sábado, 21 de enero de 2017

Otra vez el titiritero


Imagine por un momento: ¿un oso bailarín por las calles de La Pequeña Habana? ¿Unas strippers audaces o inocentes cheerleaders? Nada de eso necesita Miguel Saavedra para captar la atención de las cámaras.
Siempre presente con su reducido grupo de agitadores, Saavedra es un personaje que nos representa para bien y para mal. ¿Por qué la comisión de la ciudad no se ha reunido y bautizado una calle con su nombre? Se lo merece. Si en una época resultó imposible hablar de La Habana sin mencionar al Caballero de París, hoy ocurre lo mismo con él y Miami. Finalmente hemos logrado tener un apellido ilustre que simboliza nuestro peor destino. Falta el Cervantes, porque este otro Saavedra no se detiene ante la dificultad de un párrafo, la sumisión ortográfica y el apego a la palabra, pero no importa. Los objetivos de este nuevo hidalgo son más amplios: no hay protesta innecesaria que lo encuentre impasible. Donde la gritería impere, donde la estupidez amenace, allí estará Saavedra: el manifestante errante.
Pertenecer a la breve troupe de Vigilia Mambisa no es un destino carnavalesco. Uno no puede dejar de admirar el espíritu de este grupo de infatigables voceadores. Basta que aparezca una cámara en el horizonte, para que renazcan los rostros maltratados por los años, para que las gargantas se entusiasmen. Su organización nos recuerda la necesidad de la libre expresión. Nadie mejor que él para poner a prueba nuestra sinceridad ante el principio de que cualquier voz tiene el derecho a proclamar lo que piensa quien la emite, aunque resulte un eufemismo hablar de pensamiento en este caso.
El problema con Saavedra es que no creo que sus acciones estén guiadas por igual criterio libertario. Durante años, las variadas manifestaciones organizadas por Vigilia Mambisa han sido la expresión más vulgar de las diversas campañas atemorizadoras llevadas a cabo en esta ciudad. Cosa curiosa. El principal objetivo de la mayoría de estas campañas han sido los artistas: pintores y músicos fundamentalmente. ¿Por qué preocupa tanto el arte a este hombre poco ilustrado? No es simplemente un empeño personal. Si lo fuera, sus opiniones y actos no merecerían un comentario. Pero Saavedra se ha convertido en una figura pública. No hay exposición, concierto o puesta en escena que involucre la participación o el vínculo con artistas procedentes de Cuba en que no esté presente. Su rostro aparece en las pantallas y su nombre en la prensa local y nacional. Nadie se detiene en sus palabras, pero ningún periodista pasa por alto sus gestos a la hora de informar sobre los diversos actos culturales de esta ciudad, los que con frecuencia hacen titulares.
Saavedra no representa una posición más en el debate de ideas que se lleva a cabo todos los días, tampoco una de las tantas opiniones propias de un exilio diverso: es una caricatura, la imagen estereotipada siempre al auxilio de cualquiera que quiera presentarnos como una comunidad ignorante, irracional y torpe. En este sentido le hace daño al exilio, aunque pretenda todo lo contrario. Es por ello que vale la pena criticarlo: por la utilización que se hace en el exterior de las labores de una organización y un hombre que apenas logran reunir una veintena de seguidores, cuando la generosidad sustituye a la aritmética a la hora de contar.
¿Por qué ese empeño contra los artistas procedentes de Cuba? La respuesta es sencilla. Economía de medios y amplia cobertura. No es que estos artistas estén libres de culpa, es que Vigilia Mambisa convierte al debate cultural y la disparidad de criterios en escándalo callejero. El afán de protagonismo, el interés en "robar cámara", tergiversa una confrontación saludable.
Hay quienes consideran que no vale la pena detenerse en las labores de un grupo cuyas actividades apenas producen comentarios risibles e indiferencia: la carencia de seguidores es la mejor justificación de la existencia de Vigilia Mambisa. Pero no hay que considerar inofensiva a una organización que en las cuestionadas elecciones presidenciales, que llevaron al poder a George W. Bush se destacó por su labor intimidatoria durante el recuento de votos en el sur de la Florida. Luego Vigilia Mambisa ha continuado esa labor de algarabía —disfrazada de agitación política— y hoy, por supuesto, celebró en su “centro neurálgico” (perteneciente o relativo a la neuralgia), su sitio de combate que no es otro que un lugar para comer pastelitos y tomas café, la toma de posesión de Donald Trump. No deja de existir cierta justicia no-poética en ello. Saavedra no es más que eso: nuestro Donald Trump, pero sin dinero.
Si Vigilia Mambisa no ha logrado convertirse en una fuerza organizadora capaz de lanzar una turba peligrosa a la libertad ciudadana es porque vivimos en una sociedad democrática, no por la falta de interés de sus miembros. La diferencia entre las manifestaciones que realiza esta agrupación y los actos de repudio ejecutados por el régimen de Fidel Castro se debe al poder que le confiere a los segundos un estado totalitario. Nada los aparta en el apego a la irracionalidad, la intolerancia y la simplicidad de los medios. Saavedra quizá aspire a que ahora, con Trump, su poderío aumente.
Saavedra es un hábil titiritero siempre dispuesto a mostrar su espectáculo. A veces actúa por cuenta propia, otras no es más que un simple títere de intereses mayores. Tiene todo su derecho. Pero no debe ser ignorado. Es la mejor manera de proteger la misma libertad que le permite mostrarse, irritado y vehemente, ante el fotógrafo de turno.
Este texto es una versión actualizada de otro, publicado el viernes 12 de septiembre de 2003, en el Nuevo Herald.


domingo, 15 de enero de 2017

El nazismo y la ‘prensa mentirosa’


“La prensa es mentirosa, está ahí para manipular a la gente y a eso se dedican”, dijo Donald Trump en 1981. Uno de los problemas con tal declaración es que no es original, antes la usó el nazismo.
Los nazis utilizaron el término de “prensa mentirosa” para lanzarlo contra sus enemigos en la Alemania de entreguerras. Tacharon de mentirosos a todos los medios que disentían de sus premisas, acusándolos de estar en manos de judíos o bolcheviques. Cuando el nazismo llegó al poder, su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, utilizaba tal calificación para dirigirse a los medios noticiosos extranjeros con una cobertura crítica sobre lo que estaba sucediendo en Alemania.
Pero ellos tampoco fueron originales.
El término lügenpresse fue empleado por primera vez tras las fallidas revoluciones de 1848. Entonces los grupos conservadores católicos empezaron a denominar así a los medios impresos de corte burgués liberal que habían defendido las revueltas. Además de mentirosos, sus creadores insinuaban que esos periódicos estaban controlados por judíos y masones. Posteriormente la palabra se empleó contra la prensa gala por su cobertura de la guerra franco-prusiana y, en la I Guerra Mundial, para designar a la prensa aliada, especialmente a la británica, después de que esta hablase de “la violación de Bélgica” tras la invasión alemana de este país, informa el diario español El Confidencial.
Hoy en Alemania ha renacido el empleo de la palabra lügenpresse, por parte del grupo Pegida (siglas en alemán para “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente”). “Lügenpresse, Lügenpresse, Lügenpresse…!” (“¡Prensa mentirosa, prensa mentirosa...!”) es uno de los eslóganes del movimiento islamófobo y marcadamente nacionalista, que desde hace más de dos años saca cada lunes a miles de personas a las calles de diferentes ciudades de Alemania. No se trata de simplemente corear una consigna. En la actualidad los periodistas se niegan a cubrir los actos de dicha organización, debido a las múltiples agresiones físicas que han sufrido por parte de sus miembros.
En 2014, lügenpresse fue elegida la no-palabra del año en Alemania, un dudoso título que concede un grupo de lingüistas del país. En 2016 le tocó dicho “honor” a
volksverräter, un concepto, si se quiere, mucho más cercano al nazismo: “traidores del pueblo”.
Tampoco el término lügenpresse está asociado solo al nazismo. En la República Democrática Alemana se utilizaba con frecuencia para referirse a la prensa “capitalista”. Y, por supuesto, también se ha empleado, y se emplea, en su variante en español, en la Cuba de los Castro.
Alternativa para Alemania (AfD), el emergente partido alemán de ultraderecha que ha ido aumentando sus cifras en las encuestas de intención de voto, es un movimiento con fuerte similitud al estadounidense Alternative right ("Steve" Bannon, nominado principal estratega y asesor de Trump, es el jefe ejecutivo de Breitbart News, el sitio en internet asociado a alt-right.), que ha adoptado el vocablo para referirse, de forma genérica, a todos los medios, públicos o privados, que en su opinión forman parte del establishment. (Se debe agregar que las asociaciones entre el vocabulario de la ultra derecha alemana y Trump y sus partidarios no se limitan al lügenpresse. En igual sentido se encuentran las referencias, implícitas o declaradas, contra la presencia extranjera, la desestabilización cultural y étnica y la pérdida de “identidad” que subyacen en el postulado de hacer a “América grande de nuevo”),
Junto al término lügenpresse, en Alemania se utiliza otro similar en pronunciación y significado cercano: lückenpresse, que puede traducirse como “prensa con vacío” y es también empleada por los miembros de Pegida para criticar a los medios de mayor difusión.
Los argumentos son conocidos, con independencia del idioma: ciertas noticias significativas se silencian; algunas se promueven, mientras que otras se someten a la supresión; varias reciben una evaluación sesgada, al presentarse en un contexto determinado o desde cierta perspectiva impuesta, al tiempo que hay temas a los que se les aplica un doble rasero.
El problema con dichos planteamientos es que, con frecuencia, quienes los utilizan se sirven de ellos como justificación para hacer precisamente lo que critican: amparándose en ellos intenta promover la censura y que se escuche y lea solo sus puntos de vista. En última instancia, todo se reduce a un ejercicio demagogo.
“La primera víctima de la guerra es la verdad”. El empleo de lügenpresse se remonta a la época en que las naciones en guerra buscaban difamar, degradar o desacreditar las noticias del respectivo otro para crear o intensificar una imagen de enemigo y para quitarle su legitimación, mientras que instrumentalizaban el medio y justificaban de esta manera las propias decisiones. Al parecer, estamos volviendo a iguales tiempos.

sábado, 14 de enero de 2017

Siempre estuvimos avisados


Tristeza producen las imágenes y declaraciones de los cubanos que han quedado varados en terceros países; sentimientos solidarios de mínima humanidad —y más si se ha nacido en Cuba— ante la frustración, incluso el desespero de los que han pasado por riesgos, peligros mortales e invertido ahorros, el producto de la venta de sus propiedades y la ayuda de sus familiares en el exilio para lograr un objetivo, que a punto de alcanzarse o con la esperanza de lograrlo hoy se ha transformado en un desconsuelo árido.
Nada nuevo, por otra parte, en lo que respecta al caso cubano. Décadas atrás era común que quien intentara irse de Cuba enfrentara no solo la represión y el ostracismo político —incluso entre familiares y antiguos amigos que de pronto dejaban de serlo—, sino también una espera que se extendía por varios años, los cuales se iniciaban con la separación laboral y en los que una y otra vez se atravesaba el ciclo de esperanza-frustración: trámites que llevaban a visas nunca obtenidas o canceladas, cierres temporales —con frecuencia de varios años— en la otorgación del permiso de salida y las dificultades más diversas, impuestas por el régimen y diversos gobiernos extranjeros. Todo ello mientras se soñaba con la oportunidad única. Época además en que solicitar el permiso de salida era, realmente, un acto de oposición; a veces permitido, pero siempre castigado. No es un empeño en establecer comparaciones y distancias, sino simplemente dejar constancia.
Luego la huida se convirtió, fundamentalmente, en una carrera contra el reloj, donde fines y medios fueron definidos por el dinero. Dinero para escapar; dinero por alcanzar en Miami o cualquier otra ciudad de Estados Unidos. La motivación económica —nada condenable de por sí— también tuvo sus altibajos, y desde hace algún tiempo estos también son conocidos.
Nada de encerrarse en reprochar “abusos” ahora, pero el sentimiento ante lo ocurrido —válido como respuesta emocional— tendrá, como siempre, duración limitada. La prensa lo utilizará por algunos días —pocos debido a los acontecimientos nacionales la próxima semana— y los políticos, por supuesto, tratarán de aprovecharlo al máximo.
Lo demás será una vuelta a lo cotidiano, y esa cotidianidad ya estaba impuesta. Porque en los sentimientos siempre se mezclan o coexisten la sinceridad y la hipocresía. Y pese al pecado poco original que todo periodista debe evitar—el citarse o repetirse—, me arriesgo a publicar de nuevo una columna aparecida el 12 de octubre de 2015 en el Nuevo Herald, para recordar que, al menos, no podemos decir que no estábamos advertidos. Solo añadir que las cifras ofrecidas en el artículo original fueron luego ampliamente superadas.
¿Reajuste cubano?
Si hay un aspecto que hasta el momento puede señalarse como fallido, en el enfoque de la administración Obama respecto al Gobierno cubano, es el objetivo de reducir el incesante tráfico migratorio desde la isla.
Durante los nueve primeros meses del año fiscal 2015 (octubre 2014-junio 2015) entraron en Estados Unidos 27.296 cubanos, según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EEUU. Ello implica un aumento del 78 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado.
La esperanza de que un acercamiento entre Washington y La Habana iba a mejorar las cosas en Cuba ha quedado suplantada por la realidad de aprovechar el momento para escapar.
El alza en las salidas responde fundamentalmente al temor de que la normalización de vínculos entre ambos países pondrá fin a la Ley de Ajuste Cubano, que otorga un trato especial a los cubanos. Como suele ocurrir, la avalancha provocada por el miedo a la supresión o cambio de la medida está contribuyendo precisamente a que cada día resulte más difícil sustentar que se mantenga vigente.
Continuamos presenciando el abandono de un país donde impera la represión, el desencanto y la inseguridad. Aunque asistimos a un escape distinto. En mucho casos es simplemente temporal y sin necesidad de desprendimiento alguno. Y ello, por supuesto, está cambiando a un exilio que en buena medida ha dejado de merecer tal nombre.
Sigue en pie el indiscutible derecho de buscar afuera un futuro mejor al que brinda el país de origen. Pero atrás quedó el principio de abandonarlo todo y empezar de nuevo como un acto de reafirmación.
El concepto de emigrante se ha impuesto sobre el de exiliado y se diluye la idea de la diáspora, tanto en su acepción de un viaje más allá de las fronteras de la patria, como en su aspiración de un regreso a los principios fundamentales. El salir a medias sustituye el regreso añorado.
Nada de ello elimina riesgos, esperanzas y temores. Simplemente hay un cambio de sentido en la partida, que hace que ahora algunos esgriman la condición de refugiado como medio de obtener beneficios y no como realidad lacerante.
En un mundo donde la palabra inmigración se asocia a otras como crisis y rechazo, y en un país en que el tema ha irrumpido de lleno en la campaña electoral presidencial, los cubanos disfrutan de una especie de paraíso, al que una mayoría se acoge pero del que también unos cuantos —¿o muchos?— abusan.
Vivimos un momento en que las fronteras entre Cuba y Estados Unidos — países que al menos en política e ideología continúan siendo contrarios— son cada vez más porosas. Este hecho, que en líneas generales puede considerarse un avance, tiene también una característica no tan meritoria: una subordinación —primero al Estado, luego a la familia y por último a otra nación— que hace que quienes viven en la isla no solo sean incapaces de trascender del ámbito familiar al ciudadano, sino que vivan encerrados en la burbuja de la válvula de escape.
Un matrimonio de más de 65 años vive en la isla con unas pensiones miserables que no llegan a los $20. Se traslada a Miami y puede llegar a recibir hasta $1.457 mensuales en ayuda económica suplementaria y sellos de alimento. El logro solidario y la condición de expatriado quedan desvirtuados si esa pareja decide pasar una parte del tiempo aquí y otra allá. Residiendo en ambos países a cuenta de unos beneficios a los que no contribuyeron en nada para obtener. ¿Humanidad hacia los refugiados cubanos o injusticia con los contribuyentes estadounidenses? ¿Hay que comenzar a pensar en un reajuste?