martes, 13 de noviembre de 2018

Trump y el matrimonio evangélico: paisaje con modelo al fondo


Si uno mira con un poco de atención en la foto, hacia la pared de fondo, ligeramente por encima del hombro izquierdo de Becki Falwell, descubre otra foto: la de una portada de Playboyencuadrada en un marco dorado.
La portada de la revista nos brinda a un joven Trump junto a una trigueña sonriente. La modelo —de perfil y en una pose cliché de provocación moderada y voluptuosidad a la medida— cubre su cuerpo con el saco del esmoquin del magnate neoyorquino. Este, también sonriente, mira al fotógrafo. Las manos en los bolsillos del pantalón, la blanca camisa y la pajarita negra de rigor. La imagen, de un exhibicionismo descarado que busca ser grato, refleja una época y recuerda los filmes de James Bond. Trump, otro Bond parece querer decirnos, está orgulloso y satisfecho de su nueva adquisición.
La foto que contiene la foto también es un reflejo, solo que de otra época. Trump ha lanzado su candidatura y ya cuenta con el apoyo de la derecha cristiana. A ello lo ha ayudado Jerry Falwell Jr., y él y el político levantan sus pulgares anunciado sus triunfos que llegarán meses después: para uno la presidencia y para el otro nuevos privilegios. Atrás quedaron los tiempos en que Jerry Falwell Sr. repudiaba —más bien trataba de fulminar— a otro candidato presidencial, Jimmy Carter, por concederle una entrevista a esa misma revista cuya portada cuelga en la pared, y por decir que tras mirar algunas mujeres había pensando en que le gustaría acostarse con ellas, aunque nunca lo había hecho, y solo con la mente había engañado, por un momento, a su esposa.
Atrás también los años en Falwell Sr. buscaba una alianza con Ronald Reagan para combatir la pornografía, y por supuesto a la revista Playboy, que para él lo era y mucho.
Ahora eran otras las esperanzas, las estrategias y los beneficios, y los tres, el hijo del pastor y administrador de la universidad heredada: el magnate metido a político que había disfrutado a plenitud lo que Carter soñó y una vez se atrevió a decir, solo que él no solo lo había dicho sino alardeado de la forma más brutal de ello; y la esposa del heredero de un poder religioso desde hace años cada vez más terrenal y político.
Y al igual que en la portada dePlayboy, los tres se muestran eufóricos, vaticinando confiados un presente y futuro que nadie puede arrebatarles. Y sonríen.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Ruin y cobarde


El despido del secretario de Justicia, Jeff Sessions, es fundamentalmente un acto de cobardía del presidente Donald Trump.
También, por supuesto, una de las mayores pruebas que el magnate neoyorquino ha dado de que solo le interesa su persona. Ni el país, ni su partido cuentan para nada: solo Trump.
Pero además indica el miedo que el mandatario siente ante una posible —y más que probable, si no la detiene— investigación financiera sobre sus negocios.
Ello es, en última instancia, a lo que cada vez más se acerca la labor del fiscal especial de Robert Mueller. No la injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales del país ni la supuesta colusión entre Vladimir Putin y la campaña de Trump. Los negocios inmobiliarios del presidente, sus declaraciones fiscales, la participación en todo ello de magnates rusos cercanos al Kremlin.
El actual inquilino de la Casa Blanca tiene miedo y lo primero que ha hecho, tras conocerse la vuelta al control de la Cámara de Representante por los demócratas, es tratar de cerrar la puerta a la pesquisa. Cuenta con poco tiempo para ello: apenas algo más de dos meses.
Ahora bien, ¿Podrá hacerlo? La responsabilidad recae en los legisladores republicanos.
Si algo han demostrado bien claro las elecciones del 6 de noviembre es un regreso a la civilidad, la supervisión del gobierno y el rechazo a las excesos demagógicos. 
Trump tiene en la actualidad mucho más difícil el imponerse a la ciudadanía estadounidense. En estos dos años que lleva al frente del país, su agenda no ha avanzado: ha retrocedido.
Así que los republicanos tienen en sus manos el tratar de sobrevivir, como poder político, tras el pasado de Trump. No solo sería una lástima que no lo lograran: sería una vergüenza.

martes, 6 de noviembre de 2018

¿Qué va a ocurrir?


¿Va a cambiar Estados Unidos hoy martes? Definitivamente. Lo que está en juego en las urnas no son los candidatos, sino los votantes. Esta es una elección que reflejará no solo el país en que vivimos sino en el que queremos vivir, y que vivan nuestros hijos y nietos.
La idea de unas elecciones de participación reducida, carácter local o estatal, y por supuesto aburridas, ha saltado en pedazos.
No es en los aspectos de la dinámica de gobierno donde primero se reflejará ese cambio. Nada hace pensar en una victoria arrolladora de los demócratas, ningún indicador, ninguna encuesta (sí, ya sé, las encuestas no sirven, pero sirven). Pero ello no indica que el Partido Republicano podrá conservar el poder dominante en el Senado (muy posible) y en la Cámara de Representantes (en duda). Aunque si lo logra, su victoria no significará que durante estos dos años el trumpismo ha cobrado mayor fuerza sino que ha conseguido mantenerse y jugar bien algunas cartas. Lo demás es habilidad electoral.
Tampoco si ganan los demócratas (la Cámara), Trump se las va a ver muy difíciles. En primer lugar hay que desechar la idea absurda de unImpeachment, al menos de que los líderes demócratas sean muy idiotas, que no lo son. Tendría que salir a relucir “algo muy grande” en contra del presidente y hoy por hoy no parece probable (aunque es posible). Espero que esos líderes demócratas —con el supuesto control de esa supuesta Cámara de Representantes— tampoco dedique dos años a la simple labor de obstaculización. Pero Trump se mueve muy bien como outsider —lo aparenta mejor que serlo— y ni va a asumir culpas por la posible derrota ni luego dejará un minuto de esgrimir reproches para justificar sus torpezas, presentes y futuros. Se ha especulado que una Cámara en manos demócratas favorecería la reelección de Trump y es uno de esos argumentos que se pueden mirar al derecho y al revés y uno perder de vista lo fundamental: el restarle a Trump apoyo en las urnas. 
Hay un factor quizá decisivo a observar en estas elecciones, y es la participación de los jóvenes. Si los millennials—y los algo más que millennials— crece la esperanza del cambio. Pero hay algo más importante aún, que trasciende la edad, el género y la procedencia.
Lo definitivo en esta elección es el carácter del país, cómo se define y configura, como lo hará en el futuro inmediato.
A Donald Trump no se le puede negar una gran intuición. Cuando dijo que hablar de la economía no es excitante, incluso cuando se cuenta con la “más grande economía en la historia del país” —lo cual, por supuesto no es cierto— estaba expresando su objetivo como comunicador: provocar, producir nerviosismo, impaciencia, aumentar las pasiones, despertar deseos o temores, miedo en fin. Todo ello funciona muy bien dentro de las reglas y los trucos de un espectáculo. Solo que una nación no es un simple teatro ni un presidente desempeñar el papel de animador.
Así que lo que hoy se define, en última instancias, es si en Estados Unidos estamos condenados al papel de espectadores. Solo a ello. Y no es poco, entonces, lo que está en juego. 

domingo, 4 de noviembre de 2018

Rui Ferreira en ONCubanews


Rui Fereira publicó lo siguiente en Facebook:
En los próximos días voy a dar mejores detalles. Pero por ahora les dejo esto: 
Si, es cierto, estoy trabajando en ONCubanews.com por una invitación muy querida por parte de su director, Hugo Cancio, que me ha honrado con la oportunidad de trabajar con su extraordinario equipo de buenos jóvenes periodistas cubanos. Hijos de un pueblo que amo y al cual siempre seré fiel. Donde quiera que se encuentren. Todos debemos luchar por la mejoría de las relaciones de Cuba con Estados Unidos. 
Seguimos en contacto.

jueves, 1 de noviembre de 2018

El «affair Soros» y Radio y TV Martí



El reportaje televisivo presentado meses atrás por TV Martí, sobre George Soros en el magnate y filántropo es identificado como un “multimillonario judío”, y “artífice del colapso financiero de 2008” es el último escándalo que sacude a una empresa periodística gubernamental que a lo largo de sus décadas de existencia, una y otra vez, nunca ha logrado librarse de la controversia y encontrar el rumbo adecuado. 
Aunque es de temer que, tras la denuncia de dos senadores sobre el hecho —uno republicano y otro demócrata— al final todo se resuelva con la sanción —¿expulsión?— de los empleados de la empresa responsables por el programa, bajo la dualidad de culpables y chivos expiatorios; el socorrido entrenamiento a los empleados de las estaciones sobre cuestiones de diversidad y el error se centre en considerar que la información no tuvo “el balance adecuado”.
No es que dichas culpas no existieran sino que limitarse a ellas elude la raíz del problema: la incapacidad, durante la mayor parte de su existencia, de ambas emisores de tener como único objetivo el ofrecer una información exacta y no caer en el activismo político, la tergiversación e incluso la falsedad.
Como suele ocurrir, el embrollo no puede analizarse sin tener en cuenta tanto el hombre como las circunstancias. 
El hombre: Soros, una especie de bestia negra de la ultraderecha actual —ha quedado olvidada la época en que Ronald Reagan declaró públicamente su admiración por él—, fue recientemente una de las figuras a las que fue enviado un paquete conteniendo un aparente artefacto explosivo.
Las circunstancias: el tiroteo en una sinagoga en Pittsburgh, el pasado sábado, en medio de la celebración del sabbat por un antisemita partidario de la supremacía blanca que dejó 11 muertos, uno de ellos un policía, y seis heridos. La masacre ha llamado de nuevo la atención sobre el aumento del antisemitismo en este país.
Pero si bien algunos comentarios que pueden caracterizarse como antisemitas en el reportaje han sido el detonante del revuelo.
Debe aclararse que más que la identificación de Soros como judío, que es válida, se trata más bien de la caracterización del “judío” millonario como artífice de colapsos financieros y crisis políticas para su beneficio personal lo que justifica esta acusación,
Sin embargo, más allá del énfasis justificado en el antisemitismo, hay otros factores en el material televisivo que deben provocar igual alarma.
En una carta enviada por el senador demócrata Bob Menéndez, se califica el contenido del programa como “retórica descaradamente antisemita, venenosa y propagandística”. Y aquí hay que valorar por igual todas las palabras: además de antisemita, el programa es una propaganda venenosa en contra de Soros, donde se mezclan datos falsos, se manipula las imágenes y se ofrecen juicios tergiversados.
A partir de ello, las explicaciones que hasta el momento ha presentado el director de las emisoras, Tomás Regalado, son insuficientes y la interpretación que ha hecho sobre lo ocurrido resulta no solo incompleto sino inadecuado (el reportaje fue hecho y transmitido antes de la llegada de Regalado a los Martí).
El mejor análisis de lo sucedido, y de las respuestas de Regalado, lo presenta  Phil Peters —director del Cuban Research Center y consultor de compañías con intereses en invertir en Cuba— en su blog The Cuban Triangle.
“El programa presenta alegaciones incendiarias sobre un ciudadano estadounidense sin mostrar pruebas que las sustenten y sin expresión alguna de expresión editorial alguna de juicio editorial, como si Radio/TV Martí las considerara creíbles. Ni brinda una refutación por parte de Soros y sus asociados, o indicación alguna de que se les ofreció tal oportunidad. Son 15 minutos dedicados a denigrar, no periodismo”, escribe Peters.
“Las palabras e imágenes dejan claro lo que Radio/TV Marti quiere que su audiencia cubana y latinoamericana piensen sobre Soros: que es un judío que causó la crisis financiera de 2008; que él habla de democracia y sociedades abiertas, pero que su real motivo es hacer dinero y “saquear” los países o que persigue otros objetivos ocultos. que es un hombre de una “influencia letal” que disemina el caos y la inestabilidad en el mundo”, agrega el director del Cuban Research Center.
Por su parte, Regalado, le dijo a Mother Jones en un email que “Judicial Watch es una buena fuente, pero señalando esto, no debió haber sido la única fuente. La serie en dos partes no fue precisa y no tuvo otras fuentes grabadas para balancear el contenido”.
Sin embargo, Judicial Watch no es una fuente objetiva de información sino una organización de activismo político, que en la actualidad se empeña en una campaña contra Soros como viene realizando desde hace tiempo con el caso de los emails de Hillary Clinton, lo hizo durante la nominación del juez Brett M. Kavanaugh para la Corte Suprema o lo hace actualmente con la caravana de migrantes. No es dejar de leer los envíos o las indagaciones de Judicial Watch (yo lo hago casi a diario y me entero así del total de gastos del Servicio Secreto en los viajes presidenciales alrededor del país —desde sus estancias en Mar-a-Lago y su club de golf en Bedminster hasta sus mítines de campaña: $17 224 938,46). No es tampoco dejar de señalar lo que dice o publica Judicial Watch. De lo que se trata es dejar en claro, para el lector y televidente, la tendencia ideológica o política que define a la fuente). Por su parte, Peters aclara que Fox News desestimó como invitado de su programa de negocios al director de Judicial Watch por las declaraciones sobre el supuesto control secreto de Soros del Departamento de Estado durante el Gobierno de Obama. Pero para el director de Radio/TV Martí Judicial Watch es una “buena fuente”.
“La idea de que el programa carecía de ‘balance’, fuentes adicionales y declaraciones on-the-record yerra sobre la esencia del problema. Lo que estuvo ausente fue información verdadera y confiable que apoyara afirmaciones infundadas. Por ejemplo, que Soros era el ‘arquitecto’ de la crisis financiera de 2008 y de que él hacía dinero con su activismo político. O, se cita en la transmisión, que financió a  Gorbachov, ha desestabilizado naciones y busca socavar democracias y convertir a los países latinoamericanos en satélites de Cuba. Reportar una serie de mentiras flagrantes no se remedia con un ‘balance’”, afirma Peters.
Los problemas de Radio/TV Martí no se resolverán con un “adiestramiento” de una o varias sesiones. Tienen que ver con la aplicación de las reglas elementales del periodismo —dos fuentes diferentes para cada información, por ejemplo— y con una práctica donde quede fuera el activismo político. Por supuesto, en el clima de Miami, eso resulta muy difícil, aunque no imposible. Mientras ello no ocurra, las emisoras gubernamentales continuarán dando tumbos y acumulando escándalos.

¿Sociedad civil en Cuba?


Disidentes, activistas y legisladores cubanoamericanos repiten a diario una contradicción que la prensa digiere y amplifica sin criticar: hablan de fortalecer o fomentar la sociedad civil en Cuba y al mismo tiempo se refieren a la naturaleza totalitaria del régimen, mientras califican de “cosméticos” los cambios realizados.
Si en la isla hay un régimen totalitario —y por una parte poco apunta a considerar que esta no es la condición nacional—, quedan pocas esperanzas para la elaboración de dicha sociedad civil, que sería más bien parte de la tarea de reconstrucción del país tras una transición. Así lo indica la historia: no existía sociedad civil en la Unión Soviética (URSS) o en la Alemania nazi.
Cuando se mira desde otro ángulo, y se reconoce cierto ligero cambio en la isla de un régimen totalitario a otro autoritario, donde determinadas parcelas de autonomía —otorgadas por el Gobierno o adquiridas circunstancialmente— permiten un desarrollo propio, se hace necesaria entonces una mayor precisión, para evitar caer en una repetición hueca.
Bajo el mantra de sociedad civil se cobijan los intereses y aspiraciones más diversos. Así el invocar la sociedad civil se ha convertido en criterio de moda o alcancía en la mano. Sin embargo, más allá de una discusión sobre el concepto, vale la pena analizar cuánto avanza una táctica que busca establecer ese tipo de sociedad en las condiciones actuales cubanas, y aventurar su futuro.
El problema fundamental es que el totalitarismo implica por naturaleza la absorción completa de la sociedad civil por el Estado. Ha ocurrido en Cuba, donde unas llamadas “organizaciones de masas”, y los satélites que se desprenden de ellas, por décadas se definieron con orgullo militante como simples correas trasmisoras de las “orientaciones” del partido.
Ello no ha impedido la impudicia de que en la actualidad reclamen un papel civilista e incluso aspiran a ser consideradas —y financiadas desde el exterior— como organizaciones no gubernamentales (ONG). Si bien ahora buscan venderse con sones para turistas, no dejan de ser las mismas marionetas que cuando se crearon a imagen y semejanza de las existentes en la URSS.
Si burdo es el régimen cubano al intentar subirse ahora al tren de la sociedad civil, tampoco la originalidad caracteriza al Gobierno estadounidense y a quienes apoya financieramente bajo el manto de la disidencia.
Ante todo porque el proyecto no es nuevo. El empeño se origina en la Europa del Este —donde existía un régimen represivo al igual que en la URSS, aunque no con igual absolutismo—, cuando los disidentes de esos países comenzaron a hablar de las posibilidades de un restablecimiento democrático mediante el resurgimiento de la sociedad civil.
En la práctica dicha sociedad nunca fue establecida, en buena medida no ejerció una incidencia fundamental en la desaparición del “socialismo real” y los  movimientos opositores tuvieron una existencia efímera y algunos un paso fulgurante por el Gobierno y una vida por delante para vivir de la nostalgia; también para fundamentar falsas esperanzas.
Largo es el rosario que tiene el caso cubano, por intentar trasladar modelos foráneos. En el camino de la transición se parte de la falacia de que existen constantes en las políticas de cambio y se descuida el análisis de las circunstancias específicas.
Por encima de otras consideraciones, destaca el hecho de algunos de los que reclaman el “empoderamiento de la sociedad civil” se niegan al mismo tiempo a facilitar mayores recursos para el avance de lo que pueden ser sus factores esenciales o al menos contribuyentes: la promoción de negocios particulares, el refuerzo a la labor de emprendedores y otros aspectos de ayuda a una reforma económica.
Tenemos entonces dos visiones disímiles —y en ocasiones contradictorias— sobre una posible sociedad civil cubana. Una enfatiza el plano político y destaca la existencia de grupos de denuncia de abusos, que en buena medida justifican su existencia mediante la retorica de la victimización y dependen del financiamiento de Washington y Miami para su existencia. La otra apunta al plano económico y ve el surgimiento de una esfera laboral independiente del gobierno como la vía necesaria para el fundamento de una sociedad más abierta.
En ambos casos, las limitaciones sobresalen por encima de los logros.
Mientras la promoción de la sociedad civil por la disidencia no trascienda el discurso de Miami y destaque las necesidades de la población, no solo sus alcances sino sus propios objetivos serán en extremo limitados.
Por otra parte, el surgimiento de un limitado sector  de trabajadores privados, en una sociedad con un grado extremo de control estatal como la cubana, no garantiza un futuro de autonomía del gobierno, ya que persiste la dependencia, tanto para mantener el nuevo estatus laboral adquirido como para simplemente poder caminar por las calles.
Persiste entonces la limitante fundamental que la creación de una verdadera sociedad civil buscaría eliminar: el mantenimiento de una doble moral, donde la hipocresía pública constituye uno de los principales recursos del régimen para sobrevivir.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Una nueva vía para los emprendedores cubanos

  
La tarjeta de turismo, para cubanos que viajen a Panamá fundamentalmente con el objetivo de realizar compras, aunque un “experimento” tímido y limitado, no deja de ser interesante dentro del desolado panorama económico de la Isla.
Primero hay que dejar claras las limitaciones: los cubanos que podrán viajar sin mayores dificultades al país centroamericano son aquellos que previamente hayan adquirido un pasaje aéreo ida y vuelta Panamá-Cuba; que posean un carné de trabajador por cuenta propia; que tengan un certificado de creadores (artesanos) o que hayan viajado anteriormente a Panamá o a otro país, de acuerdo con las disposiciones oficiales. Los que cuentan con una visa panameña no necesitarán el carné de compras. 
Es decir, no estamos ante un cambio fundamental, una medida tendiente a dinamizar la economía y tampoco un fuerte indicador de transformación para la sociedad cubana.
Dicho esto, queda lo interesante. Con esta iniciativa, el Gobierno panameño ha abierto una vía para ayudar en sus negocios a los emprendedores cubanos. Por supuesto, no es una labor desinteresada ni guiada por un ideal político de contribuir al establecimiento de una sociedad democrática en Cuba. Lo hace para vender más artículos en tiendas panameñas a los cubanos. Pero esto es lo propio del capitalismo.
Panamá, según su propio presidente que acaba de visitar la Isla, apoya el desarrollo de la esfera de producción privada en Cuba, pero acatando las pautas dictadas por el Gobierno de La Habana (esto también lo ha dejado claro el mandatario panameño).
Así que el análisis aquí es económico. La sociedad civil, los derechos humanos y la democracia quedan fuera —aunque, por supuesto, ello nos disguste.
Sin embargo, desde esta esfera puramente mercantil hay detalles a considerar, y que son positivos para quienes viven en Cuba.
El primero es que, por primera vez en décadas, los cubanos entran en un grupo del que por muchos años han sido excluidos: los viajeros con dinero para comprar en el extranjero.
Estos cubanos, además, no son en su mayoría funcionarios, agentes gubernamentales o delegados partidistas. Aunque necesariamente obedecen las reglas políticas establecidas en Cuba, no son directamente “instrumentos” del Gobierno.
Panamá les brinda una forma de poder adquirir lo necesario para sus labores o pequeños negocios, sin tener que depender exclusivamente de las empresas estatales cubanas. Es decir, una vía para, de una forma capitalista, escapar a la ineficiencia de la economía (mal) planificada cubana. Y lo que es también interesante es que el Gobierno de La Habana —a regañadientes o porque no le quedan muchas ocasiones en un sistema agobiado por la falta de recursos y liquidez— se ha mostrado de acuerdo en permitir esta vía.
Por ejemplo, la información sobre este “carné de compras” no ha aparecido en la prensa oficial de la Isla, solo en Cubadebate, que en gran medida es para consumo externo. Así que La Habana accede pero no celebra o divulga. Solo que este acceder no era concebible apenas una década atrás.
Para un gobierno que en declaraciones y hechos reitera a diario el rechazo al “enriquecimiento” de los miembros de la producción privada, no deja de ser un atisbo de apertura el que ahora viajen al extranjero a comprar productos.
Pero además, si esta vía de adquirir suministros llega a establecerse y durar —de hecho existen otras con una función similar, pero más “discreta”, como Miami, Guyana y otras naciones centroamericanas— será otra demostración palpable del error repetido de no abrir un mercado mayorista estatal para la producción privada.
En última instancia, y por supuesto desde el punto de vista estrictamente económico, el Estado cubano pierde dinero, ingresos necesarios, divisas, con el no permitir un mayor desarrollo del sector cubano: la ideología, la política limitando el desarrollo económico.
Digamos entonces que el Gobierno de Díaz-Canel explora tentativamente algunas vías de un semi modelo chino o vietnamita dentro de la pobreza. Y en ese tira y encoge transcurre la supervivencia de los cubanos. Pero una supervivencia cada vez más dependiente del capitalismo. Aunque Raúl Castro aún aparezca de vez en cuando en la primera página de los periódicos, para, por ejemplo, despedir a Nicolás Maduro, y recordarle así a lo cubanos de su presencia, de que siempre está ahí.

martes, 30 de octubre de 2018

Yo, el supremo


El presidente Donald Trump ha retomado una vieja idea de campaña en los días finales antes de las elecciones legislativas: ha declarado que mediante una orden ejecutiva piensa quitarles el derecho a la nacionalidad estadounidense a los hijos de padres indocumentados, sin importar el hecho de haber nacido en este país. La propuesta puede debatirse, pero lo que resulta inadmisible es el procedimiento.
La Constitución de Estados Unidos reconoce desde hace 150 años el derecho a la ciudadanía por el hecho de nacer en suelo estadounidense. Así lo establece la Enmienda 14: “toda persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos, y sujeta a su jurisdicción, es ciudadana de los Estados Unidos y del Estado en que resida”.
Ahora, tras más de medio siglo, el vicepresidente Mike Pence dice que la expresión “sujeta a su jurisdicción” excluye a los hijos de quienes “están ilegalmente en el país”.
El Congreso aprobó la Enmienda 14 en 1866 después de la Guerra Civil, para garantizar los derechos de ciudadanía a los afroamericanos descendientes de esclavos. La enmienda anuló una decisión de la Corte Suprema de 1857 conocida como la Decisión Dred Scott, que negaba los derechos de ciudadanía a las personas “cuyos antepasados fueron importados a los Estados Unidos y vendidos como esclavos”.
Es decir, que Trump y Pence quieren darle marcha atrás a la historia y considerar los inmigrantes indocumentados como si fueran esclavos, o incluso menos que esclavos.
Detrás de la declaración de Trump divulgada a través de un video hay una táctica política que ya ha utilizado —por lo demás con buenos resultados durante la elección presidencial— y es avivar el debate migratorio para ganar dividendos con su base de votantes.
A ello se suma ahora su triunfo con el nombramiento del juez Brett M. Kavanaugh para la Corte Suprema.
La vía entonces queda clara para cualquier escolar sencillo: Trump emite la orden ejecutiva, de inmediato es impugnada en las cortes y se pone en marcha un proceso que culmina en el Tribunal Supremo, donde el presidente cree contar ahora con una mayoría suficiente para que se pronuncie a su favor en la interpretación sobre lo que significa “sujeta a su jurisdicción”.
El debate constitucional se reduce y el presidente —no hay que olvidar que en su toma de posesión juró “defender la Constitución”— logra una victoria política.
Mientras tanto, el mandatario muestra de nuevo un desprecio absoluto hacia el poder legislativo.
Porque lo cuestionable aquí no es que se discuta la necesidad de realizar cambios o agregados constitucionales, estos se han hecho con anterioridad. Lo que llama la atención y alarma es que el presidente quiera pasar por encima del Congreso; que trate, mediante un burdo truco de omitir el procedimiento establecido para que una enmienda entre en vigor: ser propuesta a los estados, para ser aprobada por estos, por un voto de dos tercios en ambas cámaras del Congreso y ser ratificada por tres cuartos de los mismos. De lo contrario, Estados Unidos no necesitaría un presidente, alcanzaría con un rey.

Estos republicanos no dejan de asombrarme


Los mismos republicanos que vociferan y se rasgan las vestiduras cada vez que alguien se manifiesta contra la venta de fusiles de asalto a los ciudadanos, y lo hacen recurriendo a la Segunda Enmienda de la Constitución, que exigen se interprete al pie de la letra como un texto sagrado, ahora plantean que la 14ª Enmienda de esa misma Constitución es un documento modificable, sujeto a interpretaciones, y que puede ser reformado con un simple plumazo de Trump.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...