miércoles, 10 de septiembre de 2008

Cinismo republicano



El cinismo republicano se parece al de los dictadores: se despachan a la hora de hablar mal de sus rivales, pero mucho cuidado a la hora de mencionarlos a ellos. Desde que se supo que había sido elegida como aspirante a la vicepresidencia por el Partido Republicano, Sarah Palin no se ha cansado de exhibir su familia. Ahora bien, cuando la prensa dio a conocer detalles sobre sus relaciones familiares, de inmediato surgió el reproche de que había que respetar la privacidad de la candidata (algo que por cierto ha hecho la campaña de Barack Obama). Me parece muy correcto que la vida personal de un candidato no se convierta en tema de campaña, pero para eso es elemental que los contendientes actúen de forma consecuente. No se puede estar replicando a cada momento lo buena madre que Palin es y lo preocupada por sus hijos y el ejemplo que representa para los valores familiares de la manera que lo concibe la ultraderecha religiosa, y al mismo tiempo encolerizarse cuando los reporteros tratan de conocer si lo que se propaga a los cuatros tiempos es cierto o no. Digo, eso es lo correcto en quienes no tratan de tratan de utilizar los argumentos emocionales para tergiversar u ocultar opiniones. Por supuesto que a republicanos, demócratas e independientes le resulta más fácil estar vendiendo un rostro atractivo que dedicarle el tiempo a los problemas del país. Lo único que ahora el circo viene con la envoltura de telenovela y show evangelista, pero la intención es la misma.
Palin y su marido se han convertido en una especie de teloneros del aspirante presidencial republicano John McCain. Ella sonriendo en todo momento, saludando y posando para las cámaras. El también siempre sonriente, pero que seguramente ansía el momento de regresar a tomar con los amigos y hablar de deportes y mujeres. Creo que la campaña de McCain debía mostrar un poco más de humanidad: dejar ese hombre que vuelva a sentarse frente al televisor para disfrutar sus deportes favoritos, y le pide a los hijos (ya que la mujer está en campaña) que le traigan otra cerveza.
Tras años haciendo campañas sucias durante los procesos electorales, de pronto el Partido Republicano se le ha despertado una enorme sensibilidad a flor de piel.
No hay que olvidar que ese es el partido del presidente George W. Bush, al que hace poco los republicanos adoraban y poco faltó para que le pidieran, durante la última convención, que diera su discurso desde uno de los restrooms del Centro de Convenciones Exel, en San Paul, Minnesota, y que el actual mandatario compitió contra McCain en las elecciones primarias de hace ocho años.
Durante la batalla por la nominación presidencial republicana del 2000, la campaña de Bush divulgó anuncios políticos en que afirmaba que McCain había engendrado “hijos ilegítimos”. No bastó con esa falsedad. McCain se perfilaba como el triunfador para la nominación de su partido, porque había vencido a Bush en las primarias de New Hamshire. Entonces se acusó al senador —piloto de combate durante la Guerra de Vietnam y que había estado prisionero en Hanoi— de comunista, cobarde y colaborar con el enemigo. Tampoco fue suficiente y se agregó que su esposa, era adicta a las drogas. En igual sentido, durante la pasada contienda presidencial, se acusó al senador John Kerry —quien también había participado en el Guerra de Vietnam — de ser un comandante indeciso durante la contienda y luego aliado del enemigo.
Pareció al principio de esta campaña que McCain no iba a enfrascarse en una campaña sucia, ya que el mismo la había sufrido, y no precisamente por parte de sus rivales demócratas. Sin embargo, sus estrategas y él mismo no pudieron resistir la atención: los ataques al candidato demócrata, sobre todo en los últimos dos meses, han estado dirigidos a supuestas características personales de éste y llenos de tergiversaciones.
El recurrir a los ataques personales y las técnicas de campaña sucia trascienden al actual presidente Bush y al candidato McCain. En 1988, con Lee Atwater como administrador de la campaña de George H. W, Bush, se utilizaron dos spots por televisión que definieron la derrota del candidato demócrata Michael Dukakis.
Uno utilizaba fragmentos de la filmación de un evento en que el candidato demócrata había participado para tratar de convencer de que era un tipo duro en el tema de la defensa y la seguridad nacional. La imagen de Dukakis con un casco y saludando dentro de un tanque de guerra resaltó una inadecuación física que no necesariamente implicaba falta de determinación o suavidad a la hora de tomar una decisión difícil. Ningún presidente “va a la guerra” en Estados Unidos.
El otro presentaba a Willie Horton, un ciudadano negro condenado por asesinato, que había violado a una mujer blanca tras escaparse durante un permiso penal de una prisión de Massachusetts, donde se encontraba acogido a los beneficios de un programa carcelario que Dukakis apoyaba. El lema de que Horton era el “compañero de boleta” del demócrata resultó racista y pérfido, pero efectivo.
Si en el caso de Dukakis y el tanque de guerra la táctica republicana se limitó a un recurso barato, y hay mucho de culpa, por parte de los estrategas de la campaña demócrata de entonces, en intentar convencer a los votantes de la firmeza del candidato de una forma tan simple, en el ejemplo del asesino se cayó en la manipulación peor intencionada, con el único objetivo de engañar a los electores para lograr un voto.
En 1991, con la muerte cercana debido a un cáncer cerebral, Atwater pidió disculpas por lo que le había hecho a Dukakis y a sus “enemigos” demócratas.
“Poco antes de conocer que padecía cáncer, sentí que algo se agitaba en la sociedad norteamericana”, escribió entonces Atwater en la revista Life. “Era un sentimiento entre los ciudadanos de esta nación —republicanos y demócratas por igual— de que algo estaba desapareciendo de sus vidas. Traté de que el Partido Republicano sacara ventaja de ello. Pero no estaba completamente seguro de lo que pasaba. Mi enfermedad me ayudó a comprender lo que se iba perdiendo dentro de la sociedad y lo que yo mismo estaba dejando a un lado: un poco de calor humano, mucho de hermandad”.
Esta pérdida no ha hecho más que ahondarse tras los dos períodos presidenciales de Bush. Ahora los republicanos pretenden sustituir con una mascarada de cambio y una figura atractiva la verdadera vuelta a los valores fundamentales de la democracia y la justicia social.
Fotografía: una simpatizante de la candidata a la vicepresidencia por el Partido Republicano, Sarah Palin, la observa durante un mitin en Fairfax, Virginia, el 10 de septiembre de 2008 (Stephan Savoia/AP).

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