miércoles, 10 de octubre de 2007

Una segunda oportunidad perdida


Todo emigrante que que tiene la esperanza de lograr en el exterior lo que no ha conseguido en su patria puede sufrir un choque. Es el encuentro cuando descubre que siempre queda algo más allá del placer del triunfar —por pequeño y transitorio que éste sea—, y es intentar que se haga justicia.
La justicia no sólo como castigo frente a lo mal hecho, sino como recompensa al justo.
Abandonarlo todo y empezar de nuevo es un acto de reafirmación. Para muchos cubanos —y quiero creer que este principio se ha mantenido a través de varias generaciones—, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras de la patria como un regreso a los principios fundamentales. En ese recorrido doble debería quedar fuera —y si no ocurre uno debe luchar para lograrlo— todo lo que quedó atrás y no servía. A partir del momento de la salida, hay que intentar que cualquier triunfo futuro no sea obra del engaño. En Miami esto no resulta fácil. No niego que iguales dificultades se presenten en cualquier otra ciudad, pero me limito a las de aquí no sólo porque son las que mejor conozco, sino por la vinculación única que tienen con la política: un vínculo que acerca a Cuba y Miami. Es la política —o mejor decir: la conveniencia política— lo que determina el éxito. De nuevo tengo que aclarar que es una visión personal, no por ello deja de ser compartida.
En muchos casos actuar “de forma correcta” en Miami no es regirse por principios. Es acomodarse a la situación. Conocer las reglas del juego. No con el fin de cumplirlas. Lo importante es saber cuándo resulta el momento adecuado para violarlas impunemente. No se trata de jugar bien. Lo único que se deben conocer son las trampas. Cuáles son permitidas y cuáles no. En qué momento poner una zancadilla a otro jugador y en qué momento esquivar el que se la pongan a uno. Saber además cuándo permitirla. El instante adecuado para caerse antes del golpe.
Siempre queda el dedicarse a la protesta. Pero protestar es una trampa más. Que algunos saben muy bien como esquivarla. Los que son torpes se limitan a no protestar. Cuando se cuenta con un mínimo de habilidad se entra en el juego de la protesta: hacerlo en el momento adecuado en que se ve bien a los que protestan o escoger los temas sobre los cuales la protesta es saludada con entusiasmo.
Desde el punto de vista político, todo este juego y rejuego es fácil y conveniente. Hasta cierto punto, la ciudad está en manos de los batistianos. Fueron los que llegaron antes —algunos de ellos con dinero—, iniciaron los primeros negocios y establecieron los vínculos políticos necesarios para que esos negocios salieran adelante. Después vinieron otros que no eran batistianos, pero que estaban dispuestos a olvidarse de que sus nuevos vecinos eran los responsables de que todos estuvieran allí. Se creó el mito de que Castro los había engañado.
Dije que los batistianos —o al menos buena parte de los batistianos y de los hijos de los batistianos— son dueños de la ciudad. Aunque en el fondo no se trata de una conquista, sino de una apariencia. Estos se levan a diario para aparentar ser los dueños de la ciudad. Porque la ciudad nunca ha dejado de ser norteamericana. Batista es una cuestión de los cubanos. Los americanos no se sienten responsables de lo que ellos contribuyeron a crear. Hablar mal de Batista es hacerle un favor a los batistianos, que entonces pueden representar el papel de víctimas. Nada despreciable esa ayuda.
Ayudar a los batistianos fue durante años una de las razones principales para que Miami siquiera creciendo. Cada día llegaban más exiliados. Primero los que tras irse Batista habían luchado contra los ganadores, después los que ganaron para al poco tiempo perder y luego los que volvieron a ganar y acabaron perdiendo. No llegaron como perdedores. Traían unas ganas inmensas de intentar ganar de nuevo. Más motivos para que los batistianos pudieran repetir una y otra vez su papel de víctimas. Sólo que ahora otros reclamaban que en realidad las víctimas eran ellos. Todos querían ser víctimas. Pero nadie quería ser un perdedor.
El diferenciar a diario entre ganadores y perdedores en Cuba alimenta los odios del exilio. También carece de sentido. Al poco tiempo de vivir en Miami, algunos exiliados comienzan a darse cuenta de que algo no anda bien. Lo que al llegar creían que era una reafirmación comienza a agrietarse. Puede que al principio no se den cuenta.
Si el paso al exilio es un viaje a las antípodas, resulta lógico que los que allá estaban arriba aquí estén abajo. Que los triunfadores en el otro extremo fueran los fracasados en éste. Que quienes alimentaron el error ahora sufran las consecuencias.
Equivocado. Acabar con el castrismo parecer ser la razón de existir de Miami. Al menos, eso es lo que escucha y lee por todas partes. Pero también había otra realidad, que no se dice a diario pero tampoco se ocultaba.
Por una época esta realidad fue incluso más evidente. Por entonces se veía a diario en los noticieros. Ahora ocupa la mayor parte del tiempo en los programas de televisión nocturnos, que cuentan con la participación de invitados. Se ha pasado de la noticia al sainete.
En la época en que eran noticia, si desertaba un funcionario del régimen su figura aparecía en los noticieros y las páginas de los diarios. Si llegaba un preso político más, sólo se enteraban los familiares. Si el inmigrante era alguien que se había negado a militar en las filas del Partido Comunista —y a desempeñar funciones de responsabilidad en favor del régimen—, las posibilidades de encontrar empleo dependían de su suerte. Si se trataba de un funcionario más o menos importante, lo más probable era que al poco tiempo contara con las relaciones suficientes para procurarse un buen salario. Si alguien llegaba al exilio, luego de publicar varios libros en Cuba, era recibido como un escritor —no importaban las alabanzas a Castro y a la revolución que contenían esos libros. El que venía sin una obra —porque se había negado a someterse a los criterios imperantes en la isla sobre la literatura y el arte— era un simple desconocido.
Se ha perdido categoría en la época actual del sainete. Los cortesanos, espías de diverso valor, esposas de hijos de figuras importantes, peluqueros, cocineros y hasta recaderos de oficio múltiple compiten por una noche de fama y fortuna en la televisión por cable local.
Pero la importancia no radica en reconocer si el que llega ha sido o no funcionario, escritor, general o recadero. Aceptar y celebrar la llegada de los desertores es un paso de avance en el exilio, logrado tras el éxodo del Mariel. Alimentar el resentimiento resulta una actitud malsana.
Es comprensible, desde el punto de vista emocional, la actitud de diversos presos políticos, que tras pasar la juventud y parte de su vida encerrados se ven obligados a desempeñar labores mal pagadas en esta ciudad. Sus años de juventud malgastados en las prisiones. Pero se justifica emocionalmente, no como una forma de conducta adecuada.
No se trata de argumentar que había vivido engañado. Repetir: “Yo creí en aquello, pero un día me di cuenta de mi error, bla, bla, bla”. Tampoco de recurrir a la consabida autocrítica: “Pido perdón al exilio. porque yo estaba equivocado y ahora lo que quiero es una segunda oportunidad, trabajar en tierras de libertad, bla, bla, bla”. Quienes se dedican por un tiempo a recriminarse —y a inventar justificaciones — siempre despiertan la sospecha de estar buscando un perdón fácil, que les permita integrarse con rapidez a la sociedad que hasta ayer habían rechazado.
De lo que se trata —lo realmente importante— es renunciar a una vida de engaño. Tratar en lo adelante de avanzar por méritos propios. No repetir la antigua fórmula de apelar a las palabras convenientes y el ocultar sentimientos y motivos para escalar posiciones. El problema es que en Miami, muchos no han aprendido el difícil arte de hacerlo mejor, cuando tienen una segunda oportunidad.
Fotografía: la exiliada Ana Castro, grita lemas contra las medidas restrictivas de las remesas y viajes a Cuba frente a las oficinas del Congresista Lincoln Diaz-Balart, durante una manifestación realizada el 24 de agosto de 2004 (Roberto Koltun/El Nuevo Herald).

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