martes, 6 de noviembre de 2007

Derechos: en Cuba y en Miami


El elemento clave, lo que podríamos llamar meollo del tan comentado discurso del presidente George W. Bush sobre Cuba, es la actitud de dar prioridad la búsqueda de la libertad por encima de cualquier actuación fundamentada en el mantenimiento de la estabilidad. Más que ante un concepto, estamos ante un plan de acción. No sólo vale la pena preguntarse si la administración norteamericana mantendrá este curso de acción durante los meses que le queda en la Casa Blanca, sino también si es la estrategia correcta. Para responder ambas preguntas, hay que apartarse de lo que representa como ideal —es muy difícil negar que la meta de la libertad es valiosa de por sí— y ver las posibilidades de llevarla a la práctica. Pero antes vale la pena señalar donde Bush encontró este principio.
El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen— aparece una y otra vez enunciado por Bush en las reuniones con sus colaboradores y en los discursos públicos durante la preparación de la guerra contra Sadam Husein. Basta revisar Plan of Attack, de Bob Woodward, para encontrar a un mandatario que fundamenta su estrategia en este aspecto.
La formulación mejor del principio aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer. Sharansky, un disidente judío soviético, dedica las trescientas páginas de su libro a explicar como en una época sólo los disidentes de la desaparecida Unión Soviética y los países de Europa del Este, unos pocos líderes mundiales —Margaret Thatcher y Ronald Reagan— y algunos legisladores —los senadores demócratas Henry ''Scoop'' Jackson y Charles Vanik— fueron capaces de poner por delante de otros intereses el ideal libertario.
Para Sharansky, la lucha por la paz y la seguridad debe estar vinculada con promover la democracia. De lo contrario, sólo se consigue posponer el problema. Expresa que así ocurrió durante la guerra fría, con la política de la Détente, hasta la llegada de Thatcher y Reagan al poder en sus países respectivos, y de igual manera viene sucediendo en el Medio Oriente. La confrontación, no necesariamente bélica, pero sin dar respiro al enemigo, es la única solución.
Sharansky es un activista más que un político (aunque ha ocupado cargos en el parlamento y el gobierno israelí). Ello no le resta valor a sus argumentos, pero obliga a situarlos en el terreno ideológico y no de la política práctica (de hecho en el libro una de las figuras más criticadas —de forma abierta y velada— es Henry Kissinger: el maestro de la real politik). Defiende tan ardorosamente sus argumentos, que en muchos casos pasa por alto aspectos que contradicen o complementan sus explicaciones. Vistos los hechos con una perspectiva más amplia, la Détente contribuyó a la caída de la Unión Soviética mucho más que lo que Sharansky está dispuesto a reconocer y el afán de consumo jugó un papel tan importante como las ansias de libertad —quizá mayor— en la forma rápida en que los ciudadanos soviéticos y de Europa Oriental volvieron la espalda al sistema socialista en la primera oportunidad que pudieron. La falta de libertad les impidió hacerlo antes, pero la escasez de productos de Occidente les hizo correr deprisa al abrazo del capitalismo.
Pero los ideales son una parte del cuento. La otra —más importante—es cómo llevarlos a la práctica. Si nos olvidamos por un momento del petróleo, las aspiraciones de hegemonía mundial y el interés en controlar una de las zonas más ricas del planeta, y admitimos que este gobierno derrocó a Sadam Husein sólo con el objetivo de que los iraquíes sean libre, y que este ejemplo sirviera de advertencia y guía a otras naciones, hasta el momento los resultados son en gran medida todo lo contrario.
Por otra parte, y en el caso concreto de Cuba, es difícil admitir sin reservas el espíritu del discurso de Bush —no ya la letra cargada de injerencia, las verdades a medias y las declaraciones desacertadas— cuando provienen de un mandatario cuyo gobierno se ha caracterizado por restringir las libertades de los americanos, aprobar la tortura y despojar de derechos a los supuestos enemigos que mantiene encarcelados fuera del país, en muchos casos sin pruebas comprobadas de delito alguno— y a cuya elaboración han contribuido, o al menos el texto recoge sus puntos de vista, exiliados cubanos que predican la libertad para Cuba pero no la practican en Miami.
Dice Sharansky que el ''derecho a disentir es más importante que lo que se expresa mediante una opinión disidente''. Pero en Miami la mayor parte de la radio, algunas organizaciones de exiliados y los líderes de opinión y empresariales de los llamados ''combatientes verticales'' te consideran no por tu posición anticastrista, sino en tanto practiques o al menos expreses un ''anticastrismo'' similar al de ellos.
No creo que, en la práctica, esos mismos personajes estén de acuerdo con el autor de The Case For Democracy, cuando expresa: ''una sociedad es libre si las personas tienen el derecho a expresar sus opiniones sin temor a ser arrestadas, encarceladas y dañadas físicamente''. Al menos podrán seguir al pie de la letra a Sharansky al aplicar estas palabras a Cuba, pero al mismo tiempo harán todo lo posible por dejar sin trabajo a quienes dicen lo contrario a lo que ellos opinan. Y si no lo meten prisión es porque vivimos en Estados Unidos. Y si no le ponen una bomba es porque los tiempos han cambiado.
''Las sociedades que no permiten la disidencia nunca protegerán los derechos humanos''. Apoyo esta declaración de Sharansky. Creo que es hora de ponerla en vigor en Miami. Mientras ello no ocurra, continuaré manteniendo mis reservas hacia el discurso de Bush que tanto ha agradado a quienes dicen defender los derechos en la isla, pero al mismo tiempo se comportan como gendarmes de una sociedad totalitaria en esta ciudad.
Fotografía superior y de la izquierda: los cubanos recorren los expositores de la XXV Feria Internacional de La Habana (FIHAV 2007), en Cuba (Stringer/EFE).

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