sábado, 22 de marzo de 2008

Raúl Castro: logros y retos


Poco hay en común entre la sorpresiva noticia, contenida en la breve carta de Fidel Castro del 31 de julio del 2006, proclamando el traspaso temporal del poder a su hermano Raúl, y su largo artículo del 19 de febrero del 2008, donde se produce el esperado anuncio de que no aspirará ni aceptará ser reelegido en el cargo de presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe. Pero no es poco lo que une a ambos documentos en un denominador común: los dos cumplen el objetivo de informar a la población cubana de una situación en desarrollo y contribuir a que ésta se mantenga en calma frente a los acontecimientos.
El artífice de la tranquilidad en el primer caso es el presidente cubano. Hasta entonces había significado el monopolio de poder en su forma más absoluta, para bien y para mal de sus seguidores; en los grandes momentos y en las decisiones más insignificantes. Estratega y cocinero, jefe de Estado y consejero familiar.
Sin embargo, a la hora de escribir la ''reflexión'' en que concede a no volver a reelegirse -y el texto le debe haber resultado difícil por momentos y en otros puede que lo haya escrito casi mecánicamente- tiene que cargar también con el alivio -o la resignación- de que su hermano no lo ha hecho nada mal, en cuanto a consolidar su poder y abrir aunque sea el pequeño espacio de una esperanza inmediata, en una nación donde sus habitantes han estado acostumbrado a la espera durante casi medio siglo.
Washington, que tiene un considerable historial de torpezas en su trato con el gobierno de La Habana, se apresuró en calificar al ministro de Defensa como una versión light de Fidel, al poco tiempo de producirse el traspaso temporal del poder en la isla. Desde entonces la política norteamericana respecto a Cuba se ha mantenido en ese rumbo errado, establecido desde hace años y caracterizado por las concesiones al poderoso exilio de Miami y el interés callado de evitar cualquier cambio en la isla que pueda resultar en una crisis migratoria. Durante los 19 meses transcurridos, lo único que ha hecho la Casa Blanca al respecto, más allá de declaraciones altisonantes y gestos cosméticos con algunos miembros de la disidencia, es realizar ejercicios para proteger su frontera del estrecho de la Florida en previsión de un éxodo.
A 18 días del traspaso temporal de poderes, se publicó una entrevista con Raúl en el periódico Granma. Fue cuando por primera vez se dio a entender que existía una gran posibilidad de que el alejamiento de Fidel del mando se extendiera más allá de la fecha prevista del 2 de diciembre. También el primer momento en que el ministro de Defensa extiende una rama de olivo a los Estados Unidos, gesto que repetirá posteriormente.
A partir de entonces Raúl trató de aprovechar al máximo las ventajas que le ofrecía el tiempo, en un ejercicio de microgobierno reservado, donde siempre ha contado con la ventaja de la justificación -quizá mejor sería decir que la especulación- de la presencia de Fidel como posible freno a los cambios, aún desde su lecho de enfermo. Esta protección está a punto de desaparecer, si el general es elegido el nuevo presidente, tal como parece previsto.
A estas alturas pocas dudas caben de que el gobierno de Raúl tendrá como principio lograr que el sistema implantado por su hermano funcione por primera vez en los casi cincuenta años de establecido.
Si lo logra, se habrá anotado un triunfo. No para el resto del mundo, que poca importancia otorgará a que mejore el transporte público, la dieta alimenticia del cubano y la construcción de viviendas. Pero el ciudadano de la isla, una vez alcanzadas estas mejoras no se sentirá satisfecho sino todo lo contrario: querrá ver mayores cambios.
Mejoras de este tipo ocuparán titulares en la prensa internacional sólo en los primeros meses, más bien para ejemplificar un punto de partida respecto a la época fidelista, pero pronto dejarán de interesar. Los grandes apagones que por años padecieron los cubanos fueron noticia. Si la electricidad no falta ahora ningún periodista se detiene a recordarlo.
Fidel Castro ha sido y continúa siendo un excelente creador de noticias. Su hermano no lo es. De hecho, el estado de salud del gobernante se ha mantenido, durante los 19 meses en que Raúl ha gobernado interinamente, como el foco principal de atención de la prensa, mientras que el hecho de que el país continuara funcionado con las conocidas deficiencias y escaseces, y lentamente se vaya transformando, no ha resultado obviado del todo, pero tampoco ha conseguido ocupar espacio en la primera plana de los diarios.
Raúl puso en marcha un plan en que paulatinamente ha ido estableciendo una mayor participación de las instituciones y un gobierno menos unipersonal, lo que no ha implicado un avance hacia la democracia sino un mando estratificado dentro de una cúpula de dirección que en última instancia tiene un poder limitado pero una capacidad de acción más amplia que cuando Fidel metía las narices en todo.
Lo significativo en este caso es que el gobierno de Raúl será mucho más progresista que el de su hermano, no porque intente avanzar hacia una sociedad moderna sino por la renuncia a caer en el pasado precapitalista que caracterizó el rumbo errante de Fidel Castro durante tantos años de gobierno.
El reto para Raúl es garantizar que haya algo que poner en la mesa de los cubanos todos los días, establecer un sistema de transporte público que funcione con un mínimo de eficiencia y conseguir cierto avance en el nivel de vida de la población. No son objetivos imposibles de lograr en la actual situación cubano. Pero también es un reto que su hermano no pudo resolver en 47 años. Si lo logra, debe saber que a estas alturas no puede esperar el agradecimiento de un pueblo que desde hace años mira a Miami como meta en cuanto a un estilo de vida. No faltarán quienes le reprochen que bajo su mando la isla volvió a ocupar la dimensión insular de la que logró sacarla su hermano. Tampoco estará libre del fantasma de que habrá triunfado en aspectos que a Fidel poco le importaron y que siempre los consideró secundarios; conocedor en todo momento de que la historia no se escribe en el comedor de la vivienda o mientras se espera el ómnibus.
Fotografía: varios feligreses participan el 21 de marzo de 2008 de la Procesión del Vía Crucis celebrada en La Habana. En este país, único estado comunista de América, los fieles católicos acuden a las eucaristías en las iglesias y participan en los Vía Crucis y las procesiones alegóricas a estas fechas, a pesar de que la Semana Santa transcurre, sin receso escolar y laboral como marca la tradición en otros países Stringer/EFE).

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...