jueves, 4 de octubre de 2007

Elogio de la cordura


El presidente de Bolivia, Evo Morales, ha reafirmado lo que todo el mundo sabe: que el gobernante Fidel Castro no puede, por razones de salud, volver a ejercer el poder a plenitud.
Enunciado así, de esa forma supuestamente impersonal y fría, resulta fácil de asimilar. Pero el enunciado es engañoso. Creo que a todos nos cuesta —o nos ha costado— trabajo admitirlo en su raíz elemental y hasta cierto punto monstruosa. Imposible asimilar una partida así sin mucha gangarria. Y gangarria es lo que ha sobrado, pero mal dirigida y sin cabeza: apuntando hacia cualquier parte, tratando de lograr ganancia en río revuelto. Pero es que no se ha producido la revolución en el río y todos se han quedado con la boca abierta, esperando ver saltar los peces y éstos que no aparecen y cada cual persiste en quedarse en la orilla, por aquello de quién sabe si aún no es demasiado pronto.
La realidad es todo lo contrario, que es demasiado tarde y aunque nos lo habían advertido pocos hicieron caso. Ahora sencillo y sin rodeos. Fidel Castro ha cedido el poder absoluto a su hermano Raúl y sólo falta una proclama oficial que lo ratifique y si no lo han hecho es que maldita la falta que les hace. Todos lo hemos admitido, desde el presidente norteamericano y el Departamento de Estado hasta el locutor más privilegiado de Miami. Lo demás es pataleo y arrastrarse por el piso buscando centavos. Algunos no van a estar de acuerdo. Dirán que no son centavos sino millones de dólares. Pero eso no es nada al lado de una isla que se les escapa, que se les escapó hace años.
Así que el Directorio Democrático Cubano puede seguir colgando sus fotografías de un par de infelices en La Habana, puede también seguir apareciendo uno que otro reportaje impreso del último sainete local en que alguien se olvidó encender la luz (¿o fue hecho a propósito: perdón por las faltas de ortografía, es que escribo a oscuras?) y los oportunistas de siempre, de aquí y allá, continuar abrazados al sartén.
Conclusiones elementales:
-La disidencia está en peligro de extinción, de acuerdo a los vaticinios más optimistas.
-El régimen de La Habana realiza desde hace meses una exitosa ofensiva diplomática.
A todos los países menos uno lo único que le interesa es ver la manera de mejorar las relaciones con la isla, y si pueden cobrar algo de la deuda externa, si es que la tienen y de lo contrario no dudan en adquirirla.
-El país que con arrogancia ha optado por mantenerse al margen de ese proceso enfrenta tantos problemas, que nadie con sentido común apuesta que de aquí a un año seguirá siendo el mismo país. Es decir, que está ante la disyuntiva de cambiar o perderse aún más en la decadencia.
-La contrapartida histórica y geográfica a la isla se encamina sin remedio a dos destinos igualmente mediocres desde el punto de vista político —y conste que lo considero una bendición—, que son adaptarse a los tiempos y convertirse no en otra isla —que lo ha sido durante mucho tiempo— sino en un parque temático: fósiles políticos, un jardín donde pastan algunos dinosaurios, corrales casi desiertos, uno que otro teatro bufo de obras carcomidas: espectáculos rentables, pero sin trascendencia. Una recomendación pertinente al visitante: no se olvide pasar por el museo de figuras de cera, con personajes eternos y renovables: el defensor de los derechos humanos en congresos internacionales (los pasajes de avión se cambian cada semana), el “profesor” ofrece conferencias cada los lunes, los censores de libros con piras incendiarias de fuego natural, terroristas altaneros dispuestos a contar sus experiencias, políticos de todos los tamaños y uso (si son corruptos la entrada cuesta el doble), educadores con o sin traje de presidiario, desertores diarios en vivo y en directo, especialistas en amenazas biológicas para todos los gustos y zarzuela especial cada viernes, con coro al aire libre, frente a famoso restaurante y cafecito incluido en el boleto.
-Armarse de paciencia, no confiar mucho en las reformas y llegar al convencimiento de que el camino es largo y difícil: un lugar común que sólo se justifica —apenas— en esta ciudad.
Por lo demás, este comentario no vale lo suficiente para ser incluido en ese carnaval de esperpentos. Tampoco lo intenta.
Fotografía: el exiliado cubano George Miranda en su casa de La Pequeña Habana, en cuya parte trasera tiene un taller para pintar y fabricar muebles. Miranda llegó al exilio procedente de Cuba en 1960. Foto del 13 de febrero de 2007 (Al Díaz/The Miami Herald).

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