miércoles, 19 de noviembre de 2008

La trinchera del fracaso


Bienvenido a la ciudad desde donde salen a diario miles de dólares para Cuba. Está usted en la tierra de los que violan sistemáticamente las restricciones impuestas al envío de remesas a la isla. Acaba de descender en el aeropuerto donde todos los días se embarcan ciudadanos norteamericanos que viajan a su país de origen con una frecuencia mayor que la permitida en las regulaciones vigentes, pasando por alto cualquier norma al respecto. Ha llegado a Miami: la capital antiembargo. Olvídese de lo que machacan algunos por la radio. Aquí pocos creen en la efectividad de las leyes que impiden mayores vínculos con La Habana, y cuando lo ven necesario —por razones familiares o económicas— se las arreglan para pasarle por encima a las reglamentaciones.
Hace años que viene ocurriendo. Si limitan los vuelos, se va por terceros países. Cuando se recortan los envíos de dinero por canales legales, se recurre al mercado negro. La vez en que se interrumpieron las líneas telefónicas directas, casi todo el mundo apeló al servicio por satélite que brindan otras naciones. Pero pregunte en algunas esquinas de La Calle Ocho, y le responderán que el exilio está a favor del embargo.
Curiosa manera de apoyar una ley que casi todo el mundo incumple. Porque salvo un grupo reducido de residentes en esta ciudad, que no mantienen vínculos con familiares y amigos en Cuba —sea por los años transcurridos desde su partida o por otros motivos— y jamás llaman a la isla y tampoco compran un disco compacto de música y mucho menos un libro, los demás, de una manera u otra, contribuyen monetariamente para el bienestar o la supervivencia de los que radican en la isla. Esto, inevitablemente, beneficia económicamente al gobierno cubano.
Resulta imposible no hacerlo. Incluso en los casos de los opositores. Si se quiere ayudar a la familia de un disidente preso, tiene que buscarse la forma de hacerle llegar unos cuantos dólares. Y parte de ese dinero irá a parar a una dependencia estatal. No hay manera de evitarlo. Cuando existe una economía centralizada en manos del Estado, cualquier transacción comercial teórica y prácticamente lo beneficia. Y ocurre también hasta cuando se decreta un embargo. No hay escapatoria.
Claro que vale la pena contribuir en lo posible a aliviar el sufrimiento de la familia de un opositor pacífico. Mantener el contacto telefónico con los disidentes está por encima de cualquier consideración económica. Los programas radiales de Miami lo hacen. Incluso en los que se repite a diario que el embargo debe mantenerse a toda costa. Quienes en esta ciudad apoyan de forma activa a la disidencia expresan que este movimiento no debe ser aislado, que las voces de quienes protestan, critican o se oponen pacíficamente al gobierno de La Habana deben de ser escuchadas en todo el mundo. Hay que divulgar sus denuncias. La lucha política y la confrontación ideológica está por encima de unos cuantos dólares. ¿Y entonces por qué parte de ese sector que dice que su prioridad es llevar la democracia al lugar desde donde salieron para el exilio llevan años haciendo todo lo que esté a su alcance para impedir cualquier medida que facilite que la realidad cubana se abra al mundo?
Es cuestión de prioridades, repetirán algunos. Hay que impedir que el régimen castrista tenga los recursos necesarios para “exportar su revolución”; se debe hacer todo lo posible a fin de no brindarle “el oxígeno monetario” ahora que agoniza; no se puede “premiar” a un régimen represivo; la entrada de divisas sólo sirve para incrementar la represión. Se trata de la retórica de la justificación del fracaso, ante la incapacidad para transitar formas nuevas, que pueden resultar más efectivas en favor de la libertad de expresión y la defensa de los derechos humanos. Aplicar una y otra vez una paradoja que ha demostrado ser inefectiva: “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”. Un juego de palabras que ya no sirve ni para hacer literatura. Una herencia de la época batistiana, cuando un general decretó: “Candela al jarro hasta que suelte el fondo”. Y los generales batistianos, los policías batistianos, los familiares de los políticos y los militares batistianos terminaron con el fondillo puesto en un avión en vuelo hacia Miami.
Se trata de convertir en razón de Estado lo que es sólo un problema elemental de vínculos emocionales, familiares y de solidaridad humana. Hasta el momento, Estados Unidos ha carecido de una política coherente para lidiar con el caso cubano. El gobierno de Barack Obama abre una incógnita y una esperanza. Hasta ahora, los diversos gobiernos norteamericanos, demócratas y republicanos, se limitaron en buena medida a continuar con el legado de los anteriores. Pero si Washington es incapaz de hacer algo diferente, lo mejor es dejar que sus ciudadanos vayan a donde les plazca y sus empresarios y gobiernos estatales comercien con quien más les convenga. Durante años se viene repitiendo en esta ciudad que cualquier apertura económico, que implique el otorgamiento de créditos, redundará en que los contribuyentes tendrán que pagar las deudas si el gobierno cubano no paga. Esta respuesta no es más que la forma más fácil de esquivar el problema. Siempre los capitalistas van a querer que el Estado les saque las castañas del fuego. Nunca como ahora esta realidad se ha mostrado con mayor fuerza. A nadie se le ha ocurrido hasta el momento, ni siquiera a los que repiten a diario las tesis conspirativas más desquiciadas por la radio en español de esta ciudad, culpar a La Habana de la actual crisis financiera o de la recesión que cada día se siente con mayor fuerza en esta ciudad y en el mundo. Cuba no tiene porque ser la excepción. Que el gobierno norteamericano busque la manera de minimizar este riesgo. Es su trabajo.
En lo que respecta al caso cubano, desde hace años es evidente que hay que separar los vínculos familiares, los intercambios culturales y académicos y en general un buen número de aspectos donde es posible encontrar un terreno común de la confrontación política.
Sin embargo, el empecinamiento de un sector del exilio, y el apoyo que encontró en la administración norteamericana que ahora culmina, llevó a un grado tal de aislamiento a la comunidad cubana de Miami, en lo que a posibilidades de interactuar con la realidad cubana se refiere, que en la actualidad se vive bajo una total desvinculación con lo que realmente ocurre en la isla. Esta especie de esquizofrenia local sólo se sustenta en el poder ejercido por quienes hasta hoy —aunque ya no por mucho tiempo— han monopolizado no sólo la relación entre Estados Unidos y Cuba, sino también los posibles vínculos que pueden establecer los cubanos en ambas lados del estrecho de la Florida. Al punto de que, desde el punto de vista político, esta ciudad se ha cerrado sobre sí misma.
Poco les ha importado, a quienes han puesto en vigencia esta política, que tales tácticas han terminado por hacer daño a los objetivos que aparentemente trataban de defender.
La disidencia cubana, incluso la más afín ideológicamente con el sector más radical del exilio, ha terminado por ser silenciada. No ha sido La Habana quien más ha contribuido a ese silencio en estos dos últimos años, sino sus supuestos defensores. Millones de dólares han sido consumidos sin el menor resultado visible. Ya ni siquiera se escucha la voz de aquellas figuras en las que una parte del exilio proclamo colocar buena parte de sus esperanzas.
Sólo se ha mantenido, de una forma tenaz pese a las dificultades creadas por ese mismo exilio que se ha proclamado radical y no es más que explotador y desvergonzado, el intercambio familiar.
¿Hay alguien que todavía cree en la efectividad de campañas lanzadas con bombo y platillo desde Miami, con arengas para que los cubanos de la isla “no cooperen”, celebren actos de oposición y repartan consignas elaboradas en salones de reuniones con aire acondicionado y mesas repletas de comida?
Al final, la combatividad anticastrista se ha limitado a manifestarse de vez en cuando contra un artista o un atleta, siempre con la seguridad de que al terminar la actividad de reafirmación contrarrevolucionaria está esperando el automóvil, la cafetería y el restaurante.
Eso sí, en la radio siguen los mismos proclamando el odio, la estulticia y la división. Aún atrincherados en su fracaso.
Fotografía: un grupo protesta contra la presencia del cantante cubano Paulito FG en el club La Covacha, antes de su concierto el 14 de noviembre de 2008 (Pedro Portal/El Nuevo Herald).

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