martes, 28 de octubre de 2008

Si uno tuviera la mirada de un extraño


Con el inicio de la lucha por librarnos del dominio español, los cubanos comenzamos a exaltar la intransigencia no como un valor moral, un recurso emotivo y una justificación personal, sino como un valor político. El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura, recorre las páginas de los textos que nos enseñan desde la escuela primaria y sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños y de vocación suicida a unos cuantos insensatos.
Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el diccionario de la Real Academia. Según esta definición, la intransigencia puede interpretarse como sinónimo de rectitud, cumple una función de guía moral: cuando se transige, se cede, en parte se claudica. La Protesta de Baraguá, protagonizada por Antonio Maceo, es la posición intransigente más valorada en la historia de Cuba. Desde los textos de la historia republicana a los manuales implantados tras el triunfo de Fidel Castro, nadie se ha atrevido a considerarla un gesto inútil, que prolongó de forma infructuosa una contienda liquidada y que sólo produjo muertes innecesarias.
La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster. Entre ambos aspectos de una misma definición hay un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.
Las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de Baraguá. La actitud de Maceo, de negarse a una paz que no incluyera la independencia y el fin de la esclavitud, era digna; su decisión de continuar la contienda bélica resultó insensata (no hay que olvidar tampoco que posteriormente, el otro protagonista de la Protesta, el general español Arsenio Martínez Campos, permitió al Titán de Bronce marcharse tranquilamente de Santiago de Cuba en un barco español).
La valoración positiva de la intransigencia, paradigma heredado de los patriotas pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos, es asumida desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado o ignorante del efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen a los ojos del resto del país. En su afán justificador no sólo se han apoyado en la historia de Cuba sino han torcido ejemplos a su conveniencia: la comparación con los judíos y la lucha por la creación y desarrollo de Israel como nación es el más notable pero no el único.
Quienes no admiten una opinión contraria —basta escucharlos en la radio de Miami— pretenden promover y dirigir la puesta en marcha de una sociedad democrática en Cuba.
Más allá del saludable fin terapéutico y de entretenimiento que proporcionan a sus seguidores y oyentes —quienes sin gastar un centavo encuentran un foro en que manifestar sus amarguras y rencillas— poco logran, salvo servir de catarsis a exiliados frustrados.
En este sentido cumplen la función social y hasta humanitaria, al brindar satisfacción y consuelo a una parte de esta comunidad que se aferra al pasado. Pero sus objetivos van más allá de la tertulia, la reunión en el café y la conversación de esquina. Los principales dirigentes de estas organizaciones aspiran, de una manera o de otra, a influir en el futuro de Cuba.
No lo han logrado nunca y deberían darse cuenta que sus esperanzas son más desquiciadas ahora que en ningún momento anterior. Pero nada los detiene. Es posible que muevan a la burla o la indiferencia de un observador externo. Sin embargo, su influencia negativa se ha hecho sentir en la política local y en la aprobación de medidas —especialmente desde la llegada del presidente George W. Bush al poder— que en nada han contribuido al avance de las condiciones para un cambio en la isla. Ahora están enfrascados, con desesperación e ira, en que esta política absurda se mantenga en un nuevo gobierno norteamericano. Se han lanzado a favor del senador John McCain, al que muchos rechazaron en un comienzo por haber tenido un papel fundamental en el establecimiento de relaciones con Vietnam, en una campaña demagógica en que a diario se superan en las mentiras y sandeces.
Con una obstinación invulnerable al paso del tiempo, los que pretenden representar al exilio apelando a fórmulas gastadas y alimentando rencores no se cansan de repetir que esta nación y el mundo están en peligro por la ventaja en los sondeos del candidato demócrata Barack Obama, al que han acusado de cuanto se les ocurre, mientras repiten que no se puede ceder en lo más mínimo ahora que está cerca el día en que ellos puedan regresar a Cuba para jugar un papel fundamental en los destinos de la nación.`
Por supuesto que no son ''intransigentes'' y mucho menos están dispuestos a sacrificar un plato de carne de cerdo por cualquier acción loable.
Día a día ajustan su discurso para obviar las señales en contra, pasar por alto los llamados a la discreción de sus propios aliados y olvidar hoy lo que ayer indicaron era una prueba irrebatible de la certeza de sus opiniones.
Nada detiene a estos ''líderes del exilio''. Proclaman que su victoria está cerca sin detenerse en las noticias, aferrados a un plan inútil y una visión cada vez más alejada de la realidad cubana. Pero para ello, añade, es necesario antes el triunfo de McCain. Tal fidelidad a la derrota los convertiría en personajes patéticos, si uno tuviera la distancia calmada de un extraño.
Fotografía: una mujer camina bajo la lluvia por La Habana Vieja (Javier Galeano/AP).

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