martes, 19 de febrero de 2008

Ridículo y negocio


Incapaces de encontrar una mejor opción, algunos exiliados cubanos se concentraron alrededor del restaurante Versailles, lugar donde nunca faltan periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión, para comentar la noticia de la renuncia de Fidel Castro, celebrar y debatir sobre el futuro de la isla.
Alberto Hernández, luciendo un sombrero blanco de ala ancha y habano sin encender en la boca, salió de su casa más temprano que nunca al enterarse de la novedad. ''No podía dormir después que me llamó un amigo para avisarme. Para muchos esto es como el final del diablo, uno vive más tranquilo'', dijo Hernández, de acuerdo a una información de la AFP.
Un vendedor de baratijas que ofrecía collares y gorros con los colores de la bandera cubana apareció para conmemorar ''este día histórico'' y hacer su negocio. ''Póngase uno de estos colgantes, valen dos dólares. ¿O prefiere un gorro?'', ofrecía a los clientes.
''Es hora de que se organice la oposición en la isla'', dijo ''P51'', que prefirió identificarse con su "nombre de guerra''. El hombre, ex piloto de combate del Ejército de Fulgencio Batista contra la Revolución, dijo que en la isla ''hay un cambio de cara, pero sigue el mismo régimen''.
''No queremos que pase en Cuba como pasa en Rusia, que continúa un hombre del antiguo régimen como Putin, ex miembro de la inteligencia soviética'', opinó. ''En Cuba hay que empezar de cero. Que no nos engañen. Tiene que caer el gobierno y tienen que irse todos'', advirtió.
''Fidel está muerto, ya es una momia. Que no nos mientan'', insistía un hombre que a cada rato entraba al Versailles a pedir ''otro cafe cubano'', y salía renovado a continuar su prédica.
Fotografía superior: un exiliado cubano en la Calle Ocho (John Riley/EFE).
Fotografía izquierda: un vendedor callejero ofrece collares con la bandera cubana en La Pequeña Habana (J. Pat Carter/AP).
Fotografía derecha: Miguel Gómez Beruvides (derecha) grita consignas anticastristas, mientras Miguel Saavedra sostiene una bandera norteamericana en La Pequeña Habana (Alan Díaz/AP).

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