viernes, 7 de diciembre de 2007

¿O una señal?


La situación cubana luego del traspaso temporal del gobernante Fidel Castro a su hermano Raúl ha atravesado diversos intervalos —hablar de etapas es una exageración—, que van de la expectativa, el estancamiento, la esperanza de cambio y el aumento de las tensiones sociales y políticas. Estos intervalos no han marchado de forma lineal, sino en muchos casos superponiéndose en el tiempo, con avances y retrocesos, y dentro de un marco de inseguridad y represión continuada por parte del gobierno.
Pese a una indiscutible apertura en el planteamiento de los problemas que afectan a los cubanos, así como de una crítica de las actividades, planes y resultados obtenidos en diversas formas de gestión gubernamental, ello no ha resultado suficiente para canalizar las inquietudes y necesidades de la población a través de los cauces establecidos por la dirección del país. Cada día que pasa crecen las posibilidades de que la inconformidad de paso a protestas más o menos amplias, espontáneas o alimentadas desde el exilio de Miami.
El reciente incidente en una iglesia de Santiago de Cuba debe de servir de advertencia al gobierno de La Habana en este sentido. Bastó una pequeña manifestación de opositores pacíficos y la consecuente represión de ésta —que el propio gobierno admite fue exagerada y torpe— para desatar el peligro de una crisis de las relaciones entre Iglesia Católica y Estado, amenazar con revertir un trabajo de años entre ambas partes y caer en un retroceso que parecía superado tras la visita de Juan Pablo II a la isla.
Aunque tanto el gobierno como la Iglesia han hecho lo posible por evitar una crisis —el primero ofreciendo disculpas y la segunda catalogando de neutral el incidente—, el peligro continúa.
Hoy es más necesario que nunca que La Habana emprenda un mejoramiento de las condiciones carcelarias, ponga en libertad a los opositores pacíficos y ponga fin a los actos de repudio.
Se sabe que el gobierno ha mantenido durante décadas la estrategia de no ceder a presiones, y que por lo tanto estima que un aumento de las actividades públicas de los opositores pacíficos sólo puede ser respondida con un incremento de la represión. Además de la condena —desde el punto de vista ético— que tal actitud merece, hay consideraciones políticas que debieran llevar a una reconsideración por parte de La Habana.
Un aumento de la represión es sólo una muestra de debilidad del régimen. Pero también indica un mal manejo de la situación. Además de la culpa inherente al hecho de suprimir con violencia cualquier manifestación política, quienes tienen a cargo la dirección del país son culpables de alimentar un crecimiento de las tensiones, mediante un obstinado estancamiento que impide buscar soluciones al problema de la falta de libertad de expresión.
Si el gobierno cubano ha cambiado una estrategia sostenida a lo largo de décadas, y en la actualidad permite una mayor crítica de lo mal hecho, en igual sentido debe actuar para disminuir los insostenibles niveles de represión que llevan a la cárcel a cualquiera que se manifieste en favor de una mayor libertad y la excarcelación de los opositores pacíficos. Es cierto que la crítica hasta ahora no deja de ser una permitida sólo en determinadas circunstancias, en órganos de prensa a los que en la actualidad se les deja llevar a cabo esta labor y por funcionarios concretos. Reconocer este hecho no debe impedir reconocer esta actitud como positiva, al tiempo que se pide un paso más de avance: ampliar los espacios de desacuerdo y dejar de encarcelar a quienes se atreven a reclamar más libertades o simplemente la liberación de compañeros encarcelados injustamente. De ocurrir un vuelco en esta situación, se podría hablar —de una forma más amplia— del inicio de cambios en el país.
Si el gobierno cubano se empeña en confiar sólo en sus cuerpos represivos para acallar las manifestaciones en su contra —con independencia del hecho de que muchas de ellas son alimentadas desde la tranquilidad del exilio—, sólo estaría contribuyendo a echarle más leña al fuego, algo que por otra parte es lo que buscan algunos en Miami.
Fotografía: una mujer camina de rodillas hacia la iglesia del poblado de El Rincón, en La Habana, en vísperas del día de San Lázaro, el sábado 16 de diciembre de 2006 (Alejandro Ernesto/EFE).

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