jueves, 4 de octubre de 2007

Diáspora y culpa


En su ensayo No se invita particularmente, Jorge Ferrer analiza el concepto de diáspora, y señala lo que para mi es uno de sus aspectos fundamentales:
''La Diáspora presupone una expulsión en origen. Pero esta última, en la tradición judía, tiene una causa asumida con carácter fundante del Después redimido: el incumplimiento del pacto, la desobediencia de la Ley. Para los judíos, la Diáspora es el castigo que se inflige a un Israel pecador. No es un castigo irreversible, porque una vez que Israel retorne a la obediencia de Dios será perdonado. Y esa reversibilidad requiere la vocación de expiar la culpa, con la misma fe en los detalles imponderables, en los pequeños detalles apócrifos, que nos enseñan las fabulosas hagiografías de Jacobo de la Vorágine''.
En el caso cubano, la diáspora (prefiero usar la palabra en minúscula, para intentar despojarla —y diferenciarla— de su carácter bíblico, aunque no con mucho éxito: hay una raíz común) nos pertenece, porque en la partida hubo culpa y persiste el desarraigo.
Es en La Habana que se empieza a hablar de diáspora, a finales de los años ochenta. Con la literatura adquiere el pasaporte a la fama: los escritores de la diáspora. Antes hay el ensayo de la neutralidad: hablar de la comunidad cubana en el exterior, pero referido a quienes viven en el sur de la Florida.
Ferrer es más preciso en su ensayo, que forma parte del libro Cuba y el día después: ''Nunca se usó la palabra 'diáspora' en los discursos políticos y culturales cubanos con la asiduidad con la que se lo viene haciendo desde principios de los años noventa —aunque parece ser que ya Calvert Casey la usaba para denunciar la desbandada inicial—''.
La diáspora abarca toda la geografía. Hubo que inventarla para no mencionar al exilio y para no hablar de Miami, o al menos para restarle importancia.
A partir de entonces surge una terca batalla de ciegos y sordos. Muchos exiliados se niegan a verse incluidos bajo tal sombrilla y en Cuba la palabra forma parte del oficialismo con una ignorancia contundente.
En el concepto de diáspora hay cierta revancha como telón de fondo, porque en muchas ocasiones los cubanos nos negábamos a reconocer a los judíos, y los llamábamos ''polacos''.
Fue en Cuba donde se apropiaron de una palabra hebrea. Es en el exilio de Miami donde nace la identificación con el pueblo judío. Cuando La Habana comenzó a hablar de diáspora, tuvo por propósito el ignorar a Miami.
Ferrer es aquí también más preciso que lo que yo había escrito con anterioridad: ''El que nos hayamos reconocido en una tradición, sobre todo si lo hacemos a última hora, no es garantía de que pertenezcamos a ella en propiedad. Las tradiciones, como las coartadas, se construyen para salvarse. Inscribirse en una implica ganancias gravosas. En el caso que nos ocupa se trata de asumir también la culpa originaria sobre la que se levanta una promesa de redención. Insisto: la Diáspora está sancionada por el texto fundacional de esa cultura judeocristiana a la que los cubanos, en efecto, pertenecemos. Pero es menester recordar que nombra algo más que un mero desplazamiento: es una palabra que alude a un merecido castigo que se debe vivir a un tiempo como realización de un destino, como expiación y como tránsito''.
Cuando en Miami se rechaza la palabra, hay la intención declarada de proclamar a la ciudad como el sitio temporal de la nueva Jerusalén, la Tierra Prometida, el comienzo que algún día se trasladará a la isla.
Los inmigrantes errantes tienen en algún momento que volver la mirada hacia el centro vital que es el punto de partida.
Hablar de exilio puede resultar peligroso en Cuba, hablar de diáspora no.
Sin embargo, la diáspora es un concepto subversivo: implica expulsión, tiranía, ocupación extranjera, despotismo cultural y religioso y la esperanza del regreso. El exilio es simplemente oposición política.
Los exilios son tristes. La diáspora es esperanza.
El exilio es una idea fija. La diáspora siempre movimiento.
La patria o la falta de patria crean la diáspora. Esta implica el renacimiento de lo perdido.
El exilio es fácil de combatir, porque representa al enemigo en retirada. La diáspora se expande y no se logra abarcar nunca.
El exilio anticastrista desaparecerá algún día y vendrán otros exilios. La diáspora es eterna: ave fénix, el cubano errante, viaje de ida y vuelta, el adiós que guarda la memoria.
Fotografía: mural de La Calle Ocho en La Pequeña Habana, en esta foto del 22 dea gosto de 2007 (Alan Díaz/AP).

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