viernes, 7 de diciembre de 2007

¿Una trampa a la Iglesia?


En las difíciles y complejas relaciones que la Iglesia Católica cubana mantiene con el Estado actúan varios factores y hay diversos aspectos, definidos fundamentales por la labor de la institución y lo que le está permitido o no dentro de una sociedad como la que existe en la isla.
Mientras que las relaciones entre el Vaticano y La Habana, como dos estados con concepciones ideológicas diferentes pero con nexos cordiales, han mejorado fundamentalmente luego de la visita de Juan Pablo II a la isla, no puede decirse lo mismo respecto a otras funciones que la institución religiosa lleva a cabo.
En primer lugar la Iglesia nacional ha crecido notablemente en loo que se refiere al número de fieles y la libertad para realizar actos como procesiones religiosas. Pero al mismo tiempo encuentra impedimentos y dificultades en extender su papel en la sociedad, como organización educativa, de asistencia humanitaria y social, y por lo tanto ver crecer su influencia en la ciudadanía, más allá de satisfacer una necesidad espiritual. En los terrenos de ayuda y guía del cubano de a pie a la hora de enfrentar los problemas materiales, funciones en que colabora pero también compite con el gobierno, a la Iglesia se le permite desempeñar un apoyo condicionado. Se saluda su participación, pero al mismo tiempo existen límites que le impiden pasar a ser, en buena medida, uno de los sustitutos de un Estado que, por principio, se define como el medio principal para llevar a cabo la satisfacción de las necesidades materiales, de educación y desarrollo personal. Al igual que ha ocurrido con el trabajo con cuenta propia, a la Iglesia se le acepta en una condición dictada por las circunstancias del momento, pero se hace lo posible por no extender su alcance.
En estos dos aspectos cifra la Iglesia, en estos momentos, su relación con el gobierno cubano. Lograr avances en ambos es su prioridad principal.
Un tercero tiene que ver con la función social de la Iglesia, pero en un sentido más amplio, que da cabida a la política. Aquí los vínculos han sido más difíciles, no sólo de la Iglesia como institución con los órganos de poder de la isla, sino también en el desempeño de los fieles dentro de la misma. Tiene que ver fundamentalmente con la labor que desempeñan los laicos y sus motivaciones políticas y de defensa de los derechos humanos. Aquí la Iglesia ha sido más permisiva en ocasiones, y en otras ha incrementado las restricciones, con el objetivo de lograr los dos primeros objetivos antes expuestos. No se trata aquí de enjuiciar este comportamiento —algo que merece también algunos comentarios—, sino en señalar su existencia dentro de una organización jerarquizada, que en última instancia brinda el beneficio de un poder indiscutible, pero también se guía por una disciplina férrea, dictada por un centro de poder situado a muchas millas de distancia y que contempla a Cuba como una nación más y no precisamente una de las principales a sus fines y acciones.
Queda por señalar —entre otras— la función de refugio y amparo para perseguidos y necesitados de apoyo. Aquí la Iglesia no puede —o debe, porque en ocasiones lo ha hecho— eludir su función. Sólo que esta es matizada por las circunstancias presentes. Así ha sido siempre, y repito que no se trata en estos momentos de juzgar una labor sino de identificar sus propósitos, que dependen de lo que dicta un centro de poder, similar a cualquier otro ejercido por cualquier nación, pero definido por un alcance que excede a sus posibilidades como Estado. Es decir, el alcance de la Iglesia trasciende su poder material y se define en buena medida por una responsabilidad espiritual y humanitaria, pero éstas enfrentan limitaciones dadas por las condiciones del momento.
Al no negarse a esta función de refugio, la Iglesia es vulnerable de verse con frecuencia en situaciones en que tiene mucho que perder, pero a las que está obligada a obedecer para ser fiel a sus principios y no perder influencia.
La potencialidad de esta influencia, en una situación como la que atraviesa Cuba, es mucho mayor que la capacidad que posee en la isla en estos momentos. De hecho, sólo hay dos instituciones en el país —con posibilidades debido a su alcance nacional, vínculos y organización— capaces de desempeñar una amplia función en una situación de crisis: el ejército y la Iglesia.
Al tiempo que el gobierno cubano se ha cuidado de limitar el crecimiento de la Iglesia como institución a lograr un papel fundamental en el tramado de una sociedad civil apenas existente, también existe el interés, por parte de ciertos sectores del exilio, de minar ese desempeño “apaciguador” que la Iglesia ha desempeñado.
Cabe la pregunta si lo ocurrido en una iglesia de Santiago de Cuba no es en parte el resultado de un intento por poner en crisis ese vínculo entre Estado e Iglesia. Sería aventurado señalar posibles culpables. Pero, como siempre, resulta válido preguntarse quiénes se beneficiarían si una crisis de este tipo se produjera: ¿las fuerzas que dentro de la sociedad y el gobierno cubano se oponen a cualquier tipo de cambio o quienes en Miami persisten en crear una situación de inestabilidad en la isla que beneficie sus propósitos? Suele ocurrir que por motivos diferentes, los extremos encuentran un terreno común para hacer avanzar una agenda estrecha. No tienen necesariamente que coordinar sus esfuerzos, les basta coincidir en sus propósitos, aunque éstos sean diametralmente opuestos.
Fotografía: un grupo de ciudadanos observan el 08 de setiembre de 2001 el paso de la
imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, llevada en procesion por las calles de La Habana durante la celebracion de su dia. El cardenal cubano Jaime Ortega denuncio en su homilia de ese dia, que al paso de la procesion por la ciudad, constato las condiciones de pobreza en que vive gran parte de la poblacion cubana y advirtio sobre las diferencias sociales que dividen a los cubanos que reciben ayuda economica del exterior y a quienes no la reciben (Adalberto Roque/AFP).

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