martes, 1 de abril de 2008

Doble moneda, doble problema


La economista española Cristina Xalma trata de explicar las ventajas y desventajas de la dualidad monetaria en Cuba, pero análisis considera una cuestión de transición lo que constituye uno de los problemas claves que enfrenta la economía cubana en estos momentos. Al tratar de justificar la doble moneda, y explicarla de acuerdo a lo ocurrido en la isla luego del fin de la Unión Soviética y el campo socialista, la profesora Xalma no hace más que enmascarar el verdadero problema. En este caso, actúa como la enfermera, que a falta de un cirujano y los medios requeridos para llevar a cabo una intervención quirúrgica, se limita a poner una curita en la herida, pasar la mano por la zona del cuerpo donde el dolor es más intenso y brindar unas palabras de consuelo mientras exhibe un rostro afligido. Sólo que la realidad supera cualquier cara bondadosa y va más allá de los socorridos pretextos.
En entrevista realizada por Pascual Serrado, aparecida en Rebelión y reproducida en Progreso Semanal, la profesora Xalma dice que el origen de la doble moneda “está en la grave crisis económica que sufre Cuba durante la primera mitad de los noventa”. Pero el problema de la devaluación de la moneda cubana no se origina en la década de 1990, sino que hace crisis entonces, aunque venía existiendo desde décadas atrás. Es más, ni siquiera se trata de un problema único en la isla, sino una situación característica de los países socialistas existentes hasta entonces, desde la propia Unión Soviética hasta Cuba.
Lo sabía cualquier funcionario o artista que viajaba fuera de Cuba en los años anteriores al llamado período especial, a comienzos de los ochenta, por ejemplo. Al llegar a cualquier aeropuerto internacional y mirar la pizarra de cambio de divisas, no sólo no figuraba la moneda del país (el peso cubano), sino tampoco el rublo y la corona checa, por citar dos ejemplos.
En realidad, el concepto de peso convertible no nace en Cuba y poco tiene que ver con la mencionada crisis que sufrió el país. En cualquier hotel moscovita uno encontraba, en 1980, mercancías valoradas en “rublo-dólares”. Es decir, con un valor que respondía no al rublo que circulaba en las calles de la capital soviética sino de acuerdo a otro distinto que se adquiría a cambio de dólares norteamericanos. Esas mercancías, como es conocido, se encontraban en tiendas a las que no tenían acceso los soviéticos, ya que estaban destinadas a extranjeros (de hecho, los soviéticos tampoco podían entrar en estos hoteles, así que la prohibición, para usar una palabra de moda, era doble o triple).
Más que una “solución para el corto/medio plazo”, la doble moneda actúa como enmascaramiento del problema: trata de ocultar la realidad, que es el valor reducido de la moneda nacional frente a otras divisas. Las dos caras del problema son conocidas. En muchas naciones subdesarrolladas y pobres, el valor depreciado de la moneda se asume como miseria, explotación de mano de obra barata y precios bajos. En otras determinados controles estatales sirven más de pantalla que de control eficiente para mitigar la realidad. La Unión Soviética y Europa del Este fueron buenos ejemplos de esta política de avestruz durante décadas, pero no los únicos. En Latinoamérica se han sucedido gobiernos de estricto control monetario por otros de un liberalismo absoluto con iguales resultados nefastos en ambos casos.
Es cierto, como señala la profesora Xalma, que “la dualidad no es sólo monetaria”. Tiene que ver con el sistema político adoptado y las aspiraciones sociales dentro de este sistema. El problema es que, como ha ocurrido en Cuba, cuando las soluciones políticas sustituyen —o tratan de ocultar— la realidad económica. Las subvenciones del Estado a ciertas mercancías, determinadas industrias y ciertos productos agrícolas —una práctica por lo demás corriente en las sociedades capitalistas, con la limitación de que, en ocasiones, está destinada exclusivamente al beneficio de ciertos productores— funcionan mejor cuando desempeñan el papel exclusivo de mecanismo compensatorio, sin definir el panorama económico. De ocurrir esto último, por lo general lo que ocurre es el fortalecimiento de otros mecanismos propios de la economía informal —y la culminación de estos en actividades ilegales como el mercado negro— que al tiempo que deben su razón de ser al Estado (o a la ineficiencia estatal para aumentar la producción) no revierten ganancia alguna en éste.
Es por ello que el aceptar que la dualidad monetaria implica también una dualidad política debe servir no de justificación, sino de llamado de alerta ante la imposibilidad de resolver el problema sólo con decretos. Es cierto que el actual gobierno cubano ha declarado una intención de avanzar en este terreno, fundamentalmente en el sector agrícola, pero aún no existen indicios de un ajuste en los precios basados en una ley de la oferta y la demanda que no excluya controles generales, pero que permita a la actividad económica moverse con mayor libertad.
El confiar en la capacidad estatal para “dotar de todo su contenido y su poder adquisitivo al peso cubano”, como formula la doctora Xalma, es muy parecido a pedirle peras al olmo. En casi cincuenta años el sistema imperante en la isla ha sido incapaz de lograrlo. Más allá de ciertas conquistas sociales importantes, todas conocidas y algunas en deterioro, el gobierno cubano ha resultado un pésimo productor y peor administrador. No es que se caracterice por otorgar subsidios productivos, sino que necesita estar subsidiado el mismo para poder existir.
Enfrentar el problema de la dualidad monetaria con un mínimo de realismo obliga a reconocer que no se trata de conseguir que el peso cubano “de nuevo sea fuerte”, algo que no ha sido tras el comienzo de la década de 1960, sino establecer mecanismo que permitan un ajuste monetario a la realidad del país, al tiempo que se establecen determinadas medidas tendientes a aliviar la carga que implica dicho proceso para los más débiles (jubilados, niños, etc.).
Si el gobierno cubano apuesta a que un aumento de la productividad, supuestamente logrado mediante una mayor eficiencia de un medio de producción socialista, posibilite la eliminación de la doble moneda, no hace más que mezclar el problema con la solución del problema. Resulta imposible, en las condiciones actuales de la isla, aumentar producción estatal y eficiencia sin liberar al menos algunos sectores económicos. Sólo con una legalización amplia de la economía informal, e incorporada dentro de un sistema económico amplio en que se consideren tanto facilidades y estímulos como aportes fiscales, podrá lograrse un incremento paulatino del valor del peso cubano.
Este incremento, por otra parte, siempre será limitado por la realidad de un país subdesarrollado, el cual en estos momentos no cuenta con recursos (olvídese de momento la esperanza petrolera) ni industrias capaces de impulsar una subida drástica del peso cubano en los próximos años. El muy devaluado dólar continúa siendo “el dólar” en Cuba. Lo demás son esperanzas e ilusiones.
Fotografía: una cubana prueba una motocicleta eléctrica en un establecimiento de La Habana(STR/AFP/Getty Images).

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