viernes, 22 de febrero de 2008

El peligro del fanatismo


Los negocios no tienen ideología. O tienen simplemente la ideología de hacer negocios, sin detenerse en otro tipo de razones. No es un problema de partido político. Si las principales compañías que se beneficiaron con contratos en Irak han sido las de los mayores contribuyentes al Partido Republicano, es porque los republicanos están en el poder. Nada garantiza que los demócratas no hubieran hecho lo mismo. Tampoco Estados Unidos es el único país que ha hecho negocios con dictadores.
En el caso de Irak, Francia, Rusia y China mantuvieron acuerdos con Saddam Hussein a sabiendas de la predilección de éste por las armas químicas. Al régimen de La Habana nunca le han faltado inversionistas. Arabia Saudita, China, Pakistán, Vietnam. La lista es demasiado larga.
Lo que debería cambiar es el comportamiento del votante estadounidense. El impulso pueril de votar por el candidato que mejor luce ante las cámaras. "El tipo con el que saldría de pesquería o usted se tomaría una cerveza''. Se trata de una descripción clásica de los encuestadores, a la hora de determinar la preferencia por determinado candidato en este país. El guiarse por unos anuncios políticos machacones y el apoyo de un actor o vedette son parte de la indolencia que acarrea toda democracia. Una indolencia que contribuye a la riqueza y a la miseria.
El único consuelo, hasta ahora, es que resulta difícil elegir a alguien menos capacitado para el cargo que el actual presidente George W. Bush.
Con lenguaje sencillo y rostro simpático, el presidente Bush esconde el fanatismo que lo impulsa, al tiempo que recurre a la demagogia para justificar sus acciones. Los electores tienen que tener en cuenta su actuación -sus errores y logros-, no sus discursos. Podrá ganar o perder. Lo importante es que lo logre sin engaños.
Las pruebas son irrefutables. Bush llevó a esta país a una guerra apoyado en el argumento de que Sadam Husein poseía armas de exterminio masivo. Estas no han aparecido. Han muerto más soldados norteamericanos luego de la caída del dictador iraquí que en los combates para derrocarlo. No se ha encontrado un vínculo entre Husein y Al Qaeda. El régimen secular de éste no propiciaba el fundamentalismo islámico. Todo lo contrario: lo reprimía. La mayoría de los que participaron en los atentados terroristas eran sauditas. No había un solo iraquí.
Las raíces del terrorismo hay que buscarlas, por una parte, en las ciudades de Occidente. En los núcleos de inmigrantes, quienes enfrentan la discriminación y la pobreza al tiempo que ciertos líderes religiosos le alimentan los odios y les inculcan una fe ciega con la que enfrentar la pérdida de valores y superar la crisis de identidad. También en los países que amparan y nutren a los grupos de fanáticos, como Arabia Saudita, Pakistán, Irán y el Afganistán del régimen talibán. Son hechos, datos, cifras.
La actual administración no ha llevado la democracia a Irak. Ha sumido a ese país en el caos y la inseguridad. Es difícil creer en un futuro democrático cuando sólo se escuchan disparos.
Contra estos hechos se alza la demagogia. En la última campaña, ésta resultó efectiva en la misma medida que el irracionalismo cobró fuerza. No hubo recurso más fácil que alimentar el miedo. Bush repitió el argumento de que ahora todos los países saben que Estados Unidos apoya con acciones sus palabras. Con esa supuesta determinación evitó un análisisi a profundidad de si las acciones eran adecuadas. No se trata de que el resto del mundo ema a esta nación. Hay que buscar la cooperación, no el sometimiento. Es imposible someter al mundo entero a los designios de Washington. Así lo indica el sentido común. Y sólo los fanáticos no toman en cuenta el sentido común. Desde la reelección de Bush, esta situación ha cambiado por completo. Hoy se analizan y critican más los resultados de su política nefasta -los secuetros, las torturas, las múltiples violaciones de los derechos individuales- que la supuesta determinación mostrada por el mandatario
Ningún gobernante está libre de equivocarse. El problema es cuando no lo reconoce. Bush nunca ha sido dado a reconocer sus errores. Quien todo lo ve en blanco y negro, aquel que considera que el mundo se divide en buenos y malos, no admite matices. Tampoco le gusta escuchar opiniones contrarias.
No se puede mirar hacia otro lado frente a datos divergentes. Aferrarse a un esquema preconcebido llevó a esta administración a justificar el inicio de una guerra contra Irak. ''Los expertos son peligrosísimos'', dijo en una ocasión el legislador Mario Díaz-Balart en Radio Mambí. Este rechazo a la inteligencia y el saber caracteriza plenamente a un sector del Partido Republicano. El conocimiento no es un peligro. El fanatismo, la incapacidad y la ignorancia sí.
Fotografía: las olas rompen contra El Malecón en esta foto de archivo del 25 de octubre de 2005 (Eduardo Verdugo/AP).

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...