viernes, 4 de mayo de 2007

Censura política y censura económica


Todas las semanas surge en Miami un motivo para que ciertos instigadores de la opinión pública justifiquen su incompetencia cultural y política con nuevos llamados a la persecución. No merecen el título de intransigentes, porque su intransigencia es acomodaticia. Son mercaderes de la intolerancia, no verdaderos intolerantes.
Fracasados en sus aspiraciones de alcanzar el poder en Cuba, sueñan con que otros realicen su trabajo y se dedican a la caza de brujas, amparados en la inmadurez y la frustración desarrollados en un exilio demasiado largo y en la ilusión de poder del micrófono. Envenenan la imagen que como comunidad presentamos a nuestros vecinos.
Un grupo de censores con alma de verdugos ha lanzado un boicot contra el periodista Edmundo García, quien desde hace algunas semanas ha vuelto al aire con su programa La noche se mueve, en un espacio pagado en la radio. Han llamado a varios empresarios, y logrado que éstos retiren sus anuncios de un programa que se caracteriza por presentar una voz independiente y busca la diversidad en Miami.
No es la primera vez que Edmundo sufre este tipo de ataque. Cuando hace algún tiempo entrevistó a Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional cubana, para la televisión de esta ciudad, se ganó la repulsa del sector más ultraderechista del exilio. Hizo la entrevista de forma respetuosa, objetiva y firme. Pero no complació a quienes querían escuchar ataques, reproches e insultos en una simple entrevista. Al poco tiempo, fue dejado fuera del canal. Si mal no recuerdo, se alegaron razones de presupuesto y de programación. No se le criticó abiertamente por su labor, pero el resultado fue que quedó sin trabajo. Cualquier negocio tiene la potestad de escoger a sus empleados y toda empresa de divulgación y entretenimiento responde a razones de mercado y audiencia. No por ello se pueden eludir otras razones: un medio de comunicación cumple también un fin social.
Si entonces hubo la posibilidad de la sospecha y de una coincidencia desafortunada, ahora el ataque es frontal y directo: impedir que un programa independiente siga transmitiéndose. La censura económica es tan poderosa como la política. Al final, se busca el mismo resultado.
Nada más fácil que recurrir a la intimidación, cuando se cuenta con el poder necesario. La desinformación se une a la envidia. Se impone el desprecio al que tiene una opinión contraria. El rechazo a debatir las ideas, al tiempo que se menosprecia al individuo. Este recurso siempre ha sido un arma a la mano de los regímenes totalitarios o quienes pueden imponer su voluntad violando los derechos ajenos.
Para los que se han otorgado el papel de guardianes de la “pureza ideológica” del exilio, para los perseguidores de quienes se apartan de sus parámetros a la hora de definir el anticastrismo, quienes critican las medidas hacia Cuba adoptadas por el gobierno del presidente George W. Bush son agentes de Castro. Los alienta la censura y la mezquindad de establecer una opinión única. No se detienen ante credenciales, trayectoria e historia laboral del “acusado”. Para ellos la sentencia siempre antecede al veredicto.
En muchas ocasiones, los cubanos nos dejamos seducir por una jerarquía invertida, que sobrevalora nuestra esencia no por sus méritos sino como una pantalla que nos impide ver, o que se divulguen, nuestros errores.
El desprecio a la inteligencia del ciudadano se encubre con expresiones altisonantes. Las emociones se explotan para doblegar a los que desacatan y satisfacer a quienes disfrutan de la comodidad en el rebaño. Los conceptos religiosos de culpa, pecado y arrepentimiento se convierten en fórmulas inquisitoriales para doblegar a quienes se apartaban de una línea impuesta por quienes desde hace años controlan determinadas parcelas de la opinión ciudadana. Sujetos que se disfrazan de guías y representantes de la comunidad exiliada, y no son más que censores de café con leche, que exigen castigos, arrepentimientos y retracciones.
La repetición de conceptos ideológicos gastados se intenta renovar en los ataque personales. A falta de argumentos, recurrir a la mentira, omitir los detalles, esquivar los matices. Al lado de las historias de éxitos empresariales, los triunfos en el arte y la cultura y los logros políticos de la comunidad exiliada, una trastienda que se prefiere pasar por alto. Las luchas intestinas entre los diversos grupos, los ajustes de cuenta y los atentados dinamiteros. Se intenta eliminar los cambios creados por las diferentes avalanchas de exiliados bajo el manto de la batalla por la libertad de Cuba. Se habla de luchar por la libertad de expresión en la isla, sin el menor pudor a la hora de pisotearla en Miami.

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