martes, 19 de febrero de 2008

Amanecer en Miami


El martes 19 de febrero del 2008 los exiliados cubanos amanecieron con una noticia que muchos de ellos han tratado de asimilar durante todo el día: la renuncia de Fidel Castro a continuar en el poder, 49 años y 49 días después de llegar triunfalmente a La Habana en 1959. Demasiados nueves en una ecuación, para quien gobernar a un país representó un ejercicio casi perfecto de mantenerse el mando y una presencia constante en los frentes más diversos, de lo supremo a lo pueril. El ''casi'' determinado por una razón vulgar: la humillación a que nos somete el cuerpo y las afrentas de la edad.
Desde horas de la madrugada, las emisoras de televisión hispanas buscaban desesperadamente un sostén que les permitiera alargar las horas y poder lanzar a los reporteros al Versailles, para llenar el espacio con opiniones más o menos coloridas, que permitieran aligerar la carga que unas presentadoras bonitas (algunas) y tontas (todas) intercambiaban con unos presentadores engolados y más tontos todavía.
El problema era que la supuesta alegría, por la partida de Castro, no podía ser tal.
Porque al final el Comandante en Jefe va a dejar de serlo, no por haber perdido batalla alguna sino por limitaciones físicas. Así que éste se aleja del poder en el más puro hemingwayano: destruido, pero no derrotado.
Menos que celebrar incluso, para los exiliados de "línea dura'', cuando se comprueba que lo anterior resulta secundario ante una realidad aplastante: con su renuncia, Fidel Castro se limita a oficializar una situación que desde hace 19 meses viene ocurriendo.
No es, por otra parte, una decisión sorpresiva. Más allá de las especulaciones, los rumores y las dudas, el proceso de sucesión en Cuba ha seguido un guión preciso y claro.
Como escribí hace meses en un comentario de este blog, durante estos meses de la enfermedad y convalecencia de Castro, La Habana ha restringido información, pero no ha mentido sobre el estado de salud del gobernante.
Así que la salida de Castro de sus cargos de gobierno llega como final de una etapa a un exilio que ha conocido el proceso principalmente por las fuentes oficiales de la isla y sin la menor participación en el mismo: receptores pasivos capaces de una tontería o una payasada fuera de tono.
Por lo demás, el modelo cubano -estemos de acuerdo o no con él- ha demostrado una capacidad de estabilidad más allá de la salud del gobernante.
En este sentido, valía la pena saltar de canales de televisión e ir comparando la cobertura en inglés y en español, en Miami y en el resto de la nación. Mientras las emisoras dedicadas a los televidentes del exilio trataban de especular, y en el mejor de los casos se limitaban a la prudencia, las estaciones norteamericanas lanzaban la pregunta realmente importante en Estados Unidos: ¿Qué sentido tenía proseguir con la obsoleta política del embargo?
En la televisión en inglés, en muchos casos los comentarios sobre la renuncia de Castro llevó a un cuestionamiento de la política hacia La Habana del gobierno norteamericano.
Creo que esa pregunta, ausente de la prensa en español de Miami, tiene una importancia fundamental en estos momentos.
Fotografía: reacciones de exiliados cubanos en La Pequeña Habana, tras conocer la noticia de la renuncia de Fidel Castro (Llynne Sladky/AP).

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