viernes, 27 de mayo de 2016

Votos y claves


Una clave fundamental para los aspirantes a la nominación presidencial por el Partido Demócrata es superar el viejo esquema de distribución de la riqueza por otro más acorde a la época actual, donde las necesarias medias reguladoras se combinen con otras destinadas a impulsar el desarrollo económico.
Mientras que una distribución de la riqueza depende en buena medida de la adopción de una legislatura que favorezca la justicia social —algo positivo en esencia pero que de inmediato enfrenta una confrontación ideológica en este país—, un esquema fundamentado en la creación de oportunidades, capacitación laboral, incremento del número de profesionales y facilidades empresariales entraría a jugar en el mismo terreno que los republicanos han logrado en buena medida acaparar como propio y de donde sacan el mayor provecho político de un problema que en realidad ellos crearon.
La culpa de la creciente desigualdad en este país no es del actual mandatario Barack Obama. Todo empezó décadas atrás, con el gobierno de Ronald Reagan, que se caracterizó por destruir muchos de los frenos que por décadas impidieron una acumulación desproporcionada de riqueza, así como los límites a las grandes corporaciones, y estableció que la avaricia no era un mal sino una virtud.
Por otra parte, no solo los políticos son responsables de esta situación, sino también quienes los eligieron. Echarles la culpa a los ricos y a los ejecutivos es una fórmula demasiado simplista y agotada. No es que los supuestos ideológicos para colocar a la avaricia como el principal motor del desarrollo económico no existieran desde mucho antes, sino que los diques sociales y políticos que la contenían fueron derribados. De esta manera, el culto a la riqueza del protestantismo fue convertido en rapacidad institucionalizada, no solo para ser ejercida hacia el exterior sino desde dentro.
Los ciudadanos no siempre votan de acuerdo con lo que es mejor para sus propios bolsillos. Entre 1979 y 1995, los trabajadores norteamericanos aceptaron con complacencia las desigualdades en riqueza e ingreso y el aumento vertiginoso de las ganancias corporativas. Los votantes favorecieron a los candidatos republicanos dispuestos a recortar los impuestos (Reagan) y castigaron a los que los aumentaron (Bush padre). Si eligieron a Bill Clinton fue porque era un demócrata centrista, pero en 1995 beneficiaron en sus boletas a Newt Gingrich y al nuevo Congreso republicano.
La mayoría de los norteamericanos acogieron con satisfacción la reforma del sistema de asistencia social, al que culparon de gran parte de los problemas económicos nacionales, aunque tal medida solo le ahorró al país mucho menos del uno por ciento del producto nacional bruto. Las letanías de que las diversas reducciones de impuestos beneficiaban principalmente a los ricos tuvieron poco efecto en las urnas y cualquier propuesta para regular los negocios fue inmediatamente tachada de comunista o izquierdista, antinorteamericana o anticuada.
El auge económico de los noventa hizo olvidar el crecimiento sin límites de la brecha que separa a los ricos y los pobres. De pronto el país entero empezó a jugar a la Bolsa de Valores, y desde los empleados de limpieza hasta los directores de empresa todos se convirtieron en inversionistas.
Cuando aspiraba a la presidencia por vez primera, Obama dejó claro que la culpa no solo había que buscarla en Reagan y la familia Bush, sino también en Clinton. Ahora que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton tiene casi asegurada la nominación presidencial demócrata, el agradamiento de la brecha entre los más y los menos favorecidos, y lo que han hecho o no los demócratas, y en especial Obama para solucionar el problema, vuelve a colocarse en el centro del debate político.
No es la primera vez que esto ocurre en la nación norteamericana. No hay que pensar que será la última. Estados Unidos parece condenado al péndulo entre los intereses públicos y los privados. Pasó durante la época dorada a finales del siglo XIX, en la década del veinte en el siglo XX. Vuelve a comienzos de esta centuria. El engrandecimiento de las corporaciones, la especulación y las ganancias financieras exorbitantes que revientan como una burbuja y la crisis económica resultante que lleva al establecimiento de nuevas regulaciones.
Ahora está por verse si la solución del problema es dar un paso adelante o volver al pasado.
En este sentido resultan pertinentes las críticas formuladas por la senadora demócrata por Massachusetts, Elizabeth Warren, quien se ha destacado por una actitud crítica frente a Wall Street, más avanzada que la que ha caracterizado a Obama y aun mucho más distante de la que es posible esperar de Hillary Clinton, si se toma en cuenta el historial del matrimonio Clinton.
Y es precisamente en este punto donde radica uno de los fallos de la presidencia de Obama que el sector más de izquierda dentro de su partido está reclamando y donde el senador Bernie Sanders, aspirante también a la nominación presidencial demócrata, tiene más seguidores.
Si bien por una parte el gobierno de Obama ha adoptado regulaciones al capital financiero —algo muy criticado por los republicanos— en la práctica el último presupuesto para este país, firmado por Obama. fue hecho casi a la medida para el capital financiero.
Por supuesto que el “conservadurismo” de Obama no ha resultado contrario a los ideales de quienes desean mayor justicia social sin recurrir para ello a la conocida inutilidad de los intentos revolucionarios. Pero ello no basta.
La inversión de términos ocurrida durante la última década, en el campo político, ha contribuido a enmascarar, con el disfraz de la ideología, a quienes se han apropiado no solo de las tácticas más radicales —hay mucho de trotskismo en el neoliberalismo y en el Tea Party—, sino también a sus opositores.
Más allá de las posiciones ideológicas, la realidad social y económica de Estados Unidos está presente con tal fuerza, que de momento todo indica que resultará imposible colocarla en un segundo plano, como ocurrió durante la campaña para la reelección de George W. Bush. A menos que se produzca un atentado terrorista de grandes proporciones, este año los norteamericanos elegirán al nuevo presidente a partir de sus problemas domésticos. Y éstos no son pocos.
En la actualidad, más del cuarenta por ciento del ingreso total de la población estadounidense está en manos del diez por ciento de quienes reciben mayores ingresos en el país. Las cifras son similares a las existentes en los años veinte del siglo pasado, que luego fueron reducidas hasta finales de los setenta. El uno por ciento de las familias más acaudaladas poseen en la actualidad más del cuarenta por ciento de todos los medios económicos, entre ellos viviendas e inversiones financieras, lo que es superior a cualquier cifra en años anteriores a 1929. Como señaló hace años el exasesor republicano Kevin Phillips, en su libro Wealth and Democracy, Estados Unidos ha vuelto a la época de los Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan de finales del siglo XIX. Ese es el país cuya población este año va a las urnas. 

martes, 24 de mayo de 2016

La ronda: ¿se va Pdvsa de Argentina?


Por momentos la historia en Latinoamérica parece empeñada en una eterna ronda, un carrusel que gira donde países, gobernantes e incluso ministros intercambian asientos en medio de las vueltas. O mejor una montaña rusa con altas y bajas, precipicios y cumbres. Pero en todos los casos, una mezcla de viejos y nuevos esquemas que parece interminable. No poco dinero gastó el fallecido presidente Hugo Chávez en la región, en un esfuerzo que desde hace años languidece de forma implacable. Ahora ha surgido una oferta de compra de activos, que abriría la puerta de salida en Argentina para Petróleos de Venezuela (Pdvsa), el poder económico utilizado por Chávez para influir de manera determinante en los países latinoamericanos.
El viernes pasado un grupo empresario argentino lanzó una propuesta de gerenciamiento con opción de compra para hacerse cargo de los activos de Petrolera del Cono Sud, la subsidiaria de la firma venezolana, dueña de una red de 95 estaciones de servicio, además de unos tanques de almacenamiento en las afueras de Buenos Aires. La misma oferta de compra se presentó en la Bolsa de Comercio, según el diario argentino La Nación.
Petrolera del Cono Sur pertenece en un 95% a Pdvsa Argentina, mientras que el 5% restante está colocado en la Bolsa porteña. La propuesta llega en un momento complejo de la petrolera. La caída del precio internacional del crudo y la crisis política y económica en Venezuela impulsaron decisiones respecto de la fallida expansión de aquel país en América latina. Según datos corroborados en los balances presentados en la Bolsa de Comercio, la firma perdió alrededor de $880.000 por mes el año pasado: este período estaría algo por encima.
De acuerdo con fuentes del mercado, desde Caracas habría llegado la orden de frenar el gasto. A la filial local le queda dinero como para terminar el año. Sin embargo, no se sabe qué pasará más allá del momento en el que se termine el dinero disponible. Allí se dirige la oferta.
“La empresa no está en un proceso de venta. No hay un proceso abierto”, contestaron en las oficinas locales al ser consultados por La Nación.
Una fuente cercana a la filial de la petrolera estatal venezolana en Argentina le afirma a CNN que había recibido una oferta de compra por su red de estaciones de servicio y la había rechazado.
Con independencia de que esta u otra oferta se materialice, el sueño de Chávez de dominio político y energético en la región se ha desmoronado.
Según La Nación, al menos dos ministros del gabinete argentino están al tanto de la oferta. Uno de ellos es Juan José Aranguren, el jefe de la cartera de Energía y exejecutivo de la firma petrolera Shell.
Con Aranguren como protagonista empezó la historia de Pdvsa en Argentina. La llegada de la empresa estatal venezolana, patrocinada en 2005 por los presidentes Néstor Kirchner y Hugo Chávez, estuvo marcada por una fuerte presión para que Shell les vendiera sus activos en el país.
En noviembre de 2004, el gobierno de Kirchner creó Enarsa, la petrolera estatal que jamás tuvo petróleo. Según Aranguren, Kirchner consideró la posibilidad de hacerse de los activos de la petrolera anglo-holandesa con la ayuda de Pdvsa.
Shell nunca inició conversaciones formales con Pdvsa. En marzo de 2005, el presidente Kirchner llamó a hacer un boicot contra la empresa manejada por Aranguren, que había aplicado un aumento de hasta 4,2% en el precio de las naftas y el gasoil. El mandatario instó a "no comprar más a Shell, ni una lata de aceite, y que se den cuenta de que los argentinos ya no soportamos más este tipo de acciones". Kirchner, además, defendió "el boicot nacional que le pueda hacer el pueblo a quien se está abusando del pueblo".
Finalmente, Pdvsa firmó un acuerdo con Enarsa. Abrieron dos estaciones de servicio. Ambas cerraron sin pena ni gloria en 2010.
Pdvsa, sin Enarsa, avanzó por su cuenta. Le compró a la uruguaya Ancap la red de estaciones de servicio Sol. Así nació PDV Sur, una red que, entre propias y ajenas, hoy tiene 95 estaciones de servicio.
Pero los tiempos cambiaron. Aquella expansión petrolera de la mano del crudo venezolano ya no tiene la fuerza de hace 10 años. Y aquel empresario boicoteado ahora es ministro de Energía.
Al final, todo parece estar desembocando en otro mal negocio iniciado en la época en que el Gobierno chavista tenía dinero para botar.
Chávez acabó convertido —¿no lo fue siempre?— en una fuerza circunstancial que frenó el desarrollo económico y político de Venezuela y otros países latinoamericanos y dividió a las naciones. El actual mandatario venezolano, Nicolás Maduro, no es más un resabio de Chávez que aún persiste.
Desde pagar la deuda de Argentina y Ecuador al Fondo Monetario Internacional hasta financiar un popular festival de zamba en Brasil, Chávez quiso abarcarlo todo. Pero en esencia su objetivo se reducía a difundir un esquema que parecía agotado —la revolución social al estilo cubano— no mediante la violencia guerrillera, sino empleando la otra arma tradicional necesaria para hacer la guerra: el dinero. El poder de los petrodólares convertido en un recurso antiimperialista.
Ahora que el dinero se ha acabo, Maduro se aferra al poder y a la inmovilidad, en un esfuerzo cada vez más demente de frenar las vueltas del carrusel donde cada vez su puesto es más estrecho y su conducta evidencia un profundo mareo. 

domingo, 22 de mayo de 2016

El mensaje de (los) Castro a Maduro


La presidencia de Nicolás Maduro en Venezuela se sustenta apenas sobre tres pilares: represión, escasez y corrupción.
Si el presidente Maduro diera muestras de un mínimo de cordura, el peligro de un estallido social disminuiría. De lo contrario, lo único que hace es alimentarlo a diario.
Para Maduro cualquier apariencia con visos de legalidad o democracia está agotada. Teme realizar un referendo revocatorio que sabe perdería. Se aferra a retornar a un pasado que otros momentos y otros países resultó en un rotundo fracaso —intervenciones, nacionalizaciones de empresas— como única salida de futuro. Y en medio de tales muestras de insensatez, el presidente de Bolivia, Evo Morales, visitó brevemente a Maduro el sábado 21. Cabe especular que no fue un encuentro limitado a reiterarle su respaldo ante la crisis política en el país petrolero. Morales venía de La Habana, donde celebró encuentros tanto con el gobernante Raúl Castro como con Fidel.
Es lógico especular que ambas reuniones no se limitaron a la entrega de condecoraciones (Raúl) o la añoranza de tiempos pasados, con referencias al fallecido Hugo Chávez y la ahora procesada expresidencia Cristina argentina Cristina Fernández de Kirchner (Fidel).
“Fidel y Evo rememoraron momentos trascendentales del proceso de integración progresiva de nuestros pueblos y el papel que desempeñaron , particularmente, Hugo Chávez y Cristina Fernández de Kirchner; dialogaron sobre los vínculos de hermandad y colaboración crecientes entre nuestros dos países; intercambiaron acerca de los acontecimientos que tienen lugar en América Latina, los esfuerzos imperialistas por revertir el movimiento político y social en nuestra región americana, mientras advertían los gravísimos peligros que se ciernen sobre la existencia humana”, de acuerdo a la información publicada en Granma.
Sin embargo, más allá de la breve retórica, usual y gastada, en la prensa oficial cubana, no hay muestras explícitas, al menos hasta hoy domingo, de que el Gobierno cubano busque alentar una escalada en la actual confrontación venezolana.
Claro que una cosa son las declaraciones y otras los posibles mensajes internos, pero cabe dudar un mayor involucramiento directo, por parte de Cuba, en la situación venezolana. Y es que las opciones son muy limitadas, tanto para el Gobierno de Caracas como para el de La Habana.
El presidente Maduro ha recurrido a los ejercicios militares como lo que considera cortina de humo perfecta —más bien única— para campear la situación. Prácticas en siete estados, que incluyeron el desempeño en el terreno de unidades de defensa antiaérea, acciones ante el desembarco de tropas enemigas y ataques a instalaciones del sistema eléctrico, fueron difundidas en una transmisión obligatoria de radio y televisión. Más de medio millón de participantes, entre tropas militares, milicias civiles y estudiantes, en juegos de guerra con los que el Gobierno de Maduro pretende prepararse para afrontar escenarios como una supuesta invasión extrajera o un golpe de Estado. El mandatario rodeado de uniformados, con las armas apuntando al cielo, y advirtiendo que “los fusiles están donde tienen que estar, que nadie se meta con Venezuela”.
El recurso de la amenaza de una supuesta invasión sirvió durante décadas al régimen cubano para desviar la atención de los graves problemas nacionales, económicos y de otro tipo. Aún es un recurso en reserva, por su eficacia demostrada. Pero en Cuba nunca fue utilizado de forma aislada. Una represión con características diversas, desde la profilaxis hasta la acción puntual, decisiva y rápida, siempre la ha acompañado.
Y es en este punto donde el gobierno de Maduro ha carecido de igual efectividad. La línea divisoria para la represión en Venezuela continúa siendo el impedir las muertes entre la población civil, al menos lograr que no se alcancen cifras alarmantes. Las fuerzas armadas en Cuba nunca se han visto involucradas en tareas de este tipo. Existen órganos represivos para llevar a cabo esa labor siempre se evitan los posibles excesos, lo que no niega la existencia de un sistema de terror imperante sino ejemplifica su efectividad. Cuba debe estar diciéndole a Maduro que jugar a la guerra resulta provechoso mientras al mismo tiempo se evita desencadenarla.
Por lo demás, la mediación internacional siempre es secundaria mientras no se llegue a situaciones extremas. La OEA no es factor preocupante, también le debe estar diciendo La Habana a Maduro —“con OEA o sin OEA ganaremos la pelea, es un viejo lema en la isla— mientras los militares continúen de su parte o al menos lo admitan.
El problema con Maduro es que no es Castro —ninguno de los dos hermanos— y Venezuela no ha sido convertida en otra Cuba, pese a los esfuerzos en este sentido. La Plaza de la Revolución sigue preocupada por la situación venezolana —pese al empeño en atraer inversión extranjera el apoyo de Caracas continúa siendo virtual para su economía—, pero al mismo tiempo sabe que de momento Maduro es al mismo tiempo peón y rey en su tablero de supervivencia. A estas alturas, poco puede hacer el Gobierno cubano en asistencia a la represión sin involucrase de forma más directa en el conflicto, algo que echaría por tierra el proceso de mejoramiento de relaciones con Washington. No es cuestión de lo que opine Raúl o lo que diga Fidel. Ambos actúan al unísono en los asuntos graves y el segundo, en plena capacidad de poder, optó por retroceder en otros lugares cuando consideró que la retirada era la única alternativa. Todo depende de hasta donde conseguirá el mandatario venezolano controlar el caos. Maduro parece haber descartado cualquier salida democrática —a veces da la impresión de estar propiciando el temido “golpe de Estado”— y se muestra inclinado a jugar a la guerra. El juego para el que está menos preparado. Más allá de la retórica del apoyo político, Evo Morales puede haberle llevado a Maduro un mensaje de advertencia. 

jueves, 19 de mayo de 2016

El Pentágono y la “bomba gay”


Una “bomba gay”, que transformaba a los soldados enemigos en homosexuales fue una idea descabellada propuesta en 1994 por un laboratorio militar al Pentágono, pero la misma no siguió su curso.
El laboratorio Wright del ejército del Aire en Dayton, Ohio, solicitaba 7,5 millones de dólares para desarrollar la bomba, que contenía un producto químico de efecto poderoso y afrodisíaco que llevaría a “un comportamiento homosexual” y minaría “el espíritu y la disciplina de las unidades enemigas”. Al parecer tras la idea estaba el lema de “hacer el amor y no la guerra”.
El documento, descubierto en diciembre de 2004 por Sunshine Project, una asociación basada en Texas y en Alemania que lucha contra las armas biológicas, fue hecho público en  junio de 2007 por dado a conocer por la Agence France Presse y Cuaderno de Cuba divulgó la información.
Por esa fecha el Pentágono confirmó la existencia de la propuesta, pero minimizó su alcance. '“El departamento de Defensa jamás alentó tal concepto (...) Y ningún financiamiento fue aprobado por el Pentágono”, dijo a la AFP un portavoz militar, el teniente coronel Brian Maka.
Recordó que la idea formaba parte de una serie de proposiciones sobre armas no mortales, entre las que estaban un producto químico que hace a los enemigos muy sensibles a la luz del sol y otra que buscaba lograr abejas súper agresivas.
Edward Hammond, del Sunshine Project, puso en entredicho no obstante las declaraciones del Pentágono. “La proposición no fue rechazada de plano. Fue examinada más tarde', escribió en el sitio de internet de la asociación.
Afirma que la idea fue insertada en el año 2000 en un CD-ROM promocional sobre las armas no mortales por un organismo del Pentágono, basado en Quantico (Virginia).
De acuerdo a Hammond la idea fue reiterada en un estudio sometido a la Academia Nacional de Ciencias en 2001.

martes, 10 de mayo de 2016

Memoria y rencor


Para muchos exiliados cubanos, el no plantearse la relación personal entre su vida de hoy y los años pasados en la Isla bajo la dicotomía de justicia (¿venganza?) o perdón es un esfuerzo necesario pero difícil.
Me refiero a esa mayoría que no participó activa y militarmente en ninguno de los dos bandos, y que no sufrió castigos mayores o recompensas importantes, recibidas por su actuación durante las décadas en que el proceso se definió por algo más que remesas, recortes y reformas.
Hablo, en resumidas cuentas, del 90% o más de la población cubana actual. Víctimas o victimarios de ocurrencias diarias, como el poder comer o no en un restaurante, perder la noche en una guardia absurda y dedicar un domingo a un trabajo inútil, que se empeñaban en llamar “voluntario”, “productivo” o “agrícola”, pero que siempre era obligatorio y gratuito.
La mención de esas jornadas inútiles, imprescindibles y agobiadoras —más en muchas ocasiones que por el esfuerzo físico por la carga emocional de abatimiento y depresión que implicaban— ejemplifica esa zona gris donde la definición final no se alcanza por el recuerdo de un dolor profundo o un acontecimiento verdaderamente traumático, sino por una sensación de estar “perdiendo el tiempo” que tras los años es difícil de apresar. Salvo en experiencias extremas, la memoria tienda a ser pasiva, casi generosa: las penurias tienden a disgregarse en la nostalgia, añoranza de juventud que diluye privaciones específicas.
Cuando años atrás leí en la edición digital del periódico Trabajadores que el Gobierno cubano había puesto final a la práctica del llamado “trabajo voluntario”, por un momento la información me revolvió el estómago.
Pura bilis es lo único que me quedaba ante ese abuso cometido durante años y años, que ha obligado a cubanos de varias generaciones a tener una o varios fotos durante un trabajo agrícola entre los recuerdos.
La foto puede tener ahora la patina de la soledad, la melancolía de algún ausente o la evocación de este u otro sueño que se materializó o no. Quizá todo eso sea lo permanente, pero la injusticia de obligar a muchos jóvenes o no tan jóvenes a perder días, meses y años de la vida para complacer los caprichos ideológicos de un tirano ahora senil no es fácil de borrar.
El llamado “trabajo voluntario” incluía “gigantescas movilizaciones hacia campos agrícolas u otras actividades sin un contenido productivo, donde prevalecía la pérdida de tiempo, y el gasto de recursos era muy superior al efecto económico del trabajo que se iba a realizar”, recordaba el diario.
Añadía que “en innumerables ocasiones solo sirvió para tapar o eliminar la ineficiencia, malos métodos de trabajo y otras deficiencias administrativas”.
Así era reconocido en un “periódico del Gobierno” u “oficial”—lugares comunes al referirse a la prensa en Cuba, con la ilusión de que alguien no nacido allí nos entienda— y la verdad expresada en los párrafos no parecía ni irónica ni burlona sino depositada con un simple desdén por pasar la hoja. Pero si alguien lo hubiera dicho en otro momento, cuando existió un verdadero culto por este tipo de labor, en la época en que era un deber casi “religioso” participar en ellas “gigantescas movilizaciones”, y hacía demasiado o poco evidente la menor apatía al respecto, era sancionada con medidas punitivas que podrían incluir la expulsión de la universidad, el envío a cumplir el Servicio Militar Obligatorio y otras medidas punitivas similares; habría sido acusado de “diversionismo ideológico”, posible agente de la CIA y contrarrevolucionario.
Lo peor del caso, en lo personal, fue no poder, con un simple clic, cerrar la información en la pantalla. Evitar el caer —finalmente y de nuevo— en lo que uno ha tratado de rechazar una y otra vez: recordar con rencor.