domingo, 27 de abril de 2008

Los otros cambios


Si en lo económico está más o menos claro el tipo de cambios que se han iniciado en la isla, en lo político persisten la incógnitas.
La mayor interrogante al respecto —desde la óptica de la preservación del poder por la élite gobernante— es cuál resulta el mejor modelo a adoptar.
La pregunta se fundamenta a partir de que el estilo de gobierno unipersonal implantado por Fidel Castro se agotó con él. La demostración más evidente de este hecho es que las palabras cambio, sucesión, transformación y otras similares comenzaron a figurar en el panorama cubano a partir del día siguiente que se anunció el traspaso temporal del poder, que ahora se ha hecho permanente. Más allá de las simplezas de Washington y Miami —un Castro por otro Castro— y los esfuerzos de La Habana por multiplicar los carteles con la imagen del líder de la revolución, la realidad es que no hay dudas de que nada será igual que antes del 31 de julio de 2006,
Respecto a la cuestión económica, no hay duda de que apenas hemos comenzado a ver los cambios necesarios, porque la mezcla de austeridad, desequilibrio y caos que enfrenta el pueblo cubano debe ser superada en un plazo determinado de tiempo, para evitar una crisis social de mayor envergadura. A las medidas destinadas a ofrecer mayores bienes de consumo, brindar incentivos comerciales y desempeñar una función clave en la reducción del circulante deben seguir otras cuyo objetivo es alentar la producción. Ya algunas se han puesto en práctica (reforma salarial, pagos a los productores agrícolas), pero el paquete de estímulos económicos debe ampliarse a permitir una mayor participación de la producción privada, como medio indispensable para lograr la superación de la pobreza imperante.
No obstante, el mejoramiento del nivel de vida sólo soluciona parte del problema. Quedan en pie cuestiones relativas no a un concepto de libertad abstracto ni que necesariamente impliquen una copia al calco del modelo liberal, pero que necesariamente el gobierno de La Habana debe enfrentar en un plazo cercano.
La interrogante mayor al respecto es si hay realmente, en las altas esferas del gobierno, la convicción necesaria para enfrentar esta situación. Salvo alguna que otra afirmación hecha por algún experto de la isla, poco se ha hecho público al respecto.
Más allá de afirmaciones en favor de un aumento de la participación ciudadana en los mecanismos de decisión del Estado, poco se conoce sobre lo que piensa la Plaza de la Revolución al respecto.
La mayor dificultad que enfrenta La Habana al respecto es su incapacidad, hasta el momento, para reconocer que el modelo político-económico creado por Vladimir I. Lenin fue no sólo un fracaso sino una aberración histórica. Pretender salvarlo es imposible. Su negación no es la negación del socialismo, o de un sistema que otorgue la prioridad necesaria a la justicia social.
Queda por ver si el actual gobierno será capaz de encontrar soluciones apropiadas en los dos aspectos claves sobre los que se definirán el futuro cubano: mejoramiento de vida de la población y libertad ciudadana. La gran interrogante es si los dirigentes cubanos cuentan con la capacidad y el valor necesario para buscar una solución a estos problemas.
Fotografía: cubanos adquiren productos agrícolas en un mercado callejero de la capital (Ramón Espinosa/AP).

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