jueves, 19 de febrero de 2009

El escritor y el mecenazgo del Estado


Varios
párrafos de la conversación digital entre la redacción de la revista Letras Libres y el escritor cubano exiliado Antonio José Ponte, que me interesaron particularmente:
Durante los primeros años de revolución instaurada, llegó a darles cierta proyección internacional, los aproximó a importantes figuras extranjeras que sentían curiosidad por conocer cuánto ocurría dentro de Cuba. Pero pronto quedó claro que para el escritor cubano no habría más libertad de movimientos que la otorgada por el mecenazgo estatal. Y, del mismo modo que fue organizado un aparato encargado de examinar catálogos de editoriales e índices de revistas, la censura política dictó qué literatura podría darse a conocer fuera de los límites del país.
Cancelados los viajes a título personal al extranjero, una comisión se ocupó de seleccionar a los integrantes de las delegaciones oficiales. La correspondencia privada fue examinada minuciosamente, y las autoridades vigilaron cualquier contacto con visitantes extranjeros: era necesario velar por la calidad de los testimonios, atajar cualquier señal de descontento.
¿Por qué no existió dentro de Cuba un narrador que se beneficiase de la atención internacional que tantos narradores latinoamericanos recibieron por esa misma época? (Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy no cuentan: vivían fuera. Y, después de un primer libro habanero, Reinaldo Arenas tuvo que publicar lejos, lo que devino en su principal pecado ante los comisarios.) Si, como suele sostenerse, buena parte del interés por la literatura latinoamericana se debió a la simpatía internacional por el triunfo revolucionario cubano, ¿por qué ningún autor pudo beneficiarse de ese impulso dentro de Cuba?
La cuestión dirige nuestras sospechas hacia el mecenazgo estatal, que ofrecía a los escritores recursos con los que nunca habían contado, pero que les prestaba también una atención paralizante hasta entonces inédita. El proyecto humanista revolucionario fue, según pudo verse, un proyecto de vigilancia revolucionaria. Y las demasiadas atenciones conformaron una cultura provinciana, sin salida hacia lo exterior, enquistada.
Los escritores (como antes hicieran artistas plásticos y músicos) pudieron acceder al mercado editorial durante los años noventa. Ya para entonces, el sistema editorial del país, desprovisto de subvenciones soviéticas, se hallaba en crisis. Y también atravesaba una crisis el interés de las editoriales europeas por la literatura latinoamericana. El régimen cubano se había convertido en un caso sumamente curioso para los analistas (¿cómo puede sobrevivir, cuando el Muro de Berlín fue derrumbado?) y, de modo semejante, algunos agentes y editores debieron suponer que la literatura cubana era campo en barbecho, con magníficas condiciones para entrar en explotación.
Un puñado de editoriales descubrieron nombres cubanos, y éstos, a su vez, descubrieron las leyes del mercado editorial. Dijeron adiós al mecenazgo estatal, adiós al provincianismo que dictaban los comisarios, para acogerse (en la mayoría de los casos) a la descripción de ese provincianismo. No tanto como exorcismo necesario como por oportunidad bursátil. Cambiaron, pues, un provincianismo por otro.
En resumen, el último medio siglo de cultura cubana puede explicarse por la adaptabilidad de escritores y artistas al mecenazgo del Estado, la rebelión contra éste, y la huida (afortunada o no) a un espacio más allá de lo nacional.
Para ver el resto de esta conversación, pinche aquí.
Fotografía: agromercados en La Habana, en esta foto de enero de 2008.

Bouguereau, sociedad y erotismo

La obra de William-Adolphe Bouguereau recorre con facilidad y simpleza dos mundos afines y contradictorios: la pintura de la segundad m...