jueves, 22 de noviembre de 2007

La maldición puritana


A medida que salen a la luz pública más y más pruebas de la conducta mezquina y engañosa de la actual administración norteamericana, en momentos en que este país avanza hacia una crisis económica que no sabemos si será detenida, pero cuyas dudosas consecuencias futuras no impiden resaltar el deterioro en los ingresos y la vida en general de la clase media del país, surge con mayor fuerza la pregunta: ¿cómo es posible que, de forma voluntaria, el electorado de esta nación haya permitido esta debacle? Hablo, por supuesto, del resultado en las urnas que llevó a la reelección de George W. Bush. No vale la pena detenerse ahora en el proceso amañado que lo llevó por primera vez al poder. Pero la noche del 2 de noviembre de 2004 —cuando se jodió Estados Unidos— no fue posible hablar de fraude electoral, aunque no cabe duda que se cometieron irregularidades. Entonces salieron a flote —con una fuerza desconocida o ya olvidada hasta entonces— ciertas características que se encuentran en el origen nacional, y que hasta entonces parecían superadas o al menos controladas.
Aspectos como el temor a un nuevo ataque terrorista, la aparente solidez de la economía, el oportuno mensaje de Osama bin Laden y las debilidades del candidato presidencial demócrata y una eficiente maquinaria electoral republicana sirvieron en parte para explicar lo ocurrido. Tales explicaciones continúan conservando su valor. Pero no son suficientes. La clave de lo ocurrido se encuentra en el puritanismo norteamericano, una parte esencial del carácter estadounidense que ocasionalmente reaparece de nuevo, e inicia un ciclo para retroceder tras años de derrotas y muertes innecesarias. Asistimos al final de uno de esos períodos, en que Estados Unidos se lanza a incursiones para sembrar el terror por todo el territorio y extiende estas campañas al resto del mundo.
No hay mejor libro para comprender la historia de una nación que En la raíz de América, de William Carlos Williams, un escritor libre de acusaciones de comunista y que jamás pretendió convertirse en activista político. Alguien que se limitó a ser un gran poeta y un excelente ensayista.
Williams escribió este libro para comprender mejor la esencia de su nación, con los recursos de la prosa y la poesía como instrumentos de análisis. No es un tratado histórico y mucho menos una obra filosófica, pero supera ambos géneros con agudeza y conocimiento.
“Hay un ‘puritanismo’ —del que se oye hablar, sin duda, pero usted no ha visto cómo apesta todo lo que toca— que ha pervivido desde el pasado y que todavía vive en nosotros. Es una cosa atroz, una especie de sirena cuya cola fuera un cadáver. Es también como algo que permanece, un hedor en una habitación. Esta COSA, extraña, inhumana, poderosa, es como una reliquia de una tribu extinguida cuyas costumbres fueran repugnantes”, le dice Williams a Valéry Larbaud en París.
“… es un fenómeno extraordinario que los americanos, siendo como somos una pura invención, hayamos perdido el sentido de que lo hoy somos tiene su origen en lo que ha sido el país en el pasado; de que es en AMERICA donde radica la fuerza de todo lo que somos y lo que hacemos; que la moral afecta a los alimentos y los alimentos a los huesos y que, en resumen, carecemos de concepción alguna de qué sea la moral, desde el momento en que no reconocemos terreno ninguno como nuestro… y también que esta tosquedad está basada enteramente en la ignorancia que manifestamos acerca de nuestros comienzos…”, agrega en otro momento.
Esa ignorancia, más allá de los trucos y engaños ocasionales empleados por el gobierno de Bush para “justificar” la invasión de Irak sirvió para que el ataque se produjera impunemente. Los norteamericanos no fueron engañados, más bien se dejaron engañar.
Parte del hecho radica en la “pesada carga sobre el hombre blanco”, que denunció Norman Mailer en un artículo publicado en The New York Review of Books el 17 de julio de 2003: “podemos decir que fuimos a la guerra porque teníamos una gran necesidad de una contienda victoriosa que actuara como una especie de rejuvenecimiento físico”.
Debido al éxito laboral del movimiento feminista, el triunfo de los negros en los deportes y el avance de los negros e hispanos, el hombre blanco norteamericano ve en la capacidad militar norteamericana una fuente de enriquecimiento moral, explicaba el autor de The Armies of the Night. Si bien los negros y latinos forman un núcleo importante de las fuerzas militares regulares, a medida que se asciende en la pirámide de rangos y la participación en cuerpos especializados, como la aviación, el porcentaje de blancos aumenta.
Como un antídoto frente a la frustración que trajo que Bin Laden lograra escapar en Afganistán y el dolor ante las pérdidas de miles de norteamericanos durante los ataques terroristas, una guerra victoriosa era el mejor antídoto. El remedio efectivo para paliar la pena y la ira de los millones de miembros de la clase trabajadora que habían visto morir bomberos y policías a consecuencia del derribo de las torres gemelas en Nueva York.
Esta proyección del mal como algo exterior a la sociedad norteamericana actuó a las mil maravillas en las mentes formadas durante decenas y decenas de años en la repulsa a lo desconocido. El árabe sustituyendo al indio en los estereotipos.
“Pero estamos acostumbrados tan sólo a la actitud inglesa, la que los ingleses forjaron como respuesta a las incursiones indias. Y ello ha quedado FIJADO en nosotros sin darnos cuenta del EFECTO que una historia semejante, una tradición semejante, producto enteramente del estado mental de quien la recoge, ha tenido en nosotros y sobre nuestros sentimientos acerca del país”, escribe Williams.
Misioneros protestantes dispuestos a “perdonar” a los indios por sus pecados, pero que retroceden aterrados cuando éstos, en señal de agradecimiento intentan cogerles las manos y besárselas. Rechazo que no responde a una actitud piadosa ni a la humildad, sino simplemente al asco.
“No podía soportar [el pastor] que los indios arrepentidos le pusieran las manos encima, como habían hecho los padres católicos del norte, sino que se retiró y les dijo que se dirigieran tan sólo a Dios. ¡Ah!, muy bien, dirá usted. Pero es un gesto muy feo; y es eso lo que ha persistido, ¡el temor al tacto!”, explica Williams.
Durante sus dos períodos presidenciales, Bush se ha caracterizado por poner en práctica una agenda de un marcado énfasis partidista, donde el fundamentalismo cristiano pasó a un primer plano, el secreto en la actuación gubernamental se convirtió en norma política y la arrogancia en las decisiones ha descartado la menor vacilación y duda. Empecinamiento, fervor religioso y aislacionismo en la esfera internacional contribuyeron en noviembre de 2004 a su victoria en las urnas. Pero ahora se comprueba a diario que el resultado más importante de tal comportamiento ha sido hundir a la nación en la crisis moral y la amenaza de una recesión económica.
Fotografía superior:el presidente George W. Bush se dirige a las tropas en Fort Campbell, Kentucky, el 21 de noviembre de 2001 (Rick Bowmer/AP).
Fotografía izquierda: el presidente George W. Bush durante la ceremonia de perdonarle la vida a un pavo en la Casa Blanca, 17 de noviembre de 2004 (Ron Edmonds/AP).
Fotografía derecha: el lugarteniente Raymond Odierno, al centro, le desea un feliz Día de Acción de Gracias a los soldados en la Base de Patrullaje, unos 20 kilómetros (alrededor de 12 millas) al sur de Baghdad, Irak, hoy jueves 22 de noviembre de 2007 (Petr David Josek/AP).
Fotografía inferior: un sodado norteamericano durante una cena por el Día de Acción de Gracias, el 22 de noviembre de 2006 en Baghdad, Irak (Chris Hondros/Getty Images).

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