jueves, 11 de septiembre de 2008

Colaboración y revanchismo


Sin cumplirse tres días del paso del huracán Ike por Cuba, ya hay definidos dos enfoques en el exilio de Miami, que señalan puntos de vista, análisis y conductas a seguir frente a lo ocurrido en la isla.
La primera es el concepto de tierra arrasada, como la posibilidad de que un derrumbe físico de la estructura nacional —desde las viviendas en el suelo hasta el surgimiento de epidemias— de paso a la caída del gobierno y el comienzo de una nueva república, edificada bajo los criterios de Miami. A veces con disimulo, otras con clara alegría, se escuchan a diario en la radio de esta ciudad las voces que anticipan y añoran que esto ocurra. Sin embargo, este entusiasmo —por supuesto, malsano— sigue sin encontrar una realidad en que afincarse. Más allá de la ilusión y el deseo de quienes no han logrado otra forma mejor para llevar a cabo sus propósitos, poco permite afirmar que ocurra. La catástrofe se convierte así en refugio desesperado y revanchista de quienes no cuentan con medios mejores. Ni Cuba, ni Estados Unidos ni el resto del mundo participan de este objetivo, por lo que todo el mal que encierra el intento se limita a una idea estúpida.
Como contrapartida a la algarabía en contra de brindar asistencia humanitaria a la isla, quienes tienen a su cargo la orientación política en Radio Mambí guardan silencio sobre la mayor flexibilidad que representa la segunda propuesta de Washington, que aumenta el monto económico y amplía la capacidad para mandar dinero a Cuba de ciertas organizaciones. El resultado final, que no se menciona por estos alabarderos del desastre, es que la Casa Blanca no quiere que un empeoramiento de la situación en la isla se traduzca en el peligro que significa el intento de un éxodo masivo.
El grupo patrocinador del punto de vista catastrófico queda reducido entonces a varios legisladores y funcionarios en peligro de perder sus cargos, algunos miles de votantes de poder monetario escaso —el suficiente para alimentar la publicidad de servicios médicos pagados por el Medicare y el Medicaid— e influencia política determinada por sus votos y ciertos personales mucho más importantes, tanto por su dinero como por realizar una labor de cabildeo eficiente, que son quienes resultan determinantes en la dirección de este objetivo.
Como fundamento político de este enfoque fundamentado en la destrucción como vía para alcanzar la desaparición del actual del gobierno de la isla están varios conceptos que han ido quedando caducos por falta posibilidades reales: el desplome total del sistema tras la desaparición de los hermanos Castro, la teoría del “big bang” político y económico y el principio de la inestabilidad de una caída del gobierno castrista. Sin embargo, la falta de indicadores que desde un punto de vista racional permitan avizorar la realización más o menos inmediata del proyecto no ha disminuido su poder emocional. Asistimos entonces a una explosión de júbilo apenas contenida ante la tragedia, donde la deshumanización y la moral torcida poco importan ante un afán irracional, que llega al oscurantismo de ver en el paso del huracán Ike un castigo divino.
Quizá lo vale más la pena destacar en este sentido es que muchos de los que se manifiestan partidarios de este enfoque actúan con una hipocresía manifiesta: debido al paso de los años y una larga permanencia en el exilio ya no tienen familiares en Cuba o viajan a la isla y ayudan a los suyos mientras pregonan su negativa a se alivien los padecimientos del resto de los cubanos.
El segundo enfoque favorece una ayuda humanitaria a la isla, que si bien enfatiza la entrega directa a las víctimas —lo que es correcto—, no la subordina a motivos políticos. No es algo nuevo que en el exilio se ensaye esta vía, pero es ahora cuando —quizá por vez primera— existen la posibilidad de ampliarla.
Lo importante aquí es que la tragedia provocada por el paso del huracán Ike puede servir de catalizador para el establecimiento de un mayor acercamiento, en un contacto de pueblo a pueblo, entre los cubanos residentes aquí y allá. Un contacto que en buena medida viene desarrollándose desde hace años, aunque frenado en los últimos tiempos por las restricciones a las remesas y los viajes. En resumidas cuentas, ¿no servirá para la reconstrucción de la isla el dinero que legalmente pueden los familiares enviar en estos momento los familiares? ¿no cumplen una labor humanitaria, desde años, las organizaciones católicas, protestantes y judías? De lo que se trate entonces es de ampliar una vía, no de iniciarla. Hoy más que nunca se ve lo inadecuada que resulta —por decir lo menos— una ley como la aprobada en la legislatura estatal, en contra de las agencias de viajes a Cuba, patrocinada por el representante estatal David Rivera y que contó con el apoyo y la ayuda del legislador Marco Rubio, y que actualmente es impugnada en la corte.
También hay que resaltar en este sentido que la actitud en favor de una mayor colaboración con los necesitados en la isla cuenta con un amplio apoyo, incluso con una presión electoral a su favor. Apoyo que va de los disidentes en Cuba a varias importante organizaciones del exilio, que por otra parte se han destacado por su labor anticastrista.
De esta manera, la campaña para ayudar a las víctimas de Ike en Cuba apunta hacia objetivos más amplios, de lograr un cambio en la estrategia de Estados Unidos y el exilio hacia la isla. Estrategia que es por supuesto es política y tiene que ver con el gobierno de La Habana, pero que también buscar trascender la intransigencia en favor de una búsqueda de espacios de comunicación e intercambio, dentro de las limitaciones impuestas por las diferencias ideológicas y políticas. Se trata de un reto a las posiciones en ambas orillas.
Fotografía: un residente barre el fango y el agua de su vivienda, luego del paso del huracán Ike por Batabanó (Fernando Llano/AP).

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