sábado, 16 de mayo de 2015

Yo vi nacer Podemos (I)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

Madrid es una feria

Madrid - ¿O no? Al menos el asistir a una fiesta casi provinciana es una de las impresiones que quedan tras visitar la Puerta del Sol. Una imagen acentuada el sábado, cuando payasos, guitarras y canciones adquirieron un espacio mayor, en un día marcado por la negativa a cumplir con la prohibición decretada por la Junta Electoral Central y el beneplácito obligado por circunstancias políticas de una policía que se ha limitado a advertir pero no a desalojar.
 Así que los asistentes a las concentraciones que se están celebrando en toda España saben que éstas no cuentan con la autorización administrativa, pero también conocen que no serán disueltas a palos, lo que indudablemente acerca más a un paseo que a un acto de protesta la participación ciudadana.
Reducida en gran medida la potencialidad de violencia gracias a la voluntad de La Moncloa, el acto pierde mucho de desafío y entra en la categoría de advertencia y protesta consentida por el sistema; se deslinda por completo de las manifestaciones de los países árabes y pasa a encuadrarse en una esfera más conocida. Solo la poca memoria histórica explica que no se resalte que lo que ocurre en Madrid y otras ciudades españolas no es nada nuevo ni espectacular, cuando se le compara, por ejemplo, con las marchas por los derechos civiles en Estados Unidos.
En este sentido, estamos ante un fenómeno que se define en buena medida por su carácter mediático, y de irrupción o desvío de la campaña electoral para quienes prefieren las teorías conspirativas.
Basta con recordar el aburrido Primero de Mayo en Madrid donde sindicatos y organizaciones de la izquierda tradicional mostraron una imagen penosa, de consignas gastadas y caras mustias, para darse cuenta que el fenómeno 15-M ha resultado una gallina de oro para la prensa, en medio de una campaña electoral que nunca llegó a despegar. Sumergido el país en una crisis que parece no tener salida, con presupuestos reducidos para buscar el voto en los dos más poderosos partidos políticos de España, poco interesante estaba ocurriendo en España hasta el domingo 15 de mayo.
Concentrarse entonces en los nexos entre la multitud en el kilómetro cero nacional y los resultados electorales que se producirán a relativamente pocas horas, tras la votación del domingo no deja de ser tranquilizante. Porque uno de los factores del que apenas se habla es la paradoja surgida a partir de unas manifestaciones pacíficas tan sencillas hablar de movimiento resulta aún anticipado y una repercusión política tan grande. Repercusión que si en parte hay que achacar a los medios, también hay que reconocer que se extiende mucho más allá de Madrid, e incluso traspasa las fronteras de España y del día electoral.
Surge entonces una situación nueva, en que aún no se duda de la fortaleza de la democracia española, pero que se acompaña ahora con una leve interrogación: ¿y si se crea un movimiento con tanta fuerza que logre la caída del Gobierno? Más que de interrogantes, se estaría frente a una alternativa desconocida, porque lo que vendría entonces no sería un vacío de poder sino la disolución del poder tradicional.
Alternativa que y a pesar su utopía ya en estos momentos le ha dado un jaque al Partido Popular (PP), que desde hace tiempo viene jugando retóricamente con la propuesta de elecciones anticipadas (algo que en realidad no le interesa ni busca más allá de unas cuantas frases de discurso). Porque si ocurriera la más que improbable situación de unas manifestaciones populares que provocaran la caída del Gobierno, ¿quién ocuparía entonces el poder?: ¿la derecha? Nunca se ha visto que un movimiento de izquierda movilice al pueblo para regalarle el poder a la derecha.
¿Es realmente de izquierda el 15-M? Sí y no. No lo es desde el punto de vista institucional y en cierto sentido político, pero sí lo es, y a plenitud, en cuanto a inspiración y proyección. Hasta el momento carece de líderes y de lo que podría considerarse una plataforma política, y sus reclamos están más cerca de una canción de Joaquín Sabina que de un manifiesto, pero en mucho de lo que anhelan sus integrantes se retoma un discurso abandonado por la izquierda establecida.
De esta forma, la irrupción de los indignados en la recta final de las elecciones autonómicas y municipales abre dos vertientes de análisis, en cuanto a la repercusión que puedan tener las manifestaciones.
Una es muy inmediata y se definirá este domingo. Tiene que ver con la posible influencia en las urnas y el peso político que podría alcanzar una marcada votación en blanco o una fuerte abstención. De ocurrir, estaríamos una vez más ante la ironía histórica de una movilización anticapitalista ayudando a los mejores aliados del capitalismo más tradicional. El PP es el único posible beneficiado en  este caso.
Sin embargo, este domingo podría ocurrir también el comienzo del fin del bipartidismo en España una consecuencia de la que el 15-M no sería el único responsable, pero sí uno de los factores influyentes, con el aumento de votos para los partidos minoritarios. Un buen indicador en este sentido serían las cifras de Izquierda Unida (IU), quien se ha arrimado con fuerza a los manifestantes, no solo por simpatías sino porque los posibles beneficios son muchos para ella, en especial si se logra el reclamo de un cambio en la ley electoral.
La segunda vertiente de análisis se relaciona con una pregunta muy directa, y tiene que ver con la supervivencia del 15-M tras el domingo 22. ¿Cómo logrará estructurarse, para dar vía a un movimiento político, lo que nació a partir de una serie de protestas?
No se trata de la pregunta simple de si las manifestaciones continuarán después de las elecciones. Por supuesto que habrá otras nuevas. Lo primordial es que éstas superen el limitarse a un acto de catarsis. Porque eso ha sido fundamentalmente lo que viene ocurriendo en la Puerta del Sol, y la democracia, el capitalismo y la globalización tienen una gran capacidad para soportar y asimilar los actos de catarsis.
Desde muchos y variados ángulos del romanticismo y la juventud hasta la literatura y el cine lo que viene ocurriendo en la Puerta del Sol despierta simpatías, además de que un sentimiento anti Establishment siempre resulta refrescante, pero limitarse a esos factores puede traer más de un desengaño.
Un recurrido por los círculos de debate que se producen a diario en Puerta del Sol y en la Plaza del Carmen resulta estimulante, en cuanto a poder presenciar un ejercicio de participación ciudadana, en el cual se debaten algunos de los grandes problemas actuales en España y el resto del mundo, a los que los políticos no han sabido o querido dar la respuesta adecuada. Aunque también despierta al menos dos reservas.
Una es que las conversaciones en muchos casos son superficiales y llenas de estereotipos de izquierda, que no superan una charla de barberías. La otra es que estos debates son muy bonitos y estimulantes mientras sean voluntarios, pero aterra pensar que de cumplirse una utopía de este tipo, degenerara en una pesadilla estilo revolución cultural china. Por lo pronto, confieso que me aburrieron a los pocos minutos, y preferí pasar el tiempo en un restaurante italiano cercano.
Hasta el momento, las manifestaciones del 15-M se definen por lo que quieren y lo que no quieren, pero hay mucho que decantar aún para que lo que puede llegar a ser un movimiento político cobre mayor fuerza y transcienda la indignación ciudadana en un programa de acción política real y efectiva.
No hay que dejar de reconocerle, sin embargo, que en un breve tiempo han logrado colocar en un primer plano nacional la indignación ciudadana y abrir una cuña entre los dos partidos tradicionales más poderosos. Preguntas que a veces se hacía entre la ironía y la broma, en reuniones caseras, ahora adquieren otro significado: ¿Podría Rosa Díez ser la próxima presidenta de España?

Yo vi nacer Podemos (II)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

El mayo español

Madrid - Impúdica y rutinaria, la televisión cubana parece darse gusto con las imágenes de los españoles protestando. El propio Fidel Castro escribió, con una mezcla de ironía y vieja retórica: “¿qué pasará en España donde las masas protestan en las ciudades principales del país porque hasta el 40% de los jóvenes están desempleados, para citar solo una de las causas de las manifestaciones de ese combativo pueblo? ¿Es que acaso van a iniciarse los bombardeos a ese país de la OTAN?“. Pues bien, no se sabe lo que va a pasar. Lo que sí está más claro es lo que no va a pasar. Y lo que no va a pasar es que este movimiento que cobra fuerza por día, y surgió espontáneamente a partir de las manifestaciones populares del domingo 15 de mayo en 50 ciudades españolas, se diluya en otro domingo, el 22 de mayo, tras las elecciones autonómicas y municipales.
Las manifestaciones ―hablar de movimiento es aún demasiado arriesgado― fueron convocadas en su inicio por una pequeña organización de apenas unos meses de creada, Democracia Real Ya, que aglutina a miembros muy diversos pero con una característica común: están hartos de los partidos tradicionales, de su ineficacia y del hecho de que a los poderosos siempre les toque ganar. Se inspiraron originalmente en las revueltas estudiantiles griegas y luego en las revoluciones árabes, y han adoptado el uso de las redes sociales, el Twitter y los mensajes de texto, pero hasta aquí llegan las semejanzas.
A diferencia de lo que continúa ocurriendo en los países árabes, los manifestantes españoles no buscan ―hasta ahora― derrocar al gobierno. Van, hasta cierto punto, un paso más allá: quieren cambiar el sistema, pero no de la forma tradicional. Su pliego de reclamos guarda mucha más relación con una canción de Sabina que con un programa de gobierno. Un conjunto variopinto de exigencias y peticiones que van de lo utópico a lo realizable, pero que representan un afán por un socialismo verdadero ―más que cualquier otro proyecto―, que retoma en parte la filosofía que en sus inicios tuvo el mayo del 68 francés: lograr una renovación política que sacuda a la sociedad.
En España a nadie molesta tanto las protestas, ―que podrían definirse por su vocación anti Establishment― como al Partido Popular (PP), pero no por ello el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sale bien librado de las manifestaciones. Es Izquierda Unida, como referente partidista, quien más se identifica con lo que ocurre, y quien más también tiene que ganar, no en conquistas sociales sino en algo más crudo y concreto: la tajada electoral. Entre los reclamos de los manifestantes está la modificación de la ley electoral, y cualquiera que haya hablado con un miembro de IU en los últimos años invariable ha tenido que escuchar la queja ―justa en su mayor parte― de que la ley perjudica a los pequeños partidos, que no obtienen la representación que se merecen pese a los votos ganados. Y más allá del PP y el PSOE, los pequeños partidos juegan un papel fundamental en la política española debido a las alianzas. Así que la reforma electoral es posible que sea uno de los grandes logros de los inconformes.
Quizá lo más interesante de lo que ocurre en Madrid y el resto de España ―las protestas amenazan con extenderse a toda Europa― es el nacimiento de una nueva forma de acción política, donde la organización, el apoyo y la movilización de los participantes se logra en corto tiempo y con el mínimo de recursos, gracias en buena medida al internet. También que, junto a solicitudes más o menos irreales, hay un grupo de peticiones claves, a las que los políticos deben buscar soluciones si quieren mantener sus cargos. De igual manera, las manifestaciones marcan el inicio del fin de la impunidad de los poderosos, el momento en que se descubre que la globalización es un camino de dos vías, que se inicia en el kilómetro cero de España, precisamente donde está situada la Puerta del Sol, y no una autopista en la que hay que pagar peaje para transitarla. Basta escuchar a un taxista de esta ciudad en los últimos años, para conocer que muchos de los reclamos que se oyen ahora en Sol llevan años circulando. Es algo que supera la tradicional división de partidos. Más allá de la izquierda y la derecha, las quejas han saltado del taxi a la calle.
Escribo esta columna el viernes por la tarde, y la situación puede complicarse dramáticamente en Madrid, a partir de la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir las concentraciones del sábado (jornada de reflexión) y el domingo (día electoral). Es posible que  haya una resolución del Tribunal Supremo, reunido para decidir sobre un recurso de IU contra la prohibición de las manifestaciones durante el fin de semana, y es posible también que no haga falta que intervenga la policía. Hasta el momento, el gobierno se ha mostrado reacio a una intervención por la fuerza, y evitar así la acusación posterior de que se ha convertido en el cancerbero del PP.

Tarde de sol madrileña. La ironía de Fidel Castro ha llegado a la prensa española. Sin embargo, nadie se detiene a levantar la cabeza y mirar al cielo. Pero, ¿hacia donde tienen que mirar los cubanos? A los que viven en la isla, el régimen les ha quitado muchas cosas. Entre ellas la posibilidad de salir a la calle e ilusionarse con la idea de que se asiste al nacimiento de una revolución.

Yo vi nacer Podemos (III)


Tres artículos, dos de mayo de 2011 y otro de noviembre de 2012, sobre el surgimiento del partido Podemos, y más indirectamente de Ciudadanos, así como de los multiples movimientos sociales que amenazan —o ya lo han hecho— con poner fin al bipartidismo dominante en las urnas españolas. Con sus pocos aciertos, dudas que aún persisten, errores de cálculo y falta de perspectiva en aquellos días, meses y años que aún conmueven a España.

Huelga en Madrid

Madrid – El hombre se sienta en una silla de tijera y comienza a tocar. Durante años vengo escuchándolo, a la entrada de la tienda El Corte Inglés, en la plaza Callao en Madrid, frente a la librería fnac. Ahora interpreta el preludio de la Suite No.1 para Violonchelo, de Johann Sebastian Bach. Al terminar intercambio unas frases con él y le dejo un euro o algo más. Nunca mucho, nunca quizá lo suficiente. No sé quien es. Por el acento me parece que es alguien que hace tiempo dejó Europa Oriental. Quizá era miembro de una orquesta sinfónica en su país, y no ha regresado. Me ha dicho que con los años ha ido perdiendo memoria. Nunca su interpretación ha sido ejemplar pero siempre es digna. No deja de ser una ilusión volver a escucharlo.
Esa España de detalles es la que siempre me ha gustado. Lástima que esté desapareciendo.
No es que la cultura se extinga o disminuya en Madrid. Todavía no. Es muy probable que por algunos años el violonchelista continúe tocando a Bach, al igual que los guitarristas que interpretan obras de Tárrega y Albéniz a la entrada del Museo del Prado. Mejor es pensar que el país volverá a ser como antes. Pero no es posible ser tan optimista. Los cambios en España no parecen ser reversibles.  No hay que dudar que el país saldrá de la crisis. Lo que nadie sabe es cuándo y cómo. Lo que también resulta difícil pronosticar es cuánto esta crisis, que en la actualidad no brinda una esperanza de salida, va a cambiar no solo el carácter de muchas instituciones sino incluso de los ciudadanos.
Por lo pronto, hay una señal que preocupa. El español está cada vez más amargado, y no  se detiene a la hora de amargarle, un poco también, la vida a los demás. Pequeños gestos, actitudes, prohibiciones recién descubiertas, descuidos y omisiones.  
Lo peor es que no se percibe una solución política de los problemas.
El miércoles hubo huelga general en España, la segunda contra los recortes del Gobierno de Mariano Rajoy, en menos de un año de mandato, y la tercera desde el inicio de esta crisis. El paro no se produjo sólo aquí, sino también en otras naciones europeas. Pero las imágenes de la huelga española fueron las que llenaron las portadas de los periódicos de Europa, incluso en países donde igualmente se fue al paro.
Esa tarde decidí no salir a la calle. La razón fue muy simple: temor.
Con los años he visto diversas huelgas en Madrid, así como manifestaciones y marchas diversas, celebraciones por el Primero de Mayo y protestas variadas. Durante los meses en que los “indignados” ocuparon la Puerta del Sol presencié diversas reuniones, asistí a debates y discusiones públicas. En todos los casos, siempre como espectador. Nunca he participado en una actividad que no me corresponde.
Ahora, sin embargo, cabe la posibilidad, cada vez más segura,  que una marcha o manifestación se convierta en un acto violento. En parte ha sido la represión policial, en algunos casos excesiva. En parte también la participación de extremistas y miembros de grupos antisistema en las protestas, que inician actos de violencia con el único objetivo de generar caos y más violencia.
Por otra parte, la huelga general de miércoles sirvió para expresar un sentimiento de frustración, rechazo y protesta, pero por lo demás no parece que va a lograr cambiar nada. Salvo una prueba de poderío de los líderes sindicales, que actúan más bien como partidos políticos, el resultado se midió más bien términos de una mala imagen para España. Además, si el derecho a la huelga es válido, en igual medida lo es el derecho al trabajo. No se trata de defender a esquiroles, pero con los ingresos familiares cada vez más reducidos, hubo quien sencillamente no pudo sumarse al paro. Se produjeron actos hostiles y de repudio hacia esas personas y comercios, y ello es condenable.
España ha comenzado a dar una imagen similar a la de Grecia: disturbios frecuentes, enfrentamientos callejeros y un gobierno incapaz de encaminar al país. Por supuesto que una situación de este tipo no solo aleja al tan deseado inversionista extranjero, sino también al turista.
Con la economía de la zona euro de nuevo en recesión, tras una caída del 0.1% del producto interior bruto (PIB), según anunció el jueves el instituto europeo de estadísticas (Eurostat), el pronóstico para Europa, sobre todo en los países del sur, resulta desalentador.
En estas condiciones, España no sólo sufre un deterioro del bienestar de una parte cada vez mayor de la población, sino que de forma progresiva está dejando de ser una nación de esperanza, como en su momento debe haber sido para ese violonchelista que ahora toca en una calle de Madrid.


lunes, 11 de mayo de 2015

Con Castro y con Curbelo


Curiosos los extremos. Nunca como ahora han coincidido los discursos de la extrema derecha de Miami y la extrema izquierda de La Habana. Más allá de la vocación totalitaria, hay una actitud común: el desprecio a la inteligencia y la arrogancia que acompaña a la mentira impune.
Con el atraso que trae el desgaste de una confrontación demasiado larga, el representante federal Carlos Curbelo se ha apoderado de un argumento clásico del castrismo: los que se van de la Isla lo hacen fundamentalmente por motivos económicos, en busca de mejores trabajos y los beneficios que otorga una sociedad desarrollada, pero sin una motivación que los impulse a vivir en un país con mayores libertades políticas. Curioso —de nuevo— que el argumento brote desde Miami. Pero el representante no está solo en el empeño: desde comienzos de este año se escuchan propuestas similares.
Curbelo propone que quienes se beneficien de la Ley de Ajuste Cubano (CAA) se mantengan tranquilos en este país sin viajar a Cuba: “aquellos que regresan a la Isla se enfrentarían a consecuencias: la probable pérdida de su condición legal en Estados Unidos”.
Los “anticastristas” más radicales dándole la razón al enemigo de toda una vida. El menosprecio los hermana.
Así que en los últimos años Miami se ha llenado de inmigrantes económicos, que solo se interesan por llenar su barriga y las de sus familiares. ¿Es un exiliado político alguien al cual le quitaron su negocio durante los primeros años de la revolución? ¿Y por qué no el otro, que no podía ganar un salario decente y satisfacer sus necesidades, quien vino mucho después y quizá nació y creció cuando ya no quedaban negocios de los cuales apoderarse?
Algunos padecen de añoranza totalitaria. Les gusta salir a la calle, a tratar de recoger a cualquiera y meterlo en una celda ideológica.
Este país ha sido generoso como ninguno con los cubanos. La nación estadounidense. No un gobierno específico, republicano o demócrata. Varios mandatarios se han distinguido por una política migratoria más flexible, pero el hecho de acoger a los cubanos ha sido un principio fundamental del sistema norteamericano. Como nación y Estado, no como gobierno.
La CAA, promulgada en 1966 durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson, se fundamenta en que los cubanos no pueden ser deportados, ya que el gobierno de La Habana no los admite, que en cualquier caso estarían sujetos a la persecución y que en la Isla no existe un gobierno democrático. Ningún refugiado que visita a la familia que dejó atrás pone en peligro la ley. Cualquier amenaza al respecto no es más que un vulgar chantaje.
La abolición de esta ley es el reclamo preferido y constante de los funcionarios cubanos.
Durante demasiadas décadas, la política del gobierno norteamericano hacia la Isla se limitó a la inmovilidad en sus rasgos fundamentales y a la retórica de campaña en su superficie. En diciembre del pasado año el presidente Barack Obama rompió con esa inercia.
Durante todo el estancamiento, la inmovilidad de Washington no impidió que se produjera una transformación, tanto de la situación migratoria en lo que respecta a las leyes establecidas por La Habana, como a la valoración y significado del inmigrante cubano, desde el perseguido político hasta la figura del “balsero”.
En primer lugar se debe destacar el cambio en la representación del inmigrante cubano, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano; de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones —o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones— a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas. Aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido su justificación política, vista ahora en el mejor de los casos como un drama familiar.
Sin embargo, el cambio mayor ha ocurrido en la imagen del exiliado cubano, quien de expatriado que, después de persecución y miles de dificultades, llegaba a “tierras de libertad” en Estados Unidos, ha pasado a ser considerado —por la parte más tradicional de esa comunidad exiliada— en algo cercano a un “colaborador” del régimen de La Habana, si no en lo político al menos en lo económico.
“Somos conscientes de los abusos de la Ley de Ajuste Cubano y estamos buscando medidas para asegurar que solo aquellos que huyen de la opresión en Cuba puedan aprovechar sus ventajas”, dijo Curbelo en una declaración facilitada por su oficina.
El legislador señala un punto válido, y es el hecho de que la mayoría de quienes salen de la Isla no escapan de una persecución en el sentido tradicional —no han estado encarcelados o acosados por motivos políticos o por sus actividades opositoras—, pero al mismo tiempo elude una realidad que lo lleva a contradecirse no solo en ideología sino también en razón de ser política: quienes salen de un régimen totalitario siempre escapan de la opresión, así que la distinción que él quiere establecer (“solo aquellos”) se contradice con los ideales que supuestamente propugna.
Curberlo, por otra parte, no es el único político dedicado al empeño de transformar la CAA.
En enero de este año, la Comisión del Condado Miami-Dade acordó unánimemente pedir al Congreso que revise la medida que permite a los cubanos, a diferencia de cualquier otro extranjero, solicitar la residencia en EEUU un año y un día después de su llegada.
Lo que llama la atención es que tanto la comisión condal como el legislador Curbelo comparten puntos de vista comunes con La Habana.
“Lo extraño es que solamente una nacionalidad en el mundo reciba un tratamiento preferente, un tratamiento excepcional que ningún otro ciudadano del mundo recibe”, señaló Josefina Vidal, directora de Estados Unidos del Ministerio de Exteriores de Cuba, al referirse a la CAA.
 La funcionaria, que ha encabezado la delegación de la Isla en los recientes encuentros entre Cuba y EEUU, ha insistido en que la ley va en contra “de la letra” de los acuerdos migratorios firmados en 1994.
Desde hace años el régimen de La Habana viene pidiendo la derogación de la ley. Ahora especifican además que el gobierno del presidente Barack Obama tiene “potestad para pronunciarse sobre cómo se pone en práctica la medida”, lo cual es cierto.
La Habana ha vuelto a colocar sobre el tapete de las conversaciones migratorias el tema de la CAA —lo hace siempre—, pero guiada por conveniencia política e hipocresía, ya que en las condiciones actuales la medida favorece económicamente al régimen. Pero además, si quisiera resolver el asunto, comenzaría por admitir la repatriación y aceptando los miles de cubanos “deportables” que viven en este país sin que Cuba admita su regreso.
Para la comisión de Miami, lo que quisiera es convertir a la CAA en un instrumento político, que lo fue en su origen pero no en sus resultados: la ley nació a consecuencia de un gobierno dictatorial en Cuba, pero no es un medio para pedir asilo político.
En ello también se equivoca el legislador Curbelo, cuando solicita que los cubanos al llegar hagan una declaración formal asegurando que huyen del país debido a la persecución política. Eso sería otra ley —la “Ley Curbelo”—, pero la CAA no es un instrumento para la solicitud de asilo político, para lo cual existen otros procedimientos, ni se pregunta al solicitante si es un perseguido del régimen. El único requisito es ser cubano. Ello basta.
Así que nadie “abusa” de la ley cuando viaja a Cuba, luego de obtener la residencia, o enviando dinero a la Isla. Tampoco es culpa de la CAA si hay estafas al Medicare, que por cierto han existido desde mucho antes que los ahora llamados ‘inmigrantes económicos” comenzaran a llegar.
El asunto es más simple. Lo que hay detrás de la propuesta de Curbelo y la petición ridícula de los comisionados del condado Miami-Dade —la comisión no tiene autoridad sobre la política exterior del país— es una cuestión electoral.
Los codiciados votos pueden llegar de dos vías. Por una parte aprobando una petición que no implica grandes planes, cuentas a rendir o necesidad de un resultado tangible. Eso es lo que hizo la comisión condal. Por la otra, buscando publicidad con una propuesta que en su aparente formulación actual carece de futuro (lo cual no implica que en cualquier momento el Congreso no lleve a cabo una revisión seria de la CAA, que en última instancia depende por completo en su puesta en práctica del secretario de Justicia). Esto último es lo que ha hecho Curbelo.
Cientos de votantes en Miami se sentirán satisfechos con ambas peticiones —desde el punto de vista emocional— y sabrán una vez más que los políticos que eligieron comparten sus puntos de vista y están dispuestos a que sus voces se escuchen en Washington. Y también en La Habana, o desde La Habana.
De esta manera, tanto los comisionados condales como el legislador ponen otro grano de arena para la reelección, aunque no lo dediquen a construir casas, caminos y escuelas. Pero además, un cambio de la ley que aleje el proceso de naturalización de estos nuevos inmigrantes también podría alejar el peligro de nuevos electores, que no votaran precisamente por ellos. Al final, todo se limita a un problema de urnas, y no precisamente funerarias o religiosas. 

A Dios rogando y con el mazo dando


Las palabras del gobernante cubano en el Vaticano tienen un significado muy preciso: en lo adelante y sobre todo después de la anunciada visita del papa Francisco este año a la Isla la Iglesia Católica verá ampliada su esfera de acción, en cuanto a misión evangelizadora. Pero deducir de ellas una mayor apertura en lo social y político resulta una apuesta muy arriesgada.
Tras una audiencia privada con el Sumo Pontífice, Castro declaró en conferencia de prensa que quedó “muy impresionado por su sabiduría, su modestia, y todas sus virtudes que conocemos que tiene”. Y remató: “Como el Papa siga así, yo vuelvo a rezar y a la Iglesia. ¡Y no es broma!”.
Contrario a lo que viene ocurriendo en el diálogo iniciado con Washington, el régimen de La Habana sí le ha hecho concesiones a la Iglesia. Claro que dichas concesiones no son más que el levantamiento de restricciones y el fin de un clima de hostilidad mantenido por décadas.
Sin embargo, la Iglesia Católica todavía tiene por delante un largo camino a recorrer, para lograr disfrutar de condiciones al menos cercanas a las que disfrutaba antes del primero de enero de 1959. Es por ello que desde hace tiempo dedica todos sus esfuerzos para que la cordialidad trascienda los mensajes y se convierta en hechos concretos.
Uno de los avances que es posible consiga Francisco es el permiso para establecer emisora radial propia, o incluso quizá un canal de televisión. La enseñanza privada en colegios religiosos es aún mi pronto para ser aprobada, pero dentro del terreno de las especulaciones cabe la posibilidad de la realización de seminarios en centros universitarios. Por otra parte, la edificación de nuevos templos —ya hay dos en construcción— casi se puede dar por descontado.
Conjeturas a un lado, la Iglesia obtendrá avances para promover su labor evangelizadora, que es su objetivo fundamental, y tendrá un papel mayor como interlocutor con el gobierno. Es en este sentido que en cierta medida contribuirá a la defensa de los derechos humanos —o de algunos derechos humanos, los acorde con su credo, es mejor enfatizar—, pero no mucho más.
No hay que menospreciar la labor desempeña por la Iglesia en la liberación de presos políticos en Cuba, aunque más allá de esta labor meritoria tampoco ha hecho mucho y no se le puede pedir que lo haga, por dos razones fundamentales.
La primera porque el principio de acción que la rige es la cautela y no el desafío.
La segunda viene dada por el simple hecho de que la Iglesia Católica no es una institución democrática, nunca lo ha sido ni pretende serlo.
En esa rara mezcla de Estado soberano y sede ideológica que es el Vaticano no hay mucho campo para las libertades individuales, más allá de la doctrina, pero no la práctica, del principio del libre albedrío.
Así que si Francisco puede desempeñar un papel en la transformación de la sociedad cubana es precisamente porque el propio régimen se siente a gusto con dicho papel. Ello no le resta méritos, simplemente define términos.
Más allá de puntos de contactos en una supuesta filosofía social —que el régimen no practica y la Iglesia solo en ocasiones—, la crítica común al neoliberalismo solo sirve para realzar similitudes oportunas, un poco al igual que en lo anecdótico se repite ahora la enseñanza recibida por los Castro de manos de los jesuitas. Si de algo sirve ese acomodo jesuítico que oportunamente ha salido a relucir —en primer lugar por el propio gobernante cubano— no es para definir vocaciones sino para enfatizar una actitud pragmática, acorde con los tiempos.
Por lo demás, el encuentro con el Papa no debe eclipsar el viaje de Castro en su conjunto, y dentro de este recorrido la parada fundamental fue Moscú, no el Vaticano.
Raúl Castro no fue a Moscú solo a participar en un desfile militar para conmemorar el 70 aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Fue a estrechar aún más las relaciones con Rusia.
Castro, reforzar en el plano económico la alianza estratégica con Rusia tras el inicio del proceso de deshielo con Estados Unidos. Todo es parte del mismo “juego de tronos”: Vladimir Putin y Castro aprovecharon un hecho del pasado para reforzar una alianza presente, y además reafirmar que las conversaciones entre Washington y La Habana no desvían un ápice el propósito enfatizado por el presidente ruso durante el último encuentro en la Isla, en 2014, cuando calificó de “estratégicas” las relaciones entre los antiguos socios comunistas.
Tampoco se aparta de ese camino que la delegación cubana a Rusia incluyera al ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, general del cuerpo de ejército Leopoldo Cintra Frías, y que Castro viajara acompañado de su hijo.
Por supuesto que la visita a Moscú no fue solo de índole militar, sino proyectos comerciales, energéticos y en general vinculados con la economía y las finanzas, pero el fundamento de tales planes contempla no solo una alianza entre las dos naciones, sino una esencia militar de propósitos.
“La asistencia de Castro a la parada demuestra que, pese a los intentos de EEUU de normalizar las relaciones con Cuba, la prioridad estratégica para La Habana sigue siendo Rusia”, aseguró a la agencia Efe Leonid Ivashov, antiguo general soviético y jefe de la Academia de Asuntos Geopolíticos de Rusia.
En su opinión, Cuba “es la plataforma” desde la que Rusia ampliará la cooperación en América Latina, desde los países bolivarianos –Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua– hasta Brasil o Argentina.
Si bien tanto China como Rusia contemplan la fortaleza militar como eje fundamental en sus planes de avance y desarrollo, Moscú no solo prioriza el aspecto bélico sino se mantiene fiel a una concepción propia de la Guerra Fría, en su ideal de expansión territorial: Putin quiere volver a la vieja época imperial, no importa que ahora el imperio sea simplemente ruso y no soviético.
El reforzamiento de los vínculos políticos de Rusia con Latinoamericana y la posibilidad de plantarse de cara a EEUU, en las propias fronteras estadounidenses, lleva también —como soporte— la ampliación de la presencia militar rusa en la región. Y aquí Cuba es la pieza fundamental.
Buques de guerra rusos visitan con frecuencia La Habana, una nave espía de ese país viajó a la capital cubana el pasado año; en varias ocasiones Moscú ha mencionado su intención de establecer bases militares en territorio cubano.
El alarde bélico del desfile en la Plaza Roja, con la exhibición de nueva y poderosas armas para cualquier ofensiva terrestre —como la plataforma universal de combate “Armata“ y los tanques de nueva generación— son una muestra de ello.
El tanque T-14 Armata es un buen ejemplo de la rápida modernización de las fuerzas armadas rusas. No todos los días los ejércitos lanzan una nueva línea de tanques. El tanque alemán Leopard-2 fue desarrollado hace 35 años, al igual que los estadounidenses M1 Abrams. Las versiones actuales tienen muchas mejoras, pero las características básicas no difieren mucho de las originales.
Los rusos están renovando completamente su material bélico, una clara indicación de que se preparan cada vez más para la guerra, y Cuba forma parte de esa ecuación.
Frente a estos hechos, no hay que esperar demasiado del efecto catalizar del papa Francisco en la ya desde antes florecientes relaciones entre La Habana y el Vaticano, Porque también desde hace mucho tiempo se sabe la respuesta a la pregunta de “¿con cuántas divisiones cuenta el Papa?”. 

La vía del oso pasa por La Habana


Cuando a finales de abril del 2014 Moscú anunciaba que estaba “alarmada” por el movimiento de tropas de la OTAN cerca de sus fronteras, el canciller Sergei Lavrov abordaba un avión para comenzar una visita oficial de trabajo. Su destino no era Kiev ni alguna conferencia de paz para resolver las crecientes tensiones entre su país y Ucrania, sino América Latina. Su primera escala: Cuba.
Lavrov volvió a visitar la isla el 24 de marzo de este año, en un nuevo recorrido latinoamericano, y otra vez la primera parada fue Cuba. La estrategia de Rusia con Ucrania siempre ha pasado por Latinoamérica, y La Habana constituye la cabeza de playa de ese esfuerzo. La recién concluida del gobernante Raúl Castro a Moscú es simplemente otro capítulo del mismo objetivo.
No resultó extraño entonces que durante la segunda visita de Vladimir Putin a la isla como presidente —y la cuarta de un mandatario ruso en los últimos 15 años— se revisaran y ampliarán los acuerdos firmados con anterioridad, que deben haber incluido pactos militares. Tampoco se aparta de ese camino que la delegación cubana a Rusia incluyera al ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, general del cuerpo de ejército Leopoldo Cintra Frías.
Castro, inició el miércoles una visita a Rusia llamada a reforzar en el plano económico la alianza estratégica con Rusia tras el inicio del proceso de deshielo con Estados Unidos. Invitado por Putin,  participó el sábado en un grandioso desfile militar en la Plaza Roja de Moscú para conmemorar el 70 aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Todo es parte del mismo “juego de tronos”: ambos aprovecharon un hecho del pasado para reforzar una alianza presente, y además reafirmar que el deshielo entre Washington y La Habana no desvía un ápice el propósito enfatizado por el presidente ruso durante el último encuentro en la isla, en el 2014, cuando calificó de “estratégicas” las relaciones entre los antiguos socios comunistas.
Por supuesto que la visita a Moscú no fue solo de índole militar, sino proyectos comerciales, energéticos y en general vinculados con la economía y las finanzas, pero el fundamento de tales planes contempla no solo una alianza entre las dos naciones, sino una esencia militar de propósitos.
“La asistencia de Castro a la parada demuestra que, pese a los intentos de EEUU de normalizar las relaciones con Cuba, la prioridad estratégica para La Habana sigue siendo Rusia”, aseguró a la agencia Efe Leonid Ivashov, antiguo general soviético y jefe de la Academia de Asuntos Geopolíticos de Rusia.
En su opinión, Cuba “es la plataforma” desde la que Rusia ampliará la cooperación en América Latina, desde los países bolivarianos –Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua– hasta Brasil o Argentina.
Si bien tanto China como Rusia contemplan la fortaleza militar como eje fundamental en sus planes de avance y desarrollo, Moscú no solo prioriza el aspecto bélico sino se mantiene fiel a una concepción propia de la Guerra Fría, en su ideal de expansión territorial: Putin quiere volver a la vieja época imperial, no importa que ahora el imperio sea simplemente ruso y no soviético.
El reforzamiento de los vínculos políticos de Rusia con Latinoamericana y la posibilidad de plantarse de cara a EEUU, en las propias fronteras estadounidenses, lleva también —como soporte— la ampliación de la presencia militar rusa en la región. Y aquí Cuba es la pieza fundamental.
Buques de guerra rusos visitan con frecuencia La Habana, una nave espía de ese país viajó a la capital cubana el pasado año; en varias ocasiones Moscú ha mencionado su intención de establecer bases militares en territorio cubano.
En el 2013, el ministro de Defensa ruso Sergei Shoigú anunció planes de su país para construir bases militares en Nicaragua, Cuba y Venezuela.
Ese mismo año, Rusia y Brasil finalizaron un acuerdo para la venta de 12 helicópteros militares rusos con un valor de $150 millones. Seis meses después el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigú, volvió a Brasil para finalizar la venta de sistemas de misiles para reforzar la capacidad de defensa del gigante sudamericano con un valor de $1.000 millones, según BBC Mundo.
El alarde bélico del desfile en la Plaza Roja, con la exhibición de nueva y poderosas armas para cualquier ofensiva terrestre —como la plataforma universal de combate “Armata“ y los tanques de nueva generación— son una muestra de ello.
El tanque T-14 Armata es un buen ejemplo de la rápida modernización de las fuerzas armadas rusas. No todos los días los ejércitos lanzan una nueva línea de tanques. El tanque alemán Leopard-2 fue desarrollado hace 35 años, al igual que los estadounidenses M1 Abrams. Las versiones actuales tienen muchas mejoras, pero las características básicas no difieren mucho de las originales.
Los rusos están renovando completamente su material bélico, una clara indicación de que se preparan cada vez más para la guerra, y Cuba forma parte de esa ecuación.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 11 de mayo de 2015.

jueves, 7 de mayo de 2015

Petrucciani el grande


Imagino que la vida debe haber sido una larga justificación para Michel Petrucciani, del triunfo frente a la adversidad, algo que en su caso trasciende la banalidad de estilo de la frase y el lugar común de la cita. Uno siempre recuerda —y además está la ayuda de múltiples videos— la imagen entre cómica y patética de ese Toulouse-Lautrec del jazz, cuando con tres pies de estatura y ayudado apenas por unas cortas muletas se acercaba al piano para cumplir la hazaña de encaramarse en la banqueta.
 Siempre supieron los diseñadores de las portadas de sus discos compactos explotar la pequeñez de Petrucciani; su rostro entre payaso y mimo, que no llega a serlo, y por momentos —con el CD en la mano— uno tiende a confundirlo con un personaje de una película de Werner Herzog. Pero en eso llega la música para salvarnos del gesto caricaturesco y la mirada que pretende ser triste, y lo es pese a ello, y entramos en el tiempo donde ahora vive para siempre, encerrado entre el sonido y el rayo láser, burlándose de nosotros para nuestro deleite: inquieto y eterno Michel Petrucciani.
Hijo de un guitarrista de jazz, Petrucciani nació en Orange, Francia, el 28 de diciembre de 1962. Estudió piano durante siete años, para brindar su primer concierto a la edad de 13. Dos más tarde ya estaba tocando con el baterista Kenny Clarke y el trompetista Clark Terry. A los 17 años se trasladó a París, donde grabó su primer disco. Por ese tiempo comenzó a tocar también con el saxofonista Lee Konitz. En 1982 viajó a California y se asoció al saxofonista Charles Lloyd, y juntos recibieron el Premio a la Excelencia en el Festival Internacional de Jazz de Montreux. Pero no fue hasta el año siguiente, cuando se presentó en el Carnegie Hall, como parte del Kool Jazz Festival, que su fama se extendió por Estados Unidos.
Considerado como el más destacado seguidor del estilo de Bill Evans, Petrucciani no solo comparte con Evans el lirismo y el enfoque armónico al enfrentar la obra sino la afinidad con músicos como el guitarrista Jim Hall. Asimismo, y al igual que Keith Jarrett, se destaca la interpretación continua de varias composiciones o standards, vinculadas por transiciones donde reina la improvisación.
 Si bien es cierto que Petrucciani nunca alcanza la mezcla de improvisación y creatividad que despliega Jarrett en obras como The Köln Concert, su estilo evidencia una perfección técnica en medio de una ejecución ligera, que solo suele encontrarse en Oscar Peterson.
 Los tres, Evans, Jarrett y Petrucciani han aportado un estilo introvertido y elaborado a la interpretación pianística del jazz en esta segunda mitad del siglo, pero rico en lirismo. En este sentido, Petrucciani le agrega una afinidad con el impresionismo francés.
Si se quiere disfrutar a Petrucciani en toda su plenitud, lo mejor es escuchar Power of Three, de 1986,  no solo porque a su lado tiene a Hall y ambos son maestros de las improvisaciones corales y poseedores de una técnica que les permite desarrollar una gran riqueza armónica sino porque también el álbum incluye a Wayne Shorter en tres selecciones donde su saxofón desborda de una creatividad y una pasión que no es fácil encontrar en otras de sus grabaciones de igual época.
Esa voluntad sin límites que desplegó para, sino vencer al menos convivir con la osteogénesis imperfecta que padecía desde su nacimiento —y que detuvo su crecimiento a edad muy temprana: “Mi enfermedad no tiene nada que ver con el enanismo, tuve una infancia feliz pero fracturada”, solía bromear— le sirvió a Petrucciani para consagrarse como pianista y compositor. Más de una docena de discos le permitieron dejarnos su talento.