jueves, 21 de diciembre de 2006

UN PROBLEMA DE PRIORIDAD


HAY QUE RECONOCER también que el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón, mencionó un punto importante al expresar su visión negativa sobre la posibilidad de un cambio en la política norteamericana hacia Cuba: la situación de Irak.
En la medida de que las condiciones en el país árabe empeoren y Raúl Castro siga conduciendo el proceso de sucesión sin obstáculos, Washington se limitará a mantener sin cambios su estrategia cubana.
Quiere esto decir que en el próximo año, de continuar Fidel Castro vivo —sobreviviendo durante esos “meses” que le ha otorgado la inteligencia norteamericana—, la política hacia La Habana se volverá más “doméstica” aún.
Los únicos “cambios” que podrán introducir los legisladores demócratas tendrán que ver con la asignación de fondos y no con un replanteamiento de la estrategia hacia el régimen de La Habana.
Las señales están por todas partes, desde la petición de una investigación congresional al funcionamiento de Radio y TV Martí hasta una revisión de la administración de los fondos destinados a la ayuda de los grupos disidentes en la Isla.
Este interés de varios legisladores demócratas —y también republicanos— en poner orden en una serie de proyectos que hasta el momento han brindado pocos resultados y consumido millones de dólares de los contribuyentes encierra un grave peligro político: los republicanos tratarán por todos los medios de destacar que el verdadero interés demócrata es minar los esfuerzos en favor de los opositores a Castro y pactar con el gobierno de la Isla.
Desde el punto de vista electoral, los demócratas pueden estar a punto de entrar en un campo minado: en vez de lograr poner en evidencia la incapacidad de la actual administración para poner en práctica una política efectiva, que contribuya a un cambio hacia la democracia en Cuba, cargarán con las culpas del fracaso. Tienen en su contra una situación que a primera vista resulta ventajosa: continuarán siendo el partido de la oposición, sólo que ahora con una cuota de poder tan grande que los hace partícipes de los errores.
Para los republicanos partidarios del recrudecimiento del embargo y las restricciones, el cambio en el Congreso tiene sus ventajas relativas: no cuentan los demócratas con el poder necesario para poner en práctica modificaciones sustanciales a una política que por décadas ha demostrado su inutilidad, pero al mismo tiempo sí pueden ponerle un freno a su desarrollo.
Desde ahora se conocen las justificaciones que una vez más saldrán a relucir: no es que el embargo no funcione, la cuestión es que no se aplica adecuadamente. Pasará poco tiempo antes de volver a escuchar que el problema radica no en una estrategia de aparente confrontación, que sólo sirve de justificación al régimen, sino en los obstáculos que los “partidarios de La Habana” no se cansan de elaborar para impedir el triunfo de la libertad en la Isla. De nuevo se esgrimirá el concepto de los intereses en favor de la negociación con el régimen y renacerán los ataques a los que buscan hacer riqueza a cuenta del sudor y la esclavitud de los cubanos.
Siempre ha existido cierta vocación “anticapitalista” en el llamado “exilio de línea dura”, que tiene su explicación ideológica en las afinidades con el franquismo y su vocación totalitarista. Nada más repetido en esta ciudad que las críticas a la fortuna de los políticos demócratas más notables —sea un Kennedy, un Gore o un Kerry—, mientras se aprecia la riqueza de los Bush.
De esta manera, el error del presidente George W. Bush al enfrascarse en una guerra inútil, cruel y costosa en Irak seguirá actuando indirectamente en favor del régimen de La Habana. Frente a este hecho, la importancia de Cuba es relativa, al menos mientras la amenaza de un éxodo masivo no pase de un temor más en una época de incertidumbre.

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