domingo, 21 de junio de 2009

El candidato de Manchuria de Montaner


En una columna que remeda una nueva versión de The Manchurian Candidate, Carlos Alberto Montaner señala que el Gobierno cubano está empeñado en colocar a sus espías a todos los niveles, y que no sería extraño que hubieran intentado o tuviera incluso alguno en el Congreso.
Para lanzar tal afirmación, Montaner recurre a las declaraciones de Chris Simmons, al que describe como un “ex coronel de la contrainteligencia norteamericana”, un experto que “asegura que hay decenas de espías al servicio de Cuba dentro del gobierno de Estados Unidos y en las universidades del país”.
“Las informaciones de Simmons hay que tomarlas en cuenta”, dice Montaner. Luego agrega: “Es el mayor conocedor que existe de las actividades de la inteligencia cubana en Estados Unidos”. Más adelante señala: “Fue él, Simmons, quien descubrió a la ‘topo’ Ana Belén Montes, funcionaria de mucho rango en el Pentágono, luego condenada a 25 años por espiar para La Habana”.
Bueno, Carlos Alberto Montaner puede creer que Simmons es el experto más importante de Estados Unidos, en materia de espionaje cubano, como yo puedo creer que Supermán existe y vuela. Se trata de un criterio personal. Claro que también existe un grado de responsabilidad elemental entre lo que uno puede pensar y lo que escribe, porque de lo contrario se pierde credibilidad.
El problema en Miami es que las historias de espías resultan más atractivas que los comics de Supermán.
Así que de forma impune se puede sobrevalorar el historial de un exanalista de inteligencia, y emitir un criterio que, por una parte pinta al Gobierno norteamericano de idiota —que no lo es― y al de La Habana de santo —algo que tampoco es―, ya que si este país puede darse el lujo de mandar a retiro a su “mayor conocedor de las actividades de la inteligencia cubana” y seguir adelante sin preocuparse en mantener en activo a su personal más valioso, lo mejor que hace es colgar un cartel en la oficina de contraespionaje: cerrada hasta nuevo aviso. Después de eso, llamar a Cuba y pedirle que se porte bien.
Por supuesto que la realidad marcha por otro camino, y Washington puede ahorrarse la llamada a La Habana. A la hora de describir a Simmons, en el artículo que aparece en la edición de este domingo, 21 de junio de 2009, en El Nuevo Herald, hay omisiones y errores importantes. Es más, una descripción elemental del exanalista de contrainteligencia militar, primer detalle que no se aclara en la columna, llevan a cualquier lector con una inteligencia media a sospechar que Simmons no es tan importante como se dice.
Vamos primero a las omisiones. En primer lugar, el exoficial se presenta como experto en el tema cubano y no sabe español. Resulta difícil admitir que en Estados Unidos, el experto principal de una materia no conozca el idioma en que se desarrolla ese campo de actividades, más aún cuando se trata no de una lengua perdida entre las montañas de un país lejano, sino del idioma que posiblemente hable cualquier vecino. Por otra parte, tan valioso oficial está retirado con un grado militar relativamente bajo, para alguien con un expediente en apariencia tan destacado. Lo menos que se logra en esos casos es el grado de coronel, así que estamos frente al mínimo y no ante el máximo. También resulta singular que este especialista no ha conseguido trabajo en un centro académico de alto nivel, ya sea como profesor o conferenciante. Las universidades importantes, las menos importantes y las nada importantes tienen en común su falta de interés por Simmons, que se dedica a dirigir una institución de nombre pomposo, el Centro de Investigaciones sobre Inteligencia Cubana (Cuban Inteligence Research Center), pero carente de personal, instalaciones y recursos.
Nada de esto se señala, y no resulta imprescindible hacerlo si no se exagera la importancia del analista. Se puede argumentar que la columna de Montaner no está dedicada a Simmons, y que no tiene que entrar en todos estos detalles, pero para lo que resultan necesarios estos detalles es para darse cuenta que el exoficial no es tan importante como se pinta.
Sin embargo, hay una cuestión que se menciona en el artículo de Montaner, que sí merece ser aclarada. Da la impresión que el columnista hace esta referencia para establecer, sin lugar a duda, la autoridad de Simmons: fue este quien “descubrió” a la espía Ana Belén Montes. Lo malo para Montaner, en este caso, es que la afirmación resulta falsa.
El que descubrió a Belén Montes fue Scott W. Carmichael, quien es un investigador de alto nivel que trabaja en la Dirección de Inteligencia de Defensa (DIA), y se dedica precisamente a cazar espías y “topos” infiltrados en el Gobierno, algo que en realidad nunca ha hecho Simmons, que disfruta de un título atribuido con ligereza en Miami.
Fue Carmichael quien estuvo informando al Buró Federal de Investigaciones de sus sospechas crecientes de que uno de los propios empleados de la DIA era un agente cubano. Es más, durante la investigación que llevó a la captura de Belén Montes, fue asignado como el principal agente del caso por parte de la DIA, cuerpo del que también formaba parte Simmons. ¿Si este último era el cazador de espías que le atribuyen aquí, por qué no estuvo al frente del caso? Simplemente porque esa no era su función.
Carmichael ha contado la historia ―hasta donde puede— en un libro que incluso ha sido presentado en Miami: True Believer. Se trata de la versión de lo ocurrido, sin que hasta el momento su autor haya sido desmentido o alguien se atreva a cuestionarse su función en la pesquisa.
Simmons tuvo un papel de relativa importancia en la investigación, pero ni fue el más destacado ni tampoco él sabía la identidad del agente infiltrado, e incluso existió desconfianza en decírselo.
Menciona Carmichael que en septiembre de 2000, Simmons, al que describe como un conocido suyo que era analista de contrainteligencia militar, comenzó a elaborar una información muy reducida que tenía, sobre la existencia de una investigación en marcha, por parte del FBI, para identificar a un agente que estaba trabajando para Cuba.
Simmons compartió esa información limitada con Carmichael y el otro investigador que trabajaba con este. Carmichael no entra en detalles, pero señala que la poca información con que contaban, suministrada por Simmons, era muy genérica y nada específica.
Luego que Carmichael logra identificar a Belén Montes, no se lo comunica a Simmons: “Christ no sabía que yo había identificado a Ana como una posible sospechosa, y por supuesto que me aguanté de decírselo durante nuestra conversación. Mi razonamiento era simple. Asumí que Christ conocía a Ana, desde el punto de vista profesional, y no sabía cómo éste podría reaccionar a la noticia de que ella era una sospechosa”.
Así describe Carmichael a quien Montaner presenta como el Crocodile Dundee del espionaje cubano. Puede que exista un celo profesional en la versión de la historia contada por el autor de True Believer, pero lo que es innegable es que la investigación estuvo a su cargo, que Simmons era un analista y no un cazador de espías y que tampoco tuvo a su cargo la dirección del caso.
Abundar en todo esto resulta importante, porque buena parte de la labor de Simmons, en meses pasados, ha sido catalogar de agentes del Gobierno cubano a varios profesores universitarios e investigadores, destacadas figuras de la comunidad y exiliados. Por otra parte, algunos de estos, mencionados por Simmons, han compartido mesas de presentación de trabajos y ponencias junto a Carlos Alberto Montaner, en diversos eventos nacionales e internacionales.
Las declaraciones de Simmons sobre personalidades del exilio fueron hechas sin el más mínimo cuestionamiento. En el mejor de los casos, se le preguntaba si tenía pruebas, se tomaba su palabra por cierta y se seguía adelante.
Por un momento, pareció que Simmons había interrumpido esa labor, más cercana a la cacería de brujas que a la denuncia verdadera, tras la demanda interpuesta por Silvia Wilhelm, directora ejecutiva de Puentes Cubanos, Inc. y de la Comisión Cubanoamericana de los Derechos de la Familia, que todavía continúa sin resolverse (Simmons se presentó en el programa televisivo A Mano Limpia, del Canal 41, el 8 de octubre de 2008, y describió a Wilhelm como una agente de los servicios de inteligencia cubana).
La reciente detención de Walter Kendall Myers, alto funcionario del Departamento de Estado, y de su mujer Gwendolyn, acusados de espiar para Cuba, parece haberle dado un segundo aire a Simmons.
Lo preocupante en este caso es que cuando Montaner afirma que las informaciones “de Simmons hay que tomarlas en cuenta”, está implicando no solo lo que viene diciendo el exoficial sobre los Myers, o los méritos no justificados que le atribuye el columnista, sino también todo lo que el analista de contrainteligencia ha expresado sobre personas de nuestra comunidad, que desde hace años vienen desarrollando una labor importante en este país, quienes han sido reconocidas nacional e internacionalmente. El daño que les ha infligido Simmons, con sus declaraciones no probadas, pasa a ser parte de la culpa en que éstas han incurrido.
Llamar a una persona agente al servicio de un país enemigo es algo muy serio. Pero en Miami, con frecuencia se lanza la acusación de que alguien es un agente cubano porque sencillamente no gusta lo que escribe o dice, la labor que realiza o simplemente sus opiniones políticas. Una cosa es ser un agente extranjero y otra muy distinta es ser un espía. Pero aquí las categorías se mezclan, y la falta de rigor siempre obra en favor de una mentalidad de linchamiento. Cada vez que hay un caso de espionaje cubano, nada más fácil que arremeter contra el que, por ejemplo, opina que el embargo debe ser suprimido o permitidos los intercambios académicos. Nadie se detiene nunca a pensar que precisamente los Myers se caracterizaron por no hablar sobre Cuba. Colgar el cartelito de espía vuelve a ponerse de moda. Hay que aclarar que no es precisamente ese el tema central de la columna de Montaner, que se refiere a la supuesta penetración cubana en los diferentes niveles de gobierno, pero al fundamentarla en las declaraciones de Simmons, extiende una labor de espionaje imaginada o real a un terreno más a tono con lo que tradicionalmente ha sido uno de los temas preferidos de la radio y la televisión del exilio. La vieja política del terror y la paranoia no resulta fácil de descartar.

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