martes, 15 de enero de 2019

La farsa, el engaño y la espera


Era para saltar ante la pantalla del televisor. Al presidente de Estados Unidos una reportera le pregunta, de forma directa, si él había sido un agente ruso.
“No solo no trabajé para Rusia, sino que creo que es una vergüenza que incluso hayas hecho esa pregunta, porque es un gran fraude”, contestó Donald Trump.
Fraude —en su tercera acepción en español (delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos)— es la traducción correcta de “hoax”: engañar a muchos con una estratagema. Pero en inglés es también truco, mistificación, burla. En ese idioma la palabra tiene un sentido teatral, de impostura, que significa a la vez algo falso y absurdo; encierra el fraude y la fabricación.
A Trump le gusta emplearla y —algo poco usual en alguien que lanza vocablos sin detenerse mucho en su significado, tanto como mentiras, verdades a media y citas sin contexto— aquí hay que reconocerle la precisión con que intenta encerrar el asunto. 
“Hoax” tiene mucho que ver con el periodismo sensacionalista, la prensa del corazón, la farándula y hasta el burlesco. Trump no solo busca desmentir sino rebajar de categoría el asunto.
Hasta el lunes 14 de enero su actitud había sido sentirse insultado. En Fox, el domingo, se había negado a precisar su respuesta, con una negación más en actitud y desprecio que en palabras. Pero al parecer un día después se sintió obligado a esta respuesta de sí o no.
No, todavía me resisto a creer que pueda acusarse al presidente de EEUU de haber sido —¿o ser?— un “agente de Rusia”, alguien, para decirlo de la forma más brutal, “a sueldo de Moscú”.
Pero la situación que afronta en estos momentos el Gobierno y el Congreso de EEUU  han hecho posible esta pregunta. No fue una impertinencia, una falta de respeto de la periodista, sino una duda justificada. Increíble, pero motivada.
Surgen entonces los necesarios matices, las circunstancias dadas, los hechos; la distancia que va de un acto criminal a un delito político o una incapacidad de liderazgo. Salen a relucir las afinidades, el propósito de ciertas decisiones y las semejanzas en los actos. Se recuerda, incluso, la frase leninista de los “tontos útiles”.
Y lo que igualmente preocupa ahora no es solo una actitud cuestionable o polémica del mandatario, sino esa complicidad —no imaginable hace apenas unos años— de los legisladores republicanos. 
Porque si por décadas un partido se caracterizó por una verticalidad total ante el “peligro ruso” fue el Partido Republicano. Cierto, la URSS desapareció; también la clásica confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo. Pero la bolina subsiste. Rusia sigue empeñada a jugar su papel de gran potencia, no como poderío económico —algo que le resulta imposible— sino mediante sus aspiraciones imperialistas. No es simplemente que Vladimir Putin sea un ex KGB: es que continúa actuando como un KGB.
Quedan entonces los hechos, que han sembrado las dudas.
 El Gobierno ruso interfirió en las elecciones de EEUU de 2016, con el fin de que Trump resultara electo. No está claro aún si con la complicidad de la campaña del actual mandatario o con el beneplácito de este, pero de la intervención rusa no tiene duda la comunidad de inteligencia estadounidense.
Este mes se dio a conocer que los fiscales federales han acusado al exjefe de la campaña presidencial de Trump, Paul Manafort, de compartir datos de sondeos políticos de 2016 con un asociado vinculado con la inteligencia rusa. Esta es, hasta el momento, la prueba más directa de un vínculo entre dicha campaña y Rusia, aunque no puede afirmarse que el actual presidente tuviera conocimiento de ello. Por su parte, Trump lo niega.
The New York Timespublicó la semana pasada que, tras el despido del director del FBI, James Comey, en 2017, el FBI inició una investigación de contrainteligencia para determinar si Rusia había influido sobre él.
The Washington Postreportó durante el fin de semana que el presidente ocultó los detalles de sus encuentros con Putin, incluso a sus propios funcionarios, llegando incluso en una ocasión a confiscar las notas de sus intérprete.
Trump no ha negado, de forma específica, ambas informaciones, aunque desestimó su importancia.
Quedan las sospechas, las abundantes sospechas, que no acusan pero causas dudas. Y la cuestión principal puede resumirse en una pregunta: ¿son manifestaciones de carácter, demostraciones de un proceder independiente a convicciones establecidas; rasgos de un individualismo feroz que se traduce en un nacionalismo a ultranza; inmadurez o incluso ingenuidad política; coincidencias o muestras de un patrón, un esquema dirigido a un objetivo preciso de subversión: un trastorno del orden establecido que puede resultar peligroso para una nación como Estados Unidos o el mundo en general?
Hechos y sospechas
El mes pasado el Presidente anunció que las tropas estadounidenses abandonarían Siria, algo que los rusos venían reclamando desde hace tiempo.
Luego Trump afirmó que la Unión Soviética tuvo todo su derecho al invadir Afganistán in 1979; algo que no solo contradice el discurso y la práctica política de este país por décadas sino la mentalidad estadounidense alimentada —o manipulada— con recursos que van desde textos de análisis hasta el cine (¿alguien se acuerda de Rambo?).
El Departamento del Tesoro está intentando levantar la sanciones a compañías de  Oleg Deripaska, un oligarca con estrecho lazos con Putin. Esas sanciones fueron impuestas en 2018, como respuesta a la interferencia rusa en las elecciones.
En 2017 Trump compartió información sumamente secreta sobre Israel con el canciller ruso en una reunión en la Oficina Oval, al tiempo que alardeó sobre el despido de Comey como una forma de aliviar la presión en la investigación sobre la posible interferencia rusa en las elecciones.
Hay muchos más detalles, muchos todavía sin determinar, sobre reuniones, vínculos y acercamientos entre figuras cercanas a Trump, o familiares de este, y personeros o potentados rusos.
No se trata aquí de sacar a relucir a Clinton, Obama o cualquier asunto ajeno a la cuestión que debe ser aclarada de una vez por todas: hasta dónde han llegado los vínculos entre Trump y el Gobierno ruso.
Una esperanza
William Barr, nominado por Trump para dirigir el Departamento de Justicia, ha prometido por escrito al Senado permitir la conclusión de la investigación del fiscal especial Robert Mueller.
“Creo que es en el mejor interés de todos —el Presidente, el Congreso, y más importante, el pueblo estadounidense— que este asunto sea resuelto al permitir al fiscal especial terminar su trabajo”, escribió Barr en su declaración inicial, luego leída en la audiencia de confirmación en el Senado.
“El país necesita una resolución creíble de todas estas cuestiones”, agregó.
Ahora solo queda esperar.
Datos para este texto han sido tomados de un editorialde The New York Timesdel 14 de enero de 2019.

viernes, 11 de enero de 2019

Los Balcanes en Washington DC


¿Es esto lo que nos espera por dos años? Al parecer se están cumpliendo los peores pronósticos. El cierre del Gobierno y la bronca —no vale hablar de polémica— por el muro que no es muro y la búsqueda desesperada de fondos para pagar un proyecto sobre el que —con independencia de que uno esté a favor o en contra— ni Trump ni los republicanos han mostrado el mayor interés, no por avanzar sino siquiera poner en marcha, durante dos años de poder casi absoluto, opaca un problema incluso mayor: los legisladores de ambos partidos (los demócratas con particular saña tras una victoria notable pero no suficiente) se empeñan cada vez más no en lograr acuerdos sino en desarrollar una especie de guerra de guerrillas donde lo único que importa es ganar a cualquier precio y estás conmigo o contra mi. De continuar esta tendencia, no solo el bipartidismo característico de esta nación está en peligro sino también el avance mediante un saludable toma y daca, el diálogo y la confrontación dentro del respeto mutuo. A medida que, aparentemente, Estados Unidos (América para los estadounidenses) se encierra en sí misma por voluntad de una Casa Blanca cada vez más opaca, se asemeja más a lo que supuestamente rechaza: esa Europa balcanizada o esa Centroamérica y Suramérica canibalizada. Avanzamos hacia un mundo cada vez más cercano a esa época pre I Guerra Mundial que desde estas costas siempre pareció tan ajeno. Más que lamentable peligroso.

La misma división, igual desengaño


En muchas ocasiones las encuestas son como los informes meteorológicos: pretenden convencernos de que nos dan a conocer un pronóstico, cuando apenas nos dicen algo que distinguimos con solo mirar por la ventana.
Lo que diversos medios de prensa se han empeñado en identificar como un avance del apoyo al embargo en Miami no pasa de un simple malabarismo, en que se escoge la bola que está arriba —abajo o en el aire— solo que con números: la comunidad cubana sigue dividida por las mismas tendencias y fronteras trazadas desde hace años: momento de llegada al sur de Florida, edad, la existencia o no de familiares en la Isla, actitud hacia Cuba del inquilino de turno en la Casa Blanca. 
Como en otras ocasiones, las respuestas al cuestionario permiten el análisis por categorías y uno de los mayores méritos de este sondeo es enfatizar en que la comunidad exiliada no es monolítica. 
Ello de por sí ya resulta mucho más que una característica del lugar —si se quiere ver con ojos anecdóticos—, pero el problema es que demasiadas veces, una y otra tendencia —no importa el signo, a quien favorece o beneficie— se ha tratado de vender a Miami como una roca y no como un espejo.
Como cualquier documento académico, el informe de la encuestano elude hacer explícitas estas y otras limitaciones a la hora de analizar los resultados, y quizá lo mejor es remitir solo a dicho texto, pero la tentación a especular le resulta más difícil de eludir al periodista que al científico.
El sondeo y el embargo
El último sondeo realizado por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en el condado Miami-Dade muestra que la diferencia actual entre las opiniones a favor o en contra del mantenimiento del embargo no supera el margen de error que especifica el sondeo. 
Según la encuesta telefónica realizada entre 1.001 cubanoamericanos residentes en Miami-Dade, 45 % dijo estar a favor de mantener el embargo, 44 % está en contra y otro 11 % no respondió o no sabe. La encuesta correspondiente a 2018 se realizó después de las elecciones legislativas de noviembre y tiene un margen de error de 3,1 %.
Hay dos datos que vale la pena señalar: un retroceso en el apoyo a eliminar el embargo, que alcanzó una mayoría del 54 % en 2016, y una opinión favorable al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, que  recibió el apoyo de una amplia mayoría, 63 %.
A través de los diversos datos presentados se hace patente un estancamiento en las opiniones, junto a las limitaciones en la capacidad de influirse mutuamente de cada uno de los estamentos que componen la comunidad cubana exiliada de Miami. 
Si bien, respecto a la política estadounidense, se mantiene la preponderancia en las urnas locales, estatales y nacionales de los criterios imperantes en el grupo primigenio del exilio, no por ello dicho grupo ha logrado imponer sus puntos de vista en cuanto a las relaciones de la comunidad con la Isla.
En líneas generales, el tan conocido poder de influencia del exilio en Washington —reducido ahora en la Cámara de Representantes— no ha bastado para mantener un aislamiento respecto a Cuba sino todo lo contrario: a partir del marco familiar las relaciones familiares en ambas orillas se han extendido a diversas esferas y convertido a la participación económica desde Miami —ya sea mediante ayudas o diversos negocios más o menos públicos— en un elemento clave para el sostenimiento de la población en la Isla.
En líneas generales, quienes arribaron a Estados Unidos después de 1995 favorecen una relación más amplia y relajada con relación a su país de origen, mientras que los que se establecieron antes en el sur de Florida se mantienen firmes en sus posiciones más radicales y conservadoras.
Ello hace que se mantenga vigente y aún insuperable la distancia entre cambios demográficos y políticos, con los cambios demográficos a la saga. Lo que explica que aún la comunidad cubana en el exterior pueda ser catalogada —y lo es desde el punto de vista electoral— como partidaria del embargo estadounidense y favorable al cerco económico al Gobierno cubano.
Aunque lo anterior no impide que continúe vigente la tendencia iniciada desde la administración de George W. Bush, en favor de los viajes a la Isla y el envío de dinero y artículos de consumo.
“Los cubanoamericanos continúan acogiendo y apoyando muchos de los cambios en la política de los Estados Unidos desde diciembre de 2014, como los viajes, el mantenimiento o la expansión de relaciones económicas y la voluntad de permitir que los ciudadanos de los Estados Unidos inviertan en empresas cubanas”, señalan los autores del estudio, los profesores de FIU Guillermo Grenier y Hugh Gladwin, según informa elNuevo Herald.
Variaciones sobre un mismo tema
En un estudio que se repite periódicamente, vale la pena señalar no solo las fluctuaciones más o menos periódicas, sino las constantes u opiniones permanentes en el sector poblacional entrevistado.
A groso modo, puede decir que las primeras dependen en buena medida de los traspasos de gobierno en EEUU, mientras que las segundas guardan relación con el estancamiento de la situación política y económica en la Isla.
De esta forma, y como se señala en el sitio digital OnCubaNews, la diferencia entre que el 51% de los entrevistado esté a favor del embargo y el 49% en contra no constituye propiamente una novedad,  ya que exceptuando los sondeos realizados en 2008, 2014 y 2016 —cuando la mayoría de los cubanoamericanos favorecieron el levantamiento del embargo—, en los restantes desde el inicio del sondeo (1991) ha imperado el apoyo a la medida.
“Las tres excepciones han coincidido con etapas electorales importantes para los demócratas: la elección y reelección de Obama y el duelo entre Trump y la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton”, afirma OnCuba.
La encuesta refleja entonces tanto la decepción de una comunidad exiliada ante la incapacidad o el deseo del Gobierno cubano por aprovechar la apertura creada bajo la administración de Barack Obama, como cierto resurgimiento del entusiasmo entre el llamado “exilio histórico” (cubanos que inmigraron entre 1959 y 1979 ) por el discurso de Donald Trump en el teatro Manuel Artime en La Pequeña Habana, al inicio de su mandato y la firma de un memorando presidencial con nuevas restricciones en los negocios con Cuba. En este grupo, el apoyo al embargo aumentó más de un 10 % en relación con 2016, según el Nuevo Herald, aunque sería mejor hablar del resurgir de una ilusión —con independencia de la posibilidad de concretarse— más que de cambio de actitud.
De igual manera, se evidencia un desencanto sobre las supuestas posibilidades abiertas con el incremento del turismo a la Isla. Aunque la mayoría de los cubanoamericanos (57 %) sigue apoyando la eliminación de las restricciones a los viajes de los estadounidenses a Cuba —principalmente para hacer turismo—, esta aprobación también se erosionó en los últimos dos años. En la encuesta de 2016, 74 % había mostrado apoyo a ese cambio de política, de acuerdo al Nuevo Herald.
Por ello es que, en estos cambios de opinión que al parecer reflejan una trayectoria continua de ilusión y desengaño, una constante es el acuerdo en que el embargo no ha funcionado bien (más del 80 %).
“Es lo único en que no hay matices. De eso no hay duda”, apuntó Grenier, uno de los autores, según OnCuba.
Política de Washington, política de La Habana
Más que un resultado de ciertos cambios de la política de EEUU hacia Cuba, estos retrocesos en las opiniones a favor de una política más conciliadora hacia régimen parecen obedecer a un desencanto acumulado y reforzado por la inercia de La Habana. Ello también contribuye a la demarcación, en dichas opiniones, según la edad y el momento de llegada a EEUU.
Por otra parte, las constantes que se mantienen a través de los diversos sondeos se deben contraponer o complementar con resultados paralelos en otras mediciones del mismo estudio.
Un dato interesante a analizar es que se mantiene la fidelidad a los candidatos republicanos entre los entrevistados que se identifican como electores, aunque no aumenta su número. Así, estos declararon haber votado por Ron DeSantis para gobernador de Florida (70 %) y por Rick Scott para el Senado (69 %); además, cerca del 72 % de dicho grupo votó por el candidato republicano a representante federal en su distrito. 
Aunque ha aumentado el número de votantes que se inscriben sin declarar afiliación partidista (26 %), y el número de electores republicanos cubanoamericanos en Miami-Dade se ha mantenido más o menos estable en los últimos años (alrededor de 55 %, una notable disminución respecto al 70 % de comienzos de la década de 1990), se mantiene esa constancia en las urnas que hace del voto cubanoamericano un factor importante en las elecciones.
Ahora bien, se ha producido un cambio importante.
Según el estudio, cuando un cubano vota por un candidato específico, el tema Cuba se ubica en el último lugar de prioridades de una lista de 10.
“En orden descendente, para el elector cubano los aspectos de mayor relevancia para conformar su intención de voto serían: economía y trabajo, salud, control de armas, inmigración, impuestos, votar por su partido (sin importar prioridades), terrorismo, política internacional, otras prioridades y, por último, la posición del candidato con respecto a Cuba”, informa OnCuba.
Para estos electores, las afinidades ideológicas hacia el republicanismo trascenderían en amplia medida al tema cubano, pero al analizar las diversas categorías de estos votantes, tanto por edad como por origen, la pertenencia al Partido Republicano crece a partir de los 40 años de edad (llegando al 90 % en los cubanos de 76 años o más) y presenta una diferencia notable entre los que adquirieron la ciudadanía y quienes nacieron en EEUU.
Mientras, el voto republicano sigue predominando entre quienes nacieron en Cuba y adquirieron posteriormente la ciudadanía estadounidense —con independencia de la fecha de arribo—, para quienes nacieron en EEUU de padres cubanos se presenta un empate del 50% a la hora de elegir candidatos de ambos partidos.
La nueva encuesta de FIU viene entonces a reafirmar ese juego de espejos entre Cuba y Miami, donde la espera, el cambio y las prioridades transitan una vía en que la familia se impone en el hacer cotidiano; mientras la política —sobre todo en su retórica pero también en su práctica— aún se empecina en viejas rutas.

lunes, 7 de enero de 2019

Entre el dolor y el dólar


¿El dolor del exilio o el dólar del exilio? No se trata de una pregunta retórica ni de un burdo juego de palabras. Durante años, el invocar el dolor del exilio ha sido una especie de varita mágica, que ha puesto límite a las críticas, vanagloriado la censura y justificado los ataques más diversos. Nada más alejado de este comentario que negar que exista un dolor real. Pero, ¿es cierto en todos los que lo invocan? ¿Cuanto de engaño, oportunismo y negocio turbio se esconde tras algunos que lo mencionan a diario? ¿Dónde está el límite, que debía ser claro, entre el sufrimiento y el descaro? Y lo que resulta más importante: ¿Hasta cuándo hay que soportar a los que se consideran abanderados del pasado, mientras se enriquecen en el presente?
Nada en contra de la riqueza. Todo el respeto para el dolor. Pero ahí no termina el asunto. Están los que no se dejan embaucar ni manipular. Entonces comienzan las dificultades para los mercaderes, quienes se aprovechan de los sentimientos de una parte de la comunidad exiliada, con el fin de justificar sus privilegios. Líderes políticos surgidos de la demagogia del momento, que cuando han llegado a un cargo público muchas veces se han visto obligados a la renuncia o han sido puestos tras las rejas por corrupción o robo. Analistas políticos, que en situaciones normales no habrían pasado de ser peleteros de pueblos de provincias —con la desventaja de que al no practicar ese oficio honrado, están también incapacitados para ayudarnos a escoger entre un par de zapatos negros y otro de color marrón. Voces altisonantes, que rechinan en los oídos. Periodistas de un prestigioso estilo vetusto, de esos que aún escriben y declaman sermones altisonantes, como si estuvieran arengando en logias pueblerinas. Oportunistas tras una recompensa fácil. Jóvenes y viejos. Pronosticadores de cualquier índole. Magos y charlatanes.
En todas partes sufrimos el asalto de vocingleros ignorantes, comentaristas superficiales, de todo tipo y sexo, que se creen guardianes de la patria y hablan de un país que apenas conocieron, antes o después de marchar al exilio. Ciudadanos que escriben comentarios por todas partes, cuando no tienen mejor tribuna. Activistas que no pasan de ser aspirantes a guapos de barrios, que presionan a las instituciones para que se inclinen frente a sus intereses. Gritonas que recuerdan a esas mujeres con escapularios que aparecen en los cuentos del escritor mexicano Juan Rulfo. Ignorantes que de pronto se creen con derecho a censurar artículos, opiniones y libros.
No es una lucha entre jóvenes y viejos, sino entre lo viejo y lo nuevo. Pero una y otra vez, quienes se han cuestionado estas prácticas, se han topado con las mismas advertencias e iguales “llamados al orden”: respetar el dolor de la comunidad, no hacerle el juego al enemigo, no convertirse en “tontos útiles”, tener en cuenta los años de lucha y los sacrificios: tomateras, prisiones, fusilamientos, sacrificios. Cada palabra como una losa para sepultar el silencio.
Sin embargo, el respeto a los años de lucha no debe servir de justificación de errores y tampoco de patente de corso para los aprovechados. Ha llegado el momento de poner freno a las invocaciones patrióticas de quienes negocian con el anticastrismo. Es hora de decirles a esos señores que ellos no hablan en nombre de toda la comunidad exiliada, sino de apenas un sector de esta. Basta de farsa y miseria. Los que quieran seguir hablando de juzgar, condenar y dictar pautas en un país que desde hace años desconocen, y al que de momento no tienen la más remota posibilidad de volver salvo como visitantes, pueden hacerlo. Los “profesores” que dictan leyes y establecen tribunales, desde la soledad de un micrófono, pueden seguir practicando su deporte preferido. Pero, por favor, no repitan más que ellos son el símbolo del exilio. Representan, si acaso, a un grupo de recalcitrantes cada vez más aislados.
Durante mucho tiempo, un sector de la comunidad cubana exiliada ha ejercido un oficio lucrativo: disfrutar de todas las ventajas que proporciona el ser ciudadanos de un país poderoso, al tiempo que reivindican para provecho propio las utilidades que les proporciona el considerarse guías ideológicos y políticos de un exilio. ¿A quiénes representan? Sólo a unos pocos. Pero se han apropiado del silencio de otros muchos. Romper ese silencio es necesario.

viernes, 28 de diciembre de 2018

¿Misión imposible en el futuro?


La visita presidencial a los soldados en zonas de combate es parte de la historia de este país. Y, por lo tanto, se ha convertido en una tradición. Aunque cabe preguntarse si en el futuro continuará esta práctica, ya que resulta cada vez más difícil mantener en secreto el viaje.
El 9 de enero de 1943 Franklin D. Roosevelt tomó un tren rumbo norte en Washington. Solo que el mandatario no tenía como objetivo viajar en dicha dirección. Lo hizo simplemente para despistar a los periodistas, para que pensaran que se dirigía a Nueva York.
En Baltimore, Roosevelt cambió de manera subrepticia a otro tren y vino a parar a…  Miami. Aquí tomó un avión —convirtiéndose en el primer presidente en volar durante el desempeño del cargo— en ruta hacia el sur.
Lo que vino después fue un recorrido impresionante de horas de vuelo: 10 a Trinidad y Tobago, 9 a Brasil, 19 sobre el Atlántico hasta Gambia y 11 a Casablanca, Marruecos, donde llegó el 14 de enero —cinco días después de haber salido de otra Casa Blanca.
Así, cuando los soldados se pararon en atención para saludar a la delegación visitante, esperaban ver militares y funcionarios de alto rango, pero nunca al presidente de Estados Unidos.
Allí estaba Roosevelt, sentado en un jeep y saludándolos a ellos.
Aunque en realidad no había viajado a África del Norte para ver las tropas, sino por razones estratégicas: para reunirse con el primer ministro británico Winston Churchill y el comandante francés Charles de Gaulle. Sin embargo, tras el encuentro —y en contra de la recomendación del Servicio Secreto— decidió conocer algunos de los soldados que comandaba.
Por cierto, varios periodistas se encontraban presentes para cubrir la reunión, pero en plena guerra, no se les permitió reportar lo ocurrido hasta días después, cuando el mandatario ya estaba en el largo viaje de regreso a casa, según informa The Washington Post.
Como suele ocurrir con tantos hechos y datos de la Segunda Guerra Mundial —que siguen marcando nuestra época—, aquella visita en la que Roosevelt habló, colocó medallas y comió lo mismo que las tropas pasó a convertirse en tradición; respetada luego en Corea por Dwight D. Eisenhower y más recientemente por George H.W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump.
Sin embargo, mantener al menos parte de la jornada en reserva y silencio —esencial para este tipo de misión— está resultando cada vez más difícil.
El viaje del presidente Trump a Irak la pasada semana estaba supuesto a ser una sorpresa, pero la Casa Blanca no pudo conservar el secreto por mucho tiempo.
Mientras el miércoles no había información pública sobre dónde se encontraba el mandatario —la ausencia del marine en las afueras del Ala Oeste era una indicación de que no se hallaba en la Oficina Oval—, los aficionados a seguir el recorrido de los vuelos ya habían detectado un Boeing VC-25A —la versión modificada con fines militares del Boeing 747, el avión que se utiliza como Air Force One— volando sobre Europa.
No bastó haber cumplido —al igual que en ocasiones anteriores—, las estrictas medidas de seguridad con los periodistas y las agencias de noticias sobre la divulgación del viaje, ya en internet circulaban las especulaciones sobre el recorrido del presidente.
Los rastreadores de vuelos aficionados fueron los primeros en informar que al parecer Trump había partido de la Base Andrews alrededor de la medianoche del Día de Navidad en un Boeing VC-25A, y que el avión no estaba utilizando la tradicional señal de identificación del Air Force One, sino otra con frecuencia asignada a los vuelos militares de carga, según informaPolitico.
Al parecer, incluso la imagen del avión fue divulgada a través de Twitter.
Si durante años los viajes presidenciales a las zonas de combate han representado retos logísticos y de seguridad que se han resuelto con éxito, y los aviones utilizados son poderosos y los recursos para el viaje enormes, cada vez más la tecnología obliga a preguntarnos hasta cuándo será posible mantener esta tradición, que nació en aquel año de aquella guerra que cambió el mapa de Europa y de todo el mundo, y que llevó a Roosevelt un día, a sentarse a comer jamón, judías y boniatos con los soldados estadounidenses en África.

martes, 13 de noviembre de 2018

Trump y el matrimonio evangélico: paisaje con modelo al fondo


Si uno mira con un poco de atención en la foto, hacia la pared de fondo, ligeramente por encima del hombro izquierdo de Becki Falwell, descubre otra foto: la de una portada de Playboyencuadrada en un marco dorado.
La portada de la revista nos brinda a un joven Trump junto a una trigueña sonriente. La modelo —de perfil y en una pose cliché de provocación moderada y voluptuosidad a la medida— cubre su cuerpo con el saco del esmoquin del magnate neoyorquino. Este, también sonriente, mira al fotógrafo. Las manos en los bolsillos del pantalón, la blanca camisa y la pajarita negra de rigor. La imagen, de un exhibicionismo descarado que busca ser grato, refleja una época y recuerda los filmes de James Bond. Trump, otro Bond parece querer decirnos, está orgulloso y satisfecho de su nueva adquisición.
La foto que contiene la foto también es un reflejo, solo que de otra época. Trump ha lanzado su candidatura y ya cuenta con el apoyo de la derecha cristiana. A ello lo ha ayudado Jerry Falwell Jr., y él y el político levantan sus pulgares anunciado sus triunfos que llegarán meses después: para uno la presidencia y para el otro nuevos privilegios. Atrás quedaron los tiempos en que Jerry Falwell Sr. repudiaba —más bien trataba de fulminar— a otro candidato presidencial, Jimmy Carter, por concederle una entrevista a esa misma revista cuya portada cuelga en la pared, y por decir que tras mirar algunas mujeres había pensando en que le gustaría acostarse con ellas, aunque nunca lo había hecho, y solo con la mente había engañado, por un momento, a su esposa.
Atrás también los años en Falwell Sr. buscaba una alianza con Ronald Reagan para combatir la pornografía, y por supuesto a la revista Playboy, que para él lo era y mucho.
Ahora eran otras las esperanzas, las estrategias y los beneficios, y los tres, el hijo del pastor y administrador de la universidad heredada: el magnate metido a político que había disfrutado a plenitud lo que Carter soñó y una vez se atrevió a decir, solo que él no solo lo había dicho sino alardeado de la forma más brutal de ello; y la esposa del heredero de un poder religioso desde hace años cada vez más terrenal y político.
Y al igual que en la portada dePlayboy, los tres se muestran eufóricos, vaticinando confiados un presente y futuro que nadie puede arrebatarles. Y sonríen.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Ruin y cobarde


El despido del secretario de Justicia, Jeff Sessions, es fundamentalmente un acto de cobardía del presidente Donald Trump.
También, por supuesto, una de las mayores pruebas que el magnate neoyorquino ha dado de que solo le interesa su persona. Ni el país, ni su partido cuentan para nada: solo Trump.
Pero además indica el miedo que el mandatario siente ante una posible —y más que probable, si no la detiene— investigación financiera sobre sus negocios.
Ello es, en última instancia, a lo que cada vez más se acerca la labor del fiscal especial de Robert Mueller. No la injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales del país ni la supuesta colusión entre Vladimir Putin y la campaña de Trump. Los negocios inmobiliarios del presidente, sus declaraciones fiscales, la participación en todo ello de magnates rusos cercanos al Kremlin.
El actual inquilino de la Casa Blanca tiene miedo y lo primero que ha hecho, tras conocerse la vuelta al control de la Cámara de Representante por los demócratas, es tratar de cerrar la puerta a la pesquisa. Cuenta con poco tiempo para ello: apenas algo más de dos meses.
Ahora bien, ¿Podrá hacerlo? La responsabilidad recae en los legisladores republicanos.
Si algo han demostrado bien claro las elecciones del 6 de noviembre es un regreso a la civilidad, la supervisión del gobierno y el rechazo a las excesos demagógicos. 
Trump tiene en la actualidad mucho más difícil el imponerse a la ciudadanía estadounidense. En estos dos años que lleva al frente del país, su agenda no ha avanzado: ha retrocedido.
Así que los republicanos tienen en sus manos el tratar de sobrevivir, como poder político, tras el pasado de Trump. No solo sería una lástima que no lo lograran: sería una vergüenza.

martes, 6 de noviembre de 2018

¿Qué va a ocurrir?


¿Va a cambiar Estados Unidos hoy martes? Definitivamente. Lo que está en juego en las urnas no son los candidatos, sino los votantes. Esta es una elección que reflejará no solo el país en que vivimos sino en el que queremos vivir, y que vivan nuestros hijos y nietos.
La idea de unas elecciones de participación reducida, carácter local o estatal, y por supuesto aburridas, ha saltado en pedazos.
No es en los aspectos de la dinámica de gobierno donde primero se reflejará ese cambio. Nada hace pensar en una victoria arrolladora de los demócratas, ningún indicador, ninguna encuesta (sí, ya sé, las encuestas no sirven, pero sirven). Pero ello no indica que el Partido Republicano podrá conservar el poder dominante en el Senado (muy posible) y en la Cámara de Representantes (en duda). Aunque si lo logra, su victoria no significará que durante estos dos años el trumpismo ha cobrado mayor fuerza sino que ha conseguido mantenerse y jugar bien algunas cartas. Lo demás es habilidad electoral.
Tampoco si ganan los demócratas (la Cámara), Trump se las va a ver muy difíciles. En primer lugar hay que desechar la idea absurda de unImpeachment, al menos de que los líderes demócratas sean muy idiotas, que no lo son. Tendría que salir a relucir “algo muy grande” en contra del presidente y hoy por hoy no parece probable (aunque es posible). Espero que esos líderes demócratas —con el supuesto control de esa supuesta Cámara de Representantes— tampoco dedique dos años a la simple labor de obstaculización. Pero Trump se mueve muy bien como outsider —lo aparenta mejor que serlo— y ni va a asumir culpas por la posible derrota ni luego dejará un minuto de esgrimir reproches para justificar sus torpezas, presentes y futuros. Se ha especulado que una Cámara en manos demócratas favorecería la reelección de Trump y es uno de esos argumentos que se pueden mirar al derecho y al revés y uno perder de vista lo fundamental: el restarle a Trump apoyo en las urnas. 
Hay un factor quizá decisivo a observar en estas elecciones, y es la participación de los jóvenes. Si los millennials—y los algo más que millennials— crece la esperanza del cambio. Pero hay algo más importante aún, que trasciende la edad, el género y la procedencia.
Lo definitivo en esta elección es el carácter del país, cómo se define y configura, como lo hará en el futuro inmediato.
A Donald Trump no se le puede negar una gran intuición. Cuando dijo que hablar de la economía no es excitante, incluso cuando se cuenta con la “más grande economía en la historia del país” —lo cual, por supuesto no es cierto— estaba expresando su objetivo como comunicador: provocar, producir nerviosismo, impaciencia, aumentar las pasiones, despertar deseos o temores, miedo en fin. Todo ello funciona muy bien dentro de las reglas y los trucos de un espectáculo. Solo que una nación no es un simple teatro ni un presidente desempeñar el papel de animador.
Así que lo que hoy se define, en última instancias, es si en Estados Unidos estamos condenados al papel de espectadores. Solo a ello. Y no es poco, entonces, lo que está en juego. 

domingo, 4 de noviembre de 2018

Rui Ferreira en ONCubanews


Rui Fereira publicó lo siguiente en Facebook:
En los próximos días voy a dar mejores detalles. Pero por ahora les dejo esto: 
Si, es cierto, estoy trabajando en ONCubanews.com por una invitación muy querida por parte de su director, Hugo Cancio, que me ha honrado con la oportunidad de trabajar con su extraordinario equipo de buenos jóvenes periodistas cubanos. Hijos de un pueblo que amo y al cual siempre seré fiel. Donde quiera que se encuentren. Todos debemos luchar por la mejoría de las relaciones de Cuba con Estados Unidos. 
Seguimos en contacto.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...