martes, 6 de enero de 2009

Cultura y política


¿Puede la cultura llegar a ser una rémora de la democracia y el Estado de Derecho? Wolf Lepenies intenta responder a esta pregunta en The Seduction of Culture in German History, y escoge el ejemplo mejor: la Alemania de la época nazi y posterior.
En septiembre de 1939, mientras las tropas de Hitler entraban en Polonia, imponiendo la muerte y el terror a su paso, los berlineses abarrotaban las salas de teatro, los cines y disfrutaban en la Opera Estatal de las presentaciones del Tannhauser y Madama Butterfly. Seis años más tarde, en medio de una ciudad destruida por más de 65,000 toneladas de explosivos y con el Ejército Rojo a las puertas, en una ofensiva en que la Unión Soviética había desplegado dos millones y medio de soldados y más de cuarenta mil piezas de artillería, en una noche de mediados de abril de 1945, esos mismos berlineses ―lo que quedaba de ellos― asistían a una función de la Filarmónica de Berlín, en que se interpretó el Concierto para Violín de Beethoven, la Octava Sinfonía de Bruckner y el final del Crespúsculo de los Dioses de Wagner. Para muchos, era también el fin de más, mucho más que una obra, un concierto o incluso una orquesta, y el Partido Nazi dispuso que a la salida miembros de la Juventud Hitleriana se colocaran con cestas para ofrecer cápsulas de cianuro a la audiencia que abandonaba la sala.
De acuerdo con Lepenies, el libro ''describe una actitud intelectual que puede ser observada a través de toda la historia alemana: la sobrevaloración de la cultura a expensas de la política, especialmente en el sentido de la política parlamentaria''. O para decirlo con palabras de Nieetzche, a la hora de elegir entre la cultura y la política, ''una vive a cuentas de la otra, una prospera a expensas de la otra. Todas las grandes eras culturales son eras de decadencia política''.
Este desfase entre política, esta oposición de objetivos, se aplica a casos clásicos como el Siglo de Oro en España, pero igualmente está presente en la historia cubana. A lo largo de siglos, los pensadores, escritores y artistas en la isla superan a los políticos. También hay un empeño marcado, en determinadas figuras, por hacer coincidir ambos destinos. Cuando esto ocurre ―Martí, Martínez Villena― pierde la cultura y la política termina frustrada.
No es hasta el 1 de enero de 1959 que la ejecución política en Cuba adquiere una trascendencia internacional superior a cualquier logro cultural, en cuanto a importancia y nivel de influencia (no se trata ahora de valorarla sino de fijar su alcance), y se abre la posibilidad de un momento en que la cultura, y sus creadores, se beneficien de este alcance internacional. Pero en la curva que describe que la evolución del proceso cubano durante los últimos cincuenta años, la cultura se ha mantenido a la zaga, incapaz tras un período de florecimiento inicial de aprovechar las altas y bajas para destacarse de forma propia.
El refugiarse en la cultura ha sido una característica alemana que los refugiados de la época nazi trasladaron a Estados Unidos. Muchos en este país concibieron lo alemán como una forma de pensamiento, un estado de mente, un aislamiento más que una pasión manifiesta.
En Alemania ocurrió lo mismo en pleno nazismo, y tuvo una repercusión ética. La famosa discusión sobre la responsabilidad del artista en aquellos momentos es aún un debate abierto. Su mejor expresión en el cine es Taking Sides de Istvan Szabo.
''El Holocausto no fue sólo un crimen político, fue también un error moral de una magnitud tal que no puede ser compensado por ningún logro artístico''.
Sin embargo, no hay ''logros artísticos'' del nazismo, ni en la pintura ni en la literaria ni en la música. La misma utilización de la Filarmónica de Berlín en los actos del Partido Nazi o los conciertos de esta brillante orquesta en fábricas no fueron más que actos de propaganda.
Lo que sí abundó fue una utilización distorsionada, y en la mayoría de los casos malvada, de la cultura. Un buen ejemplo de ello fue la ópera Brundibár, del checo Hans Krasa. La obra cuenta las aventuras de dos niños, que cantan para ganar algún dinero que sirva para curar a su madre enferma. Musicalmente es una mezcla casi sin valor de Debussy, Ravel, Berg y Gershwin. La primera vez que se representó fue en un orfanato judío en Praga, en 1942. Poco después del estreno, Krasa, un judío, fue enviado al campo de concentración de Terezín, considerado la antesala de Auschwitz. Allí fue representada en 55 ocasiones, bajo la dirección de Krasa y con un reparto siempre variable de niños prisioneros. Al terminar la puesta en escena, los nazis escogían entre los pequeños cantantes y mandaban algunos para Auschwitz y el resto quedaba a disposición del próximo espectáculo.
Siempre se estaba preparando un nuevo montaje, porque Terezín era un ''campo modelo'' y no faltaba una audiencia —que en muchos casos incluía a visitantes enviados por los nazis para mostrarles lo bien que ellos trataban a los prisiones— deseosa de disfrutar de una jornada de música. Nunca faltaron niños tampoco, que sustituyeran a los escogidos.
Hoy Alemania ha adoptado las normas democráticas y no representa amenaza alguna para el mundo. Los monumentos de la cultura alemana permanecen en pie, así como los restos de los campos de concentración. Representan dos mundos distintos, pero también un recuerdo y una advertencia.
Con un pasado y un presente mucho menos traumático ―y este comentario no busca la comparación entre dos realidades históricas, sino es un intento de análisis de las siempre complejas y diversas relaciones entre cultura y política―, los intelectuales cubanos, tanto en la isla como fuera de ella, se debaten entre el aislamiento y el comentario público, la grandeza de la cultura y la seducción de la política.
Fotografía: Avenida del Puerto en La Habana. Cuaderno de Cuba agradece a Javier Santos por permitir el uso de esta foto.

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