jueves, 12 de febrero de 2009

¿El fin de los conservadores?


Un ensayo de la revista The New Republic (18 de febrero de 2009) declara el fin del conservadurismo estadounidense. Creo que es un entierro anticipado.
En Conservatism is Dead, Samm Tanenhaus argumenta que una y otra vez, los conservadores han logrado reponerse a las derrotas en este país, pero que ahora el panorama que enfrentan es mucho más devastador.
“Luego de los dos períodos presidenciales de George W. Bush, los conservadores tienen que habérselas con las consecuencias de una presidencia que fracasó, en gran medida, por su compromiso ferviente con la ideología del movimiento: su unilateralismo agresivo en la política exterior; la fe ciega en que un Wall Street ejerciendo un papel dominante y sin ser regulado en forma alguna; una desagradable y punitiva ‘guerra cultural’ contra las ‘elites’ liberales. El hecho de que esos preceptos hayan encontrado finalmente a su defensor más indefenso en la figura del senador John McCain, que se había resistido a ellos durante la mayor parte de su larga carrera, sólo confirma que la doctrina del movimiento mantiene un yugo inflexible y sofocante sobre el Partido Republicano”.
Más allá incluso de la victoria de Barack Obama, agrega Tanenhaus, lo que nos indica con mayor fuerza esta debacle de los conservadores es la intensidad que está adquiriendo la idea, en la población en general, de que nos encontramos en la más aguda crisis económica desde la Gran Depresión.
Muchos derechistas han admitido que los errores de la pasada administración fueron numerosos, y poco han expresado más allá de justificarse y criticar con dureza al ex presidente Bush. ¿Qué le queda entonces al movimiento conservador y cuál es su futuro?
En más de un comentario, Cuaderno de Cuba ha mencionado que desde hace años el Partido Republicano necesita de una valoración de sus objetivos y prioridades, y al mismo tiempo liberarse del control que sobre él viene ejerciendo la ultraderecha sureña, en especial en su vertiente más reaccionaria, dominada en buena medida por los diversos grupos y sectas evangelistas. Desde antes de conocerse el resultado de las últimas elecciones presidenciales se veía la necesidad de esta revisión —algunos republicanos destacados la habían señalado— y sólo la presencia del ex presidente Bush, primero su popularidad y luego su rechazo, la detenía. Sin embargo, el candidato presidencial republicano no sólo consideró necesario abandonar algunas de sus posiciones anteriores, como ha señalado Tanenhaus, sino buscarse para acompañar su boleta a una persona que precisamente ejemplificara eso que muchos veíamos como un mal y él y sus asesores valoraron como la última tabla de salvación. De haber ganado McCain —y es cierto que su derrota se debió en buena medida a la agudización de la crisis económica al final de la campaña electoral—, sólo se hubiera dilatado por otros cuatro años el enfrentamiento del problema, con consecuencias aún peores.
Analizar el ascenso y la caída del movimiento conservador en Estados Unidos tiene además, en el caso de los cubanos, un valor especial. La imagen que en buena medida el exilio de Miami proyecta, las actividades de sus miembros que más se reflejan en la prensa y la tendencia ideológica que de forma cada vez más enfática vienen transmitiendo los legisladores nacionales cubanoamericanos es un calco fiel de esta corriente.
En igual sentido, el conocer mejor las causas y efectos de lo que a primera vista es una situación norteamericana típica, sirve también para ver los puntos débiles o los errores en que incurre la mayoría de las organizaciones exiliadas al fijar su posición respecto al futuro de Cuba.
Para Tanenhaus, el movimiento conservador está exhausto y posiblemente muerto, pero ello se traduciría fundamentalmente en un beneficio para la derecha, ya que por largo tiempo este ha sido —en sus ideas, argumentos, estrategias, y sobre todo en su visión—, de manera profunda y desafiante, anti conservador.
Agrega que tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el conservadurismo en Estados Unidos ha girado en torno a un debate único, que se ha repetido una y otra vez. Analizar ese debate es la mejor forma de comprenderlo.
De acuerdo a Tanenhaus, lo que se conoce como movimiento conservador norteamericano tiene su origen en las ideas del pensador y político inglés Edmund Burke, quien a finales del siglo XVIII postulaba que el gobierno debía nutrirse de una unidad “orgánica” que mantenía cohesionada a la población, incluso en los tiempos de revolución. El conservadurismo de Burke no se sustentaba en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. En su denuncia de la Revolución Francesa, Burke no buscaba una justificación del ancien régime y sus iniquidades, tampoco proponía una ideología contrarrevolucionaria, sino que advertía contra todos los peligros de desestabilización que acarreaban las políticas revolucionarias. Para Burke, lo más importante era salvaguardar las tradiciones e instituciones establecidas en lo que él llamaba “sociedad civil”. Ante el peligro de destruir lo viejo, era mejor tratar de enmendarlo con cautela.
En este sentido, el debate conservador se ha situado entre los que se mantienen fieles a la idea de Burke de enmendar la sociedad civil, mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento, y quienes buscan una contrarrevolución revanchista. Y una y otra vez, han ganado los contrarrevolucionarios.
En el caso de Estados Unidos, lo que buscan estos contrarrevolucionarios es destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver al ancien régime, en este caso la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del Nuevo Trato/Trato Justo de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60.
Una de las razones del avance de estas ideas contrarrevolucionarias es que han sido elaboradas por ex marxistas, quienes cambiaron de la izquierda a la derecha, pero que no pudieron superar tanto el famoso movimiento pendular de los extremos —advertido por Hannah Arendt— como la sensación de que estaban viviendo tiempos revolucionarios, por lo que debían mantener en alto su fervor absolutista. Para ellos, el pensamiento marxista fue sustituido por una política maniquea del bien y el mal, que todavía proclaman.
En la actualidad, los mejores exponentes de este celo contrarrevolucionario son los neocons, y en sus orígenes, más allá de un pensamiento marxista clásico destaca en ellos la idea trotskista de la revolución permanente, con los postulados de llevar la democracia por el mundo, con la fuerza de los cañones, que imperó durante el mandato de Bush, de una forma abierta a partir de los ataques del 9/11 y hasta que la situación en Irak, luego del derrocamiento de Sadam Husein, adquirió dimensiones catastróficas.
Estos derechistas han ido tan lejos en sus posiciones, que no sólo abandonaron cualquier vestigio de los planteamientos de Burke, sino que se convirtieron en una especie de comunistas a la inversa, colocando la lealtad al movimiento —en este caso muchos de los postulados puestos en práctica por el gobierno de Ronald Reagan—por encima de sus responsabilidades civiles durante la recién concluida administración de Bush.
Al final, Tanenhaus sostiene —y esto es algo a lo que Cuaderno de Cuba había dedicado varios comentarios— que ganó la elección el candidato presidencial que hasta el momento parece más comprometido con llevar a la práctica los principios de Burke que cualquier otro político de la derecha republicana.
Hay dos aspectos que pienso ayudan a completar el análisis de Tanenhaus.
Uno es que el rechazo a las políticas de welfare en Estados Unidos, por parte de buena parte de la población, trasciende la política y la ideología en su sentido más estrecho. Tiene desde implicaciones raciales hasta un fundamento en la creencia nacional de que cualquier persona puede ser un triunfador. Analizar esta creencia, cuánto hay de realidad, cuánto de mito, implica desde cambios en la inmigración que ha estado llegando a esta nación en los últimos cincuenta años hasta la existencia de una serie de estereotipos establecidos desde hace muchos años y reforzados particularmente por la televisión y el cine.
Otro es que si bien los neoliberales y libertarios no sólo han abandonado las ideas de Burke, sino también lo han traicionado, al político inglés tampoco le ha ido muy bien con la otra rama del conservadurismo que sí se mantiene fiel a sus postulados, y es el sector tradicionalista.
En la actualidad el tradicionalismo es más una reacción a la fragmentación y la inseguridad de la sociedad capitalista postindustrial que un movimiento con gran alcance. Más allá de la sinceridad de una parte de sus miembros, las apelaciones políticas a la familia y los valores tradicionales no pasan de ser pura demagogia política.
La explicación es sencilla —y aquí sí se cumplen los postulados marxistas—, ya que no se puede apelar constantemente a estos valores en una sociedad donde imperan no sólo el consumo sino la frecuente movilidad laboral, por no hablar del desempleo. La base económica no se corresponde con una superestructura tradicional, que tanto en Burke como en otra época en Estados Unidos se vinculaba fundamentalmente a una sociedad agraria. La globalización y el tradicionalismo no ligan.
Tómese todo el análisis hasta aquí, y aplíquelo a la sociedad cubana. Este es tema para otro comentario.
Fotografía superior: las piernas de la ex candidata a la vicepresidencia por el Partido Republicano en las pasadas elecciones, la gobernadora Sarah Palin, vistas por algunos de los participantes en un mitin político el 22 de octubre de 2008.
Fotografía izquierda: el entonces mandatario estadounidense George W. Bush aborda el avión presidencial en octubre de 2008.
Fotografía derecha: fuerza policiales durante la Convención Republicana, en septiembre de 2008.

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