viernes, 16 de noviembre de 2007

Encubrimiento de la justicia


El presentar a Luis Posada Carriles como un combatiente anticastrista forma parte de un encubrimiento que trasciende a Miami. La realidad es que para la actual administración norteamericana los calificativos de terrorista y antiterrorista se cuelgan a partir de argumentos ideológicos.
Washington utilizó a Posada Carriles para diversas actividades encubiertas, en una época en que el empleo de medios violentos se mantuvo en secreto y no se sancionó como ahora. Pero la guerra fría terminó, y pese a que el gobierno de George W. Bush ha vuelto al empleo de la tortura para combatir a los que considera sus enemigos, también ha aumentado, en el pueblo norteamericano y el mundo, el repudio por las justificaciones ideológicas y políticas de los asesinatos de civiles y de los actos que ponen en peligro la vida de inocentes.
Posada Carriles se ha convertido en un rezago de otra época. La Casa Blanca en la actualidad recurre al engaño porque es heredera de una tradición que admitía —aunque a veces a escondidas— la realización de sabotajes y actos terroristas con tal de atacar al enemigo.
Condenar esta hipocresía no debe ser una justificación de lo mal hecho. Demasiadas guerras y crímenes ocurrieron durante el siglo pasado, para persistir en presentar como víctima a un terrorista.
Posada Carriles tiene un amplio historial —en parte hecho público, en parte mantenido aún en secreto— que lo descalifica como patriota y luchador por la democracia. Es un individuo que la mayor parte de su existencia ha obrado al margen de la ley, sin detenerse a medir las consecuencias de sus actos en las vidas de seres inocentes.
Es cierto que el régimen de La Habana utiliza y manipula constantemente el caso de Posada Carriles para fines propagandísticos, pero ello no es justificación para defender al individuo y presentarlo como un patriota. El enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi aliado y mucho menos un ejemplo a seguir.
Muchos actos de la trayectoria de Posada Carriles son tan repudiables como la campaña de sabotajes llevada a cabo por el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario para poner fin a la dictadura de Fulgencio Batista. No hay justificación para colocar bombas en cines, parques y hoteles. El terror no es un arma adecuada, desde el punto de vista ético y legal, para ser utilizada contra un dictador, un tirano o un gobierno totalitario. En la época actual, el terrorismo carece de cualquier tipo de justificación ideológica.
La llamada “guerra contra el terrorismo”, que tras la barbarie de lo ocurrido en Nueva York y Washington pareció por un instante iba a significar un giro de 180 grados a la hora de condenar la violencia indiscriminada contra inocentes, se adaptó pronto a los convencionalismos habituales, las componendas y el doble rasero. El caso de Posada Carriles es un ejemplo más, no el único, de la utilización de fines y medios de acuerdo a interese políticos y determinada ideología. La forma de definir a “enemigos” y “amigos” sigue siendo la misma a que nos tiene acostumbrados Washington.
Se trata de una persona que, hasta ser detenida hace pocos años en Panamá, se mantenía activa en su labor terrorista.
Este gobierno aún está a tiempo de iniciar un proceso serio, que con todas las garantías legales para el acusado determine su posible culpabilidad en hechos que se le imputan, en especial los atentados dinamiteros ocurridos en los hoteles habaneros años atrás. Es posible que ese proceso se lleve a cabo. Lo dudo. Hay una investigación en marcha, pero un rosario de procesamientos incompletos en su caso, fugas con amplios recursos desde el exterior y una amnistía más que sospechosa, por parte del gobierno de la ex presidenta Mireya Moscoso, no dejan de sembrar fuertes dudas. Washington parece destinado a repetir lo ocurrido en varias naciones latinoamericanas.
La realidad es que nadie quiere a Posada Carriles, salvo algunos en Miami. Esta ciudad parece por lo tanto destinada ser su hogar durante los años que le quedan de vida. No debe sorprendernos, cuando por tanto tiempo se paseó por sus calles Esteban Ventura Novo, quien murió sin pagar nunca por los crímenes que cometió durante la dictadura de Batista. Nada hay de extraño en que, al igual que ha ocurrido con Orlando Bosch, aquí encuentre su refugio al sol y no a la sombra. Bosh y Posada Carriles dedicados a la pintura, como artistas alejados en una perdida isla, ajenos a lo que ocurre en el mundo y a salvo de cualquier intento de justicia.
Fotografía: un grupo protesta frente al edificio de Inmigracion en Miami, en esta foto de archivo del 12 de mayo de 2007 (Roberto Koltun/El Nuevo Herald).

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