lunes, 5 de enero de 2009

Una lectura cubana del Village Voice


En el número de esta semana de The New Yorker hay un buen artículo sobre el origen del Village Voice. Tras su lectura pienso que vale la pena hacer un estudio sobre la influencia de este semanario en quienes hacían Lunes de Revolución, si es que se produjo. Quizá este estudio se ha hecho. Lo desconozco. También valdría la pena indagar al respecto con el primer grupo de El Caimán Barbudo. Luego con los representantes del nuevo periodismo en Cuba.
Hay un aspecto que vale la pena analizar, y es el interés de algunos escritores y periodistas cubanos en imitar o adoptar rasgos del periodismo y la crítica literaria y cinematográfica, que se hacía en esta publicación en su mejor época, en un momento en que existían o se desarrollaban normas esencialmente rígidas y opuestas a los objetivos de los editores del Voice.
El Village Voice― como escribe Louis Menard, en The New Yorker― nace como una publicación en muchos aspectos de ideología conservadora, que repele las posiciones utópicas porque se fundamenta en la desilusión y se opone al cambio, que también evita las ideologías y rechaza tanto al liberalismo (en el sentido norteamericano del término) como a la izquierda, lo mismo la vieja que la nueva. Contraria al comunismo y también al anticomunismo. Pero que al mismo tiempo da cabida a los criterios más avanzados en la cultura. Así que en buena medida, aunque no siempre, es vanguardista en la estética y conservadora en la política e incluso en lo social. En sus inicios no muestra interés alguno en la problemática de los homosexuales y no refleja los puntos de vista de éstos en sus páginas. Más bien todo lo contrario: un reportaje cuando ocurren los disturbios en Stonewall muestra al periodista de parte de la policía y peleando contra los manifestantes.
Sin embargo, tanto en sus artículos como en críticas y especialmente en sus caricaturas ―la tira cómica de Jules Feiffer merece un análisis aparte―, el Voice se convirtió en una publicación anti establishment, que paradójicamente se sustentaba y sustenta económicamente en muchos de aquéllos que critica.
En lo ideológico la respuesta es fácil, y es que, al igual que ocurre con buena parte de los lectores de The New York Times, la publicación tenía y tiene su público en un sector que aparentemente estaría alejado de los interés y actitudes que reflejan sus páginas. Para decirlo con palabras del autor del artículo, el Voice fue ''la cola de caballo en el hombre con el traje de franela gris''.
Por supuesto que este aspecto ideológico es independiente de la calidad del periódico, y el Voice era entonces, en la mayoría de los casos, más que bueno: excelente.
Alcanzar esa excelencia en Cuba, rodeando estos ''escollos'' ideológicos, guarda con el Voice en Cuba una relación que es, en buena medida, tangencial, debido en gran parte a una cronología que conspira contra los cubanos. La popularidad del semanario norteamericano comienza su ascenso en 1962. Para entonces, ya resultaba imposible una línea independiente en una publicación cultural o de otro tipo.
Aunque Feiffer comienza a colaborar con el Voice en 1956, un año después de fundado, en su crítica de Las Vacaciones de Monsieur Hulot, Cabrera Infante sólo menciona el humorismo gráfico de ''Steinberg y los caricaturistas del New Yorker''.
De los caricaturistas cubanos, Santiago ''Chago'' Armada es quien quizá muestra una influencia, o una mayor semejanza, con Feiffer en el humor reflexivo, aunque con un texto mucho más conciso.
En todo caso, está pendiente esa lectura cubana del Village Voice. ¿O no?

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