jueves, 9 de octubre de 2008

Votos e ideología


Durante la campaña electoral del 2004, que le otorgó el primer triunfo en las urnas al presidente George W. Bush (la anterior elección fue decidida por una Corte Suprema favorable a los republicanos), el actual mandatario se impuso en parte gracias a una paradoja: Bush logró convencer a los votantes de que tenía una visión en política internacional superior en alcance a la su oponente, el senador demócrata John Kerry. Que el mandatario —criticado desde antes de su llegada al poder por el corto alcance de sus objetivos políticos— conquistara un segundo mandato y convenciera a millones de votantes de que su punto de vista era el más adecuado a la hora de enfrentar al terrorismo, sólo pudo ser explicado por el cambio ocurrido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
La victoria de Bush pareció dejar claro que, para el elector norteamericano, lo que tuvo más peso a la hora de ejercer el voto fue la enorme disparidad, en estilo de liderazgo, entre los aspirantes a la presidencia en aquel momento. Incluso los que había seguido de cerca la campaña confrontaron dificultades a la hora de establecer las diferencias sustanciales entre Bush y Kerry, en lo referente a una amplia estrategia —tanto militar como política— frente a la amenaza del terrorismo. No se trataba de divergencias en cuestiones inmediatas —como la situación en Irak y la seguridad nacional interna— las que nunca quedaron definidas para muchos. Una de las limitaciones de Kerry, que contribuyó a su derrota, fue que nunca logró presentar un plan orgánico —que decía tener, pero que nunca alcanzó la difusión necesaria— que lo distinguiera claramente del de su contrario e indicara un rumbo distinto al emprendido por EEUU hasta el momento.
Desde el principio, el senador Barack Obama ha logrado articular un discurso que no sólo lo coloca en las antipodas del actual mandatario, sino ofrecer un proyecto de cambio para la nación. Su mayor logro, en el segundo debate presidencial, no se limitó a afianzar la imagen de que puede desempeñar el cargo de presidente de Estados Unidos, tampoco se redujo a cambiar a su favor cierta percepción en parte del electorado, que todavía lo percibía como un político distante y perteneciente a una élite. Uno de los tantos que Obama pudo anotarse —y del que curiosamente casi no se habla— es que en un intercambio de preguntas y respuestas con el público encontró el medio para expresar con un lenguaje sencillo unos planteamientos con una profunda carga ideológica.
Esta ideología, que no ocultó en momento alguno, es propia de lo que en Estados Unidos se llama un liberal. Desde hace años se usa y abusa de esa etiqueta en este país. Su contrincante, el senador John McCain, no se cansa de repetir que Obama es un liberal. Lo dice en forma de denuncia y se apoya para ello en el historial de votaciones en el Congreso del senador por Illinois. Tiene razón McCain. Lo interesante es que su llamada de alerta parece estar funcionando sólo entre los votantes republicanos más aferrados al rechazo de cualquier intervención del Estado en los asuntos públicos. Mal momento, por otra parte, para criticar esta participación del Estado, cuando precisamente el gobierno que postuló todo lo contrario —el neolberalismo más descarnado— se ha caracterizado por aumentar el gasto público, el tamaño del gobierno y el recurrir a las arcas nacionales para salvar a las grandes empresas. Así que lo que en última instancia se discute en esta contienda electoral no es el papel del Estado, sino su alcance y a quienes debe beneficiar en primer lugar. Curiosamente, eso se llama lucha de clases, un concepto tabú en la sociedad norteamericana.
Que este cuestionamiento se haga con tanta claridad, por parte del candidato demócrata, obedece a dos factores fundamentales. Uno es que el actual gobierno republicano viene ejerciendo esa función, de forma directa. Sin tomarse el trabajo de plantearlo abiertamente, pero también sin poder evitar que el norteamericano promedio se dé cuenta de la jugada. Cuando comenzaron a subir vertiginosamente los costos del combustible, Bush se negó a tomar cualquier medida mínima para evitarlo, bajo el precepto de que los precios del crudo debían regirse por la ley de la oferta y la demanda. Pero en cuanto se presentó la crisis financiera, no dudó un momento en intervenir. No es que Bush tenga el menor interés en nacionalizar la banca de este país, y esté aplicando “medidas socialistas”, sino todo lo contrario: está cumpliendo al pie de la letra las funciones de un Estado corporativo.
Sin mucho éxito, McCain ha tratado de distanciarse de esta práctica, pero está limitado tanto por su filosofía política como por la realidad imperante. De ahí que su intento, de ponerse en un primer momento —y de forma bastante aparatosa— al paquete multimillonario de rescate financiero del presidente Bush, y luego terminar votando por éste, le ha restado puntos electorales. Obama es un liberal pragmático, más que moderado, y esta distinción es importante porque le sirvió para demostrarlo precisamente durante la crisis surgida en los días en que el paquete de rescate se discutía en el Congreso. No se opuso a la medida, al verlo como una especie de “purgante necesario”, y aprovechó la ocasión para incluir en la medida aspectos en favor de la clase media y trabajadora. En este sentido, McCain estaría más cercano al comportamiento político de un Bill Clinton, mientras Obama sería un Ronald Reagan a la inversa. La paradoja, ahora, obra en función del candidato demócrata. La gran diferencia con respecto a la elección de 2004 es que en estos momentos la economía es el tema fundamental y no la guerra. Uno de los peligros potenciales, que tiene por delante Obama antes del 4 de noviembre, es que la situación internacional, y la seguridad de este país —y estoy hablando del peligro siempre latente de un ataque terrorista— no se altere.
Llama la atención que la ideología, en el campo demócrata, se muestre tan a las claras, mientras en el terreno republicano se encuentre oculta. Porque lo que necesita el Partido Republicano —y espero ocurra tras las elecciones— es un profundo debate ideológico, donde esta organización analice y discuta a profundidad sus principios y el rumbo a seguir.
Pese a la polarización política extrema que caracterizaba a la sociedad norteamericana en los meses anteriores a la elección de 2004, no hubo evidencias de que estuvieran en juego dos filosofías opuestas frente a los acontecimientos internacionales. Las campañas destacaban más aspectos personales que los enfoques ideológicos. Los republicanos atacaban a Kerry al presentarlo indeciso, inclinado a cambiar de opinión ante la menor contrariedad e incapaz de conducir a un país en guerra. Por su parte, los demócratas pintaban a Bush como arrogante, testarudo e incapaz de reconocer sus errores, además de inepto para el cargo.
Kerry y sus estrategas de campaña fueron en buena medida responsables de que esta discusión no se produjera. Tras el vertiginoso ascenso y la posterior caída del aspirante a la nominación demócrata Howard Dean, quedó demostrado que no bastaba con criticar despiadadamente al mandatario republicano y que las credenciales liberales no conducían a la Casa Blanca. De nuevo se puso en práctica la fórmula clintoniana de buscar un acercamiento al centro. Durante su campaña Kerry se limitó a mantenerse a la defensiva. Enfatizar su capacidad como posible Comandante en Jefe de las tropas norteamericanas y tratar de cambiar la imagen de político elitista y distante de la dura realidad de una nación en tiempo de guerra —el mismo argumento que ahora se usa contra Obama— que la campaña de Bush logró imponer con éxito.
No fue hasta que Kerry logró atacar con fuerza el desempeño de Bush en la guerra de Irak, que comenzó a recuperarse en las encuestas. Luego vino su victoria rotunda en el primer debate y sus puntuaciones más altas en los dos restantes. Aunque la crisis entonces reinante en el país árabe logró ayudarlo, al final se impuso el miedo en la población a un nuevo ataque terrorista —que Karl Rove supo explotar a la perfección— y una maquinaria electoral que logró movilizar la base de votantes republicanos. Ahora el miedo y la incertidumbre es respecto a la situación económica, lo que está obrando a favor de Obama, mientras que la capacidad de movilización de la base de votantes republicanos ha quedado prácticamente en manos de la aspirante a la vicepresidencia, la gobernadora de Alaska Sarah Palin. Resulta curioso como en los últimos días estos votantes se manifiestan más a favor de Palin y han comenzad a echar un manto de piadoso silencio respecto a McCain, pero tienen en su contra que la elección no se decide por el segundo nombre en la boleta. Palin, por otra parte, no ha logrado convencer a los electores independientes ni ganarse el apoyo de ese voto femenino que se mostró partidario de la senadora Hillary Clinton.
La renuencia clásica en la política norteamericana de sacar a la luz los enfoques ideológicos en las discusiones —y mantener el discurso limitado a los aspectos prácticos que se derivan de estos principios— fue un obstáculo que perjudicó al candidato demócrata en la pasada contienda, y en última instancia al electorado, si se tiene en cuenta el extremadamente bajo índice de popularidad del presidente Bush y la grave crisis económica que enfrenta al país. El miedo a un ataque terrorista impidió a la ciudadanía plantearse a fondo las cuestiones básicas que gravitan tras cualquier toma de decisiones, y en buena medida inclinó la balanza en favor de los republicanos. Con un empate virtual en las encuestas hasta el momento de votar, el aspirante demócrata nunca se lanzó en un terreno especialmente vulnerable, mientras que al titular republicano le bastó con aferrarse a la repetición. Al final, obtuvo la victoria quien logró trasmitir mayor confianza a los electores frente al peligro.
Si se analizan las tácticas de campaña actuales de los dos candidatos, queda claro que diferente es la de Obama con respecto a la de Kerry, mientras que al mismo tiempo se aprecia cual cerca está la de McCain (en manos de un discípulo de Rove) de la que llevó a triunfar a Bush. En estas similitudes y diferencias parece radicar la clave de la victoria.
Fotografía: el candidato presidencial republicano, senador John McCain, saluda a miembros de la banda de música de la escuela secundaria Wausau West, durante un mítin en Mosinee, Wisconsin, el 9 de octubre de 2008 (Gerald Herbert/AP).

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...