jueves, 25 de septiembre de 2008

Cuando la cordura no es bien vista


Al conocerse que Fidel Castro cedía temporalmente el mando a su hermano Raúl, diversos grupos de exiliados y los congresistas cubanoamericanos comenzaron a llamar a un levantamiento cívico y militar en Cuba.
En la Isla Oswaldo Payá dijo que el mensaje del gobierno de Estados Unidos debía enfatizar que no hay intenciones de intervenir militarmente y que Washington no representaba una amenaza para La Habana. Pidió además el evitar situaciones que pudieran “perjudicar la paz social en Cuba”.
A los pocos días la secretaria de Estado, Condoleezza Rice declaró: ''No vamos a hacer nada para atizar una sensación de crisis o una sensación de inestabilidad en Cuba''.
El presidente George W. Bush fue más allá al decirle a los exiliados que se abstuvieran de participar en los asuntos políticos de la isla hasta tanto no se produjera un cambio.
Desde la famosa Proclama del 31 de julio de 2006, con el traspaso temporal del poder de Fidel a Raúl, hasta hoy, con el segundo convertido en presidente de Cuba, la política de la Casa Blanca ha demostrado guardar una mayor afinidad con lo planteado por Payá y buena parte de la disidencia interna que con pedían una intervención desde Miami. Los llamados ''exiliados de línea dura'', sin embargo, persisten en la ilusión de que un día Washington se decidirá a invadir la isla y colocarlos a ellos al mando del gobierno.
Tras el paso de los ciclones Ike y Gustav se comenzó a hablar de la necesidad de imponer la ayuda humanitaria por la fuerza. Aunque en la mayoría de los casos las declaraciones se han limitado al empleo de la presión internacional, tampoco ha faltado quien va más allá y presenta el caso bajo el matiz de ''una invasión humanitaria''. Para que esto ocurra cifran sus esperanzas en una hambruna generalizada, epidemias y plagas, de consecuencias catastróficas.
En ocasiones anteriores, el gobierno norteamericano y fuerzas internacionales han participado en acciones de este tipo. Pero en todos los casos, los escenarios distan mucho de tener puntos de similitud con lo que ocurre en Cuba. Una mirada elemental a las cifras de muertes, víctimas diversas y desplazados, así como a las características de los países donde se han producido los hechos, deberían bastar para desechar cualquier ilusión al respecto, por parte de quienes abrigan esas esperanzas torcidas. Pero en un sector de la comunidad exiliada de Miami la cordura no es bien vista.
Fotografía: la Asociación de Agricultores de Puerto Rico, el Municipio de San Juan y gente voluntaria, recogen el 20 de septiembre de 2008 alimentos no perecederos y ropa para enviar a los damnificados de Haití y a Cuba, tras el paso de los huracanes Ike y Gustav (Thais Llorca/EFE).

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