jueves, 23 de abril de 2009

La hora del pataleo



Casi cincuenta años y no han logrado nada. Bueno, al menos en lo que proclaman todos los días: el fin del gobierno de La Habana. Porque en otros aspectos no se pueden negar sus éxitos, sobre todo económicos. Pero esa repetición diaria de conceptos caducos sólo encuentra cabida en una comunidad profundamente desconectada de la realidad. Y eso es Miami.
Ese desahogo emocional sólo lo brinda esta ciudad. Ni en Nueva Jersey, donde radica una importante comunidad exiliada, lugar de origen de destacados terroristas anticastristas, ni en cualquier otra ciudad de Estados Unidos y el resto del mundo puede encontrarse igual capacidad para alimentar una ilusión.
Con el paso de los años, esta ilusión ha ido alejándose de su fuente de origen, y adquiriendo una fisonomía propia. Desde el punto de vista social, político y económico pocos quieren en la isla una vuelta a la Cuba que en el exilio no sólo se añora a diario, sino que se imagina podría reaparecer de pronto, sólo impedida de fulgurar con todo esplendor por la presencia de los hermanos Castro.
Esta ilusión que provoca escepticismo en Washington, burla en Madrid y una sacudida de hombros en Santiago o Sydney entretiene a exiliados que por otra parte no dejan de, en lo personal, garantizar su futuro: pagar impuestos e hipotecas, luchar por mantener sus trabajos y educar a sus hijos.
Son los que hablan a diario sobre el futuro de Cuba, pero pocos —la palabra como un eufemismo para no decir ninguno— se arriesgan a definir su futuro de acuerdo al destino de la isla. Ello por supuesto que los descalifica para participar en cualquier decisión al respecto, pero las características del proceso electoral norteamericano les ha brindado la posibilidad de incidir en un futuro en que, en lo personal no se juegan nada y ello no les imposibilita ser actores, al menos de segunda clase.
El resultado es que, durante décadas la política de Estados Unidos hacia el régimen de Cuba no se ha juzgado por su efectividad sino por su complacencia emocional hacia un sector de la comunidad cubana con derecho a voto.
La paradoja es que hay cubanos que, en cierto sentido, han renunciado a serlo. Adquieren la capacidad de votar como norteamericanos, pero no de acuerdo a lo que resulta mejor o peor para su país de adopción, sino a partir de lo que ellos creen es conveniente para la nación de origen. Se convierten en extranjeros por conveniencia, pero no por ello renuncian a tratar de influir en el futuro del país que dejaron atrás.
Lo peor es que esta influencia no se guía por criterios espontáneos, sino que al final queda en mano de vocingleros, demagogos y aprovechados de la peor calaña, que simplemente se aprovechan de la inmadurez política, la frustración y el desencanto para enriquecerse.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando estos ciudadanos ni de aquí ni de allá pierden en las elecciones, cuando su candidato resulta derrotado y el nuevo inquilino de la Casa Blanca no responde y no tiene porque responder a los interese más estrechos de quienes, en resumidas cuentas, no votaron por él?
Entonces llega la hora del pataleo.
Fotografía: niño en un triciclo en una calle de La Habana, mientras jóvenes pasan a su lado, el 18 de abril de 2009 (Javier Galeano/AP).

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