martes, 20 de noviembre de 2007

Los nuevos votantes


Basta una mirada a los datos demográficos y los resultados de las encuestas recientes —las realizadas tras las últimas elecciones presidenciales en este país—, para comprobar que los aspirantes a cargos públicos, nacionales, estatales y en el sur de la Florida, tendrán que enfrentar un nuevo electorado en aumento.
Parece haber quedado atrás la época en que el voto hispano en Miami era determinado en gran medida por cubanoamericanos que elegían a sus candidatos de acuerdo a una plataforma reducida a la promesa de reducir o no aumentar los impuestos, luchar contra el delito y pronunciarse contra el régimen de La Habana. Ahora son otras las prioridades y también los electores.
Durante muchos años, a legisladores estatales y nacionales les bastó esa agenda estrecha. Lo demás quedó a cargo de una maquinaria política simple, pero efectiva: apelar a los residentes de edificios del Plan Ocho, montar en autobuses a los ancianos que almuerzan en comedores para personas de bajos ingresos y movilizar a simpatizantes con una fe ingenua de que los cubanos en Tallahassee o Washington iban a contribuir al fin de Fidel Castro.
Luego, tras el triunfo en las urnas, los legisladores se limitaban a las socorridas declaraciones anticastristas, alguna que otra presentación populista en favor de la inmigración controlada y una presencia casi constante en una radio —y una prensa en general— más que amable: sin el menor comentario crítico y demostrando una complicidad cuestionable.
Mientras tanto, estos legisladores han favorecido, con su voto en la capital del estado y la nación, a los planes del Partido Republicano y los intereses especiales que contribuyeron monetariamente a su triunfo.
Llama la atención que en una ciudad que tiene algunos de los peores —o muy cerca de los peores— indicadores nacionales en deserción escolar, elevados precios de alquileres, excesivos costos de salud y porcentajes de personas sin seguro, estos legisladores hayan logrado sobrevivir en sus cargos sin tener que explicar nunca su pobre o nula participación en los proyectos destinados a mejorar el nivel de vida de la población más necesitada, incrementar los planes de asistencia a quienes carecen de servicios médicos y hacer al menos algo en favor de los centros educacionales públicos. Si Miami no está en una situación aún peor, es porque siempre se ha beneficiado de la entrada de capitales provenientes de Latinoamérica, un continente entero en función de una ciudad, aportando millones de dólares, residentes capacitados educacionalmente y una fuerza de trabajo en general dispuesta a ganarse la vida soportando condiciones laborales mucho peores que los estandartes establecidos en esta nación. Un bilingüismo que ha sido al mismo tiempo una salvación y un freno, una mirada atrás que ha facilitado la aceptación de una situación de desventaja respecto a los nacidos aquí y una disposición al sacrificio que sólo se adquiere tras el abandono del lugar de nacimiento. En muchos casos estas circunstancias no se difieren de otras semejantes para otras inmigraciones y otros países. Puede argumentarse incluso que en esta ciudad es posible alcanzar niveles de bienestar e ingresos que son superiores, relativamente, a los que logran inmigrantes en otros lugares. Sin embargo, junto a la realidad de triunfo económico de los exiliados cubanos, respecto a otros grupos inmigrantes, se esconde la necesidad de deslindar esta riqueza por zonas y grupos, no limitarse a repetir cifras promedio y datos macroeconómicos. En cualquier caso, puede decirse que a este esfuerzo han hecho poco por contribuir los legisladores cubanoamericanos.
El cambio que parece acercarse obedece a dos factores principales. Hay otros que merecen comentarios aparte, pero basta aquí señalar una diversidad en Miami y en el sur de la Florida que lleva a hablar no sólo de cubanos, sino también de otros grupos provenientes fundamentalmente de Latinoamérica, y un aumento constante de inmigrantes cubanos y descendientes de cubanos nacidos en el sur de la Florida que por razones de edad no responden a los criterios y valores de quienes llegaron antes de 1990, una fecha que no es definitoria (podría hablarse de 1980 como la década puente entre un antes y un después) pero sirve para ejemplificar las diferencias más marcadas dentro de la comunidad exiliada.
Lo que une a los exiliados cubanos más recientes con aquellos que vienen de otros países no son criterios ideológicos ni políticos —y no es necesario aquí hablar de las similitudes culturales y de idioma—, sino una actitud más pragmática hacia el nuevo país de residencia y el de origen.
Esta actitud más pragmática se expresa en una mayor capacidad de asimilación de la realidad del país de origen, no circunscripta a las condiciones del gobierno actual, sino en relación con sus condiciones geográficas e históricas. En este sentido, el concepto de viaje sustituye en buena medida al de regreso. Volver a la patria no es el hipotético cierre de un paréntesis (que para muchos ya se acerca a medio siglo), sino el mantenimiento de una relación. Se vuelve —se desea volver, es más adecuado decir— no para habitar de nuevo en el sitio del que se ha partido, sino porque la partida no ha significado un rompimiento. Puede decirse que en buena medida, el emigrante sustituye al exiliado.
Se trata, en buena medida, de una diferencia práctica que no excluye el mantenimiento de una posición ideológica. Clasificar a un grupo de anticastrista y a otro no es limitar una actitud política a un catálogo de consignas.
Al tiempo que el pragmatismo establece una actitud hacia la nación de origen, también define un comportamiento en el país de adopción. La valoración del papel desempeñado por los políticos que representan a este grupo tiende a realizarse según los logros que éstos tengan en obtener beneficios para la comunidad que los eligió. Al ampliarse —o diluirse, según el punto de vista que se adopte— los conceptos nacionalistas, comienzan a carecer de sentido los llamados demagógicos en favor de “cubano elige a cubano” y las apelaciones al “voto cubano”. En su lugar, la eficiencia se convierte en un patrón de medida.
Si de eficiencia se trata, y al menos que su medida se distorsione y reduzca a una presencia en la radio de Miami, poco pueden presentar a su favor unos legisladores que han votado en contra de la ampliación de la cobertura medica a los hijos de las familias de ingresos bajos y medios, han sido los promotores de las restricciones a los encuentros familiares entre quienes viven aquí y en Cuba y han hecho todo lo posible por dificultar el comercio entre Estados Unidos y la isla, comercio que va dirigido a la adquisición de alimentos para el consumo de la población cubana y no como se ha repetido en Miami para el sector turístico. Esta última mentira propagada casi a diario en esta ciudad.
Una definición más práctica, y más humana, de los vínculos con Cuba no implica un sometimiento al régimen de La Habana y tampoco excluye la crítica y la oposición. Se trata de dejar a un lado el anticastrismo de cazuela, para avanzar hacia una mayor relación ciudadana entre quienes viven aquí y allá. Pero más importante que —o al menos tan importante como— el abandono de ese anticastrismo parlanchín es la necesidad de elegir a los futuros representantes y senadores, por la Florida o en el estado, de acuerdo a una agenda que responda a los problemas de la región. En este sentido, tanto en Tallahassee como en Washington ha quedado demostrada la nulidad de acción de buena parte de quienes nos representan. Cambiar este panorama no es una utopía. Es cada vez más necesario.
Fotografía superior: un grupo de exiliados, que están en contra de las medidas de la administración del presidente George W. Bush, que restringen los viajes y las remesas a la isla, durante una manifestación frente a las oficinas del congresista Lincoln Díaz Balart, uno de los auspiciadores del proyecto, en esta foto de archivo del 24 de julio del 2004 (Roberto Koltun/El Nuevo Herald).
Fotografía izquierda: Olga Feo, de 79 años, y Osmaira López, de 77 años, participan en una manifestación en favor de Luis Posada Carriles, el 19 de enero de 2006 (Roberto Koltun/El Nuevo Herald).
Fotografía derecha: exiliados en contra de las restricciones a los viajes y las remesas decretadas por el gobierno del presidente George W. Bush realizan un protesta frente a las oficinas del congresista Lincoln Díaz Balart en esta foto de archivo del 24 de julio del 2004 (Roberto Koltun/El Nuevo Herald).



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