miércoles, 15 de agosto de 2007

Equilibristas del antirraulismo


Dos enfoques distintos, y dos peticiones contradictorias, han circulado esta semana en Miami, con el objetivo de no permitir un gobierno de Raúl Castro. Hablo por supuesto de argumentos hablados y escritos, no de acciones concretas. Algo que no los disminuye, pero sí los coloca en un campo preciso. De la retórica del exilio trata este comentario.
El primer argumento fue formulado por el ''profesor'' Ramón Bonachea, en el programa la Mesa Redonda de Radio Mambí, un espacio a cargo del director de la emisora, Armando Pérez Roura.
Bonachea abogó por un golpe de Estado en Cuba, puesto en práctica por militares jóvenes, que posteriormente cediera el poder a un gobierno civil. El hecho de que una emisora radial de formato comercial norteamericana haga un llamado público a una acción violenta contra un gobierno del área creo que sólo es posible en Miami. Viene ocurriendo desde hace años. Es más, en otras ocasiones este señor ha incitado a la realización de actos terroristas en la isla, como arrojar puntillas o tachuelas en las gasolineras.
El segundo análisis que quiero comentar es When Should the U.S. Change Policy Toward Cuba y aboga por el mantenimiento, sin cambio alguno, de la política norteamericana hacia Cuba. Fue realizado por el abogado Jason Poblete y por Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami (ICCAS).
Desde hace años, los estudios, ensayos y artículos de Suchlicki carecen de rigor académico. Su objetivo es fundamentar -o justificar- la línea política que representa al sector más tradicional del exilio, el mismo que ha elegido a los tres representantes cubanoamericanos por la Florida y al senador estatal republicano de igual origen. En este sentido, resulta válido igualarlos a los breves comentarios de Pérez Roura.
Este último análisis del ICCAS plantea que desde la era Ford/Carter, la política norteamericana hacia Latinoamérica ha enfatizado la democracia, los derechos humanos y los gobiernos constitucionales. Con este objetivo, incluso han intervenido militarmente en algunas naciones naciones del área: Ronald Reagan en Granada, George Bush Sr. en Panamá y Bill Clinton desembarcó marines en Haití. Mientras que esta política no ha sido aplicada con igual severidad en todo el mundo, según Suchlicki en Latinoamérica sí se ha cumplido al pie de la letra.
Las incongruencias del razonamiento se hacen evidente desde el tratar a los gobiernos de Ford y Carter como un conjunto, en lo que respecta a Latinoamérica. Si bien se atribuye a la administración del primero la firma de los Acuerdos de Helsinki con la Unión Soviética, las dictaduras militares latinoamericanas continuaron durante la época de Ford, aunque bien es cierto que ya con anterioridad, incluso en algunos casos desde el gobierno de Nixon, el Departamento de Estado no se mostraba tan dispuesto a mirar hacia otro lado frente a las torturas y crímenes. En realidad, el interés aquí es restarle importancia en este terreno a la figura de Carter, quien despierta pocas simpatías en La Pequeña Habana.
A partir de ese enunciado, los hechos siguen torciéndose a la voluntad de los autores. Entre los argumentos ofrecidos para justificar la invasión de Granada, el retorno a un gobierno democrático ocupó menor espacio que el supuesto peligro que enfrentaban los estudiantes y ciudadanos norteamericanos en general residiendo en el país, el peligro de la alianza entre la isla caribeña y Cuba y la hipótesis de que el aeropuerto en construcción significaba una amenaza militar. En igual sentido, el narcotráfico figuró en un lugar más prominente que los valores democráticos en la invasión a Panamá. Sólo en el caso de Haití puede hablarse de un interés fundamental en restaurar un gobierno elegido en las urnas.
Por otra parte, el análisis prescinde del caso Irán-Contra, lo ocurrido durante el conflicto nicaragüense, cuando Washington brindó ayuda militar a una de las partes, y todo lo relativo al intento de golpe de Estados en Venezuela, durante el primer gobierno de Hugo Chávez. Esto es para citar algunos ejemplos.
Pero si apoyamos el punto de vista de Suchlicki, no nos queda más remedio que rechazar la posición de Bonachea. Un golpe de Estado en la isla, que ponga fin al gobierno de los Castros, debe ser repudiado por Washington.
Lo lamentable es que se pueda hacer una comparación entre ambos planteamientos. Una y otra vez, When Should the U.S. Change Policy Toward Cuba repite simplificaciones y lugares comunes que limitan el texto a la categoría del habla confusa y la vocinglería de Radio Mambí.
Fotografía superior: un equilibrista actúa en el Palacio de los Pioneros, durante una celebración del cumpleaños de Fidel Castro (Sven Creutzmann/Mambo Photo/Getty Images).
Fotografía izquierda: una imagen de Fidel Castro en una panadería de La Habana (Adalberto Roque/AFP/Getty Images).
Fotografía derecha: un barrendero lee la edición del 13 de agosto de 2007 del diario Trabajadores, que trae un artículo sobre Fidel Castro (Adalberto Roque/AFP/Getty Images).

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