martes, 3 de octubre de 2017

¿Por qué Cataluña no y Cuba sí?


Para alguien nacido en Cuba y de madre y abuelos españoles y apellido catalán, que además considera ese nacimiento en la isla más bien un asunto temporal, forzado por las circunstancias económicas del momento, que obligaron a sus antepasados a emigrar, es lógico que sienta, más que piense, que sus simpatías deben colocarse del lado de esos catalanes —no de los políticos— que reclaman el derecho a la independencia; o al menos a un federalismo amplio que permita al sentimiento nacionalista, que asume como un concepto histórico y cultural, expresarse a plenitud dentro de una confederación de “nación de naciones” que deje a una instancia superior cuestiones que muchas veces —y con preferencia de que fuera así siempre— no afectan la vida cotidiana, las cuales hasta hace poco se creía avanzaban hacia una integración regional, más que de límite nacional, donde las fronteras —en muchas ocasiones caprichosas y casi siempre fuentes de trámites engorrosos— tendían a diluirse y no a enfatizarse, como viene ocurriendo.
Para alguien así, lo que viene ocurriendo en Cataluña le recuerda cada vez más lo que muchos años atrás sucedió con Cuba, y no deja de parecerle que el destino último será el mismo.
Una lástima que así sea, pero la tozudez española, o del poder central español, nunca ha resultado buena.
Comprendo que resulta una visión extremadamente simplista, pero he partido de que se trata de un sentimiento y no de una creencia, y las emociones, en esencia, suelen ser simples.
Lo que ha comenzado a molestarme es percibir igual simplismo en quienes se oponen férreamente, y acusan a los catalanes independentistas de practicar un sentimiento nacionalista pasado de moda, cuando en la práctica ellos mismos apelan a igual nacionalismo vetusto.
Luego están esas diferencias culturales, históricas y hasta de idioma, que en el caso de los cubanos no llegaron nunca ha ser tan acusadas como ocurre con catalanes y vascos (los cuales, de momento, asisten con una pasividad asombrosa a lo que ocurre no muy lejos).
Ni en Barcelona ni en Bilbao me he sentido nunca que estoy en España, si tomo de referencia a Madrid, Sevilla o Valencia. Hay más diferencias entre los ciudadanos de esas dos primeras ciudades y las otras, que las que brotan entre los residentes de Nueva York y Houston, que son bastantes.
Entonces, ¿por qué no permitir un verdadero referendo en Cataluña? El argumento de que es una cuestión en la que deben votar todos los españoles valía con igual fuerza para referirse a la independencia cubana. ¿Es que la geografía pesa más que la historia? El principio no es válido para Europa, y la existencia de países pequeños, diminutos en relatividad de territorio, no debe ser despreciada.
Creo, y me lo confirman diariamente las declaraciones de los propios españoles, y en particular de los opuestos al independentismo catalán, que es difícil de mencionar un asunto —luego problema y en la actualidad crisis— peor manejado, que la de Cataluña por parte del Gobierno de Mariano Rajoy, quien en un principio se aprovechó de una mala utilización anterior, por parte del Gobierno de Zapatero, para dejar que el tema se magnificara a su dimensión actual; no solo por incompetencia, sino fundamentalmente para explotar la situación con un objetivo diversionista, que distrajera al electorado de la atención que merecían sus propios problemas (Bárcenas, corrupción y compañía) en el Gobierno. Ahora se enfrenta a lo que ayudó —no solo permitió— a que creciera sin compresión alguna, más que sin control alguno.
Solo a un político con un caparazón tan duro como Rajoy, y con una clase dirigente política tan deteriorada como la española —Gobierno y oposición— le caben aún esperanzas de sobrevivir a esta crisis.
El otro argumento que no cesa de asombrarme es el llamado constante al constitucionalismo, como si tal documento (la constitución española) no pudiera ser refrendado y modificado, y fuera una especie de texto sagrado en un país cada vez más ateo. España debería mirar más hacia Suiza y menos a Madrid.
Fotografía: embarque de la primera espedición de voluntarios catalanes a Cuba.

Las Vegas y lo siniestro


Más allá de la tragedia, o como parte intrínseca de ella, para un presidente tan simplista como Donald Trump, y para una sociedad tan obsesionada con un ataque terrorista como la estadounidense, Stephen Paddock es más que un enigma, más que la peor de nuestras pesadillas: escenifica lo siniestro freudiano en un estado puro; una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño.
Ese sentimiento, donde se mezcla lo familiar y lo conocido con una sensación de extrañeza —en medio de un ambiente de terror que nos produce angustia—, desafía las explicaciones en que se busca explotar la maldad hacia el otro (lo ajeno) y el cierre de fronteras; nos enfrenta a ese mal insondable, que suele —o puede— albergarse en nuestro interior y en ocasiones explota.
A partir ahora lloverán los análisis que traten de interpretar qué pasaba por la mente de Paddock, qué lo llevó a cometer tal monstruosidad gratuita. Luego que las explicaciones más a mano no llegaron siquiera a formularse —nada de conflictos raciales, ni algún tipo de adicción provocada por traumas infantiles; ausente una aparente frustración social o económica; sin datos de un historial previo que permitiera intuir, aunque fuera levemente, un destino peligroso; descolocados los vínculos con grupos extremistas— la mirada se fuerza hacia el individuo y más allá: dentro de su inconsciente: una atrofia oculta durante decena de años de vida normal, que le permitió el retiro y una vida plácida y obscura hasta la noche y madrugada del 2 de octubre. Oportunidad para recorrer de nuevo el cine de David Lynch —Eraserhead, Twin Peaks, Mulholland Drive—, no solo en busca de una explicación, que no se encuentra, sino para volver a experimentar la fascinación ante el mal, que no admitimos pero nos persigue y en cualquier momento aparece y nos acosa: a nosotros, los desprevenidos.
Los hombres perpetúan el mal, de forma constante, aunque nos resulta difícil admitirlo. Nos es imposible lidiar con ello y tratamos de ocultarlo, enmascarlarlo.  Tergiversamos recuerdos y acontecimientos; inventamos pasado y presente para seguir viviendo. Construimos una ficción que nos satisface, y esa ficción es muchas veces personal y propia, pero también política, como nación.
La mayor matanza masiva con un arma de fuego en la historia de Estados Unidos volverá a colocar en el primer plano diversos debates políticos. En primer lugar el de la venta de armas de asalto. Esa discusión, que se ha tornado bizarra por sus connotaciones políticas y fundamentalmente por los intereses económicos que la sustentan, carece de explicación fuera de ese sustento. Así, tras las frases huecas de ocasión que volverán a repetirse —“las armas no matan, es la gente la que mata”—, los legisladores temerosos y los grupos de presión, casi no habrá tiempo para maravillarse de la forma en que un “club de cazadores” se ha convertido en una poderosa maquinaria de cabildeo que literalmente compra políticos y propaga al mismo tiempo un par de falacias que muchos repetirán ahora convencidos y contentos; una letanía al uso que no tiene en cuenta que cuando se introdujo en 1791, en la Constitución de Estados Unidos, el derecho a ir armado, nadie podía imaginarse el poder de un fusil de asalto de petición actual; una aseveración formulada bajo la premisa de considerar dicha Constitución como un texto no sujeto a ser interpretado, renovado y revisado de acuerdo a los tiempos que corren, todo como parte de un canon calvinista que si bien está muy arraigado en la sociedad estadounidense, no por ello impide su cuestionamiento: dar a la constitución americana el carácter “sagrado” de texto bíblico parte de igual superchería religiosa.
Sin embargo, en última instancia el defender o rechazar el derecho a ir armado no hace más que desviar en parte el problema, o en un sentido más amplio la naturaleza del asunto. Basta tomar en consideración que en Suiza, a diferencia de otras naciones europeas, no solo rige el derecho de que los ciudadanos estén armados (29% de la población), sino que un gran número de armas en los hogares es provisto por el propio ejército suizo, que permite a quienes pasan el servicio militar obligatorio conservar los fusiles.
Aunque las cifras de armas en manos de la población en Suiza son muy inferiores a las de EEUU (donde hay más armas que habitantes), Alemania y Austria —en 2016 el ministerio de defensa suiza estimó que había dos millones de armas en manos privadas, de una población de 8,3 millones—, casi duplican a la otros países europeos como Italia y Francia. En Europa, el tener más o menos armas en manos privadas no se usa como explicación básica para un aumento de crímenes.
Claro que la afirmación anterior no debe olvidar la existencia de matices. Uno es la sencillez del procedimiento para adquirir armamentos de mayor o menor potencia, que diferencia a cualquier nación de Europa de lo que ocurre en EEEUU, lo cual contribuye a explicar como los perpetradores de ataques terroristas en suelo europeo han recurrido a medios más burdos —como vehículos, cuchillos y machetes— en los últimos ataques terroristas. Otro matiz que tampoco se debe descartar es la facilidad con que se puede convertir un arma semiautomática en automática en EEUU, si bien hacerlo es ilegal. Pero en su conjunto no vale la simplificación de que todo se resuelve con una prohibición absoluta de la adquisición de un arma de fuego por un particular, al estilo de las leyes vigentes en los países totalitarios.
Lo que es válido en cuanto a la potencialidad del número de víctimas —dato, por lo demás de su suma importancia—, no se aplica automáticamente al riesgo del hecho: no armas, paz absoluta.
En igual sentido que una demonización de las armas de fuego incurre en la demagogia y el absurdo, el extremismo contrario resulta de una nocividad incluso peor. En este terreno se sitúa una propuesta legislativa republicana, pendiente de discutir en el Congreso en Washington, que allanaría la compra de silenciadores para las armas de fuego. Uno de los aspectos que primero se destacó en las informaciones sobre lo ocurrido en Las Vegas fue el hecho del sonido de los disparos, al principio confundidos como un efecto sonero del concierto, y lo peor que hubiera sido todo de no escucharse ese ruido.
Este drama coloca a Trump en un terreno que le resulta poco cómodo. Un hombre blanco, de 64 años, sin vínculos hasta el momento con grupos extremistas, que dispara inclemente a una multitud. Mientras se desarrollaba la noticias, aproximadamente a las seis de la mañana, hora del este en EEUU, los medios de prensa se preguntaban por la ausencia de tuits del Presidente sobre lo que ocurría, con seguridad ya despierto a esa hora e informado al respecto. Y es que la tragedia se sitúa en un marco de referencia que el mandatario suele esquivar o desconocer. No es tampoco el momento del reproche partidista, siempre menos oportuno que oportunista. Hay que reconocerle a Trump un comentario justo sobre lo ocurrido, una lucidez casi insólita en él al describir el hecho: “Un acto de maldad pura”. Y esa frase, casi una epifanía, es una muestra de deslumbramiento, suyo y de todos. Tal descripción, y que la matanza ocurriera en Las Vegas —el lugar de la ilusión fácil y la alegría espuria— encierra un simbolismo obsceno del que nos costará trabajo desprendernos. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Trump, los cubanos inocentes y las visas expiatorias


Vuelta al pasado. Donald Trump ha hecho retroceder 36 años la situación política entre Cuba y Estados Unidos. Al menos para quienes viven en ambos lados del estrecho de la Florida.
El Departamento de Estado anunció este viernes la suspensión de la tramitación de las visas “por tiempo indefinido”, así como la retirada del personal no esencial de su embajada en La Habana. La medida recuerda otra similar, adoptada bajo el mandato de Ronald Reagan, donde dejaron de otorgarse visas en la capital cubana.
Tras el éxodo del Mariel, los cubanos que querían entrar en Estados Unidos —en aquella época y en la mayoría de los casos no era un simple viaje de visita sino una salida de la isla, sin vuelta atrás— tenían que trasladarse a un tercer país durante varios meses o años, vivir en este con mayor o menor fortuna —según la generosidad y posibilidades de sus familiares— y al final recibir la ansiada visa o quedar anclados en un destino ajeno. Todo un largo y costoso proceso, que se ha comprobado no hizo a Cuba más democrática, causó el menor daño al régimen de La Habana y en grado alguno logró avanzar la lucha por los derechos humanos.
Por otra parte, no hay sorpresa en el anuncio. Con una administración como la de Trump, empeñada en hacerle la vida más difícil a los ciudadanos de cualquier país del mundo, incluido Estados Unidos, no era de esperar que los cubanos fueran la excepción.
Pese a que Obama le había facilitado en algo la labor, con el fin de la norma “pies secos/pies mojados”, todavía quedaba mucho por hacer en la ardua labor de división, cerco y muro en que está empeñado el actual gobierno estadounidense; una tarea que no cesará hasta lograr convencer a las norteamericanas blancas y rubias de que deben parir más (algo similar a lo ensayado en la Alemania nazi).
Era tonto pensar, por lo tanto, que el muro no iba también para los cubanos. Más cuando ya habían sobradas señales electorales de que el interés de la Casa Blanca no era precisamente los nuevos cubanos de aquí y allá, sino los viejos de siempre. Ahora reverdecerá en Miami la exhausta teoría de la “olla de presión”, y los que se fueron hace mucho repetirán por radio y televisión que la solución al problema cubano estaba en no irse (los otros). Tampoco van a faltar, entre los llegados en fecha más reciente, los que experimenten el síndrome del pasajero de guagua habanera.
Es de suponer que algún funcionario del actual gobierno de EEUU —no hay que considerar que toda esta estrategia política descanse exclusivamente en la mente de los legisladores Marco Rubio y Mario Díaz Balart, porque entonces lo único a celebrar es que no tengan ancestros norcoreanos— calculó el riesgo de violar todos los pactos migratorios con Cuba (suspender indefinidamente la expedición de todas las visas de inmigrante y no inmigrante, afectar el programa de reunificación familiar, la marcha del 60% del personal de la embajada) en momentos en que aparentemente Raúl Castro se retirará del poder el próximo año, tras la muerte de Fidel Castro y con el país en una difícil situación económica, empeorada por el huracán Irma. Lo demás es tomar riesgos gratuitos en una relación que transitaba sin pena ni gloria, solo para satisfacer a unos cuantos. Por lo demás, la maraña detrás de lo que pasó (¿o no?) es cada vez más tediosa. A estas alturas, las consecuencias de los incidentes ocurridos comienzan a pesar más en las noticias que los propios hechos.
Dos reacciones a observar.
La de La Habana. Aunque la medida está configurada para no avanzar de forma explícita hacia un resquebrajamiento de las relaciones diplomáticas, sino trazada bajo el discurso forzado del escudo de protección a la salud del personal diplomático y a los estadounidenses en Cuba (aún no hay noticia de algún ciudadano afectado), representa todo un reto a la moderación que hasta el momento ha caracterizado la posición oficial del Gobierno de Cuba ante la administración de Trump, en lo que respecta a las relaciones de ambos países. De ahora en lo adelante, el mantenimiento de ese tono moderado podría interpretarse como un signo de debilidad. Es posible que la Plaza de la Revolución no salte directamente por el asunto de las visas, pero el Departamento de Estado ha dicho que emitirá una alerta recomendando a los estadounidenses no viajar a la isla debido a los “ataques”, y eso es algo que difícilmente el Gobierno de Raúl Castro dejará sin respuesta.
La de Miami. La mayoría de la población exiliada de Miami, de una forma u otra, se verá afectada por esta medida. En la práctica posiblemente se traduzca en más gastos para los familiares de quienes viven en Cuba, nuevas complicaciones, angustias y demoras. Esto no tendrá una repercusión política inmediata, pero vuelve a colocar la pregunta de hasta cuándo una minoría en franco declive seguirá influyendo en las vidas de la mayor parte de los cubanos que viven en Miami, y que saben que ninguna de estas patrañas, sean creadas por La Habana o por Washington, va a significar un cambio democrático para Cuba. 

Tener o no tener, la internet llega a la casa en Cuba


En una conferencia sobre comunicación celebrada hace un par de años en La Habana, Abel Prieto dijo que la internet era un “derecho social” y destacó la necesidad de promover el acceso a la red entre los que menos tienen, como repitiendo una mala novela hemingwayniana.
La terca realidad y los intereses de ese mismo gobierno del que Prieto forma parte van por otro rumbo. Finalmente la internet llegará a los hogares en Cuba, pero solo para los que tienen, más, mucho más: the ones that have. (Ernest Hemingway, To Have and Have Not).
Durante años el discurso del Gobierno cubano, al hablar de internet, redes sociales y telefonía inalámbrica ha mezclado una dosis de represión y cautela, cuyos límites varían de acuerdo al momento.
En una época incluso se llegó a considerar a los teléfonos móviles como instrumentos ideales para labores “subversivas”, al afirmar que durante la “insurrección armada” en Siria, los celulares “especialmente promovidos por Estados Unidos, permitieron establecer coordenadas y ubicar blancos civiles y militares, que ocasionaron incalculables pérdidas a las fuerzas leales al gobierno de entonces”, según afirmó un editorial de Cubadebate en 2012.
Pero desde entonces la utilización de los celulares se ha extendido, han surgido puntos de conexión a través de wifi y multiplicado hasta el cansancio las fotos de cubanos con teléfonos móviles. Digamos que se ha impuesto algo de flexibilidad, aunque por supuesto que cuesta dinero, mucho dinero (los que menos tienen, de Prieto, Hemingway y Cía. no entran en esa cuenta).
En esa trama compleja que es la vida cotidiana en la isla, al menos tres esferas giran alrededor de una llamada local o al exterior, ese recorrido en la red y cualquier correo electrónico.
La primera es la más simple, porque se hace cada vez más intrascendente, y son los comentarios de gente como Prieto o canales como Cubadebate, que sirven de pericón del momento.
“Debemos promover, Cuba, el ALBA, la CELAC, otros actores progresistas de la comunidad internacional, la difusión de un pensamiento descolonizador sobre el uso de estas tecnologías”, afirmó el de nuevo ministro (ahora, no entonces) en la clausura de una conferencia internacional celebrada en La Habana.
La segunda es una situación económica creada, donde la propiedad estatal existe junto con la coordinación burocrática; pero donde también están presentes un sector privado nacional, que vive constantemente amenazado aunque se beneficia al poder satisfacer necesidades que el sector estatal no cubre, y una esfera inversionista y administrativa capitalista internacional, sin la cual en la actualidad no sobrevive la nación.
La tercera se rige por el principio represivo de que, en un régimen totalitario, el ejercer un pensamiento independiente de forma pública resulta peligroso. La difusión de ideas y opiniones, que van en contra de la corriente del pensamiento impuesto desde el poder —aunque no fomenten la subversión— no puede ser tolerada.
La primera explica torpezas, mientras la segunda y la tercera definen cambios. Si el gobierno cubano ha decidido extender el uso de internet a los hogares, algo que hasta ahora supuestamente rechazaba ideológicamente al enfatizar el objetivo “social”, es porque considera que cuenta con los medios de control necesarios para permitir la expansión; además de partir de la premisa de que los límites de “lo permitido” están lo suficientemente interiorizados en los internautas.
Lo demás es hablar de tarifas —excesivas— y velocidades de descarga, factores que con el tiempo se irán modificando como ocurrió en este país (el atraso en años, precios y tecnología es característico de Cuba). Lo importante es que la internet toca (tocará) a las puertas, y si para un miamense ello es pasado desde hace mucho tiempo, para un cubano es algo de futuro. Aunque no deja de ser un futuro sin muchas esperanzas, para los que no tienen.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Entre locos


Estás loco. No, el loco eres tú. Bajo acusaciones mutuas de locura, el presidente estadounidense Donald Trump y el gobernante norcoreano Kim Jong-un esgrimen un argumento que, en última instancia, podría estar actuando en favor del contrario en ambas partes. Para complicar aún más el asunto, el mandatario venezolano Nicolás Maduro ha entrado en esa danza de recriminaciones, donde la psiquiatría no es más que la política por otros medios. Pero, ¿alguno de ellos o todos están realmente locos o simplemente utilizando una vieja táctica, no exenta de grandes riesgos?
Algunos expertos sospechan que Trump se vale de la “Teoría del loco" (Madman theory) contra Corea del Norte como un instrumento persuasivo. De ser así, la acusación de “mentalmente desquiciado”, que le lanzó el mandatario de ese país, quizá fue un logro para él.
La idea básicamente consiste en mostrarse frente a los enemigos como alguien demasiado impredecible o dispuesto a ir al combate, para disuadirlos de actuar contra los intereses propios, informa la BBC.
Las conjeturas de que Trump podría actuar de ese modo en política exterior surgieron desde antes que asumiera la presidencia en enero.
Él mismo reivindicó la carta de la imprevisibilidad a lo largo de su campaña electoral.
“Tenemos que ser impredecibles”, respondió el año pasado cuando el diario The Washington Post le preguntó cómo actuaría ante el expansionismo chino.
“Somos totalmente predecibles. Y lo predecible es malo”.
Las sospechas de que Trump está empleando la “Teoría del loco” crecieron desde el mes pasado, cuando sorpresivamente advirtió que respondería con “fuego y furia” si Corea del Norte amenazaba a Estados Unidos.
Continuaron cobrando fuerza la pasada semana, cuando sacudió a sus homólogos de todo el mundo reunidos en la Asamblea General de las Naciones Unidos al amenazar con “destruir totalmente” a Corea del Norte.
Y el sábado se incrementaron las tensiones luego de que bombarderos B-1B y aviones de caza estadounidenses volaron cerca de la costa este de Corea del Norte como una demostración de fuerza, según comunicó el Pentágono.
Entonces, ¿realmente busca Trump que Pyongyang lo vea como un demente? ¿Y cuál sería el riesgo de hacer eso frente a un régimen tan cerrado que posee armas nucleares?
El primer presidente estadounidense al que se le atribuyó el uso de la “Teoría del loco” fue Richard Nixon (1969-1974), supuestamente para intimidar a la Unión Soviética y a Corea del Norte.
H. R. Haldeman, quien fue jefe de gabinete de Nixon, escribió que este le habló de esa teoría cuando le dijo que quería que los norvietnamitas pensaran que “podría hacer cualquier cosa” para parar la guerra de Vietnam y que recordaran que tenía en sus manos “el botón nuclear”.
Trump se ha encargado de recalcar que controla el mismo botón, y lo hizo al día siguiente de su comentario del mes pasado sobre “fuego y furia”, palabras que desde su propio Gobierno describieron como espontáneas.
Mientras su secretario de Estado, Rex Tillerson, tranquilizaba a aliados negando que hubiera una amenaza inminente de Corea del Norte, Trump usó su cuenta de Twitter para decir que su primera orden como presidente fue “renovar y modernizar” el arsenal nuclear de EEUU.
“Esperemos que nunca tengamos que usar ese poder, pero nunca habrá un tiempo en que no seamos la nación más poderosa del mundo”, agregó de inmediato el 9 de agosto.
Diversos analistas estadounidenses han planteado abiertamente desde entonces la posibilidad de que Trump esté haciendo algo similar a Nixon, en este caso para amedrentar a Corea del Norte.
“Podría ser que piensa que la teoría del loco es la teoría correcta aquí”, dijo David Brooks, columnista del diario The New York Times, en el programa PBS Newshour. “Creo que puede ser muy eficaz, siempre y cuando no estés realmente loco”.
Sin embargo, por tratarse de una estrategia que debería seguirse sin anunciarla expresamente, siempre habrá dudas sobre la “Teoría del loco”.
Es probable que Trump no se ande con vueltas y quiera advertir de veras al mundo sobre el riesgo de una guerra devastadora con Corea del Norte si EEUU “se ve obligado a defenderse o a defender a sus aliados”, como dijo en la ONU.
Sin embargo, otros analistas se interrogan si el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, se comporta de forma tan impredecible como parece.
Joan Hoff, una historiadora que ha publicado libros sobre Nixon y política exterior de EEUU, sostuvo que ni siquiera hay una confirmación de que el expresidente haya empleado la “Teoría del loco” como dijo Haldeman.
“Siempre se usa sobre Nixon, pero Nixon sabía demasiado sobre política exterior como para suscribir un enfoque tan simplista”, dijo Hoff a BBC Mundo.
No obstante, opinó que “probablemente es cierto cuando se aplica a Trump, porque no sabe nada sobre política exterior”.
Ante la duda, han surgido varias advertencias de que la propia imprevisibilidad puede ser peligrosa.
“Puede haber (…) algún mérito en la Teoría del loco hasta que te encuentras en una crisis”, dijo David Petraeus, general retirado de EEUU, en una discusión que tuvo lugar en la Universidad de Nueva York hace algunos días.
“No quieres que el otro lado piense que puedes ser lo suficientemente irracional como para conducir un primer ataque o hacer algo, ya sabes, lo que se llama ‘impensable’”, advirtió.
También muchos creen que el líder norcoreano Kim Jong-un utiliza la “Teoría del loco” para hacerse respetar en su región y por EEUU.
El propio Trump lo definió el viernes vía Twitter como “un loco al que no le importa morir de hambre o matar a su pueblo”.
Sin embargo, otros lo ven de forma diferente.
“Kim Jong-un no es un loco, es muy calculador… Lanzan comunicados que son muy rimbombantes y militaristas, pero él no ha tirado misiles hacia Guam, Estados Unidos o sobre Corea del Sur”, dijo Howard Stoffer, un experto en seguridad nacional que trabajó durante 25 años en el servicio exterior estadounidense.
A su juicio, hablar duro y mostrarse impredecible cuando se tiene un cargo de tanta responsabilidad es contrario a los intereses globales.
“Es lógica de calle, eso funciona cuando eres un chico en el barrio y hay pandillas. No funciona en la diplomacia internacional”, dijo Stoffer a BBC Mundo. “El mundo funciona si tiene estabilidad y todos son previsibles”.
Para los cubanos, el mejor ejemplo que conocen de un uso eficiente de la “Teoría del loco” está representado por el fallecido gobernante Fidel Castro.
Todo el historial de Castro se define, desde sus inicios políticos, por una conducta volátil, de apariencia impredecible, volcánica y sin medir riesgos.
El calificativo de “loco” siempre fue recurrente no solo entre los enemigos de Castro. También sus aliados, con supuesta o real admiración, se referían a dicho atributo, aunque por supuesto en un tono admirativo.
En realidad Castro actuó siempre de una manera calculadora —calificativo que en igual sentido puede valorarse de forma positiva o negativa— y con una completa evaluación de los riesgos que asumía. Sus “locuras” por lo general estuvieron relacionadas con planes económicos, cuyos fracasos terminaban afectando la vida de los cubanos, pero no colocando su poder en riesgo.
El elemento irracional, en la conducta de un político, y en especial de los dictadores, ha jugado un papel determinante en la historia. Pero vale la pena parafrasear aquello de que, aunque todos los dictadores “locos” han resultado similarmente perjudiciales para sus pueblos, algunos han sido menos iguales que otros: Hitler y Stalin, para citar el caso más recurrente. En estos casos, quizá lo peor no se limite al loco, sino a las ocasiones en que en el loco y el idiota coinciden en el mismo déspota. 

martes, 26 de septiembre de 2017

El fisco, la represión y la economista Karina Gálvez


“A partir de mañana, 1 de enero de 2013, el Gobierno cubano contará con un nuevo instrumento represivo o justificación legal para ir contra disidentes y opositores: la reforma tributaria que paulatinamente entrará en vigor”.
El párrafo anterior es el inicio de una columna que publiqué en El Nuevo Herald y este sitio, el lunes 31 de diciembre de 2012, y la vanidad de citarme quiero justificarla con una afirmación de cuya crueldad acuso al régimen de La Habana: no hay mérito alguno en vaticinar que siempre se debe esperar lo peor de dicho Gobierno. El fallo judicial, en relación al supuesto delito de evasión fiscal contra la economista Karina Gálvez Chiú, fundadora e integrante del equipo del Centro  de Estudios Convivencia (CEC), así lo confirma.
A continuación, el resto de aquel escrito de 2012:
“No es que el régimen necesite excusas ni pretextos, pero el posible uso al que faculta la nueva legislación se suma a una vieja estrategia: repetir una y otra vez que en Cuba no hay presos de conciencia, opositores políticos o disidentes del sistema, sino simples mercenarios, delincuentes y sujetos sin escrúpulo que se aprovechan de una situación creada por el imperialismo norteamericano.
Aunque la estrategia no es nueva, resulta efectiva a la hora de buscar una justificación para decir que, en el orden represivo, se han producido cambios en la isla y ya no hay oleadas represivas como la de la Primavera Negra. No se trata de convencer a nadie, sino de buscar argumentos para la comodidad de gobiernos y propagandistas.
Las nuevas tácticas de la policía política van en dos direcciones: una más directa y brutal y otra que pasa por la puesta en marcha de supuestos instrumentos legales que justifican un arresto o una condena. De forma esquemática puede afirmarse que si, por un lado, se reproducen los procedimientos y actuaciones que caracterizaron a la dictadura de Fulgencio Batista, por el otro se consolidan los métodos que en la actualidad se emplean en China. Retroceso y avance con igual objetivo: no permitir la menor pérdida de control.
La actuación brutal se define por los golpes, vejaciones, arrestos temporales y esa especie de secuestros exprés que duran varias horas y suelen ocurrir en fechas alegóricas o en anticipación a actividades de la oposición pacífica. Por lo general, su  acción se caracteriza por ser realizada por un grupo que actúa dentro del Gobierno, pero que bordea la propia legalidad que el sistema establece. Su paramilitarismo está dado no por formar un grupo independiente de la policía política, ya que son miembros de ella en la mayoría de los casos, sino por sus métodos: no identificarse a la hora de efectuar detenciones, la violencia incontrolada y el crear inseguridad como instrumento de contención.
En el afán para convertir en delincuentes a las víctimas, el Gobierno cubano se ha empecinado por décadas en difamar a los opositores, rebajarlos en su condición ciudadana y reducirlos a seres antisociales. Con frecuencia echa mano a una serie de recursos viejos pero eficaces: la divulgación de mentiras, que en ocasiones se apoyan en elementos aislados de verdad, pero que en su totalidad presentan un panorama falso; la visión desplazada que deforma la perspectiva de conjunto y la demonización del enemigo. No hay originalidad en este empeño, utilizado con éxito anteriormente por la Alemania nazi, la Unión Soviética de Stalin y la China de Mao y la actual.
Ahora la nueva ley fiscal podría ser empleada también con el objetivo de castigar a quienes expresan opiniones contrarias.
No es decir que la ley se creara con el único interés de contener a disidentes y opositores pacíficos. Tampoco afirmar que el anticastrismo justifica la evasión fiscal. Es, simplemente, reconocer que en un sistema totalitario la aritmética puede tener también razones perversas y el expediente judicial motivos políticos. Por otra parte, no es algo que ocurra o vaya a ocurrir solo en Cuba, pero el Gobierno de la isla tiene un historial que basta no solo para la sospecha: es capaz de crear temor, o terror.
Por supuesto que puede argumentarse que hay una manera fácil de evitar una acusación de fraude fiscal, y es simplemente con el pago de impuestos.  A ello se puede responder que tanto en Cuba como en otros gobiernos totalitarios, tras el cobrador de impuestos puede aparecer o coincidir el policía político.
“Cuando demandamos a la Agencia Tributaria para que explicaran el porqué de la imposición de multas tan desproporcionadas tuvimos que enfrentarnos a un sinfín de problemas con la policía. Durante el proceso legal, me llevaron ante el juez para interrogarme, lo que me permitió comprobar hasta qué punto manipulan, abiertamente y a todos los niveles, las normas”.
Aún esta no es la respuesta de un cubano. Son palabras del artista y disidente chino Ai Weiwei, en una entrevista aparecida en El Cultural, del diario español El Mundo.
Weiwei ha dicho que Pekín ha ido contra él no por el dinero sino por “motivos políticos”. “Quieren que la gente piense que soy un evasor de impuestos, que soy un mentiroso o lo que sea”, de acuerdo a declaraciones publicadas en el periódico español El País.
Lo ocurrido a Weiwei puede ser el preludio chino a la situación en que a partir de ahora vivirán periodistas independientes como Yoani Sánchez.  Ya pasó la hora de las advertencias y amenazas, ahora solo queda la espera”.
La espera ya se ha cumplido. Gálvez fue condenada a tres años de privación de libertad, que posiblemente cumpla bajo la forma de arresto domiciliario y le fue decomisada su vivienda, según confirmó la economista a 14ymedio, una decisión judicial que asegura “no le sorprende y que estaba esperando”.
Ai Weiwei fue liberado el 22 de junio de 2011, bajo la condición de no viajar al exterior —un castigo que ahora también sufrirá Gálvez—, y seis años más tarde, en julio de 2017, logró viajar a Argentina, para preparar una exposición retrospectiva de su obra en noviembre. En la actualidad se encuentra en Suiza, donde hasta el 28 de enero se podrá ver otra retrospectiva en la ciudad de Lausana. El artista chino continúa su lucha con su obra, la foto y la palabra.
En igual empeño, y con sus medios propios, persistirá Karina Gálvez. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Trump y su lista negra


El presidente Donald Trump emitió en la noche del domingo 24 de septiembre un nuevo veto migratorio, que entrará en vigor el 18 de octubre. Su objetivo no se limita a reemplazar el anterior, y evitar así que claudique la medida, sino tiene un carácter mucho más amplio.
Ante todo hay que tener en cuenta que la acción presidencial se lleva a cabo tras que el Tribunal Supremo —luego de la designación del conservador Neil Gorsuch— desbloqueara la orden anterior, paralizada en las cortes. El Supremo aún no ha dicho la última palabra al respecto (se espera que lo haga en las próximas semanas), pero que una segunda orden (bloqueada al igual que la primera) entrase en vigor a finales de junio (su vigencia era de 90 días) significó un espaldarazo a Trump.
Aunque lo más importante de la decisión del Supremo fue la admisión, como argumento, de la amenaza para la seguridad, así como la decisión de que el interés nacional debía prevalecer sobre el posible daño que pudiese causar el veto a viajeros y refugiados. Por lo tanto, aunque esta decisión no es aún final, poco cabe esperar que se modifique en su esencia con la actual configuración del Tribunal.
Para decirlo en pocas palabras, la Corte Suprema le ha dado luz verde a Trump, y los pocos cambios que ha introducido en la orden —los que mantendrá vigente y alguno que pudieran incluir en lo adelante— no van a cambiar en lo fundamental el objetivo que se trazó desde el inicio de su Gobierno, y durante su campaña, el actual presidente de Estados Unidos.
Al mismo tiempo, y con la ampliación a otros tres países (Chad, Corea de Norte y Venezuela), la nueva orden —en lo que respecta a los dos últimos— debilita la acusación de islamofobia, aunque por supuesto ello no impide dejar de considerar el aspecto xenófobo de la medida.
Sin embargo, y a partir del resultado de todo el proceso legal, el carácter de permanencia es el elemento clave de esta nueva orden ejecutiva.
Cuando Trump dio a conocer su veto, al principio de su mandato, la Casa Blanca se apresuró a afirmar el carácter temporal de la excepción y la necesidad de tiempo para establecer nuevas normas. Al parecer, estas normas ya han comenzado a ser establecidas, pero las mismas se limitan a instrumentar el objetivo de lo que en un primer momento se anunció que regiría solo por un tiempo: un cierre de fronteras. El nuevo texto tiene un carácter definitivo.
El segundo aspecto, de singular importancia de la medida, es que abarca a ocho países (Sudán sale), a los cuales trata de forma diferenciada.
Mientras que los ciudadanos de Irán, Libia, Siria, Yemen, Somalia, Chad y Corea del Norte tienen casi imposibilitada la entrada a EEUU (en el caso de Irán se permiten que prosigan los programas de intercambio de estudios), por el simple hecho de haber nacido en esos países, en lo que respecta a Venezuela la prohibición se aplica a los funcionarios gubernamentales y sus familiares.
A todo lo anterior hay que agregar que la lista será revisada cada 100 días y la salida dependerá de la mejora de los “problemas detectados”, según lo decida el Gobierno de Trump.
Saltan a la vista tres diferencias fundamentales entre esta nueva lista y la ya existente, de países que apoyan, financian o permiten en sus territorios el establecimiento de grupos terroristas. Mientras que en la anterior el énfasis se hace en los gobiernos, aquí se establece sobre los ciudadanos. El segundo punto es que, al ser una orden ejecutiva, prescinde por completo del Congreso. En el caso de la lista del Departamento de Estado, la salida o entrada de un país se presentaba al cuerpo legislativo, y aunque en última instancia el Senado no tenía que emitir un voto de aprobación al respecto, el proceso llevado a cabo se caracteriza por una amplitud ausente aquí, donde Trump “ordena y manda”. Por último, la nueva medida establece la posibilidad de convertirse en una especie de colcha de retazos, donde se irán agregando prohibiciones y requisitos de acuerdo al momento.
En este sentido, y a manera de ejemplo, no es difícil vaticinar que en Miami un sector del exilio comenzará a abogar por incluir a Cuba en la lista, y que al igual se le ocurra ampliar la prohibición no solo a funcionarios gubernamentales y sus familias, sino también a artistas (un aspecto que continúa siendo álgido en la ciudad). Quedan abiertas las apuestas para ver cuándo saltará  el reclamo ante el anuncio de la potencial visita de Mariela Castro a EEUU, algo que ya ha ocurrido en varias ocasiones.
Cabe especular también que, en el caso de Venezuela, aunque la orden se refiere solo a los funcionarios gubernamentales, crezcan las dificultades para que cualquier venezolano que quiera viajar de visita a EEUU pueda realizarlo.
El hecho de que ya se anuncie de que, en el caso de Venezuela se establecerá un mayor control para la entrada de cualquier ciudadano de ese país a suelo norteamericano, se traducirá en la práctica en una tramitación mucho más ardua, donde tanto el Gobierno de Trump como el régimen de Nicolás Maduro competirán para hacerle más difícil, o imposible, el viaje a los venezolanos. 

Corre, conejo


Una de las características del presidente venezolano, Nicolás Maduro, es su falta de originalidad. Otra, peor, es el modelo que copia.
Hace una semana el mandatario anunció el Plan Conejo, con el objetivo de incentivar la cría de ese animal en espacios urbanos para dar de comer a los venezolanos. La “idea” —las comillas son indispensables para no ofender el raciocinio— recuerda peligrosamente los disparatados planes económicos de Fidel Castro, que siempre culminaban en fracaso: el “Cordón de La Habana”, la siembra de café en los balcones de la capital, los cruces experimentales de razas vacunas, los cultivos exóticos, las vacas enanas.
En ocasiones tales planes daban pie al tradicional humor, como cuando quiso sustituir las reses por ovejas y el pueblo comentó que “Fidel había cambiado la vaca por la chiva”, pero en general significaron perdida de tiempo, esfuerzos y recursos. Quizá el motivo fue en parte —además de megalomanía— el entretener a la población, recurrir a uno de los instrumentos que siempre utilizó con éxito: la distracción. No hay que dudar que Maduro persiga igual fin y en resumidas cuentas se limite a dar otra muestra de la lección aprendida.
Lo grave es que al gobernante venezolano no se le puede oír en serio, si bien tampoco hay que tomarlo a broma. Cualquier referencia a su torpeza clásica no debe terminar en la burla fácil. En su lugar obliga al análisis frente a un desastre mayor: el problema que enfrenta un país al tener al mando alguien de pobre razonamiento, cultura nula y restringida capacidad de expresión, así como lo expuesto de las circunstancias que han permitido que este individuo acapare el poder.
No es que Maduro destaque por su impericia verbal, lo cual de por sí es negativo, sino que es un inepto. Lo malo no se limita a que no sabe gobernar, sino que no deja gobernar a otros que sí saben.
Más allá de la falta de saber, lo que importa es el engaño, el mentir no simplemente por ignorancia sino por aferrarse al poder.
Ahora Maduro habla de criar conejos como cuando el gobierno chavista se lanzó a desarrollar los cultivos hidropónicos, en edificios y terrenos baldíos, y creó un ministerio específicamente dedicado a la agricultura urbana. Proyectos sin futuro, empeños torcidos, al igual que aquel del fallecido mandatario Hugo Chávez, con la propuesta de revertir el movimiento migratorio del campo a la ciudad en Caracas y la intención de que quienes apenas sobrevivían —y sobreviven— en las villas miseria que rodean a la capital se trasladaran a idílicas zonas rurales —no importa si eran zonas áridas y despobladas— e iniciaran una nueva vida trabajando la tierra o en talleres artesanales.
Ante la incapacidad para conducir a la nación de una forma independiente, a Maduro no le queda más remedio que copiar a sus dos únicos modelos: Chávez y  Castro.
Chávez —invocando a Simón Rodríguez— proclamaba que Latinoamérica “debía ser original”. Su discípulo es todo menos eso. Aunque el problema con el Plan Conejo no es que sea más o menos original, novedoso o peculiar (conejos se crían en todas partes) sino que no va a funcionar, como no funciona nada en el país.
La falta de sagacidad del mandatario constituye una fuente de inseguridad constante para Venezuela, pero ese hecho no lo detiene: lo que quiere es que lo reconozcan como miembro de esa élite (Castro, Chávez) donde el mando se asume como una aventura y no como un deber administrativo.
El presidente venezolano debería, al menos, conocer este diálogo:
—Si de veras quieres saberlo, se fue por... allí.     
—¿Quién?     
—El conejo blanco.   
—¿De veras? 
—¿De veras qué?     
—Qué se fue.
—¿Quién?
—El conejo.
—¿Cuál conejo?
Lástima que Maduro  nunca haya leído a Alicia, ni los conejos a Updike.
Este texto, con el título de “Maduro, conejo loco” y una línea final algo diferente, apareció en el Nuevo Herald, el lunes 18 de septiembre de 2017.

jueves, 10 de agosto de 2017

La vieja retranca


Cualquiera que en Cuba menciona la palabra corrupción, al hablar de la comida, se refiere al estado de conservación de esta y no a su procedencia más o menos legal. Porque de otra forma, ¿qué comer y a qué precio?
El gobierno cubano siempre se ha preocupado en alimentar esa corrupción que proclama perseguir con peor Malasaña que el barrio madrileño. Se nutre de ella, y lo peor: la estimula con supuestas acciones legales.
La nueva resolución del Ministerio del Trabajo, que suspende temporalmente el otorgamiento de nuevos permisos para negocios particulares como paladares y habitaciones de alquiler, así como establece que no se darán más licencias para la venta de productos agropecuarios, no solo va en contra del desarrollo económico del país, sino pone de manifiesto —una vez más— las limitaciones de quienes ejercen el control político.
Cierto, han mantenido ese control por décadas, y por lo tanto habría que considerarlos exitosos en sus propósitos. Pero tal afirmación elude no solo el precio que la población ha pagado durante ese tiempo: también deja fuera el señalar la incapacidad de aprendizaje de los gobernantes.
Igual puede argumentarse que quienes controlan el poder no se sienten obligados a ensayar nuevos mecanismos, si los que vienen empleando desde hace demasiado años les han permitido permanecer en la cúpula sin grandes cambios.
Sin embargo, todo ese andamiaje de tira y encoge, exprime y afloja, aprieta pero no ahoga, hostiga y suelta no define una política de gobierno y se queda simplemente en una práctica de usurero, casa de empeño o actitud proxeneta.
Explicar las razones que sustentan la medida, desde la óptica del poder, es tarea fácil. Tanto el temor al desarrollo de un más que incipiente grupo productivo de probada eficiencia, frente al deterioro y la capacidad del sector empresarial estatal, como la priorización de los factores de control político sobre la realidad económica, e incluso el detener a la fuerza la competencia —fundamentalmente en el sector turístico— que representan quienes ofrecen mejores servicios, y a un precio más bajo, a los visitantes extranjeros.
Pero al final todas estas explicaciones salen casi sobrando ante una realidad más burda: lo que ha vuelto a imponer el gobierno de Raúl Castro es el menosprecio al cubano, la envidia como razón de su existencia de mando y la represión a manera de único instrumento de control.
La respuesta de la calle ante estas nuevas limitaciones será, como siempre, el recurrir a la trastienda, la ilegalidad obligada y la supervivencia como un ejercicio de escape y temor.
Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, el cubano vive preso de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza, y evitar cualquier actividad que lo destaque y termine en denuncia.
En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, ese mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que ya desaparecieron o pasaron a un último plano desde hace largo tiempo.
El mantenimiento de un poder férreo, que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales ―y se sustenta fundamentalmente en el aniquilamiento de la voluntad del individuo― resulta no solo obsoleto, en el sentido más nefasto del término, para las libertades individuales. También evidencia un empeño arcaico que solo cede ante la inevitable biología.
Cuba cansa, hablar del caso cubano ya ni siquiera agota. Podría resumirse en que aburre esa repetición de la repetición practicada desde la Plaza de la Revolución, en que lo único insólito continúa siendo la paciencia de los que esperan, desde arriba o desde abajo.
Esta columna apareció publicada en El Nuevo Herald el lunes 7 de agosto de 2017.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...