sábado, 15 de julio de 2017

Sobre un debate intelectual poco centrado


Analizar el llamado debate sobre el “centrismo”, que en la actualidad se lleva a cabo en Cuba, permite una lectura que prescinde de la óptica del exilio y entra a considerar la discusión solo en los términos que le dieron origen: la realidad de la Isla.
Por supuesto que no es la única observación, y parte de la premisa de no ser excluyente, lo que no le resta ser necesaria. Un enfoque en estos términos — más sociológico que político, en el sentido de inmediatez y práctica del segundo— prescinde de las características personales de los implicados —cualquier juicio de valor al respecto— y se limita al fenómeno: el porqué de su existencia en estos momentos y sus posibles implicaciones.
Lo primero que llama la atención es que en Cuba —es decir en la prensa oficial y los medios oficiosos— se hable de centro político o de una posición de neutralidad ideológica o política, o se plantee el peligro de una “tercera vía”. Este simple hecho no solo reconoce una existencia sino que la amplía, pese a los intentos de voluntades contrarias.
Desde el punto de vista lingüístico el hablar de algo —no importa incluso si en una circunscripción imaginaria— abre la puerta a su existencia; sin importar tampoco la dimensión temporal: sea hoy o en el futuro. Más aún en un lenguaje de discusión política. De ahí la importancia de la censura, tan apreciada en sistemas totalitarios y autoritarios. Así que, para quienes el “centrismo”, lo primero a decirles es que su empeño contribuye a la  propagación de eso que combaten.
Y aquí nos encontramos algo a tener en cuenta: el Gobierno de La Habana —de momento— ha prescindido de la censura. Aunque cabe destacar de tal discusión lleva implícita una advertencia, tampoco se debe olvidar que en otras ocasiones dichas “advertencias” han utilizados formas más directas y perentorias: la policial.
Esto nos lleva a otro aspecto importante también a mencionar, y es la adopción de un criterio de discusión —o advertencia— en vez de recurrir al expediente policial.
Puede argumentarse que una discusión de esta naturaleza no afecta directamente al poder o no llega a la calle, pero dicho argumento enfrenta en su contra un historial de represión, por parte de dicho Gobierno, donde un simple corto cinematográfico o una canción han desatado las alarmas.
¿Se desprende del señalamiento de estos dos aspectos una afirmación de que hay una mayor libertad? No necesariamente, si lo llevamos a una valoración desde una óptica política inmediata o incluso ética y moral —que desde el inicio se aclaró quedaban aquí fuera—, sino que simplemente indica una nueva situación existente. Como este párrafo podría dar la impresión de ser elusivo, vale añadir que es cierto que en la Cuba actual hay mayores libertades —“formales” si se adopta una terminología marxista— que décadas o años atrás.
Lo que ha asumido el Gobierno de Raúl Castro es una actitud distinta ante los intelectuales y artistas. Ello puede llevar a confusiones en cuanto a su alcance.
En primer lugar hay que reconocer esta apertura. En segundo, añadir que es pautada desde arriba y acorde a un criterio pragmático. Cabe la pregunta si este cambio no ha obedecido al hecho de que los límites de “lo permitido” están lo suficientemente interiorizados que hacen innecesaria la utilización de la policía —es decir, el terror— para recordarle tales límites a los intelectuales y artistas. También indicar que la sucesión de décadas, desde el 1ro. de enero de 1959, ha tenido como consecuencia lógica una adaptación de las generaciones posteriores al sistema imperante. Pero precisamente la existencia de este debate brinda una respuesta al anterior argumento, en dos sentidos.
Uno, que la aparente alarma, entre un sector de la intelectualidad oficialista, ante la existencia de posiciones “centristas” indica tanto una falta de estabilidad, al menos ideológica, del sistema —si se comenta, existe el problema— como el temor al respecto.
La amplitud entonces en los márgenes de “lo permitido” no obedece a una consolidación, sino simplemente a un adaptarse a las circunstancias.
Dos, que dicha discusión indica también no solo esa falta de estabilidad ideológica, sino el fracaso o el éxito parcial en la puesta en práctica de otros mecanismos y conceptos, destinados a posibilitar un acomodo donde no fuera necesario un imperativo absoluto —es decir, al menos en parte; porque desde el inicio el objetivo no fue una sustitución— de una combatividad a toda prueba, una militancia absoluta y una definición ideológica precisa.
Por esa vía transitó el Gobierno cubano tras la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista, con el énfasis en el nacionalismo y el exaltamiento de los valores patrios (en la acepción adoptada por el centro del poder).

Militantes y “centristas”
Cabría señalar que, en última instancia, la aparición de este llamado de alerta no es más que la expresión de un determinado grupo o de ciertos individuos, pero la aparición del artículo de Enrique Ubieta en Granma y lo publicado en Cubadebate muestran una concordancia ante tal preocupación, por parte del Gobierno.
Se llega así a uno de los puntos claves que evidencia esta alarma y el debate consecuente, y es la dificultad en mantener vivo un rechazo al capitalismo, y una actitud nada neutral, sino de militancia combativa; de apoyo más o menos activo, o al menos de acatamiento en la participación en la “construcción del socialismo” —que sea fingido es secundario— mientras el país avanza en una transformación que, a falta de una precisión mayor, muestra rasgos de un capitalismo de Estado.
En este caso, la posición de Ubieta e Iroel Sánchez es profundamente reaccionaria, no en cuanto a una valoración política —que lo es— sino respecto a la realidad cubana. En su discurso de clausura en la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente Raúl Castro acaba de ratificar la permanencia, y continuación de desarrollo, del sector de producción no estatal.
Para que en Cuba se adoptara a plenitud la actitud que ellos propugnan —queda a un lado si el acatamiento sería real o forzado—, la nación tendría que adoptar una forma de gobierno y una realidad social, cultural e ideológica similar a Corea del Norte.
Pero resulta que Cuba no es ni avanza hacia una Corea del Norte, y una afirmación de este tipo no demerita una posición anticastrista, como tampoco lo es el renunciar a la bobería de hacer un llamado a volver a incluir a Cuba en la lista de países terroristas.

El “centrismo” o la teoría de la “tercera vía”
Aunque el tema del “centrismo” no nace ahora —se remonta a poco más de un año atrás—, llama la atención su desarrollo en un momento en que la política cubana, de la nueva administración estadounidense, o al menos lo poco que de la misma que se ha puesto en práctica, o tiene aprobada ejecución en los próximos meses, parece transitar por un rumbo distinto al del anterior mandatario.
Si bien el Gobierno de Donald Trump no rehúye el diálogo con La Habana, tampoco se muestra inclinado a estimularlo desde el interior de la Isla.
Todo lo contrario, su base de lanzamiento ha sido el sector más recalcitrante —y en desventaja biológica— del exilio.
Tal llamada de alerta resultaría más lógica dentro de una continuación de la vía emprendida por el expresidente Barack Obama, de empoderamiento del ciudadano y apoyo a la sociedad civil, y no con un tibio retorno, por parte de Estados Unidos, a una posición propia de la Guerra Fría.[1]
Asistimos entonces a una puesta en escena donde se rumian rencores y furias que no obedecen tanto a un peligro desde fuera —aunque algunos ponentes se empeñan en lo contrario— sino a una situación nacional. Más allá de los ataques personales y el enfoque encarnizado en determinados actores, y la respuesta de quienes originalmente se han visto involucrados, la cual ha dado origen a una discusión más amplia, hay un arrastre larvado que, de alguna manera, ha encontrado que ahora es la ocasión de manifestarse a plenitud. Quizá porque piense que las causas exteriores —la administración Trump— podrían propiciar un cambio de situación, y es el momento de entrarle a fondo, o por considerar que ese “centrismo” o “tercera vía” experimenta un desarrollo mayor, con independencia de la supuesta fuente de origen, y hay que hacer algo al respecto.
Así se ha desembocado en una exposición variada que, en cierto sentido, sirve como termómetro para conocer la naturaleza y posibilidades de lo que podría considerarse —con las limitaciones conocidas— un debate intelectual en Cuba.

Los límites del debate
Sobre dicho debate vale la pena señalar varios puntos:
A diferencia de ocasiones anteriores, en estos momentos Cuba no cuenta con una publicación idónea para una discusión de esta naturaleza. Cubadebate, que supuestamente estaba destinada a cumplir esta función en un formato digital, es más un órgano de difusión —o propaganda— que de análisis. A diferencia del exilio, o la prensa independiente dentro de la Isla, el Gobierno cubano ha descuidado esta tarea, que algún que otro blog ha terminado ocupando.
El debate ideológico en Cuba no puede prescindir del “argumento de autoridad”. Además de evidenciar el viejo pecado original de mucha discusión supuestamente en términos marxistas —que en la práctica siempre ha derivado en pura escolástica o catecismo parroquial— esta práctica hace fácil a quien la emplea el “justificar” sus puntos de vista, pero encierra siempre el peligro de la falacia: defender algo como verdadero porque quien es citado, como parte de la argumentación, tiene autoridad en la materia. Como dato curioso, vale indicar  la disminución o ausencia de citas de Fidel Castro en los textos analizados, aunque aún no se puede eludir su mención.
El empleo recurrente de otro vicio típico en la discusión intelectual oficialista cubana: un supuesto historicismo que lleva a meter en el mismo cartucho los datos más disímiles, las fechas más absurdas y los hechos más traídos por los pelos; simplemente para ganar —o mantener— una aprobación oficial o partidista. En este caso, varios textos han dedicado varios párrafos a recordar la tesis del autonomismo en el proceso independentista cubano. Uno podría extrañar que con igual justicia no se hablara de la pasividad de taínos y, sobre todo, siboneyes.
 La recurrencia a una exaltación “revolucionaria” propia de otra época, en la actualidad ausente no solo en Cuba sino en todo el mundo. En ocasiones, se cae de lleno en el ridículo. Uno de los textos sobre el tema se inicia de esta manera: “En los momentos actuales en que se acrecienta la lucha ideológica de las fuerzas revolucionarias contra el imperialismo...”.
La torpeza, causada por el recurrir a los vicios mencionados, y otros adicionales, que lleva a tratar al asunto por las ramas, sin llegar nunca al centro del problema. Aquí la pereza se mezcla con el temor.
El error de acumular conceptos tergiversados para brindar un panorama donde se oculta mucho y lo que se dice está mal dicho. Sirva un ejemplo: “El diseño para su aplicación en Cuba tiene el sello made in USA. Entre sus principios están fomentar una clase media en Cuba que se separe de las mayorías; promover un sector no estatal sin el control del Estado de tal manera que cambie la actual estructura social; transitar por un camino intermedio entre el capitalismo y el socialismo que permita alcanzar un consenso entre los revolucionarios y los contrarrevolucionarios, como si en las condiciones históricas de Cuba pudiera ocupar espacio una tercera posición; además, generar reformas socio políticas de corte burguesas y neoliberal”. Al no negarse la posibilidad del desarrollo de una clase media en Cuba, porque entonces se entraría en contradicción con la actual política del Gobierno, se recurre a una figura esquiva: que esta clase media no se “separe” de las “mayorías”. O el mencionar que se debe evitar la promoción de un sector no estatal no controlado por el Estado. Hasta en Estados Unidos bajo Trump el Estado controla al sector no estatal. También esta el problema de las definiciones: “contrarrevolucionarios” son, simplemente, los que no son “revolucionarios”; las reformas serían de corte “burguesas” y “neoliberal (sic)”, sin admitir otras variantes; las “condiciones históricas de Cuba” —un mantra agotado por el oficialismo— no permiten otras opciones.
* La aparición aislada de una opinión que remonta a los conceptos de patria y nación, a que se hace referencia más arriba en este análisis: “De todas formas, no hay que ser socialista para vivir en Cuba y gozar de los derechos que implica la condición de ciudadano. Esto incluye el respeto a la manera de pensar de estas personas y las prerrogativas de expresarla. La unidad nacional no se debilita con esta práctica, sino que se fortalece, mediante la inclusión de todos aquellos que, definidos a partir de lo que no quieren para el país, pueden ser considerados patriotas” Pero esta mención termina siendo un llamado único a la racionalidad, en medio de una serie de textos que desbordan de una actitud que bordean o caen de lleno en el “talibanismo”.

Sin esperanzas
La lectura, engorrosa por momentos de estos textos, en su mayoría opuestos al “centrismo” o de rechazo a una “tercera vía”[2], y de algunos que podríamos considerar más centrados aunque no declarados en el centro, agrupa a un conjunto variopinto de participantes. Unos pertenecientes al conjunto de la tradicional intelectual orgánica y otros de generaciones posteriores. Más allá de la diferencia de matices, poco queda a la hora de sostener esperanzas. El verdadero debate intelectual sobre el futuro de Cuba continúa siendo una asignatura pendiente. Y esto no es una opinión, es una realidad.






[1] Que la posición de Obama siempre fue vista con un peligro, ideológico y político, por parte del Gobierno cubano, acaba de ratificarlo el presidente Raúl Castro. En su discurso de clausura al IX Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 14 de julio de 2017, y dentro de una crítica a la posición adoptada por Trump, dedicó una línea a reprobar a Obama: La historia no puede ser olvidada, como a veces nos han sugerido hacer.
[2] Queda para otro artículo el análisis de los textos de a quienes se acusa de estar a favor del “centrismo” o son partidarios de “una tercera vía”.

sábado, 8 de julio de 2017

Trump y el choque de civilizaciones


En su primer acto publico en el exterior, el jueves en Varsovia, el presidente Donald Trump se refirió al “choque de civilizaciones”. Ni siquiera George W. Bush, y mucho menos Barack Obama, recurrieron durante sus respectivos mandatos a un concepto tan arcaico y erróneo.
En su versión moderna, el choque de civilizaciones es una teoría acerca de las relaciones internacionales formulada por Samuel Huntington, y se basa en las divisiones culturales y de valores, pero fundamentalmente religiosas. En este sentido, se crea un mantra donde se busca la preponderancia de la civilización occidental, y que de forma implícita o explícita limita cualquier conflicto a un discurso que se concreta en un pensamiento binario, que en su forma más burda se limita a “civilización contra barbarie”.
“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”, dijo Trump en Varsovia.
“¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo?  ¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización ante aquellos que la subvertirían y la destruirían?”, clamó el presidente estadounidense.
Lo importante para Huntington es que este choque de civilizaciones lleva a la guerra: los conflictos entre civilizaciones son inevitables. Su teoría fue promulgada como una respuesta a los planteamientos de Francis Fukuyama, que sostenía que el mundo se aproximaba al fin de la historia (en el sentido hegeliano)  y la democracia occidental se impondría en todas partes de forma pacífica. (Veinticinco años después de publicar sus argumentos, Fukuyama escribió en The Wall Street Journal que se había apresurado demasiado, pero que consideraba que la esencia de su tesis continuaba siendo correcta.)
Uno de los problemas con el planteamiento de Huntington es que no toma en cuenta o relega a su segundo plano otros factores importantes, como la desigualdad social y económica, las crisis energéticas o la lucha por los recursos naturales. Pero para Trump, el enfocarse  en cuestiones religiosas o culturales, como principal fuente de conflictos, es ideal para elaborar un discurso al agrado de su base de sus partidarios. Al mismo tiempo, le permite recurrir a la vieja creencia estadounidense, de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras.
Trump puede adecuar sus palabras al lugar donde se encuentre, al estilo de un dealer de autos, y hablar en Polonia más fuerte en contra de Rusia o abandonar su retórica contra el islam en Arabia Saudita, pero el planteamiento de choque de civilizaciones resume la esencia de su enfoque sobre el terrorismo. Es el concepto que está detrás de prohibir la entrada a los ciudadanos de países donde predomina la fe musulmana o su rechazo a celebrar una cena de fin de Ramadán en la Casa Blanca, poniendo fin a una tradición observada durante años por sus predecesores y que se inició en 1805.
Abrazar dicha tesis es también la “justificación” para poner a un lado las violaciones de los derechos humanos y buscar alianzas con autócratas y asesinos como Vladimir Putin y Rodrigo Duterte.
Durante la época de Bush, este país estuvo gobernado por quienes dirigían sus acciones repitiendo equivocaciones tácticas y cálculos inapropiados sobre la base de adaptar los datos existentes a su manera de pensar. Políticos y funcionarios que se comportaban como prisioneros de un concepto ideológico tan desafortunado y falso como el que llevó a los jerarcas soviéticos a pensar que el comunismo terminaría conquistando el mundo, pero ni siquiera entonces se adoptó el criterio de choque de civilizaciones. Ahora es peor aun.
Un país que se apoye sólo en la eficiencia de sus fuerzas armadas no puede fundar un nuevo orden. Ni siquiera un desorden estable. El terrorismo debe ser enfrentado con una estrategia más “policial”, menos “bélica”, y no como una lucha religiosa. Porque entonces volvemos a la época de las cruzadas.
Esta es mi columna en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 10 de julio de 2017.

miércoles, 5 de julio de 2017

¿Y ahora qué?


El lanzamiento de un misil balístico intercontinental realizado el martes por Corea del Norte “representa una nueva escalada de la amenaza a Estados Unidos" y "el mundo”.
Así lo afirmó el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, en un comunicado donde condenó la prueba de un misil norcoreano de largo alcance.
Tillerson advirtió que “Washington nunca aceptará una Corea del Norte con armas nucleares”, informa la BBC.
Corea de Norte anuncia que lanzó “con éxito” un misil balístico intercontinental
En respuesta a dicho lanzamiento, en la tarde del martes EEUU y Corea del Sur realizaron sus propios ejercicios militares, disparando misiles en aguas territoriales surcoreanas.
La alianza de EEUU y Corea del Sur tiene capacidad para realizar un “ataque de precisión” a “toda la gama de objetivos importantes, en todas las condiciones climáticas”, informó la portavoz del Pentágono, Dana White, de acuerdo a la BBC.
“La autocontención, que es una elección, es todo lo que separa el armisticio y la guerra”, advirtieron en una declaración conjunta ambos países al Gobierno de Pyongyang y agregaron que sus ejercicios militares demuestran que “somos capaces de cambiar nuestra elección”.
La Guerra de Corea (1950-1953) terminó en un armisticio, por lo que ambas Coreas técnicamente todavía están en guerra.
Estados Unidos llamó a convocar una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Está previsto que este miércoles haya una sesión del Consejo a puerta cerrada.
Anteriormente Rusia había asegurado que el cohete era de alcance medio y no largo. La diferencia para países como el propio Estados Unidos es crucial.
Según Pyongyang, el misil balístico intercontinental lanzando el martes permaneció en el aire 37 minutos, más que ningún otro hasta la fecha, recorrió más de 930 kilómetros y alcanzó una altitud de 2.802 kilómetros antes de caer en el Mar de Japón.
El físico David Wright, miembro de la estadounidense Unión de Científicos Preocupados (UCS, por sus siglas en inglés), cree que si el misil no hubiera volado tan alto y su trayectoria hubiera sido más regular, entonces su alcance habría sido mucho mayor de los 930 kilómetros.
“Ese rango podría no ser suficiente para llegar a los otros 48 estados o a las islas de Hawái, pero le permitiría arribar a Alaska”, en el extremo noroccidental de Estados Unidos, dijo Wright.
En su comunicado, Tillerson agregó: “Se requiere una acción global para frenar una amenaza global”.
El secretario de Estado también afirmó que el Gobierno de Kim Jong-un es “un régimen peligroso”, y que EEUU buscará la aplicación de ”medidas más severas” en la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU a realizarse este miércoles.
Por su parte, los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping, pidieron a Corea del Norte que anuncie de manera voluntaria “una moratoria de las pruebas nucleares y de los ensayos de misiles balísticos”.
Rusia y China, países que comparten fronteras terrestres con Corea del Norte, indicaron en un comunicado que el lanzamiento es “inadmisible” porque contradice las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y expresaron su rechazo al uso de la fuerza.
No obstante, Putin y Xi también pidieron a Estados Unidos y Corea del Sur “que se abstengan de realizar maniobras militares conjuntas a gran escala”.
En particular, los mandatarios insistieron en que el despliegue del escudo antimisiles estadounidense en el sureste de Asia, el poderoso Thaad, “representa un grave perjuicio para los intereses de seguridad estratégica de los países de la región, incluidos Rusia y China”.
“Las preocupaciones de Corea del Norte deben ser respetadas. Otros países deben realizar esfuerzos para la reanudación de las negociaciones, crear conjuntamente una atmósfera de paz y de confianza mutua”, señalaron.
Antes, el presidente Donald Trump, había escrito en Twitter: “¿Es que este hombre no tiene nada mejor que hacer con su vida?”, haciendo referencia al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.
“Es difícil creer que Corea del Sur y Japón vayan a postergar esto mucho más. Quizá China tome medidas contundentes contra Corea del Norte y acabe con esta tontería de una vez por todas”, agregó en otro mensaje.
La nueva prueba balística de Corea del Norte fue realizada el 4 de julio, fecha en que EEUU celebró su Día de la Independencia.
Pero EEUU no puede contar con una futura acción de China contra Cora del Norte, informa James Robbins, corresponsal de la BBC para asuntos diplomáticos.
China “no siempre ve a EE.UU. como un aliado ni piensa que Corea del Norte sea hoy una amenaza mayor que si llegara a colapsar”, escribe Robbins.
Este colapso, analiza Robbins, podría significar la reunificación de la península coreana y su transición a una nación amiga de Washington en su frontera.
El Pentágono considera que el misil intercontinental lanzado el martes por Corea del Norte es de un tipo no visto hasta ahora en el arsenal del régimen de Pyongyang.
El capitán Jeff Davis, portavoz del Pentágono, indicó que el misil, que teóricamente podría alcanzar los Alaska, es de un tipo “no visto nunca antes”. informa la agencia Efe.
Funcionarios del Gobierno indicaron a la CNN que el proyectil tiene componentes similares a un misil KN-17, probado por primera vez por el régimen norcoreano el pasado mes de abril.
No obstante, Corea del Norte habría añadido una segunda fase, no vista hasta ahora, que habría contribuido a que el misil alcance distancias más amplias y pueda ser considerado intercontinental.
Corea del Norte a través de la agencia de noticias estatal KCNA aseguró que el lanzamiento fue un éxito y que el misil ha sido bautizado como Hwasong-14.
KCNA también detalló que el misil alcanzó una altitud de 2.800 kilómetros y viajó cerca de 1.000 kilómetros antes de impactar en aguas de Mar de Japón (Mar del Este).
Aunque el Consejo de Seguridad de la ONU podría imponer sanciones adicionales a Corea del Norte, no está claro que la nación vaya a abandonar sus programas armamentísticos a pesar de que ya se le han impuesto múltiples sanciones por pruebas anteriores.
Corea del Norte considera que el misil puede viajar a una distancia máxima de 8.000 kilómetros, lo que pondría a Estados Unidos al alcance del misil norcoreano.
No obstante, Corea del Norte aún no ha conseguido demostrar que es capaz de cargar una ojiva nuclear en un misil de largo alcance, algo que lo convertiría una amenaza aún mayor para Estados Unidos y sus aliados japoneses y surcoreanos.
Kim Jong-un advirtió el miércoles que su país “demostrará su fortaleza a Estados Unidos” y que nunca someterá a negociación sus programas armamentísticos, un día después de asistir al lanzamiento de prueba de su autodenominado primer misil intercontinental.
Su postura de línea dura parece indicar que el país podría realizar más ensayos hasta perfeccionar un misil nuclear capaz de atacar en cualquier lugar de EEUU. Algunos analistas dicen que el gobierno de Kim cree que las armas nucleares son clave para su propia supervivencia y que podría utilizarlas para arrancarle concesiones a EEUU.
Corea del Norte ha resultado el país que le ha lanzado un reto de importancia al presidente Trump, que durante su campaña electoral y desde la llegada a la presidencia ha estado vendiendo la imagen de “hombre duro”.
El anuncio norcoreano del lanzamiento con éxito de un misil Hwasong-14 —algo que “no ocurrirá”, había asegurado un desafiante Trump en enero— ha introducido un elemento nuevo en la ecuación militar entre Washington y Pyongyang, y ha acrecentado el sentimiento de amenaza representado por un país que ya ha llevado a cabo cinco pruebas nucleares y posee más de una decena de bombas atómicas. Corea del Norte ha demostrado, cuando menos, su determinación a lograr su gran objetivo: ser capaz de golpear una ciudad en territorio continental estadounidense.
Por su parte, algunos analistas creen que Corea del Norte ya está en condiciones de incorporar ojivas nucleares a sus misiles de corto alcance. Pero hay dudas acerca de si Pyongyang es capaz de construir una ojiva que pueda ser adosada a un misil de largo alcance.
Cada ensayo acerca a Norcorea a su objetivo final, pero también confirma que todavía no lo ha conseguido.
Corea del Norte, efectivamente, consiguió, en cierto sentido, que el misil cubra una elevada trayectoria en arco y caiga en el Mar del Japón. Washington, Seúl y Tokio confirmaron que este fue el ensayo más importante de Pyongyang,  hasta la fecha.
Es cierto que, si no se le pone freno, Corea del Norte podría construir un misil balístico intercontinental en unos pocos años.
Pero hay razones para dudar que los norcoreanos hayan tenido un éxito total “en un intento”, como han dicho.
No está claro si Norcorea cuenta con la tecnología que permita al misil regresar a la atmósfera terrestre con la ojiva nuclear para que pueda alcanzar su blanco. Ni si puede construir una ojiva lo suficientemente pequeña como para que pueda ser transportada por un misil de largo alcance.
La propaganda norcoreana ayuda a cimentar la imagen de Kim Jong-un en su país como una figura dominante de la escena mundial al tiempo que causa temor en Estados Unidos, Corea del Sur y Japón.
Si el objetivo es contar con un misil balístico intercontinental capaz de transportar una carga nuclear, entonces el primer ensayo exitoso de esta nueva versión del misil podría marcar el inicio de una fase final del programa.
Resta por verse si esta fase tendrá un final violento, una resolución negociada o si se vienen más años de frustraciones y de avances en el programa armamentístico de Corea del Norte.

Eurocámara da luz verde al fin de la “posición común”


El pleno del Parlamento Europeo (PE) avaló hoy miércoles la nueva era de relaciones entre Bruselas y La Habana con su consentimiento por amplia mayoría al Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación UE-Cuba, informa la agencia Efe.
Rubricado en diciembre de 2016 por la Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Federica Mogherini, y el ministro cubano de Exteriores, Bruno Rodríguez, el acuerdo pone fin a la llamada “posición común”, que regía las relaciones entre ambas partes desde 1996.
El acuerdo, que recibió 567 votos a favor, 65 en contra y 31 abstenciones, tiene entre sus principales objetivos la cooperación mutua, el diálogo político y las relaciones comerciales.
Acaba con la excepcionalidad de que Cuba fuera hasta ahora el único país de Latinoamérica con el que la UE no tenía acuerdos, como consecuencia de la posición común impulsada en su momento por el Gobierno del español José María Aznar.
Junto al consentimiento al acuerdo, la Eurocámara aprobó una resolución adjunta que incide en la necesidad de que Cuba respete los derechos humanos y en la que recuerda la cláusula de salvaguarda por la que, en caso contrario, se suspendería su aplicación.
En ese texto, de calado más político, sin consecuencias jurídicas, del que fue ponente Elena Valenciano (Partido Socialista Obrero Español, PSOE), los eurodiputados señalaron al Gobierno cubano que debe alinear su política de derechos humanos con los acuerdos internacionales de los que es signatario.
Recalcaron que la persecución y reclusión de alguien por sus ideas o su actividad política pacífica supone una infracción de la Declaración Universal de Derechos Humanos y pidieron la liberación de toda persona encarcelada por ello, lo que motivó la abstención del grupo de los Verdes y el voto en contra de la Izquierda Unitaria (GUE/NGL), a la que pertenecen Podemos e Izquierda Unida (IU).
Javier Couso (IU) celebró el “entierro definitivo” de la “infame Posición Común” que “promovió en Bruselas el expresidente del Gobierno español José María Aznar”.
Al mismo tiempo, cargó contra “aquellos grupos como el Partido Popular Europeo que pretenden alargar en el tiempo las políticas del 'figurante de las Azores', tratando de que Cuba sea tutelada y examinada para hacer una transición de corte neoliberal, como quiere EEUU”.
Satisfecha se mostró la ponente, Elena Valenciano, que destacó lo “equilibrado” del texto, para el que los socialdemócratas han tenido que negociar durante meses con liberales y populares europeos, que querían un documento lo más duro posible políticamente con el régimen de La Habana.
Cayó de la resolución final, por una enmienda apoyada por los populares europeos, una alusión que pedía que Estados Unidos pusiera fin al embargo a la isla, aunque sí reiteraron los eurodiputados su oposición a las “leyes y medidas de efecto extraterritorial”, por el negativo impacto en la población cubana y la actividad de las empresas europeas.
Valenciano rechazó la no inclusión de la referencia al embargo/bloqueo de EEUU y dijo que “está fuera de lugar no condenar el embargo”, aunque lo justificó en que la mayoría conservadora en el PE “es la que es”.
Luis de Grandes (Partido Popular, PP) indicó que su grupo pide a las autoridades cubanas que “abran un proceso democrático que incluya el pleno respeto de los derechos humanos, la libertad de los medios de comunicación, el derecho de libre expresión, reunión y asociación, el acceso a la información y la celebración de elecciones libres”.
Por otro lado, en la resolución adjunta, que se aprobó por 487 votos a favor, 107 en contra y 79 abstenciones, los eurodiputados avanzan que planean enviar una delegación oficial a Cuba y apelan a las autoridades del país a que les permitan contactar con sus interlocutores en la isla.
No estuvo presente, como suele ser el caso en estas votaciones de tratados, la embajadora de Cuba ante la UE, Norma Goicochea, que envió a un representante.
La noticia fue reflejada de inmediato en el sitio oficial cubano Cubadebate.
Vea también:

Trump al encuentro con Europa y con Putin y Peña Nieto


El presidente Donald Trump, partió de Washington hoy miércoles rumbo a Polonia, tras lo cual acudirá a la cumbre del G20 en Hamburgo, Alemania, donde se reunirá con sus homólogos ruso, Vladímir Putin, y mexicano, Enrique Peña Nieto.
El Air Force One, el avión presidencial, despegó de la base aérea de Andrews alrededor de las 08.15 hora local (12.15 GMT) y Trump llegará a Varsovia, la capital polaca, en la noche de este miércoles.
La primera dama de EEUU, Melania Trump, acompaña a su marido en esta gira europea, el segundo viaje internacional del Presidente desde su llegada a la Casa Blanca el pasado 20 de enero.
De todos sus encuentros a realizar, indudablemente el que llevará a cabo con el mandatario ruso, Vladimir Putin, será el más trascendente y de mayor importancia mediática.
Pero eso no quiere decir que hay mucho que esperar de la reunión.
No es algo que Trump pudo anticipar, cuando durante su campaña electoral vaticinó: “Vamos a tener una estupenda relación con Putin y con Rusia”.
Más allá de las declaraciones oportunas del momento, y los tuits al uso que se producirán, posiblemente a su regreso, el panorama es mucho más complejo. Tan complejo que, en este caso, no bastarán sus textos breves.
La conversación con Putin, que tendrá lugar a última hora del viernes 7 de julio, al margen de la Cumbre del G20 en Hamburgo, pondrá a prueba no solo esa supuesta capacidad “negociadora”, de la que alardeó en todo momento durante el proceso electoral, sino que por sus características servirá de indicador de si, en realidad, ese ideal de hacer “América Grande de Nuevo” tan cacareado en campaña, tiene alguna posibilidad de materializarse en la arena internacional.
Por supuesto que Trump y sus adláteres dirán que todo fue de perilla, y por supuesto también que ello no será noticia.
El Presidente tiene a su favor que lo más probable es que Putin intente mostrar su cara más amable, no solo frente al estadounidense sino ante la prensa y los otros mandatarios.
Putin va a hacer todo lo posible para hacer quedar bien a Trump, y eso es algo con lo que ya cuentan los republicanos en Washington y fundamentalmente en la Casa Blanca.
El gobernante ruso tiene la ventaja de ser alguien que está en el poder desde hace casi dos décadas, frente a un magnate que es un desconocedor de la política internacional, algo que, por otra parte, no parece molestarle a este último.
Y ambos, Putin y Trump, cuentan también con un elemento común en el aspecto personal: los dos cultivan la imagen de “tipos duros”, “machos alfa” y cualquier otro aditamento que venga bien al objetivo de mostrar “hombría”.
Solo que en este caso ambos “machos alfa” buscarán mostrarse no en pose de enfrentamiento sino de buscar un terreno común.
Precisamente, para dejar en claro ese objetivo, la Casa Blanca ha asegurado que no hay una “agenda formal” para la reunión, aunque el mandatario estadounidense quiere fomentar “áreas de cooperación” con el Kremlin en asuntos como la amenaza de Corea del Norte, Siria o la campaña contra el Estado Islámico (EI).
Por su parte, el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, expresó hace unos días su confianza en que dicho encuentro arroje luz sobre las “perspectivas de cooperación” entre ambos países.
“Vemos con qué preocupación la mayoría de los países del mundo asisten al estado actual anormal de estas relaciones, que se han convertido en rehén de la lucha política interna en EEUU”, destacó, de acuerdo a la agencia Efe.
Yuri Ushakov, un alto asesor de Putin, dijo que la reunión sería crucial para la estabilidad internacional y que era de interés de ambas partes “romper el presente estancamiento en las relaciones bilaterales”, de acuerdo a la AFP.
Al mismo tiempo, el alto funcionario estadounidense Thomas Shannon se reunió ayer con el embajador de Rusia en EEUU, Sergéi Kisliak, con el fin de desbloquear el diálogo bilateral y rebajar la tensión antes del esperado encuentro entre Putin y Trump.
Así que poco hay que esperar, por parte de Trump, de una acción decidida sobre las acusaciones de interferencia rusa en las pasadas elecciones presidenciales.
Apenas hay que añadir que tal supuesta acción, en última instancia, no hizo más que beneficiar al triunfo de Trump.
Por lo demás, el mandatario estadounidense no ha cesado en afirmar que tales esfuerzos no son más que “fake news” y justificaciones de una derrota, por parte de los demócratas.
“Trump debe ser cortés, pero también firme y no mostrarse demasiado amigable”, dijo Michael O'Hanlon, un experto en asuntos rusos de la Brookings Institution.
“Si quiere mejorar las relaciones EEUU-Rusia, debe primero expresar la gravedad de sus preocupaciones por el reciente comportamiento ruso. De lo contrario, Putin puede pensar que es un pusilánime, y el Congreso se opondrá a la política de Trump hacia Rusia”, estimó.
Sin embargo, la opinión del experto choca con el comportamiento característico del mandatario estadounidense, al que lo ocurrido parece preocuparle poco, pese a las afirmaciones de los órganos de inteligencia de EEUU.
Aunque una cosa es lo que Trump diga después de la reunión, y otra muy distinta son una serie de hechos que, ninguno de los dos participantes en el encuentro programado, pueden abolir con frases, sonrisas y gestos.
El propio Shannon tuvo que anular la pasada semana su viaje a Rusia después de que el viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Riabkov, cancelara la cita tras las nuevas sanciones impuestas por el Congreso, de endurecer las sanciones impuestas por la ocupación rusa de Crimea y su injerencia en Ucrania.
También el apoyo de Rusia al régimen sirio de Bashar al Asad ha generado mucha tensión.
Moscú enfureció cuando el Gobierno de Trump lanzó un ataque con misiles de crucero contra las fuerzas sirias en abril, en represalia por lo que Washington consideró un ataque con armas químicas por parte del régimen de Asad contra civiles.
Hay acciones que Trump puede tomar —que es muy probable que tome— y que seguramente agradarán a Putin, como devolver los dos complejos diplomáticos rusos en Maryland y Nueva York que fueron incautados en diciembre, aún durante el Gobierno de Obama, a medida que emergían evidencias de la injerencia rusa en la campaña.
También hay pasos en los que ambos mandatarios posiblemente logren avanzar, como la lucha contra el grupo yihadista Estado Islámico (EI), cuyos últimos bastiones —Mosúl en Irak y Raqa en Siria— parecen estar a punto de colapsar.
Pero es precisamente esa derrota inminente del EI, en el terreno, lo que también seguramente se convierte ahora en un terreno incluso más espinoso para los países que representan, y es el conflicto sirio.
Aquí es donde podría Putin lograr su mayor provecho del encuentro, en asegurarse la permanencia de Asad. Algo no muy difícil con la renuencia estadounidense a una mayor involucración en la guerra civil en Siria. Solo que entonces EEUU estaría mostrando una estrecha visión de momento, con consecuencias prácticas y futuras en el incremento de potenciales enemigos, por si fueran pocos los que ya tiene.
Aunque en la actualidad la crisis con Corea del Norte y el terrorismo de EI son motivos más que suficientes —justificaciones socorridas y también reales— para establecer prioridades donde Siria, Ucrania y Crimea poco van a pesar, al igual que Afganistán.
Lo más probable es que, tras la reunión del viernes, se produzca un ligero avance en el mejoramiento de relaciones entre Moscú y Washington, y un énfasis, por parte de la Casa Blanca, en la posibilidad de un diálogo entre los dos gobernantes, a partir de una química personal, en la cual —de nuevo— Trump enfatizará que para ello, él es el único y el perfecto.
¿Y dónde queda el encuentro con Peña Nieto? Pues en la última línea de las reuniones. No será más que eso: una postdata.

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