viernes, 16 de noviembre de 2007

Los pequeños cambios


El plazo concedido por la enfermedad y la dilatada recuperación del gobernante cubano, Fidel Castro, ha venido a desempeñar un papel similar al que en su momento jugó el empecinamiento en el poder del dictador Fulgencio Batista. En ambos casos, más que un obstáculo al cambio, la permanencia de Batista entonces y Fidel ahora fueron recursos indispensables para posibilitar el afianzamiento y la capacidad de una vanguardia que se aprestaba a tomar el mando. Ejercito rebelde antes de 1959 y Raúl y sus aliados ahora.
Ello ha permitido a la cúpula gobernante desempeñar el papel de vanguardia asignado por Lenin a la clase dirigente. Mientras que tanto el exiliado como el residente de la Isla esperan por la muerte de Fidel, Raúl y sus colaboradores más cercanos consolidan posiciones.
Esta toma paulatina del poder, facilitada en buena medida por un mecanismo de sucesión establecido que ha funcionado a la perfección, sólo ha necesitado de dos tácticas para funcionar con la implacable certeza de un mecanismo de relojería: una es pregonar que Fidel se mantiene “al tanto de todo”, con el “teléfono a mano”, “dando órdenes”: la eficiencia de la maquinaria depende de la discreción y la modestia para lograr sus fines. Demostrar que no hace falta el máximo líder es echar por tierra la justificación de un sistema que los cubanos han soportado por demasiado tiempo. El otro es abordar los aspectos prácticos que endémicamente han mostrado su ineficiencia no como problemas del sistema o consecuencias de su inoperancia, sino como aspectos disfuncionales capaces de ser enmendados: la indisciplina, el robo y la corrupción son hasta ahora los principales puntos que Raúl y sus seguidores vienen destacando como males a enfrentar.
Es cierto que con la desaparición de Fidel Castro se pondrá fin a un estilo de gobierno unipersonal, caprichoso y errático. El nuevo mandatario buscará enmendar todos esos errores. con el establecimiento de una estructura de toma de decisiones donde la delegación de poderes y una mayor autonomía en la gestión desempeñarán un importante papel. Pero ese modelo es perfectamente posible sin que implique una mayor libertad económica —al estilo de la economía liberal— y nada tiene que ver con las aspiraciones democráticas de la ciudadanía.
De llevarse a cabo estas reformas, la población se beneficiará con una mejora en los servicios y los salarios, pero al mismo tiempo aumentarán las exigencias laborales. No hay que esperar grandes cambios democráticos impulsados por el mando de Raúl, aunque sí es posible una mejora en el nivel de vida de la población y por primera vez la puesta en funcionamiento del Partido Comunista, que hasta el momento se ha caracterizado por la falta de iniciativas. Por otra parte, tampoco puede negarse que en la Cuba actual se permiten expresar muchas más verdades que pocos años atrás. Digamos entonces que se han producido cambios —tolerados pero no generados por el gobierno— que permiten cuestionar la visión de inmovilidad, respecto a la situación imperante actualmente en la isla, que pretende imponer mecánicamente el exilio más convervador de Miami.
En el terreno internacional, una vez abandonado el protagonismo y los frecuentes cambios de actitud de Fidel Castro, La Habana disfruta de un avance en los vínculos —comerciales y de todo tipo— y una estabilidad diplomática no conocida en período anterior del proceso iniciado el primero de enero de 1959. La ofensiva diplomática iniciada tras el traspaso temporal del mando administrativo, debido al padecimiento del gobernante cubano, ha sido amplia y exitosa. No gracias precisamente a la función del ministro de Relaciones Exteriores, sino a la multiplicación de los esfuerzos conducidos por múltiples funcionarios de alto rango. En Cuba se ha multiplicado el papel de la cancillería: la voz, la figura y la autoridad de Fidel Castro distribuida en varios “cancilleres”: vicepresidentes, ministros, presidente de la Asamblea del Poder Popular, “embajadores” y enviados diversos, que van desde la astucia de Ricardo Alarcón hasta la simpatía de Mariela Castro repitiendo declaraciones, frases amables, principios, unas pocas medias verdades y alguna que otra mentira, los cuales siempre encuentran oídos receptivos y periodistas y medios de prensa inclinados desde un principio a una aceptación que recorre todo un espectro: desde una actitud pasiva hasta cierta complicidad reiterada. Al final, un mundo —en que se incluye Estados Unidos, pese a lo que dice la Casa Blanca— que apuesta por la estabilidad en la isla.
Mientras el gobierno de Raúl Castro garantice esta estabilidad, y de momento no han indicios de que no pueda hacerlo, la única alternativa está en apoyar esos pequeños cambios.
Fotografía: una mujer compra diferentes objetos religiosos en las afueras de la Parroquia de San Judas Tadeo,el 28 de octubre del 2007, en la Habana, mientras miles de fieles participan en la misa, le piden que se le cumplan su promesas y realizan otras (Stringer/EFE).

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