viernes, 5 de octubre de 2007

¿Y de Posada qué?


¿Recuerda alguien que todavía hay un caso Luis Posada Carriles pendiente de la justicia? Se trata de un ejemplo casi perfecto de manipulación política y legal. Después de un largo proceso ante magistrados de inmigración y casi un año y medio de encarcelamiento en un centro de detención federal en Texas, un juez recomendó la excarcelación de Posada Carriles, ya que no hay país que acepte su deportación. Luego vino el silencio. Este parece ser eterno. ¿O simplemente asistimos a un paréntesis, que concluirá cuando a la hora de abandonar el poder el mandatario norteamericano George W. Bush opte por otorgarle un perdón presidencial, que lo libre de cualquier proceso futuro?
En su momento, un fiscal federal pidió que el exiliado cubano –veterano del ejercito norteamericano y de la CIA- se le mantuviera detenido, ya que su libertad en territorio norteamericano podría afectar “la política exterior” de Estados Unidos. Pero Posada quedó libre y nada ha ocurrido. Incluso La Habana parece preferir que este paréntesis se mantenga inalterado.
La opinión que uno tenga sobre Luis Posada Carriles no debe impedir enfrentar un hecho. Mantenerlo encarcelado en Estados Unidos, bajo los cargos que se imputaban, resultaba una injusticia. En Venezuela fue absuelto en dos ocasiones por los tribunales militares y civiles que lo juzgaron por actos terroristas. Estuvo nueve años encarcelado en Venezuela “a pesar de ser exonerado en dos ocasiones”, alegan sus defensores. Sólo que ambos procesos dejaron demasiadas dudas y resultaron lo suficientemente sospechosos en su desarrollo —el reo convertido en una especie de “papa caliente”, el dinero siempre dispuesto para aliviar sus condiciones carcelarias— para poder afirmar que era inocente.
Cuando fue detenido en Estados Unidos, Posada solamente encaró un cargo de entrada ilegal, la cual, según esos mismos defensores, tuvo que hacer para proteger su vida, “ya que ha sido víctima de varios atentados por parte de la inteligencia castrista”.
La posición de la fiscalía no “estaba justificada” y la decisión de ponerlo en libertad, en vista a los cargos presentados, fue la correcta.
El problema es que hasta el momento no parece existir una intención seria de llevar a la justicia a este hombre, bajo los cargos que en realidad debe enfrentar en este país.
Posada Carriles tiene un expediente que debería garantizar su permanencia en Estados Unidos. Fue teniente del ejercito estadounidense en la época de la guerra de Vietnam, miembro de la Brigada 2506, agente de la CIA y jefe de operaciones antiterroristas de la DISIP de Venezuela. Posada Carriles después estuvo involucrado en ayudar al gobierno norteamericano como uno de los coordinadores principales de los campamentos de los Contra en Nicaragua y continuo ayudando a la inteligencia norteamericana hasta la década de los noventa.
El único perdedor con la anulación del caso por fraude migratorio contra Luis Posada Carriles fue el gobierno norteamericano. La jueza a cargo del caso actuó de forma justa al dejar en libertad al anciano, acusado de cargos ridículos pese a contar con una amplio y documentado historial de actividades violentas.
Una vez más, se ha demostrado que la palabra “terrorista” mantiene en este país un doble significado. La llamada “guerra contra el terrorismo”, que tras la barbarie de lo ocurrido en Nueva York y Washington pareció por un instante iba a significar un giro de 180 grados a la hora de condenar la violencia indiscriminada contra inocentes, se adaptó pronto a los convencionalismos habituales, las componendas y el doble rasero. El caso de Posada Carriles ha resultado un ejemplo más, no el único, de la utilización de fines y medios de acuerdo a interese políticos y determinada ideología. La forma de definir a “enemigos” y “amigos” sigue siendo la misma.
Tratar de juzgar al anciano por mentirle a Inmigración resultó no sólo ridículo sino hipócrita: encubrir la verdadera naturaleza del caso con un pretexto agarrado por los pelos. Se intentaba mantenerlo en prisión alegando motivos baladíes. Al final, en un sentido estrecho se hizo justicia, porque los cargos no justificaban la detención, pero bajo las consideraciones éticas que deben regir la vida en democracia se asistió a la consumación de una farsa.
Esta farsa resultó más que evidente cuando se considera que esta administración tenía y tiene a su disposición leyes más amplias que cualquier otra anterior, capaces de mantener a Posada Carriles en custodia, como ha hecho y hace con todo tipo de sospechosos, muchos de los cuales no tienen un expediente tan voluminoso como éste.
Durante meses se viene esperando por este gobierno para que inicie un proceso serio, que con todas las garantías legales para el acusado determine su posible culpabilidad en hechos que se le imputan. En especial los atentados dinamiteros ocurridos en los hoteles habaneros años atrás.
Ahora hay menos esperanzas de que ese proceso se lleve a cabo. La investigación en marcha se ha visto demorada por un rosario de procesamientos incompletos, que se añaden a las fugas con amplios recursos desde el exterior y a una amnistía más que sospechosa por el gobierno panameño de la presidenta Mireya Moscoso.
La realidad es que nadie quiere a Posada Carriles, salvo algunos en Miami. Esta ciudad parece por lo tanto destinada ser su hogar durante los años que le quedan de vida. No debe sorprendernos, cuando por tanto tiempo se paseó por sus calles Esteban Ventura Novo, quien murió sin pagar nunca por los crímenes que cometió durante la dictadura de Batista. Nada hay de extraño en que, al igual que ha ocurrido con Orlando Bosch, aquí encuentre su refugio al sol y no a la sombra. Parece que ese es el destino reservado para Luis Posada Carriles.
Fotografía: Luis Posada Carriles junto a una de sus pinturas en exhibición en el planetarium del Museo de Ciencias de Miami (Hector Gabino/El Nuevo Herald).

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