martes, 8 de abril de 2008

Historia y revolución


''La importancia de una revolución podría medirse por la calidad de sus historiadores'', escribe Rafael Rojas en El Nuevo Herald. La limitación del condicional ''podría'' es lo suficiente amplia para albergar todas mis dudas.No creo en un determinismo histórico, así que mucho menos voy a confiar en el historiográfico. Por las circunstancias más diversas, ciertos períodos son más estudiados que otros. En algunos casos se trata de una sobrevaloración, en ocasiones es simplemente un problema de mercado editorial o de facilidad para obtener la información.De los cuatro ejemplos que menciona Rojas, dos al menos podrían servir para afirmar la tesis contraria.El autor de Tumbas sin sosiego fundamenta su tesis en cuatro importantes movimientos históricos: “la revolución norteamericana de 1776, la francesa de 1789, la mexicana de 1910 y la rusa de 1917”. Sin embargo, al menos en el constantemente renovado afán historiográfico sobre dos de ellos hay suficientes elementos como para poder limitar la calidad del estudio de una época a factores en muchas ocasiones circunstanciales —o cuya ocurrencia guarda poca relación con los hechos revolucionarios—, que determinan el valor de mercado o la importancia académica de un tema, con independencia del valor histórico.Para comenzar, la llamada “revolución americana”. El término es el adoptado por la historiografía norteamericana, ya que en otros países por lo general se estudia como la Guerra de Independencia de las Trece Colonias. Incluso en Estados Unidos, muchos historiadores reconocen que el proceso no se inició a partir de ideales revolucionarios, sino todo lo contrario. Los líderes del movimiento creían que el gobierno británico quería imponer un régimen tiránico en las colonias y ellos buscaban una vuelta al antiguo régimen. De hecho, en los primeros años de la lucha la palabra “revolución” fue empleada sólo en muy raras ocasiones. Fue después que se hizo evidente que los poderes mercantilistas europeos no podrían seguir manteniendo su sistema de monopolio con las colonias, y luego de que la constitución republicana de la recién surgida nación americana sirvió como fundamento a un nuevo sistema de gobierno, que adquirió sentido el hablar de revolución norteamericana.Esto último por supuesto que apoya la tesis de Rojas, pero vale la pena añadirle dos puntos. El primero es mencionar la importancia de la Gloriosa Revolución de 1688 en Inglaterra, cuya importancia para el pensamiento político puede considerarse incluso mayor al del proceso que luego ocurriría en Norteamericana, pero cuyos textos de estudio no ocupan igual preferencia que los referidos a las cuatro revoluciones modernas mencionadas por Rojas (lo cual, por supuesto, no quiere decir que no existan).El segundo es que buena parte de la bibliografía que inunda los catálogos de las editoriales norteamericanas, sobre el tema de la revolución norteamericana, son biografías, estudios de batallas y de aspectos de la lucha que no abordan —o sólo lo hacen de forma secundaria— las cuestiones propiamente “revolucionarias” del proceso.El otro proceso histórico cuyo estudio hasta cierto punto no es el mejor de los ejemplos para medir la importancia de una revolución según sus estudios es el ocurrido en México a partir de 1910. Sin restar valor al hecho y su primacía, creo que la revolución mexicana ha sido estudiada —y explotada— por historiadores, ensayistas, novelistas, cuentistas y realizadores cinematográficos en una medida que supera su proyección continental. Al punto que en ocasiones uno está tentado a afirmar que la visión que nos ha quedado de lo ocurrido, o las diversas interpretaciones de los hechos, son más importantes que lo ocurrido y de mayor trascendencia que un alcance regional. ¿Cuánto deben la permanencia de Zapata y Villa al cine y a la novela? Se puede plantear que esto no es más que una medida de su importancia, pero la respuesta aquí es que se busca determinar el alcance e influencia de un acontecimiento, no de su proyección en el imaginario popular. El ejemplo siempre socorrido es la figura del Che Guevara, convertido en icono: el ideal revolucionario en el reino de la imagen, alejado de la praxis e inofensivo.Creo que algunos de los factores que Rojas considera “insuficientes” explican en buena medida la falta de esos estudios a profundidad, sobre la revolución cubana, que él reclama: un proceso que aún no ha concluido, el papel de la ideología y la política en la historia y el hecho de que los archivos “están en manos de un Estado totalitario”. Por otra parte, son los mismos que han permitido el florecimiento de los estudios sobre otras revoluciones, que él pone de ejemplo.Si bien el mercado editorial determina la posibilidad de una buena oferta de libros sobre Cuba, éstos van desde el estudio sobre ciertos aspectos del proceso hasta los abundantes testimonios (quizá excesivos). Todos estos textos pueden realizarse en muchos casos como una actividad colateral, con independencia del talento de sus autores y el que estén más o menos logrados, pero el tipo de piezas del género historiográfico que Rojas reclama requiere algo más: acceso a las fuentes, instituciones académicas, trabajo de equipo y otros recursos. Aquí es donde entra a jugar la economía (personal e institucional), la ideología y la política. En este sentido, determinar el alcance de una revolución por la calidad de los textos escritos sobre ellas puede resultar un ejercicio prematuro y riesgoso.Para ver la columna de Rafael Rojas, La revolución y sus historiadores, pinche aquí.
Fotografía: una cubana en un hotel de la playa de Varadero (Adalberto Roque/AFP/Getty Images).

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