jueves, 19 de marzo de 2009

La niebla de la derrota


No se trata de mezclar el deporte con la política. En este caso, hubo mucho más en juego. Desde el primer párrafo, cuando Fidel Castro introduce el tema del Clásico Mundial en una reflexión que comienza hablando de los cambios en el gobierno, transforma la competencia en una batalla —para él de grandes proporciones— e impone la retórica épica. Los cubanos no son simplemente buenos jugadores de pelota —que lo son— sino ''hombres de patria o muerte''.
Acentúa de inmediato la intensidad guerrera, que para él tiene el encuentro: ''regresaremos con el escudo o sobre el escudo''.
Continúa en el mismo tono: ''Venceremos porque sabemos y podemos combinar algo que solo pueden hacer hombres libres, y sin dueños, no los jugadores profesionales''.
A partir de esas palabras, ya hay un afán desbordado en tomar como ejemplo la calidad de los jugadores cubanos para igualarla con los méritos del modelo cubano: los peloteros profesionales dominicanos son excelente, pero estarán ausentes ''con dolor para el pueblo que los vio nacer''. No se salvan los aliados, porque ''Chávez, ignora todavía por qué sus magníficos pitchers y bateadores serán derrotados por nuestros atletas''. Y a estas alturas ya no se permite ni una palabra de prudencia:
''El equipo cubano que este año medirá sus fuerzas con los mejores profesionales de Estados Unidos y Japón en las Grandes ligas, es mucho más fuerte y está mejor entrenado que el de hace tres años''.
Después sólo queda lo que en otro momento podría interpretarse como una declaración de audacia, pero que a estas alturas suena a un alarde decrépito:
''Asumo la total responsabilidad por el éxito o el revés. Las victorias serán de todos; la derrota no será jamás huérfana''.
La derrota del equipo cubano tiene varias dimensiones, que van más allá del deporte. En primer lugar porque durante decenas los triunfos deportivos fueron utilizados como paradigmas no sólo de los logros revolucionarios, sino de la superioridad del modelo.
Por una parte, y dentro del terreno de juego, ya se ha señalado que es la más dura en la historia del béisbol de la isla.
''Por segundo partido al hilo Japón blanqueó a Cuba 5-0 y lo dejó fuera del Clásico Mundial de Béisbol, señalando la primera ocasión desde 1939, cuando el equipo antillano jugó la Copa Mundial por vez inicial, que la isla se queda fuera de los tres mejores en un torneo'', escribe Luis E. Rangel en El Nuevo Herald.
Más allá de la identificación tan estrecha que el propio Fidel Castro asumió entre su figura y el equipo de pelota, un fracaso tan aplastante induce a pensar en tácticas desacertadas, estrategias erróneas, un modelo fracasado y un sistema que se cae a pedazos, además de la necesidad de un cambio de conducción. A nivel simbólico, se trata de una serie de efectos negativos que no hay que esperar que tengan una repercusión inmediata, pero a los cuales el gobierno cubano debería prestar atención.
Si el tema del Clásico llegó a desplazar los comentarios y las interrogantes sobre las destituciones de importantes funcionarios cubanos, la derrota ahora actúa como un boomerang que devuelve a la dura realidad de que los tiempos son malos, y que hasta las glorias deportivas son cosa del pasado.

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