martes, 9 de octubre de 2007

Desperdicio o reforma


El problema fundamental que encara el gobierno cubano y sus economistas, ante la necesidad de llevar a cabo reformas que alivien la crítica situación del país, es la respuesta a una pregunta: ¿puede permitirse la actividad privada, aunque sea en una escala reducida, sin poner en peligro la sociedad socialista? O dicho con las palabras de János Kornai: ¿es reformable el socialismo?
Kornai encontró que la interrogante sólo admitía una respuesta negativa. Llegó a esta conclusión a partir de los principios más elementales del marxismo-leninismo, y cuando la formuló en 1990 no estaba abogando por el mantenimiento de ese sistema, sino simplemente evaluando los hechos. Al utilizar los términos de la economía marxista-leninista, se refirió a la conclusión clásica de que la pequeña propiedad mercantil engendra capitalismo, de forma constante y sin detenerse. “Lenin tenía toda la razón. Si una sociedad permite que haya un gran número de pequeños productores de mercancía, y los deja acumular y crecer con el tiempo, tarde o temprano surgirá un genuino grupo de capitalistas”, afirma Kornai. El problema, en el caso cubano, es que tampoco se pueden eludir otras dos preguntas. La primera lleva a cuestionarse si realmente existe socialismo en la isla y la segunda se reduce aún más: ¿Qué hacer entonces?
Para los efectos de este comentario, debo dejar a un lado, en la medida de lo posible los aspectos políticos del tema (algo que también hace Kornai). No es suficiente. También tengo que poner en un paréntesis momentáneo las cuestiones ideológicas y por supuesto todo lo relativo a la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho. Sólo agregar que, pese a lo que formulan algunos neoliberales, no es necesaria la democracia para lograr el bienestar económico. Esa ilusión, esgrimida con fuerza tras el fin de la guerra fría, tuvo poco porvenir. Hoy China y Rusia avanzan hacia el desarrollo económico y ganan cada vez más en importancia como naciones poderosas, sin preocuparse en lo más mínimo por incrementar los derechos ciudadanos, salvo en lo que respecta a ciertas libertades económicas para determinados grupos. No hay una correlación directa entre libertad económica y libertad del individuo en un sentido pleno.
La respuesta a si existe realmente socialismo en Cuba también es negativa en un sentido económico, a partir del hecho de que desde hace varios años subsisten dos modelos económicos en el país: uno fundamentado en la propiedad privada y otro tradicional, que se fundamenta en los medios de producción estatales. Con un éxito relativo, el régimen de La Habana ha logrado mantener separadas estas dos esferas hasta cierto punto, con una estrategia dirigida tanto a reducir la esfera de producción privada nacional autorizada durante el llamado “Período Especial”, como a concentrar la inversión extranjera y las empresas conjuntas con capital privado (extranjero) a un número limitado de grandes corporaciones en sectores que, siendo fundamentales a la hora de obtener ingresos, pueden ser mantenidos hasta cierto punto “aislados” de la población en general: la minería y el turismo, por ejemplo. Las principales víctimas de esta estrategia han sido tanto el cuentapropista como el pequeño empresario extranjero. La estrecha colaboración con el gobierno del presidente venezolano Hugo Chávez ha sido un factor clave en lograr este objetivo.
La solución adoptada, sin embargo, encierra una debilidad que sin hacerse pública subyace en todo el replanteamiento de la situación del país que en la actualidad se lleva a cabo, tras el discurso del gobernante interino, Raúl Castro, en el discurso por la conmemoración del 26 de Julio. El reconocimiento de que Cuba no ha salido del Período Especial es un llamado a volver a enfrentar el problema.
Hablar de la situación actual en la isla implica el reconocimiento de que se han producido cambios en la isla. Estos cambios no han sido dirigidos por el gobierno, sino espontáneos. No por ello son menos importantes. Uno de los principales es precisamente que se ha detenido el proceso de “vuelta atrás” en que estaba empecinado el gobernante Fidel Castro durante los últimos meses antes de verse obligado a delegar el poder por razones de salud. Otro es el de permitir, dentro de determinados moldes, la formulación de críticas y las opiniones en favor, precisamente, de “reformas”. El tercero, y no menos importante, es el intento aún limitado de limitar la esfera burocrática nacional. En este último —incluso anticipado en cierta forma por el propio Fidel Castro— radica una contradicción fundamental a la que se enfrenta Cuba y por la que pasaron la desaparecida Unión Soviética y los países de Europa del Este antes de que desapareciera el socialismo en ellos: al igual que el sector privado crece de forma “espontánea” y más allá de lo previsto cuando se posibilita la menor reforma, la burocracia —que “es también resultado espontáneo y natural de la economía socialista”, según Kornai— aumenta a pesar de los sinceros esfuerzos por reducirla.
En la práctica son dos modelos de supervivencia en competencia. Las economías socialistas clásicas, prereformistas, combinan la propiedad estatal con la coordinación burocrática, mientras las economías capitalistas clásicas combinan la propiedad privada con coordinación de mercado. “Estos dos casos simples pueden considerarse modelos históricos de referencia”, de acuerdo al ensayista húngaro.
Uno de los aspectos negativos de la mezcla de ambos sistemas en una misma nación es el aumento del desperdicio de recursos. Mientras que un sector privado vive constantemente amenazado en un sistema socialista, al mismo tiempo se beneficia de un aumento relativo de ingresos al poder fácilmente satisfacer necesidades que sector estatal no cubre, pero estos artesanos o propietarios de restaurantes no tienen un mayor interés en cultivar a sus clientes y tampoco en acumular riqueza y darles un uso productivo, debido a que la existencia prolongada de su empresa es bastante incierta, sino que en la mayoría emplean sus ingresos en un mejoramiento de su nivel de vida mediante un consumo exagerado. Esta actitud y conducta no difiere de la del burócrata que sabe que sus privilegios y acceso a bienes y servicios escasos dependen de su cargo.
Es por ello que Kornai destaca que si bien “la propiedad estatal y privada pueden coexistir dentro de la misma sociedad. Sin embargo, en los ambientes político, social e ideológico de los países de socialismo reformista ésta es una simbiosis incómoda plagada de aspectos imprácticos”.
A este problema se enfrenta el gobernante interino Raúl Castro, al tratar de busca una mayor eficiencia en la economía nacional. Tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran contra esa eficiencia por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado, en igual o mayor medida obedece a un control burocrático. Por su parte, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos principalmente, en el caso de Cuba.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y concederle mayor espacio a las actividades legales, de forma legal y dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual. Sólo que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la burocracia. Esto es lo que algunos temen en la isla y otros ansían. En la lucha entre estas dos fuerzas se decide en gran parte el futuro del país.
Fotografía: una cajera inspecciona un peso convertible en La Habana, en esta foto del 2004 (Adalberto Roque/AFP/Getty Images).

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