viernes, 9 de mayo de 2008

Groucho en Washington, pero sin gracia


En una de sus mejores películas, Duck Soup (Sopa de Ganso), Groucho Marx advierte luego de ser nombrado jefe de Estado: “Mi gobierno será todavía peor que los precedentes”. Poco después añade: “Serán fusilados todos aquéllos que se dediquen a la corrupción administrativa, a no ser que decidan darme una parte de sus beneficios”. En otra escena manda ametrallar a sus propias tropas, y cuando un oficial le indica el error cometido, le pone un fajo de billetes en la mano mientras le susurra al oído: “Que esto quede entre nosotros”. Groucho fue un excelente comediante. George W. Bush es un pésimo presidente. Esa es la principal diferencia entre ambos. Pero la actuación del actual inquilino de la Casa Blanca recuerda a veces al personaje del comediante judío. Eso sí: Bush no es gracioso ni cuando intenta burlarse de sí mismo.
La vertiginosa caída de popularidad del presidente Bush amenaza con arrastrar a todo el Partido Republicano en las próximas elecciones. Senadores, representantes, por no hablar del aspirante a la presidencia, se levantan y acuestan maldiciendo al hombre que los ha colocado en situación tan difícil.
En realidad toda la culpa no es Bush. Todo empezó décadas atrás, con el gobierno de Ronald Reagan. Por otra parte, no sólo los políticos son responsables de la debacle, sino también quienes lo eligieron. Echarle la culpa a los ricos y a los ejecutivos, de lo que está sucediendo en Estados Unidos, es una fórmula demasiado simplista y agotada.
Tras el triunfo de las elecciones norteamericanas de 1980, el Premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson le preguntó a su empleada doméstica qué pensaba del resultado. “Yo voté por Reagan”, le respondió la mujer. “Entonces debe sentirse feliz”, le respondió el profesor. “¿Cómo puedo sentirme feliz si mi hermana va a perder su asistencia social y mi sobrina tendrá que abandonar su curso de computación y dedicarse a limpiar casas? Si les quitan sus cupones de alimentos no sé cómo van a remediarse”. La moraleja es que los ciudadanos no siempre votan de acuerdo con lo que es mejor para sus propios bolsillos.
Entre 1979 y 1995, los trabajadores norteamericanos aceptaron con complacencia las desigualdades en riqueza e ingreso y el aumento vertiginoso de las ganancias corporativas. Los votantes favorecieron a los candidatos republicanos dispuestos a recortar los impuestos (Reagan), y castigaron a los que los aumentaron (Bush padre). Si eligieron a Bill Clinton fue porque era un demócrata centrista, pero en 1995 beneficiaron en sus boletas a Newt Gingrich y al nuevo congreso republicano.
La mayoría de los norteamericanos acogieron con satisfacción la reforma del sistema de asistencia social, al que culparon de gran parte de los problemas económicos del país, aunque tal medida sólo le ahorró al país mucho menos del uno por ciento del Producto Nacional Bruto. Las letanías de que las diversas reducciones de impuestos beneficiaban principalmente a los ricos tuvieron poco efecto en las urnas y cualquier propuesta para regular los negocios fue inmediatamente tachada de comunista o izquierdista, antinorteamericana o anticuada.
El auge económico de los noventa hizo olvidar el crecimiento sin límites de la brecha que separa a los ricos y los pobres. De pronto, el país entero empezó a jugar a la Bolsa de Valores, y desde los empleados de limpieza a los directores de empresa todos se convirtieron en inversionistas.
El único aspirante presidencial que ha formulado con claridad el problema es Barak Obama, quien ha dicho que la culpa no sólo hay que buscar en Reagan y la familia Bush, sino también en Clinton. Su principal rival en la contienda demócrata no ha podido responder a esta acusación, no porque tenga parte de culpa debido a un documento matrimonial, sino porque comparte algunas de las ideas de su esposo. La senadora por Nueva York ha intentado formular algunas de las soluciones al problema, colocando a un lado el hecho de que ella, la forma en que desde hace décadas se abordan las cuestiones principales de esta nación, es parte del problema.
No es la primera vez que esto ocurre en la nación norteamericana. No hay que pensar que será la última. Estados Unidos parece condenado al péndulo entre los intereses públicos y los privados. Pasó durante la época dorada a finales del siglo XIX, en la década del veinte en el siglo XX. Vuelve a comienzos de esta centuria. El engrandecimiento de las corporaciones, la especulación y las ganancias financieras exorbitantes, que revientan como una burbuja, y la crisis económica resultante que lleva al establecimiento de nuevas regulaciones.
En este sentido, un triunfo de Obama no se vera libre de la paradoja de ser la mejor salida, la más práctica y eficiente, de que disponen los conservadores en estos momentos, para intentar al menos poner freno a la decadencia de esta nación y limitar en lo posible una pérdida de hegemonía mundial, que por otra parte ya no es posible aspirar en los términos que soñaron los neoliberales y neoconservadores tras la desaparición de la Unión Soviética.
Con el senador John McCain cada vez más inclinado a convertirse en un tercer Bush, poca elección queda a los que desean conservar lo mejor de lo que siempre ha sido la “grandeza americana”.
Por supuesto que este “conservadurismo” de Obama no resulta contrario a los ideales de quienes desean mayor justicia social sin recurrir para ello a la conocida inutilidad de los intentos revolucionarios.
La inversión de términos ocurrida durante la última década, en el campo político, ha contribuido a enmascarar, con el disfraz de la ideología, a quienes se han apropiado no sólo de las tácticas más radicales —hay mucho de trotskismo en el neoliberalismo—, sino también a sus opositores.
Ello explica, en buena medida, el relativo auge de cierto fervor, ultraderechista desde el punto de vista de planteamientos y conceptos, entre los exiliados cubanos más recientes, quienes por otra parte no viven en Miami, sino en Europa, particularmente bajo el gobierno socialista español.
Poco hay en común entre esta derecha exiliada, integrada por jóvenes intelectuales que se “beneficiaron” de las posibilidades educativas de la “sociedad comunista” cubana y la derecha retrógrada, inculta y caduca de Miami.
Este trastoque de términos, que me lleva al abuso de la utilización de comillas, para tratar de aclarar estas notas, no ha sido siquiera planteado con el rigor que merece. No creo que este comentario logre mucho en este sentido, pero sí me gustaría plantear la necesidad de estudiarlo.
Si para plantear esta cuestión me he servido del aparente desvío que significa la introducción del tema electoral norteamericano, es porque creo que en las urnas de esta nación se decide, en buena medida, no sólo el destino de Estados Unidos para los próximos cuatro años sino la perspectiva de un rescate pausado de las mejoras sociales libres de la retórica de barricadas, en uno u otro sentido. La derrota electoral de las ideas neoconservadoras y el establecimiento de una nueva cúpula del poder en Washington, como evidencia indiscutible del fracaso neoliberal, abre la puerta a una reconsideración de lo que hay de válido en las ideas liberales clásicas del pensamiento europeo.
Más allá de las posiciones ideológicas, la realidad social y económica de Estados Unidos está presente con tal fuerza en la campaña electoral, que resulta imposible colocarla en un segundo plano, como hizo la campaña para la reelección de Bush hace cuatro años. A menos que se produzca un atentado terrorista de grandes proporciones, los norteamericanos elegirán al nuevo presidente a partir de sus problemas domésticos. Y éstos no son pocos.
En la actualidad, más del cuarenta por ciento del ingreso total de la población estadounidense está en manos del diez por ciento de quienes reciben mayores ingresos en el país. Las cifras son similares a las existentes en los años veinte del siglo pasado, que luego fueron reducidas hasta finales de los setenta. El uno por ciento de las familias más acaudaladas poseen en la actualidad más del cuarenta por ciento de todos los medios económicos, entre ellos viviendas e inversiones financieras, lo que es superior a cualquier cifra en años anteriores a 1929. Como señala el ex asesor republicano Kevin Phillips en su libro Wealth and Democracy, Estados Unidos ha regresado a la época de los Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie y Morgan de finales del siglo XIX.
Como dije anteriormente, la vuelta al pasado cobró fuerza con el gobierno de Reagan. Ya antes Eisenhower y Nixon habían reducido las tasas fiscales sobre los ingresos y las ganancias de capital que realmente resultaban en algunos casos exorbitantes. Pero la reducción llevada a cabo por Reagan hizo que las principales fortunas individuales y familiares existentes en 1992 duplicaran o triplicaran su valor respecto a la década anterior, afirma Phillips.
Como consecuencia, la separación en ingresos entre los muy ricos y el resto de la población se elevó a niveles nunca vistos desde las décadas de los veinte y treinta. Luego, con el Contrato con América de Gingrich, disminuyeron las posibilidades de regulación del mercado, al adoptarse medidas que dificultan demandar a una compañía que brinde información inadecuada a sus inversionistas.
La actual filosofía de riqueza desmedida y de abolición de controles financieros y regulaciones económicas, características del neoliberalismo, ha sido causa y efecto de esa revolución iniciada por Reagan, continuada por Gingrich y culminada durante los dos períodos presidenciales de George W. Bush. Hasta hace poco, la crítica a la desigualdad social y económica en Estados Unidos siempre enfrentaba un argumento que tendía a mellarla. A pesar de que la clase media en este país había disminuido desde los años ochenta, de que el boom del mercado sólo sirvió para beneficiar a los más ricos y el capitalismo popular resultó una falacia; más allá de que por años los salarios apenas habían aumentado y de que el ciudadano promedio estaba más empeñado que nunca, resultaba innegable de que en general el nivel de vida había aumentado. Esto se vino abajo en estos últimos cuatro años.
Tanto en los años finales del siglo XIX como en la década del XX del pasado, así como en la actualidad, la productividad aumentó y el avance tecnológico no se detuvo en esta nación. Esto facilitaba que, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, en Estados Unidos el debate sobre la desigualdad se trasladara del terreno económico al moral. A ello se unía que la mentalidad pragmática norteamericana no aboga en favor de una lucha contra la injusticia social. Cualquier candidato se guiaba por el principio de que proponer una reducción de impuestos o mayor severidad contra el crimen callejero resultaba más rentable, desde el punto de vista electoral, que un plan en favor de la enseñanza universitaria gratuita para los pobres o de seguros automovilísticos a bajo precio y en manos del Estado. A ello se ha sumado el hecho de que la prensa cada vez más se aparta del papel de guardián y denuncia de lo mal hecho, y se limita al entretenimiento pueril.
Pero ahora, con la disminución de la clase media, y con problemas como los altos precios del combustible y la comida, la crisis de la vivienda y la casi eliminación de los aumentos salariales, las crisis no sólo ha tocado a los hogares de los pobres sino también del ciudadano que está por encima del nivel promedio de la población.
Si antes las críticas sólo las hacían quienes no se conformaban con las migajas que arrojaban las corporaciones, quienes piensan que el extraordinario avance tecnológico también debe reflejarse en una reducción de la jornada laboral y mejores beneficios, y no sólo en las cuentas bancarias de los grandes ejecutivos y poderosos accionistas, ahora lo que faltan son precisamente esas migajas.
En los últimos veinte años se ha producido una reducción sucesiva de las inversiones gubernamentales en los servicios públicos, lo que ha repercutido en una disminución de la calidad de vida de los ciudadanos. Al mismo tiempo, el papel exagerado de las contribuciones económicas de las corporaciones en las campañas políticas han terminado en la aprobación de leyes que sólo benefician a unos pocos. Si a esto se une el despilfarro en Irak, los excesivos gastos para la defensa, que se traducen en planes disparatados como el supuesto escudo antimisiles, quedan pocos en este país que no son conscientes de que se impone un cambio.
Por suerte ya resta poco a la presidencia de Bush, y con cierta irresponsabilidad y mucho de ironía se puede hasta decir que, a la hora del juicio final, el mandatario terminará representando algo así como la última “bendición”, necesaria para salir de la pesadilla de los “neos”.
Pero las consecuencias, en el plano ideológico y político, deben traducirse en una mayor sensatez y una prioridad al grave problema de la injusticia social. Es seguro que, a diferencia de Groucho, el próximo gobernante ya no tendrá que garantizar que será peor que el anterior. A los “revolucionarios reaccionarios”, les toca adaptarse a una época en que su hora, por cierto bastante breve, ya ha pasado. Lo mismo en Estados Unidos que en Europa podrán proseguir el debate de ideas, siempre saludable. Pero sin mucha esperanza de exportar su modelo, a Cuba, a Irak, a cualquier parte.
Fotografía superior: un miembro del grupo Mensa exhibe un cartel con una imagen del presidente George W. Bush dentro de un pan, en la 23va. parada anual King Mango Strut, celebrada en Coconut Grove el 27 de diciembre de 2004 (Carl Juste/The Miami Herald).
Fotografía derecha: paseantes caminan junto a una escultura con un velo de novias y un ramo de flores en el centro de Crawford, Texas, e; 9 de mayo de 2009. El velo fue colocado en la escultura en honor a la próxima boda de la hija del Presidente, Jenna Bush, y Henry Hager, que se celebará el sábado en el rancho de los Bush en los alrededores de Crawford. (Rod Aydelotte/AP Photo/Waco Tribune Herald).
Fotografía izquierda: el senador Barack Obama ordena su almuerzo en la Taquería de Luis, el 9 de mayo de 2008, en Woodburn, Oregón (Mark Wilson/Getty Images).
Fotografía derecha: el senador Barack Obama come tacos en la Taquería de Luis, en Woodburn, Oregón, el 9 de mayo de 2008 (Jae C. Hong/AP)
Fotografía izquierda: los actores ganadores de los premios Emmy y Golden Globe, James Brolin y Judy Davis, que representaron a Ronald y Nancy Reagan en la miniserie televisiva The Reagans, trasmitida entre el 16 y el 18 de noviembre de 2003 (Cliff Lipson/CBS ©2003 CBS Worldwide Inc).
Fotografía izquierda inferior: el presidente George W. Bush mira hacia arriba durante la entrega de la Medalla Congresional a la ex primera dama Nancy Reagan, el 16 de mayo de 2002. A su lado, el entonces líder del senado Trent Lott, quien posteriormente tuvo que abandonar el cargo por comentarios racistas (Win McNamee/Reuters).

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