viernes, 26 de diciembre de 2008

Metáforas cubanas

Cuando se exhibió Calle 54, escribí que Bebo Valdés siempre ha perseguido limitarse a lo esencial. Para comprobarlo, basta escuchar de nuevo la versión que Chucho y Bebo hacen de La comparsa de Ernesto Lecuona en esa película de Fernando Trueba. Mientras Chucho muestra una perfección extrema y hace evidente en todo momento que esté cuidando no sobresalir por encima de su padre ―lo que no deja de ser una forma de paternalismo―, Bebo se burla de la ''deferencia'' de su hijo con la autoridad que otorgan una sabiduría y sonrisa imperecederas.
Hablaba de sabiduría porque Bebo ―que a veces se atreve al humor― nunca acentúa demasiado una ironía más fuerte, al estilo de Thelonious Monk. Eso lo distingue de Peruchín, ese otro gran maestro de la esencialidad al teclado.
El piano de Bebo es heredero de Lecuona en la cubanía, pero ajeno al énfasis percutivo. (¿Hay que decir que ambos son herederos de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes?) Sus tumbaos acentúan el ritmo, pero no se imponen. En ocasiones, casi parecen pedir permiso al iniciarse.
Durante la gira que este año llevaron a cabo Bebo y Chucho, y en el disco Juntos para siempre ―producido por Trueba y Natalio Chediak―, mantienen esa pauta, pero con un elemento acentuado que hace particularmente interesantes los resultados de ambos acontecimientos: el uso constante de citas musicales.
Por supuesto que no es un recurso nuevo ―ni en ellos ni en la pianística del jazz―, pero lo que llama la atención aquí es que en Bebo ese empleo tiene mucho de recuento, mientras que en Chucho aparece como un afianzamiento de sus fronteras extendidas.
De forma elemental puede decirse que Bebo suena mucho más cubano que Chucho. Pero hay más, mucho más que esa afirmación estereotipada.
No se trata de una cuestión de repertorio. De hecho, en un concierto durante la gira, en la 32 Edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, Bebo interpreta solo al piano su versión de Perdido, de J. Tizol, una pieza que en el disco tocan a dúo. También en otro disco reciente de Bebo, Live at the Village Vanguard, que recoge las sesiones del pianista con Javier Colina al bajo en el conocido local de Nueva York, el mejor número es el célebre Waltz for Debby, de Bill Evans.
La cubanía a que me refiero, concepto por otra parte peligroso en más de un sentido, tiene que ver con autenticidad artística. No es un problema de destreza o calidad en la ejecución. Es, sencillamente, que cuando Bebo se integra al concierto o en los números que padre e hijo tocan en el disco, la música alcanza una dimensión mayor que el oír una buena interpretación.
Reconozco que todo esto puede que no sea más que una simple impresión más, pero en los conciertos de la gira Chucho y su quinteto me parecen demasiado a cubanos tocando para extranjeros, mientras que en el caso de Bebo siempre uno se enfrenta a lo contrario: extranjeros que escuchan a un cubano.
Hasta cierto punto, hay una metáfora de la Cuba actual y del futuro en esta impresión. No se trata del expediente reaccionario de afirmar que el ayer era mejor que el presente y el futuro. Sin embargo, lo que podría considerarse la esencia nacional, al extenderse ―y la revolución cubana ha sido en buena medida una extensión de la cubanía por el mundo― se ha diluido. La parte buena de esto es la superación de un nacionalismo fervoroso en el mejor de los casos, y de un provincianismo chato en el peor. Lo que me deja con más de una duda es si no estamos perdiendo demasiado en el proceso.
Es posible también que todo sea más simple. Chucho ha tenido quintetos mejores, y ahora da la impresión de ser quien tiene el control sobre el espectáculo, pero no ser su centro. ¿Otra metáfora cubana?
Para ver los videos del concierto en la 32 Edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, pinche aquí.
Fotografía: Bebo Valdés agradece el aplauso de la audiencia antes de un concierto en la Casa de América, en Madrid, el 9 de octubre de 2008, en una actividad para celebrar el haber cumplido 90 años (Paul White/AP).

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