lunes, 29 de diciembre de 2008

El solar


Una carta
de tres periodistas cubanos, con motivo de un incidente ocurrido en La Habana y protagonizado por el director chileno Miguel Littín y un crítico cinematográfico de la isla, ha llegado a Cuaderno de Cuba. El texto apareció en el blog Habanemia y ha causado cierto revuelo, bastante soez por cierto. Con independencia de que quisiera tener más información sobre el asunto, y que Cuaderno de Cuba no ha confirmado de forma independiente ni la disputa ni la autenticidad de los comentarios que ha producido el escrito, creo que el asunto ya está superando las fronteras de una simple pelea callejera, por las opiniones que genera, y en este sentido se reproduce aquí la carta y se invita a visitar el citado blog, que se hace en Cuba, para conocer más al respecto:
BOFETÓN CINEMATOGRAFICO
Ciudad de La Habana, 18 de diciembre de 2008
A quienes importen las discusiones sobre la ética, la cultura y el ejercicio de la opinión.
Un grupo de críticos cubanos, mayormente pertenecientes a la Asociación de la Prensa Cinematográfica, otros independientes, deseamos compartir con nuestros colegas de otras latitudes un determinado criterio, en relación con la ética elemental que debe respetarse entre quienes participamos, de alguna manera, del hecho cultural. El acontecimiento tuvo lugar en el Hotel Nacional de Cuba, el pasado 9 de diciembre, mientras se presentaban algunos libros, como parte de la exitosa edición treinta del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
A la salida de las presentaciones, el prestigioso cineasta chileno Miguel Littín abordó al célebre crítico cubano Joel del Río, trató de confirmar su identidad y lo abofeteó, por las estimaciones de valor expresadas por el segundo en su libro Latitudes del margen, cuya autoría comparte con la especialista, también cubana, María Caridad Cumaná. Ciertamente, en el citado volumen pueden leerse valoraciones categóricas sobre el proceso estético que los autores reconocen como el “esclerosamiento” (sic) de algunas filmografías de culto en Latinoamérica y el mundo, entre ellas la del propio Miguel Littín. No podemos desatender la evidencia de que, sin embargo, Latitudes del margen había obtenido Mención en un exigente certamen sobre investigación y crítica: el Premio de Ensayo sobre Iberoamérica y el Caribe convocado anualmente por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Fundación Alcalá de Henares. O sea, polémico o no, se trata de un libro avalado por significativas personalidades e instituciones ocupadas del pensamiento sociocultural sobre los audiovisuales en la región. No estamos frente a un libro huérfano de prestigio o de admiración entre voces autorizadas.
Al mismo tiempo, entendemos el derecho de Littín a objetar una valoración despectiva y compartimos el criterio de que una crítica mesurada, responsable y, sobre todo, bien argumentada, suele resultar en una comunicación fluida con los autores que hacen parte de su objeto de estudio. Algunos de esos valores no faltan, por cierto, a las plumas de los investigadores y críticos Cumaná y Del Río, con independencia de algún exceso puntual. Para encauzar ese tipo de objeciones, Littín disponía de no pocas vías: una respuesta explícita, donde polemizara con los autores en forma de ensayo; el solo hecho de continuar realizando notables películas, pues no hay mejor argumento que la obra misma, etc. Lo que sí advertimos como improcedente, y queremos denunciar públicamente, es que ante la emergencia del disenso arremetamos contra nuestros interlocutores desde la política del garrote, la barbarie de las cavernas y las agresiones corporales fuera de la menor civilidad.
Al tiempo que llamamos a un ejercicio de la crítica y la opinión cada día más responsable, al tiempo que seguimos justipreciando todo lo que Miguel Littín ha aportado al patrimonio fílmico y cultural de Latinoamérica, denunciamos el incidente, con la finalidad de que este tipo de violencia personal no siente un precedente que enturbie el diálogo cordial entre realizadores y críticos, y no sea “naturalizado” como “alegato gestual” legítimo frente a la diferencia de criterios del Otro. Nos pasamos la vida clamando por la diferencia y la diversidad, pero qué trabajo nos cuesta aceptar que el juicio crítico puede partir de la distancia con relación a nuestra propia obra o a nuestra estética.
Porque creemos en la sensatez y en la cultura profunda de Littín, suponemos que en este minuto su postura sea otra, y abogamos por una cultura del diálogo donde se respeten las razones del Otro, por más que nos favorezcan poco o se aparten de nuestro camino creativo. Crear implica un enorme compromiso, ético, cívico, humano, que no debe sentirse empañado por la política del garrotazo y el bofetón público, como descrédito humillante y vejatorio.
En la esperanza de que el incidente no haya sido más que un accidente y ni con mucho el comienzo de una amenazante regularidad que implique que para el ejercicio de la crítica se deba exigir, a partir de ahora, un pago adicional por peligrosidad, un dudoso impuesto de antiética,
firmamos,
Frank Padrón
Mayra Pastrana
Rufo Caballero

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