viernes, 16 de noviembre de 2007

Maestros de la espera


La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo. Un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios. Una patria que sólo ofrece a sus hijos la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido. Una ideología que alimenta el patriotismo como un sentimiento de superioridad, pero que en cambio practica la entrega total del país al mejor postor. Un intento despiadado de manipulación masiva, de no darle tiempo a nadie de percatarse que su vida ha sido empobrecida cultural y económicamente.
En un país cuya población mayoritaria se encontraba en la infancia o no había aún nacido el primero de enero de 1959, ésta ha vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico, pero también sobreprotector y por momentos generoso: el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se ha tratado no sólo de complacer en ocasiones. sino de obedecer siempre. Al menos de aparentar esa obediencia. Pero no importa cuánto ha sido el fingir y hasta donde ha llegado la sinceridad. El simulacro, vamos a considerarlo así en la mayoría de los casos, se ha impuesto como una certeza. Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurrecional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso. En lo cotidiano fue un destino vulgar, que se caracterizó por el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil. Ese detener el tiempo transformó a los cubanos en eternos niños. Algunos fueron niños obedientes y otros “malcriados”, pero niños todos. Mientras tanto, la lucha por sobrevivir se convirtió en una realidad única. Hasta donde llegaron las concesiones hechas al sistema es historia personal. Por un motivo u otro, se acumularon los fracasos en rebelarse. Unos fueron heroicos en su fracaso, otros simplemente cobardes o pusilánimes. Se puede argumentar que no fue una culpa personal o ciudadana, pero ha definido la realidad nacional. Una tras otra, ha ido acumulándose las generaciones inacabadas, incompletas en su capacidad de formar un destino. Los cubanos se han transformado en maestros de la espera. Nos enseñaron a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. Nos enseñaron también a no arriesgarnos, a no creer en el azar, a resignarnos a la pasividad. Seguimos esperando.
Un vendedor ambulante empuja un carretón con mangos, el 12 de agosto de 2007, en La Habana (Alejandro Ernesto/EFE).


Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...