martes, 14 de agosto de 2018

Crítica de la crítica crítica


Con The Young Karl Marx(2017) hice algo que no acostumbro —casi me atrevería a decir que insólito en mi— y fue levantarme y dejar que la película transcurriera por cinco o diez minutos antes de seguir viéndola. Tampoco la vuelta al asiento y a la pantalla del televisor fue una decisión —menos curiosidad, disciplina y hábito—, sino simplemente una forma de pasar el tiempo. Al final no comprobé que lo había perdido, porque eso ya lo sabía —si ustedes quieren intuía— desde casi el principio. Fue más bien un acto de comprobación: hay temas no aptos para un filme que no renuncia a ser convencional —pese al activismo político del director y de ejemplos anteriores suyos de mayor mérito—, porque obligan a una simplificación penosa cuando se opta por dicho medio: el fantasma del comunismo no recorre cualquier cine. 
Una aclaración que no quisiera necesaria. Nada de mi valoración tiene que ver con las virtudes, defectos y maldades del marxismo, el comunismo o incluso el socialismo. Precisamente esa es una trampa del realizador —que estoy dispuesto a perdonarle—, cuanto limita la trama a cinco años de la juventud de Marx y Federico Engels (usar el Friedrich después de haber vivido en Cuba me parece pedante) y la culmina con la creación del Manifiesto Comunista, así como añadir unas pocas imágenes conocidas del fracaso comunista —Muro de Berlín, con escape y caída; Invasión de Checoslovaquia— en lo que resulta un intento de balance, objetividad o “limpieza” más bien torpe e hipócrita.
La escena que produjo mi abandono momentáneo fue cuando Jenny von Westphalen —interpretada por Vicky Krieps, cuya presencia solo sirve para recordarnos su actuación excelente en Phantom Threadese mismo año— les sugiere a un Marx y Engels cautivos aún de una resaca, el título de la obra que la noche anterior —entre copas, jugadas de ajedrez y una persecución policial propia más de adolescentes que de revolucionarios— han pensado escribir contra los “jóvenes hegelianos”: “Crítica de la crítica crítica” (posteriormente Marx optará por otro, quizá más mordaz pero menos literario: La sagrada familia, para disgusto de Engels, y la “sugerencia” figurará en segundo lugar en el libro). 
No fue la anécdota lo que me molestó, sino que esta escena es la culminación de otras anteriores, en que la discusión ideológica, la lucha política y hasta la represión son tratadas con un tono juvenil, casi festivo, que en cierto modo intenta copiar o imitar una cinta de la Nouvelle Vague, y en este sentido Raoul Peck, el realizador de The Young Karl Marx, no solo adultera la realidad histórica sino corrompe el significado de la película.
Todo ello con independencia de que tanto protagonistas como otros personajes fueran jóvenes entonces, que realmente la primera larga conversación de Marx y Engels fuera en el Café De La Régence de Paris y que el lugar fuera famoso en toda Europa como el mejor establecimiento para jugar ajedrez.
Impresión reforzada al leer posteriormente que la película está destinada a un público joven —aunque algunos actores aparentan una juventud no tienen—, según declaraciones de Peck a la revista New York[1].
Igual impresión volvió casi al final de la película —aunque ya no valía la pena levantarse, acomodado, adaptado, resignado a tanto cliché—, cuando supuestamente en una playa de Holanda (al parecer en referencia al viaje que Marx hizo a este país para negociar con sus parientes por parte de madre un anticipo de su herencia) este y Engels discuten sobre la creación del Manifiesto y el primero se queja de un cansancio tanto espiritual como por la carencia de dinero.
En The Young Karl Marxconstantemente se apela a la manía gastada —presente en muchas biografías fílmicas de escritores, políticos y hasta músicos— de tomar frases, lemas y hasta conceptos que aparecen en libros y todo tipo de textos de los personajes representados, y lanzarlos en medio de cualquier tipo de conversación —no importa el grado de trivialidad o significado de estas— como una manera de llenar sin mucho esfuerzo los diálogos de las páginas del guion; convirtiéndolo en una especie de adaptación literaria al cine, sin cuento, novela, relato, testimonio o cartas de referencia.
Esta simplificación por momentos atenta contra los protagonistas que se busca exaltar. La sólida investigación de Engels para su libro sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra queda reducida —según expresa el personaje en la cinta— a la buena fortuna de ser hijo de un dueño de tres telares (y con participación en otros) y el acostarse con una empleada despedida por su padre. Según Peck, no solo es relativamente sencillo ser revolucionario: sociólogo también.
Doble falsificación
En la entrevista de New York, Peck señala que como realizador y artista, lo único que puede hacer —“a no ser que exista un movimiento colectivo”— es brindar “un instrumento para las batallas que se aproximan”. En The Young Karl Marx, el “instrumento” se limita a casi una consigna: así eran aquellos jóvenes revoltosos de entonces, hoy tan famosos; iguales a ustedes, los revoltosos de ahora: de la manera elemental y sin crítica, cuando se trata de presentar el camino revolucionario.
Sin embargo, Peck incurre en una doble falsificación. 
Como cineasta ha hecho un filme que los críticos han comparado con una serie televisiva —con la sensibilidad de Downton Abbey, pero más aburrido—, donde el espectador termina conociendo algo de las vicisitudes de la sagrada familia marxista y un poco de las relaciones amorosas de Engels y la irlandesa Mary Burns (se lleva la impresión además de que estaban casados, porque así la presentaba Engels, cuando en realidad nunca lo fueron: rechazaban esa institución burguesa[2]), y de economía política solo aprende que el autor de El Capitalcompraba los tabacos más malos y baratos —y si era posible regateaba el precio—, porque no tenía dinero para más[3]. Si además ese espectador es afortunado, puede entender los dichos, la picardía y el humor irlandés de Burns en la interpretación que hace de ella Hannah Steele.
Cabe añadir —desde un punto estrictamente cinematográfico— que en un filme basado en dos hombres tan importantes para la historia y la política, en muchas ocasiones las actuaciones masculinas (August Diehl como Marx y Stefan Donarske en el papel de Engels) quedan por debajo de las femeninas.
Por otra parte Peck, el activista, ha intentado realizar una película para ilustración y entusiasmo de los jóvenes con el socialismo —limitándose a mostrar a los protagonistas a esa edad— cuando en realidad su público han sido los viejos, entre ellos yo[4].
Al final me parece que la explicación última de volver al asiento y seguir viendoTheYoung Karl Marxno tiene que ver con la cinta sino con su realizador. Buscaba una visión contemporánea de Marx a través del cine, a partir de un director de ahora: alguien que refleja, en su persona y trayectoria cinematográfica el mundo actual. Raoul Peck cumplía a plenitud mi interés, no así su película.
Un director singular
Peck es —algo singular— un conocido realizador haitiano. Aunque más preciso resulta señalar que nació en Puerto Príncipe en 1953, estudió en diversos países y ha desarrollado distintas labores en varios lugares del mundo —entre ellas un año de taxista en Nueva York—, cuya consecuencia más fácil de resumir es que ahora vive entre Voorhees Township (New Jersey, EEUU), París (Francia) y Port-à-Piment (Haití).
Cuando Peck tenía ocho años su familia huyó de la dictadura de Duvalier y se estableció en Kinshasa, en la República Democrática del Congo. Allí estudió, pero también en Brooklyn (EEUU) y Orléans (Francia), así como en la Universidad de Humboldt en Berlín y en la Academia de Cine y Televisión Alemana de Berlín (durante la antigua República Democrática Alemana). Fue ministro de Cultura en Haití en el Gobierno del primer ministro Rosny Smarth (1996–97). 
Creador de documentales y obras de ficción, en su filmografía se destacanLumumba(2000, ficción) y I Am Not Your Negro(2016, documental), sobre un manuscrito inconcluso de James Baldwin, que presenta la visión del fallecido escritor estadounidense sobre las relaciones raciales en EEUU y fue nominado al Oscar. Su primer cortometraje es De Cuba traigo un cantar(1982). Con relación a su activismo, entre otros galardones recibidos, Human Rights Watch le otorgó el Premio Néstor Almendros en1994.
Más cercana a Vogue que al agitprop
The Young Karl Marxpeca de pereza. No es agitpropsalvo en su última secuencia, que casi nos despierta y aleja de tanto convencionalismo —en primer lugar desde la música, con el Blowin' in The Windde Bob Dylan— y que es buena por encima del facilismo del recurso y del Che Guevara incluido. Más cuando la han antecedido imágenes idealizadas, si bien más cercanas a VogueVanity Fairque al realismo socialista lejano. Hay que agregar que también se libra, en determinados momentos, del maniqueísmo comunista tradicional, en especial por la advertencia de Wilhelm Weitling (Alexander Scheer) a Marx: su celo doctrinario puede terminar en una violencia destructiva. Pese a ello, figuras como Mijaíl Bakunin (Ivan Franek) aparecen sin lograr captar la atención del espectador promedio y Pierre-Joseph Proudhon (Olivier Gourmet) es más que todo una caricatura (detalle que le hubiera encantado en vida a la figura protagónica). 
Uno de sus mayores defectos es que nos muestra a miembros de un pensamiento político radical como formando parte de un drama televisivo. Una puesta en escena destinada a una audiencia de pensamiento moderado —en lo que se refiere a capacidad intelectual—, que solo se siente a gusto cuando le presentan las ideas políticas e ideológicas reducidas a una película de Merchant y Ivory: el pensamiento político envuelto en adornos tan familiares como un conocido traje de época. Posiblemente señalar esta característica disgustaría a alguien que estudió en la Universidad Humboldt de Berlín, pero no me queda otro remedio: The Young Karl Marx es demasiado convencional, demasiado sosa, demasiado burguesa.


[1]“La idea fue hacer una película para los jóvenes de hoy”. New York, 23 de febrero de 2018. Especialmente los jóvenes estadounidenses, se puede agregar. Por eso el espectador puede quedar con la impresión de la asistencia a un mitin político como quien va a una tómbola, como suele ocurrir en Estados Unidos pero no en la Europa de la década de 1840. También es cierto que Marx fue expulsado de varios países y estuvo preso por pocos días, pero fue Jenny von Westphalen la que —aunque por una noche— sufrió una represión más desagradable. Ocurrió en Bruselas y un poco posterior a los años a que se limita The Young Karl Marx: Marx había sido detenido y tenía orden de deportación y ella se presentó a la comisaría de policía a preguntar por él. Entonces el oficial de guardia la encerró en un calabozo con prostitutas. Al día siguiente la pusieron en libertad y el jefe de policía le brindó disculpas. Marx salió de la cárcel poco después. Por supuesto, que ambos hechos palidecen al lado de la represión en sistemas totalitarios y dictaduras de izquierda y de derecha. Cuando tras un regreso temporal a Francia, luego a Colonia (Prusia occidental), vuelta a París y de nuevo una deportación, la familia se traslada a Londres, no hubo más problemas policiales. Por lo demás, Marx siempre fue obediente cuando recibía una orden policial y no “buscaba problemas” con la ley.
[2]Un detalle incidental: en actos y celebraciones políticas Marx no solo tenía que lidiar contra sus “enemigos” entre partidarios socialistas, anarquistas y de izquierda, que eran muchos, sino también con el rechazo de Jenny von Westphalen a ocupar un sitio en una misma mesa con Mary Burns, porque no estaba casada.
[3]El mejor libro para conocer de primera mano la personalidad de Marx es Conversaciones con Marx y Engels, de H.M. Enzensberger. Hay edición alemana, la primera, y es muy posible que Peck la consultara; aunque en buena medida no la refleja en su película, que nos muestra una visión idealizada del difícil carácter de Marx, que es lo menos que se puede decir del coautor de La ideología alemanapara no caer en merecidas ofensas.
[4]En su reseña en The New Republic, Josephine Livingstone señala que vio la película en un cine de Manhattan donde todo el público eran “viejos izquierdistas, aburridos por la cinta y cansados por una manifestación en que habían participado”.

viernes, 10 de agosto de 2018

El sabor de la fruta


Recuerdo que por la década de 1970 en Cuba leí un artículo en la revista Bohemia sobre la “colonización del gusto”, que abordaba el asunto a partir de la preferencia por uno u otro sabor de helado (eso de “abordar el asunto” es una herencia de aquella época que a veces aún me desborda). 
Lo que aparecía en Bohemia era mucho más simple —a pesar de ese retorcimiento del periodismo cubano que no responde a una retórica sino a una política: es decir, a una política retórica—, y se resumía en la afirmación de que al uno nacer en el trópico, tenía que gustarle los helados de coco y chirimoya y no los de fresa y chocolate con nueces (cuando eso creo que no se identificaba a un sabor con un gusto o una preferencia sexual o de otro tipo y éramos más listos o más tontos o al menos yo lo era). 
Había un problema que el redactor de Bohemiapasaba por lo alto, o por lo bajo, y era que entonces en Cuba era más fácil encontrar los sabores de fresa y chocolate que los de coco y chirimoya, pero lo importante era —para mi, que leía el artículo— el estar condenado a que me gustara la chirimoya, que desde niño había despreciado más que detestar: en realidad apenas la había probado.
Pronto conocí —no quiero escribir sufrí para darle un tinte melodramático al tema— que esa condena de sabores se trasladaba también a los temas literarios, en lo que ya para entonces sabía era “mi circunstancia”, porque felizmente conocía a Ortega y también a Gasset, dúo no de moda y presente hasta hoy.
Para alguien que intentaba escribir en Cuba, algunos temas como que no cuadraban. Por ejemplo, había que huir de la ciudad, de cualquier detalle que se asociara a la burguesía, de Europa y de gran parte del arte y otras ramas contaminantes.
Mientras tanto amigos y no tan amigos triunfaban —es decir, ganaban premios literarios— con detalles sobre la “lucha contra bandidos”, la recogida de café, el ciclón Flora y las milicias y el trabajo voluntario.
Ya para entonces escribir sobre la insurrección y la dictadura de Batista y las torturas y el heroísmo de la sierra y el llano quedaba cada vez para aquellos con su nombre en un par de libros, y desde hacía años la épica, como experiencia vital, estaba agotada para la mayoría de los cubanos —literatos o no—, encerrados en las colas para comprar cualquier cosa, las guardias sin fusiles y las aburridas reuniones, Pero para quien pretendía escribir no quedaba opción alguna que la épica. Y no importaba mucho si esa épica se reducía al poema cursi sobre la abuela miliciana o cederista: el premio estaba asegurado.
El problema por lo tanto era hincarle el diente a la épica, montarse en el heroísmo. Pese a que la lucha no me entusiasmaba —más bien me aburría— y al heroísmo lo encontraba tonto. Y lo más grave aún: que seguía sin atreverme con la chirimoya. Aunque esto último no era tan grave, porque ni siquiera tenía que enfrentarme a ella, gracias a la generosidad revolucionaria. Si en esos años hubiera sido capaz de abreviar mis defectos, habría comprendido que todo se reducía a un ajuste de precedencias. Solo que nunca me ha gustado simplificar, más bien lo contrario. Tonto que soy.

¿Fue Pablo Casado un James Bond español en Cuba?



Antes de Ángel Carromero estuvo Pablo Casado.
Del viaje y la tragedia que ocurrió durante la estancia de Carromero en Cuba se ha hablado mucho y se sigue discutiendo: ¿accidente o asesinato? El lamentable fallecimiento de Oswaldo Payá y Harold Cepero acaparó y sigue dominando cualquier análisis. Pero hay más, porque la visita en la isla del entonces número tres de Nuevas Generaciones en Madrid (la organización juvenil del PP) seguía un camino ya iniciado por otros políticos de la derecha española.
Primero fue el viaje frustrado de Jorge Moragas a La Habana en 2004, cuando las autoridades no le dejaron entrar en Cuba junto a dos parlamentarios holandeses. En la agenda de Moragas estaba incluido un encuentro con Oswaldo Payá. 
Luego, en 2006, Casado realizó un viaje similar al que Carromero haría casi seis años más tarde, en 2012, solo que con éxito. 
Por supuesto que la muerte de ambos opositores cubanos y todo el proceso de detención, enjuiciamiento, condena, traslado a Madrid y posterior liberación del joven político español son causas más que suficientes para acaparar la atención. Pero no por ello la estancia de Casado pierde interés. Más ahora, que el entonces diputado del PP está al frente de la organización. Hay además un detalle adicional: en su momento Casado se encargó de contar su viaje, en tres colaboraciones aparecidas en El Mundo y en LibertadDigital.
Las visitas de Carromero y Casado a Cuba ofrecen grandes contrastes. Toda la carrera política del primero se ha desarrollado a la sombra del segundo, quien era el presidente de Nuevas Generaciones cuando Carromero estaba en una celda cubana. A su vez, Casado es la materialización de un proyecto desarrollado entre José María Aznar y Esperanza Aguirre: la versión española —o específicamente madrileña— de un joven neocon, licenciado en derecho por la Universidad Complutense (cuestionado y cerrada la causa) y con una maestría en derecho (título bajo cuestionamiento) de la Universidad Rey Juan Carlos; así como cursos de perfeccionamiento en el IESE de la Universidad de Navarra, en un curso de postgrado que esta institución ofrece con la colaboración de la Universidad de Harvard.
Pese al poco tiempo transcurrido al frente del PP, Casado se ha encargado de enfatizar un discurso de reivindicación política de la derecha española —de la simbología hasta los terroristas de ETA y el aborto— y de mayor confrontación ideológica que el expresidente Mariano Rajoy. También en dejar bien clara una intención de puesta en marcha de un riguroso neoliberalismo económico, si en algún momento llega a la presidencia en España.
Curioso, aunque fácilmente entendible, que en esta historia de viajes a Cuba y encuentros con disidentes participaran dos políticos españoles que luego han desarrollado una importante trayectoria en la política de su país. Moragas durante el Gobierno de Rajoy y ahora Casado en la búsqueda de llevar de nuevo la derecha a la Moncloa. Carromero queda entonces como un mal paso del PP o el hijo medio bobo de la familia, pero no inútil por completo: continuaba al lado de Casado y colaborando con él.
Porque si vamos a creer en lo escrito por Casado —que tiene antepasados familiares enterrados en la isla— él hizo mucho más que Carromero por la disidencia en Cuba. Eso es lo que publicó en el diario español El Mundo—“Mi odisea para ver a disidentes”: registros, vuelos en viejos aviones, miradas amenazantes y seguimientos policiales[1]—, donde nos cuenta que se comportó como una especie de James Bond, en lucha a favor de la democracia: “Mi misión consistía en acceder a las casas más vigiladas de Cuba, sin ser detenido ni encarcelado. Para ello, me hice, no con pocas dificultades, con un carro de alquiler, guardé la tarjeta fotográfica en una costura del vaquero, las direcciones de los disidentes en un paquete de kleenex, y empecé mi ruta”…”.
Más adelante, tras una visita a la casa de Elizardo Sánchez Santacruz, escribe:
“Al regresar al coche me encontré la puerta del copiloto abierta. Miré a mi alrededor con nerviosismo y a dos manzanas de allí pude ver un Lada 1500 con dos hombres dentro mirándome. Así que me puse en marcha más pendiente del retrovisor que de la carretera, lo que estuvo a punto de costarme un pinchazo, debido al estado deplorable de las calles, o el atropello de un par de perros. El viejo coche soviético siguió detrás de forma ostensible, como queriendo darme un aviso”.
Casado menciona sus reuniones con otros disidentes, como Vladimiro Roca, hasta llegar a lo que considera “la etapa más difícil, y a la vez más deseada de mi viaje: la cita con Oswaldo Payá, el líder del Movimiento Cristiano de Liberación y principal cruz de Castro”.
El texto, tanto en las descripciones como en el análisis, abunda en lugares comunes y expresiones demasiado repetidas. Quizá ello no le resta, de forma definitiva, cierta veracidad —el cliché es parte fundamental de la realidad cubana—,E pero evidencia un propósito militante: 
“Hacía tiempo que quería venir a Cuba por razones familiares, ya que mi abuela nació y vivió su infancia en La Habana y mi bisabuelo está enterrado en la gran necrópolis de Colón, en pleno centro del barrio Vedado. Sin embargo fue mi animadversión al comunismo en general, y a Fidel Castro en particular, lo que me empujó a hacer este viaje de apoyo a la disidencia, que está viviendo con miedo e incertidumbre los últimos días del tirano”.
En otra crónica —titulada En la granja castrista[2]— escribe: 
“Los encontronazos de Oswaldo con la dictadura castrista vienen de lejos. Empezó a ser repudiado a los 10 años, a causa de sus convicciones religiosas. A los 17 fue condenado a trabajos forzados: hubo de cortar caña de azúcar en Camagüey por no comulgar en la escuela con la rueda de molino comunista. A los 20 se le mandó a picar piedra en la Isla de Pinos, tras ser acusado de ejercer ‘liderazgo’ entre estudiantes, mientras estudiaba Física, carrera a la que luego añadiría una ingeniería en Telecomunicaciones”.
Tal militancia anticastrista estaba supuesta a ser continuada por Carromero.
El viaje de este no pretendía ser más que un calco de la visita descrita por Casado en sus crónicas —donde aquel entregó libros prohibidos, medicinas, revistas y dinero a los disidentes visitados; un material que reconoce haber escondido en un doble fondo de su maleta y que escapó a la vigilancia de la aduana cubana—, aunque se convirtió en un embrollo internacional y en una tragedia para los cubanos, con el fatídico hecho con la muerte de Payá y Cepero.
¿Estaban las autoridades cubanas ya predispuestas a no tolerar que ocurriera lo mismo que durante la visita de Casado, quien incluso había publicado en la prensa española los detalles de su viaje? ¿Fue el dinero una causa determinante? ¿Los supuestos planes para la creación de una organización juvenil en la isla? Aquí es donde aún hoy continúan las interrogantes. 
En entrevista al diario El Mundo,Carromero afirmó: “Fui a dar apoyo y dinero a la disidencia cubana. Les llevamos 8,000 euros, medicinas contra el cáncer e información de lo que pasa fuera de la isla”. Luego, en el Nuevo Herald, volvió a referirse al dinero, y decir que “había cambiado 4,000 euros a moneda cubana en La Habana”. 
¿Por qué ese acto irresponsable, sino temerario, de cambiar 4.000 euros un extranjero que llevaba dinero a la disidencia? La tenencia de moneda extranjera no es ilegal en Cuba. Si una cifra tan elevada de dinero —para los estándares cubanos— podría resultar sospechosa para un ciudadano de la isla, también lo fue para un político español de visita, quien debía saber que en todo momento estaría vigilado durante su estancia; incluso más a partir de que su mentor y amigo así lo había escrito y publicado. ¿Fue más hábil Casado o más torpe Carromero? ¿O para los represores cubanos fue demasiado otro viaje de un político español con iguales objetivos? ¿Les resultó Casado un desconocido, a diferencia de Moragas?
No resulta entonces extraño que los interrogatorios en la cárcel a Carromero “se centraron, no en el choque, sino en sus relaciones con el movimiento de oposición cubano y con funcionarios de su Partido Popular en España”, según dijo este a el Nuevo Herald. Como tampoco fue extraño que sus interrogadores le recordaran el caso del subcontratista del Gobierno estadounidense, Alan Gross, que para la fecha cumplía una condena de 15 años en La Habana.
Si La Habana optó por simplificar el caso —¿con la anuencia del Gobierno español de entonces?— y echar a un lado las implicaciones políticas para Madrid (de acuerdo a la manera de pensar y actuar de un sistema totalitario como el cubano), ¿ello implicó un compromiso entre ambos países de mantener el caso no solo en términos jurídicos y no políticos, sino también concluido tras el juicio en Cuba y la devolución de Carromero a España para cumplir allí la sentencia?. La realidad es que la muerte de Payá y Cepero ha derivado en la dicotomía accidente-asesinato, cuando hay otros elementos envueltos que tanto la Plaza de la Revolución como la Moncloa han preferido no remover.
¿Mantiene con la situación cubana igual compromiso en el Casado que hoy está al frente del PP? Se trata de alguien que describió el ambiente en La Habana en estos términos: “Tuve la sensación de estar en la Varsovia ultrajada por los nazis”. Es cierto que una silla presidencial puede cambiar cualquier visión, y si el dirigente popular llega un día a sentarse en ella, lo primero serán los múltiples asuntos comerciales, de inversión y préstamos entre los dos países. Aunque también cabe esperar que ese hipotético Gobierno de Casado se asemeje más al de Aznar que al de Rajoy, aunque ahora la presencia empresarial española en la isla ha aumentado sustancialmente.
Por lo pronto, Carromero —por estos días asesor de comunicaciones del PP en el municipio de Madrid y hasta hace poco secretario de Nuevas Generaciones en Madrid, ya que acaba de resultar imputado por tener 32 años— sigue a la sombra de Casado y al parecer tuvo un papel muy activo en el proceso de elecciones primarias en el PP, que culminó con el triunfo de este.
La pregunta es entonces: ¿volverán alguna vez a pasearse por La Habana?

[1]Mi odisea para ver a disidentes”, de Pablo Casado, en El Mundo, domingo 24 de diciembre de 2006, número 582.
[2]En la granja castrista”, de Pablo Casado, en Libertad Digital, 1.º de mayo de 2007.

Divoto


No hay errata en el título ni tampoco esta columna va de tema religioso. Más bien torpeza de quien escribe. Solo que esa torpeza se apoya en el asombro y el escándalo que representan tantos millones de dólares gastados en cualquier campaña electoral de Estados Unidos. Y lo peor es que en las elecciones legislativas que se avecinan el gasto seguirá creciendo.
Incluso antes. Poderosos comités de acción política (los famosos super PAC) ya se preparan para defender a sus aspirantes y candidatos en estados que van de Florida a Nueva York. 
A medida que crece el convencimiento de que la elección de noviembre será muy reñida, aumentan las apelaciones al dinero como remedio. Ya hemos tenido ejemplo de ello. En la última votación celebrada en Ohio, para un escaño de representante federal, ambos partidos gastaron millones de dólares. Por ejemplo, el comité de acción política Conservative Leadership Fund, aliado con Paul Ryan, invirtió más de $2.7millones en anuncios de televisión. Y todo ello para elegir a un legislador que dentro de tres meses tendrá que someterse de nuevo al mismo proceso.
Sin embargo, en el momento en que se escribe esta columna los resultados en las urnas eran tan cercanos que aún no estaba definido un claro vencedor (el republicano Troy Balderson mantenía menos de un punto porcentual de ventaja). 
Así que en dicho distrito de Ohio, cada voto ha salido bien caro. No importa a quien fue dado.
Si se tratara simplemente de un mecanismo económico, un tratamiento industrial o una empresa productiva, uno podría pensar que desde hace años el proceso electoral estadounidense habría sido desechado por inservible: es una maquinaria que cada vez cuesta más el mantener y a veces produce los peores resultados. Pero no es así. Pese a su ineficiencia no deja de ser un gran negocio. Y eso es lo que cuenta. Además, no hay manera alguna de cambiarla, mejorarla o hacerla más económica: siempre se vuelve a descomponer.
El fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Nacional de Elecciones no llevó a una representación más justa de los intereses ciudadanos. El dictamen del Supremo revocó todas las limitaciones de la ley Bipartisan Campaign Reform Act(también conocida como McCain–Feingold Acto BCRA), que prohibían a las empresas —incluidas las organizaciones sin ánimo de lucro y los sindicatos— invertir en campañas electorales.
Ello ha permitido el empleo de grandes sumas de dinero a favor o en contra de los aspirantes y candidatos de los dos principales partidos de este país, a partir del 2010.
Contrario a lo que se pensó en un primer momento, no se han reducido los privilegios de las grandes corporaciones sino creado una vía para que algunos de sus principales propietarios, los grandes accionistas y millonarios de cualquier tipo puedan gastar abiertamente en sus objetivos políticos personales.
Si para las corporaciones los cabilderos continúan siendo los vehículos ideales para buscar leyes a su favor, a la hora de buscar la forma de inclinar la balanza política en agendas ideológicas individuales, o de grupos de interés, los grupos de acción política marcan la pauta.
Es decir, a cambio de un problema ahora tenemos dos: cabilderos tras ventajas y millonarios que quieren convertirnos en obedientes alumnos de sus escuelas dominicales.
En este sentido, el extremismo político que parece dominar en un poderoso sector del Partido Republicano no obedece al dinero de las corporaciones sino de donantes individuales. De igual forma, otros acusan al Partido Demócrata y a sus miembros de dejarse influir —o dominar— por millonarios con ideas “izquierdistas”.
Para complicar aún más la cosas, en las dos últimas décadas ha florecido la manipulación de distritos (gerrymandering), lo que hace aún más cara una elección como la ocurrida en Ohio.
Así que pronto llegará el día que el proceso electoral se cotizará en la Bolsa. Lo cual será saludado como un gran triunfo capitalista.

jueves, 9 de agosto de 2018

¿El grito?


Considero que todos los que en Estados Unidos gritan y se espantan al oír la palabra socialismo actúan más por ignorancia que por convicción. Quienes abandonan Cuba —o son abandonados por ella— cuentan con cierto tiempo para adaptarse y aprender. Luego es su responsabilidad. Cierto que el enemigo siempre ha ayudado a esa confusión, con aquello de las “repúblicas socialistas”, el “campo socialista”, la “construcción del socialismo”, el “socialismo del siglo XXI”. Pero no hay que darle la victoria por ello. Se puede creer o no en los beneficios y perjuicios del socialismo tanto como se puede creer o no en los beneficios y perjuicios del capitalismo. Sin embargo, resulta demasiado burdo confundir o igualar lo que existió o apenas sobrevive en la URSS, Europa del Este, China, Vietnam, Cuba y otros lugares remotos o más o menos cercanos, con el socialismo europeo, la socialdemocracia o los partidos socialistas democráticos en todo el mundo. En estos momentos Portugal está gobernado por una coalición de izquierda que incluye el Partido Comunista y le va muy bien. En España ocupa la Moncloa un partido socialista y nadie se ha marchado al exilio. Chile ha tenido gobiernos socialistas y no se ha acabado el mundo. Ah, y por favor no olviden: cogerle miedo a las palabras no resuelve nada. Piensen en Cuba. Piensen antes del 1.º de enero de 1959. Piensen en cómo reaccionaba cualquiera en la calle al oír  mencionadas estas palabras.

domingo, 29 de julio de 2018

Hacer grande a América… y a Detroit pequeño


Es el secreto mejor guardado por la actual administración estadounidense: al presidente Donald Trump no le gusta el capitalismo, al menos en su versión actual. Quiere no solo hacer retroceder al país a las décadas de 1920 y 1930, sino a otra época y otra geografía: la Francia de Luis XIV. Solo que él no es “el Rey Sol”.
De acuerdo al mercantilismo —el conjunto de ideas económicas que imperó durante las monarquías absolutas, entre los siglos XVI y XVIII— el capital de una nación, en especial su riqueza en metales, se incrementa gracias a una balanza comercial positiva con las otras naciones, lo cual se traduce en que las exportaciones sean superiores a las importaciones. Para lograr ello, el gobierno debe ejercer una política proteccionista sobre la economía, particularmente en el comercio, mediante el establecimiento de aranceles.
Durante la época del mercantilismo, la imposición de altos aranceles a los productos extranjeros evitaba la entrada de la competencia externa y beneficiaba a las industrias nacionales. También se buscaba la inversión en muevas industrias a través de subsidios, el limitar la inmigración a personas extremadamente calificadas o con recursos económicos y el mejoramiento de los sistemas de transporte, con la construcción de carreteras, puentes, canales y vías férreas.
Con sus ideas económicas simples, el mercantilismo incrementó el desarrollo económico en determinados sectores —por ejemplo, en Francia la industria del hierro, las tapicerías, sedas, paños, encajes y espejos— aunque a la larga la libertad comercial patrocinada por los ingleses resultó más estimulante y eficiente. A todo ello hay que agregar que las guerras comerciales muchas veces terminaron en guerras a secas (o a sangre) y la existencia de colonias favorecía este tipo de comercio.
Asumamos por un momento que Trump hubiera sido elegido gobernador de Nueva York, plantea Walter E. Block, profesor de economía de la Loyola University en Nueva Orleans y de ideología libertaria, y que al llegar a Albany establece una tarifa proteccionista contra la importación en ese estado de cerdos criados en Iowa. ¿Eso haría a Nueva York grande de nuevo?, se pregunta en un artículo en The New York Times.
Por supuesto, los criadores neoyorquinos de carne de cerdo resultarían beneficiados, pero la medida contribuiría a la ruina de la economía estatal. Los aranceles no facilitan una mejor distribución de la fuerza laboral, en última instancia no llevan ni a la creación ni a la disminución del empleo. Es más, por sí sola la creación de empleos —particularmente si son empleos no calificados— no lleva al fortalecimiento económico: para ello es necesario el aumento de la producción mediante el incremento de la productividad.
Lo mejor para la economía estadounidense, y para sus ciudadanos, es la creación y estímulo de centros de estudio, tecnológicos, informáticos y avanzados, pero eso no le interesa a un mandatario que desprecia la educación y la cultura, que nunca ha leído y al que tampoco le interesa contar con partidarios instruidos, más bien todo lo contrario.
Aunque el acuerdo alcanzado el pasado miércoles, entre Trump y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, supone una tregua momentánea en la guerra comercial entre EEUU y Europa —así como un posible incremento de la compra de soja por parte de los europeos—, un resultado final y definitivo de reducción de barreras es aún incierto. Mientras tanto, las tensiones comerciales entre Washington y Pekín se mantienen en alza.
Desde el punto del crecimiento económico nacional, nada resuelve el presidente Trump otorgándole a los granjeros de Iowa subsidios por $12,000 millones, salvo el objetivo electoral de tratar de contentar a su base de votantes. Con ello se limita a repetir una vieja práctica común en Latinoamérica. Más bien recuerda una escena del filme brasileño Antonio Das Mortes, en que el hacendado —ciego, viejo y enfermo— reparte granos a una población hambrienta mientras grita inclemente que recuerden todos que es “una caridad” que él otorga.
Solo que Trump va a tener que repartir aún más, entre pidientes y pudientes.
General Motors calcula un impacto de $1,000 millones en sus cuentas este año, debido al alza en los aranceles a las importaciones de acero y el aluminio y la apreciación del dólar. Su valor bursátil se desplomó la semana pasada, víctima de la guerra comercial de Trump, que también daña a Ford Motor y Fiat Chrysler.
Las ganancias netas de la GM han sufrido una caída del 3% en lo que va de año. El beneficio operativo se redujo en un 13%. El grupo Fiat Chrysler ha visto reducido su beneficio operativo en un 11% en el segundo trimestre. La ganancia neta en un 35%, lo que significa $880 millones menos. Ford Motor ha recortado sus previsiones, según datos publicados en el diario español El País.
Los fabricantes de EEUU advierten que los aranceles les obligaran a elevar precios y a ajustar sus plantillas para reducir costes. Es decir, automóviles más caros y despidos en las empresas.
¿Seguirá entonces el presidente Trump repartiendo subsidios, a cuenta de los contribuyentes, mientras su política comercial continúa acumulando fracasos?

miércoles, 25 de julio de 2018

Anti-Bush

El año en que el expresidente George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El sonoro triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado —que lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social— y la victoria de los republicanos en ambas cámaras del Congreso actuaron de amortiguadores de ese debate
Luego se inició la larga cadena de escándalos y fracasos nacionales e internacionales que no solo hicieron trizas ese “capital político” de Bush y lo hundieron en los peores índices de popularidad, al tiempo que surgió la crisis financiera que enterró a los norteamericanos en un presente de incertidumbre. 
Sin embargo, la necesidad del debate se mantuvo vigente para los republicanos y resurgió, con más ruido que discusión racional, con el movimiento Tea Party.
 Vale la pena recordar algunos de los fundamentos de la ideología conservadora discutidos por aquellos años, porque estos alertaron —y en cierta medida también contribuyeron— al rumbo erróneo que ha tomando la política norteamericana en manos de la actual administración de Donald Trump.
Lo lamentable para los republicanos es que, en la práctica electoral de las elecciones primarias, no lograron sacar ventaja de sus previsiones y terminaron por aceptar en la boleta del partido al candidato menos capacitado para realmente proponer en práctica ese nuevo rumbo. El hecho de que Trump lograra la victoria y esté en la Casa Blanca no valida lo adecuado de su proceder. Demasiados triunfos electorales —con comillas o sin ellas— arrastra la historia para creer que los votantes no se equivocan.
Durante su primera campaña por la presidencia y tras su llegada al poder, Bush hijo se presentó como el representante de una política aislacionista. De forma sorpresiva, en 2000 le ganó el segundo debate al vicepresidente Al Gore en lo que se convertiría en un preámbulo a su cuestionada victoria en las urnas. Uno de los puntos que en aquel momento contribuyó a su triunfo fue el rechazo no solo a la actitud del entonces presidente Bill Clinton —y su política de intervencionismo “por razones humanitarias” en lugares como Bosnia y Kosovo— sino el distanciamiento del sueño de su padre —el expresidente George Bush— de la visión de un “nuevo orden mundial”.
En aquella ocasión, la principal diferencia entre ambos aspirantes a la Casa Blanca estuvo en la insistencia de Bush hijo de que Estados Unidos solo debía enviar sus tropas al extranjero cuando estaban en juego sus “intereses vitales”, frente a la insistencia de Gore de hacerlo también en defensa de “los valores democráticos de la sociedad norteamericana”, como los derechos humanos y la libertad.
En su ataque, Bush hijo enfatizó la ausencia de preparación de debilidad mostrada durante el Gobierno de Clinton en operaciones militares. Una crítica no ausente de fundamento, aunque por otra parte la administración de Clinton había revertido la reducción de gasto militar puesta en práctica por su padre (el expresidente George H. W. Bush) y el secretario de Defensa de este, Dick Cheney.
Hoy —por diversas razones que van de la política a la persona— Trump y Bush hijo son la versión republicana del aceite y el vinagre, pero un poco de memoria lleva a recordar que las apariencias engañan y años atrás sus posiciones estuvieron cercanas aunque no coincidentes. Hay que reconocerle a Trump que ha llevado a la práctica —o al extremo— algunos preceptos que Bush hijo solo expresó o no desarrolló a plenitud. También señalar que el expresidente se ha convertido en un crítico del aislacionismo.
En fecha reciente, al participar en una ceremonia de entrega de premios en el Atlantic Council —un grupo de estudios no partidista— Bush hijo alertó de los peligros para Estados Unidos de entrar en una senda aislacionista.
“América es indispensable para el mundo. El precio de la grandeza es responsabilidad. Uno no puede elevarse y alcanzar a ser, de muchos, la comunidad líder en el mundo civilizado, sin involucrarse en sus problemas, sin verse convulsionado por sus agonías e inspirando por sus causas”, dijo Bush hijo invocando un discurso del legendario primer ministro británico Winston Churchill.
“Si nos mantenemos unidos, nada es imposible. Si nos dividimos, todo fracasará”, agregó.
9/11
Pese a la tendencia aislacionista señalada a George W. Bush —Condoleeza Rice llegó a decir que los marines no iban a actuar como cuidadores de las guarderías de Kosovo—, en la práctica su política internacional se inclinaría más hacia un unilateralismo necesario. Ello no sería más que una continuación de lo enunciado en su momento por la secretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, que EEUU actuaría “multilateralmente si es posible, unilateralmente si es necesario”. Así, mientras la nueva administración demócrata se diferenciaba de la anterior en una posible disminución de recursos monetarios, equipos y tropas dentro de la contribución internacional en acciones militares de preservación de la paz y el orden, en términos de acciones bélicas específicas —como los ataques aéreos ocurridos durante la administración Clinton contra Irak, Yugoeslavia, Sudan y Afganistán— se mantendría la pauta anterior. 
De igual forma —y pese a su odio vocinglero hacia el matrimonio Clinton y en menor medida hacia la familia Bush—, en líneas generales Trump no ha alterado este patrón. Su única particularidad es que ahora quiere que los miembros europeos de la OTAN compren armamento fabricado en EEUU, algo difícil de lograr.
 Las circunstancias vinieron a modificar la estrategia de Bush hijo anunciada en aquel segundo debate presidencial. En específico los atentados terroristas del 9/11 y las consecuencias de la desastrosa invasión a Irak.
Cuando ocurrió el ataque, la política de George W. Bush se mantuvo orientada de acuerdo a la ideología de los neoconservadores —lo estaba desde antes, pero alcanzó un énfasis que las circunstancias anteriores no habían posibilitado— y reafirmó el principio aislacionista en cuanto a la voluntad expresa de que la nación americana debía actuar sola —sin contar e incluso oponiéndose a los criterios internacionales— cuando veía amenazados sus intereses. Finalmente se logró una “coalición internacional” que participó en la guerra contra Irak, pero el peso tanto de la ofensiva bélica como de la labor de reconstrucción como de organización posterior del país árabe estuvo en manos estadounidenses.
Las guerras en Afganistán e Irak siempre tuvieron notables diferencias. La justificación de ambas fue distinta desde sus inicios. En el caso de Irak, la supuesta existencia de armas de exterminio masivo fue negada hasta por un informe de la CIA. Ello produjo un cambio en el propio campo conservador. El segundo presidente Bush comenzó a apelar, cada vez con más frecuencia, a palabras como “libertad” y “valores democráticos” —así como a destacar que el mundo era un lugar más seguro sin Sadam Husein—, pero ello no evitó que aumentaran las críticas a la guerra por parte de los ideólogos conservadores.
George Will, entonces el columnista más brillante e influyente del pensamiento conservador, fue quien propinó el golpe más contundente, al cuestionarse los errores cometidos durante la campaña iraquí y los fallos surgidos en el intento de llevar la democracia al Medio Oriente. Will afirmó que no consideraba confiable a un gobierno que se lanzaba a una contienda bajo premisas que resultaban al menos dudosas. Sus palabras no solo fueron un eco tardío de las dudas expresadas por algunos miembros del gabinete de Bush padre antes del inicio de la contienda. El comentario fue un ataque a fondo que reforzaba la conclusión de que dicha administración había actuado por motivos ideológicos y no fundamentada en la necesidad de defender a la nación frente a un peligro inminente.
América primero
Patric J. Buchanan —que desde los tiempos de Bush padre se había opuesto al derrocamiento de Sadam— también por esa misma época publicó un libro donde explicaba lo que consideraba eran los errores causantes del desvío del rumbo correcto de la derecha —la vía trazada por Ronald Reagan— y descargaba todas las culpas en los neoliberales que habían “secuestrado la presidencia de Bush [hijo]”. 
Uno de los principales puntos de esa oposición conservadora era que —contrario a los fundamentos del Partido Republicano de disminuir el papel del Estado— el gobierno de Bush hijo lo que había hecho era incrementar la burocracia del gobierno y aumentado los gastos en la ayuda internacional. No hay que olvidar al respecto que la idea de una Dirección de Seguridad Nacional data de los tiempos de Clinton. Para los conservadores al estilo de Buchanan, EEUU estaba gastando en el exterior recursos que debía emplearse con fines nacionales. El principio cardinal de “América primero” había sido pisoteado por un presidente lanzado a la “edificación de naciones” y dispuesto a ejercer el papel de “gendarme internacional”.
Resultó llamativo que una opinión similar —en lo que respecta al desvío de fondos necesarios para el país en mantener la presencia norteamericana en Irak— fue manifestada por el candidato presidencial demócrata, Barack Obama durante el segundo debate presidencial de su primera campaña.
Por otra parte, el concepto de “América primero” había sido empleado por el candidato republicano, John McCain, en una versión limitada bajo el postulado de “la nación primero” pero referido sólo a una subordinación de la política ante las necesidades nacionales. Pero ese tinte populista redujo un principio político —adecuado o no— a una mera consigna de campaña. 
Resultó entonces que uno de los problemas fundamentales, que enfrentaban los republicanos en la necesidad de definir una línea política e ideológica alejada de la de Bush hijo —que había resultado un fracaso— tenía que ver con la posición de EEUU en un mundo alejado de la Guerra Fría.
Anti-Bush
Durante su presidencia, George W. Bush —más que recorrer un camino—, llevó a cabo una metamorfosis: transitado de metamorfosis: de un “aislacionista” a un unilateralismo apoyado en la fuerza de una nación poderosa para terminar abogando en favor de un compromiso internacional.
Este cambio no fue más que una reacción defensiva ante la debacle en Irak. Se había lanzado a la guerra sin tomar en cuenta las advertencias sobre una posible insurgencia después de la invasión. Obtener la victoria militar inmediata fue relativamente fácil, pero lo que vino después fue el caos. Su ideal de construir una nueva república tuvo que ser sustituido por un programa de edificación de una democracia en un país con una cultura y valores desconocidos para los estadounidenses. En última instancia, se había visto obligado a llevar a cabo lo que precisamente había despreciado en Clinton: convertirse en un trabajador social armado. Luego, tras ese cambio de roles, y convertido en un “internacionalista”, aprovechó esa ideología para criticar a quienes postulaban la retirada de Irak como “aislacionistas”. El adoptar una postura  "internacionalista" le posibilitó catalogar de “aislacionistas” a los que defendían una retirada militar de Irak. 
Bill Clinton, en su momento, había intentado en convertirse en una especie de campeón de la democracia en el mundo —interviniendo o amenazando con intervenir en Somalia, Haití, Bosnia, y Kosovo— pero con la suficiente capacidad de maniobrar políticamente para evitar que una intervención militar en el terreno o una participación a largo plazo terminara por convertirse en una situación de estancamiento similar a la ocurrida durante la guerra de Vietnam, aunque ello tuvieran como consecuencia el sacrificio de objetivos y logros: es decir, una actitud hipócrita en última instancias. Pero siempre tuvo en cuenta los resultados de presidentes Lyndon B. Johnson y Richard M. Nixon—que enviaron contingentes armados a Vietnam y persistieron en una guerra inútil con consecuencias lamentables para EEUU— y así evitar el potencial tanto de movilizar al sector poblacional estadounidense contrario a tales acciones como de inflamar al grupos radicales terroristas anti EEUU en todo el mundo. Los ataques en Nueva York y el Pentágono  impidieron al expresidente George W. Bush mantener la actitud de Clinton —que por otra parte no fue capaz de impedir el desarrollo del radicalismo que culminó en el 9/11— y su consecuencia fue no solo un enfrentamiento frontal al terrorismo y sus bases sino el extender dicha lucha a la  búsqueda de un cambio de régimen —en favor de la democracia— en países con gobiernos totalitarios o autoritarios. Los dos períodos de la administración de Barack Obama se limitaron, en buena medida, a un retroceso de objetivos: ataques puntuales a objetivos terroristas sin intentar ir más allá.
El Gobierno de Trump, sin reconocerlo, en la práctica no se ha apartado de dicho objetivo. Solo que ahora convertido en razón de Estado: El principio aislacionista de “América Primero” es, más que una negación de la política internacional de Obama, un rechazo a la prácticas de la era de George W. Bush. No por gusto suele referirse a los “gobiernos anteriores” o a sus antecesores, englobando tanto a las administraciones demócratas como republicanas.
Si en lo que se refiere a financiamiento u apoyo —en declaraciones y mensajes de su cuenta en Twitter— Trump es la antítesis de Obama, en su actuar cotidiano es sobre todo lo opuesto a Bush hijo. 

jueves, 19 de julio de 2018

La chica que no llegó a Chica Bond rusa


Demasiadas armas. A Maria Butina le gusta retratarse con ellas, empuñarlas, tocarlas, casi las acaricia en ocasiones. Y por lo general con una sonrisa juvenil, entre inocente y pícara. De momento, lo único que puede afirmarse de esta rusa de 29 años es que daba cualquier cosa por agradar a los poderosos —aunque no fueran tan, tan poderosos— y por ascender. Pero qué logró. Poco, nada. Por lo pronto un encausamiento que es más escándalo mediático que causa seria. Con tantos enredos, conspiraciones, secretos y componendas en la llamada “trama rusa”, Butina no es but not least; no llega, no admite la comparación, se queda de última sin aspirar  a primera.
Definitivamente, no, no es nuestra chica Bond rusa. Da la impresión que la utilizaron, que la manosearon —literalmente y en otros sentidos— y que ella dejó a hacer a gusto o se prestó —¿vendió?— para ello. Aunque esta historia por momentos ridícula y otras cursi llevaba un tiempo circulando por la prensa. Solo que ahorra Butina está en la cárcel y nadie dará la cara por ella, ni tendrá un fusil o una pistola a mano para retratarse.




miércoles, 18 de julio de 2018

La cruz de Celia


Affair in Havana es una película que no tiene que ver nada con la canción Havana Affair, donde los Ramones se burlan de la CIA, porque fue realizada en 1957 por un director de oficio como fue Lázló Benedek y sus actores principales son John Cassavetes y Raymond Burr. Sucede que el tema de la cinta es que un autor musical se enamora de la esposa de un inválido y sucede también que se desarrolla en La Habana y que en ella canta Celia Cruz.
Celia ya había participado en el cine antes —Una Gallega en La Habana es de 1955—, pero tuvo que esperar hasta The Mambo Kings, de 1992, para que la dejaran hablar en una película. Sucede también que su medio natural, que era el cine cubano, le estuvo vedado porque fue una exiliada. Así que cuando finalmente Celia pudo hablar en el cine tuvo que hacerlo en inglés, un idioma que siempre le fue ajeno. 
Celia habló en la pantalla norteamericana, por primera vez, en un idioma extraño para ella. En este hecho simple se resume una historia de pesar y logros. Si alguien se atrevió a dejarla actuar no lo hizo pensando en sus cualidades interpretativas —cualidades que por otra parte demostró, tanto en el cine como en la televisión, con su naturalidad y carácter histriónico— sino porque era lo suficientemente famosa, y lo suficiente buena como artista, para contar con que el público le perdonaría el acento y cualquier torpeza.  Pero podría parecer más extraño aún encontrar su presencia en los lugares más disímiles: en el concierto de Pavarotti y sus amigos en favor de Afganistán, en un programa especial de la serie infantil Sesame Street o en La Venganza de la Momia, una película de 1974. Por su parte, ella volvió al cine estadounidense en The Perez Family,de 1993, y además trabajó en novelas e infinidad de programas de la televisión hispana.
Es imposible encasillar a Celia más allá de decir que fue una gran cantante de música popular. Las etiquetas de “guarachera” y “reina de la salsa” no la definen por completo, porque nunca se negó a otros ritmos y otros ámbitos y al mismo tiempo siguió siendo siempre la misma. Su muerte es un duro golpe para el exilio cubano, ya que representó mejor que nadie lo mejor de ese exilio. Fue intransigente en su esencia más pura, pero al mismo tiempo no fue extremista e intolerante y vivió fuera de su país sin intentar el crossover, aunque manteniéndose al mismo tiempo abierta a los cambios musicales con una frescura y un entusiasmo que impidieron definirla como una voz que recordaba la Cuba de ayer porque lo único que se podía decir de ella sin temor a traicionarla es que era una refugiada cubana cantando por el mundo.
Esa presencia y actualidad de Celia debe disgustar mucho al régimen de Castro. No se lo perdonan ni aún muerta. La nota publicada en la sección Cultura del periódico Granma no puede ser más mezquina: dos párrafos. En uno se destaca su importancia artística. En otro su labor contrarrevolucionaria. Como suele ocurrir, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba desperdicia palabras. Debían haber escrito: “Murió Celia Cruz. Era una gran artista, pero no era de los nuestros”. Es el mismo empeño de siempre: usurpar la nación a través del Estado. Celia trasciende las fronteras políticas porque es una gloria para Cuba, para el país, no para gobierno alguno. Lo demás es entereza moral: que se avergüence Granma. La nota es mezquina además porque limita el papel de la artista a los Estados Unidos. Dice el periódico: “popularizó la música de nuestro país en Estados Unidos”, y por vileza o ignorancia o ambas omite el éxito de la cantante en países tan distantes como Finlandia, Argentina, Japón y España.
¿Por qué ese empecinamiento con Celia? No es sólo porque fue un “icono” del “enclave contrarrevolucionario del Sur de la Florida”. Hay más. Representó al exilio, a la Cuba de los años 50, pero ella misma superó esa imagen. Celia en realidad es un ejemplo de la otra Cuba, o mejor dicho: un ejemplo de la Cuba verdadera, no sólo de la Cuba posible. Durante muchos años su nombre fue borrado del panorama musical reconocido por el gobierno de la isla, y trataron de catalogarla como una figura del pasado, del país desaparecido tras el primero de enero de 1959. Celia, sin embargo, no se anquilosó en la guaracha prerrevolucionaria y saltó a la salsa y a cuanto ritmo surgió posteriormente y extendió su repertorio para incluir piezas latinoamericanas. Resultó el paradigma de las posibilidades de una música popular cubana que no tenía que aferrarse a glorias pasadas. Su muerte, a pocos días de diferencia de la de Compay Seguro, sirve para establecer un contraste que va más allá de las fronteras musicales.
No se trata de comparar artistas, aunque en justicia Celia supera al músico santiaguero en versatilidad, potencia y registros de voz y repertorio. Lo curioso —por no decir patético— es que Compay Segundo alcanzara la fama mundial casi a las puertas de la muerte, luego de vivir olvidado por muchos años, de haber abandonado su carrera musical por el oficio de tabaquero y de malgastar su talento tocando en recepciones protocolares donde nadie le prestaba atención. Su resurrección, que en nada resta valor a sus méritos interpretativos, fue un fenómeno tanto sociológico y político como musical: una vuelta al pasado. Al país que había olvidado a sus intérpretes de antaño —pese a la propaganda oficial en sentido contrario— llega un extranjero capaz de convertir a unas pocas empolvadas piezas de museo en máquinas de hacer dinero. El resto guarda más relación con el mito que con la calidad artística: el triunfo tras largos años de olvido, el camino de la pobreza a la fama, el renacer cuando todo parecía perdido. 
La carrera de Celia fue todo lo contrario. No se limitó a ser una figura local. No se encerró en un restaurante o establecimiento de La Pequeña Habana, para cantar nostalgias a exiliados añorando la patria. Ni siquiera vivía en Miami. Era negra y no hablaba inglés y llegó a Estados Unidos y no optó por el camino más fácil que era quedarse en esta ciudad para vivir del recuerdo. Celia será siempre la imagen del exilio, pero de un exilio que mira hacia el futuro. Su verdadera grandeza no fue, sin embargo, triunfar. Su verdadera grandeza fue no olvidar: fue querer regresar a Cuba, pese a ser más famosa en el extranjero de lo que nunca hubiera sido sin tener que abandonar su país. Esa fue su cruz. ¿Debo decir también que su gloria? 
Este artículo fue publicado el viernes 18 de julio de 2003, en ocasión del fallecimiento de Celia Cruz, en el periódico digital Encuentro en la red. Luego una versión abreviada apareció en El Nuevo Herald.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...