viernes, 4 de abril de 2008

Intelectuales: política y moral


El primero de enero de 1959, los intelectuales cubanos despertaron con la noticia del triunfo de una revolución para cuyo triunfo la mayoría de ellos -pronto comenzarían a escuchar la reclamación hasta el cansancio- no habían hecho lo suficiente.
Ernesto Ché Guevara lo caracterizó con una frase lapidaria: ''El pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios''. Roberto Fernández Retamar le dedicó un verso, que primero pareció sincero y luego resultó hipócrita: ''¿Quién murió por mí en la ergástula?''.
A partir de ese día y durante años muchos escritores cubanos lucharon -algunos con honestidad, otros dedicados a las apariencias- por librarse de una carga que al principio adquirió la forma de culpa existencial y terminó transformada en alabanza fácil, justificación oportunista o pura cobardía.
El origen de la culpa hay que buscarlo en el siglo XIX, cuando surge en la isla un grupo de eminentes intelectuales que se destacan por su lucidez y el deseo de evitar que tras la Independencia se repitieran en el país los errores que por entonces ya ocurrían en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Su labor educativa fue enorme, pero su ''fracaso político'' -no lograr librar a la sociedad cubana de los males que anticiparon- marcó el destino de la nación.
Este fracaso en la esfera ciudadana se justificó con la idealización emocional: la imagen del poeta combatiente como símbolo del intelectual sacrificado por el futuro del país. Basta un solo nombre para llenarla: José Martí, pero hay ejemplos antes y después de la Independencia: Carlos Manuel de Céspedes, Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau, por citar varios de los más destacados.
Tras la república, muchos intelectuales entendieron la labor de educar como un ejercicio diario, a través de la prensa, la radio y el libro. Algunos rozaron el poder político o formaron parte de él, otros se sintieron más a gusto en sus bibliotecas. Pero una buena parte de éstos limitó su lucha al terreno de la confrontación cívica y ciudadana, mientras que a unos pocos su exaltación los hizo asumir posiciones más radicales.
Que el intelectual viera relegado su papel en los aspectos políticos no fue necesariamente una consecuencia negativa. Quizá todo lo contrario. Más allá de la función de conciencia crítica, inherente al acto de creación, la participación de los escritores y artistas en los medios de gobierno, aun limitada a los aspectos de orientación no sólo ha resultado en muchos casos errónea, sino contraproducente y hasta peligrosa.
Sin embargo, el fantasma del ''fracaso'' de los intelectuales cubanos del siglo XIX, que al principio no habían aprobado la lucha armada como la vía hacia la independencia y terminaron sin poder imponer sus reformas, volvió a repetirse en la segunda mitad del XX. La aspiración a una evolución y no a una revolución terminó por convertirse en un ''error'' del que había que renegar a todas luces.
De esta forma, muchos intelectuales cubanos terminaron siendo ''más revolucionarios'' cuando precisamente lo fueron menos. Marcharon, hicieron guardias, gritaron consignas y demostraron una complacencia mayor que nunca con el poder.
Más allá de la discusión conocida, que intenta precisar hasta qué punto se impuso la práctica oportunista y cuándo termino la voluntad revolucionaria, lo que definió las primeras décadas del proceso revolucionario fue la imposibilidad de que los escritores pudieran escapar del debate político.
No es hasta los años noventa que se abre la vía para definir una labor literaria al margen de la política. El asumir una posición que es tanto un rechazo a la situación imperante en la isla como un establecimiento de jeraquías, que deja fuera aspectos que deben preocupar a todo ciudadano, pero que sobre todo debe ser respetada como una opción personal.
No se trata de confundir la labor del escritor con la del político. Un peligro siempre presente en un país donde uno de sus mejores escritores fue a la vez un héroe independentista y ha sido elevado a la santidad nacional, en Cuba y en el exilio.
Pero responder a esta urgencia hace indispensable plantearse varias preguntas.
La primera es hasta qué punto el creador debe sacrificar la realización de su obra frente a una situación transitoria. De nuevo el ejemplo de Martí puede resultar contraproducente. La famosa frase del arte a la hoguera no hay que seguirla al pie de la letra. De ser así, Cuba sería un páramo cultural porque siempre han existido razones para el fuego. El grupo Orígenes, tan fructífero en martianos, no siguió las palabras del Apóstol. Más bien hizo todo lo contrario. Durante toda la tiranía de Batista y en algunos miembros tras el primero de enero de 1959. Se alejó lo más posible de las llamas.
Otra cuestión es el peligro de la manipulación en cualquier sentido. El argumento -no pocas veces usado como justificación- es que los fines políticos de ambos bandos no dejan de ser eso: fines políticos, medios para alcanzar el poder.
A todo esto se añade que la cultura la hacen los miembros de una comunidad o un país, no un gobierno. Hay que diferenciar entre las acciones individuales y las de un Estado. El argumento de que apoyar a los mediadores culturales del régimen es otra forma de apoyar al régimen debe servir de contrapeso el enunciado de que rechazar, por motivos políticos, a cualquier creador es menospreciar la cultura.
Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. El intelectual cubano -en la isla y el exilio- no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana. No es un problema político. Es una condición moral.
Fotografía: Vista general de la presidencia del VII Congreso de la Unión Nacional de Escritores y artistas de Cuba (UNEAC), en esta foto de ayer, 3 de abril de 2008, que será clausurado hoy, 4 de abril de 2008, en La Habana (Omara García Mederos/EFE).

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