jueves, 9 de agosto de 2007

Reduccionismo en Miami


Es posible que uno o todos los miembros del grupo musical Porno para Ricardo hayan consumido drogas en algún momento. Hay un periodista de The Miami Herald que enfrenta cargos por supuestamente solicitar sexo oral a una prostituta. Este niega la acusación.
Pongo estos dos ejemplos, con todas las condicionales posibles en los párrafos, porque no tengo certeza alguna de que los actos se cometieran. Debo agregar que considero estas conductas dentro de los aspectos personales, en los que las decisiones personales deben pesar más que las sociales; aunque por lo general la sociedad se inmiscuye en ellas y se considera delito en unos países, y determinadas épocas, lo que en otros no lo es.
En Miami, sin embargo, se ha encontrado una fórmula para juzgar todo tipo de comportamiento: de acuerdo a criterios políticos. O mejor aún: según las opiniones de un grupo dominante.
De esta forma, periodistas y medios de prensa alaban a los músicos como abanderados de una rebelión en la isla y comentaristas radiales consideran al periodista un depravado sexual (Ninoska Pérez Castellón, en su programa de las tres de la tarde por Radio Mambí, lo llamó un pervertido sexual). En ambos casos, nos enfrentamos a una curiosa contradicción. Se admite o rechaza lo que era común o prohibido en la Cuba que se añora y desea volver a establecer en la isla: mientras la prostitución no estaba prohibida, el consumo de drogas sí era penado.
La contradicción desaparece cuando se aclara que los patrones que guían a este sector aún dominante en la opinión pública de Miami no son ideológicos sino políticos. Quiere esto decir que carecen de un conjunto de ideas fundamentales y no se guían por doctrina alguna. No son anticastristas, conservadores y republicanos, en un sentido doctrinal. En su lugar, se han fabricado sus versiones propias que asumen como absolutas: ellos dicen representar el anticastrismo, el pensamiento conservador y la ideología republicana. Cuando alguien no cuadra a sus intereses, surgen los ataques. Aquí reside su intransigencia, y no en mantener una posición ''vertical'', como afirman, frente al régimen de La Habana.
Portadores del poder por razones temporales (fueron los que llegaron primero), nada temen más que al paso del tiempo y las nuevas generaciones. Este temor, por otra parte, sólo evidencia una limitación intelectual. Rechazar el devenir, aunque humano, sólo lleva a la amargura. Más que aferrarse a una batalla contra los más jóvenes, lo que hay que entender es que esta ciudad se está produciendo un cambio que se refleja en un número creciente de residentes que piensan con criterios independiente, aunque aún no se puede hablar de mentalidad imperante, ya que no existe voluntad alguna de compartir aunque sea una mínima parcela de poder, por parte de quienes administran o ejercen la fuerza local, en cualquiera de sus manifestaciones.
La capacidad de este grupo para ejercer la fuerza -una de cuya acepciones es el acto de obligar a alguien a que asienta a algo, o a que lo haga- sólo es moderada en esta ciudad por razones exteriores a éste: el vivir en Estados Unidos. De ahí que el reclamo de sus miembros, al afirmar que aquí se practica sin perjuicio la difusión de una pluralidad de opiniones, resulta cuanto menos hipócrita. Es cierto que en Miami hay libertad de expresión,para quienes difieren de la línea del exilio histórico, al menos en ciertos sectores y durante determinados momentos, pero siempre hay que agregar que este beneficio existe pese a la voluntad de quienes cuando llega el caso lo reclaman como una virtud propia.
El extremismo, el reducirlo todo al ''estás conmigo o en mi contra'' ha imperado por demasiado tiempo entre los cubanos. Luchar contra esta tendencia es también reconocer que esta ciudad no es una isla, sino parte de una nación democrática. Algo a no olvidar y tomar de guía.
Fotografía: un carretón con un caballo y un bicitaxi circulan por una calle de La Habana, Cuba, el 7 de agosto de 2007 (Alejandro Ernesto/EFE).

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