jueves, 24 de abril de 2008

En Miami echan leña al fuego, y gasolina para que no se apague en La Habana


Hay dos aspectos fundamentales, que creo necesario aclarar, antes de comentar el último incidente ocurrido con las Damas de Blanco.
Los disidentes encarcelados, y todo tipo de preso político y prisionero de conciencia en Cuba debe ser liberado. No como muestra de buena voluntad del gobierno de La Habana ni a cambio de concesión alguna, sino simplemente porque las sentencias fueron injustas y las condenas más que exageradas.
La actuación de la Damas de Blanco ha sido manipulada desde Washington y el exilio de Miami. Su meta, la liberación de sus familiares presos, convertida en bandera de campaña política en esta ciudad y sus actividades financiadas y estimuladas con recursos provenientes del exterior. En ocasiones, los extranjeros que se han sumado a sus actos lo han hecho por motivos políticos que no guardan relación con lo que debería ser la esencia de la labor de esta manera o por compromisos económicos o institucionales.
Debo aclarar que no creo que algún grupo disidente pueda mantenerse sin la ayuda externa, pero desgraciadamente en los últimos años ésta se ha convertido fundamentalmente en dinero proveniente del gobierno de Estados Unidos, de forma directa e indirecta.
Pero la falta de resultados alentadores en la labor disidente, algo que ha obedecido a diversos factores, ha contribuido, y en gran parte definido, al énfasis en la pobre utilización de un dinero que se consigue gracias a Washington, se gasta en Miami y se cargan las culpas en Cuba. Hasta ahora las Damas de Blanco han sido en buena medida la excepción a esta regla, pero una cercanía creciente con la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana está modificando ese juicio.
Afirmaciones como las anteriores seguro no me ganarán amigos en cualquiera de los dos bandos, pero así es como pienso.
Creo, además, que visto desde la distancia de Miami, uno puede considerar que el intento de plantón que estas mujeres realizaron el lunes puede calificarse con puntos positivos y negativos para el grupo: si bien una vez más lograron que la prensa internacional (en Estados Unidos y España principalmente) reportara sus reclamos, también se hizo evidente la capacidad del gobierno de La Habana para controlar la situación con un mínimo de esfuerzo. Se empleó sólo la violencia necesaria para forzar a una persona, que está ejerciendo una resistencia pasiva, a abandonar un lugar.
Hay sin embargo, una consideración que no debe escapar a quienes han tratado de analizar la situación con mayor objetividad o tratado de explicar lo ocurrido bajo una óptica favorable o neutral hacia La Habana. El reclamo de las Damas de Blanco no sólo es justo, sino que debe ser enfrentado por el gobierno de La Habana, quien debe dar una respuesta que sea más que una esperanza, la que por otra parte hasta el momento brilla por su ausencia.
No sólo La Habana tiene que buscar una solución al problema. Europa, y especialmente España, deben intentar al menos una participación más activa en éste.
La Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, publicada hoy en Granma, poco contribuye en este sentido. Todo lo contrario. La amenaza de una mayor represión, escrita con la retórica que ha caracterizado al proceso durante 50 años, vuelve a colocar un sabor amargo en la boca de todos los que quieren ver avances en la situación cubana.
La Habana debe comprender que pese a una indiscutible relativa apertura en el planteamiento de los problemas que afectan a los cubanos, y al punto final a una serie de restricciones económicas, no disminuyen las posibilidades de que les produzcan protestas más o menos amplias, espontáneas o alimentadas desde el exilio de Miami.
El reciente incidente con las Damas de Blanco, así como otro ocurrido en una iglesia de Santiago de Cuba, deben de servir de advertencia al gobierno de La Habana en este sentido. En el ocurrido en Santiago de Cuba, bastó una pequeña manifestación de opositores pacíficos y la consecuente represión de ésta -que el propio gobierno admite fue exagerada y torpe- para desatar el peligro de una crisis de las relaciones entre Iglesia Católica y Estado, amenazar con revertir un trabajo de años entre ambas partes y caer en un retroceso que parecía superado tras la visita de Juan Pablo II a la isla.
Este segundo caso debía servir de ejemplo. La crisis fue resuelta de forma satisfactoria, con la buena voluntad del gobierno y la Iglesia, y hoy las relaciones con el Vaticano son aún mejor que antes, tras la visita del Cardenal Bertonne.
La Habana debería facilitar una labor mediadora, del Vaticano o Madrid, para buscar una solución al drama de los disidentes encarcelados. Por lo pronto, hoy es más necesario que nunca que La Habana emprenda un mejoramiento de las condiciones carcelarias, ponga en libertad a los opositores pacíficos y ponga fin a los actos de repudio.
En Cuaderno de Cuba se ha enfatizado en diversas ocasiones que se conoce que el gobierno cubano ha mantenido durante décadas la estrategia de no ceder a presiones, y que por lo tanto estima que un aumento de las actividades públicas de los opositores pacíficos sólo puede ser respondida con un incremento de la represión. Pero además de que esta actitud debe ser rechazada desde un punto de vista ético, hay consideraciones políticas que debieran llevar a una reconsideración por parte de La Habana.
Un aumento de la represión es sólo una muestra de debilidad del régimen. Pero también indica un mal manejo de la situación. Además de la culpa inherente al hecho de suprimir con violencia cualquier manifestación política, quienes tienen a cargo la dirección del país son culpables de alimentar un crecimiento de las tensiones, mediante un obstinado estancamiento que impide buscar soluciones al problema de la falta de libertad de expresión.
Si el gobierno cubano se empeña en confiar sólo en sus cuerpos represivos para acallar las manifestaciones en su contra --con independencia del hecho de que muchas de ellas son alimentadas desde la tranquilidad del exilio--, sólo estaría contribuyendo a echarle más leña al fuego, algo que por otra parte es lo que buscan algunos en Miami.
Fotografía: una mujer se asoma entre unas columnas en el malecón de La Habana, el 23 de abril de 2008. Hoy, día 24, Raúl Castro cumple dos meses como presidente de Cuba (Alejandro Ernesto/EFE).

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