sábado, 11 de agosto de 2007

Angulo de reflexión

Me había prometido no escribir, al menos por un rato, sobre Fidel Castro. Si hoy lo hago es por la tentación fácil de aprovechar el lado más débil del enemigo. No es el gobernante, que no lo es, lo que me interesa, sino el escritor al que siempre aspiro y nunca ha logrado lo que posibilita esta venganza tonta aunque no estéril. No puedo decir que no lo intentó. Su fracaso —él siempre victorioso— en este terreno me hace sentirme cómodo. He visto como una tras otra sus “reflexiones” han servido para el alarde de la falta de talento de cuanto comentarista mediocre y oportuno ha querido en Miami hacer leña del árbol caído. Se lo merece, al igual que la anterior frase manida. Nadie ha dedicado una frase al intento agónico del gobernante por mostrar al menos un mínimo de destreza, ni siquiera los torpes y gastados juegos de palabras, exhibidos sin pudor alguno en los escritos reproducidos por Granma y Juventud Rebelde han servido de estímulo.
Al principio de la crisis pensé en la posibilidad de que todo no fuera más que un intento de escritura mayor: transformar la situación del país en un guión, trama novelesca, ensayo de un crimen. Veo, decepcionado, que no ha resultado así. Cuando Castro levantó en el aire una máquina de escribir, para luego hacerla pedazos contra el suelo durante el Bogotazo, selló su destino como escritor. Lo demás no ha sido más que conocer a retazos esa tragedia.
En un artículo reciente, Norberto Fuentes le recuerda las limitaciones de la palabra escrita para un hombre de acción. Creo que por piedad no menciona la definición mayor que el gobernante podría haber alcanzado en el momento definitorio de la trascendencia: la retirada a tiempo, el dejar a otros el enfrentar todos los descalabros y errores. No soy político y no me convencen las razones de las obligaciones y las lealtades partidistas ante la nación. En cualquier caso, en el caso de Fidel Castro no las interpreto más allá de un aferrarse inútil al poder que se le escapa, que ya escapó de sus manos.
Celebro en Norberto la lucidez general del análisis y vuelvo a no compartir su advertencia a Raúl ante lo que el considera un posible suicido político —que yo considero una esperanza— y esa fidelidad que él sabe desde hace años que nunca he profesado. Por encima de esas diferencias conocidas, hay un objetivo común en no dejarse sojuzgar por la ramplonería de Miami y la venganza inútil.
Fidel Castro, salvo sorpresas futuras ahora poco imaginables, nunca pudo llevar a cabo una obra literaria. Los versos, si es que existen. quedarán en los cajones. La autobiografía sin comenzar. Lo que es pero, usurpada por el propio Norberto. Las memorias habrá que buscarlas en miles de discursos y entrevistas y al final sólo se podrán rescatar algunos párrafos, en libros como el de Ramonet, del que se apoderó por derecho propio. La idea literaria ha seguido persiguiéndolo. Sueña con reencarnar como escritor y no se resigna al destino más vulgar de líder continental y gobernante perpetuo. Es cierto que la obra aún no tiene un final. Su autor no lo ha escrito y en su lecho de convaleciente se detiene ante los posibles resultados. Pero en estas páginas casi postreras que ha escrito o dictado en los últimos meses hay poco o nada de valor: una vez más, el político ha anulado al escritor. Sólo queda la sospecha —por no decir la certeza— que la falta de talento persiste enmascarada en un afán por decir que aún está vivo, que decide destinos, aunque éstos sólo sean los de un par de boxeadores. Durante años, innumerables promotores, comentaristas deportivos, matones y simples entrenadores de gimnasios han hecho lo mismo, sin detenerse a pensar en la trascendencia.
La mezcla de escatología y heroísmo que al principio tuvo la trama de la sucesión ha quedado reducida a sus niveles más bajos. De la similitud a una obra de Shakespeare apenas quedan los parlamentos de los conspiradores. Destino personal y destino revolucionario, unidos en una misma figura, abolidos en una lucha por el poder casi invisible. La angustia de morir, fundida con el temor de que la revolución pueda ser destruida, convertida en una sucesión anodina y aburrida. El anticiparse a esa destrucción, abolir el destino con el paso audaz de echarse a un lado —pero sólo provisionalmente, para poder contemplar la reacción de los otros— malgastada por una mala jugada de los intestinos. Al final, sólo una conclusión pueril: la vida es una mierda.
Vea el artículo de Norberto Fuentes, Absorbido por la sombra, aquí.
Fotografía: una cubana plancha en su casa de La Habana, junto a una pared con retratos de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara (Stringer/AFP/Getty Images).

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