jueves, 9 de octubre de 2008

Impunidad en Washington


Alarmante la impunidad de este gobierno para cometer fechorías. Más alarmante aún que los dos candidatos a la presidencia nunca se han sentido obligados a tratar el asunto. No es tema de campaña. Ni para el supuesto “independiente” McCain ni para el hombre del cambio, el senador Obama. Ahora quizá ya es tarde. La crisis económica es tan grave que cualquier otro asunto pasa a un segundo plano. Pero debe preocuparnos a todos los que vivimos en este país ese abandono a las más elementales reglas de éticas y esa falta de recursos legales —o lo que es peor, de voluntad para aplicarlos— que permite que muchos que durante años han hecho desmanes y actuado incorrectamente en los más altos niveles de la administración continúen comportándose como si nada hubiera pasado.
No ocurrió así durante la administración de Bill Clinton, que no estuvo libre de culpas y escándalos cualquiera. Sin embargo, los republicanos llegaron a la Casa Blanca y el Capitolio con el lema de restaurar no sólo la moral sino la más elemental decencia. Lo peor no es que no lo hicieran. Lo peor es que da la impresión que todos hemos decidido olvidarlo y refugiarnos en el cinismo.
Por supuesto que se han realizado investigaciones, hay procesos pendientes y hay casos como el del ex secretario de Justicia y ex asesor legal del Presidente, Alberto Gonzales, donde aún no se ha dicho la última palabra. Como tampoco ha ocurrido en lo referente a la tortura. Pero hasta ahora el proceso y condena a Lewis Libby, el ex jefe de personal del vicepresidente Dick Cheney, Lewis Libby —involucrado en la filtración del nombre de una agente de la CIA en servicio activo— marca la excepción y no la regla.
Tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, el pretexto del patriotismo y la lucha contra los radicales islámicos fue utilizado para acallar las críticas hacia la administración. Los delincuentes no encontraron una solución permanente para poder actuar a sus anchas, pero aprovecharon el momento al máximo. En una democracia, la exclamación de “estamos en guerra” no sirve por mucho tiempo para ocultar lo mal hecho. Aunque esta democracia no ha terminado —ni por mucho— de poner freno a la complicidad. La falta de una voluntad política y ciudadana ha frenado la mayoría de los esfuerzos en este sentido. La propia campaña del senador Barack Obama comenzó con un entusiasmo y una participación activa del norteamericano promedio, que en cierta medida se ha perdido por el desgaste que implica el largo proceso electoral norteamericano, donde la propaganda, la feria y hasta el circo se mezclan con lo que debieran ser los verdaderos objetivos de una contienda destinada a transformar el país.
Desde hace ocho años, este gobierno viene manipulando la información de inteligencia con fines políticos. El fracaso de la estrategia del presidente Bush en la lucha contra el extremismo islámico no ha sido denunciado lo suficiente. La tranquilidad temporal alcanzada en Irak ha sido la excusa perfecta para impedir que gane fuerza el reclamo de que tras el despilfarro de miles y miles de millones de dólares, la muerte de miles de personas, y una política que ha llevado el dolor y la miseria a familias inocentes que viven en lugares distantes de Estados Unidos, estemos sin noticias sobre las andanzas del principal responsable de los atentados terroristas, al tiempo que la situación en Afganistán es cada vez más caótica. Y que de nuevo exista la posibilidad de que Osama bin Laden lance un mensaje, a pocos días de las elecciones presidenciales, para tratar de alterar el resultado en las urnas.
No sólo los motivos que llevaron a la guerra contra Husein fueron infundados. Se recurrió de manera consciente a la tergiversación y el ocultar de datos para lograr un fin político. No sólo las promesas de un mayor control financiero, tras la crisis bursátil provocada por la caída de Enron fueron un engaño. Se permitió y estimuló un proceso de enriquecimiento fácil y sin límites, en que la desregularización de las empresas financieras se presentó como una posibilidad de enriquecimiento a la vuelta de la esquina. No sólo se puso el mayor número de trabas posibles a cualquier medida encaminada a la protección del medio ambiente. Se instituyó una política energética secreta —hecha a la medida de las grandes corporaciones petroleras— y el gobierno de George W. Bush miró para otra parte cuando los precios del petróleo comenzaron a dispararse, sin hacer nunca nada para impedir que el alza del crudo terminara ahogando al consumidor norteamericano (en realidad, del Presidente y el vicepresidente para abajo, muchos funcionarios de esta administración lo que miraron fue para el abultamiento de sus billeteras).
Antes del inicio de la guerra en Irak, quedó claro que el vicepresidente Cheney no creía en la CIA y utilizaba sus propias fuentes de información. En igual sentido actuaron los entonces subsecretarios de Estado, John Bolton, y de Defensa, Paul Wolfowitz. Cuando se asignó a un experto en desarme para que informara a Bolton, éste mostró su disgusto a las pocas semanas “porque no estaba escuchando lo que él quería oír”. Al poco tiempo el experto fue excluido de las reuniones.
Esta tendencia a recibir información de inteligencia que sólo es analizada por sus subordinados de mayor confianza —los que indudablemente comparten o se inclinan ante los criterios de sus jefes— llevó a importantes figuras del gabinete a lanzar afirmaciones cuestionables, confiando siempre en que los ciudadanos tienen poca memoria.
De esa poca memoria se ha estado aprovechando el binomio McCain-Palin. La gobernadora de Alaska, Sarah Palin, ha ejercido el poder —primero en un pueblo casi perdido y luego en un estado de enormes recursos y poca población— con la misma pasión para el secreto e igual afán en colocar compinches incondicionales en su entorno que de resultar ganadores los republicanos, la diferencia en la vicepresidencia de la nación se verá sólo en el sexo, la inteligencia, el conocimiento y la fortuna personal de quien ocupe el cargo. Palin tiene la ventaja de ser joven, y las conexiones que va adquiriendo ya deben estar colocándola como favorita de una carrera millonaria.
Hasta el momento, todo parece indicar que el tiempo ha sido uno de los principales aliados de Bush. En el caso Watergate, tres de los miembros más cercanos a su gabinete —el jefe de personal, H. R, Haldeman, el secretario de Justicia, Richard Kleindienst, y el asesor de Seguridad Nacional, John Ehrlichman— precedieron a Richard Nixon en su caída. El actual inquilino de la Casa Blanca parece destinado a abandonar el cargo con los peores índices de popularidad, pero también con la tranquilidad de un retiro apacible.
Fotografía superior: la Casa Blanca iluminada de rosado como parte de una campaña, durante todo un mes, para crear conciencia del cáncer del seno, el 7 de octubre de 2008 (Pablo Martínez Monsivais/AP).
Fotografía derecha: el helicóptero presidencial Marine One, con el presidente George W. Bush y la primera dama Laura Bush a bordo, se prepara para aterrizar en el Monumento a Washington, en la capital de la nación, el 6 de octubre de 2008 (Pablo Martínez Monsivais/AP).
Fotografía izquierda: el presidente George W. Bush hace una pausa durante un discurso sobre la votación en el Senado del plan de rescate financiero, el 1 de octubre de 2008 en la capital de la nación (Pablo Martínez Monsivais/AP).

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