miércoles, 24 de diciembre de 2008

Expectativas, frustraciones y deseos


En este año
a punto de concluir, la mayoría de los llamados líderes del exilio en Miami, muchos titulados expertos y varios comentaristas de la prensa radial y escrita demostraron una ignorancia mayor sobre lo que ocurre en Cuba. Vaya, que se superaron.
No es que faltaran las noticias. En un año en que se produjo un cambio en la presidencia de la isla -con mucho de continuidad, pero también con el establecimiento paulatino de una nueva dinámica de gobierno, que avanza muy lenta pero constante-, la nación sufrió el azote de tres ciclones y el gobierno de La Habana no sólo avanzó notablemente en el terreno diplomático, sino demostró una capacidad de organización, control (en buena medida represivo) y adaptación de gran efectividad, aquí en Miami las respuestas ante los hechos han estado marcadas por la resaca de los preparativos para formar gobierno y el optimismo incontrolado de un final cercano del régimen tras la enfermedad de Fidel Castro, una avalancha incontenible hasta el momento de comentarios y amenazas de ajustes de cuenta en un futuro cercano y la inocencia imperdonable de considerar al gobierno de Raúl Castro como un calco de un modelo chino -abierto a reformas profundas y comprometido a permitir el amplio desarrollo de mecanismos económicos ajenos a una estructura de producción socialista. Esto para no citar el gran número de demostraciones de ignorancia que se escuchan a diario en la radio de Miami, que pasan del insulto a la ilusión sin admitir ni un minuto de cordura.
El error mayor, sin embargo, no radica en ninguno de estos aspectos, sino en apostar a la muerte de Fidel Castro como el detonante esperado para una transformación rápida, que permita barrer con un modelo imperante durante medio siglo y dar vía a un sistema similar al existente en Estados Unidos y Europa.
La realidad, nos guste o no, marcha por otros rumbos. Negarse a verla es vivir en un delirio permanente. Intentar presentar algunos de sus aspectos es arriesgarse a ser considerado desde aguafiestas hasta procastrista. Pero ningún insulto impedirá que ocurra.
Lo primero a tener en cuenta es que ya a estas alturas carece de sentido esperar por la muerte de Fidel Castro. Por supuesto que cuando ocurra será noticia mundial. No hay que subestimar la importancia del hecho y tampoco echar a un lado las repercusiones que tendrá en el comportamiento y las expectativas de quienes viven en la Isla.
Pero nada de esto debe impedir analizar que en Cuba este año se ha consolidado un nuevo gobierno, que en gran medida no se diferencia del existente cuando Fidel Castro hacía sentir su presencia a diario. No sólo porque sus protagonistas son los mismos, también porque las intenciones no han cambiado.
Desde la presidencia del país, Raúl Castro ha demostrado que no va a abandonar el modelo socialista, sino todo lo contrario: se ha dedicado a fortalecerlo. Y en buena medida ha tenido éxito en ese empeño.
No se siente inclinado –ni al parecer presionado por la situación económica- hacia la creación de un modelo mixto, que permita la inclusión de la pequeña propiedad mercantil y el desarrollo de un comercio privado autorizado, aunque estrechamente regulado, así como el surgimiento de organizaciones profesionales o sindicales al margen del Estado.
La superestructura ideológica se ha mantenido sin grandes cambios en la esfera nacional. El discurso político ha continuado siendo antiimperialista, comunista y cerrado al reconocimiento de la libertad ciudadana y los derechos humanos, cuyo reclamo constante por parte de Europa no ha impedido que las naciones de este continente mejoren sus vínculos con La Habana.
La realidad es que el mecanismo de sucesión establecido, que se desarrolló— a la perfección, sólo ha necesitado de dos tácticas para funcionar con la implacable certeza de un mecanismo de relojería: una es pregonar que Fidel se mantiene “al tanto de todo”, es informado en todo momento y consultado respecto a las decisiones más importantes. La otra es abordar las dificultades e ineficiencias cotidianas, que endémicamente han mostrado la falta de voluntad y recursos del gobierno, no como problemas del sistema o consecuencias de su inoperancia, sino como aspectos disfuncionales capaces de ser enmendados: la indisciplina, el robo, el mercado negro y la corrupción son algunos de los aspectos en los que Raúl Castro ha hecho un mayor énfasis durante este año.
La ausencia de Fidel Castro de la administración diaria del país, hasta en sus detalles más insignificantes, ha puesto fin a un estilo de gobierno unipersonal, caprichoso en muchas ocasiones y errático. El nuevo mandatario ha tratado de enmendar todos esos errores con el establecimiento de una estructura de toma de decisiones donde la delegación de poderes y una mayor autonomía en la gestión buscan desempeñar un importante papel, aunque hasta el momento los resultados han sido limitados. La población sigue esperando una mejora en los servicios y los salarios.
Es lógico que ahora, desde su óptica de gobierno, Raúl Castro ponga sus miras en el anunciado congreso del partido comunista cubano del próximo año. Es posible que intente la puesta en funcionamiento de ese órgano político, que hasta el momento se ha caracterizado por la falta de iniciativas.
En el terreno internacional, una vez abandonados los frecuentes cambios de actitud de Fidel Castro, las naciones europeas han avanzado hacia relaciones más estables. Esto por supuesto no ha sido favorable al movimiento disidente dentro de la isla. Este camino se continuará el próximo año.
La gran incógnita es la relacion, si alguna, que se establecerá con la nueva administración norteamericana. Si como ha ocurrido hasta el momento, Raúl Castro es capaz de garantizar la estabilidad en la isla, alejar el fantasma de un Éxodo masivo y emprender el camino de buscar terrenos comunes de colaboración, más o menos distantes de la ideología -como son la lucha contra el narcotráfico y el facilitar por ambas partes los trámites migratorios-, es posible que Washington y La Habana finalmente emprendan el camino de una negociación. De llegar el caso, el exilio tendrá que replanteares por completo su papel o resignarse a un aislamiento aún mayor.

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