viernes, 26 de diciembre de 2008

Intelectual y política

Durante el mayo francés, Sartre reclama que el intelectual vuelva a ejercer el papel desempeñado durante el siglo XIX. Algo que él reconocía había sido abandonado durante más de cincuenta años en su país, pero que consideraba necesario retomar.
Con diversos énfasis, y con resultados disímiles, desde el intelectual orgánico hasta el educador público, esa función de conciencia crítica de la sociedad se mantuvo vigente en la segunda mitad del siglo XX.
Vivimos ahora en una época en muchos sentidos pre-mayo francés. Y también presenciamos un abandono de la función intelectual, similar al denunciado por Sartre. Ser intelectual es una profesión del siglo pasado. Hasta hace poco los jóvenes autores diferían en la elección de su vocación -querían ser poetas, narradores o cineastas-, pero estaban unidos por un afán común: se consideraban intelectuales. Ya no.
Vale la pena preguntarse si la respuesta al problema es un nuevo llamado a que escritores, académicos y expertos participen más activamente en la problemática social y política de sus respectivos países, o si por el contrario lo sensato es crear las condiciones para que esa labor intelectual no sea necesaria.
En gran medida Estados Unidos, a diferencia de Francia, transitó ese camino durante igual período de tiempo. Por una parte la especialización de labores llevó a separar los campos del escritor y académico de los terrenos del comentarista político. Por la otra, la tendencia hacia la izquierda de la mayoría de los intelectuales llevó a un paulatino pero constante deterioro del prestigio disfrutado por décadas. El fin de la Unión Soviética y el deterioro del ideal comunista fueron la culminación de un proceso iniciado años atrás. La noción de compromiso político quedó en entredicho, considerada como ejemplo de deshonestidad y estafa. Su cara oculta salió a relucir con fuerza: un oportunismo que gritaba las injusticias capitalistas mientras callaba los desmanes socialistas.
Esto afectó no sólo a los intelectuales de izquierda, sino también a los críticos sociales desde una posición de centro y centro-derecha. Estos últimos, menospreciados de forma más o menos evidente por los seguidores de Sartre, que se consideraban los paradigmas del ''intelectual orgánico'' proclamado por Gramsci, no vieron llegar su turno sino fueron parte también del grupo en desgracia. La caída de los ''comprometidos'' arrastró consigo la estima de constituirse en aguafiestas social. Desempeñar la función de conciencia crítica comenzó a verse como una labor de ''izquierdista'': poco confiable, caduca y sospechosa.
El desastre de ambos períodos presidenciales de George W. Bush, y la actual crisis mundial, han vuelto a desempolvar la función crítica del intelectual, en lo que parece ser más una condena que una bendición.
Para oír y ver a Sartre, pinche aquí.
También hay una entrevista, con subtítulos en español, que demuestra que quizá nos apresuramos a olvidarnos del pensador francés. Se encuentra dividida en varias partes. Para mayor información, pinche aquí.
Fotografía: Jean Paul Sartre responde a la prensa en febrero de 1971 en París, en esta imagen de archivo (AFP/AFP/Getty Images).

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...