jueves, 9 de octubre de 2008

La derecha disidente


El mismo año que el presidente George W. Bush entró de lleno en la contienda electoral que le permitió la reelección, estaba resurgiendo con fuerza el debate entre el pensamiento conservador tradicional y los principios propugnados por los neoconservadores. El sonoro triunfo de Bush, su enorme “capital político” conquistado, que lo llevó al fracasado intento de reformar el sistema de seguridad social, y la victoria de los republicanos en ambas cámaras del Congreso actuaron de amortiguadores de ese debate. Luego se inició la larga cadena de escándalos, fracasos nacionales e internacionales que no sólo hicieron trizas ese “capital político” de Bush y lo hundieron en los peores índices de popularidad, al tiempo que surgió la crisis financiera que ha enterrado a los norteamericanos en un presente de incertidumbre. Sin embargo, la necesidad de este debate sigue vigente para los republicanos, y es muy probable que tome fuerza tras el 4 de noviembre. Pero vale la pena recordar algunos de los fundamentos de la ideología conservadora discutidos por aquellos años, porque éstos alertaron —y en cierta medida también contribuyeron— sobre el rumbo erróneo que estaba tomando la política norteamericana. Lo lamentable para los republicanos es que, en la práctica electoral, no han logrado sacar ventaja de sus previsiones, ni tampoco colocar en la boleta del partido al candidato más capacitado para realmente proponer un nuevo rumbo.
Durante su primera campaña por la presidencia y luego de su llegada al poder, el actual mandatario de Estados Unidos se presentó como el típico representante de una política aislacionista. De una forma sorpresiva, en el año 2000 el candidato Bush le ganó el segundo debate al vicepresidente Al Gore. Uno de los puntos que en aquel momento contribuyó a su triunfo fue el distanciarse no sólo de la visión del entonces presidente Bill Clinton —y su política de intervencionismo “por razones humanitarias” en lugares como Bosnia y Kosovo— sino también del sueño de su padre —el ex presidente George Bush— de un “nuevo orden mundial”.
En aquella ocasión, la principal diferencia entre ambos aspirantes a la Casa Blanca estuvo en la insistencia de Bush en que EEUU sólo debe enviar sus tropas al extranjero cuando están en juego sus “intereses vitales”, frente a la insistencia de Gore de hacerlo también en defensa de “los valores democráticos de la sociedad norteamericana”, como los derechos humanos y la libertad. Todo esto cambió tras los atentados terroristas del 9/11.
A partir de ese momento, la política de Bush se orientó de acuerdo a la ideología de los neoconservadores —lo estaba desde antes, pero alcanzó un énfasis que las circunstancias anteriores no habían posibilitado— y mantuvo el principio aislacionista en cuanto a la voluntad expresa de que la nación americana debía actuar sola —sin contar e incluso oponiéndose a los criterios internacionales— cuando veía amenazados sus intereses.
Esta justificación funcionó mientras se mantuvo la esperanza de encontrar armas de exterminio masivo en Irak. Sin embargo, tras el fracaso de esta búsqueda —el último informe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) elimina cualquier esperanza al respecto— ha surgido la oposición a la guerra en el propio campo conservador. Al tiempo que Bush apela cada vez más a palabras como “libertad” y “valores democráticos” —a la vez que destaca el hecho de que el mundo es un lugar más seguro sin Sadam Husein en el poder— aumentan las críticas a la guerra de los ideólogos conservadores.
George Will, el columnista más brillante e influyente del pensamiento conservador, fue quien propinó entonces el golpe más contundente, en este sentido, al gobierno republicano, al cuestionarse los errores cometidos durante la campaña iraquí y los fallos surgidos en el intento de llevar la democracia al Medio Oriente. Will afirmó que no considera confiable a un gobierno que se lanza a una contienda bajo premisas que resultan al menos dudosas. Sus palabras no sólo fueron un eco tardío de las dudas expresadas por algunos miembros del gabinete de Bush padre antes del inicio de la guerra contra Irak. Su comentario era un ataque a fondo que reforzaba la conclusión de que la actual administración actuó por motivos ideológicos y no fundamentada en la necesidad de defender a la nación frente a un peligro inminente.
Patric J. Buchanan —que desde los tiempos de Bush padre se opuso al derrocamiento de Sadam— también por esa misma época publicó un libro donde explicaba lo que consideraba eran los errores causante del desvío del rumbo correcto de la derecha —la vía trazada por Ronald Reagan— y descargaba todas las culpas en los neoliberales que habían “secuestrado la presidencia de Bush”.
Uno de los principales puntos de esta oposición conservadora era que —contrario a los fundamentos del Partido Republicano de disminuir el papel del Estado— el gobierno de Bush lo que había hecho era incrementar la burocracia del gobierno y aumentar los gastos en la ayuda internacional. No hay que olvidar al respecto que la idea de una Dirección de Seguridad Nacional data de los tiempos de Clinton. Para los conservadores al estilo de Buchanan, EEUU estaba gastando en el exterior recursos que deben emplearse con fines nacionales. El principio cardinal de “América primero” había sido pisoteado por un presidente lanzado a la “edificación de naciones” y dispuesto a ejercer el papel de “gendarme internacional”.
Resulta llamativo que una opinión similar, en lo que respecta al desvío de fondos necesarios para el país en mantener la presencia norteamericana en Irak, fue manifestada por el candidato presidencial demócrata, Barack Obama, durante el segundo debate presidencial. Por otra parte, el concepto de “América primero” ha sido empleado por el candidato republicano, John McCain, en una versión limitada, bajo el postulado de “la nación primero”, pero referido sólo a una subordinación de la política —en realidad de la politiquería— ante las necesidades nacionales, pero este tinte populista reduce un principio político —adecuado o no— a una mera consigna de campaña.
Uno de los problemas que en la actualidad enfrentan los republicanos es la necesidad de definir una línea política e ideológica alejada de la de Bush, que sin discusión ha resultado un fracaso. Llevar a cabo esta reconsideración, antes de las elecciones, resultó una misión imposible. Pero no por ello menos necesaria.
Fotografía: el candidato presidencial republicano, senador John McCain, habla durante un mítin en Mosinee, Wisconsin (Gerald Herbert/AP).

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