lunes, 8 de febrero de 2016

Evangélicos y electores


Una vieja ilusión vuelve a recorrer algunos sectores del conservadurismo más radical: el voto de la derecha cristiana será suficiente para llevarlos de nuevo a la Casa Blanca. Pero es difícil que la fórmula, que en otro momento les brindó buenos resultados, funcione con igual eficacia ahora. Ni el país es el mismo de entonces ni el aspirante presidencial que mejor responde a las aspiraciones de ese grupo de electores cuenta con gran apoyo y simpatía, no solo de la ciudadanía en general sino incluso de las figuras prominentes del Partido Republicano. Iowa no es Estados Unidos, impulsa pero no define.
La importancia de la extrema derecha cristiana se vio reducida en las dos últimas elecciones, que llevaron al triunfo a los demócratas. En la primera de ellas la figura que mejor la ejemplificó fue la compañera de boleta del senador John McCain, la exgobernadora Sarah Palin, quien no piensa en voz alta sino apenas “dice cosas”, como en su momento acertadamente la definió Peggy Noonan, columnista conservadora de The Wall Street Journal. En la última, con la nominación del mormón Mitt Romney, el papel del voto evangelista fue aún menor.
Fue el expresidente George W. Bush quien desde la llegada al poder se consideró un “mensajero de Dios”. Al tiempo que su alarde religioso fue una de las características más notorias —y criticada— de la personalidad de Bush, su apoyo sostenido a la causa cristiana resultó siempre uno de los pilares electorales que mayores dividendos le brindó. 
Las iglesias actuaron como centros de reclutamiento de votantes, los pastores urgieron a sus feligreses que votaran por Bush y la multitud de fieles expresaron en más de una ocasión la creencia de que “Dios estaba usando al Presidente en su lucha contra el Maligno”.
Durante el proceso de reelección, el entonces senador John Kerry cayó en lo mismo, pero las referencias religiosas de última hora del oponente demócrata siempre sonaron a desesperación.
El énfasis religioso que adquirió la campaña del 2004 no hizo más que ocultar la situación económica imperante. Cuando se produjo la crisis financiera ―en gran medida como consecuencia de la mala administración republicana― no fue posible apelar a una solución tan simple.
Ahora, con una situación económica nacional mucho más favorable, es lógico que el factor religioso vuelva a mencionarse. Y algunos olviden que un buen cristiano nos llevó a una gran recesión y a una guerra en Irak.
De acuerdo con el Instituto Pew, uno de cada cuatro estadunidenses es evangélico. El apoyo de los evangélicos sirve para ganar las primarias presidenciales republicanas. Pero los resultados cambian al llegar las elecciones nacionales.
En el 2008 y el 2012, los evangélicos ayudaron primero al expastor bautista Mike Huckabee y después al exsenador católico Rick Santorum a ganar en Iowa. Pero cada uno perdió luego en la carrera por la investidura ante candidatos más moderados, como McCain y Romney, que resultaron derrotados por Obama.
Lo que parece va a caracterizar la presente elección es una discusión más amplia, donde el factor religioso será uno más dentro del debate ideológico. Que la ideología esté cobrando tanta importancia resulta notable en un país donde en las últimas décadas las propuestas políticas han eludido todo lo que remotamente se acerque a una “lucha de clases”.
Un aspirante como el senador Bernie Sanders ―“socialista” declarado― le está dando una fuerte batalla a la exsenadora Hillary Clinton, hasta hace unos meses con la nominación demócrata supuestamente en el bolsillo. Que lo más probable es que Sanders triunfe en las primarias de mañana en New Hampshire indica hasta el momento un saludable cambio de época. 
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 8 de febrero de 2016. 

domingo, 31 de enero de 2016

Buena noticia: Jaap van Zweden en Nueva York


Jaap van Zweden sustituirá a Alan Gilbert como director musical de la Filarmónica de Nueva York a partir de la temporada 2018–19. El neerlandés Van Zweden es un brillante director de orquesta, intérprete destacado de Beethoven, Brahms, Mahler y Bruckner, con lo que tiene cubierto casi el 70% del repertorio de la filarmónica neoyorquina, también de los compositores rusos y soviéticos, el 29%, y  para el uno restante por cubrir.
Gilbert ha tratado de darle cierta variedad a ese reportorio, y también una dosis de actualización, pero lo que me pasa con él es que siempre elude poder definirlo. Y hay que ver la orquesta que está dirigiendo, y quienes la dirigieron en otra época, para comprender que lo ineludible de las comparaciones. Jamás es brillante, nunca es malo. Siempre da la impresión del chico que se esfuerza por hacer bien la tarea, incluso más allá de sus fuerzas.
La presencia de Gilbert siembre me pareció una especie de respuesta inadecuada a la ausencia de alguien parecido a Dudamel, quien por suerte se quedó haciéndolo bien y mal en la otra costa. Gilbert logra en ocasiones ser tan bueno como Dudamel, pero sin esa necesidad de pavoneos y grandilocuencias, pasados de moda.
Cuando van Zweden llegue a  la orquesta de Nueva York será en cierto sentido una vuelta al tradicionalismo —aunque difícil, o demasiado fácil, el aplicar ese concepto a una orquesta que toda una tradición, superada en ese sentido solo por la de Viena—, pero también una brillantez que Gilbert no logra por mucho que se esfuerce.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Disidencia, información y cambios


Medir el avance de esta oposición —que incluye formas y objetivos diversos dentro de una amplia actitud de rechazo al régimen—, por los cambios que gracias a ella ha experimentado la sociedad cubana en los últimos años, es como entrar en un campo minado.
En primer lugar debido al hecho de que muchos de estos cambios no son debidos a la oposición, sino puestos en práctica en un desarrollo paralelo a esta. En segundo porque esa misma oposición —que reclama su participación para lograr estos cambios— los disminuye o desestima, al catalogarlos de “cosméticos”.
La subvaloración de esos cambios, por parte de algunos de los grupos opositores afines y/o financiados con la participación de Miami, parte del uso de un discurso que  le es necesario para justificar su presencia casi cotidiana en esta ciudad, o de su empleo como punto de partida (no desde el punto de vista geográfico del aeropuerto, casi siempre imprescindible, sino del dinero para el boleto, siempre imprescindible).
Admitir por la oposición que en parte algunas de sus quejas anteriores ya han sido resueltas —liberación de los prisioneros de la “Primavera Negra”, posibilidad de entrar y salir del país, eliminación del bloqueo a blogs y sitios en internet (entre los cuales, por otra parte no está incluido CUBAENCUENTRO); mayor acceso a Internet y la instalación reducida de lugares con sistema WiFi; la existencia del trabajo por cuenta propia; y el permiso a la contratación de personal por empleadores privados en determinadas categorías— se ve como una erosión al reclamo de una labor en las peores condiciones posibles. La retórica entonces se concentra en un reclamo de victimización —casi siempre real pero en ocasiones exagerado— donde a la crítica justa al sistema se ha incorporado, y en ocasiones llega hasta suplantar, el rechazo a la política de “deshielo” del presidente Barack Obama.
Claro que esto último posibilita el acceder a tribunas y beneficios económicos aún bajo el control de ese sector del exilio que por años se ha catalogado de “vertical” —sin serlo en muchas ocasiones—, pero se logra a cambio de entregar parte de la independencia que se suponía estaba destinada a conquistar. Además del apoyo — en este caso como rentabilidad añadida— para poder despreciar como “procastrista” cualquier crítica al respecto.
La clave sería enfatizar lo que falta en la Isla para acercarse a un respeto mínimo a los derechos humanos, ciudadanos y políticos; la posibilidad del surgimiento de una sociedad civil; y mucho más al establecimiento de un Estado de derecho y un avance democrático. Pero reconocer al mismo tiempo que se trata de una situación cambiante, en el sentido de una transformación a duras penas, y cuya visión no es la misma que sigue predominando en cierto sector del exilio y en la mente de los congresistas cubanoamericanos aferrados al pasado.
Lo anterior no pretende desconocer u opacar lo que sí constituye un logro de la oposición en la espera internacional, y es la denuncia de los atropellos que a diario comete el régimen de La Habana.
Parte de lo que se conoce en el exterior, sobre lo que ocurre en la Isla, se debe a esta labor de denuncia, a lo que se une la prontitud en la divulgación de cualquier hecho.
Aunque tal divulgación no ha logrado librarse de su talón de Aquiles original: la ausencia de una posibilidad para confirmar de forma independiente la información que llega.
Fuente y mensaje
En este sentido, la oposición actúa al mismo tiempo como fuente y mensaje. No es solo la causa por la cual se produce la noticia sino el medio que la divulga. Ello, desde el punto de vista periodístico, no solo es contraproducente sino origina un conflicto de intereses.
Conflicto que por otra parte trasciende cualquier valoración desde un punto de vista más o menos “patriótico”. Muchos periodistas independientes actúan al mismo tiempo como activistas políticos. Los órganos de prensa que en Miami, Madrid u otros lugares divulgan estos contenidos se limitan a la función de repetidores: se hacen eco, no producen la noticia de forma propia.
La cuestión no se resuelve con señalar la fuente de procedencia, en un ejercicio fácil de salvar la responsabilidad.
Cuando el volumen informativo obtenido de esa forma alcanza una proporción elevada, inevitablemente se está ante el peligro de un cuestionamiento a la credibilidad.
El problema no se resuelve con una disyuntiva de “buenos” y “malos”, porque limitarse a esa alternativa lleva inexorablemente a tener que admitir una profesión de fe: creo en esto y no en lo otro. Y el verdadero periodismo no funciona sobre juicios de fe sino sobre la verificación de los hechos.
También este problema brinda argumentos a quienes prefieren rechazar el marcado carácter político de estas informaciones. No es el caso de las noticias puramente “políticas” —abusos, represión, actos coercitivos— sino a otros destinados a brindar un panorama de lo ocurre en el país y la vida cotidiana de sus ciudadanos. Tampoco se trata aquí de las justificaciones del gobierno cubano, que siempre va a remitirse a las categorías de “mercenarios”, “apátridas”, “contrarrevoluciones”.
De lo que se trata es de lo mucho o poco que puede hacer un activismo que intenta el casi imposible objetivo de construir una sociedad civil, en una forma de gobierno que todavía arrastra mucho de totalitarismo en su marcha hacia el autoritarismo, y en lo que puede hacer un movimiento de rechazo, por su naturaleza, al gobierno existente, pero que al mismo tiempo elude la confrontación directa y busca otras formas de cambio.
Es, en fin, de buscar un camino en que la oposición se abra un poco más al mundo y no tanto a Miami y Washington.
El caso cubano no es único en este sentido. En naciones desarrolladas y de pleno ejercicio democráticos los vínculos entre gobierno, Estado y financiamiento de medios informativos siempre han estado expuestos a la ruptura de una independencia imprescindible pero no fácil de lograr. Por años la BBC británica fue un encomiable ejemplo, ya no lo es. En Estados Unidos, Radio Martí y luego la emisora de televisión comenzaron guardando una serie de normas que luego se echaron a un lado. La señal, por ejemplo, no se propagaba en territorio nacional, pero ahora cualquiera en Miami puede ver los programas de TV Martí en la televisión por cable que trasmite en la ciudad. Como Internet y la misma televisión por cable han cambiado las reglas anteriores, más que un énfasis en filtros tecnológicos la responsabilidad recaería en un mayor rigor editorial. Aunque en el caso de las emisoras del gobierno estadounidense que supuestamente trasmiten para Cuba poco se hace en este sentido.
El atraso económico y la censura existentes en la Isla no sirven tampoco de pretexto para eludir estos problemas, como tampoco el sacar a relucir que en cualquier país los partidos políticos tienen sus propios órganos de difusión. El dilema surge cuando se unifican los rudimentos de una sociedad civil y la oposición. Se meten en mismo saco los supuestos partidos políticos opositores existentes —que en realidad solo evidencian un abuso de nombre y categoría—, cualquier acto de desacato, diversas manifestaciones artísticas, grupos de pensamiento y análisis y activistas sociales e incluso religiosos.
Un ejemplo en Cuba de esfuerzo de distinción entre labor informativa, activismo político, ausencia de financiamiento gubernamental de tipo alguno y rechazo al periodismo de barricada es el portal 14ymedio, que se desarrolla dentro de un medio hostil sin renunciar a las reglas elementales del periodismo.
Prensa oficialista, independiente y desde EEUU
Por supuesto que gran parte de la culpa de lo que ocurre radica en las características del Gobierno cubano.
En el caso específico de la prensa, la oficial del país, la única reconocida, arrastra un historial de décadas ejerciendo una función que no llega a ser ni siquiera ideológica: es simple propaganda, y cabe añadir los adjetivos de mala y aburrida. Así que ni siquiera cumple el objetivo para el cual fue creada.
Por otra parte, en buena medida las noticias provenientes de los reporteros extranjeros acreditados en Cuba se limitan a reproducir, con algún que otro matiz, lo que publica la prensa oficial.
Siempre bajo la presión de la censura y ante el temor de perder de ofrecer la “gran noticia”, en el día que ocurra lo inevitable pero hasta el momento postergado gracias a la medicina y los caprichos de la historia, los reporteros extranjeros optan por no arriesgarse.
Vale el argumento de que las limitaciones de que las informaciones producidas por la oposición nacen de su desamparo: acosados por el Gobierno, hallan natural adecuar su discurso a los oídos receptivos en el exterior.
Sin lugar a duda en esto influye también un paternalismo trasnochado fuera de Cuba, que se niega a cuestionar cualquier información proveniente de la prensa independiente, bajo el temor de entonces ser catalogado de emisario del enemigo, cómplice del castrismo, abanderado de la injusticia.
Es por ello que una responsabilidad mayor recae en la actual administración estadounidense. Hasta el momento incapaz de adecuar la labor informativa que supuestamente debe cumplir a la realidad cubana. Y en primer lugar cabe culpar al pobre papel que desempeña el sistema noticioso de Radio y TV Martí, que más allá de cambios administrativos por razones partidistas ha persistido en la decadencia informativa.
Si alguien cuenta en la actualidad con los medios para formar un equipo noticioso que logre obtener informaciones objetivas sobre lo que ocurre en Cuba son ambas emisoras. Si no lo hacen es porque siguen empantanadas en la arcadia del pasado o la supervivencia a cualquier precio. Es por ello que mucho de lo que se escucha, lee y ve producido por ellas cae en la misma manipulación de la que pretenden escapar.
Limitado en sus recursos, incapaz de ejercer sus funciones como medio informativo, coartado en su acceso a las fuentes, el periodismo independiente desde la lsla es muchas veces una abstracción. Algunos reportajes puntuales impiden la afirmación categórica. En su conjunto representa una añoranza de libertad que si bien justifica su surgimiento no despierta ilusión.
Transformación limitada
Hasta el momento, Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre represión y reforma. Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la primera sin que pierda su naturaleza de mantener el terror. En la práctica gobierna de una forma mucho más progresista que su hermano en lo económico, pero no en lo político. Que ese avance se deba a circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.
Enfrentar y divulgar esa situación de transformación limitada en la Isla —con modificaciones económicas decretadas por un gobierno que en Miami se detesta y rechaza, pero contra el cual se puede hacer poco— presenta un nuevo problema, tanto para los cubanos en el exilio o que radican en cualquier parte del mundo como para los que viven en Cuba.
Para el llamado exilio de “línea dura” de Miami, que por décadas se ha atribuido la labor de determinar lo puede considerarse “anticastrismo”, ¿cómo responder a una situación cada vez más alejada de la ideología que la sustentó durante tantos años, y que se sostiene con el apoyo de las circunstancias del momento?, ¿cómo hacer frente al sainete, que ha resultado tan exitoso como la epopeya?, ¿de qué forma destacar lo que sigue igual sin dejar de reconocer lo que ha cambiado?
Ante tal amalgama se han improvisado respuestas y salidas personales. Las visitas de algunos destacados opositores de la Isla —que pueden viajar al exterior gracias a los cambios efectuados por el mismo gobierno que hasta hace pocos años les impedía la salida temporal— fueron en el inicio una oportunidad para al mismo tiempo buscar la reafirmación y encontrar —quizá de forma práctica y sin un plan consciente— una transformación necesaria. En la práctica han brindado poco resultado, en cuanto al objetivo de acercar un cambio democrático en Cuba. Cierto que el gobierno de La Habana se opone tenazmente a ese cambio, pero esperar lo contrario resulta irrisorio. Tampoco es un caso único. No es problema solo de falta de unión de la disidencia, sino de incapacidad de actuación. Ahora algunos de esos opositores tienen al parecer dos enemigos a enfrentar: el Gobierno cubano y el de EEUU. Pensar que uno de ellos quedará eliminado con las elecciones de noviembre es apostar al desconocimiento. La cuestión es tratar de avanzar con lo que se tiene.
Si se mira al exterior el destino de la democracia en Cuba es quizá aún más desalentador. La posibilidad de abrir un negocio en la Isla —riesgoso pero rentable— se ha impuesto a otras. Pero por qué oponerse a esa opción. Es cierto que el capitalismo —salvaje o no tan salvaje— tiene muchas desventajas, pero difícil de convencer a un cubano que gana $25 al mes de lo malo de las inversiones extranjeras.

En Miami siempre han estado desvirtuadas las actitudes de “confrontación” y “acercamiento”, ya que no ha sido muy difícil plantearse la no confrontación desde una actitud que sea al mismo tiempo opuesta a los centros de poder asentados en la Plaza de la Revolución. Por décadas, el maniqueísmo de La Habana ha definido la dicotomía en esta ciudad, y también se ha extendido a otras partes del mundo. Ya es hora de cambiar el enfoque.

martes, 26 de enero de 2016

El Ajuste republicano


Ajustar es “hacer y poner algo de modo que case y venga justo con otra cosa”, según la Real Academia de la Lengua Española. Con la Ley de Ajuste Cubano ello no es posible.
Los problemas con quienes tratan de hacerlo con la tan mencionada ley son muchos. Comienzan cuando se trata de coincidir una visión arraigada en Miami con otra según los acontecimientos internacionales: no casan, no cuadran; son imposibles de cazar.
Tanto el proyecto del aspirante presidencial y senador Marco Rubio, como el del representante Carlos Curbelo—ambos legisladores por la Florida y ambos republicanos—, para tratar de “modificar” la Ley de Ajuste Cubano, parten de igual equívoco: la legislación no es una medida para regular el asilo político. A tal efecto, existen otras leyes en Estados Unidos.
Si la ley sirviera para beneficiar exclusivamente “aquellos cubanos que están verdaderamente huyendo de la represión y persecución política”, su puesta en práctica quedaría limitada a un número muy reducido de casos.
Un sector de la comunidad cubana considera que ha concluido la época de los exiliados políticos, y que quienes vienen, y luego de más de un año comienzan a tramitar su visita a la isla, son en realidad inmigrantes económicos.
Claro que siempre cabe pedirle a quien piensa así que muestre sus zapatos. Y luego, si no los tiene rotos —como José Martí cuando vivía en Nueva York—, solicitarle que reconsidere su posición.
Pero más allá de consideraciones personales, vale la pena analizar la situación. Lo que existe en la actualidad son dos procesos inversos, que por décadas vienen gestándose.
Uno es la asimilación, que continúa. El otro tiene que ver con la permanencia de los vínculos con lo que se dejó atrás. No son procesos necesariamente excluyentes, pero por décadas se consideraron, sino opuestos al menos definitorios. Y esto es lo que ha cambiado.
Hasta la entrada en vigencia del cambio en la ley migratoria cubana, en enero de 2013, la salida de Cuba tenía un carácter definitivo, otorgado por el Gobierno de La Habana. Irse del país significaba una división tajante entre “los que se van” y “los que se quedan”. Ello no implicaba la ausencia de visitas a Cuba, pero reducía la cifra, además de los límites impuestos por los gobiernos republicanos.
Esa ecuación, en que la partida se definía como desarraigo, ha perdido su naturaleza absoluta para los llegados en los últimos años.
Lo que ocurre en estos momentos es que la separación ha dejado de ser tajante. Ahora los factores familiares ocupan la preponderancia que en una época tuvo la política. El quedarse a vivir definitivamente en el exterior ha pasado a ser una decisión personal que no implica el destierro, aunque en ella influyan o determinen factores políticos (la línea definitoria sigue siendo que se vuelve pero no se regresa).
Para quienes han llegado en los últimos años a EEUU, el camino hacia una nueva vida no elude la vuelta o el viaje más o menos constante al lugar de origen, porque tienen a su favor la geografía y el tiempo.
Ello conlleva una relativización de conceptos, que choca con el absolutismo que por décadas imperó en Miami. Lo que quieren los legisladores republicanos es buscar perseguidos políticos (en el sentido legal del término) donde no los hay.
El único argumento válido para cambiar la ley es decir que la situación en Cuba ha cambiado, lo que no implica un avance hacia la democracia.
Así que los legisladores republicanos cubanoamericanos se aferran a meter en el mismo saco una posición rígida y una situación cambiante. Una tarea nada fácil.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 25 de enero de 2016.

sábado, 23 de enero de 2016

Ayudando a la vecina


El exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg anunció que analiza presentarse como candidato independiente a las elecciones presidenciales si finalmente los nominados por los dos principales partidos son el republicano Donald Trump y el demócrata Bernie Sanders. Tiene dinero para ello, al igual que Trump, otro neoyorquino — planea gastar mil millones de dólares de su fortuna con ese fin, dijo The New York Times, que dio a conocer la noticia—, lo que no tiene es la menor posibilidad de triunfo.
Si a principios de marzo Bloomberg decide entrar en la competencia, ¿quiénes serían los ganadores y perdedores? El exalcalde ya dejó dicho los nombres que lo llevarían a tomar tal decisión, y la balanza se inclina hacia que el Partido Demócrata llevaría la peor parte si ello ocurre. Bloomberg está apuntando a Sanders, no a Trump. Y con ello Hillary Clinton sale ganando.
Los candidatos independientes en naciones con un fuerte bipartidismo por lo general no llegan al poder, pero le restan votos a ambos partidos principales. Y siempre es uno de estos dos partidos principales el que pierde más.
Ocurrió en Estados Unidos con la candidatura de Ross Perot y acaba de pasar en España con el surgimiento de Podemos y Ciudadanos. Claro que se trata de dos fenómenos políticos diferentes. Aquí hay una democracia con siglos de existencia, mientras que la española es muy joven. De momento en España existe la posibilidad de que uno de los dos nuevos partidos —Podemos en específico— alcance el segundo lugar e incluso en un futuro cercano llegue a la presidencia. También el fenómenos republicano ha sido por partida doble, así que ambos partidos principales perdieron electores. Pero lo que importa en este análisis es destacar que los terceros y cuartos partidos no salen del aire: se nutren de los votantes decepcionados con los otros ya existentes.
Una candidatura de Sanders inclinaría a más votantes centristas, dentro del Partido Demócrata, a votar por Bloomberg, que a republicanos, también menos apegados a los extremos, a optar por un independiente. Eso es lo que se ha visto hasta ahora, dentro del proceso de las primarias, en que los candidatos más centristas se encuentran muy rezagados en los sondeos.
La razón es muy sencilla. Sanders es un “socialista”, como él mismo ha señalado, y la palabra inspira respeto y —por qué no decirlo— miedo. No importa que socialismo y comunismo son dos conceptos distintos —histórica y políticamente— y que incluso como organizaciones políticas siempre han sido enemigos. En Estados Unidos la palabra “socialismo” es tabú para la mayoría del electorado. Al estadounidense promedio no le interesan los matices europeos y mucho menos le preocupa lo que ha ocurrido y ocurre allá, salvo cuando sucede un atentado terrorista, y entonces es por el temor de que pase aquí. Eso para empezar. Hay que agregar que el mal uso del término por parte de los comunistas —“Republica Socialista de…”— ha contribuido no poco a ello.
Así que lo más cercano a que se puede aspirar a un partido socialdemócrata en EEUU, es precisamente el Partido Demócrata; que por otra parte no es un partido socialdemócrata.
El modelo bipartidista estadounidense desde hace años está a punto de entrar en crisis, pero aún no ha ocurrido. Si el Partido Republicano pierde las elecciones es posible que se divida. Igual podría ocurrir con el Demócrata, pero es menos probable; aunque la fuerza que está alcanzando la campaña de Sanders también podría incidir en una crisis demócrata en caso de una derrota de Clinton.
Por lo pronto—y a la espera de los resultados en los caucuses y las primeras votaciones primarias— la idea de la nominación de Trump comienza a verse como una posibilidad para los republicanos.
Trump aún no cuenta con el respaldo del establishment republicano, ni siquiera con el apoyo público de un gobernador o legislador de su partido, pero empieza a verse, desde el punto de vista republicano, como un mal menor frente a Ted Cruz.
En resumidas cuentas Trump tiene fama de negociador —o de negociante, que para ellos es lo mismo, aunque no así en la realidad—, mientras que la de Cruz es de fanático.
A Cruz no lo quieren, entre los que aún manejan el Partido Republicano, ni a mil millas de distancia.
El problema con Cruz en el poder es que no solo destruiría lo poco que han hecho los demócratas en estos ocho años, por motivos diversos —tampoco es aquí la intención de tratar ese hecho—, sino también lo mucho que han hecho los republicanos en períodos anteriores, en cuanto a leyes, cambio de percepción sobre determinados fenómenos, etc.
Si no está de acuerdo con afirmación anterior, piense por un momento en lo que sería un gobierno de Cruz y lo que fueron ocho años de George W. Bush. Por supuesto que no estoy hablando de lo que considero errores políticos, estrategias administrativas fallidas o beneficios a unos pocos por encima de otros muchos —en cuyo juicio interviene la perspectiva ideológica—, sino del concepto mismo del gobierno como institución.
Cruz es, en última instancia, la anarquía y el fanatismo en el poder. Para él la ideología no es parte de la política, sino la política es solo ideología. Y lo que no destruya del conservadurismo tradicional, en caso de ser elegido, lo destruirá el que venga detrás luego de cuatro años, que entonces sí podría salir electo alguien más radical a la izquierda que lo que —en muchos casos injustificadamente— se teme de Sanders.
Pero lo que cuenta ahora, para ambos partidos, es ganar la elección de este año. Y la posibilidad de una candidatura independiente de Bloomberg llevará a los demócratas a inclinarse un poco más a favor de Clinton, que no ha perdido aún la condición de ser la “carta ganadora” para su partido. Si con Sanders ese triunfo resulta más difícil, con el exalcalde neoyorquino en el ruedo se torna casi imposible. Así que es posible que todo quede como un favor a la vecina que parece necesitarlo en estos momentos, y nada más.