este mes a la isla.
Ortega señaló que las causas fundamentales de las condenas que describen las solicitudes son por “delitos económicos” u otras faltas comunes, y en menor medida por motivos políticos.
Así que todo indica que se repetirá un gesto que es más bien una ceremonia donde se mezclan la bondad, la hipocresía y el poder. Viejo ritual de una religión nacida en buena medida como un refugio que glorifica y brinda alivio espiritual a los perdedores, mientras se sustenta sólidamente sobre la autoridad que emana del poder. Eso ha sido siempre la religión católica. Pretender otra cosa es equivocarse de iglesia. Para buscar una verdadera comunicación espiritual hay que acudir al culto ortodoxo y si se trata de exaltar a los triunfadores cualquier denominación protestante cumple o pretende ocupar el sitio.
Pero por origen e historia la Iglesia Católica es al mismo tiempo poder terrenal y divino, por usurpación o derecho ha ejercido esa función y no hay razón ahora para exigirle lo contrario porque para ello basta con el rechazo. Decir simplemente que es el “opio del pueblo” y no olvidar que tal afirmación en su contexto adecuado se refiere principalmente a las propiedades analgésicas del opio y no solo a su capacidad de producir letargo y dependencia.
Ernest Hemingway tiene un cuento en que el protagonista enuncia varios de los mejores opios de los pueblos, entre los cuales está la televisión, para terminar preguntándose qué hay de malo en ellos, mientras escucha La Cucaracha, el corrido de la revolución mexicana. Señala entonces que una revolución es algo peor que el opio: es la catarsis, el éxtasis que solo puede prolongarse mediante la tiranía.
La realidad cubana obliga a los matices. También a la adopción de caminos más amplios para conseguir un objetivo loable: la puesta en libertad de algunos encarcelados. Abogar en favor de estos presos por razones humanitarias no reduce los méritos de quienes sufren sanciones injustas o demasiado severas, si este es el caso. Todo lo contrario. Enfatiza los sufrimientos a que están sometidos quienes buscan un futuro mejor para la isla.
Es muy posible que el régimen cubano —es decir Raúl Castro— acceda al pedido papal. El hecho de que la petición papal fuera divulgada por el cardenal Ortega a través de la televisión estatal es un preámbulo al hecho.
No basta con resaltar la importancia del proceso de diálogo que han abierto el gobierno de La Habana y la Iglesia Católica. La liberación de prisioneros es en buena medida esa ceremonia repetida, donde ambas partes muestran sus cuotas irregulares de poder: la Iglesia su limitad influencia y Castro una oportunidad fácil de presentarse conciliador y magnánimo. Nada nuevo si el ejercicio se analiza bajo la simpleza simbólica, desde ver a uno en la representación de un déspota cualquiera —desde un Poncio Pilatos caribeño en lo adelante sobran los ejemplos— y al otro en representación de los desposeídos para los que, en última instancia, queda el consuelo del “reino de los cielos” mientras tienen que seguir soportando con obediencia al tirano de turno.
Sin embargo, y en un sentido más amplio, este proceso entre dos Estados pequeños —cuya presencia en ocasiones sobrepasa la geografía y hasta la historia y en otras no— debe ser apoyado y hacer lo posible para que los extremistas de ambos lados del estrecho de la Florida no logren entorpecerlo; enfatizar que este esfuerzo debe realizarse por encima de los que solo buscan el mantenimiento del statu quo con fines propios, ajenos a una solución negociada de los problemas que en general afectan a Cuba.
Restarle méritos a la actitud del gobierno cubano —que ha emprendido conversaciones serias con la jerarquía católica— es encerrarse en el rencor y la derrota. Rechazar la gestión del Cardenal y el Papa, o condenarla con palabras apresuradas y oportunistas, es limitarse a una política de barricada en una ciudad donde el único parapeto que se construye es para impedirles el paso a los ladrones o al perro del vecino. Vil el preferir el sufrimiento de otros con tal de mantener la preponderancia de un punto de vista. Una actitud muy fácil de mantener desde la comodidad de un lugar limpio y bien iluminado.
La llamada “línea dura” del exilio ha criticado al cardenal Ortega en diversas ocasiones. Para quienes lo ven todo en blanco y negro, cualquier matiz es una herejía.
El diálogo en marcha entre la Iglesia y el régimen es a la vez justificación y pretexto —ingenuo sería negar esta alternativa— que también ha sido utilizado para esquivar otro más amplio con los diversos factores —considerarlos autores es condenarse al optimismo— de la sociedad cubana. La Iglesia puede ser un mediador útil en la conversación apenas iniciada entre Washington y La Habana, pero no sustituye el protagonismo necesario para lograr un acuerdo más amplio, un consenso ciudadano en la isla.
Aún La Habana debe demostrar una voluntad real para discutir y dejar un lado una retórica inútil —ahora que el argumento de plaza sitiada ha dejado de servir como justificación de los abusos— para avanzar en la necesaria transformación del país. Hasta ahora no lo ha hecho ni mostrado el menor interés al respecto. De momento, solo en el planteamiento limitado de algunos de los problemas que afectan al sector económico se ha visto la voluntad del gobierno cubano de superar las actitudes del pasado. Falta por ver si la visita del Papa a Cuba permitirá, al menos, recuperar cierta esperanza. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Expectativas, frustraciones y deseos


En Miami siempre han estado desvirtuadas las actitudes de “confrontación y acercamiento” hacia el régimen de La Habana, ya que hasta el momento no ha sido posible el pleno desarrollo de un grupo que postule la no confrontación desde una actitud que sea, al mismo tiempo, anticastrista y antiimperialista. Anticastrismo no asumido en el sentido tradicional de la beligerancia contra los centros de poder asentados en la Plaza de la Revolución, sino de forma más amplia, de desacuerdo fundamental con el estilo de gobierno imperante en la isla.
En esta ciudad hay tres grupos principales: quienes están a favor de una confrontación —violenta o no violenta, pero siempre de enfrentamiento político primordial— que tradicionalmente habían llevado la voz cantante a la hora de expresar los criterios anticastristas, pero que cada vez resultan más inútiles no únicamente en cuanto a su poder sobre el gobierno norteamericano, sino respecto a lo que ocurre en Cuba, y que en la actualidad se concentran en influir sobre determinado sector del Congreso; los que desde una actitud más moderada mantienen una posición anticastrista, y están a favor de un cambio en el exilio, pero cuya influencia se limita en muchos casos a ejercer de nota discordante en esta ciudad, aunque en algunos grupos y organizaciones han incrementado su  ascendencia en Washington (el conocido Cuba Study Group y la más reciente #CubaNow son una esperanza en este sentido). Por último, los que favorecen un acercamiento total y acrítico hacia el gobierno cubano, pero que no son más que simples repetidores de las posiciones de La Habana.
Podemos decir que el primer grupo se apropió durante décadas de la representación del exilio; que el segundo logra ser escuchado y que el tercero sobrevive gracias principalmente al apoyo de las agencias de viaje, algo que ―resulta evidente― lo  compromete políticamente.
En los últimos tiempo se ha recurrido a la cita de cifras, mediante las encuestas más diversas, para apoyar el criterio de que tanto la mayoría de los norteamericanos, como cada vez una mayor parte de los inmigrantes cubanos —es decir, el exilio según un criterio amplio— favorece una política contraria al aislamiento. Sin embargo, el problema no es sólo lograr la hegemonía, en el sentido democrático de contar con la mayoría, sino tener el poder necesario. La clave para resolver este problema no radica únicamente en las próximas elecciones ―legislativas y presidenciales― sino en la creación de un poderoso grupo de cabildeo en función del cambio, algo que está en proceso pero no cuenta aún con plena capacidad.
A diferencia de los primeros exiliados, las generaciones llegadas después de 1990 demuestran un gran retraso, desinterés o incapacidad a la hora de lograr algún poder político. A finales de los 60 los cubanos participaban activamente en la política de la ciudad y del condado. En 1976, entraron de lleno en la contienda de la legislatura estatal, con aspirantes por ambos partidos. Da la impresión de que los nuevos inmigrantes tienen menos interés y capacidad en ese terreno.
En la actualidad, el relevo político se produce dentro del marco establecido por los primeros refugiados —mediante sus hijos y nietos— y no gracias a la incorporación de los llegados posteriormente. Al principio, las candidaturas tuvieron que transformarse debido a la llegada de gran número de inmigrantes. Ahora son los nuevos votantes quienes tienen que adaptarse a los candidatos.
A esto se une la “saturación política” de quienes vinieron en años más recientes: un cansancio de discursos, retórica y consignas que lleva a un rechazo generalizado hacia cualquier declaración política.
Pero el esfuerzo no debe depender sólo de los cambios en el exilio sino también —y fundamentalmente— de los que no acaban de producirse en la isla. En este sentido, y de primordial importancia, están los siempre difíciles vínculos entre el gobierno de Cuba y la comunidad exiliada o residente en el exterior, especialmente en lo que respecta a Miami.
El gobierno cubano preparaba para mediados de 2009 una nueva reunión de “La Nación y la Inmigración”, con una agenda amplia, según comentarios que entonces llegaban desde la isla. Al final, todo quedó en lo de siempre: el viaje a La Habana de quienes priorizan una agenda que bajo el mantra del respeto a la “patria” se limita simplemente a servir de apoyo a los intereses del régimen.
Para el régimen de Raúl Castro, la llamada comunidad en el exterior es simplemente una fuente de ingresos, a la que se explota inmisericordemente a través de los vínculos familiares y últimamente además una especie de puesto fronterizo al que se acude para obtener dinero que se gasta al regreso.
Cualquier posible ampliación de los vínculos entre Estados Unidos y Cuba, más allá de la reapertura de las embajadas, tiene que incluir en algún momento la relación con el exilio, con una visión más amplia que una estrecha agenda política por parte alguna. Hasta ahora todo se reduce a  expectativas, frustraciones y deseos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 31 de agosto de 2015.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Fascinación totalitaria


Lo que más me llama la atención en muchos comentaristas, que expresan su opinión tras leer o simplemente ver las informaciones en la prensa sobre el aspirante a la nominación republicana Donald Trump, o los artículos al respecto, es lo fascinados que se sienten ante la figura de un caudillo —o simplemente “el macho”, para expresarlo en un lenguaje más vulgar.
Esa rendición irracional ante el poder, sea el de un dictador, un millonario o alguien con capacidad para contratar o disponer de un sistema de seguridad que puede manejar a su antojo, ha tenido consecuencias nefatas a lo largo de la historia.
Llama la atención en especial porque esos lectores —de alguna manera hay que llamarlos— seguramente sienten un repudio particular ante figuras como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Evo Morales o Rafael Correa cuando estos expresaron —o expresan en el caso de los tres últimos— igual repudio ante periodistas y medios de prensa.
Así que al final todo se limita al viejo dictamen de si es “nuestro HP” o el HP de otros, rasgo que solo sirve para caracterizarlos como amantes —será mejor decir fanáticos— del autoritarismo, y que al final su anticastrismo, o antichavismo o cualquier ejemplo “antielotro”, o de rechazo al ajeno, extranjero o que piensa distinto, se limita a determinadas circunstancias de momento, falta de oportunidad para ejercer el totalitarismo en otro momento o simplemente acomodo económico.
Que en el caso de Trump la fascinación trasciende las fronteras ideológicas es que, en lo que respecta al aspirante republicano, igual vocación la ejerce no solo ante el presentador de Univisión Jorge Ramos, que tales “lectores” catalogan alegremente de izquierdista —que no lo es— sino también frente a la conductora de la cadena Fox News Megyn Kelly. Por supuesto que a la Fox no hay quien se atreva a catalogar de izquierdista y tampoco a Kelly. Así que aquí no vale siquiera ser presidente de la cadena Fox, seguramente tan vista y escuchada por esos paladines de la “grandeza americana”. Pero esa afinidad totalitaria, a la que se podrían agregar especificidades políticas más precisas históricamente, va más allá de los partidos, para ser no solo contraria a los partidos políticos, tradicionales o no tradicionales, sino de rechazo al sistema democrático con el que ellos afirman simpatizar.
Así que en última instancia dichos comentaristas están más cercanos no a los movimientos antisistema —que seguramente rechazan— sino a algo aún más extremo: las conductas anárquicas violentas que manifiestan ciertos inadaptados que aprovechan cualquier manifestación, en contra de cualquier gobierno, para desahogar sus frustraciones y ejercer el delito y  crear el caos. Que en este caso todo no pase de violencia verbal o escrita no deja por ello de ser contraproducente y alarmante.

domingo, 23 de agosto de 2015

Trump y los locos


Me preocupa el silencio de los psicoanalistas estadounidenses. No entiendo ese cruzarse de brazos de los psiquiatras. Donald Trump amenaza con dejarlos a todos sin pacientes, o lo que es peor: poner a los enfermos al mando del sanatorio.
Aunque no estamos ante un alucinado que aspira a convertirse en candidato presidencial, sino frente a un embaucador que se aprovecha de las frustraciones ajenas, un explotador de las emociones de otros. Y ello es mucho más peligroso.
Alguien puede pensar que dedicarle dos artículos seguidos a un político indica una fijación en su contra, pero hay una diferencia clave entre uno y otro texto: el primero se escribió antes de que se hiciera pública su propuesta migratoria.
Hay un hecho fundamental, que a la hora de enfrentar a Trump los otros aspirantes a la nominación republicana aún se niegan a reconocer. Este país no está en crisis, ni económica, ni política ni social. Estados Unidos hoy no es la Alemania de 1933. Existen diferencias raciales, discriminación y diversas formas de odio. Sin embargo, no hay arraigada una xenofobia que dé paso al crimen, generalizado en toda la nación. Pero precisamente a dar aliento a esos sentimientos es a lo que está contribuyendo Trump.
Lo que existe es un estancamiento en las leyes, creado por los republicanos, que se refleja en el obstruccionismo que han ejercido en el proceso legislativo, tanto cuando eran minoría como al lograr la mayoría en el Congreso. Ello ha llevado a la percepción de que en Washington nada funciona y nada se logra.
De ello no hay mejor ejemplo que la imposibilidad de sacar adelante una reforma migratoria. Una ley que no habría dejado el asunto en el limbo para provecho de Mr. Trump, que más que aspirar a la presidencia busca establecer una dictadura.
Cuando se produce un estancamiento, es lógico que surja un candidato populista. Aquí se tiende a asociar al populismo con la izquierda, debido al ejemplo latinoamericano. Pero basta mirar a Europa para recordar que también hay un populismo de derecha y de ultraderecha.
La propuesta de Trump para combatir lo que él considera un grave problema migratorio sólo puede llevarse a cabo mediante la fuerza.
Un plan que no busca exclusivamente redactar nuevas leyes y medidas, y expulsar a millones, sino también cambiar la Constitución: modificar la Enmienda 14 para revocar la “ciudadanía por nacimiento”, otorgada sin importar el estatus migratorio de los padres.
Lo peor es que hay otros políticos republicanos que no solo comparten la idea, sino que incluso reclaman que a ellos se les ocurrió antes.
En noviembre de 1938 Alemania conoció la “Noche de los Cristales Rotos”. Millones fueron privados de su nacionalidad y expulsados del país. Puede pensarse que es un ejemplo exagerado, lejano en el tiempo y la geografía. No es así.
En República Dominicana una disposición constitucional del 2010 considera que la ciudadanía radica en la sangre y no en el lugar de nacimiento. Millones de haitianos, residentes por décadas en el país, han sido declarados “visitantes de paso”. No importa si sus orígenes se remontan a una fecha tan lejana como 1929. Tienen que inscribirse como extranjeros los que nacieron en ese pedazo de isla caribeña, de padres haitianos con un status inmigratorio irregular.
Así que cuando Donald Trump habla de restablecer la “grandeza americana” no está pensando en ese pasado idílico, con el que pueden estar soñando algunos de sus simpatizantes, sino intentando crear un panorama mucho más tétrico, y ajeno por completo a la tradición y la historia estadounidense.
Lo que hace más alucinante esa propuesta no se limita a lo disparatado de las “soluciones” sino es también irreal en sus premisas: ¿dónde está la crisis migratoria y de protección de fronteras?
Los indocumentados se han reducido en cerca de un millón durante los últimos años, según el Pew Research Center. La seguridad fronteriza es la mejor en mucho tiempo. Los cruces ilegales en la frontera con México están en su nivel más bajo en dos décadas, de acuerdo a un análisis de The Washington Post. Este gobierno es el que más inmigrantes ilegales ha deportado.
Por supuesto que cifras y hechos no sirven para curar los trastornos emocionales. Trump apela a convencer no con datos sino con exabruptos, y hay quien se divierte con ellos o se identifica con los mismos. El peligro no sólo radica en sus aspiraciones presidenciales, sino en que la notoriedad de su campaña puede alentar los sentimientos en contra de los latinos o los extranjeros en general, y desembocar en delitos de odio.
El sueño de la razón produce monstruos, pero más aún los crea la sinrazón. Para comprender a Trump y a los que votan por él no hay que leer tratados políticos, sino  contemplar los grabados de Goya. Y recordar que para destruir a un país poco vale haber nacido en él. En fin de cuentas, Hitler no era alemán, pero quienes lo apoyaron sí.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 24 de agosto de 2015.

lunes, 17 de agosto de 2015

Tras las banderas: ¿y ahora qué?


Como si se tratara de una obra de teatro, montada en dos escenarios y con 26 días de diferencia, Washington y La Habana se esmeraron en repetir símbolos durante las reaperturas de sus embajadas.
Los cubanos llevaron a la capital estadounidense la misma enseña que descendió en 1961, mientras de Estados Unidos viajaron a la isla los tres infantes de marina que bajaron la bandera de su país.
Curioso que un proceso, que desde el inicio se ha definido por el cambio, manifieste tanto apego a la continuidad.
Pasado y presente competirán a partir de ahora para trazar el futuro de las relaciones entre ambos países, y vale la pena tratar de apuntar algunas señales que ese camino tiene por delante.
Nada mejor para ello que el discurso del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y una fecha: el 14 de septiembre.
El discurso del canciller estadounidense —que no deja de estar amenazado de terminar reducido a un acontecimiento de momento— establece dos retos claros.
Uno al gobierno cubano, que en su relación con Estados Unidos está acostumbrado a lidiar bajo la retórica de la confrontación y rehúye un debate con tanta claridad, formulado desde una nación tan cercana e históricamente determinante en su destino, tradición y cultura.
Otro a los opositores dentro de la isla, que deben pasar de una disidencia de gestos a una oposición de hechos.
La táctica que por años vienen utilizando determinados grupos opositores está tan agotada como el mecanismo utilizado para reprimirlos. Si ambos se sustentan todavía —y puede que esta situación continúe por algún tiempo— es gracias a la recurrencia en un esquema que permite la sobrevivencia mutua: gestos opositores pautados que provocan reacciones del régimen también pautadas.
No solo cuentan factores y retos, sino también la forma de abordarlos. Kerry habló de dos niveles de intercambios o relaciones: de persona a persona y de gobierno a gobierno.
No cabe duda que el vínculo con los disidentes se reducirá al primero de los niveles. Se terminará para ellos el apoyo directo por parte de la Casa Blanca, aunque no del Congreso.
Sin embargo, la cuestión fundamental es que  tanto los intercambios de gobierno a gobierno —entre Cuba y EEUU—, como los vínculos de Washington con la disidencia, o de La Habana con sus elementos afines en suelo estadounidense, estarán pautados según las normas diplomáticas internacionales.
En este sentido, se ha creado una comisión bilateral, que realizará su trabajo a partir de una estrategia dictada por el sentido común: avanzar de los aspectos menos conflictivos —servicios postales, lucha contra el narcotráfico, protección ambiental— a otros más peliagudos, desde los reclamos mutuos de indemnizaciones hasta los derechos humanos.
Sería tonto creer que el futuro de los nexos entre ambas naciones descansará a partir de ahora sólo en manos de funcionarios y burócratas. El pasado continuará tocando a la puerta. Y ocurrirá muy pronto.
El día 5 de septiembre de 2014, el presidente Barack Obama, acorde a las facultades que le otorga la Ley de Comercio con el Enemigo, extendió por un año los efectos de la misma en relación con Cuba, “para proteger el interés nacional de Estados Unidos”.
La ley data de 1917 y prohíbe que firmas estadounidenses comercien con países hostiles. Se aprobó cuando Estados Unidos se preparaba para entrar en la Primera Guerra Mundial, y hoy sería fundamentalmente objeto de los historiadores sino fuera por un país: Cuba.
Su renovación anual, en lo concerniente a la isla caribeña, ha sido un acto rutinario de todos los presidentes estadounidenses desde que John F. Kennedy implantó por orden ejecutiva el embargo económico y comercial en 1962.
¿Qué hará ahora Obama, cuando el 14 de septiembre caduque la prorroga de la ley? ¿La extenderá por otro año?
No, de acuerdo a las palabras de Kerry: “este es el momento de acercarnos como dos pueblos que ya no son enemigos ni rivales, sino vecinos”.
Aunque la conclusión de la Ley de Comercio con el Enemigo con respecto a Cuba no signifique el fin del embargo —que en la actualidad se sustenta en otras dos legislaciones que dependen del Congreso: la Ley Torricelli de 1992 y la Helms-Burton aprobada en 1996—, su prórroga o no será un buen indicador para medir el avance de las negociaciones.
Entonces se podrá vaticinar con mayor certeza si realmente se ha iniciado una hoja de ruta o simplemente estamos ante un nuevo capítulo del repetido escenario que busca prolongar indefinidamente un cambio con cuentagotas.
Este artículo fue solicitado por el diario mexicano La Razón

viernes, 14 de agosto de 2015

Un discurso certero y realista


La visita del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, a La Habana está resultando más interesante de lo que esperaba.
Su discurso durante el izado de la bandera fue de un realismo y certeza que incluso en algunos momentos trascendió la simple retórica diplomática.
En un determinado aspecto —y esto es fundamental—, Kerry incluso fue más allá del presidente Barack Obama en su definición de presente y pasado establecido a partir del parteaguas del 17 de diciembre.
Al argumento clásico de Obama de “yo no había nacido” o “era un niño” Kerry antepuso un “cómo olvidar”, sentencia mucho más poderosa que el débil refugio en la infancia del mandatario estadounidense.
De esta manera el argumento del paso del tiempo, la llegada de otra época, el fin de la guerra fría se sustenta en acontecimientos del pasado y no en un presente que omite por ausencia el ayer. El recordatorio al gobierno cubano fue preciso y veraz.
Si al volver la vista a lo ocurrido entre ambas naciones, durante más de 50 años, el secretario de Estado fijó brevemente la situación de arranque para la negociación, a la hora de trazar con igual brevedad algunos de los puntos de lo que podría significar una hoja de ruta fue incluso más incisivo.
Es decir, Kerry fija en La Habana un posible camino hacia el avance de la democracia, el respeto de los derechos humanos y el desarrollo de los emprendedores y la empresa privada, que al mismo tiempo rechaza la retórica de confrontación que por tanto tiempo ha alimentado no solo al exilio y a los grupos de la disidencia que le son afines política e ideológicamente, sino también al discurso de enfrentamiento y respuesta empleado por el régimen.
Asistimos por primera vez a una elaboración mucho más clara de lo que al parecer espera la administración Obama que será esta nueva relación con La Habana, donde queda claro que Estados Unidos no busca abiertamente un cambio de régimen ni imponer soluciones desde afuera, pero donde también reconoce y no renuncia a su papel como fuerza de influencia.
Este discurso —que no deja de estar amenazado de terminar reducido a un acontecimiento de momento— establece dos retos claros.
Uno al gobierno cubano, que no está acostumbrado a lidiar y rehúye un debate con tanta claridad, formulado desde una nación tan cercana e históricamente determinante en su destino, tradición y cultura (con Europa siempre le ha resultado mucho más fácil cualquier discusión en estos términos porque tanto la historia como la geografía son diferentes).
El otro reto importante es a los opositores dentro de la isla, que deben pasar de una disidencia de gestos a una oposición de hechos, al tiempo que reconocer que no son únicos, no representan a la totalidad del pueblo cubano, así como ampliar y definir mejor su plataforma.
Esta ampliación de la oposición pasa, ante todo, por la necesidad de asumir su rol no como tarea profesional a tiempo completo —con el consecuente sometimiento al financiamiento de Washington a través de Miami— sino como actitud cotidiana o puntual, donde la efectividad se mida no a través de la verticalidad o el radicalismo, sino mediante el alcance que abarque, no al exterior sino dentro de Cuba.
Todo ello abre un camino difícil, y que hasta el momento siempre ha sido coronado por el fracaso.
Es posible que terminada la reapertura de las embajadas el régimen de La Habana prefiera un atrincheramiento más o menos discreto y sacar provecho del aumento del turismo estadounidense, así como aferrarse a la repetición de reclamos que sabe no son posible resolver de inmediato por la actual administración estadounidense: el levantamiento del embargo, las posibles indemnizaciones mutuas y la devolución de la base de Guantánamo.
El problema aquí, para ese gobierno que persiste en perpetuarse, es que resulta muy probable que al discurso de Kerry siga en las próximas semanas —o días— el anuncio de nuevas medidas por parte de Washington, que faciliten aún más los viajes y abran el camino a una mayor liberalización de las operaciones bancarias.
En este sentido, cabe señalar que estas medidas, que desde semanas atrás se sabe prepara la administración, no fueron anunciadas antes de la visita de Kerry, lo que hace esperar que su alcance pudiera estar influido por la reunión que hoy sostengan ambos cancilleres, o que el estadounidense diga hoy al cubano esas propuestas, en el clásico uso de la zanahoria como estímulo.
Cuando se anuncien estas esperadas medidas, y se conozca su extensión, brindarán una mejor perspectiva para vaticinar si realmente se ha iniciado una hoja de ruta o simplemente estamos ante un nuevo capítulo del repetido escenario que busca prolongar indefinidamente un cambio con cuentagotas.
Hay un hecho que vale la pena recordar. Asistimos al desarrollo de un plan elaborado tiempo atrás, tanto por el gobernante cubano Raúl como por el presidente Obama. Las discusiones entre funcionarios continuarán, los rechazos de ciertos sectores en ambos extremos del estrecho de la Florida siguen vigentes, pero lo más importante ya fue establecido en diciembre pasado: una voluntad de conversar —es decir, negociar— más allá de las diferencias.
Ni el gobierno cubano impuso una lista de invitados a la Casa Blanca, ni esta hizo lo contrario en su momento. Claro que ambas partes han eludido cualquier aspecto que pudiera considerarse una provocación por una de ellas, porque de lo contrario no podrían realizarse las conversaciones que son la vía para cumplir el objetivo ya fijado por Obama y Castro: hablar.
Queda claro que la invitación de disidentes al acto, tan cacareada y repetida en Miami y por los congresistas cubanoamericanos, era una formulación absurda, porque una actividad diplomática, por definición, tiene como meta la búsqueda de un acercamiento y no de crear disputas (para ello cualquier nación tiene otros métodos “no diplomáticos”).
Lo anterior se reafirma sobre el hecho básico de que de momento asistimos aún a una tregua que cada vez más se trasforma en un acuerdo. No se trata de una paz trazada tras una victoria absoluta de una de las partes, ni tampoco a la firma de un tratado luego del triunfo de una nación involucrada. Se trata simplemente de salir de un estancamiento que por décadas no ha llevado a parte alguna.
Para quienes repiten que La Habana no hecho concesiones basta recordarles que el propio viaje de Kerry, con la anunciada reunión por la tarde, en la vivienda del ahora embajador estadounidense, sí es una concesión por parte del régimen.
Por lo demás, resultaría insólito declarar “vencedores”, y participantes por sus logros dentro de este acuerdo, a quienes no han conseguido —por razones diversas, entre ellas la represión— sustentar al menos una base de apoyo o acercamiento en la población de la isla, así como tampoco una amplia simpatía y reconocimiento de su labor entre la ciudadanía estadounidense, al punto de identificarse con sus demandas —para mantener el embargo, la suspensión del turismo norteamericano y el financiamiento de sus actividades por parte del gobierno de Estados Unidos— por encima de sus opiniones en favor de un cambio de política hacia Cuba, lo que por otra parte no implica automáticamente una complacencia con el régimen de La Habana.
Respecto a esa oposición en la isla resulta hasta cierto punto más fácil predecir su desarrollo. La táctica que por años vienen utilizando determinados grupos está tan agotado como el mecanismo utilizado para reprimirlos. Si ambos se sustentan todavía —y puede que esta situación continúe por algún tiempo— es gracias a la recurrencia de ambos factores en un esquema que permite la sobrevivencia mutua al tiempo que propicia un estancamiento cuyo único objetivo parece ser el existir perpetuamente: gestos opositores pautados que provocan reacciones también pautadas. La caminata de las Damas de Blanco cada domingo es el mejor ejemplo de ellos.
Un factor decisivo en todos estos aspectos podría ser la próxima visita del papa Francisco a la isla, que ya Kerry dejó en claro que no por gusto visitará primero La Habana y luego Washington. Tanto por la personalidad del sumo pontífice como por la situación excepcional de la Iglesia Católica en Cuba —en resumidas cuentas es el mejor atisbo de lo que podría ser una sociedad civil dentro de la isla— esta visita podría resultar más trascendente, para el futuro de la nación cubana, que la de sus dos predecesores.

lunes, 10 de agosto de 2015

Protesta contra Obama en La Habana


Para algunos podría ser la gota que colmó el vaso, lo último que faltaba por ver. Quizá la explicación del hecho radique en considerarlo la consecuencia lógica de un camino iniciado hace unos pocos años.
La organización Damas de Blanco nació para protestar por las injustas condenas que llevó a la prisión, con sentencias de largos años de encarcelamiento, a un grupo de periodistas independientes, activistas y opositores pacíficos en general.
Este objetivo ha cambiado en la actualidad —mejor sería decir se ha tergiversado— y el grupo se ha convertido en la representación más visible en Cuba de los puntos de vista de un sector del exilio cada vez más reducido, que por décadas ha respondido con una fidelidad absoluta a los planteamientos del Partido Republicano.
Por supuesto que por un problema de comodidad y rutina las agencias cablegráficas y los medios de prensa siguen catalogando a las Damas de Blanco de cara al pasado y no al presente. Pero las Damas de entonces ya no son las mismas.
Ante todo porque los familiares encarcelados —en favor de los que se manifestaban al inicio de organizarse— no están en la cárcel sino en el exilio la mayoría y otros con una libertad condicional, que en la práctica los limita a no poder viajar al exterior, al no aceptar abandonar el país; un gesto que por otra parte merece todo el respeto, así como resulta válido reclamar al gobierno de La Habana que debería otorgarles la libertad plena, sin condición alguna.
Pero las Damas de Blanco vienen demostrando desde hace algún tiempo que la liberación de los presos políticos no es su objetivo, o al menos no es su interés primordial en estos momentos.
En primer lugar porque los diversos grupos opositores no han logrado ponerse de acuerdo en quienes son esos presos, la cifra más o menos exacta y confeccionado una lista unitaria sobre la cual establecer un reclamo.
En segundo porque dicho reclamo se ha convertido en una nebulosa que se repite como un mantra con un fin muy preciso, no de liberar sino de condenar, solo que el condenado es en esta ocasión el gobierno estadounidense y el plan del presidente Barack Obama de modificar el enfoque bajo el cual tratar al régimen de Raúl Castro.
“El (Obama) tiene la culpa de lo que está pasando (en Cuba)”, declaró el expreso político Ángel Moya, de acuerdo a un cable de la AFP.
Curioso, hasta ahora la opinión generalizada —salvo para los partidarios del castrismo— era que los hermanos Castro y sus seguidores eran los culpables de lo que pasa en Cuba.
“Por esto tenemos esta careta, por su culpa”, agregó Moya, marido de la líder de las Damas de Blanco, Berta Soler.
Así que a la habitual protesta de los domingos se ha sumado un nuevo culpable: Obama. Para gozo de algunos aquí en Miami.
Unos 90 opositores cubanos, entre ellos medio centenar de Damas de Blanco, fueron detenidos el domingo tras protestar con máscaras del presidente Barack Obama en rechazo a la reapertura de la embajada estadounidense en la isla, observó un periodista de la AFP.
La represión contra las Damas de Blanco y los opositores debe cesar. Tienen todo su derecho a protestar pacíficamente contra el gobierno de la isla o el presidente Obama, o contra el buen vecino que no los saluda.
Sin embargo, resulta paradójica la protesta pública de un grupo, que se declara a favor de la liberación de los presos políticos, hacia un jefe de Estado que logró la libertad de 53 prisioneros como uno de los puntos de inicio de la negociación entre Cuba y Estados Unidos. Eso para no decir que constituye una muestra de poco agradecimiento.
(El mal agradecimiento parece ser inherente en estos casos, como en buena medida lo han sufrido ya otros, en especial el cardenal Ortega, y es posible que las paredes del Vaticano no sirvan para salvarse de él ni al papa Francisco.)
Más paradójico aun es el hecho de las Damas de Blanco y los opositores que las siguen se manifiesten contra una negociación con la que está de acuerdo la mayoría del pueblo cubano. Esta manifestación del domingo servirá para aislarlos más todavía de ese pueblo con el que les ha resultado imposible establecer contacto, en gran medida por la conocida represión imperante en el país, pero también por su estrategia.
Es precisamente un problema de estrategia el que enfrentan estos opositores, que han decidido adoptar la que durante mucho tiempo gozó de gran popularidad en el exilio, y en estos momentos se limita solo a un factor emotivo: la del objetivo o fin interpuesto.
Por años se pensó que EEUU no permitiría un gobierno socialista a 90 millas. Después que tras la caída de la Unión Soviética el régimen cubano estaba liquidado. Luego el derrumbe del chavismo pasó a ocupar ese lugar.
La cuestión es que resulta inútil echarle la culpa al gobierno de Obama —además de un indicador de una fuerte dependencia hacia EEUU— de lo que ocurre en Cuba. Eso solo sirve para fines electorales, en Miami y Washington, pero no en la isla y mucho menos más allá de Hialeah.
Esa fidelidad a un punto de vista, y un patrón de conducta ajeno, solo vuelve a evidenciar un viejo axioma: el que paga manda. Las Damas de Blanco y otros opositores solo están demostrando que les preocupa sobre todo sus fuentes de financiamiento.
Lo lamentable del hecho es que, incluso si se da por cierta la cifra del periodista de la AFP —las fotos de lo ocurrido muestran a un grupo de manifestantes mucho más reducido y los rostros de opositores detenidos que presentan no pasan de una docena—, el número de los que se oponen al deshielo entre Cuba y Estados Unidos es ínfimo con relación a la población cubana y estadounidense que lo apoya. Algo así como una pequeña pataleta.

domingo, 9 de agosto de 2015

Disidencia y dólares


Washington debe interrumpir la entrega de fondos para la disidencia cubana. No como parte de un plan de mejor  relaciones con La Habana ni mucho menos para congraciarse con el gobernante cubano Raúl Castro. Debe hacerlo por un hecho simple: está botando el dinero.
Si alguien en el exilio considera que los opositores deben ser mantenidos, debido a que el gobierno de la isla no les da trabajo —explicación que en estos momento ha perdido vigencia a partir de la posibilidad de empleo por cuenta propia—, la respuesta es simple: echar mano al bolsillo.
Hay decenas de trabajos a realizar —desde costureras y peluqueras hasta fontaneros y albañiles— que pueden ser desempeñados sin convertir la tarea opositora en un empleo. En primer lugar porque estas actividades no se realizan a tiempo completo, como se ha demostrado a través de los años. En segundo porque, de existir la categoría de disidente profesional, al menos se debería exigir cierta efectividad, como ocurre con cualquier trabajador en cualquier sistema social, salvo en la sociedad comunista que nunca surgió. De lo contrario, estamos ante la paradoja de un grupo de abanderados del capitalismo que se comportan como mantenidos al estilo socialista.
Si bien es cierto que no toda la oposición cubana y tampoco buen número de activistas de lo que podría ser un embrión de sociedad civil caen bajo el mismo criterio, y hay quien se sostiene con diversas tareas, la parte más visible —o al menos locuaz— del grupo ejemplifica esa actitud de recibir dinero (mucho o poco) a cambio de casi nada.
Creados durante la administración de Bill Clinton, los programas denominados Cuba Democracy Assistance se ampliaron bajo la presidencia de George W. Bush y han continuado durante el mandato del presidente Barack Obama.
No se trata de establecer mejores controles administrativos. En este sentido han ocurrido mejoras y la situación no es tan caótica como en otros tiempos. A partir del 2004 se establecieron mecanismos de “competencia oficial para seleccionar a quienes reciben las donaciones” y entraron en vigor medidas adecuadas para mejorar la supervisión de los programas. Pero ello no ha evitado la continuación de una práctica a la que hay que poner fin, ya que se trata de una política caduca y fracasada. Las cifras son elocuentes.
Por ejemplo, de los $65 millones otorgados por la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID), para ayudar a un cambio democrático en la isla, empleados en la financiación de 40 programas entre 1996 y el 2005, $62 millones fueron otorgados en “respuesta a propuestas no solicitadas”, lo que quiere decir que se dieron sin la existencia de proyectos compitiendo para recibir las donaciones.
En el 2008 el Congreso aprobó $40 millones para los dos años siguientes. Luego continuó aprobando fondos con este objetivo. Entre los años fiscales del 2009 al 2011 se destinaron $55 millones al respecto. De ellos, la USAID administró cerca de $31 millones, mientras el Departamento de Estado se hizo cargo del resto. A su vez, $20 millones se destinaron para el año fiscal del 2012. Para el 2013 se entregaron $15 millones y en el 2014 $20 millones.
La USAID fue por años la agencia encargada de entregar la mayor parte de los fondos destinados a lograr un cambio democrático en Cuba, aunque en febrero de 2014 quedó excluida de los $17.5 millones consignados para programas por la democracia en Cuba, en medio de quejas de disputas políticas partidistas y de que la agencia ha manejado esos programas de modo erróneo.
En total, $232.5 millones sin resultados visibles.
La USAID no es la única que otorgaba dinero de los contribuyentes para actividades destinadas a promover cambios.
La Fundación Nacional para la Democracia (NED) es otro importante receptor de fondos del gobierno de Estados Unidos para sostener programas con este objetivo, aunque por definición es una organización no gubernamental. (Vale señalar que la NED, con sede en Washington, D.C., hace un trabajo mejor que la mayoría de las otras organizaciones en la divulgación al público de cómo se gasta su dinero.)
Una propuesta de ley de gastos del Departamento de Estado en el año fiscal 2016, presentada a comienzos de junio en el Congreso, aumentaría el financiamiento para la promoción de la democracia y el fortalecimiento de la sociedad civil en Cuba hasta los $30 millones, al tiempo que prohibiría el empleo de fondos para expandir la misión diplomática en Cuba más allá de las instalaciones existentes antes del 17 de diciembre.
Por supuesto que no todo este dinero ha sido entregado a la disidencia o a las organizaciones en Miami que representan a los diferentes grupos, sino que también ha servido para el financiamiento de rotundos y notables fracasos, desde la encarcelación del ex subcontratista Alan Gross hasta programas como ZunZuneo y la promoción del hip-hop. Sin embargo, los cientos de millones mal empleados deberían servir por sí solos para poner fin a este disparate. Sin más demora.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 10 de agosto de 2012.

viernes, 7 de agosto de 2015

Por qué me gusta Donald Trump


Me gusta Trump porque ha puesto a las claras lo que ha sido por décadas la campaña electoral a la presidencia de Estados Unidos, tanto para demócratas como para republicanos: un espectáculo. Esto, por supuesto, no quiere decir que comparta sus ideas ni que lo considere un candidato perfecto —creo que ni siquiera es un candidato imperfecto—, así como tampoco creo que se ha atrevido a ello por coraje. Simplemente es algo natural en él. No se puede esperar otra cosa de alguien vinculado económicamente a los negocios del juego, los concursos de belleza, los reality shows televisivos y los bienes raíces. Si el electorado estadounidense carece tanto de juicio como para elegirlo presidente es otra cuestión. No lo espero, pero es capaz de entretenernos por varios meses, sobre todo en la época veraniega, que se caracteriza por la ausencia de noticias. Así que para los periodistas Trump es una especie de bendición en medio del bochorno y no debemos ser mal agradecidos.
Me gusta Trump porque está haciendo bailar al tono de su música al resto de los aspirantes a la candidatura republicana, y eso es bueno para poner fin a tanta hipocresía.  El Partido Republicano es antiinmigrante y punto. Lo demostró en la anterior campaña presidencial y no se puede quitar esa carga de arriba. Estamos asistiendo a igual repetición de un fenómeno de desgaste, que obliga a los políticos republicanos a competir por ver quien asume una actitud retrógrada más fuerte durante las primarias, para luego intentar quitarse el sombrero y mostrarse centrista y partidario de la clase media cuando llega la contienda nacional, bajo la asunción de una falta de memoria de memoria de los votantes —en el mejor de los casos— o simplemente aferrados a la creencia de quienes acuden a las urnas son estúpidos.
Me gusta Trump porque hace un alarde de que su pensamiento político es de una simpleza aplastante, y que todo puede juzgarse bajo la óptica del alarde del dinero:  “A Hillary Clinton le dije ‘Ven a mi boda' y vino a mi boda. No tenía elección. Yo había donado a su fundación”, explicó Trump, quien usó este ejemplo, protagonizado por él mismo, para probar que “el sistema está roto”. Así de simple.
Me gusta Trump porque reivindica a Ernest Hemingway, que cuando Scott Fitzgerald le dijo que los ricos eran diferentes se limitó a responder: “Sí, tienen más dinero”.
Me gusta Trump porque está haciendo visible una realidad a la que vengo refiriéndome desde hace varios años —perdón el comercial, pero estamos hablando de la política como espectáculo—, y es que el Partido Republicano está fracturado y su final es dividirse, escindirse irremediablemente. Trump amenazó con presentar una candidatura independiente si no resulta nominado por dicho partido para ser el candidato.
Me gusta Trump porque a las claras demuestra, con su popularidad en las encuestas, que los republicanos son en buena medida homofóbicos, detestan a las lesbianas y no solo simplemente rechazan el matrimonio homosexual sino son profundamente machistas, lo que además servirá para que pierdan muchos votantes. Cuando la moderadora de Fox News, Megyn Kelly, le preguntó por sus comentarios irrespetuosos hacia algunas mujeres, a las que ha llamado “cerdas gordas, perras, guarras y animales desagradables”, Trump respondió con un escueto “solo a Rosie O'Donnell”.
Me gusta Trump porque ha limitado el debate republicano al tema de inmigración, que es un tema de desgaste para dicho partido, y está encerrándolo en un escenario tipo western de los años cuarenta: los mexicanos como peones o bandidos como único papel disponible. O simplemente elevando a nivel de campaña presidencial aquel enunciado de Jorge Luis Borges al referirse al número de muertes que achacar a Billy The Kid: “sin contar mexicanos”.
Me gusta Trump, en fin, porque si logra la candidatura republicana para la presidencia será una derrota total en las urnas, Y eso me hace feliz.

lunes, 3 de agosto de 2015

Y sin embargo se mueve


Descarte la discusión sobre las encuestas, eche a un lado sus preferencias de voto, no olvide pero tampoco se amargue demasiado ante lo irremediable, y si es opositor y mimado en Miami probablemente le ha tocado la hora de cambiar su discurso: el embargo estadounidense ha entrado en período de extinción.
El famoso embargo —su fama obedece más a la persistencia que a objetivos, logros y fines— no debería convertirse en tema de campaña electoral más allá de Miami, pero sí de ejemplo para ilustrar lo mal hecho, la demagogia y el abuso. Y en este sentido es válido volver una y otra vez sobre él. Su levantamiento no servirá para llevar la democracia a Cuba. Afirmar lo contrario es refugiarse en las teorías neoliberales. Sólo que los neoliberales del patio no son tan liberales, y a la hora de Cuba se refugian en el mercantilismo. Para poner restricciones, basta con La Habana.
Tampoco el apoyo al embargo es un elemento clave para definir la cubanía o mejor dicho, el anticastrismo. Esa propuesta tiene tufo a prueba del fuego o del agua; a un restablecimiento de la Santa Inquisición.
El embargo no define a los cubanos ni a los estadounidenses de origen cubano, porque no les pertenece. Lo impuso Estados Unidos cuando le afectaron sus intereses. No es una medida aprobada por ellos, sino una ley apoyada por un sector del exilio cubano en este país, no en el resto del mundo. En la promulgación de la ley Helms-Burton se impuso el requisito de un cambio de gobierno en Cuba. Pero dicho cambio —necesario y querido— es una prerrogativa de quienes viven en la isla, no debe ser una medida espuria.
Esta medida no solo es nula en la práctica, sino que se ejerce de forma discriminada, como la no puesta en vigor del Capítulo III, que el adorado presidente George W. Bush prorrogó, al igual que había ocurrido con el criticado Bill Clinton. Luego el insultado Barak Obama no hizo más que repetir a sus antecesores.
Por años el embargo fue una cuestión política, pero de política electoral: el secuestro de las normas que debían regir los vínculos con un país (considerado enemigo por un gobierno que comerciaba con otros enemigos) de acuerdo a los dictados de un sector de la comunidad exiliada. Al parecer sólo indicaba que las relaciones entre Cuba y EEUU estaban en buena medida secuestradas por un par de lugares (Miami y New Jersey), pero aquello no era más que un pretexto.
Era un lugar común repetir que la política norteamericana hacia Cuba era rehén del exilio. Esa verdad a medias sirvió para explicar desvaríos y de pretexto perfecto para justificar la ausencia de iniciativas.
Al final siempre salía a relucir que la isla importaba tan poco a Washington (salvo cuando crecía la amenaza de un éxodo migratorio masivo), y que las posibilidades de comercio eran tan limitadas (en comparación con China), que la Casa Blanca podía darse ese lujo.
Ya no más. Obama cambió las reglas del juego, para bien de todos: los de la isla y los del exilio.
Estamos en la época en que cada mercado cuenta. Por limitado que sea, y si está cerca aún mejor. Por supuesto que pasará la moda y el deslumbramiento actual que despierta Cuba, pero no por ello muchas empresas norteamericanas se muestran dispuestas a desaprovechar el momento.
El problema para quienes se aferran al pasado es que se han virado las caras: la posición a favor del embargo ya no ejemplifica estar por el capitalismo y en contra del comunismo, sino un rechazo al libre mercado. ¡Capitalistas de todos los países: uníos! Y a viajar a Cuba.
La Helms-Burton puso en evidencia que lo que hasta entonces era un aspecto de la política exterior de EEUU —y un instrumento para asegurarse los votos presidenciales de la comunidad cubanoamericana cada cuatro años— constituía también un problema nacional, con implicaciones económicas para los estados donde el voto cubano es inexistente y una fuente potencial de conflictos comerciales internacionales.
Al tratar de ampliar su alcance, el embargo encontró su némesis.
El proceso ha resultado particularmente doloroso para el exilio de Miami, porque una ley que nació bajo una fuerte carga emocional —el derribo de las avionetas— ha servido paradójicamente para sacar a la luz su aislamiento y limitaciones.
Bill Clinton tuvo que conformarse con una solución vicaria —apruebo pero no cumplo, lo cual permite usurpar la ley—, como una respuesta oportunista ante un hecho que escapó a su control. Ahora Hillary ha puesto las cartas sobre la mesa: el embargo no sirve, no funciona, es obsoleto.
Por primera vez un candidato presidencial —de los partidos que cuentan para ganar la elección— se lanza desde el inicio a favor de un tema considerado tabú.
No por ello solo merece el voto, pero deja algo en claro: ir más allá de Obama es un paso hacia el futuro. Lo demás es una vuelta al pasado.
 Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 3 de agosto de 2015.

lunes, 27 de julio de 2015

Por un nuevo Miami


Crear uno, dos, tres Miami. El nuevo Miami no intenta suplantar el (los) anterior(es), pero reclama su espacio.
No hay duda de lo serio que se ha lanzado el presidente Barack  Obama en su intento de lograr un enfoque diferente en la relación entre Washington y La Habana. Cambio de táctica y no de esencia o renuncia a los principios, pero transformación por completo de una política que por décadas mostró su ineficiencia y falta de contacto con la realidad de la isla.
¿Cuanto ha cambiado Cuba? Mucho, aunque no lo suficiente. Por menos de lo que está haciendo Yoani Sánchez en estos momentos, el periodista y poeta Raúl Rivero fue condenado a 20 años de prisión y pasó en la cárcel año y medio.
Por eso, cuando el senador demócrata Bob Menéndez expresa que “sólo este año se han realizado unos 2,800 arrestos políticos en la isla” no miente, sino simplemente muestra una parte de la realidad cubana, ya que la mayoría de esas detenciones son por horas, si acaso días. Afirmar esto último no significa que ha desaparecido la esencia represiva del régimen, sino que las circunstancias han cambiado.
También en Miami han cambiado las circunstancias, sólo que algunos se niegan a reconocerlo.
En Cuba están ocurriendo una serie de cambios, y aquí en Miami los estamos ignorando. Muchos de ellos no son tan profundos y radicales como quisiéramos. Tampoco avanzan con la velocidad que deseamos y por supuesto que a veces ocurren y están en marcha sin que nos enteremos a tiempo. No nos sorprenden, porque la mayoría de las ocasiones optamos para mirar para otra parte y seguimos cultivando la ignorancia. Pero más que un problema de conocimiento, nos perjudica el adoptar una actitud caduca. Continuamos empecinados en fijar la mirada sobre señales que desde hace tiempo no funcionan. Mientras tanto, el tráfico corre por otro lado. Se nos va la guagua, perdimos el boleto del tren, el taxi no paró. Luego solo nos quedará mirar desde la ventana.
Durante décadas se impuso en ambas orillas un acuerdo tácito en el retroceso —como si existiera una conspiración de los extremos— que impuso la marcha atrás más conveniente a sus intereses. Volver una y otra vez a remedar un modelo caduco. En la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución igual empeño: mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.
Resultó un logro indiscutible, tanto en Miami como en La Habana, utilizar los factores que pudieran determinar un nuevo curso de acción, para someterlos a un control que dejara fuera de las decisiones a millones de cubanos, en las dos orillas del estrecho de la Florida. El presidente Obama ha cambiado esa ecuación, y también el gobernante Raúl Castro se ha visto obligado a tantear, no un nuevo rumbo sino a permitir variaciones. En parte dentro de un mismo tema, pero variaciones que hay que aprovechar.
Obama va muy en serio, y una muestra de ello es la presencia de Valerie Jarret en la reunión informativa sobre las nuevas regulaciones sobre los viajes a la isla y las transacciones financieras y bancarias, que dentro de poco entrarán en vigor.
Jarret —por cierto, una de las figuras más a la izquierda dentro del ejecutivo— no es sólo asesora del Presidente, sino que disfruta de una confianza extrema por parte del mandatario, al punto que la considera como “una hermana mayor”. Así que el caso cubano ha entrado a formar parte del ámbito familiar presidencial. Malas noticias para quienes se aferran al pasado.
Pero si el gobierno de Obama cada día demuestra mayor determinación en transformar la relación con La Habana, igual empeño debe poner en que desde la otra orilla se agilicen los cambios que aseguren en la isla que los estadounidenses sean recibidos no simplemente como visitantes, a los que hay que exprimir económicamente todo lo posible, sino como ciudadanos que no deben sacrificar ni una sola de sus facultades a cambio del permiso de entrada: desde poner fin a una dualidad monetaria que obliga al cambio de divisas por un dinero de valor hipertrofiado hasta la opción para los norteamericanos nacidos en Cuba de entrar al país mediante un simple visado.
Si vuelvo a insistir en un tema que trate en la columna de la semana pasada, es porque el canciller cubano, Bruno Rodríguez, dijo en la conferencia de prensa junto al secretario de Estado, John Kerry, que “nuestra pequeña isla no tiene ninguna política discriminatoria contra ciudadanos estadounidenses o empresas estadounidenses; no aplica ninguna medida coercitiva de ninguna naturaleza, unilateral, económica”. Y eso es mentira: a los cubanos nacionalizados como estadounidenses, que salieron de Cuba a partir de 1970, los trata como norteamericanos de segunda categoría.
A buscar estos cambios en Cuba debe dedicarse a partir de ahora el gobierno de Estados Unidos, y no a seguir alimentando retóricas caducas. Y ese debe ser también, el empeño del otro, o del nuevo Miami.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 27 de julio de 2015.

lunes, 20 de julio de 2015

Washington y La Habana: embajadas, mojitos y retos


La pregunta que se hacen muchos es cuánto va a cambiar en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos a partir de ahora, cuando ya se restablecieron los vínculos diplomáticos plenos. Puede que mucho o muy poco, pero en todo caso no es una respuesta fácil.
La apertura de las respectiva embajadas de Cuba y Estados Unidos no se limita a la ceremonia de un día, que se realizó solamente en Washington, porque la cancillería estadounidense prefirió esperar al 14 de agosto, con un viaje del secretario de Estado, John Kerry, para izar su propia bandera frente al Malecón —aunque a los efectos legales ya desde el lunes la Sección de Intereses de EEUU en Cuba se convierte en embajada—, y tampoco al reclamo de una supuesta victoria por parte del gobierno de La Habana o al empecinamiento republicano en detener o dilatar lo más posible la nominación de un embajador norteamericano.
Implica el inicio de un diálogo a un nuevo nivel, que posiblemente lleve a un cambio en determinados aspectos de la política migratoria de ambos países a mediano plazo; un largo proceso donde el tema de las compensaciones económicas mutuas, ya sea por las nacionalizaciones a propiedades estadounidenses o de cubanoamericanos o la queja cubana sobre daños cuantiosos debido a la política de embargo/bloqueo, demorará posiblemente años; una repatriación forzosa de miles de cubanos que viven en EEUU porque hasta ahora ha resultado imposible devolverlos a su lugar de origen; una solución negociada a los casos de extradición de prófugos norteamericanos que desde hace décadas viven en la isla, así como una respuesta de Washington ante pedidos similares por parte de Cuba ante los acusados por presuntas actividades terroristas que también desde hace décadas radican en Miami o Nueva Jersey.
Hay además dos aspectos que particularmente interesan a La Habana. Uno es el fin o la atenuación hasta dejarla sin sentido de la Ley Helms-Burton, que no es solo una ley sino un paraguas que engloba legislaciones anteriores como la Ley Torricelli, con su polémico alcance “extraterritorial”, que impide no solo a los negocios con Cuba de empresas de EEUU sino la compra y venta de productos de otros países que contengan al menos un diez por ciento de componentes estadounidenses o cubanos. El otro es la eliminación por completo de las normas que impiden a los turistas norteamericanos gastar dinero en la isla, ya que Estados Unidos realmente no puede impedir a sus ciudadanos viajar a otros países, salvo una declaración de guerra de por medio, pero si puede prohibirles “hacer turismo“ o gastar dinero, lo que en la práctica es lo mismo.
Por último, como si todo lo anterior fuera poco, queda también pendiente la devolución del terreno que ocupa la Base Aeronaval de EEUU en Guantánamo, que Cuba reclama y fue entregada a perpetuidad.
Así que más que la conclusión de un primer paso en el restablecimiento de los vínculos entre dos naciones enemigas declaradas durante 54 años, lo que se ha abierto es una caja de Pandora, que por largos años mantendrá ocupados a los negociadores de ambos países, ello si el proceso no se interrumpe.
Para no abrumarse ante tantos problemas, hay realmente dos motivos de esperanza: la conclusión de un proceso que hasta hace poco parecía imposible, por lo que tiene sentido hablar de que se ha concluido con éxito un primer paso, y la certeza de que por primera vez desde la llegada de Fidel Castro al poder hay una voluntad comprobada de arreglar las diferencias entre ambas naciones.
Pero las diferencias persistirán aun por mucho tiempo. En primer lugar porque asistimos al aparente final de una confrontación, donde la ausencia de cañonazos por décadas no le resta un ápice de belicosidad mutua, y en segundo debido a que ese final se logra sin vencedores y vencidos.
Así, cuando La Habana reclama una cifra de muchos millones como indemnización por daños sufridos resulta difícil que esta sea aceptada porque no estamos ante la derrota o la victoria tras un conflicto. Alemania perdió dos guerras mundiales, Vietnam le ganó la guerra a EEUU, los aliados resultaron victoriosos frente al nazismo y el fascismo, Washington venció a Tokio. Nada de ello ha ocurrido aquí. Cuba puede reclamar con razón que ha logrado imponer la permanencia de su gobierno, pero también del lado contrario cabe alegar que ese gobierno cubano ya no es el mismo de la época de Fidel Castro.
Pero sobre todo hay un factor que se impone sobre cualquier otro. En el caso de Cuba hasta ahora no es posible el “borrón y cuenta nueva”, quizá para las grandes corporaciones, es posible que entre los gobiernos, pero no así para la mayoría de los cubanos, donde cada familia tiene su pariente en el cielo o en infierno, y no siempre es el mismo cielo o el mismo infierno.
Este artículo fue solicitado por el diario mexicano La Razón. 

Después de las embajadas


Cuando se publique esta columna Estados Unidos y Cuba estarán a horas de abrir sus embajadas en las capitales respectivas. Para muchos un día de esperanzas y para otros una fecha nefasta, pero no hay duda de que un día histórico. Aunque más allá de la frase retórica, queda la pregunta de cuánto va a cambiar en las relaciones entre ambos países a partir de ahora.
Puede que mucho o muy poco. La apertura de las embajadas no se limita a la ceremonia de un día, una supuesta victoria que el régimen de La Habana reclama o el empecinamiento republicano en detener la nominación de un embajador norteamericano en la isla. Implica el inicio de un diálogo a un nuevo nivel, que posiblemente lleve a un cambio en determinados aspectos de la política migratoria de ambos países a mediano plazo.
En este sentido y de momento, tanto Washington como La Habana se han apresurado en las reafirmaciones de que todo continuará igual. La Habana todavía aprovechando los frutos del cambio que permite a la mayoría de los cubanos viajar  y la Casa Blanca enfatizando que no se producirán modificaciones en la famosa Ley de Ajuste Cubano o su abolición.
Sin embargo, hay cuestiones menos peliagudas por resolver. A partir del momento en que comiencen a airear las banderas, el Departamento de Estado tiene la obligación de tratar de influir con mayor énfasis en algún que otro aspecto, que podría parecer no esencial desde el exterior, pero que evidencia la naturaleza del régimen.
Uno de ellos es intentar propiciar una modificación en las leyes migratorias cubanas: que dejen de negarles los derechos a muchos estadounidenses nacidos en Cuba, a quienes no se les permite visitar el país sin renovar antes el pasaporte cubano.
La Habana tiene todo su derecho a exigir una visa —y por supuesto a negarla—, pero ninguno a chantajear y no permitir la visita si no se cumple un requisito que implica no solo una vuelta atrás, sino una falta de ética con el país que permitió adoptar tal ciudadanía.
Lo que desde hace décadas busca La Habana es incrementar las ganancias económicas, con los inmigrantes en general y especialmente con los que considera “respetuosos” y el exilio llama “obedientes”.
Para ello no le faltan explicaciones, como hablar de la ”emigración patriótica” y otras palabras propias de un vendedor del último mejunje curalotodo en un pueblo del oeste.
Este razonamiento siempre tiene un fin muy preciso: buscar términos de igualdad y semejanza entre quienes se fueron y quienes se quedaron, pero en base a una obediencia disfrazada de amor a la patria; un concepto que —como ocurre en un país totalitario— se confunde e iguala al de Estado, gobierno y en última instancia caudillo.
La actualización en la política migratoria que llevó a cabo Cuba no fue más que modificar una ley arcaica mientras se mantenía su esencia.
Por supuesto que fue un paso de avance que más cubanos pudieran viajar, la simplificación en los trámites y el aumento del permiso de estancia en el extranjero. Pero con respecto a quienes viven en el exterior, se ha producido una inversión de la “Parábola del Hijo Pródigo”. No se trata del padre misericordioso ni del perdón hacia el hijo pecador. Todo se reduce, obligatoriamente, a que a su vuelta ese hijo debe mostrarse arrepentido. Y ese arrepentimiento tiene un nombre: pasaporte cubano.
La norma es además arbitraria. Quienes emigraron antes de 1970 pueden entrar usando el pasaporte de su nacionalidad actual. Sin embargo, la diferencia no implica un cambio total, ya que en ese caso se requiere un “Documento de Viaje”, aunque este cuesta $100.00, mucho menos de los $350.00 del pasaporte cubano, o las dos posibles prórrogas, de $180.00 cada una.
Un país cuya parte de su población no solo ha emigrado sino continúa haciéndolo, y donde esos que se van contribuyen a la economía nacional al verse obligados a alimentar a los familiares que dejaron atrás, debe permitir la doble ciudadanía o al menos establecer una visa múltiple a un precio justo.
De lo contrario, queda claro que la intención del gobierno cubano no es solo controlar a quienes viven en la isla, sino también a quienes se fueron.
Si Estados Unidos intenta llevar a un nuevo nivel sus vínculos diplomáticos con Cuba, debe abordar este problema con las autoridades de la isla, y desde el exilio también debe realizarse un esfuerzo al respecto.
Quienes se marcharon de Cuba —no para limitarse a la pequeña patria putativa de Miami sino para vivir de acuerdo a las leyes de la nueva nación— deben reclamar a su país de adopción que se les respeten sus derechos, en el supuesto caso de que deseen viajar al país donde una vez nacieron, pero al que no quieren volver a residir sino apenas visitar como extranjeros, quizá lo que siempre fueron dentro de él.
Este artículo apareció publicado en El Nuevo Herald, en la edición del lunes 20 de julio de 2015, y en una versión algo más amplia en Cubaencuentro

lunes, 13 de julio de 2015

En busca de un candidato


Cada vez hay más republicanos preocupados porque su búsqueda de la candidatura presidencial se está convirtiendo en una pelea de perros, que acabará por dañar al partido. Como entre quienes expresan este temor hay donantes con mucho dinero, posiblemente se logre la calma. Sin embargo, nadie reclama la necesidad de un verdadero debate sobre la refundación necesaria del republicanismo para ganar las elecciones presidenciales.
El debate fundamental, que por años los republicanos han esquivado, tiene que ver con la naturaleza del conservadurismo y la superación del neoliberalismo y neoconservadurismo que ya demostraron su fracaso.
Luego de los dos períodos presidenciales de George W. Bush, los conservadores han tenido que lidiar con las consecuencias de una administración republicana que decepcionó, en gran medida por su compromiso ferviente con una ideología fundamentada en el unilateralismo agresivo en la política exterior y la fe ciega en que Wall Street —ejerciendo un papel dominante y sin ser regulado— traería la bonanza a toda la nación. Lo que resultó fue lo contrario: una profunda crisis económica y política, que permitió un presidente irrepetible: Barack Obama. A ello se unió una desagradable y punitiva “guerra cultural” contra las “élites” liberales.
De estos tres principios, solo el tercero ha sido mantenido de forma agresiva y abierta a través de los años del mandato demócrata, con el surgimiento de un movimiento populista ultraderechista y anárquico, el Tea Party, que se ha caracterizado más por intimidar a los propios republicanos que por la creación de políticas constructivas.
La realidad es que dicho movimiento ha logrado triunfos de sus candidatos en las elecciones legislativas, aunque por factores que incluyen tanto una redefinición de distritos para otorgar victorias a la medida como por el descontento de un sector de la población, que no solo no ha logrado una sustancial mejora económica sino que desconfía de cualquier gobierno. También que ve amenazada su forma de vida tradicional.
Esa amenaza obedece menos al mandatario en la Casa Blanca que a cambios que van de la demografía nacional a la globalización internacional. Solo que castigar el paso del tiempo no entra en la boleta.
Aunque esto no implica que han aumentado las posibilidades de triunfo para los aspirantes republicanos, quienes se empecinan en repetir los errores de ayer: tratar de ganarse las simpatías del núcleo duro y parroquial del republicanismo más reaccionario, como la única forma de triunfar en las primarias. La vía del pasado para llegar al futuro.
El problema con esta estrategia es su esencia esquizoide: imponerse a nivel local y estatal dentro de su partido, para fracasar cuando se llega el enfrentamiento esencial, con los votantes de todo el país. El fantasma de Mitt Romney recorre sus discursos y actos públicos.
Lo que necesita el Partido Republicano es una refundación esencial, o en última instancia una escisión. Solo que el segundo camino es la vía segura para la hecatombe y el primero algo que los líderes de la agrupación no se atreven a llevar a cabo.
El mismo año que George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección, estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El sonoro triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado, que lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social, y a la victoria de los republicanos en el Congreso, actuaron de amortiguadores de ese debate.
Ahora los republicanos controlan de nuevo el poder legislativo, lo que otra vez hace difícil esa definición necesaria, que prescinda de lo más viejo y de lo que ya es menos nuevo.
Lo lamentable para ellos es que, hasta el momento, no han logrado sacar ventaja de su poder legislativo, ni tampoco han encontrado al aspirante presidencial más capacitado para realmente proponer un nuevo rumbo. Asistimos a una campaña que se inicia con mucho ruido, poco fundamento y demasiado maquillaje.
Durante las dos elecciones que dieron el triunfo a Obama se impuso la necesidad, por parte de los republicanos, de definir una línea política e ideológica alejada de la de Bush. Pero llevar esa reconsideración a las urnas significó una misión imposible.
La actual paradoja republicana es que su mejor aspirante vuelve a ser un Bush.
De lo poco que se conoce de su plataforma electoral —y de lo mucho que se sabe de su historial político y administrativo—, Jeb Bush resulta la alternativa más adecuada para enfrentar a la que todo indica será la candidata demócrata, Hillary Clinton.
Así que si logra imponerse tras el desgaste de las primarias, el exgobernador de Florida tendrá que enfrentar la pregunta más fácil que tendrán los demócratas para vencerlo: el recuerdo de la era Bush.
Algunos argumentarán que el Partido Republicano cuenta con muchos más aspirantes presidenciales que Jeb Bush, pero entonces la discusión se torna poco seria: ¿estamos hablando de elecciones o de una función de circo?
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 13 de julio de 2015.