jueves, 26 de junio de 2008

Propuestas presidenciales


El sector más reaccionario del llamado “exilio de línea dura” de Miami, un nombre que ya se usa por reflejo porque de exiliados les queda poco a sus miembros y de duros ni se diga, anda en serios problemas, porque realmente no cuentan con un candidato presidencial que les acomode por completo. Muchos parecen dispuestos a votar por John McCain, pero más por resignación que por entusiasmo.
Me parece, no obstante, que están perdiendo una gran oportunidad, ya que no hay mejor hora que ésta para buscar un candidato de su preferencia. Aún hay tiempo y la democracia norteamericana brinda oportunidades a todos. Basta simplemente con torcerle un poco el brazo a la Constitución, hacerla más flexible y lograr que se permita elegir no sólo a un nacido en este país, sino también a quien lleva varios años en el mismo, se ha hecho ciudadano norteamericano (lo cual, según la Constitución de 1940 en Cuba, lo excluye de inmediato de la ciudadanía cubana) y posiblemente su vida ha transcurrido mayormente fuera de su país de origen.
Tras superar ese pequeño obstáculo legislativo, las posibilidades son amplias para los intransigentes. Hay donde escoger, y sobran los candidatos que de no alcanzar el triunfo en las urnas podrían ocupar puestos en el gabinete.
Los beneficios que brindarían al país estos aspirantes son enormes, al menos si tras imponerse en las urnas pueden dedicarse de lleno a desarrollar las potenciales latentes en la nación, que ellos, con su experiencia de años, pueden hacer crecer al máximo: el director de una emisora radial, que proclama a diario su grandeza, sería el mejor ejemplo de una potencia mundial, famosa porque sus ciudadanos recitan con voz engolada poemas de amor: un ejército de recitadores, capaz de detener cualquier intento enemigo por volver a cultivar la novela, el teatro y el cuento. Un par de acólitos especializados en el boxeo y el buen comer: nadie en el mundo podría enfrentarse a tantos peleadores en cualquier cuadrilátero ni frente a una mesa bien surtida. De más esta decir que la seguridad aérea, en los hoteles y los buques mercantes sería universalmente famosa, si las urnas se inclinaran a favor de otros contendientes. Las campañas de recaudación de ingreso de la nación serían la envidia del universo, si al frente de Estados Unidos estuviera cualquiera de nuestros expertos en radio maratones. Nada mejor para proteger las arcas del Estado que ponerlas al recaudo de quienes se conocen todos los trucos y las trampas para apoderarse del dinero de los contribuyentes. La industria turística no tendría paralelo cuando se cuenta con la amplia experiencia de quienes llevan años viajando por todo el mundo, con el pretexto de divulgar la batalla por la democracia en Cuba y una chequera provista de fondos federales para ayudar a la causa disidente en la isla. Cual no sería el conocimiento ciudadano sobre el respeto a los otros, si el nuevo mandatario pudiera hacer gala de su historial como publicista y divulgador de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esa carga que agobia al sistema jurídico desaparecería, los tribunales reducidos a salones de recreo, los magistrados y jueces disfrutando de unas merecidas y extensas vacaciones, al ser escogido por el pueblo uno de los tantos expertos en juicios sumarios que proclaman a diario la necesidad de aplicar la soga y el cebo, para “hacer justicia” una vez que ellos logren volver a La Habana. Con cuanto tesón no realizaría su trabajo un experto en repetir por décadas un mismo discurso caduco y seguir viviendo de ese cuento. Por las fuerzas armadas no hay que preocuparse, si es elegido cualquier comandante con tantos años de entrenamiento dominguero en los Everglades. De manifestaciones en contra ni hablar, cuando en Washington esté al frente un sujeto que sabe lo que es pasarse horas al sol, gritando sin apenas seguidores. Los artistas nacionales tendrían siempre un público asegurado, si en la Casa Blanca está alguien que se ha caracterizado por impedir la entrada en Miami de los músicos residentes en Cuba. ¿Y que podemos decir de los deportistas? Olimpiadas y torneos ganados con facilidad, al decretar quien gobierna una prohibición de visas para los deportistas extranjeros. Las bibliotecas libres al fin de los problemas de catalogación y almacenamiento, ya que una sabia censura evitaría la llegada a los estantes de cuanta obra no se ajusta a los parámetros estrictos decretados por cualquiera de nuestros muchos propugnadores de la censura más férrea.
De esta manera, las elecciones serían un paseo, las campañas electorales un regocijo y el día de votar no habría que preocuparse por la lluvia. En resumidas cuentas, el resultado final lo decidirían los muertos. Y a estos poco importa si llueve, truena o relampaguea antes de llenar la boleta.
Fotografía: Oficina del Historiador de la Ciudad, en la calle Mercaderes No. 11, entre Obispo y Obrapía, La Habana. Cuaderno de Cuba agradece a Javier Santos por la autorización para publicar esta foto.

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