martes, 4 de diciembre de 2007

El No a la intolerancia


La negativa a los cambios constitucionales propuestos por el presidente venezolano Hugo Chávez se celebró en las emisoras radiales afines a la “línea dura” del exilio cubano en Miami. Sin embargo, es el resultado de una actitud ajena por completo a lo que se escucha a diario en éstas. Más aún, resulta un logro difícil de asimilar por ese sector de la comunidad proveniente de la isla, que al tiempo que es el más vocinglero y activo a la hora de manifestar su rechazo al gobierno de Caracas, resulta también el más despistado a la hora de plantearse tácticas efectivas para influir en un proceso de cambio. Podrán sumarse al carro de la victoria, como otras veces han hecho, pero sus conclusiones son pueriles: crear la esperanza en un efecto dominó que finalmente traerá el fin de Fidel Castro. La vieja ilusión que una y otra vez reaparece con nuevos ropajes. ¿En cuantas naciones —Unión Soviética, los países de Europa del Este y ahora Venezuela— fijar la mirada sin comprender lo que ocurre en Cuba?
No hablo de las muestras de triunfalismo pasajeras ni del afán de anotarse un punto tras una cadena de fracasos. Incapaces de influir en lo más mínimo en la situación en la isla, la radio de esta ciudad —y quienes apuestan por soluciones extremas— han preferido dejar de lado la menor reflexión sobre lo ocurrido en Venezuela, apresurarse a demostrar su entusiasmo por un triunfo que tiene poco que ver con ellos, sus estrategias y puntos de vista.
Es una lástima, porque lo ocurrido en Caracas encierra más de una lección para participantes y observadores.
Ante todo, es un triunfo de la moderación. Esta palabra no se ha escuchado, pese a que define el proceso. Moderación por parte de Chávez, que decidió someter al voto popular sus propuestas y aceptó su derrota. Moderación también por parte de la oposición, que decidió dar a conocer su opinión a través del canal establecido por la propia constitución creada bajo el mandato chavista. Moderación en las calles y durante una votación que se caracterizó por transcurrir sin mayores incidentes violentos.
Lo más importante de lo ocurrido en Venezuela es que el desarrollo del proceso electoral ocurrido el domingo 2 de diciembre estableció de forma transparente es que la opción de la violencia queda fuera, hoy es anacrónica en Latinoamérica. No es válida para Chávez ni para sus opositores. La aceptación de que ni el golpe ni el autogolpe de Estado es un camino a seguir.
Cualquier análisis de lo sucedido debe partir del reconocimiento de que en Venezuela se llevó a cabo un proceso de votación democrático, que el mandatario fortaleció su imagen internacional y que lo ocurrido contribuye a darle validez a su mandato, tanto en su país como en el exterior. Hay que decirlo sin miedo a ser catalogado de chavista y sin por ello dejar de mantener una actitud crítica hacia el gobierno de Caracas. De lo contrario, se cae en una burda demonización, pecado del que por otra parte tampoco es ajeno el gobernante venezolano.
Llama la atención, en este sentido, la falta de pudor de algunos llamados portavoces del exilio cubano más radical de Miami —republicanos y admiradores del presidente George W. Bush— que cuestionan el comportamiento de Chávez el domingo, y los resultados de la votación, sin detenerse a pensar por un minuto que su techo no sólo es de vidrio sino está lleno de agujeros.
La especulación sobre las cifras pasa a un plano secundario ante la necesidad de admitir que los procesos de izquierda por los que atraviesa Latinoamérica en la actualidad no son similares a las situaciones de la guerra fría. Hablar de una “América Latina anacrónica, demagógica, inculta y bárbara”, como hace Mario Vargas Llosa en un artículo publicado en el diario español El País, el 18 de noviembre, al referirse a los gobiernos de Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales, es un enfoque tan simplista, que sólo deja a las claras que quien lo escribe se niega a reconocer los errores y fracasos de una tendencia neoliberal que se intentó imponer a todo un continente. Si la sangre se derramó inútilmente cuando se trató de imponer el socialismo por la fuerza, el sudor y la miseria a consecuencia de las políticas neoliberales sólo sirvieron en la mayoría de los casos para enriquecer a unos pocos. Hoy Latinoamérica rechaza en las urnas que se trate de perpetuar cualquiera de los dos sistemas, y hay que saludar este logro. El continente ha cambiado, y el escritor se empecina en caracterizarlo como si las situaciones descritas en sus mejores novelas hubieran quedado detenidas por la virtud de sus palabras.
Pero no basta con señalar la falta de honestidad al criticar votaciones ajenas y alabar sin tregua a un presidente norteamericano que fue designado —ante la ausencia de un resultado claro en las urnas— por un Tribunal Supremo, compuesto en buena medida por magistrados afines, durante un primer mandato. Se debe agregar que igual o mayor pudor deberían mostrar algunos de esos mismos exiliados cubanos —que tratan de imponer modelos democráticos en cualquier lugar del mundo que no sea Miami—, cuando ven en Chávez sólo al militar golpista y siguen alabando a Fulgencio Batista. Hay que limpiarse la boca de cualquier inmundicia batistiana, antes de poder hablar de democracia con un mínimo de vergüenza.
Una y otra vez leemos y oímos en esta ciudad que la popularidad o los triunfos electorales de gobernantes como Chávez, Ortega, Morales y Rafael Correa no los convierte en gobernantes demócratas, y siempre la antipatía hacia ellos impide analizar con un mínimo de objetividad la gestión que realizan. Al igual que ocurre a la hora de señalar a los terroristas, algunos de los cuales en Miami se transmutan en “patriotas”, se incurre en una selección ideológica: todos los izquierdistas son antidemocráticos, sólo que hay algunos más antidemocráticos que otros.
El triunfo del “No” en Venezuela trasciende los resultados electorales del domingo y llevará a un replanteo, tanto en las filas chavistas como antichavistas, de las tácticas y medios utilizados para influir en el proceso que se lleva a cabo en esta nación latinoamericana. Pero algunas de sus lecciones más inmediatas —en buena medida condicionadas por el aquí y ahora— pueden ayudar a enfrentar con una visión más objetiva lo que ocurre en Cuba. Un logro de la oposición venezolana obtenido gracias a las acciones de quienes viven en el país, no en el exilio, y de acuerdo a las reglas del juego establecidas por el gobierno, no por elementos foráneos ni presiones extranjeras. Una victoria que se debe en gran parte a una juventud que hasta hace poco no entraba en los cálculos de los políticos opuestos a Chávez.
Por varios años, una parte del exilio venezolano vio al cubano como un modelo. Fue precisamente ese sector del exilio venezolano el que hasta pocos días antes del domingo se negaba a participar en la consulta, que incluso hizo llamados a la abstención. El triunfo del 2 de diciembre no les pertenece. La victoria es de Venezuela, no de Miami. De la oposición democrática en el país. Si algo fracasó el domingo fue la intolerancia. No reconocerlo es empeñarse en la derrota, en Caracas o en La Habana.
Fotografías: trabajadores municipales limpian de propaganda sobre el referendo reformatorio las calles de Venezuela (Yuri Cortez/AFP/Getty Images).

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